Caught Skinny-Dipping with the Vampire.

Curiosa Chloe es pillada desnuda por el vampiro Grant. (La premisa: una joven pillada desnuda. La complicación: el vampiro. Relación central: vampiro

16 min read August 15, 2026New

Era una de esas noches de verano en las que el calor se pegaba a la piel como una segunda capa y la luna llena colgaba tan baja que parecía rozar las copas de los pinos. Yo, Chloe, veintidós años, curiosa hasta el tuétano y lo bastante atrevida como para no pensármelo dos veces, dejé la ropa en un montón junto al sendero y me escabullí desnuda entre los árboles hasta el lago privado. El agua me recibió fría y negra, un espejo que rompí con el pecho al zambullirme. Nadé despacio, sintiendo cómo la corriente lamía mis pezones duros y se metía entre mis muslos. Estaba sola. O eso creía.

Cuando saqué la cabeza, él ya estaba allí.

Alto, pálimo como el mármol bajo la luna, el vampiro Grant me observaba desde la orilla. Sus ojos rojos brillaban con un hambre antigua, y esa mirada me clavó en el sitio. El corazón me golpeó la garganta. Me cubrí los pechos con un brazo por instinto, pero el agua transparente no escondía nada: ni el triángulo oscuro entre mis piernas ni el temblor que me recorría. Vergüenza y algo más denso se mezclaron en mi vientre. Él no se movió. Solo sonrió, mostrando apenas la punta de unos colmillos blancos.

—No hace falta que te escondas —dijo con voz baja, grave, como si hablara desde siglos atrás—. Te he olido desde el bosque. Sangre caliente. Piel mojada. Hace mucho que no huelo algo así.

Me quedé quieta, flotando hasta que mis pies tocaron el fondo de arena. El agua me llegaba a la cintura. La vergüenza ardía, pero debajo crecía un pulso espeso, lujurioso. Él era hermoso de una forma imposible: hombros anchos, caderas estrechas, cabello negro peinado hacia atrás. Y me deseaba. Se notaba en la forma en que sus pupilas se dilataban, en cómo su lengua rozó un colmillo.

—¿Quién eres? —pregunté, aunque ya lo sabía por el brillo de esos ojos y la quietud antinatural de su pecho.

—Grant. Y tengo más de mil años, pequeña Chloe. Sí, sé tu nombre. Lo susurraste al agua cuando entraste.

Dio un paso adelante. Luego otro. Sin amenaza, solo con esa elegancia depredadora que me hacía mojar más de lo que el lago podía explicar. Llegó a la orilla y empezó a desnudarse sin prisa. Primero la camisa oscura, revelando un torso esculpido, pálido, sin un solo pelo, con abdominales que se tensaban al respirar —aunque no necesitara aire—. El pantalón bajó después. Su polla saltó libre: gruesa, larga, ya dura, de un color levemente azulado por la frialdad de su sangre muerta. La cabeza rosada brillaba con una gota de líquido transparente. Tragúe saliva.

—Te miro y se me pone así —confesó, acariciándose despacio de la base a la punta—. Tu olor… sangre caliente bombeando bajo esa piel mojada… me excita como nada en siglos. Quiero olerte más cerca. Quiero saborearte.

El coqueteo se espesó en el aire. Me acerqué un poco más, el agua chapoteando en mis caderas.

—Y yo… —dije, dejando caer el brazo que cubría mis pechos— quiero sentir tus colmillos. Y esa polla fría dentro de mí. Ahora.

Sus ojos rojos se oscurecieron. Entró en el lago. El agua le subió por las piernas, por esa verga erecta que se balanceaba pesada. Cuando estuvo a un metro, me atrajo contra su pecho. Su piel estaba fría, deliciosa contra la mía ardiendo. Nos besamos con hambre. Su lengua era fría y diestra; exploró mi boca mientras sus manos bajaban a mis nalgas y me alzaban. Me sentí liviana. Me pegó contra una roca lisa que sobresalía del agua poco profunda. Mis piernas se abrieron solas.

