Susurros Helados entre los Pétalos
Laura obliga a su sumiso marido a suplicarle a Bruno que la folle delante de él mientras lo mira todo.
El sol de la tarde se derramaba como miel caliente sobre la fachada blanca de la villa. Marcos aparcó el descapotable bajo la sombra de una jacaranda y se quedó unos segundos con las manos aferradas al volante, sintiendo ya el latido torpe de la vergüenza y la excitación mezcladas en la garganta. Laura abrió la puerta del copiloto con esa lentitud deliberada que usaba cuando sabía que la miraban. La falda corta de lino blanco se le subió al bajar, dejando a la vista el borde de unas bragas de encaje negro que apenas cubrían el coño carnoso y afeitado. Tenía veintiocho años, pechos pesados y redondos que tensaban la blusa sin sujetador, caderas anchas y ese culo de diosa que hacía que Marcos se corriera solo con recordarlo.
—Trae las maletas, cariño —dijo ella sin mirarlo, ya caminando hacia la entrada del resort—. Y deja de babear. Todavía no hemos llegado a la piscina.
La recepción olía a jazmín y a dinero viejo. Un botones los acompañó por un pasillo de mármol hasta el bungaló número siete, con terraza privada que daba al jardín de yoga y a la piscina infinity. En cuanto la puerta se cerró, Laura se quitó la blusa de un tirón. Los pezones oscuros y duros se le erizaron con el aire acondicionado. Marcos se quedó petrificado, la polla ya medio dura dentro de los pantalones chinos.
—Voy a cambiarme para la clase de las seis —anunció ella, abriendo la maleta y sacando un legging gris que parecía pintado sobre la piel y un top deportivo tan corto que los pechos le rebosaban por arriba y por los lados—. El instructor se llama Bruno. Lo vi en la web del resort. Cuerpo de puta madre. Abs de piedra. Y esa cara de que te folla sin pedir permiso.
Marcos tragó saliva.
—Laura…
Ella se giró, ya en bragas, y se le acercó. Le agarró la entrepierna con rudeza, palpando la erección que crecía a contracorriente de la vergüenza.
—Estás duro, sumiso de mierda. Te pone que tu mujer hable de otro tío, ¿verdad? Dilo.
—Sí… —susurró él, la voz rota.
—Más alto.
—Sí, me pone.
Laura sonrió, le dio un pellizco en el bulto y se fue al baño a cambiarse. Cuando salió, el legging se le metía entre los labios del coño formando un camello obsceno. El top no cubría casi nada. Marcos sintió que se le aflojaban las rodillas.
Bajaron juntos al jardín de yoga cinco minutos antes de la hora. El césped estaba impecable, las esterillas alineadas bajo una pérgola de madera blanca. Bruno ya estaba allí: un tío de casi metro noventa, piel bronceada, hombros anchos, pectorales marcados bajo una camiseta sin mangas negra, y un pantalón de chándal fino que no disimulaba el bulto generoso entre las piernas. Tenía la mandíbula cuadrada, la barba de tres días y esos ojos oscuros que parecían medir a la gente como si fueran carne.
Laura se colocó en primera fila, justo frente a él. Marcos se sentó detrás, a un lado, con el corazón martilleándole las sienes.
Bruno los miró, detuvo la vista un segundo de más en el escote de Laura y sonrió con calma depredadora.
—Bienvenidos. Soy Bruno. Hoy vamos a trabajar apertura de cadera y control de respiración. Si alguien necesita ajuste manual… me lo pide.
Durante la clase, Laura exageró cada postura. En el perro mirando hacia abajo, arqueó la espalda de tal forma que el culo se le elevaba redondo y provocativo. Bruno se acercó, le puso las manos grandes en las caderas y empujó suavemente hacia atrás, “corrigiendo” la alineación. Los dedos se le hundieron un milímetro en la carne blanda. Laura soltó un gemidito apenas audible.
—Así… más profundo —susurró ella, lo bastante alto para que Marcos lo oyera.
Bruno no retiró las manos de inmediato. Cuando pasó a la siguiente asana, Laura se quedó en posición de puente, las piernas abiertas, el coño marcado contra la tela húmeda del legging. Bruno se arrodilló a su lado, le sujetó un muslo y le habló al oído:
—Tienes una flexibilidad excelente. Y un control… interesante.
