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Cata Prohibida: La Divorciada de al Lado Se Entrega Entre Barricas

La divorciada de 42 años y la enóloga de 34 se comen el coño con ganas entre las barricas de la bodega.

21 min read October 12, 2026New

Brigitte, la divorciada de 42 años que regentaba con mano firme la pequeña bodega familiar al lado de su casa, observaba a Delphine con una mezcla de alivio profesional y un cosquilleo que no quería reconocer. La enóloga de 34 años había llegado al pueblo hacía solo un mes, con su currículum impecable y una energía que parecía capaz de renovar hasta las cepas más viejas. La vendimia de ese año amenazaba con ser complicada por las lluvias tardías, y Brigitte necesitaba manos expertas.

—Bienvenida, Delphine. Aquí no hay lujos, solo barricas, sudor y buen vino —le dijo el primer día, mientras le mostraba el sótano fresco donde el olor a roble y fermento lo impregnaba todo.

Delphine sonrió, y sus ojos verdes se detuvieron un segundo de más en las caderas anchas de Brigitte, en la forma en que la blusa de lino se tensaba sobre sus pechos maduros.

—Justo lo que buscaba. Un lugar con carácter… y dueña con curvas que valen la pena catar con calma —respondió, y aunque lo dijo con tono profesional, la pausa en su voz hizo que Brigitte sintiera un calor traicionero entre los muslos.

Desde entonces, la tensión creció entre las barricas como el mosto en las cubas. Mientras movían las pesadas barricas de un lado a otro para airearlas, sus cuerpos se rozaban con frecuencia. El antebrazo de Delphine rozaba sin querer el pecho izquierdo de Brigitte al levantar una tapa; la cadera de la enóloga se pegaba a su culo redondo cuando pasaban estrechas entre dos toneles. Cada roce parecía durar más de lo necesario. Brigitte notaba cómo sus pezones se endurecían bajo la tela y cómo su coño se humedecía lentamente, recordándole que llevaba dos años sin que nadie la tocara desde el divorcio.

En las catas diarias, Delphine no disimulaba. Tomaba un sorbo del vino de la barrica, lo retenía en la boca y luego miraba el cuerpo de Brigitte con descaro.

—Este reserva tiene cuerpo, Brigitte. Maduro, redondo, con una profundidad que se siente en el paladar… como tus caderas y esos pechos que se mueven cuando caminas. A tus 42 años sigues siendo un vino que invita a beber despacio y repetir.

Brigitte se sonrojaba, pero el halago le encendía la sangre. En su cabeza repetía: «Dios, esta mujer de 34 años me está mojando el coño solo con palabras. Hace tanto que nadie me desea así».

—Eres peligrosa, Delphine. Si sigues elogiando mi cuerpo curvilíneo voy a terminar pensando cosas que no debería —contestaba ella, y sus miradas se enredaban más tiempo del prudente mientras el vino les teñía los labios de rojo oscuro.

Los roces dejaron de parecer accidentales. Una tarde, al ayudar a mover una cuba grande, Delphine se colocó detrás de Brigitte y sus pechos presionaron la espalda de la dueña durante varios segundos. Brigitte sintió el calor de aquellos pezones duros a través de la ropa y tuvo que morderse el labio para no gemir. El sótano olía a tierra húmeda, a roble viejo y a la excitación que ya no podían esconder.

Al atardecer, cuando cerraron la bodega y el último trabajador se marchó, Delphine tomó una botella del mejor tinto y dos copas.

—Quédate un rato más. Bajemos al sótano y catemos esto como se merece. Entre las barricas. Solo nosotras.

Brigitte sintió que el pulso se le disparaba. Sabía lo que venía. Lo deseaba.

—Vamos —respondió con voz ronca.

