Abrazos que Despertan en el Lago
Carmen y Dante se reencuentran en el lago, se comen a besos y follan con pasión salvaje en la cabaña.
El lago olía igual que hace quince años: pino húmedo, agua quieta y el metal caliente de los pasamanos del muelle. Carmen aparcó el coche de alquiler entre dos pickups cubiertas de polvo y se quedó unos segundos con las manos en el volante, el corazón latiéndole demasiado fuerte para una mujer de treinta y dos años que solo venía a la boda de su mejor amiga.
Paulina la esperaba en el porche de la cabaña grande, con el vestido de novia todavía en una bolsa de tela blanca y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—Por fin, cabrona —dijo, abrazándola con fuerza—. Pensé que te ibas a inventar un edificio de emergencia en Madrid.
—Casi —murmuró Carmen contra su hombro—. Pero no me iba a perder esto.
Detrás de Paulina, en la sombra del porche, estaba él.
Dante.
Más alto de lo que recordaba, o quizá ella lo había empequeñecido en la memoria para que doliera menos. Los hombros anchos metidos en una camisa de lino arremangada, el pelo oscuro un poco más largo, la mandíbula marcada por una barba de tres días. Divorciado, le había contado Paulina por teléfono, sin dar detalles. Testigo del novio. Errol, el futuro esposo, le daba una palmada en la espalda y se reía de algo, pero Dante no escuchaba. Sus ojos —esos ojos de color avellana que siempre la habían delatado— estaban fijos en ella.
Carmen sintió el golpe en el pecho como si alguien le hubiera apretado el esternón con el puño.
Se acercó. No había forma de evitarlo.
—Hola, Carmen.
La voz le salió más grave, raspada por el tabaco o por los años. Ella extendió los brazos porque era lo que se hacía, porque eran amigos de la infancia, porque el lago lo exigía. Él la rodeó con ambos brazos y la levantó un centímetro del suelo, el pecho duro contra los pechos de ella, la mejilla rozándole la sien. El abrazo duró tres segundos de más. O tres de menos. Carmen no sabía. Solo sabía que el olor de Dante —jabón barato, sol y algo amargo que era solo suyo— le subió por la nariz hasta la garganta y le apretó ahí, donde se guardan las palabras nunca dichas.
—Te ves… —él se separó lo justo para mirarla, las manos todavía en su cintura— …igual. Y distinta.
—Tú también —respondió ella, y odió lo ronco de su propia voz.
Paulina gritó algo sobre las sillas y los arreglos florales, y el momento se rompió, pero no del todo. Quedó colgando entre ellos como el calor de agosto.
Durante los preparativos, el roce se volvió costumbre y luego intención.
Por la tarde, mientras colocaban guirnaldas en el pabellón al aire libre, Dante le pasó por detrás para alcanzar una caja de luces. Su pecho rozó la espalda de Carmen. No dijo “perdón”. Ella no se apartó. Más tarde, cuando Errol le pidió que sostuviera la escalera, la mano de Dante se posó en la parte baja de su espalda para estabilizarla, los dedos abiertos, calientes a través de la tela fina del vestido de verano. Carmen contó los segundos. Cinco. Seis. Cuando bajó, él no retiró la mano de inmediato; el pulgar dibujó un arco mínimo justo encima del hueso de la cadera, y ella sintió el tiro eléctrico hasta el coño.
Por la noche, después de la cena de ensayo, Paulina y Errol se metieron temprano a pelearse cariñosamente por el orden de las canciones. El resto del grupo se dispersó. Carmen bajó al muelle con una botella de vino abierto y dos vasos, sin admitirse del todo a quién esperaba.
Dante ya estaba ahí, sentado al borde, con los pies descalzos rozando el agua negra.
—Sabía que vendrías —dijo sin mirarla.
Ella se sentó a su lado. Le pasó un vaso. Sus rodillas se tocaron y ninguno se movió.
—Siempre venía aquí cuando no sabía qué hacer conmigo misma —confesó Carmen—. Tú lo sabías.
—Lo sé. Te esperaba a veces. Te veía llegar desde la cabaña de mis padres y me escondía entre los árboles porque… —tragó—. Porque si te hablaba te iba a decir cosas que no podía.
El silencio del lago se metió entre ellos, denso, lleno de ranas lejanas y el chasquido suave del agua contra la madera.
Dante giró el cuerpo hacia ella. La luz de la luna le cortaba la cara por la mitad.
—Nunca me divorcié del todo de la idea de ti, Carmen. Mi matrimonio se fue a la mierda por mil razones, pero una de ellas —la que no le dije a nadie— era que cada vez que la follaba cerraba los ojos y eras tú. Siempre has sido tú. Desde que teníamos dieciocho y te empujé al agua y te agarraste a mi cuello y casi te beso y no lo hice porque era un cobarde. Sigo enamorado de ti. Lo he estado todo este tiempo.
Carmen sintió que se le aflojaban las rodillas aunque estaba sentada. El vaso le tembló en la mano. Dejó el vino a un lado, con cuidado, y se enfrentó a él con el pecho ardiendo.