Marcos sentía la polla palpitándole contra la cremallera. Cada vez que Bruno tocaba a su mujer, un calor humillante le subía por el cuello hasta las orejas. Quería mirar y al mismo tiempo esconderse. Laura lo buscaba con la mirada entre postura y postura, y cada vez que lo encontraba le lamió el labio inferior con deliberada lentitud.
Al terminar la clase, mientras los demás recogían, Laura se quedó charlando con Bruno. Marcos fingió beber agua a unos metros, pero oía fragmentos:
—…mi marido es un poco tímido.
—Se nota que te mira mucho.
—Le gusta mirar. A veces demasiado.
Bruno rio bajo, grave.
—Pues que mire. Yo no tengo problema.
Laura le puso una mano en el bíceps, lo apretó, y después se despidió con un “hasta mañana… o esta noche, si te apetece una copa en nuestro bungaló”. Bruno asintió una sola vez, mirando directamente a Marcos por encima del hombro de ella, como si ya hubiera aceptado algo que todavía no se había dicho en voz alta.
Volvieron al bungaló en silencio. En cuanto la puerta se cerró, Laura se quitó el top sudado. Los pechos le rebotaron libres, pezones hinchados. Se bajó el legging con torpeza deseada, quedándose en bragas transparentes de encaje que ya estaban empapadas. El olor a coño excitado llenó la habitación.
Marcos se quedó de pie junto a la cama, temblando.
Laura se le acercó, le desabrochó los pantalones, le sacó la polla dura y le dio dos caricias lentas, de esas que no buscan hacerte correr sino recordarte quién manda.
—Escúchame bien, Marcos —dijo contra su boca, la voz baja, sucia—. Quiero que Bruno me folle. Quiero su polla gruesa abriéndome el coño mientras tú estás sentado en esa butaca, mirándolo todo. Quiero que me dé tan fuerte que se me olvide tu nombre un rato. Y quiero que tú… —le apretó los huevos con cariño cruel— …me digas que sí. Que me lo pidas. Que le ruegues tú mismo que me meta la polla delante de ti.
Marcos cerró los ojos. La humillación le bajaba en oleadas calientes hasta la rabadilla. La polla le gotaba pre-semen sobre los dedos de Laura.
—Joder, Laura…
—Dilo. Ahora.
Él tragó saliva. La imagen se le formó nítida: Bruno montando a su mujer, las manos enormes agarrándole las tetas, el culo de Laura rebotando, y él mirando sin poder tocar. Se le puso tan dura que le dolió.
—Sí —susurró—. Quiero… quiero que te lo folles delante de mí.
Laura le dio una palmada suave en la mejilla.
—Más claro, putita. Dime exactamente qué quieres que haga Bruno.
Marcos abrió los ojos. La voz le salió ronca, rota de vergüenza y de ganas:
—Quiero que Bruno te folle. Que te abra las piernas y te meta toda la polla mientras yo miro. Que te corras en su polla. Que te deje el coño abierto y baboso… y que yo no pueda hacer nada más que verlo.
Laura sonrió, satisfecha, y le dio un beso lento en la boca, metiéndole la lengua con posesión.
—Buen chico. Esta noche le mando un mensaje. Le digo que mi marido sumiso quiere ver cómo un tío de verdad me usa. Y tú vas a estar ahí, calladito, con las manos en los muslos, mirando cada centímetro de polla que me entre.
Se separó, se puso una bata corta de seda que no cerraba del todo y se dejó caer en la cama, abriendo las piernas. Se bajó un poco las bragas y se tocó el clítoris hinchado con dos dedos, mirándolo todo el rato.
—Mira cómo me gotea solo de pensarlo. ¿Lo ves, Marcos? Este coño ya no es solo tuyo. Esta noche se lo voy a ofrecer a Bruno… y tú le vas a suplicar que lo acepte.
Marcos se arrodilló al borde de la cama sin que ella se lo pidiera, la respiración entrecortada, la polla palpitándole al aire. No se atrevió a tocarla. Solo miró el brillo entre los labios rosados de su mujer y sintió cómo la vergüenza se le convertía en algo más denso, más adictivo.
Fuera, el sol empezaba a bajar sobre la villa. En el jardín de yoga, Bruno enrollaba la última esterilla y miraba de reojo hacia el bungaló número siete, como si ya oliera lo que se estaba cociendo.
Laura se lamió los dedos húmedos y le guiñó un ojo a su marido.