El sótano estaba en penumbra, solo iluminado por dos lámparas de aceite que proyectaban sombras largas sobre las barricas de roble. Extendieron unas mantas gruesas entre dos toneles enormes y se sentaron una frente a la otra. El primer sorbo fue silencioso. Luego Delphine dejó la copa a un lado y se acercó un poco más.

—Llevo semanas soñando con esto, Brigitte. Cada vez que te veo agacharte entre las barricas se me moja el coño imaginando cómo sabrás. Llevo semanas deseando besarte… y algo más. No quiero seguir fingiendo.

Brigitte sintió que las palabras le atravesaban el vientre como un rayo. Su coño palpitó, mojando la tela de las bragas.

—Yo también lo deseo, Delphine. Me excita que me mires así, que elogies mi cuerpo maduro. Quiero que me beses. Ahora. Con todo lo que tienes.

Se acercaron lentamente, dando tiempo a que el deseo creciera. Cuando sus labios se tocaron fue como si el vino explotara en sus bocas. El beso empezó profundo, hambriento, lenguas que se buscaban con urgencia, saliva que se mezclaba con el sabor del tinto. Las manos de Delphine subieron por los costados de Brigitte, apretando sus pechos por encima de la blusa, pellizcando los pezones ya duros. Brigitte gimió dentro de la boca de la otra y metió las manos bajo la camiseta de Delphine, acariciando la piel caliente de su espalda y bajando hasta agarrar su culo firme.

—¿Quieres que siga? Dímelo claro —susurró Delphine contra sus labios, siempre respetuosa incluso en el calor del momento.

—Quiero todo, Delphine. Tócame. Fóllame con la boca, con los dedos, como quieras. Tengo el coño empapado por ti.

Delphine tumbó a Brigitte sobre las mantas con suavidad pero con decisión. Le subió la falda hasta la cintura y contempló las bragas de encaje negro completamente mojadas. Con una sonrisa lobuna, bajó la cabeza y arrancó la prenda con los dientes, tirando de la tela hasta romperla. El sonido seco excitó todavía más a Brigitte. Delphine separó sus muslos curvilíneos y hundió la cara entre ellos.

Su lengua era experta y voraz. Recorrió los labios hinchados de arriba abajo, saboreando los jugos abundantes, y luego se clavó en el interior del coño caliente, follándola con la lengua mientras su nariz presionaba el clítoris. Brigitte arqueó la espalda y apretó la cabeza de Delphine contra su sexo con ambas manos.

—¡Sí, así! Cómemelo entero, Delphine… Lame ese coño maduro que tanto has deseado. ¡Joder, qué bien lo haces!

Delphine gemía mientras la devoraba, bebiendo cada gota que salía de aquella madura rajita. Chupaba el clítoris con succiones fuertes, lo lamía en círculos rápidos, introducía dos dedos y los curvaba buscando ese punto que hacía gritar a Brigitte. El sótano se llenó de sonidos húmedos, gemidos y el aroma espeso de coño y vino.

Brigitte se corrió por primera vez con un grito largo, temblando, apretando los muslos alrededor de la cabeza de su amante mientras su coño expulsaba jugos que Delphine lamía con avidez.

Sin darle tiempo a recuperarse, Delphine la puso a cuatro patas entre las dos barricas. El culo redondo y maduro de Brigitte quedó expuesto, el coño brillando y abierto. Delphine metió dos dedos de golpe desde atrás, follándola con ritmo fuerte mientras su boca se pegaba al clítoris desde abajo y lo chupaba sin piedad.

—Estás tan abierta para mí… Este coño de divorciada está pidiendo que lo destroce —gruñó Delphine, y Brigitte empujaba hacia atrás, desesperada.

—¡Más fuerte! Méteme esos dedos hasta el fondo mientras me chupas el clítoris… ¡Me voy a correr otra vez, joder!

El segundo orgasmo fue más intenso. Brigitte gritó, las paredes de su coño contrayéndose alrededor de los dedos de Delphine, los jugos corriendo por la mano de la enóloga y goteando sobre las mantas.

