Máscara y Deseo en la Cubierta Nocturna
En la cubierta del crucero, Bianca y Paulina se comen los coños con lujuria salvaje tras la máscara.
La noche caribeña envolvía el crucero de lujo como una caricia húmeda y salada. En la cubierta superior, farolillos de papel balanceaban su luz dorada sobre cuerpos enmascarados que se mecían al ritmo de un bolero lento. Bianca, de treinta y dos años, capitana de yate de oficio y de gesto firme, se había quitado el uniforme por una vez y lucía un vestido negro que se pegaba a sus curvas con insolencia. El antifaz de encaje oscuro le dejaba libres solo la boca llena y la mandíbula marcada. Observaba. Siempre observaba.
Paulina apareció entre la multitud como una sombra perfumada. Veintiocho años, española, misteriosa hasta en la forma de sostener la copa de champán. Su máscara plateada ocultaba media cara, pero no la curva provocadora de sus labios pintados de rojo profundo ni el brillo travieso de sus ojos. Se detuvo a dos pasos de Bianca. El aire entre ellas se densificó de inmediato.
—Bonita noche para perderse —dijo Bianca, voz grave, ronca por el mar y el mando.
Paulina sonrió, lenta, cómplice.
—O para encontrarse sin nombres.
Bailaron. Primero a una distancia educada, luego más cerca. Los hombros se rozaron. La cadera de Paulina rozó el muslo de Bianca cuando el ritmo se volvió más denso. Bianca sintió el calor ajeno atravesarle la tela y se le endurecieron los pezones bajo el vestido. Paulina notó la reacción y apretó un poco más, fingiendo que el baile lo exigía. Miradas largas. Sonrisas que no eran de cortesía. El roce “accidental” de pechos contra pechos hizo que a las dos se les sequara la garganta.
Cuando la canción acabó, quedaron casi solas en el extremo de la cubierta. El resto de la fiesta había bajado hacia la piscina iluminada. Solo quedaban ellas, el oleaje y el olor a sal y a deseo.
Paulina se acercó al oído de Bianca, labios rozando la oreja.
—Tu voz me pone empapada —susurró—. Esa forma de ocupar el espacio… de mandar sin gritar. Me excita que parezcas capaz de clavarme contra cualquier barandilla y follarme hasta que grite.
Bianca sintió un tirón caliente entre las piernas. El deseo mutuo ya no era sospecha: era certeza. Agarró la muñeca de Paulina con suavidad firme y la guió hacia un rincón más oscuro, donde las luces de la fiesta apenas llegaban y solo el resplandor de la luna y el brillo lejano de otras embarcaciones dibujaba siluetas. Allí, contra la baranda baja y el olor a madera barnizada, se besaron con hambre.
Fue un choque de bocas abiertas, lenguas que se buscaban sin pudor. Bianca mordió el labio inferior de Paulina y la otra gemió dentro del beso. Las manos de Paulina no tardaron: se deslizaron bajo el vestido negro de Bianca, subiendo por los muslos firmes, encontrando la piel caliente y luego la tela ya empapada de las bragas. Dos dedos rozaron el coño hinchado a través de la encaje y Bianca soltó un jadeo grave.
—Joder, estás chorreando —murmuró Paulina, frotando el clítoris con el pulpejo—. Tan mojada solo de bailar conmigo…
Bianca respondió clavando los dientes en el cuello de Paulina, justo debajo de la mandíbula, chupando la piel salada mientras sus manos grandes apretaban las tetas ajenas a través del vestido. Los pezones duros se clavaban en sus palmas. Paulina arqueó la espalda y empujó las caderas hacia adelante.
—Más… —pidió Paulina entre gemidos, la voz ya rota—. Fóllame sin piedad, capitana. Quiero tus dedos dentro, quiero que me uses aquí mismo antes de que alguien suba.
Bianca la giró, la pegó de pecho a la barandilla fría y le subió el vestido hasta la cintura de un solo tirón. La braga de Paulina era un hilo empapado que Bianca apartó con dos dedos. Se arrodilló en la cubierta, las rodillas sobre la madera cálida, y enterró la cara entre los muslos de la otra mujer. El olor a coño excitado le subió a la cabeza como un golpe. Pasó la lengua plana desde la entrada hasta el clítoris hinchado, lo chupó con fuerza, lo rozó con los dientes sin morder del todo. Paulina se agarró a la baranda y abrió más las piernas.
—Ahí… sí, chúpamelo, joder…
Bianca metió dos dedos de golpe, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto esponjoso mientras su boca no abandonaba el clítoris. Chupaba, lamía, follaba con la mano en un ritmo brutal y preciso. Paulina temblaba, las tetas aplastadas contra el metal, el antifaz plateado torcido. Los gemidos se volvieron gritos cortos cuando el orgasmo la atravesó: el coño se le contrajo alrededor de los dedos de Bianca, los jugos le corrían por la muñeca y la barbilla, y gritó el nombre que no conocía, solo un “sí, sí, cómeme” roto por el placer.