Grant se arrodilló en el agua hasta la cintura y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua fría me abrió los labios del coño de un solo trazo largo, de la entrada al clítoris. Gemí tan alto que los pájaros nocturnos callaron. Chupó, lamió, metió la lengua dentro mientras sus colmillos rozaban los pliegues sensibles sin romper la piel. Cada roce era una promesa. Me agarré a su cabello negro y empujé las caderas contra su boca.

—Así… joder, Grant, no pares…

Lamió más rápido, succionó mi clítoris entre labios fríos y dejó que un colmillo rozara justo al lado. El orgasmo me partió en dos. Grité, el coño palpitando contra su lengua, chorros calientes mezclándose con el agua del lago. Él no se detuvo hasta que me estremecí de nuevo, más suave.

Cuando bajé de la roca, me arrodillé en la arena sumergida. Su polla estaba delante de mi cara, gruesa, helada, venas marcadas bajo la piel pálida. La tomé con ambas manos y la metí en la boca. El contraste de temperaturas me volvió loca: mi saliva caliente contra su carne fría. Chupé con devoción, bajando hasta que la cabeza golpeó mi garganta. Él gruñó, una mano en mi nuca, sin forzar, solo guiando.

—Qué buena boca tienes… más profundo, Chloe. Chúpame esa polla muerta como si quisieras resucitarla.

Lo hice. Lengüeteé las bolas frías, volví a engullir el tronco entero, saliva resbalando por mi barbilla. Cuando sentí que se tensaba, me apartó con suavidad y me giró.

—A cuatro patas. Aquí.

El agua me llegaba a los muslos. Me arrodillé en el fondo, manos apoyadas en la roca, culo en alto. Grant se colocó detrás y me embistió de un solo empujón. Su polla fría abrió mi coño caliente hasta el fondo. Grité de puro placer. Empezó a follarme duro, chapoteos rítmicos, caderas golpeando mis nalgas, una mano en mi nuca y la otra apretándome una teta. Cada embestida me llenaba por completo; el frío de su verga contrastaba con el calor que me hervía por dentro.

—Tan apretada… tan viva —gruñó—. Voy a correrme dentro y aún así seguiré duro para ti.

Me dio la vuelta sin salir del todo, me sentó a horcajadas sobre él en el agua. Me cabalgué cara a cara, subiendo y bajando mientras él me sujetaba las caderas. Nuestros pechos se rozaban. Entonces inclinó la cabeza y clavó los colmillos con delicadeza en el lateral de mi cuello. El pinchazo fue un fogonazo de dolor dulce que se transformó al instante en éxtasis. Chupó. Sentí cómo mi sangre caliente entraba en su boca fría al mismo tiempo que su polla me golpeaba el punto exacto una y otra vez. Me corrí gritando, el coño apretándole en espasmos violentos. Él siguió chupando y follándome, y volví a correrme, y otra vez, hasta que las piernas me fallaron.

Él se corrió dentro con un gemido gutural, el semen frío llenándome a pulsos mientras sus colmillos se retiraban. Aún enterrado en mí, lamió con cuidado las dos marcas pequeñas en mi cuello. La lengua fría cerró los orificios; la piel cosquilleó y dejó de sangrar. Me besó con una ternura que no esperaba, sabiendo a mi propia sangre y a lago.

—Esto solo ha sido el comienzo, Chloe —susurró contra mis labios, todavía duro dentro de mí—. Vuelve mañana por la noche. Y la siguiente. Quiero probarte despacio. Quiero enseñarte lo que un vampiro milenario puede hacer con un cuerpo tan caliente y dispuesto como el tuyo cuando no tenemos prisa.

El agua nos mecía. Su polla seguía dentro, latente. Yo asentí, ya adicta al frío de su piel y al fuego de su hambre. El bosque esperaba, y las noches que vendrían prometían ser mucho más largas y sucias que esta.

