Celebración Salvaje que Dejó Solo a su Marido
Su tímido marido mira cómo Naomi se folla salvajemente al jefe de la fiesta.
La mansión de Damon olía a champán caro y a promesas sucias. Grant, el contable tímido de siempre, apretaba la mano de su esposa Naomi como si pudiera anclarla a la realidad. Ella, treinta y dos años de curvas voluptuosas envueltas en un vestido rojo que parecía pintado sobre sus tetas y ese culo redondo que le había costado horas de gimnasio —y muchas masturbaciones secretas a él—, sonreía como si ya hubieran ganado la lotería. El ascenso de Damon merecía esta fiesta salvaje, y Grant lo sabía. Lo que no sabía era cuánto le iba a gustar lo que venía.
Damon los recibió en el umbral, alto, arrogante, con esa mandíbula de anuncio de colonia y los ojos que ya le estaban comiendo el escote a Naomi. —Grant, el número uno de las hojas de cálculo —bromeó, dándole un apretón de manos que casi le crujió los huesos—. Y esta… joder, Naomi, si hubiera sabido que eras tan… redonda, te habría ascendido a ti a ti también.
Naomi soltó una carcajada baja, coqueta, y tocó el brazo de Damon con los dedos pintados de rojo. —Cuidado, jefe. Mi marido se pone celoso… o algo peor.
Grant sintió el calor subirle por el cuello. Celos, sí. Pero también esa punzada traicionera en la polla que ambos habían confesado en la cama, entre risitas y “qué pasaría si…”. Habían fantaseado con esto: él mirando, ella disfrutando. Nunca pensaron que la fantasía se materializaría con champán y un vestido que apenas cubría el coño de Naomi.
La fiesta bulliciaba alrededor: música, risas, cuerpos bien vestidos. Naomi no soltaba a Damon. Se reía de sus chistes mediocres, se inclinaba de más, dejaba que la mano del jefe rozara la curva de su cintura. Grant los seguía como un perrito, vaso de whisky temblando, la erección ya empujando el pantalón. Cada vez que Naomi miraba por encima del hombro y le guiñaba, el nudo en el pecho se le convertía en un cosquilleo enfermizo y delicioso.
En un rincón junto a las ventanas que daban al jardín iluminado, Naomi se pegó a la oreja de Grant. Su aliento olía a menta y a ganas. —Cariño… quiero follarme a Damon esta noche. Aquí. Ahora. ¿Me dejas? Por favor. Mírame a los ojos y dilo.
Grant balbuceó, la cara ardiendo. —N-Naomi… joder… sí. Sí, quiero… quiero verlo. Quiero que te lo metas entero mientras yo… yo solo miro.
Ella le plantó un beso húmedo en la boca, sabiendo exactamente lo que le hacía. —Buen chico cornudo —susurró, y antes de que pudiera retractarse lo agarró de la corbata y tiró de Damon hacia un salón privado al fondo del pasillo. —Ven, jefe. Mi marido necesita una lección de tamaño. Y tú, Grant, camina. Vas a mirar cada segundo. Consentido y todo, ¿verdad?
Damon rio, ya duro bajo el traje. —Joder, Grant, tu mujer es un espectáculo. Entra y siéntate. Silla de la vergüenza, ¿eh?
El salón era pequeño, lámparas bajas, un sofá de cuero y una mesa de centro que ya olía a sexo anticipado. Naomi cerró la puerta con el culo, se giró y se arrodilló frente a Damon sin perder el contacto visual con su marido. —Mira bien, amor —dijo mientras bajaba la cremallera del jefe—. Dicen que los jefes tienen pollas de mando… y vaya si la tiene.
La polla de Damon saltó gruesa, venosa, más larga y ancha que la de Grant, con la cabeza ya brillante de precum. Naomi la agarró con ambas manos, le dio un lametón lento desde las bolas hasta la punta y se la metió entera de un golpe, haciendo gárgaras obscenas. Miró a Grant con los ojos brillantes de lujuria. —Mmm… es mucho más grande que la tuya, cariño. Se me atraganta… joder, qué rica. Tú te quedas ahí, tocando tu pollita mientras yo le chupo al jefe como una puta de lujo.
Grant se dejó caer en la silla, la mano ya metida en el pantalón, sacándose la polla dura y más pequeña. Se masturbaba con vergüenza y una excitación que le hacía temblar las rodillas. Damon se reía, agarrando el pelo de Naomi y embistiéndole la garganta. —Vaya, el maridito cornudo se toca solo. ¿Te gusta ver cómo tu mujer se atora con una polla de verdad, Grant? Relájate, contable. Hoy tu trabajo es mirar y no tocar.
Naomi se separó con un hilo de saliva colgando, los labios hinchados. Se levantó, se bajó el vestido de un tirón —sin bragas, el coño ya chorreando— y se puso a cuatro patas sobre el sofá, el culo en pompa hacia Damon, la cara girada hacia su marido. —Fóllame duro, jefe. Quiero que Grant oiga cómo gimo por ti.