—Prepárate, mi amor. En cuanto oscurezca… empiezan los susurros. Y tú vas a tener que abrir bien la boca para pedirle a Bruno lo que yo ya le he prometido con la mirada.
Marcos asintió, la cara ardiéndole, la polla dura como una barra, sabiendo que aquella noche no iba a ser solo una fantasía. Iba a ser real. Y él, de rodillas o sentado en la butaca, iba a mirar cada embestida sin poder hacer otra cosa que humillarse y gozar.
El sol ya se había hundido detrás de las jacarandas cuando el botones dejó la mesa puesta en la terraza privada del jardín. Farolillos de papel colgaban de las ramas y proyectaban una luz ámbar sobre el mantel blanco. Laura había elegido un vestido de seda negra sin espalda que se le pegaba a las tetas y se abría en una raja alta hasta casi la ingle. Debajo no llevaba nada. Marcos lo sabía porque ella se lo había mostrado minutos antes, abriéndose de piernas frente al espejo mientras se pintaba los labios.
Bruno llegó puntual, camisa blanca arremangada, pantalones oscuros que no disimulaban el bulto. Traía una botella de vino tinto y esa sonrisa tranquila de quien ya huele la sangre. Laura le abrió la puerta del jardín ella misma, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla lo bastante cerca de la comisura para que Marcos, que observaba desde la mesa, sintiera el tirón en las pelotas.
—Qué amable que hayas venido —murmuró ella—. Mi marido ha estado todo el día pensando en ti.
Bruno miró a Marcos por encima del hombro de Laura y asintió con la barbilla.
—Se nota. Tiene cara de perro que quiere comer y no se atreve.
Se sentaron. Laura ocupó el centro de la mesa redonda, exactamente entre los dos. A su izquierda Marcos, tenso, la polla ya medio dura dentro de los pantalones. A su derecha Bruno, relajado, piernas abiertas, rodilla rozando la de ella. El primer plato fue apenas un pretexto. Laura comía despacio, lamiéndose los dedos, y cada vez que se inclinaba hacia adelante el escote le ofrecía la vista completa de sus pechos pesados y los pezones duros.
En mitad de la conversación trivial sobre el resort, Laura giró la cara hacia Marcos, le agarró la nuca y lo besó con lengua profunda, sucia, como si quisiera chuparle el alma. Al mismo tiempo, sin dejar de chupar la boca de su marido, deslizó la mano derecha bajo la mesa y agarró la muñeca de Bruno. Se la guió hasta su propio muslo. Bruno no necesitó más invitación. La mano grande y callosa subió por la seda, encontró la raja del vestido y se metió de lleno. Los dedos gruesos rozaron primero el monte afeitado y después se abrieron paso entre los labios ya resbaladizos del coño de Laura.
Ella gimió dentro de la boca de Marcos. El sonido vibró contra la lengua del marido. Bruno empujó dos dedos hasta el nudillo, lento, explorando la calor mojada. Laura separó un poco las piernas bajo la mesa para darle espacio y siguió besando a Marcos, ahora más voraz, mordiéndole el labio inferior mientras el amante le revolvía el coño con paciencia cruel.
—Joder… —susurró Marcos contra su boca cuando ella se apartó un centímetro—. Te está tocando ahora mismo, ¿verdad?
—Me está metiendo los dedos, cariño —respondió Laura en voz alta, lo bastante para que Bruno oyera—. Dos. Bien adentro. Y estoy empapada. ¿Lo sientes, Bruno? Dile a mi marido cómo está mi coño.
Bruno curvó los dedos y rozó ese punto que hizo arquearse a Laura.
—Está caliente y apretado. Se me contrae alrededor de los dedos cada vez que te mira a ti. Gotea. Se me está mojando la mano entera.
Laura se rio bajito, la respiración entrecortada. Sacó la mano de la nuca de Marcos y se la bajó hasta la entrepierna del marido, apretando el bulto duro.
—Míralo, Bruno. Se le pone como una roca solo de saber que me estás dedando. Es un puto degenerado. Le encanta.
Marcos tragó saliva. El vino le temblaba en la copa. Sentía los dedos de Bruno moviéndose bajo el vestido, el sonido húmedo apenas audible, el olor a coño excitado que empezaba a subir entre ellos tres. Laura se recostó contra el respaldo, abrió un poco más las piernas y dejó que Bruno le follara el coño con los dedos a un ritmo constante mientras ella miraba a su marido a los ojos.
