Vendimia con la Mejor Amiga de Mi Hija

Durante la vendimia, la madura dueña seduce con deseo lésbico a la amiga de su hija.

9 min read August 15, 2026New

El sol de la tarde todavía quemaba la finca cuando Laura y Carla se quedaron solas en el lagar. Las demás peonadas ya se habían marchado, y la hija de Laura había bajado al pueblo a recoger más cajas. Quedaban ellas dos, sudadas, con la ropa pegada al cuerpo y manchadas de mosto morado hasta los codos. Laura, cuarenta y dos años, divorciada, dueña de aquellos viñedos, sentía el calor subirle por la nuca cada vez que la mirada de Carla se le clavaba en el pecho. La chica de veintiún años, la mejor amiga de su hija, no disimulaba: se le humedecían los labios al ver cómo el vestido de lino blanco de Laura se le transparentaba con el sudor, marcando los pezones duros y el culo redondo y maduro que se movía al cargar los cestos.

Laura lo notaba todo. Notaba también cómo su propia coña se le empapaba al mirar el cuerpo joven y firme de Carla: tetas altas, cintura estrecha, muslos fuertes manchados de uva. «Joder, qué puta estoy», pensó, apretando las piernas. Llevaba semanas fantaseando con esa boca joven entre sus piernas, con lamerle el coño a escondidas de su propia hija. Ahora la tensión olía a mosto y a deseo crudo.

Empezaron a lavar las uvas en la pila de piedra. El agua fría salpicaba. Carla se acercó más de lo necesario, rozando sus tetas contra la espalda de Laura. Los pechos firmes de la chica le aplastaron los omóplatos y el aliento caliente le rozó la oreja.

—Me pones la coña empapada con esa madurez tuya, Laura —susurró Carla, descarada—. Esas tetas pesadas, ese culo de mujer… me dan ganas de comértelas enteras.

Laura soltó una risa lasciva, baja, y giró un poco la cadera para rozarle el muslo con la mano. Los dedos se le hundieron en la carne joven y firme.

—Llevo semanas soñando con comerte el coño, putita —confesó sin vergüenza—. El de la mejor amiga de mi hija. Imaginar cómo te corre el jugo por la lengua me deja hecha una zorra cada noche.

Carla gimió y la giró de un tirón. Se besaron con lengua sucia, profunda, chupándose la boca como si quisieran tragarse el aliento. Las manos de Laura le agarraron las tetas a Carla por encima de la camiseta mojada, apretando los pezones duros. Carla le devolvió el favor: le metió las manos bajo el vestido, le sobó las tetas maduras, pesadas, con los pezones hinchados, pellizcándolos hasta que Laura se le derritió contra el cuerpo.

—Qué tetas tan putas tienes —jadeó Carla—. Quiero chupártelas hasta que me mojes la cara.

No esperó más. Se arrodilló en el suelo húmedo del lagar, levantó el vestido de Laura y le bajó las bragas empapadas. El olor a coña caliente y mosto la embriagó. Abrió los labios hinchados de Laura con los dedos y le lamió el clítoris hinchado de un solo trazo largo y guarro. Laura se agarró al borde de la pila, gimiendo.

—Así, zorra… cómeme esa coña madura.

Carla metió dos dedos de golpe, curvándolos hacia arriba mientras chupaba el clítoris con hambre, haciendo ruidos obscenos de succión. La lengua se le enterraba, los dedos follaban rápido, el pulgar le rozaba el culo. Laura se corrió gritando, las piernas temblándole, el jugo chorreándole por los muslos hasta la boca de Carla, que se lo bebió todo como una puta sedienta.

—Joder, qué rico te corres —dijo Carla levantando la cara brillante de fluidos.

Laura la tumbió sobre el montón de uvas moradas. El mosto se le pegó a la espalda a Carla mientras Laura le abría las piernas de un manotazo y le bajaba los pantalones cortos. El coño joven estaba afeitado, rosado, chorreando. Laura se lanzó: lengua profunda en el culo primero, lamiendo el agujero apretado, empujando la punta hasta sentirlo abrirse un poco, luego subiendo al coño, follándoselo con la lengua, alternando. Chupaba los labios, se enterraba en el agujero mojado, volvía al culo, metía la lengua y dos dedos a la vez en el coño.