Apenas pudo sostenerse. Bianca se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió con los labios brillantes. Paulina no le dio tiempo a hablar. Se dejó resbalar de rodillas, le alzó el vestido a Bianca y le arrancó las bragas con un tirón que rasgó la costura. El coño de Bianca quedó expuesto, hinchado, goteando. Paulina lo miró un segundo, famélica, y se lanzó.
Comió con avidez: lengua profunda, chupones en los labios exteriores, dedos que no se andaban con rodeos. Metió dos en el coño caliente y, cuando sintió a Bianca abrir más las piernas, deslizó el dedo corazón untado de jugos hacia atrás y lo empujó despacio dentro del culo apretado. Bianca soltó un gruñido gutural y se agarró al pelo de Paulina.
—Más profundo… folla los dos agujeros… así…
Paulina alternaba ritmos: rápido en el coño, lento y giratorio en el culo, lengua siempre en el clítoris. Bianca se corrió con todo el cuerpo: las piernas le temblaron, el orgasmo le subió desde el centro hasta la garganta en un gemido largo y ronco que ahogó contra su propio brazo. El coño le palpitó alrededor de los dedos, el culo se le contrajo, y un chorro caliente mojó la boca y la barbilla de Paulina.
Aún temblando, se miraron. Los antifaces seguían puestos; solo se veían bocas hinchadas y ojos oscuros de lujuria. Bianca tiró de Paulina hacia arriba, las dos se recostaron torcidas sobre una tumbona abandonada en la sombra y abrieron las piernas una contra la otra. Coños mojados se encontraron, clítoris rozando clítoris, labios resbaladizos frotándose con fuerza. Se agarraron de las caderas y empujaron, tijeras salvajes, el sonido húmedo y obsceno llenando el silencio de la cubierta. Se miraban a través de las máscaras, pupilas dilatadas, bocas abiertas, respirando el mismo aire caliente.
—No pares —jadeó Bianca—. Quiero correrme otra vez contra tu coño…
Paulina aceleró, la fricción se volvió casi dolorosa de lo intensa, los jugos se mezclaban, resbalaban por los muslos y caían a la madera. El segundo orgasmo de Paulina llegó primero, un temblor que le hizo clavar las uñas en la carne de Bianca. Bianca la siguió segundos después, el cuerpo entero sacudido, el grito ahogado contra el hombro de la otra.
Quedaron enlazadas, sudorosas, los vestidos hechos un desastre, las máscaras torcidas pero aún cubriendo lo suficiente. El viento traía risas lejanas de la fiesta. Bianca pasó un dedo por el labio hinchado de Paulina y lo llevó a su propia boca, saboreando.
—Esto no se queda aquí —dijo en voz baja, la autoridad de siempre teñida de promesa oscura—. Hay camarotes. Hay toda una noche. Y yo todavía no te he oído rogar de rodillas como se debe.
Paulina sonrió, recuperando el aliento, los ojos brillantes detrás del antifaz.
—Entonces llévame. Antes de que alguien nos busque. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar mañana… y quiero ver qué hay debajo de esa máscara cuando estés dentro de mí otra vez.
Bianca la ayudó a ponerse de pie. Las piernas de ambas aún fallaban. Se ajustaron los vestidos lo mejor que pudieron, se miraron una última vez bajo la luna caribeña, y caminaron juntas hacia la escalera que bajaba a los pasillos privados, el deseo todavía latiendo entre los muslos, el aire cargado de lo que vendría apenas cerraran una puerta.
Continuaron bajando la escalera metálica con las piernas todavía blandas y el pulso martilleándoles en la entrepierna. El pasillo de los camarotes olía a madera barnizada, a salitre y a esa mezcla dulce de perfume caro y sexo reciente que ellas mismas arrastraban. Bianca no soltó la muñeca de Paulina ni un segundo; la apretaba con la misma seguridad con la que sujetaría el timón en una tormenta. Al llegar a la puerta 412 deslizó la tarjeta, entraron y el click de la cerradura sonó como una sentencia.
La habitación era amplia, con una cama king size cubierta de sábanas de satén oscuro y un ventanal que daba al mar negro. Las luces bajas dejaban todo en penumbra dorada. Bianca empujó a Paulina contra la puerta apenas cerrada y le arrancó el vestido de un tirón. El tejido cedió, cayó al suelo y dejó a Paulina en sujetador negro y la braga hecha jirones que ya no cubría nada. Los pechos pesados, los pezones oscuros y erectos, el coño afeitado y todavía brillante de jugos propios y ajenos.
—Quítame la máscara —susurró Paulina, la voz ronca—. Quiero verte la cara mientras me usas.
Bianca se quitó primero el antifaz de encaje. El rostro que apareció era de mandíbula fuerte, labios hinchados y ojos grises que brillaban con hambre pura. Luego arrancó la máscara plateada de Paulina. Quedaron cara a cara, sin escondite. Paulina era más suave de lo que la noche dejaba adivinar: pómulos altos, boca carnal, una cicatriz fina cerca de la ceja que Bianca lamió de inmediato.
—Ahora sí —gruñó Bianca—. Ahora te voy a follar como se debe.