Damon no se hizo de rogar. Le clavó la polla de un solo empujón, hasta el fondo, y Naomi gritó de placer puro, los pechos colgando y rebotando. —¡Ah, joder, sí! Más gruesa… me parte el coño… Grant, míralo, míralo cómo me destroza. Tú nunca llegas tan hondo, amor.
Cada embestida hacía chapotear el coño empapado de Naomi. Damon le daba palmadas en el culo, rojas y sonoras, mientras se burlaba. —Escucha a tu esposa, cornudito. Grita más alto, Naomi. Que el contable se corra solo de la humillación. ¿Eh, Grant? ¿Te gusta que tu mujer sea mi putita de fiesta?
Grant gemía, la mano subiendo y bajando rapidito, sin atreverse a acercarse. El humor de la situación le sacaba risitas nerviosas entre los jadeos: su jefe, el mismo que firmaba sus nóminas, rebotando a Naomi como un muelle. —S-sí… joder, sí… fóllatela…
Damon la sacó, la volteó y la montó en vaquera inversa sobre el sofá. Naomi se sentó de espaldas a él, las piernas abiertas, y empezó a rebotar, las tetas enormes saltando con cada bajada. La polla gruesa entraba y salía brillante de jugos. Ella se agarraba las rodillas y miraba a Grant con una sonrisa pícara y sudorosa. —¿Ves esto, amor? Mis tetas bailando mientras me empalmo al jefe. Más grande, más dura… me voy a correr otra vez. Tócate más rápido, cornudo. Quiero verte acabar sin poder metérmela.
Damon le sujetaba las caderas y empujaba hacia arriba, riéndose. —El maridito solo mira. Pobre Grant, siempre con la calculadora y ahora con la polla en la mano. Naomi, apriétame ese coño… voy a llenarte.
El ritmo se volvió brutal. Naomi gritaba, rebotando, el vestido rojo hecho un guiñapo a un lado. Grant se corría primero, chorros blancos manchándole la camisa, la cara roja de vergüenza y placer. Damon dio un último embiste profundo y se corrió dentro de ella con un gemido triunfal, sujetándola mientras latía y llenaba el coño de Naomi hasta que el semen empezó a salir por los lados.
Se retiró riendo, se subió la cremallera y le dio una palmada sonora en el culo a Naomi. —Buen trabajo, contable. Tu mujer es un sueño. Nos vemos en la oficina… y quizás en más fiestas.
Salió del salón todavía riéndose, dejándolos solos. Naomi se quedó de rodillas un segundo, el semen espeso de Damon chorreándole por los muslos internos, goteando hasta el suelo. Se acercó a Grant, todavía jadeante en la silla, le besó la boca con sabor a polla ajena y le susurró al oído, la voz ronca y llena de promesas: —Esta será nuestra nueva…
Naomi le lamió la oreja a Grant con la lengua todavía sabrosa a la polla de Damon y terminó la frase sin piedad: —…nuestra nueva rutina, cornudito. Cada fiesta de la empresa te voy a llenar de semen ajeno y tú te vas a correr solo mirándome. Ahora límpiamelo.
Grant, todavía temblando con la camisa manchada de su propio corrido, se arrodilló entre las piernas abiertas de su mujer. El coño de Naomi goteaba mechonones blancos y espesos que le resbalaban por los labios hinchados hasta el culo. Él sacó la lengua y empezó a lamer, tragando el semen caliente de su jefe mientras ella se reía a carcajadas. —Así, buen chico. Traga todo lo que te ha dejado el jefe. Qué rico se siente tu lengua humillada… ¡jajaja! Se te pone la cara más roja que mi vestido.
De pronto la puerta se abrió de nuevo. Damon entró con dos copas de champán y una sonrisa de tiburón, ya con la cremallera otra vez bajada y la polla semi-dura balanceándose. —Me olvidé el postre, contable. Tu mujer me debe un segundo round y tú vas a servir de alfombra. Siéntate debajo del sofá, Grant. Quiero que me mires las bolas mientras le reviento el coño otra vez.
Grant se arrastró como le mandaban, el culo contra el suelo de madera, la pollita otra vez dura y ridícula. Desde abajo veía todo: los huevos pesados de Damon, el coño chorreante de Naomi y el momento exacto en que la cabeza gruesa volvía a abrirla de un empujón brutal. —¡Aaah, joder, sí, jefe! Más hondo… Grant está mirando tus bolas golpear mi culo. Dile lo pequeño que es, Damon, dile.
