Noche de Karaoke con el Ex

Ana coquetea con su ex mientras su cornudo marido observa.

21 min read August 20, 2026New

El bar olía a cerveza rancia, humo de cigarrillos electrónicos dulzones y el sudor acumulado de una noche de viernes cualquiera en el puto centro. Luces rojas y azules parpadeaban sobre el pequeño escenario del karaoke, donde un tipo borracho desentonaba una balada ochentera. Ana, veintiocho años, vestido negro corto que apenas le cubría el culo redondo y tetas apretadas contra la tela fina sin sujetador, se removió en la silla alta. Al lado, Carlos, su marido tímido de siempre, apretaba el vaso de cerveza con dedos nerviosos. Llevaban tres años casados y él seguía mirándola como si no se creyera que esa mujer se lo follaba de vez en cuando en la oscuridad de su habitación.

Fue entonces cuando lo vio. Marcos. El ex. El mismo de puta madre que la había dejado hace cinco años porque “necesitaba espacio”, el mismo que le había abierto las piernas contra la pared de su antiguo piso y le había metido esa polla gruesa hasta hacerla gritar. Más alto, hombros anchos, barba corta, jeans que marcaban el bulto sin pudor. Marcos sonrió al reconocerla, esa sonrisa de depredador que a Ana siempre le había mojado los labios del coño.

—Míralo —murmuró ella, inclinándose hacia Carlos—. Mi ex. El que me dejó con el coño palpitando y las tetas marcadas de chupetones.

Carlos tragó saliva. Notó cómo se le endurecía la polla dentro de los pantalones solo de oírla hablar así. La humillación ya le rozaba la garganta.

Marcos se acercó con dos copas y una cerveza, como si el tiempo no hubiera pasado.

—Ana. Joder, estás más buena. Y este debe de ser el marido. —Le tendió la mano a Carlos, apretando fuerte, dominante—. Marcos. Encantado de conocer al tipo que se quedó con lo que yo dejé.

Carlos balbuceó un “hola” flojo. Ana se rió, esa risa baja y sucia que usaba cuando quería provocar.

—Siéntate con nosotros —dijo ella, apartando la silla a propósito cerca de la suya—. Cuéntanos qué has hecho con tu vida además de follarte a media ciudad.

Marcos se sentó. Su rodilla rozó la de Ana bajo la mesa. Ella no la retiró. Al contrario: la abrió un poco más, dejando que la tela del vestido subiera por el muslo. Carlos lo vio todo. Su polla ya latía contra la cremallera.

—Karaoke —propuso Marcos de repente, mirándola fijo—. Venid los dos. Cantamos algo. Como en los viejos tiempos, Ana. Te acuerdas cuando te subía al escenario y después te follaba en el baño del bar, ¿verdad?

Ana sintió un calambre caliente entre las piernas. El tanga negro ya estaba húmedo.

—Vamos, cariño —le dijo a Carlos, poniéndole la mano en el muslo y apretando justo donde se le marcaba la erección—. Tu mujer va a cantar con su ex. No seas aguafiestas.

Subieron. Marcos eligió primero una canción lenta y pegajosa, algo de ritmo latino que pedía caderas. El micrófono en su mano grande, la otra en la cintura de Ana desde el primer compás. Carlos se quedó en la mesa, solo, mirando cómo su esposa se pegaba al cuerpo del otro hombre. Ana cantaba desafinando a propósito, riendo, girando el culo contra la entrepierna de Marcos. Se notaba la polla de él. Dura. Larga. Esa misma polla que años atrás le había estirado el coño hasta hacerle llorar de placer.

Cuando terminó la canción, Ana no bajó. Agarró el mando del karaoke y eligió algo todavía más sucio: un tema lento, sensual, de esos que parecen escritos para frotarse. La letra hablaba de noches sin ropa y bocas entre piernas. Ella se puso de espaldas a Marcos, el culo redondo y firme rozando deliberadamente la erección que se le marcaba en los jeans. Adelante, atrás. Lento. Fuerte. Marcos le agarró las caderas con las dos manos y la pegó más, empujando su polla dura entre los glúteos de ella a través de la ropa. Ana soltó un gemido bajo contra el micrófono, disimulado como si fuera parte de la canción.

Desde la mesa, Carlos se corría casi en los pantalones. La cara le ardía. La vergüenza le apretaba el pecho al mismo tiempo que la excitación le llenaba los huevos. Veía cómo el ex de su mujer le sobaba el culo en público, cómo los dedos de Marcos subían por debajo del dobladillo del vestido y apretaban la carne desnuda. Ana miró a su marido a los ojos mientras se restregaba y le guiñó un ojo, la lengua pasando lenta por el labio inferior.