La levantó como si no pesara y la tiró sobre la cama. Paulina rebotó y abrió las piernas al instante, ofreciéndose. Bianca se despojó del vestido negro de un solo movimiento. Debajo no llevaba nada: tetas firmes de capitana, abdomen marcado por el mar, un triángulo de vello oscuro y el coño todavía goteando sobre los muslos. Se subió encima, le abrió las piernas más y se acomodó en tijera otra vez, pero esta vez más lenta, más profunda. Los clítoris se frotaron con precisión cruel. Paulina arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
—Joder, cómo me pones… tu coño caliente contra el mío… no pares, capitana.
Bianca la sujetó de las caderas y empujó con fuerza. El roce húmedo llenó la habitación de chapoteos obscenos. Cada embestida hacía que los pechos de Paulina rebotaran y que el clítoris de ambas se aplastara y se deslizara. Bianca se inclinó, le mordió un pezón y lo chupó con ganas mientras seguía frotándose.
—Dime lo que quieres —ordenó contra la piel—. Ruégame.
—Quiero tu lengua otra vez… quiero que me abras con la boca y me metas la lengua hasta el fondo… y después quiero tus puños, quiero que me estires el coño hasta que grite.
Bianca sonrió salvaje y bajó de un salto. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Paulina, le levantó las rodillas hasta el pecho y enterró la cara. Esta vez no hubo delicadeza. Lengua ancha que recorrió los labios hinchados, que se clavó en la entrada y embistió como un pene, que salió para chupar el clítoris con fuerza rítmica. Dos dedos, luego tres. Paulina se retorcía, las uñas clavadas en las sábanas, gritando sin control.
—Más… ábreme… fóllame con toda la mano, joder…
Bianca escupió sobre el coño abierto, untó bien y empujó cuatro dedos. El coño de Paulina cedió, caliente y resbaladizo, tragándolos hasta los nudillos. Bianca los movía en círculos mientras lamía el clítoris sin piedad. El olor a sexo inundaba todo. Paulina se corrió con un grito ahogado, el cuerpo entero convulsionando, el coño apretando los dedos en oleadas fuertes que mojaron la muñeca y la cara de Bianca. Los jugos le corrían por la barbilla y le goteaban al pecho.
Apenas el orgasmo aflojó, Paulina se incorporó jadeando y empujó a Bianca de espaldas. Se le montó a la cara al revés, en un sixty-nine voraz. El culo perfecto de Paulina quedó a centímetros de la boca de Bianca y el coño goteante justo encima. Bianca no dudó: la agarró de las nalgas, separó los glúteos y le metió la lengua en el culo al mismo tiempo que chupaba el coño desde abajo. Paulina se dobló sobre ella y devoró el coño de Bianca con la misma furia: lengua profunda, labios succionando, dos dedos en el coño y el pulgar empujando el culo apretado.
Se comían como si se estuvieran muriendo de hambre. El sonido era puro sexo: chupidos, gemidos ahogados, el chapoteo de jugos y saliva. Bianca empujaba las caderas hacia arriba, follando la boca de Paulina, mientras su propia lengua no paraba de invadir los dos agujeros. Paulina temblaba otra vez, cerca.
—Me corro… me voy a correr en tu boca otra vez… ábreme más…
Bianca metió la lengua más hondo en el culo y tres dedos en el coño. Paulina gritó contra el coño de Bianca y se deshizo: un chorro caliente le inundó la boca y la barbilla. Bianca bebió todo, lamiendo hasta la última gota mientras su propio orgasmo la golpeaba. Se corrió con las piernas temblando alrededor de la cabeza de Paulina, el coño palpitando, un gemido largo y gutural que vibró contra el culo ajeno.
Se separaron solo lo suficiente para girarse y quedarse tumbadas de lado, frente a frente, sudorosas, el pelo pegado a la frente, las bocas brillantes de jugos. Bianca le pasó la lengua por los labios a Paulina, saboreando lo de las dos mezclado.
—Todavía no he terminado contigo —dijo con esa voz de mando que hacía que a Paulina se le contrajera el coño otra vez—. Quiero verte de rodillas en el suelo, rogando. Quiero que me pidas que te folle el culo con los dedos hasta que no puedas más. Y después… después vamos a usar lo que hay en ese cajón.
Paulina miró hacia la mesilla. Había un kit de juguetes que el barco ofrecía a los huéspedes más atrevidos: un dildo grueso de silicona negra, lubricante, una pequeña fusta. Los ojos se le dilatóron.
—Hazlo —susurró, ya bajando de la cama y arrodillándose en la alfombra suave—. Fóllame como quieras, capitana. Úsame. Quiero despertar mañana y que cada paso me recuerde cómo me abriste esta noche.
Bianca se levantó, se acercó despacio y le agarró el pelo con suavidad firme, obligándola a mirar hacia arriba. Con la otra mano se tocó el coño todavía hinchado y le ofreció los dedos mojados. Paulina los chupó con devoción, mirándola a los ojos.
—Buenas perra —murmuró Bianca—. Ahora abre la boca más. Voy a follártela primero con los dedos y después te voy a dar ese dildo hasta que me ruegues que te lo meta en el culo también.