—Marcos —dijo de pronto, la voz baja y sucia—. Quiero que le pidas algo a Bruno. Ahora. En voz alta.
El corazón de Marcos dio un vuelco. Sabía lo que venía. La vergüenza le subió caliente por el cuello hasta las orejas, pero la polla le latía tan fuerte que le dolía.
—Laura, por favor…
—No me pidas por favor a mí. Pídeselo a él. Dile exactamente lo que quieres que haga conmigo.
Bruno no retiró la mano. Al contrario, metió un tercer dedo, estirándola, y con el pulgar le frotó el clítoris hinchado en círculos lentos. Laura soltó un gemido abierto y miró a Marcos con esa expresión de dueña absoluta.
—Hazlo, sumiso. Ruégale. Quiero oírte mendigar para que otro tío me folle delante de ti.
Marcos respiró hondo. Miró la mano de Bruno desaparecida bajo la seda negra, los nudillos moviéndose, el brillo de fluidos en la muñeca del otro hombre. Después alzó la vista y se encontró con los ojos oscuros de Bruno.
—Bruno… —la voz le salió ronca, rota—. Por favor… fóllatela. Usa a mi mujer. Métale la polla. Quiero… quiero que la abras delante de mí. Que le des por el coño hasta que grite. Que me la dejes llena y babosa. Te lo suplico.
Laura sonrió, satisfecha, y se corrió un poco solo de oírlo. El orgasmo corto le sacudió los muslos contra la mano de Bruno. Este soltó una risa grave y retiró los dedos despacio, levantándolos a la luz de los farolillos. Estaban brillantes, hilos de lubricante colgando entre ellos. Se los ofreció a Marcos.
—Chúpamelos. Prueba lo mojada que se pone tu mujer cuando le hablo de mi polla.
Marcos dudó un segundo. Laura le agarró la nuca otra vez y lo empujó hacia adelante.
—Obedece, cariño. Prueba.
Marcos abrió la boca y lamió los dedos de Bruno. El sabor a coño de su esposa mezclado con la piel del otro hombre le llenó la lengua. Tragó. La humillación le bajó directa a la polla, que ahora empapaba el calzoncillo de pre-semen.
Bruno se limpió la mano en la servilleta, se recostó y miró a Laura con hambre abierta.
—Dile al maridito que se quite de en medio un rato. Quiero verte la concha bien abierta sobre la mesa antes de metértela.
Laura se puso de pie. El vestido se le pegaba a los muslos por la humedad. Se subió la tela hasta la cintura, se sentó en el borde de la mesa redonda y abrió las piernas de par en par frente a los dos hombres. El coño afeitado brillaba, los labios hinchados, el agujero contrayéndose con ganas. Marcos se quedó sentado, hipnotizado, la boca entreabierta. Bruno se levantó, se desabrochó el pantalón con calma y sacó una polla gruesa, venosa, más larga y ancha que la de Marcos, ya dura y goteando por la punta.
—Mírala bien, Marcos —ordenó Laura, tocándose el clítoris con dos dedos mientras miraba a su marido—. Esta es la polla que me va a reventar el coño esta noche. Y tú vas a quedarte ahí, con las manos en los muslos, sin tocarme, solo mirando cómo me la enterro hasta el fondo.
Bruno se colocó entre las piernas abiertas de Laura, frotó la cabeza gruesa arriba y abajo por los labios resbaladizos, untándola de jugos. Marcos sentía que se le salía el alma por los ojos. Cada roce hacía que Laura gimiera más alto. Ella extendió una mano, agarró la muñeca de Marcos y la puso sobre el muslo de Bruno, obligándolo a sentir el calor de la polla ajena a centímetros del coño de su mujer.
—Pídeselo otra vez —susurró ella—. Más claro. Quiero que Bruno oiga lo mucho que te pone que me destroce.
Marcos tragó el nudo de saliva y vergüenza. La voz le salió casi un sollozo excitado:
—Fóllatela, Bruno. Por favor. Métesela entera. Úsala. Fóllate a mi mujer como se merece mientras yo miro. Te lo ruego… joder, te lo ruego. Ábrele el coño con esa polla y córrete dentro si quieres. Solo… no pares. Haz que grite.
Bruno sonrió, colocó la cabeza justo en la entrada y empujó un centímetro, lo bastante para que Laura soltara un gemido largo y Marcos viera cómo el agujero se estiraba alrededor del glande grueso. No entró del todo. Se quedó ahí, al borde, mirando al marido.