Bajaron entre aplausos borrachos. Ana no se sentó. Se quedó de pie entre las piernas de Marcos, que ya estaba otra vez en la silla, y se inclinó a su oído. Carlos oyó cada palabra porque ella se aseguró de que las oyeran.

—Todavía te deseo, cabrón —susurró Ana, la voz ronca—. Quiero esa polla gruesa otra vez dentro. Quiero que me jodas como antes, que me dejes el coño abierto y goteando mientras mi marido mira. Dime que me la vas a meter entera esta noche.

Marcos sonrió, le mordió el lóbulo de la oreja y le respondió lo bastante alto:

—Te la voy a meter hasta que grites. Y tu cornudo va a limpiar el desastre después, si se porta bien.

Ana se giró hacia Carlos. La cara le brillaba de excitación. Se le notaban los pezones duros atravesando el vestido. Se acercó a la mesa, se sentó a horcajadas casi sobre las piernas de su marido y le agarró la cara con las dos manos.

—Carlos… mi amor… —la voz era miel envenenada—. Quiero follarme a Marcos esta noche. Quiero que me la meta bien profunda, que me use como su puta otra vez. ¿Me dejas? Dime que sí. Dime que quieres ver cómo tu mujer se corre en la polla de su ex.

Carlos estaba rojo hasta las orejas. La polla le dolía de lo dura que estaba. Tragó saliva un par de veces. La humillación le sabía a cobre y a semen a la vez. Miró a Marcos, que los observaba con una ceja arqueada y la mano abiertamente acariciando el bulto de sus propios pantalones. Luego miró a Ana, esa boca que le había chupado la polla cientos de veces y que ahora pedía permiso para chupársela a otro.

—Sí —logró decir, la voz entrecortada—. Sí… quiero… joder, Ana, quiero verlo. Quiero que me humillen. Quiero ver cómo te la mete, cómo te abre, cómo te hace gritar como nunca lo hago yo. Soy un puto cornudo y me pone de los nervios. Hazlo. Fóllatelo delante de mí. Por favor.

Ana le besó la boca con lengua profunda, sucia, dejándole probar su propia saliva mezclada con el sabor del deseo. Después se levantó, le cogió la mano a Marcos y tiró de él hacia la salida trasera del bar, donde el callejón olía a orines y basura pero ofrecía sombra. Carlos los siguió como un perro, la erección marcándole el pantalón de forma obscena, el corazón martilleándole las costillas.

En el callejón, bajo la luz amarilla de un farol roto, Ana se giró contra la pared de ladrillo y levantó el vestido hasta la cintura. El tanga negro estaba empapado, pegado a los labios hinchados de su coño. Marcos se puso detrás de ella, le bajó la braga hasta media pierna y le separó los glúteos con las manos grandes. Su polla ya estaba fuera: gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum. La frotó entre los labios de Ana, mojándola más, sin meterla todavía.

—Mira, Carlos —ordenó Marcos—. Mira cómo se moja tu mujer para mí. Dile lo que quieres ver.

Carlos, de pie a un metro, con la mano temblando sobre su propia cremallera, balbuceó:

—Quiero… quiero ver cómo se la metes entera. Quiero oírla gemir tu nombre. Quiero que la uses y me digas lo poco que le doy yo.

Ana empujó el culo hacia atrás, buscando la polla.

—Métela ya, Marcos. Métela mientras mi marido mira cómo me conviertes en tu puta otra vez. Esta noche eres tú quien manda en mi coño.

Marcos le clavó las manos en las caderas y empezó a empujar, centímetro a centímetro, abriéndola con esa verga gruesa que Ana recordaba perfectamente. Ella soltó un gemido largo, gutural, mientras Carlos se corría casi en seco solo de la visión. La cabeza de la polla de Marcos desapareció dentro del coño rosado y apretado de Ana, y ella miró a su marido directamente a los ojos mientras la llenaban.

—Así… joder, sí… más profundo… Carlos, míralo, míralo cómo me estira…

El callejón se llenó del sonido húmedo de carne contra carne cuando Marcos empezó a embestir de verdad, profundo, posesivo, cada embestida haciendo rebotar el culo de Ana. Carlos se bajó la cremallera y sacó su polla más delgada, pajeándosela con desesperación mientras veía cómo el ex de su esposa le follaba el coño con violencia controlada. Ana gemía sin vergüenza, las tetas casi saliéndose del vestido, una mano apoyada en el ladrillo y la otra intentando alcanzar atrás para abrir más sus propios labios y que Carlos viera mejor la polla entrando y saliendo brillante de jugos.