Temblando todavía, Brigitte se giró y empujó a Delphine hacia atrás. Se sentó sobre su cara con urgencia, apoyando las rodillas a ambos lados de la cabeza de la joven y comenzando a cabalgar con fuerza. Su coño mojado se frotaba contra la lengua y los labios de Delphine, que la sujetaba por las caderas y lamía todo lo que podía, metiendo la lengua dentro y succionando el clítoris cada vez que pasaba.

—Así, Delphine… Bébetelo todo. Cabalgo tu cara como una puta en celo —jadeaba Brigitte, sus pechos pesados rebotando mientras aceleraba el movimiento.

Delphine se tocaba el propio coño con una mano, metiéndose los dedos mientras devoraba a Brigitte. Las dos llegaron casi al mismo tiempo. Brigitte se corrió con un grito ronco que retumbó entre las barricas, inundando la boca de Delphine. La enóloga se corrió debajo de ella, gimiendo contra el sexo empapado, el cuerpo convulsionando de placer.

Sudorosas, con las respiraciones entrecortadas y los muslos temblando, se abrazaron sobre las mantas. Se besaron con ternura ahora, saboreando en los labios de la otra el gusto de sus coños y del vino. Sus manos se acariciaban los pechos con suavidad, rozando pezones sensibles, disfrutando de la calma después de la tormenta.

—Esto solo es el principio de muchas noches entre barricas —susurró Brigitte contra la boca de Delphine, todavía con el coño palpitando—. No quiero que paremos aquí.

Delphine sonrió, mordiéndole suavemente el labio inferior.

—Volveré cada tarde para «catar» a mi nueva dueña. Te prometo que voy a saborearte hasta que no puedas caminar derecha.

Sellaron la promesa con un beso profundo, largo, casi romántico. Se vistieron lentamente entre las barricas, recogiendo la ropa arrugada y las bragas rotas. Brigitte guardó el trozo de encaje negro en el bolsillo de Delphine con una sonrisa cómplice. Mientras se abotonaban las blusas, sus miradas seguían cargadas de deseo. El sótano guardaba ahora su secreto, pero ambas sabían que la vendimia aún duraría semanas y que cada tarde, cuando la bodega cerrara, volverían a bajar. Y que quizá la próxima vez no se conformarían solo con lenguas y dedos. El pueblo era pequeño. Los riesgos crecían. Y el apetito de ambas apenas acababa de despertar.

Brigitte apenas había terminado de abotonarse la blusa cuando Delphine la acorraló contra la barrica más cercana. El roble antiguo, fresco y rugoso, se clavó en su espalda mientras la enóloga de treinta y cuatro años apretaba su cuerpo desnudo contra el de ella. Los pechos firmes de Delphine se aplastaron contra los pechos pesados y maduros de Brigitte, y sus pezones aún duros rozaron con descaro.

—No puedo esperar hasta mañana —gruñó Delphine contra su cuello, mordisqueando la piel suave justo debajo de la oreja—. Tu olor me tiene loca, Brigitte. Ese coño de divorciada de cuarenta y dos años sigue goteando y yo todavía no he terminado de beberlo.

Brigitte soltó un gemido ahogado. Sentía las bragas rotas en el bolsillo de Delphine como un trofeo obsceno. Su mente era un torbellino: «Hace dos años que mi ex no me tocaba así. Ahora esta mujer joven me trata como si fuera el mejor reserva de la bodega y solo quiero que me use». El calor entre sus muslos volvió a crecer, espeso y urgente.

—Entonces no pares —respondió con la voz rota por el deseo—. Quiero saborearte yo también. Déjame comerte, Delphine. Quiero que te corras en mi boca antes de que salgamos de aquí.