—Esta noche te la voy a follar despacio primero —dijo Bruno con voz grave—. Para que veas cada vena desapareciendo dentro. Después fuerte. Hasta que se le olvide tu nombre. ¿Estás listo para verlo, Marcos?
Marcos asintió, la cara ardiendo, la polla latigándole contra la tela.
—Sí… estoy listo. Por favor… dásela.
Laura se rio, sudorosa, hermosa, dueña de todo. Agarró las caderas de Bruno y lo atrajo un poco más, sintiendo cómo la cabeza se le abría paso.
—Así se hace, mi amor. Ahora cállate y mira. Que empiecen los susurros de verdad.
El jardín olía a jazmín, a vino derramado y a coño en celo. Los farolillos temblaban. Bruno empujó otro centímetro. Laura arqueó la espalda. Y Marcos, con el corazón martilleándole las sienes y la polla a punto de reventar sin que nadie la tocara, entendió que aquella noche apenas acababa de empezar.
Bruno empujó otro centímetro y el glande grueso se hundió del todo en el coño resbaladizo de Laura. Ella arqueó la espalda sobre la mesa, las tetas pesadas temblando bajo la seda negra, y soltó un gemido largo que se mezcló con el canto de los grillos. Marcos, sentado a escasos palmos, veía cómo los labios hinchados de su mujer se estiraban alrededor de aquella verga más gruesa, más oscura, más venosa que la suya. El olor a coño y a pre-semen le subía directo a la polla, que le latía contra la tela sin que nadie la tocara.
—A la habitación —ordenó Laura con voz ronca, todavía empalada solo hasta la mitad—. Quiero follar en la cama. Y quiero que mi marido vea cada detalle de cerca.
Bruno se retiró con un chasquido húmedo. Laura se bajó de la mesa temblando, el vestido todavía arremangado hasta la cintura, hilos de lubricante resbalándole por los muslos internos. Agarró a Marcos de la muñeca y a Bruno de la polla todavía rígida y los arrastró dentro del bungaló. La puerta del dormitorio se cerró de un golpe. La cama king-size ocupaba el centro, sábanas blancas ya deshechas por el calor de la tarde. Laura se quitó el vestido de un tirón y se quedó desnuda, pechos pesados, pezones duros, el coño goteando sobre la alfombra.
Se arrodilló frente a Bruno sin perder un segundo. Le bajó del todo los pantalones y le sacó los huevos pesados. La polla le golpeó la mejilla: gruesa, caliente, con una gota gruesa de líquido en la punta. Laura la lamió con la lengua plana, de base a glande, y después la engulló hasta casi atragantarse. El sonido de garganta mojada llenó la habitación. Marcos se quedó de pie a un lado, hipnotizado, hasta que ella le agarró la mano y se la puso en su propia nuca.
—Sujétame el pelo, sumiso —ordenó entre chupadas, saliva colgándole de la comisura—. Y míralo de cerca. Mira cómo me trago esta polla de verdad. Acércate. Quiero que sientas el calor de su verga contra tu mano mientras yo la chupo.
Marcos obedeció. Se arrodilló a su lado, tan cerca que el muslo de Bruno rozaba su hombro. Agarró el pelo de Laura con ambas manos y la empujó suavemente hacia adelante cada vez que ella bajaba. Veía de cerca cómo los labios de su mujer se estiraban alrededor del tronco grueso, cómo las venas desaparecían en su boca, cómo la saliva le brillaba en la barbilla. Bruno gruñía bajo, una mano en la cabeza de Laura, empujando un poco más profundo.
—Joder, chupa como una puta profesional —dijo Bruno—. Tu maridito tiene suerte de tenerte… o no tanta, porque esta boca ahora es mía.
Laura se retiró solo lo suficiente para hablar, la lengua todavía lamiendo el glande:
—Más grande que la tuya, Marcos. ¿Lo ves? Más gruesa. Me llena la boca de una forma que la tuya nunca ha hecho. Sujétame más fuerte. Oblígama a tragarla entera mientras me miras.
Marcos tiró del pelo y la empujó. Laura gorgoteó, los ojos llorosos de placer, y chupó con ansia, succionando fuerte, la mano libre masturbando la base que no le cabía. El sabor a sal y a hombre le llenaba la lengua. Se corrió un poco solo de sentir la humillación de su marido tan cerca, respirándole en la nuca, viéndolo todo.