Paulina abrió, obediente y excitada hasta el temblor. Bianca le embistió la boca con tres dedos, lento al principio, luego más profundo, tocando la garganta. Paulina babeaba, los ojos llorosos de placer, las manos entre sus propias piernas frotándose sin vergüenza. El aire de la habitación estaba denso, caliente, cargado del olor a coño y a sal. Afuera el crucero seguía navegando bajo las estrellas, pero dentro de ese camarote solo existían ellas dos y la promesa de que la noche apenas empezaba.
Bianca sacó los dedos, se agachó y la besó con lengua profunda, saboreando su propia saliva. Luego se irguió, cogió el dildo negro y el lubricante y se los mostró a Paulina, que seguía de rodillas, pechos agitados, muslos brillantes.
—Míralo bien —dijo Bianca, untándolo con generosidad—. Primero te lo voy a meter en ese coño glotón hasta que te corras otra vez gritando mi nombre. Después te lo voy a sacar y te lo voy a empujar despacio en el culo mientras te chupo el clítoris. Y no vas a parar de rogar. ¿Entendido?
—Sí… por favor… fóllame ya, te lo ruego… necesito sentirte dentro otra vez, necesito que me llenes…
Bianca sonrió, esa sonrisa oscura de quien sabe exactamente cómo romper y reconstruir a alguien con placer. Se sentó en el borde de la cama, abrió las piernas y le indicó a Paulina que se subiera a horcajadas, de espaldas a ella, en posición de cowgirl inversa. Paulina obedeció temblando. Bianca alineó el dildo grueso contra la entrada hinchada y empapada y empujó hacia arriba al mismo tiempo que Paulina bajaba.
El gemido que salió de la garganta de Paulina fue animal. El juguete la llenó por completo, estirándola, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. Bianca la agarró de las caderas y la obligó a montar a un ritmo brutal, subiendo y bajando, el dildo desapareciendo y reapareciendo brillante de jugos. Con una mano le rodeó la cintura y con la otra le frotó el clítoris en círculos rápidos.
—Así… cabalga… más fuerte… quiero oír cómo te mojas alrededor de esto…
Paulina rebotaba, las tetas saltando, el culo chocando contra el pubis de Bianca. Cada bajada era más profunda. El orgasmo la embistió sin aviso: se contrajo alrededor del dildo con fuerza, gritó el nombre de Bianca y un chorro le salió entre las piernas, mojando el muslo de la otra mujer. Bianca no paró. La siguió follando a través del orgasmo, prolongándolo hasta que Paulina lloriqueaba de tanto placer.
Cuando por fin aflojó, Bianca la levantó despacio, sacó el dildo chorreante y lo acercó a los labios de Paulina.
—Límpialo. Y después date la vuelta y apóyate en la cama. Voy a preparar ese culo hermoso.
Paulina chupó el juguete con lengua lenta, mirándola, y luego se puso a cuatro patas sobre el colchón, la espalda arqueada, el culo en alto, el coño y el agujero apretado expuestos y brillantes. Bianca se arrodilló detrás, le separó las nalgas y le escupió directamente sobre el culo. El lubricante frío le siguió. Un dedo primero, girando, entrando. Luego dos. Paulina empujaba hacia atrás, pidiendo más.
—Relájate… voy a metértelo entero… quiero sentirte apretarme mientras te lo embisto…
Bianca alineó el dildo untado contra el agujero rosado y empujó con paciencia y firmeza. La cabeza entró. Paulina soltó un gemido largo, mitad dolor dulce, mitad éxtasis. Centímetro a centímetro el juguete desapareció hasta que las bolas falsas tocaron la piel. Bianca empezó a moverlo en vaivén lento, profundo, mientras con la otra mano le acariciaba el clítoris hinchado.
—Tan apretada… tan puta… te encanta que te follen el culo, ¿verdad?
—Sí… más… fóllame más fuerte… quiero correrme con esto dentro…
El ritmo aumentó. El sonido de la silicona entrando y saliendo del culo lubricado era obsceno y perfecto. Bianca se inclinó y le lamió la espalda, mordiendo el hombro, susurrándole mariconadas al oído mientras la follaba sin piedad. Paulina se corrió otra vez, el culo contrayéndose alrededor del dildo en espasmos fuertes, el cuerpo entero temblando, la voz rota en un «capitana… joder… sí…».
Bianca la sostuvo, la dejó bajar del pico y solo entonces sacó el juguete con cuidado. Las dos cayeron sobre la cama, jadeando, enlazadas, los cuerpos brillantes de sudor y fluidos. Bianca le acarició el pelo húmedo y le besó la sien.
—Descansa cinco minutos —murmuró contra su piel—. Porque después quiero que me montes la cara hasta que me ahogues con tu coño, y luego vamos a probar esa fusta en ese culo rojo. Y todavía no te he oído pedirme que te deje marcada. La noche es larga, Paulina. Y yo pienso usarte hasta el amanecer.
Paulina sonrió contra el pecho de Bianca, la mano ya resbalando otra vez entre los muslos ajenos, encontrando el coño caliente y hinchado.
—Entonces no esperes. Quiero que me destroces. Quiero salir de este camarote cojeando y con tu sabor todavía en la lengua. Fóllame otra vez. Ahora.