—Qué coño tan rico tienes, putita de mierda —gruñía Laura entre lametones—. Te lo voy a comer hasta que me riegues la cara.

Carla se retorcía, agarrándole el pelo, empujándole la cara contra su centro.

—Más… fóllame el culo con la lengua, zorra madura… ay, joder, sí…

Cuando las dos estaban al borde, Laura se montó encima en tijera. Abrió las piernas, encajó su coño hinchado y chorreante contra el de Carla y empezó a frotar con fuerza, culo contra culo, clítoris rozando clítoris, los jugos mezclándose con el mosto de las uvas. Se agarraban de las tetas, se pellizcaban los pezones, se llamaban de todo.

—Frota esa coña puta contra la mía —ordenó Laura, moviendo las caderas como una perra en celo—. Quiero correrme chorros encima de ti, zorra.

—Más fuerte, puta… tócame las tetas… me voy a correr… joder, Laura, me corres la coña…

Se frotaron hasta que ambas estallaron. Laura gritó primero, un chorro caliente saliéndole del coño y mojando el de Carla. La chica la siguió al segundo, contrayéndose, echando su propio líquido que les empapó los muslos y las uvas debajo. Se quedaron temblando, jadeando, los coños palpitando pegados.

Después se limpiaron el jugo mutuo de la cara con besos sucios, lamiéndose la boca y la barbilla, tragando el sabor salado y dulce de mosto y corrida. Se rieron bajito, cómplices, mientras se vestían a medias, aún temblando.

—Cada noche de la vendimia —susurró Carla, abrochándose la camiseta con las tetas aún marcadas—. A escondidas. Quiero que me folles el coño con la lengua hasta que no pueda caminar.

Laura le dio un pellizco en el culo y le sonrió, la mirada oscura de promesa.

—Y yo quiero montarte otra vez, sentir cómo me mojas las piernas. Mi hija no se enterará de nada. Tú y yo, putas en este lagar cada noche.

Se miraron un segundo más, el deseo todavía ardiendo bajo la ropa manchada, sabiendo que aquello solo acababa de empezar y que la próxima noche el mosto sabría todavía más a coño.

El sol ya se había ido cuando Laura empujó a Carla contra la pared de piedra del lagar. No esperaron a la noche siguiente. El vestido de lino seguía subido hasta la cintura, las bragas de Laura colgaban de un tobillo y el coño le chorreaba todavía. Carla, con los pantalones cortos a media pierna, abrió las piernas y se agarró a los hombros de la mujer madura.

—Méteme los dedos hasta el fondo, puta. Quiero que me abras.

Laura le metió tres de golpe. El coño joven estaba empapado, resbaladizo, y los nudillos desaparecieron con un sonido húmedo y obsceno. Carla arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás, gimiendo alto.

—Así… fóllame duro. Más. Ábreme esa coña.

Laura la folló con la mano entera casi, empujando hasta que el pulgar le rozó el clítoris hinchado y los dedos le rozaron ese punto suave por dentro. Con la otra mano le abrió los labios del culo y le escupió directamente sobre el agujero apretado. La saliva resbaló y Laura empujó el índice hasta el segundo nudillo.

—Mira cómo te abres, zorra. El culo de la amiga de mi hija tragándome el dedo. Qué asco tan rico das.

Carla se corrió en ese momento, un chorro caliente que le salpicó la muñeca a Laura y le empapó la falda. Las paredes del coño se le cerraron con fuerza alrededor de los dedos. Laura no paró. Siguió metiendo y sacando, añadiendo el meñique, estirándola, mientras le lamiía el cuello y le mordía el lóbulo de la oreja.

—Otra. Quiero otra corrida tuya en mi mano.

La sacó temblando, la giró y la obligó a ponerse a cuatro patas sobre el montón de uvas aplastadas. El mosto morado le manchó las tetas y la cara a Carla. Laura se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las dos manos y le enterró la lengua en el culo hasta donde pudo. La punta empujaba, giraba, follaba el anillo apretado mientras dos dedos le entraban de nuevo en el coño chorreante.

—Lámeme el culo como una perra, Laura… joder, sí, así… métela más.

