El Susurro del Pan Caliente al Alba
Una bruja llamada Rosa invoca sin querer a un demonio panadero que la folla brutalmente al amanecer.
El caserón colonial se alzaba entre la niebla de las montañas como un animal dormido, sus muros de adobe agrietados y sus vigas negras todavía oliendo a siglos de humedad y pan olvidado. Rosa, de veintiocho años, bruja de manos manchadas de harina y cinabrio, había encendido las velas antes del primer gallo. El horno de barro del sótano gruñía con brasas rojas; ella dibujaba el círculo con sal y levadura vieja, murmurando fórmulas robadas de un grimoire mohoso. No buscaba un demonio. Solo quería que el pan del alba subiera más alto, más dulce, más perfecto. El error fue una sílaba torcida, un nombre que no debió pronunciar.
El aire se cuarteó. Del calor del horno brotó una figura alta, desnuda, con la piel del color del trigo tostado y una cicatriz que le cruzaba el pecho como la marca de un hierro. Olor a masa fermentada y azufre dulce lo envolvía. Don Ramiro —panadero del siglo XVIII, espíritu condenado a amasar por toda la eternidad— abrió los ojos color caramón quemado y sonrió con dientes demasiado blancos.
—Me llamaste, brujita —dijo con voz de horno abierto—. Y aparecí sin camisa. Qué conveniente.
Rosa no retrocedió. El círculo brillaba, pero el deseo le subió por las piernas como levadura caliente. Lo miró entero: el vientre marcado, la polla ya pesada, semi-erecta, gorda, con la cabeza oscura y brillante de un precum que olía a miel quemada. Él la olía a ella también —sudor, incienso, coño recién despierto— y el reconocimiento fue inmediato, mutuo, deliberado.
—Puedo mandarte de vuelta —susurró ella, la voz ronca.
—Puedes. ¿Quieres?
Rosa tragó saliva. Eligió. Dio un paso fuera del círculo protector y el aire nocturno se volvió denso, casi masticable.
—Quédate.
Don Ramiro se acercó hasta que el calor de su pecho le rozó los pezones a través de la camisola fina. Junto al horno encendido, las brasas pintaban de naranja las paredes. Él se inclinó a su oído y habló bajo, obsceno, con esa calma de quien ha amasado miles de panes y miles de cuerpos.
—Te voy a folla como amaso el pan, Rosa. Primero te sobo despacio, te abro con los dedos, te dejo reposar hasta que estés húmeda y lista. Después te estiro, te doblo, te meto toda la masa de golpe. Te voy a dejar marcas de harina en el culo y semen en la garganta. ¿Eso quieres oír?
Ella gimió. Sin apartar la mirada, metió la mano bajo la camisola, se abrió los labios del coño y se tocó delante de él: dos dedos resbalando entre los pliegues hinchados, el clítoris ya duro, el sonido húmedo inconfundible.
—Tócame —rogó—. Por favor, tócame ya. Quiero tu mano. Quiero tu polla. Poseeme del todo. No me dejes a medias.
Don Ramiro la agarró por la nuca y la besó con hambre de siglos: lengua caliente, dientes en el labio inferior, el sabor a pan de centeno y pecado. Rosa le mordió la boca con la misma urgencia, cruzando el umbral sin mirar atrás. El placer prohibido no era prohibido si ambas voluntades lo pedían a gritos.
Él la levantó como si no pesara y la sentó sobre la mesa de amasar, la madera antigua crujiendo bajo sus muslos. Le arrancó la camisola de un tirón; la tela se rasgó y sus tetas saltaron libres, pesadas, con los pezones oscuros y erectos. Don Ramiro las amasó con las manos enormes —exactamente como amasaba—, apretando, pellizcando los pezones hasta hacerla arquearse, untándolas con la harina que aún quedaba esparcida.
—Ábreme las piernas —ordenó, y ella obedeció al instante, los muslos temblando.
La polla de él era gruesa, venosa, ardiendo. La frotó primero contra el coño empapado, mojándola entera, y después empujó. La cabeza abrió los labios, el tallo entró centímetro a centímetro, estirándola con una lentitud cruel hasta hincarse hasta el fondo. Rosa gritó, las uñas clavadas en sus hombros.
—Joder… tan grande… no pares.
Él la folló en misionero con fuerza de demonio: embestidas largas y hondas que hacían golpear la mesa contra la pared, manos todavía amasando sus tetas, pellizcando pezones hasta dejarlos rojos y sensibles. Cada embestida sacaba un gemido roto de ella; cada retirada dejaba un hilo brillante de jugos. El olor a sexo y pan caliente llenaba el sótano.
Sin aviso la volteó. La puso en cuatro sobre la harina, el culo en alto, la espalda arqueada. Don Ramiro la penetró de un solo envión brutal, agarrándola de las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones deliciosos. El sonido era obsceno: carne contra carne, húmedo, rápido. Mientras la follaba sin piedad, escupió en sus dedos y le metió primero uno, después dos en el culo apretado. Rosa aulló de placer, empujando hacia atrás para tomarlo todo: la polla abriéndole el coño y los dedos abriéndole el culo al mismo tiempo.
—Más duro —suplicó babeando sobre la madera—. Úsame. Rómpeme si quieres. Soy tuya esta mañana.
Él la sacó de la mesa, se sentó en el banco de panadero y la bajó sobre su polla gruesa. Rosa se impaló con un gemido largo, las manos en su pecho ardiente, y empezó a cabalgarlo salvajemente. Subía hasta casi sacársela y bajaba de golpe, el coño haciendo ruidos sucios, los pechos rebotando. Don Ramiro le chupaba los pezones, le mordía el cuello, le hablaba al oído de cómo su semen iba a quemarle por dentro como levadura maldita. Ella apretó el ritmo, frotándose el clítoris contra la base de él, buscando el borde.
El orgasmo la golpeó primero: un espasmo violento que le contrajo el vientre y le hizo gritar el nombre del demonio mientras el coño se le ordeñaba alrededor de la polla. Don Ramiro la siguió segundos después, rugiendo, enterrándose hasta el fondo y corriéndose a chorros gruesos, calientes, casi hirvientes. El semen infernal se mezcló con los jugos de ella y goteó en un charco lechoso y humeante sobre la harina de la mesa y el suelo. El olor era indecente, sagrado, perfect.
Todavía temblando, todavía ensartada en él, Rosa apoyó la frente en su hombro. Don Ramiro le susurró al oído, la voz baja y definitiva:
—Volveré cada alba. Te follaré cada mañana hasta que el sol queme las montañas. A cambio, me das tu alma. Voluntaria. Entera. ¿Aceptas?
Ella se separó lo justo para mirarlo. Sonrió, satisfecha, los muslos brillantes. Lamió los restos de semen de los dedos de él —salado, dulce, con gusto a brasas— y después lo besó con la boca sucia, sellando el pacto con lengua y dientes.
—Acepto —dijo contra sus labios—. Cada alba. Toda mi alma. No me dejes esperando.
El demonio panadero rió bajo, ya empezando a desvanecerse con la luz primera, dejando solo el calor residual y el charco en la harina.
Y cada mañana, desde entonces, el olor a pan caliente anunciaba que el infierno venía a desayunar entre sus piernas.
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