Delphine sonrió con esa expresión lobuna que hacía que a Brigitte se le contrajera el vientre. Se apartó lo justo para sentarse en el borde de una barrica baja, abrió las piernas y apoyó los talones en dos toneles cercanos. Su coño quedó completamente expuesto: labios hinchados, brillantes de sus propios jugos y de la saliva de Brigitte de antes, el clítoris asomando como una pequeña uva madura.

—Ven. Cómeme, dueña. Prueba lo que has provocado.

Brigitte cayó de rodillas sobre las mantas, sin importarle el suelo frío. El aroma de Delphine la golpeó primero: almizcle dulce mezclado con el olor terroso del sótano y el vino tinto derramado. Agarró aquellos muslos tonificados y hundió la cara entre ellos como quien se sumerge en un barril. Su lengua ancha recorrió los labios externos, lamiendo con lentitud deliberada, saboreando cada gota. Delphine soltó un jadeo largo cuando Brigitte succionó el clítoris con fuerza, tirando de él, rodeándolo con la punta de la lengua en círculos rápidos.

—Joder, Brigitte… así, más fuerte. Chúpame el coño como si fuera tu última cata —suplicó Delphine, enredando los dedos en el cabello oscuro de la mayor.

Brigitte obedeció. Introdujo dos dedos en el interior caliente y resbaladizo de Delphine, curvándolos hacia arriba mientras su boca no dejaba de trabajar el botón hinchado. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, gemidos ahogados, la respiración entrecortada de ambas. Pensaba, mientras bebía aquellos jugos abundantes, que nunca había deseado tanto complacer a alguien. Su propia vagina palpitaba vacía, contrayéndose alrededor de la nada, mojando el interior de sus muslos.

Delphine se corrió con un grito contenido, apretando la cabeza de Brigitte contra su sexo. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de los dedos, expulsando un chorro caliente que Brigitte tragó con avidez, lamiendo hasta la última gota. Cuando la enóloga dejó de temblar, tiró de Brigitte hacia arriba y la besó con violencia, saboreándose a sí misma en aquella lengua experta.

—No creas que hemos terminado —susurró Delphine contra sus labios hinchados—. Ahora te toca a ti otra vez. Pero quiero hacerlo diferente.

Tomó la botella de tinto que habían abierto antes. El líquido oscuro brillaba bajo la luz de las lámparas de aceite. Delphine vertió un hilo generoso sobre los pechos de Brigitte, que aún asomaban por la blusa abierta. El vino frío hizo que sus pezones se endurecieran aún más. Delphine bajó la cabeza y lamió lentamente, recogiendo el tinto de la piel cálida, succionando cada pezón con fuerza hasta que Brigitte arqueó la espalda y soltó un gemido largo.

—Dios… me estás volviendo loca —jadeó Brigitte—. Sigue, por favor. Bébetelo todo de mí.

Delphine no se detuvo. Hizo que Brigitte se recostara sobre las mantas entre las dos barricas enormes y le subió la falda hasta la cintura. Vertió más vino directamente sobre el monte de Venus de la divorciada. El líquido rojo corrió entre sus labios hinchados, mezclándose con sus jugos. Delphine se arrodilló y atacó con hambre. Su lengua recogía el vino y los fluidos al mismo tiempo, bebiendo de aquel coño maduro como si fuera la mejor cosecha de su vida. Introdujo tres dedos de golpe, follándola con ritmo profundo y constante mientras succionaba el clítoris sin piedad.

Brigitte agarraba las mantas con ambas manos, las uñas clavándose en la tela. «Esta chica de treinta y cuatro años me está destruyendo. Nadie me había follado así, ni siquiera en mis mejores años de matrimonio. Mi coño es suyo», pensaba mientras sentía el orgasmo acercarse como una ola imparable.

—¡Me corro, Delphine! ¡No pares, por favor, no pares!