Bianca la giró, se subió encima y le abrió las piernas con las rodillas. El deseo no había bajado ni un grado; al contrario, ardía más fuerte, más profundo, prometiendo que lo que venía sería todavía más salvaje, más sucio, más infinito. Afuera el barco cortaba las olas negras y la fiesta seguía lejos, pero dentro solo existía el calor de dos cuerpos que no pensaban parar hasta que no quedara aliento.
Bianca no le dio respiro. Con las rodillas le mantuvo las piernas abiertas de par en par y se frotó contra ella con una violencia húmeda y deliberada, el clítoris hinchado de ambas chocando y resbalando en un chapoteo obsceno que llenaba la habitación. El calor de sus coños se mezclaba otra vez, labios hinchados aplastándose, jugos corriendo por las nalgas de Paulina hasta la sábana ya manchada. Bianca la miraba desde arriba, mandíbula tensa, ojos grises oscurecidos por la lujuria, y cada embestida de cadera era un golpe seco y preciso.
—Mírame mientras te corro otra vez encima —ordenó, voz ronca—. Quiero ver esa cara cuando te rompa.
Paulina arqueó la espalda, pechos pesados temblando, pezones duros rozando el aire acondicionado. Las uñas se le clavaron en los muslos de Bianca.
—Más fuerte, capitana… joder, así… tu coño me está volviendo loca… no pares, fóllame con esa fricción hasta que grite…
El roce se volvió casi brutal. Bianca se inclinó, le atrapó un pezón entre los dientes y lo tiró mientras seguía empujando. El segundo orgasmo de Paulina llegó como una ola sucia: el cuerpo se le contrajo entero, el coño palpitando contra el de Bianca, un gemido largo y roto que se le escapó de la garganta. Los jugos le salieron a chorros, mojando el pubis ajeno. Bianca no se detuvo; cabalgó el temblor de ella hasta exprimirle hasta la última sacudida y solo entonces se corrió también, gruñendo contra el pecho de Paulina, el clítoris saltándole en espasmos fuertes mientras el calor le subía por la espalda.
Apenas el temblor aflojó, Bianca se rodó de espaldas y tiró de Paulina hacia arriba.
—Ahora sí. Sube. Siéntate en mi cara y ahógame con ese coño glotón. Quiero que me uses la boca hasta que no pueda respirar.
Paulina obedeció temblando de ganas. Se colocó a horcajadas sobre la cabeza de Bianca, rodillas hincadas a ambos lados, y bajó el culo hasta que el coño abierto y chorreante aplastó la boca abierta de la capitana. Bianca gruñó de placer puro y se agarró a las nalgas firmes, separándolas, clavando la lengua profunda en la entrada caliente. Chupó los labios hinchados, aspiró el clítoris con fuerza rítmica, metió la lengua lo más hondo posible y la movió como un pistón mientras Paulina se mecía encima, frotándose, follándose la cara sin pudor.
—Así… cómeme… trágate todo… joder, tu lengua me llega al fondo… más… ábreme con la boca…
Bianca metió tres dedos de golpe en el coño de Paulina mientras la lengua se deslizaba hacia atrás y empujaba dentro del culo todavía resbaladizo del dildo. Paulina gritó, se agarró al cabecero y empezó a cabalgar de verdad, el culo rebotando contra la cara de Bianca, jugos y saliva goteando por la barbilla y el cuello de la otra. El olor a sexo era espeso, animal. Cada bajada ahogaba un poco más a Bianca, que gemía contra la carne y empujaba la lengua y los dedos con más furia. Paulina se corrió otra vez sin aviso: un chorro caliente inundó la boca de Bianca, que bebió y lamió como si se estuviera muriendo de sed, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos en oleadas potentes.
Cuando Paulina intentó levantarse, Bianca la sujetó por las caderas y la mantuvo ahí, lamiendo despacio, saboreando cada gota.
—Todavía no. Quiero otro. Me debes otro chorro, puta.
Paulina soltó una risa rota y se frotó de nuevo, más lenta, más profunda, hasta que el siguiente orgasmo le sacudió las piernas y le arrancó un gemido gutural. Solo entonces Bianca la dejó bajar. Las dos jadeaban, caras brillantes, pelo pegado.
Bianca se incorporó, cogió la fusta del cajón y la hizo silbar en el aire. El sonido seco hizo que a Paulina se le contrajera el coño otra vez.
—De rodillas otra vez. Apóyate en el borde de la cama. Culo en alto. Voy a dejarte las nalgas rojas antes de follártelo otra vez.
Paulina obedeció al instante, pechos colgando, espalda arqueada, el culo perfecto ofrecido. Bianca se arrodilló detrás, le acarició primero las nalgas con la palma abierta y luego descargó el primer latigazo. El chasquido resonó. Paulina gimió alto, un hilo de placer y escozor.
—Más… márchame… te lo ruego…
El segundo y el tercero cayeron seguidos, dejando marcas rosadas que Bianca lamió de inmediato. La fusta silbó otra vez, más fuerte, y Paulina empujó el culo hacia atrás pidiendo.