Volví a la noche siguiente como una adicta que ya no disimula el temblor de las manos. El calor del verano seguía pegado a la piel, pero esta vez no me desnudé en el sendero: lo hice despacio, frente a él, sabiendo que Grant ya me esperaba en la orilla del mismo lago. La luna estaba más alta y más blanca. Él no llevaba ropa. Su polla colgaba semi-erecta, pesada, y esos ojos rojos me devoraron desde que salí de entre los pinos.

—Sabía que vendrías —dijo, voz grave rozándome la nuca aunque todavía estuviera a tres metros—. Tu olor me llegó antes que tus pasos. Sangre más caliente que anoche. Más mojada.

No respondí con palabras. Caminé hasta él, el agua fría subiéndome por los tobillos, las pantorrillas, los muslos. Cuando estuve lo bastante cerca, él me atrajo de un tirón y me levantó como si no pesara nada. Mis piernas se enroscaron en su cintura. Su boca fría se cerró sobre la mía y su lengua entró sin pedir permiso, explorando, lamiendo, reclamando. Sentí la dureza de su verga subiendo entre mis labios abiertos, rozándome el clítoris ya hinchado. Gemí dentro de su boca.

—Quiero que me folles aquí mismo —susurré contra sus labios—. Pero más despacio. Quiero sentir cada centímetro. Y quiero que me muerdas otra vez, más hondo.

Grant sonrió mostrando los colmillos. Me cargó hasta una zona donde el agua apenas nos llegaba a las rodillas y me recostó sobre una losa plana y tibia del sol del día. Se arrodilló entre mis piernas abiertas y me miró el coño como si fuera un altar. Con dos dedos fríos me abrió los labios y escupió dentro. La saliva helada me hizo arquear la espalda.

—Tan rosada… tan hinchada todavía de anoche —murmuró—. Mi semen aún está dentro de ti, ¿verdad? Lo huelo.

Metió la lengua de un solo trazo largo y lento, de la entrada al clítoris, y se quedó ahí, chupando con suavidad cruel mientras un colmillo rozaba justo al lado del nudo de nervios. No me corrí enseguida. Me sostuvo al borde durante lo que parecieron horas, lamiendo, succionando, metiendo la lengua fría lo más hondo que pudo y sacándola para lamer mis pliegues interiores. Mis manos se enredaron en su cabello negro. Empujé las caderas contra su cara.

—Grant… joder, así… no pares… voy a…

—Todavía no —ordenó contra mi coño, la vibración de su voz mandándome una descarga—. Vas a correrte cuando yo diga. Y vas a hacerlo con mi polla enterrada hasta el fondo.

Se puso de pie, me giró de un manotazo y me puso a cuatro patas sobre la roca mojada. El agua chapoteaba bajo mis pechos. Sentí la cabeza de su verga rozándome la entrada, fría y gruesa, y luego entró de un empujón largo y deliberado. Me llenó por completo. El contraste me sacó un grito ahogado: mi calor interno abrazando su carne muerta, mis paredes apretándolo, intentando calentarlo. Empezó a moverse con lentitud brutal, sacando casi todo y volviendo a hundirse hasta que sus bolas frías golpeaban mi clítoris. Cada embestida era un recordatorio de lo vivo que yo estaba y de lo antiguo que él era.

—Más… más duro —pedí, la voz rota.

—No. Despacio. Quiero que sientas cómo tu coño se adapta a mí. Cómo me pide más sangre y más fría.

Una mano le rodeó la cadera y llegó a mi clítoris. Lo frotó en círculos lentos al mismo ritmo que follaba. La otra mano me sujetó el pecho, pellizcando el pezón hasta que el dolor se volvió placer puro. Me mordió el hombro sin romper la piel, solo marcándome con la presión de los colmillos. Cada roce me acercaba al orgasmo y él lo sabía; cada vez que iba a cruzar el borde, se detenía del todo, enterrado hasta la base, y me dejaba temblar alrededor de su polla inmóvil.