El tercer orgasmo de la noche la atravesó con violencia. Sus muslos temblaron, su espalda se arqueó tanto que casi se levanta de las mantas. Delphine siguió lamiendo y follándola con los dedos durante todo el clímax, prolongándolo hasta que Brigitte tuvo que suplicar que parara, sensible y temblorosa.

Pero Delphine tenía otros planes. Se tumbó sobre las mantas y tiró de Brigitte para que se colocara encima en posición de sesenta y nueve. El coño todavía palpitante de la enóloga quedó justo encima de la boca de Brigitte, que no dudó en atacar de nuevo. Al mismo tiempo, Delphine separó las nalgas redondas y maduras de la dueña de la bodega y pasó la lengua por su ano fruncido.

Brigitte se tensó un segundo, sorprendida.

—¿Quieres que pare? —preguntó Delphine con voz ronca, siempre respetuosa incluso en medio de la lujuria.

—No… sigue. Nadie me había tocado ahí. Quiero sentirlo todo contigo.

Delphine sonrió contra su carne y empezó a lamer el ano con dedicación mientras introducía dos dedos en el coño de Brigitte desde atrás. Brigitte, a su vez, devoraba el sexo de Delphine con renovada hambre, metiendo la lengua lo más profundo que podía y frotando el clítoris con la nariz. Las dos mujeres se comían con ganas, gemidos amortiguados entre muslos sudorosos, cuerpos moviéndose al unísono. El sótano olía a vino, a coños empapados, a roble y a puro sexo.

Delphine introdujo un dedo mojado en el ano de Brigitte, despacio, girándolo con cuidado. La sensación fue tan intensa que Brigitte soltó un grito ahogado contra el coño de su amante. El placer era nuevo, oscuro, profundo. Empujó hacia atrás, pidiendo más.

—Fóllame el culo con el dedo mientras me comes —suplicó con la voz quebrada—. Me gusta… joder, me gusta mucho.

Las dos aceleraron. Lenguas, dedos, caderas moviéndose con desesperación. Delphine añadió un segundo dedo en el coño de Brigitte mientras mantenía el pulgar en su ano, follándola por ambos agujeros al mismo tiempo. Brigitte hizo lo mismo con Delphine, metiendo dos dedos en su coño y presionando el clítoris con la lengua plana.

Se corrieron casi al mismo tiempo. Los gritos quedaron ahogados entre carne mojada. Los cuerpos convulsionaron, jugos resbalando por barbillas y manos, contracciones fuertes alrededor de dedos invasores. El orgasmo de Brigitte fue tan potente que expulsó un chorro claro que bañó la cara de Delphine, quien lo recibió con gemidos de placer puro.

Cuando por fin se separaron, jadeantes y sudorosas, se miraron a los ojos. Los labios hinchados, las mejillas enrojecidas, el pelo pegado a la frente. Brigitte se sentía viva como nunca. «Esta mujer me ha abierto de piernas y de mente. Ya no quiero esconderme». Delphine, por su parte, acariciaba con ternura el muslo tembloroso de la mayor.

—Esto se nos está yendo de las manos —murmuró Brigitte mientras se limpiaba la barbilla con el dorso de la mano—. Si seguimos así, cualquier día nos van a pillar los trabajadores. El pueblo es pequeño… alguien terminará sospechando.

Delphine se incorporó y la besó con suavidad, casi con cariño.

—Pues que sospechen. Mañana traeré algo que he comprado pensando en ti. Un arnés con un juguete que se adapte a nosotras. Quiero follarte de verdad, Brigitte. Quiero que sientas cómo te abro mientras estás apoyada contra estas barricas. Y quiero que tú me folles a mí también.

Brigitte sintió un nuevo latigazo de deseo entre las piernas, aunque su cuerpo estaba exhausto. La idea de ser penetrada con fuerza entre las barricas, de escuchar el choque de sus caderas contra el culo de Delphine, de usar aquel arnés en la penumbra del sótano, la hizo mojarse otra vez.