—Cuenta —ordenó Bianca.
—Cuatro… cinco… joder, sí… seis…
Al octavo la piel ardía preciosa. Bianca tiró la fusta, escupió sobre el culo abierto y metió dos dedos de una vez en el agujero todavía dilatado. Paulina gritó de puro alivio.
—Tan abierta… tan puta… te gusta que te deje el culo rojo y lleno, ¿verdad?
—Sí, capitana… fóllame el culo con los dedos… estíramelo… quiero sentirte hasta el fondo…
Bianca metió un tercero, girándolos, follándola a un ritmo brutal mientras con la otra mano le frotaba el clítoris hinchado y resbaladizo. El sonido era húmedo y obsceno. Paulina se corría ya, el culo apretando los dedos en espasmos fuertes, jugos corriendo por la muñeca de Bianca. Ésta no paró; la folló a través del orgasmo y solo cuando el cuerpo de Paulina se ablandó sacó los dedos y se los ofreció a la boca abierta.
—Límpialos. Bien.
Paulina chupó con lengua voraz, mirándola a los ojos, saboreando su propio culo y su propio coño mezclados. Bianca le besó después, profunda, sucia, compartiendo el sabor.
—Ahora el dildo otra vez. Pero esta vez te lo voy a meter en el coño mientras te meto los dedos en el culo. Quiero llenarte los dos agujeros hasta que no sepas ni tu nombre.
Paulina se tumbó de espaldas, levantó las piernas y se las abrió con las manos, ofreciéndose completamente. Bianca untó el dildo negro otra vez, lo alineó contra la entrada hinchada y lo empujó de un solo golpe hasta el fondo. Paulina gritó, el coño tragándolo entero. Bianca empezó a embestir con fuerza, el juguete entrando y saliendo brillante, mientras dos dedos se clavaban otra vez en el culo apretado y se movían al mismo ritmo.
—Así… los dos… fóllame los dos… más profundo… joder, me estás abriendo tanto…
El ritmo se volvió salvaje. Bianca le chupaba un pezón a la vez que la follaba, mordía, hablaba sucio contra la piel.
—Eres mi puta de cubierta… mi perra de camarote… te voy a dejar tan abierta que mañana no vas a poder sentarte sin recordarme…
Paulina se deshizo otra vez, un orgasmo largo y tembloroso que le hizo soltar las piernas y agarrarse a las sábanas. El coño y el culo se contrajeron alrededor del dildo y de los dedos con fuerza ciega. Bianca la sostuvo, la folló más despacio para alargar el placer, y solo cuando los espasmos aflojaron sacó todo con cuidado.
Se miraron un segundo, sudorosas, bocas hinchadas, pechos agitados. Bianca se pasó la lengua por los labios.
—Todavía no has montado mi cara hasta ahogarme del todo. Y yo todavía no te he oído rogarme que te deje el coño y el culo tan rojos y abiertos que duela sentarte en el desayuno. Hay más lubricante. Hay más noche. Y yo pienso que te falte el aire antes del amanecer.
Paulina sonrió, ojos brillantes de lujuria infinita, y se arrastró otra vez hacia la cara de Bianca, culo en alto, lista para bajar.
—Entonces ábreme la boca, capitana. Voy a follártela hasta que tragues todo lo que me quede. Y después quiero la fusta otra vez… y tu lengua… y ese dildo en los dos agujeros a la vez si hace falta. Úsame. No pares. Quiero que esta noche no tenga final.
Bianca la agarró de las caderas, la bajó despacio sobre su boca abierta y empujó la lengua otra vez dentro del coño caliente y resbaladizo. El gemido de Paulina llenó el camarote. Afuera el mar negro seguía moviéndose bajo el casco, pero dentro solo existía el calor de dos cuerpos que seguían escalando, más sucios, más hambrientos, la promesa de marcas, de ahogos y de más juguetes todavía latente entre ellas como un fuego que no pensaba apagarse.
Paulina se hundió del todo sobre la boca de Bianca, el coño abierto y chorreante aplastándole los labios, la nariz, la barbilla. Bianca gruñó contra la carne caliente y clavó la lengua hasta el fondo, chupando, aspirando, tragando cada gota que le caía. Paulina se mecía con fuerza, las nalgas rebotando, frotándose el clítoris hinchado contra la nariz de la capitana mientras se agarraba al cabecero.
—Trágatelo todo, puta… ábreme más… quiero correrme otra vez y ahogarte —jadeó Paulina, la voz rota, los pechos saltándole con cada embestida de cadera—. Chúpame el coño hasta que me salga otro chorro… joder, tu lengua me está destrozando…
Bianca metió cuatro dedos de golpe en el coño empapado de Paulina y los torció hacia arriba, buscando ese punto que la hacía gritar. Con la otra mano le abrió más el culo y empujó el pulgar dentro del agujero todavía dilatado y resbaladizo del dildo. Paulina gritó, se sacudió y un chorro caliente y espeso inundó la boca de Bianca. Ésta bebió sin piedad, la cara empapada, el pelo pegado de jugos, mientras Paulina seguía cabalgándola a través del orgasmo, el coño contrayéndose en oleadas brutales alrededor de los dedos.