—Por favor… —sollocé—. Déjame correrme. Te lo doy todo. Mi sangre, mi coño, lo que quieras.

—Eso quiero oír —gruñó. Y entonces sí embistió de verdad.

El ritmo se volvió salvaje. Chapoteos fuertes, el sonido húmedo de su verga entrando y saliendo de mi coño empapado, mis gemidos echando a volar a los murciélagos del bosque. Cuando clavó los colmillos en la curva entre mi cuello y el hombro, el mundo se partió. El pinchazo dulce-amargo se transformó al instante en un orgasmo que me dobló por la mitad. Grité su nombre. Mi coño lo exprimió en espasmos violentos mientras él chupaba mi sangre a sorbos largos y seguía follándome sin piedad. Me corrí una segunda vez sin bajar del primero, las piernas temblando, el agua salpicando a nuestro alrededor. Él no se detuvo. Siguió embistiendo y bebiendo hasta que me sentí flotando, vacía y llena al mismo tiempo.

Solo entonces se corrió. Lo sentí: el semen frío inundándome a pulsos gruesos, tan abundante que resbaló por mis muslos y se mezcló con el lago. Aún dentro, lamió las heridas hasta cerrarlas. Su lengua fría era un bálsamo. Me giró con cuidado, me sentó a horcajadas sobre su regazo y me abrazó contra su pecho inmóvil.

—Todavía no hemos terminado —susurró contra mi oreja—. Esta noche te voy a llevar a mi lugar. Quiero follarte en una cama de verdad. Quiero ver cómo se estira tu coño cuando te abro con los dedos y después con la polla otra vez. Quiero que me chupes mientras te meto la lengua en el culo. Y quiero probarte otra vena… más abajo.

Mi respiración era un desastre. Asentí, ya incapaz de fingir que no estaba perdida. Él se puso de pie conmigo todavía en brazos, salió del agua y empezó a caminar hacia el bosque sin molestarse en vestirse. Yo tampoco. La brisa nocturna me secaba la piel y me erizaba los pezones. Cada paso hacía que su polla, todavía semi-dura, rozara mi entrada resbaladiza.

Su “lugar” resultó ser una casa de piedra antigua medio escondida entre los pinos, a menos de un kilómetro. Dentro olía a tierra húmeda, a vino viejo y a él. Me depositó sobre una cama ancha con sábanas negras. La luz de unas velas que se encendieron solas —magia de vampiro, supongo— bañó su cuerpo pálido. Se arrodilló entre mis piernas otra vez y esta vez usó los dedos: dos primero, fríos y largos, curvándolos contra ese punto que me hacía ver estrellas. Luego tres. Me abría, me estiraba, me miraba fijamente a los ojos mientras lo hacía.

—Mírate… cómo te abres para mí. Cómo goteas. Anoche solo te probé. Esta noche te voy a vaciar.

Sacó los dedos, se los chupó uno por uno y después se montó sobre mí. Entró de un solo empujón profundo. Empezamos a follar cara a cara, lento al principio, después más y más rápido. Mis uñas le marcaron la espalda. Él me mordió el otro lado del cuello, chupó otra vez, y el segundo orgasmo de la casa me dejó sin voz. Cuando se corrió otra vez dentro, me dio la vuelta, me puso de rodillas y me ordenó que le chupara limpia su polla mezclada con mi corrida y la suya. Lo hice con devoción, lamiendo cada gota fría, metiéndomela hasta la garganta mientras él me agarraba el pelo y gemía mi nombre como una maldición antigua.