—Acepto —dijo con una sonrisa cansada pero llena de promesas—. Pero no solo mañana. Quiero que vengas todas las tardes. Quiero que me enseñes todo lo que sabes. Mi coño, mi culo, mi boca… todo es tuyo, Delphine. Solo tienes que bajar las escaleras después del cierre.

Se vistieron por segunda vez, ahora con movimientos más lentos, robándose besos y caricias entre prenda y prenda. Delphine guardó la botella medio vacía y Brigitte escondió las mantas manchadas detrás de una pila de toneles. Antes de subir las escaleras, Delphine la arrinconó una vez más y metió la mano bajo su falda, acariciando suavemente el coño sensible.

—Mañana te voy a hacer gritar tan fuerte que tendremos que taparte la boca —prometió.

Brigitte tembló y besó a la enóloga con todo el hambre que aún le quedaba.

—Más te vale. Porque yo ya no quiero ser solo la divorciada de al lado. Quiero ser tu puta entre barricas. Cada tarde. Cada vez más fuerte.

Subieron las escaleras en silencio, con las piernas flojas y el secreto latiendo entre sus muslos. El sótano quedó atrás, oliendo a sexo y a vino derramado, pero ambas sabían que al día siguiente volverían. Y que lo que habían hecho esa noche solo era el aperitivo de algo mucho más intenso, más arriesgado y mucho más profundo. El pueblo dormía fuera, ajeno a las dos mujeres que acababan de abrir una puerta que ya no pensaban cerrar.

La tarde siguiente transcurrió entre miradas cargadas y roces fingidamente casuales mientras movían barricas en el sótano. Brigitte, la divorciada de cuarenta y dos años que aún sentía los ecos de la noche anterior en cada músculo, notaba cómo su coño se humedecía solo con ver a Delphine agacharse. La enóloga de treinta y cuatro años llevaba una bolsa negra discretamente escondida bajo el brazo cuando el último trabajador cerró la puerta principal. Bajaron juntas las escaleras de piedra, el olor a roble y vino viejo mezclándose ya con la humedad de su excitación anticipada.

Delphine dejó la bolsa sobre una manta fresca extendida entre dos barricas enormes y se volvió hacia Brigitte con esa sonrisa lobuna que le contraía el vientre.

—Hoy traigo lo que prometí —murmuró, sacando el arnés de cuero negro y el consolador grueso, venoso, de silicona oscura, curvado en la punta y con relieve en la base para frotar el clítoris de quien lo llevara. Medía casi veinte centímetros y era más ancho de lo que Brigitte había imaginado nunca—. Quiero follarte como mereces, Brigitte. Quiero que sientas cómo te abro mientras estás apoyada contra estas barricas que tanto has tocado.

Brigitte tragó saliva, sus pechos maduros subiendo y bajando con la respiración acelerada. «A mis cuarenta y dos años, después de dos años de sequía tras el divorcio, esta mujer más joven me va a destruir con una polla de silicona y yo solo quiero rogarle que me destroce», pensó mientras se quitaba la blusa con manos temblorosas. Sus pezones ya estaban duros como guijarros. Delphine se desnudó también, revelando su cuerpo tonificado, los músculos suaves de sus muslos y el coño perfectamente depilado que brillaba de humedad.

Se besaron primero con hambre renovada, lenguas enredándose, saliva mezclándose mientras sus manos recorrían curvas conocidas. Delphine pellizcó los pezones de Brigitte con fuerza suficiente para arrancarle un gemido ronco, luego bajó la cabeza y los succionó uno tras otro, tirando de ellos con los labios hasta que la dueña de la bodega arqueó la espalda y le clavó las uñas en los hombros.