Laura gruñía contra la carne, chupaba, escupía otra vez y volvía a empujar la lengua. El sabor a mosto, a sudor y a culo joven la volvía loca. Se frotó el propio clítoris con la mano libre, rápida, sucia, mientras se la comía. Cuando sintió que Carla empezaba a temblar otra vez, se incorporó, se montó a horcajadas sobre su espalda y le restregó el coño empapado contra el culo abierto.

—Siente cómo te mojo el agujero, putita. Mi corrida va a entrarte por detrás.

Se frotó hasta corrirse de nuevo, el chorro caliente cayéndole directo sobre el culo de Carla y resbalando hacia el coño. Laura metió los dedos de inmediato, empujó su propio jugo dentro de los dos agujeros de la chica y se los folló a la vez: dos en el coño, uno en el culo, entrando y saliendo al mismo ritmo brutal.

Carla gritaba contra las uvas, el cuerpo sacudido.

—Me corro… me estoy corriendo otra vez… no pares, zorra madura, no pares…

El segundo chorro le salió más fuerte. Le empapó la mano a Laura hasta la muñeca y le salpicó los muslos. Laura se la bebió del culo hacia arriba, lamiendo todo el camino, chupando los labios hinchados, tragando el líquido espeso mezclado con mosto.

Todavía no habían terminado. Laura se tumbó de espaldas entre las uvas y tiró de Carla hacia arriba.

—Siéntate en mi cara. Quiero que me ahogues con esa coña.

Carla obedeció. Se puso a horcajadas sobre la boca de Laura, las rodillas hundidas en la fruta blanda, y bajó el coño chorreante directo sobre la lengua. Laura la agarró de las caderas y se la comió sin piedad: lengua plana y ancha primero, luego puntiaguda y profunda, chupando el clítoris como si quisiera arrancárselo, metiendo la nariz entre los labios, respirando solo el olor a jugo y a vendimia. Carla se balanceaba, frotándose, aplastándole la cara, agarrándose las propias tetas y pellizcándose los pezones hasta dejarlos morados.

—Chúpame… así… trágatelo todo… soy tu puta de la vendimia… cómeme hasta que no me quede nada.

Laura metió la lengua lo más hondo que pudo y al mismo tiempo le metió dos dedos en el culo. Carla se corrió por tercera vez con un grito ahogado, el cuerpo entero convulsionando, el líquido cayéndole a Laura por la barbilla, el cuello y las tetas. Laura se lo bebió todo, lamiendo hasta el último hilo, sin dejar de follarle el culo con los dedos.

Cuando Carla se derrumbó a su lado, jadeando, Laura no la dejó descansar. Se subió encima en tijera otra vez, pero esta vez más sucia: abrió los labios de ambas con los dedos y frotó clítoris contra clítoris con fuerza bruta, los jugos haciendo un ruido chapoteante obsceno. Se besaban entre gemidos, se mordían los labios, se escupían en la boca y se tragaban la saliva mezclada con corrida.

—Frota… frota esa coña joven contra la mía hasta que me dejes coja —ordenó Laura.

—Te voy a dejar el coño hecho una mierda, puta… mira cómo me corres… joder, Laura, me estoy corriendo otra vez encima de ti…

Estallaron juntas. Los chorros se mezclaron, les empaparon el vientre, los muslos, las uvas debajo. Se quedaron pegadas, temblando, los coños palpitando el uno contra el otro, el aire del lagar lleno del olor espeso a sexo y mosto fermentado.

Poco a poco los gemidos se apagaron. Se limpiaron con la lengua una última vez, despacio, lamiéndose los muslos y el bajo vientre, tragando lo que quedaba. Se vistieron en silencio, la ropa pegajosa y manchada. Carla se abrochó la camiseta con dedos torpes. Laura se bajó el vestido. Ninguna dijo la palabra «mañana». Ninguna necesitó decirla.

Salieron del lagar. La finca estaba en completa oscuridad. Solo se oía el crujido de la grava bajo los pies y, muy lejos, el viento entre las vides. Caminaron juntas hasta la casa sin tocarse, sin hablar. La puerta se cerró detrás de ellas con un clic suave.

Después, nada.

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