Después me tumbó de bruces, me abrió las nalgas y me lamió el culo con esa lengua fría y diestra hasta que estuve temblando otra vez. Un dedo frío entró ahí mientras su otra mano me frotaba el clítoris. Nunca me habían tocado así. El placer era sucio y perfecto. Cuando metió la cabeza de su polla en mi culo —lento, con mi propia lubricación y su saliva—, grité contra la almohada. Me folló el culo con la misma paciencia milenaria, una mano debajo acariciándome el coño, y me corrí con él enterrado hasta las bolas en ese agujero más estrecho. El orgasmo me sacudió entero el cuerpo. Él se corrió de nuevo, llenándome por detrás, y se quedó dentro, lamiendo mi espalda, susurrando lo que haríamos la noche siguiente, y la otra, y la otra.

Me quedé exhausta, marcada, llena de su frío y de mi propio calor. Él me abrazó por detrás, todavía duro, y me mordisqueó la oreja.

—Mañana te enseñaré lo que pasa cuando un vampiro decide no detenerse en tres corridas —prometió—. Cuando decide marcarte por dentro de formas que no se cierran con la lengua. Vas a volver, Chloe. Y cada noche te voy a pedir un poco más.

Yo solo pude asentir, ya sintiendo cómo el hambre volvía a crecer entre mis piernas aunque el cuerpo me pesara. El bosque afuera seguía esperando. Y yo también.

Volví la tercera noche con las piernas todavía temblando del recuerdo y el cuello marcado por dos pares de pequeños puntos que nadie vería bajo el pelo. Esta vez no me detuve en el lago. Caminé directa hasta la casa de piedra, desnuda bajo el abrigo corto que solté en el umbral. Grant ya me esperaba de pie junto a la cama, pálido y erecto, los ojos rojos fijos en mí como si hubiera olido cada gota de anticipación que me resbalaba por el muslo.

—Tres noches y ya hueles a mía —dijo, voz grave rozándome la piel antes incluso de tocarme—. Entra. Esta noche no hay prisa. Esta noche te abro del todo.

Me empujó suavemente hacia la cama de sábanas negras. Me tumbó de espaldas y se arrodilló entre mis piernas abiertas. Sus dedos fríos me separaron los labios del coño todavía hinchado de las noches anteriores. Escupió dentro otra vez, la saliva helada contrastando con el calor que me hervía, y metió tres dedos de golpe, curvándolos contra ese punto que me hacía arquear la espalda. Los movió lento, sacándolos casi del todo y volviendo a hundirlos mientras su pulgar rozaba mi clítoris en círculos crueles.

—Mira cómo goteas… cómo te abres para una mano muerta. Anoche te follé el culo. Esta noche voy a llenártelo otra vez mientras te chupo la sangre de aquí —y rozó con un colmillo la vena interna de mi muslo, tan cerca del coño que el roce me sacó un gemido roto.

No me dio tiempo a responder. Hundió la cara y empezó a lamer. Lengua fría, larga, diestra, abriéndome, metiéndose, succionando el clítoris entre labios helados mientras los dedos seguían follándome. Un colmillo rozó la carne sensible del muslo sin romperla todavía. Me agarré a las sábanas. Empujé las caderas contra su boca.

—Grant… joder, así… más…

Él gruñó contra mi coño y por fin clavó. El pinchazo dulce en la vena interna me partió en dos. Chupó al mismo tiempo que lamía y metía los dedos. El orgasmo me golpeó tan fuerte que grité su nombre y chorreé contra su lengua. Él no paró. Siguió bebiendo y lamiendo mientras me corrí una segunda vez, las piernas temblando sin control, el coño apretando sus dedos en espasmos violentos. Solo cuando me sentí flotando retiró los colmillos, lamió la herida hasta cerrarla y se subió sobre mí.

Su polla fría y gruesa empujó de un solo tajo hasta el fondo. Me llenó por completo. Empezó a follarme cara a cara, lento al principio, dejando que sintiera cada vena fría rozando mis paredes calientes. Mis uñas le marcaron la espalda pálida. Él me besó con sabor a mi propia sangre y a coño, y después bajó la boca a mi pecho, mordió el pezón sin romper la piel y lo chupó hasta que el dolor se volvió placer puro.