—Quiero probártela primero —jadeó Brigitte, cayendo de rodillas sobre la manta áspera. Tomó el consolador entre sus manos, lo lamió desde la base hasta la punta con lentitud obscena, dejando hilos de saliva brillante. Lo introdujo en su boca todo lo que pudo, chupando con las mejillas hundidas, mirándola a los ojos mientras Delphine ajustaba las correas del arnés alrededor de sus caderas estrechas. El cuero crujió. El dildo quedó rígido, apuntando al techo del sótano, brillante de saliva.

—Joder, Brigitte… verte mamármela así me está poniendo cachonda perdida —gruñó Delphine, enredando los dedos en el cabello oscuro de la mayor.

Cuando el arnés estuvo bien sujeto, Delphine levantó a Brigitte de un tirón y la empujó contra la barrica más ancha. La madera rugosa y fría se clavó en los pechos pesados de la divorciada, aplastándolos. Delphine separó sus nalgas redondas con ambas manos, admirando el coño hinchado y chorreante que brillaba bajo la luz temblorosa de las lámparas de aceite.

—Estás empapada, dueña. Este coño maduro de cuarenta y dos años está pidiendo que lo parta —dijo con voz ronca, frotando la cabeza gruesa del consolador entre los labios hinchados, recogiendo jugos para lubricarlo mejor.

—Fóllame ya, Delphine —suplicó Brigitte, empujando hacia atrás con desesperación—. Métemela toda. Quiero sentir cómo me llenas.

Delphine no se hizo rogar. Empujó de una sola embestida larga y profunda. El consolador abrió las paredes internas de Brigitte con un sonido húmedo y obsceno, estirándola hasta el límite. Brigitte soltó un grito ahogado que reverberó entre las barricas. El grosor la quemaba deliciosamente; sentía cada relieve rozando su punto G mientras Delphine empezaba a bombear con ritmo fuerte, las caderas chocando contra su culo maduro con palmadas secas.

—Así… así, joder —gemía Brigitte, las uñas arañando la madera vieja—. Más fuerte. Fóllame como si fuera tu puta personal. Este coño es tuyo, Delphine. Destrózamelo.

La enóloga de treinta y cuatro años agarró las caderas anchas de Brigitte con fuerza, dejando marcas rojas en la carne suave, y aceleró. El sótano se llenó del chapoteo constante de su coño empapado, del golpeteo de piel contra piel y de los gemidos cada vez más altos. Delphine se inclinaba sobre ella, mordiéndole el hombro mientras una mano bajaba a frotarle el clítoris hinchado en círculos rápidos.

Brigitte se corrió por primera vez con un aullido largo, las piernas temblando violentamente. Su coño se contrajo alrededor del consolador, expulsando un chorro caliente que salpicó los muslos de Delphine y goteó sobre las mantas. Pero la enóloga no detuvo el movimiento; siguió follándola a través del orgasmo, prolongándolo hasta que Brigitte sollozaba de placer.

Sin sacársela, Delphine la hizo girar, la levantó una pierna y la penetró de lado, apoyada contra la barrica. Ahora podía mirarla a los ojos mientras la taladraba. Los pechos de ambas rebotaban con cada embestida. Brigitte tenía la boca abierta, los ojos vidriosos, el sudor corriendo entre sus tetas maduras.

—Quiero que te corras otra vez mirándome —ordenó Delphine—. Quiero ver cómo se te rompe la cara de placer mientras te follo entre mis barricas.

Brigitte obedeció casi inmediatamente. El ángulo nuevo hacía que la punta curvada golpeara exactamente donde más le dolía de gusto. Se corrió con un grito ahogado, mordiéndose el labio inferior hasta hacerse sangre, los jugos chorreando por el consolador y bajando por sus muslos temblorosos.

Delphine sacó el dildo lentamente, dejando el coño de Brigitte abierto, rojo y palpitante. Se quitó el arnés con manos impacientes y se lo tendió a la dueña de la bodega.

—Ahora te toca a ti. Quiero que me folles tú. Quiero sentir cómo me abres tú, Brigitte.