Cuando la polla de Bruno estaba completamente babosa y palpitando al borde, Laura se levantó. Empujó a Bruno hasta que se sentó al borde de la cama y se montó de espaldas a él, en vaquera inversa. Se agachó, guió la cabeza gruesa hasta su entrada y se dejó caer de un solo golpe. El grito que soltó fue puro y abierto.
—¡Aah, joder! ¡Qué gruesa! ¡Qué dura! —gritó mientras rebotaba el culo contra la pelvis de Bruno—. Mucho más grande que la de mi marido… se me abre toda… me llega más hondo… ¡mira, Marcos, míralo! ¡Esta es una polla de verdad!
Marcos se quedó de rodillas frente a ellos, a la altura exacta para ver cómo el coño de su mujer se tragaba aquella verga centímetro a centímetro y la escupía de nuevo, los labios hinchados brillantes de jugos. Laura se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas de Marcos, y folló con fuerza, el culo rebotando, las tetas colgando y balanceándose. Cada bajada hacía un sonido obsceno de carne mojada. Ella miraba a su marido a los ojos mientras gritaba:
—¿La sientes, cariño? ¿Ves cómo me la como entera? La tuya es un juguete al lado de esta. Más dura… más caliente… me está destrozando el coño y me encanta. Dile lo bien que me lo está metiendo.
—Te la está follando tan bien… —susurró Marcos, la voz rota, la polla ahora fuera y goteando sin que nadie la tocara—. Eres más grande… se le nota en la cara… joder, Laura…
Bruno le agarró las caderas a Laura y empezó a empujar hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba, clavándosela hasta el fondo. El choque de pieles resonaba. Laura se corrió primera vez así, gritando y apretando el coño alrededor de aquella verga ajena mientras Marcos veía de cerca cómo le salían más jugos por los lados.
Sin darle respiro, Bruno la levantó, la giró y la puso a cuatro patas en el centro de la cama. Se colocó detrás, le agarró el pelo con un puño y se la embistió de un solo tajo. Laura gritó contra la almohada. Las embestidas fueron salvajes desde el primer segundo: profundas, secas de ritmo, el sonido de huevos golpeando coño mojado llenando el dormitorio. Bruno le tiraba del pelo hacia atrás, obligándola a arquear la espalda, y le daba palmadas en el culo que dejaban la marca roja.
—¡Más fuerte! ¡Úsame! —gritaba Laura—. ¡Fóllame como mi marido nunca ha podido! ¡Rómpeme el coño!
Marcos se había arrastrado hasta la cabecera, de rodillas otra vez, viendo cómo la verga gruesa desaparecía y salía, cómo el culo de su mujer temblaba con cada embestida, cómo el coño se abría y se cerraba alrededor del tronco ajeno. Laura lo buscó con la mirada torcida por el placer.
—Acércate… mira cómo me la mete… ¡aaah!… se me va a correr dentro… quiero su leche… ¡quiero que me llene!
Bruno gruñó, aceleró, y se enterró hasta el fondo. El orgasmo le sacudió las caderas. Chorros calientes de leche espesa inundaron el coño de Laura. Ella gritó al sentirlo, el segundo orgasmo subiéndole desde el útero, el coño contrayéndose a mil por hora alrededor de la polla que la rellenaba. Semen caliente le rebosó por los labios y le resbaló por el clítoris hasta el muslo.
Bruno se retiró despacio. El creampie quedó a la vista: un agujero abierto, rojo, goteando hilos blancos y espesos que se mezclaban con los jugos de ella. Laura, todavía temblando a cuatro patas, miró a Marcos por encima del hombro.
—Ahora límpialo —ordenó con voz ronca de puta satisfecha—. Acércate y lámelo todo. Chupa la leche de Bruno de mi coño. No dejes ni una gota. Quiero sentir tu lengua dentro mientras todavía me late.
Marcos se arrastró entre las piernas abiertas de su mujer. El olor a semen ajeno y a coño follado le golpeó la cara. Abrió la boca y lamió. El sabor salado y amargo de la leche de Bruno mezclado con el sabor dulce de Laura le llenó la lengua. Metió la lengua dentro del agujero creampie y chupó, tragando, limpiando cada pliegue mientras Laura se reía bajito y se empujaba contra su boca.