—Nunca dejé de pensar en ti —dijo, y la verdad le salió cruda, sin maquillaje—. En Madrid, en las camas de otros, en los planos que dibujaba a las tres de la madrugada… estabas tú. El lago. Tu risa. La forma en que me mirabas cuando creías que no te veía. Me dije mil veces que era nostalgia barata. Mentira. Era deseo. Era querer que me follaras contra un pino y después me dijeras tonterías al oído. Nunca se fue, Dante. Nunca.
Él exhaló como si le hubieran soltado un nudo en la garganta. Levantó una mano y le tocó la mejilla con los nudillos, lento, pidiendo permiso con el tacto. Carmen inclinó la cara hacia la caricia.
—¿Puedo besarte? —preguntó él, la voz hecha un hilo grueso.
—Si no lo haces ahora mismo te odio.
Se inclinaron al mismo tiempo.
El primer contacto fue lento a propósito: labios cerrados, respiraciones mezcladas, el temblor de alguien que ha esperado demasiado. Después Dante abrió la boca y Carmen metió la lengua, hambrienta, y el beso se volvió profundo, mojado, con dientes que rozaban y un gemido bajo que salió del pecho de él y le vibró a ella en los pezones. Sus manos subieron al pelo de Dante, tirando un poco; las de él bajaron a su cintura y la acercaron hasta casi sentarla a horcajadas sobre su muslo en el muelle estrecho. Ella sintió la dureza de su polla a través del pantalón, gruesa, caliente, palpitándole contra el muslo interior, y se le humedeció la braga de un golpe.
—Joder, Carmen… —murmuró contra su boca, mordiéndole el labio inferior—. Cómo te he querido besar.
—Más —pidió ella, sin vergüenza—. Dame más.
Se comieron a besos. Lenguas torpes de tanta urgencia, saliva compartida, la mano de Dante subiendo por la costilla hasta acariciar el contorno de su pecho por encima del vestido, el pulgar rozando el pezón endurecido hasta que Carmen arqueó la espalda y soltó un sonido bajo, animal. Él le besó la mandíbula, el cuello, el hueco detrás de la oreja, inhalándola como si fuera a memorizarla otra vez. Ella le metió la mano por debajo de la camisa, palma abierta sobre el abdomen duro, sintiendo el vello y el calor de la piel, bajando hasta el borde del pantalón sin atreverse del todo a cruzarlo… todavía.
Cuando se separaron para respirar, estaban ambos jadeando. La frente de Dante apoyada en la de ella. El lago quieto como si también contuviera la respiración.
—Si seguimos aquí —dijo él, la voz ronca de deseo—. Te voy a follar en este muelle y mañana Paulina nos mata.
Carmen rio, temblorosa, con los labios hinchados y el coño latiéndole con un pulso indecente.
—Entonces llévame a la cabaña. La pequeña. La de los invitados. Nadie está ahí.
Dante la miró a los ojos, buscando la última duda. No había ninguna. Solo años enteros empujando desde atrás, pidiendo salida.
Se puso de pie y le tendió la mano. Ella la tomó. Los dedos se entrelazaron con una naturalidad que dolía de lo bien que encajaban. Caminaron por el sendero de tierra, sin soltarse, el cuerpo de él rozando el de ella a cada paso, la promesa cruda colgando entre ambos como el olor a sexo que todavía no habían hecho.
Detrás de ellos, el muelle quedó en silencio. Delante, la cabaña oscura esperaba con las ventanas abiertas al viento del lago, y dentro de Carmen el deseo ya no era solo memoria: era carne, era ahora, era la mano de Dante apretándole la suya como si por fin hubiera dejado de tener miedo.
La puerta de la cabaña crujió al abrirse. Ni siquiera encendieron la luz.
La puerta se cerró a sus espaldas con un golpe sordo y la oscuridad de la cabaña los envolvió al instante. El aire olía a madera vieja y a sábanas limpias. Dante no esperó. Atrapó la cara de Carmen entre las manos y la besó con una hambre que le raspaba la garganta, empujándola hacia atrás hasta que la espalda de ella chocó contra la pared. Las manos de Carmen ya le desabrochaban la camisa, tirando de los botones, buscando la piel caliente del pecho, el vello áspero, los pezones duros. Él le subió el vestido hasta la cintura de un tirón y le metió la mano entre las piernas, encontrando la braga empapada, el coño hinchado y resbaladizo.
—Joder, estás chorreando —gruñó contra su boca—. Toda esta mierda mojada es para mí.
Carmen le mordió el labio y se deslizó hacia abajo, de rodillas sobre el suelo de tablones. Le abrió el pantalón con dedos torpes de ganas, sacó la polla gruesa y pesada, ya dura como una roca, la vena gruesa latiéndole contra la palma. La olía: sal, jabón y ese amargor que era solo de él. Sin más preámbulos se la metió en la boca hasta casi atragantarse, la lengua aplastada bajo el glande, las mejillas hundidas, chupando con ruidos obscenos, saliva espesa corriendo por la barbilla. Dante soltó un gemido gutural y le agarró el pelo, no para forzarla, solo para sentir cómo se movía. Ella bobinaba la cabeza, profunda, rápida, lamiendo la base, chupando los huevos pesados, volviendo a engullir el tronco entero mientras se miraba a sí misma desde fuera, pensando en todos los años que había fantaseado con arrodillarse así, con la polla de Dante abriéndole la garganta.