Brigitte, todavía jadeando y con las piernas flojas, ajustó el arnés a sus caderas anchas. El cuero se hundió en su carne madura. El consolador, aún mojado de sus propios jugos, apuntaba hacia adelante como una amenaza deliciosa. Miró a Delphine con una mezcla de ternura y lujuria salvaje. «Nunca pensé que a mis cuarenta y dos años iba a follarme a una mujer más joven con una polla de silicona en el sótano de mi bodega, pero dios, cómo lo deseo», pensó mientras empujaba a Delphine contra la barrica opuesta.

La puso de espaldas, las manos de la enóloga apoyadas en la madera curvada, el culo firme levantado. Brigitte escupió sobre el consolador, lo frotó contra el coño empapado de Delphine y entró de golpe, hasta el fondo. Delphine soltó un gemido gutural, largo, casi animal.

—Joder, Brigitte… qué gruesa se siente… rómpeme —suplicó, empujando hacia atrás.

Brigitte comenzó a follarla con fuerza, sus caderas anchas chocando contra el culo más joven y tonificado de Delphine. Cada embestida hacía que sus pechos maduros rebotaran pesadamente contra su propio torso. Agarró el cabello de la enóloga, tirando de él para arquearle la espalda más, y metió la mano libre entre sus piernas para frotarle el clítoris sin piedad.

—Esto es lo que querías, ¿verdad? Que la divorciada de al lado te folle como una perra entre sus barricas —gruñó Brigitte, acelerando el ritmo. El arnés frotaba su propio clítoris con cada movimiento, enviando descargas de placer que la hacían gemir también.

Delphine se corrió con un grito que tuvo que amortiguar mordiendo su propio antebrazo. Su coño apretó el consolador con contracciones violentas, expulsando jugos que salpicaron el suelo de tierra del sótano. Brigitte no paró; siguió follándola más profundo, más rápido, inclinándose sobre ella para morderle la nuca.

Cambiaron de posición una vez más. Delphine se tumbó de espaldas sobre las mantas, abrió las piernas obscenamente y levantó las caderas. Brigitte se arrodilló entre ellas, volvió a penetrarla y folló con movimientos circulares, profundos, sintiendo cómo el consolador tocaba fondo cada vez. Sus pechos se rozaban, sudados y resbaladizos. Se besaban con violencia, mordiéndose los labios, compartiendo saliva y gemidos.

—Más… más adentro… quiero que me llenes entera —jadeaba Delphine, clavando las uñas en las nalgas maduras de Brigitte.

El segundo orgasmo de Delphine fue aún más intenso. Su cuerpo se convulsionó debajo de la mayor, el coño chorreando alrededor del dildo, los muslos temblando sin control. Brigitte sintió su propio clímax llegar al mismo tiempo, provocado por la fricción constante del arnés contra su clítoris hinchado. Se corrió con un gemido ronco y prolongado, apretando las caderas contra Delphine, las dos mujeres unidas por el consolador, temblando y sudando entre las barricas que olían ahora a coño, a vino derramado y a puro sexo salvaje.

Se dejaron caer de lado sobre las mantas, todavía unidas por el arnés, el consolador medio enterrado en el coño palpitante de Delphine. Brigitte lo sacó lentamente, con un sonido húmedo y obsceno, y se quitó el arnés con dedos torpes. Se abrazaron con fuerza, pechos contra pechos, respiraciones entrecortadas mezclándose. Delphine besó la frente sudorosa de Brigitte, luego sus labios hinchados, saboreando el gusto de sus orgasmos compartidos.

—Esto no va a parar nunca… —susurró la enóloga, acariciando con ternura el muslo tembloroso de la mayor, sintiendo cómo sus coños seguían latiendo pegados uno al otro en la penumbra del sótano. Brigitte sonrió contra su cuello, el cuerpo exhausto pero el deseo aún latiendo bajo la piel, y abrió la boca para responder cuando…

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