—Buen chico… así… trágatelo todo… mira lo que me ha dejado otro tío… y tú lo limpias como la putita que eres.
Bruno se había recostado contra la cabecera, la polla todavía medio dura y brillante de fluidos, mirándolos con una sonrisa perezosa. Laura se giró un poco, todavía con la cara de Marcos enterrada en su coño, y le acarició el pecho al amante.
—Todavía no hemos terminado —susurró ella, la voz cargada de promesa sucia—. Mi marido aún tiene que pedirte más cosas esta noche. Y yo todavía quiero sentir esa polla otra vez… tal vez en otro agujero. ¿Verdad, Marcos? Todavía no has terminado de suplicar.
Marcos levantó la cara, los labios brillantes de leche y jugos, la polla dura y abandonada entre las piernas, y asintió con la vergüenza ardiéndole en las mejillas. El dormitorio olía a sexo crudo. Fuera, los farolillos del jardín seguían temblando. Y la noche apenas empezaba a revelar hasta dónde estaba dispuesta a llegar Laura.
Marcos levantó la cara del coño de Laura con la lengua todavía latiéndole y los labios brillantes de leche espesa y jugos. El sabor amargo de Bruno se le había pegado al paladar como una marca. Laura se giró despacio, todavía a cuatro patas, el culo alzado y el agujero rojo y abierto goteando los últimos hilos blancos que su marido no había alcanzado a chupar. Lo agarró del pelo con fuerza y lo obligó a subir hasta su cara.
—Ábrela —ordenó, la voz ronca, destrozada de tanto gritar—. Quiero que pruebes lo que te he dejado.
Se inclinó y le escupió dentro de la boca una mezcla densa de semen de Bruno y de su propia baba. Marcos tragó a regañadientes, la humillación ardiéndole en las mejillas, y entonces ella lo besó. Fue un beso profundo, sucio, con lengua voraz que le metió hasta el fondo el sabor salado y metálico de la polla ajena. Laura chupó su lengua como si quisiera robarle el alma mientras los restos de creampie se les pegaban en las comisuras. Marcos gimió dentro de la boca de su mujer, la polla dura y abandonada entre las piernas, palpitando sin que nadie la tocara.
Bruno, recostado contra la cabecera con la verga todavía medio hinchada y brillante, soltó una risa grave que llenó el dormitorio.
—Míralo. Se le pone más dura solo de tragar mi leche.
Laura se separó un centímetro, la respiración caliente contra los labios de Marcos, y le susurró con esa voz de puta dueña de todo:
—Escúchame bien, sumiso. Esta va a ser nuestra nueva rutina de vacaciones. Cada puta noche. Bruno viene, me abre las piernas, me destroza el coño delante de ti y tú te arrodillas a limpiarme después. Vas a chupar su leche de mi coño hasta que te acostumbres al sabor. Vas a pedirle que me folle más fuerte. Vas a mirar cómo me corre dentro y vas a dar las gracias. ¿Lo entiendes? Esto ya no es una noche. Es lo que somos ahora.
Marcos cerró los ojos. La imagen se le clavó: las mañanas siguientes, el sol entrando por la terraza, Laura todavía con los muslos manchados, y él de rodillas otra vez. La vergüenza le bajó caliente por el pecho hasta la rabadilla y se le convirtió en un pulso salvaje en la polla. Sin tocarse, sin que nadie lo rozara, sintió cómo los huevos se le contraían. El orgasmo le subió de golpe, humillante y brutal. La leche le salió a chorros gruesos, salpicando las sábanas blancas entre las piernas de Laura, manchándole el vientre y el muslo interno a ella. Gritó contra la boca de su mujer, el cuerpo entero sacudiéndose, la cara roja de vergüenza mientras se corría como un adolescente solo de oír la promesa.
Bruno se rio más fuerte, la risa grave y cruel.
—Joder, se ha corrido sin que nadie le toque la polla. Qué puta degenerada tienes de esposa, Marcos. Y qué maridito más perfecto.
Se levantó, se acercó y le dio una palmada suave en la mejilla a Laura mientras ella todavía besaba a su marido con la lengua llena del sabor de los dos. Después miró a Marcos a los ojos, la polla ya volviendo a endurecerse solo de ver el espectáculo.