—Así, puta mía… chúpamela entera —jadeó él—. Me vas a dejar seco solo con esa boca.
Carmen se separó solo para escupirle en la polla y volvérsela a meter, más profunda, hasta que le lloraban los ojos y el coño le latía como un segundo corazón. Cuando Dante tiró de ella hacia arriba, estaba temblando. La tumbaron en la cama estrecha. Él le arrancó la braga de un tirón y se hundió entre sus muslos sin pedir permiso. La lengua ancha y caliente le abrió los labios del coño de un solo lametón largo, desde el agujero hasta el clítoris hinchado. Carmen arqueó la espalda y gritó, las manos en el pelo de él, abriéndose más. Dante la comió como un hombre que lleva años muriendo de hambre: lengüetazos lentos y sucios, chupando el clítoris entre los labios, metiendo dos dedos gruesos y curvándolos hasta encontrar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido era obsceno, chapoteo mojado, gemidos de él vibrándole contra el coño. Carmen se corrió la primera vez con las piernas temblando alrededor de su cabeza, el orgasmo subiéndole desde el vientre en oleadas calientes que le sacudían los pechos.
—Otra —ordenó Dante, y volvió a chuparla, más lento ahora, saboreando cada gota, hasta que ella se retorció y le pegó en el hombro porque ya no podía más.
Entonces se subió sobre ella. La miró a los ojos mientras alineaba la polla gruesa en su entrada empapada. Entró de un solo empujón profundo, hasta el fondo, abriéndola, estirándola, llenándola tanto que Carmen se quedó sin aire. Misionero crudo, caderas chocando, la polla saliendo casi entera y volviendo a clavarse hasta el útero. Se miraban. No apartaban la vista. Cada embestida era una confesión. Carmen le rodeó la cintura con las piernas y le clavó las uñas en la espalda.
—Te quiero dentro siempre —gimió ella—. Me follas tan puto profundo…
—Te he soñado así mil noches —respondió él, la voz rota, sudor goteándole de la frente a los pechos de ella—. Tu coño apretándome… joder, Carmen, eres mía.
Aceleró. La cama crujía. El sonido de piel contra piel llenaba la cabaña. Cuando ella estaba a punto otra vez, Dante se giró y la subió encima. Carmen se sentó de un golpe sobre su polla, hundiéndola hasta las bolas, y empezó a cabalgarlo salvaje, manos entrelazadas con las de él por encima de la cabeza de Dante, pechos rebotando, culo golpeando contra sus muslos. Subía y bajaba con fuerza, frotando el clítoris contra la base, gimiendo confesiones entre embestidas:
—Te amo… te he amado siempre… no me dejes otra vez… fóllame, fóllame más duro… quiero tu leche dentro…
Dante le soltó las manos solo para agarrarle las caderas y empujar hacia arriba con brutalidad, encontrándose a mitad de camino. El orgasmo los pilló juntos: ella contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, él disparando chorros calientes y espesos contra el fondo de su coño, gruñendo su nombre como una maldición. Se quedaron temblando, unidos, el semen de él empezando a salirle por los lados.
Después, todavía dentro de ella, Dante la abrazó contra su pecho sudado, la cara de Carmen pegada al latido salvaje de su corazón. Le susurró al oído, la voz ronca:
—No voy a volver a perderte. Ni una puta vez más. Quédate. Empecemos otra vez. Contigo. Aquí o en Madrid o donde sea. Solo no te vayas.
Ella asintió contra su piel, aún con la polla blanda y resbaladiza dentro, y se durmieron así, pegados, el olor a sexo y lago entrando por la ventana abierta.
Al día siguiente el sol cayó a plomo sobre el pabellón. Paulina brillaba de blanco. Errol lloraba como un crío. Carmen y Dante se miraron desde extremos opuestos del pasillo improvisado, ella con un vestido verde que le dejaba los hombros al aire, él de traje oscuro que le marcaba los hombros. Cada vez que sus ojos se cruzaban había complicidad densa, la memoria de la noche anterior ardiéndoles bajo la ropa, la promesa intacta. Cuando los novios se besaron, Dante le guiñó un ojo a Carmen y ella sonrió con la boca todavía hinchada de la madrugada. Después de los brindis, cuando la gente bailaba y el sol empezaba a bajar, se escaparon al borde del lago, lejos de las luces. Se miraron un segundo largo, con esa esperanza sucia y real de quien por fin ha dejado de huir. Dante le tomó la cara y la besó tierno, lento, sellando el segundo chance con labios que sabían a vino y a futuro.
Pero cuando se separaron un milímetro, Carmen le agarró la polla a través del pantalón, todavía medio dura, y le susurró al oído mientras le apretaba el bulto: esta noche te la voy a meter otra vez hasta las pelotas y me vas a llenar el coño hasta que me chorree por las piernas delante de todo el puto lago.
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