Damon embistió con ritmo de pistón, las manos aferrando las tetas de Naomi y apretándolas hasta que los pezones se le escapaban entre los dedos. —Tu marido tiene una polla de bolígrafo, Naomi. Sirve para firmar cheques, no para follarte. Escúchalo jadear ahí abajo… pobre contable, se le va a caer la calculadora del cerebro de la vergüenza. ¿Te gusta el chapoteo, Grant? Cada vez que entro, tu mujer me escupe jugos encima de tu cara.
Naomi rebotaba salvaje, el vestido rojo ya hecho jirones alrededor de la cintura, las tetas rebotando como dos globos locos. Se agarró el clítoris y se lo frotó mirando fijamente a los ojos de Grant entre las piernas de Damon. —Mira cómo me corro, amor… ¡me estoy corriendo otra vez en la polla del jefe! ¡Ah, joder, se me abre todo! Tú nunca me haces esto… nunca me dejas goteando hasta el tobillo. Tócate, cornudo, tócate mientras me follan como puta de lujo.
Grant se masturbaba a dos manos, la cara salpicada de gotas de semen y flujo. El humor absurdo de la escena le sacaba risitas ahogadas entre gemidos: su jefe, el mismo que le pedía reportes de Excel los lunes, ahora le estaba empotrando a la mujer con la fuerza de un martillo neumático y le hablaba como si le dictara un balance. —S-sí… fóllatela más duro… quiero ver cómo le sale por los lados otra vez…
Damon se lo tomó como un reto. Sacó la polla, le dio la vuelta a Naomi de un manotazo y la puso de pie, doblada sobre la mesa de centro. Le abrió los glúteos y le clavó la verga hasta que los huevos le aplastaron el coño. Cada embestida hacía que la mesa chirriara y que Naomi gritara con la boca abierta, la lengua fuera. —¡Dáselo, jefe! ¡Rómpeme el coño delante de mi marido! Grant, ábreme la boca, quiero escupirte mientras me la meten.
Grant se levantó lo justo para que Naomi le metiera dos dedos en la boca y le hiciera de limpiabotas humano. Ella le escupió saliva y restos de semen directo a la lengua y se rio con una carcajada ronca. —Traga, mi amor. Sabe a victoria del jefe y a derrota tuya. Qué maridito más gracioso… se te pone la polla morada de tanto mirar.
Damon aceleró. El sonido era obsceno: carne mojada contra carne, palmadas secas en el culo, los gemidos guturales de Naomi y las risitas nerviosas de Grant. De repente Damon se retiró, agarró a Naomi de las caderas y la sentó a horcajadas sobre la cara de Grant, el coño empapado aplastándole la nariz y la boca. —Chúpale el semen al cornudo, jefa. Lléname otra vez mientras él te limpia. Quiero ver cómo se ahoga de placer y humillación.
Naomi se sentó con todo el peso, frotándose el clítoris contra la lengua desesperada de su marido mientras Damon le metía la polla por detrás otra vez, en un vaivén que la empalaba contra la cara de Grant. Ella se corrió en un grito largo, el cuerpo entero sacudiéndose, el coño contrayéndose y expulsando chorros de jugos y semen diluido directo a la garganta de Grant. —¡Me corroooo… trágatelo todo, Grant! ¡Soy la puta del jefe y tú mi alfombra personal!
Damon soltó una carcajada y se corrió por segunda vez, sacando la polla a la mitad del orgasmo para pintar la espalda y el culo de Naomi con chorros gruesos y calientes que resbalaban hasta la cara de Grant. El contable, cegado y asfixiado de gozo, se vino otra vez sin tocarse casi, manchando el suelo debajo de ellos mientras soltaba una risita histérica. —Joder… qué fiesta más… más de mierda… me encanta…
Naomi se levantó tambaleante, el semen espeso bajándole por los muslos en hilos brillantes. Se agachó, agarró la pollita todavía sensible de Grant y la apretó con dos dedos como quien prueba un lápiz. —Mírala, Damon… tan ridícula después de verte follarme. La próxima vez te la dejo chupar un rato para que compares tamaños, ¿vale, jefe?
Damon se subió la bragueta, se limpió la polla con la corbata de Grant y le dio una palmadita condescendiente en la mejilla. —Trato hecho, número uno de las hojas de cálculo. La próxima celebración te dejo lamerme los huevos mientras le doy por el culo a tu mujer. Ahora limpia el suelo con la lengua, cornudo. Quiero ver cómo recoges mi corrida del parquet.
Grant, rojo hasta las orejas y con la polla ya intentando resucitar por tercera vez, se arrodilló y empezó a lamer los charcos blancos del suelo mientras Naomi se reía a carcajadas, abriéndose los labios del coño con los dedos para que cayera una última gota gorda justo sobre la lengua de su marido. —Así se celebra un ascenso, amor… con mi coño hecho un desastre y tu cara de puto desgraciado feliz. Ahora trágate esto y prepárate, porque esta noche todavía no he terminado de follarme al jefe delante de ti hasta que se me escurra el cerebro por las piernas.
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