—Más hondo —pedí, la voz rota—. Quiero sentirte en el culo otra vez. Quiero que me folles los dos agujeros esta noche.

Sonrió mostrando los colmillos manchados de rojo. Me giró de un manotazo, me puso a cuatro patas y me abrió las nalgas con las dos manos. Escupió sobre mi culo, metió la lengua fría y la movió en círculos hasta que estuve temblando otra vez. Después la cabeza de su verga empujó. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome de frío. Grité contra la almohada cuando las bolas me golpearon el coño. Empezó a embestir con esa paciencia milenaria, sacando casi todo y volviendo a hundirse hasta el fondo mientras una mano me rodeaba la cadera y me frotaba el clítoris.

—Tan apretada… tan caliente por dentro aunque estés llena de mi semen frío —gruñó—. Voy a correrme aquí y después te voy a follar el coño otra vez sin sacarla del todo. Quiero ver cómo se te mezclan los dos agujeros.

El ritmo se volvió más duro. Chapoteos húmedos, el sonido de su carne fría entrando y saliendo de mi culo, mis gemidos llenando la habitación de piedra. Cuando clavó los colmillos en el otro lado de mi cuello, el mundo se disolvió. Chupó a sorbos largos mientras me follaba el culo sin piedad y me frotaba el clítoris. Me corrí gritando, el orgasmo subiéndome desde el culo hasta la garganta, el coño chorreando sobre su mano. Él siguió. Se corrió dentro de mi culo a pulsos gruesos y fríos, tan abundantes que sentí el semen resbalar por mis muslos. Aún enterrado, me giró sin salir del todo, me sentó a horcajadas y empujó la polla todavía dura hacia mi coño. Entró de un empujón. Empezamos a cabalgar juntos, cara a cara, mis pechos aplastados contra su pecho inmóvil, su boca lamiendo las nuevas marcas del cuello.

—Otra vena —susurró—. Más abajo. Quieta.

Me tumbó de nuevo, se arrodilló y clavó los colmillos justo encima del pubis, chupando mientras tres dedos me follaban el coño lleno de su semen y el mío. El placer era sucio, intenso, adictivo. Me corrí otra vez, más suave, más profundo, sintiendo cómo me vaciaba un poco más en su boca fría. Él lamió la herida, se montó otra vez y me folló lento, casi tierno, hasta que se corrió por tercera vez dentro de mí, llenándome hasta que el frío me goteaba por el culo y el coño a la vez.

Me dejó exhausta, marcada, temblando, llena de su frío y de mi propio calor desbordado. Se recostó a mi lado, todavía semi-duro contra mi muslo, y me lamió el sudor de la sien con una ternura que no esperaba de un monstruo de mil años.

—Mañana —prometió contra mi oído— te voy a atar con esas sábanas y te voy a follar hasta que pidas que te convierta solo para aguantar más. Vas a volver, Chloe. Cada noche un poco más lejos.

Asentí, incapaz de hablar, el cuerpo hecho un desastre delicioso, el cuello y los muslos latendo al ritmo de su hambre. Cerré los ojos un segundo, flotando en esa post-orgásmica niebla perfecta donde el mundo se reduce a piel fría y semen frío y la certeza de que volvería hasta que no quedara nada de la chica que se metió desnuda en un lago.

Entonces mi estómago gruñó. Fuerte. Como un motor diésel enfadado.

Grant levantó una ceja, los colmillos todavía un poco fuera.

—En mil años —dijo con absoluta seriedad— he oído muchos sonidos después del sexo. Gritos, llantos, juramentos de amor eterno… pero nunca el estómago de una humana pidiendo una tortilla de patatas con esa convicción.

Me reí contra su pecho frío hasta que me dolieron las costillas.

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