—Voy a volver cada noche —prometió, la voz baja y segura—. Cada puta noche de estas vacaciones. Voy a follármela en la cama, en la terraza, en la ducha. Voy a llenarle el coño hasta que se le escurra por las piernas cuando baje a desayunar. Y tú vas a estar ahí, sentado o de rodillas, mirándolo todo y pidiendo más. ¿Verdad, Laura?
Laura sonrió contra la boca de Marcos, lamiéndole los labios todavía brillantes.
—Verdad. Y si te portas muy bien, sumiso, a lo mejor te dejo lamerle los huevos mientras me la mete. O a lo mejor te hago chupar su polla después de sacármela del culo. Esta noche solo hemos empezado. Todavía quiero sentirla otra vez… más profundo.
Se separó de Marcos y se dejó caer de espaldas en la cama, las piernas abiertas, el creampie todavía goteándole despacio sobre la sábana manchada. Bruno se colocó entre ellas otra vez, frotó la cabeza gruesa por los labios hinchados y resbaladizos, y empujó de un solo tajo. Laura gritó, arqueando la espalda, las tetas pesadas temblando. Esta vez la folló más lento, más profundo, dejándole ver a Marcos cada vena desapareciendo dentro, cada centímetro de polla estirándole el agujero ya rojo y usado. Marcos se arrastró hasta la cabecera, la cara a centímetros del sitio donde la verga de Bruno entraba y salía, el olor a sexo crudo subiendo hasta marearlo. Cada embestida hacía un sonido húmedo y obsceno. Laura lo miraba a los ojos mientras gemía:
—Más… dásela más fuerte… quiero que mi marido vea cómo me la comes entera… aaah… se me va a correr otra vez…
Bruno aceleró. Le agarró las caderas con las manos enormes y la embistió hasta el fondo, los huevos golpeándole el culo. Laura se corrió gritando, el coño contrayéndose alrededor de la polla ajena, más jugos y restos de leche saliéndole por los lados y cayendo sobre la cara de Marcos. Bruno gruñó, se enterró hasta la base y se vació otra vez, chorros calientes que Laura sintió latiéndole en el útero. Cuando se retiró, el segundo creampie quedó a la vista: más espeso, más abundante, resbalándole por el culo hasta el agujero del culo. Laura, temblando, jadeando, extendió la mano y empujó la cabeza de Marcos hacia abajo.
—Límpialo otra vez. Todo. Y esta vez traga sin quejarte.
Marcos obedeció. Abrió la boca y lamió el agujero dilatado, chupando la leche caliente, tragando, la lengua metiéndose dentro mientras su propia polla, todavía sensible después del orgasmo, empezaba a levantar otra vez solo de la humillación. Bruno se recostó, riendo bajito, acariciándole el pelo a Laura con posesión.
—Cada noche —repitió—. Voy a dejártela así de abierta y llena. Y tu maridito va a limpiar como la putita que es.
Laura se rio, satisfecha, y tiró de Marcos hacia arriba para besarlo de nuevo. Esta vez el beso fue más lento, más sucio, llenándole la boca del sabor fresco de la segunda corrida de Bruno. Le susurró contra los labios, la voz ronca y dueña:
—Esta es nuestra rutina ahora, mi amor. Vacaciones de cuckold. Cada noche me folla, tú miras, tú limpias, tú te corres sin tocarte de la vergüenza. Y cuando volvamos a casa… a lo mejor lo invitamos a quedarse unos días más. ¿Te gusta la idea, sumiso?
Marcos asintió, la cara ardiendo, los labios hinchados de tanto besar y chupar, la polla ya dura otra vez entre las piernas. El dormitorio olía a semen, a coño follado y a sudor. Laura se acurrucó entre los dos hombres, una pierna sobre el muslo de Bruno, la mano en la nuca de Marcos, el creampie todavía goteándole despacio. Bruno le acariciaba un pecho con calma de dueño, la polla descansando pesada y brillante sobre su vientre. Marcos, completamente humillado y más excitado que nunca, sintió que se le aflojaban las rodillas aunque ya estaba tumbado. Habían terminado. El sexo se había consumido en gritos y leche y promesas. El silencio se instaló, solo roto por las respiraciones agitadas y el lejano canto de los grillos en el jardín.
Entonces sonó el golpe seco en la puerta del bungaló.
Tres golpes firmes, insistentes. Después una voz masculina, grave, desconocida, desde el otro lado:
—¿Laura? ¿Marcos? Abran. Sé lo que estáis haciendo. Y no voy a irme.
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