Cuando el temblor aflojó un segundo, Bianca la empujó hacia delante, la hizo caer de bruces sobre la cama y se levantó detrás de ella. Agarró la fusta otra vez y la hizo silbar.
—Culo más alto. Ahora te voy a marcar de verdad —ordenó, voz grave, los ojos grises brillando de hambre pura.
El primer latigazo cayó seco sobre la nalga ya rosada. Paulina gimió alto y empujó el culo hacia atrás. El segundo y el tercero dejaron marcas rojas más profundas. Bianca no se anduvo con rodeos: descargó seis, siete, ocho golpes seguidos, cada uno más fuerte, hasta que las nalgas de Paulina ardían, hinchadas, con el dibujo de la fusta claro sobre la piel. Luego se arrodilló, le separó las nalgas con las manos y le escupió directo al culo rojo. El lubricante frío le siguió a raudales. Tres dedos entraron de una vez, follándola sin piedad mientras la fusta volvía a caer sobre los muslos.
—Cuenta, perra —exigió Bianca, los dedos enterrados hasta los nudillos, girando, abriendo.
—Nueve… diez… joder, sí, más… márchame el culo… fóllame con la mano… —Paulina bababa contra la sábana, las piernas temblando, el coño goteando un hilo grueso hasta la alfombra.
Bianca sacó los dedos, cogió el dildo negro chorreante y lo empujó de un solo golpe hasta el fondo del coño de Paulina. Al mismo tiempo metió dos dedos en el culo y los movió al ritmo salvaje de las embestidas. El juguete entraba y salía brillante de jugos, el sonido obsceno de carne y silicona llenando el camarote. Bianca se inclinó, le mordió el hombro y le habló al oído mientras la destrozaba.
—Eres mi puta de cubierta… mi agujero glotón… te voy a dejar el coño y el culo tan abiertos que mañana no vas a poder sentarte sin que te duela y te mojes recordándome… ruégame que te llene más…
—Por favor, capitana… fóllame más fuerte… mételo todo… quiero los dos agujeros llenos hasta que grite tu nombre… úsame… destózame… —Paulina se corrió otra vez con un grito animal, el cuerpo entero convulsionando, un chorro saliéndole alrededor del dildo y mojando la muñeca de Bianca hasta el codo.
Bianca no paró. La folló a través del orgasmo, prolongándolo, sacando el dildo solo para empujarlo otra vez más hondo y añadir un tercer dedo en el culo. Cuando Paulina se ablandó, jadeando, babeando, Bianca la giró de un tirón, la tumbó de espaldas y le abrió las piernas hasta casi partirla. Se montó encima en tijera brutal, el coño hinchado y chorreante aplastándose contra el de Paulina, clítoris contra clítoris, labios resbaladizos frotándose con violencia. Cada embestida era un golpe seco, húmedo, obsceno. Los pechos de ambas rebotaban, el sudor les corría entre las tetas, el olor a sexo era espeso y animal.
—Mírame mientras te corro encima otra vez —gruñó Bianca, la mandíbula tensa, empujando más fuerte—. Quiero ver esa cara de puta cuando te rompa el coño con el mío…
Paulina arqueó la espalda, las uñas clavadas en las nalgas de Bianca, y se corrió gritando, el chorro caliente saliéndole a presión y mojando el pubis y los muslos de la otra. Bianca la siguió segundos después, gruñendo, el clítoris saltándole en espasmos potentes mientras el calor le subía por la espalda y le salía un gemido largo y sucio.
Apenas el temblor bajó, Bianca se rodó, agarró el dildo otra vez y se lo ofreció a la boca de Paulina.
—Chúpalo. Limpia tus jugos. Después te lo voy a meter en el culo hasta las bolas mientras te como el coño hasta que me ahogues otra vez.
Paulina chupó con lengua voraz, babosa, mirándola a los ojos, saboreando su propio coño y su propio culo mezclados. Bianca la puso a cuatro patas otra vez, le alineó el juguete contra el agujero rojo y dilatado y empujó despacio pero sin piedad hasta que desapareció entero. Paulina gritó, el culo tragándolo, las nalgas abiertas y marcadas. Bianca se deslizó debajo, le atrapó el clítoris entre los labios y chupó con fuerza rítmica mientras embestía el culo con el dildo a un ritmo brutal.
—Así… fóllame el culo… chúpame… más… me corro… me voy a mear de placer en tu boca… —Paulina se deshizo, un chorro espeso inundando la cara de Bianca, el culo apretando el dildo en espasmos ciegos.
Bianca bebió todo, lamiendo, chupando, follando el culo sin parar. Cuando Paulina se derrumbó, temblando, Bianca sacó el juguete, se lo metió a ella misma en el coño de un golpe y se montó a horcajadas sobre la cara de Paulina.
—Ahora me toca a mí. Ábreme la boca y trágate lo que te salga. Voy a follarte la cara hasta que me corra otra vez y te deje la lengua empapada de mi coño.
Paulina obedeció, lengua afuera, y Bianca se sentó con todo el peso, el dildo todavía dentro de ella, el coño aplastando la boca abierta. Se mecía, se frotaba, se follaba la cara de Paulina con violencia húmeda mientras se tocaba el clítoris. El orgasmo la golpeó fuerte: se sacudió, gruñó, un chorro caliente le salió directo a la garganta de Paulina, que traga y lamió sin parar, la cara cubierta de jugos.
Se separaron solo lo suficiente para que Bianca sacara el dildo chorreante y lo empujara otra vez en el coño de Paulina al mismo tiempo que metía la mano casi entera, cuatro dedos y el pulgar plegados, abriéndola hasta el límite. Paulina gritó, se retorció, se corrió otra vez en un chorro largo que mojó la sábana ya destrozada. Bianca la folló así, llena, estirada, sucia, hablando mierda sin parar.
—Tan abierta… tan puta… te voy a dejar el coño como un túnel… mañana vas a sentir cada paso y vas a mojarte solo de recordarlo… ruégame que te destroce más…
—Destózame… fóllame el coño y el culo hasta que no quede nada… lléname… úsame como tu agujero personal… quiero salir cojeando y goteando tu saliva y mis jugos… no pares, capitana… no pares nunca…
Bianca sacó la mano, se la metió en la boca a Paulina para que la chupara y volvió a clavar el dildo en el culo mientras le comía el coño a dentelladas, chupones, lengua profunda. Se turnaron, se montaron, se follaron con los juguetes, con las manos, con las bocas, hasta que las dos estuvieron brillantes de sudor y fluidos, las sábanas hechas un desastre, los cuerpos marcados, los agujeros hinchados y abiertos. Paulina se corrió otra vez sentada en la cara de Bianca, un chorro final que le empapó el pecho. Bianca se corrió frotándose el clítoris contra el muslo de Paulina, gruñendo, el coño palpitando.
Siguieron. Bianca la puso de nuevo a cuatro patas, le metió el dildo en el coño y tres dedos en el culo y la embistió sin piedad hasta que Paulina gritó y se orinó un poco de puro placer, el líquido caliente corriendo por las piernas. Bianca se lo lamió todo, se lo untó en las tetas, se lo ofreció a la boca de Paulina. Se comieron los coños otra vez en sixty-nine salvaje, jugos y saliva goteando, gemidos ahogados, el dildo pasando de un culo al otro. La fusta volvió a silbar, las nalgas ardiendo, las marcas más oscuras. Bianca le hablaba sucio sin parar: puta de cubierta, perra de camarote, agujero glotón, te voy a follar hasta que amanezca y te deje incapaz de caminar.
Paulina cabalgó la cara de Bianca una última vez, el culo rojo y abierto, el coño chorreando sin control, y se corrió con un grito ronco mientras Bianca le metía la lengua y los dedos hasta el fondo. Bianca la siguió, frotándose contra la pierna de Paulina hasta correrse otra vez, el cuerpo sacudido, el coño echando más jugos calientes. Se quedaron enredadas solo el tiempo de recuperar el aliento para volver a la carga: dildo en el culo de Bianca mientras Paulina le chupaba el clítoris, manos en ambos agujeros, fusta otra vez, chorros, gritos, el olor a sexo denso como niebla.
El amanecer empezaba a filtrarse por el ventanal cuando Bianca empujó a Paulina contra el cristal frío, le abrió las piernas y le metió el dildo hasta el fondo del coño al mismo tiempo que le follaba el culo con cuatro dedos. Paulina se corrió gritando contra el cristal, un chorro espeso bajándole por los muslos hasta el suelo. Bianca se arrodilló, se lo lamió todo y se lo untó en la cara.
—Ahora chúpame el coño hasta que me salga el último chorro y te lo tragues entero, puta. Quiero verte la cara llena de mi leche de coño mientras te follan los dos agujeros a la vez.
Paulina se arrodilló, abrió la boca y devoró. Bianca le embistió la cara con las caderas, el dildo todavía dentro de Paulina, los dedos en su culo, y se corrió con un gruñido gutural, el chorro caliente saliéndole directo a la garganta de la otra. Paulina lo tragó todo, baboso, sucio, y se corrió otra vez solo de eso, el cuerpo temblando, los jugos corriendo por el dildo y los dedos.
Bianca la tiró al suelo de la alfombra, se montó a horcajadas al revés y se frotó el coño abierto contra la boca de Paulina mientras le comía el culo dilatado. Se follaron así hasta que las dos echaron el último chorro, caras empapadas, cuerpos brillantes, agujeros abiertos y goteando sin parar. El dildo quedó clavado en el culo de Paulina, los dedos de Bianca enterrados en su coño, la lengua de Paulina todavía chupando el clítoris hinchado de la capitana.
El camarote olía solo a coño usado, a culo follado, a jugos y a sal. Bianca empujó más hondo, sacó el dildo chorreante, se lo metió en la boca a Paulina para que lo limpiara y luego se lo volvió a clavar en el coño mientras le decía al oído:
—Trágate mis jugos, ábrete el culo y deja que te folle hasta que te salga el último chorro por las piernas y mojes el puto suelo del camarote, puta de mierda.
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