—Dile que eres un cornudo —gruñó Marcos, sin dejar de follársela—. Dile que te gusta.

—Soy un cornudo… —jadeó Carlos, la mano subiendo y bajando rápido—. Me encanta… fóllatela más duro… llénala… quiero ver cómo se corre en tu polla…

Ana gritó cuando Marcos le encontró el punto exacto y aceleró. El orgasmo la sacudió fuerte, el coño contrayéndose alrededor de la verga gruesa, los jugos resbalándole por los muslos. Marcos no se corrió todavía. Se salió de golpe, la polla empapada y palpitante, y se la frotó contra el culo de Ana, pintándole los glúteos con el precum y los fluidos de ella.

—Esto no ha hecho más que empezar —dijo Marcos, mirando a Carlos con una sonrisa cruel—. Nos vamos a un sitio donde pueda follármela como se merece. Tú vienes, cornudo. Vas a arrodillarte y vas a ver cada detalle. Y si te portas bien, quizá te deje lamerla cuando termine con ella.

Ana se bajó el vestido a duras penas, el tanga todavía en un tobillo, el coño hinchado y abierto. Le dio un beso profundo a Marcos y después otro, más lento y humillante, a Carlos, dejándole saborear su propio jugo mezclado con el de ella.

—Vamos a casa de Marcos —susurró Ana al oído de su marido, la voz todavía temblando del orgasmo—. Allí me va a abrir del todo. Y tú vas a mirar sin tocar hasta que yo diga. ¿Entendido, mi dulce cornudo?

Carlos asintió, rojo, duro, destrozado de placer y vergüenza. Los tres salieron del callejón hacia el coche de Marcos. La noche apenas empezaba, el aire olía a sexo y promesas sucias, y la polla de Marcos seguía fuera, balanceándose pesada mientras abría la puerta del copiloto para Ana. Carlos se metió atrás, sabiendo que en cuanto arrancaran el coche las manos de su mujer volverían a esa verga gruesa y él solo podría mirar, oír y mojarse los pantalones de anticipación.

El motor rugió. Ana ya tenía la mano entre las piernas de Marcos, acariciando despacio la polla todavía brillante de su coño. Carlos se inclinó hacia adelante en el asiento trasero, la respiración entrecortada, listo para lo que viniera.

El coche olía a sexo crudo y a la colonia barata de Marcos. Ana no soltó la polla gruesa ni un segundo; la apretaba con la mano entera, subiendo y bajando despacio, esparciendo los restos brillantes de su propio coño por el tronco venoso. Carlos, en el asiento trasero, no parpadeaba. Tenía la cremallera abierta y se sobaba la polla delgada con dedos torpes, mirando cómo los dedos de su mujer desaparecían bajo el glande morado de su ex.

—Más fuerte, puta —ordenó Marcos sin quitar los ojos de la carretera—. Enséñale a tu cornudo cómo se agarra una verga de verdad.

Ana obedeció. Apoyó la cabeza en el hombro de Marcos y le lamió el cuello mientras le bombeaba el nabo con ganas, el pulgar rozándole la raja hinchada. Carlos soltó un gemido lastimoso. La humillación le quemaba las mejillas, pero los huevos se le apretaban cada vez que veía esa mano —la misma que le acariciaba el pelo por las noches— estrujar la polla que no era suya.

Llegaron al edificio de Marcos en menos de diez minutos. Subieron las escaleras sin hablar. Ana iba delante, el vestido todavía subido por un lado, el tanga negro colgando de un tobillo como un trofeo. Marcos le abrió la puerta del piso con una mano y con la otra le metió dos dedos en el coño desde atrás, sin aviso. Ella jadeó y empujó las caderas hacia atrás.

—Al baño —gruñó él—. Quiero que te arrodilles en azulejos fríos y me chupes esta polla hasta que se te duela la mandíbula. Y tú, Carlos, entra y cierra la puta puerta. Vas a verlo todo de cerca.

El baño era estrecho, con una encimera de mármol blanco manchada de pasta de dientes y una ducha de cristal. La luz fluorescente no perdonaba nada. Ana se giró, se dejó caer de rodillas sobre la alfombrilla y miró a su marido a los ojos mientras desabrochaba del todo los jeans de Marcos. La polla saltó fuera, pesada, gorda, todavía brillante de jugos. Carlos se acurrucó en el rincón junto al váter, se bajó los pantalones hasta los muslos y se agarró la verga con las dos manos, rojo hasta las orejas.

—Mírame, cariño —susurró Ana, la voz pastosa de ganas—. Mírame tragar la polla que me abrió el coño años antes de conocerte.

Abrió la boca y se la metió entera de un golpe. La cabeza golpeó el fondo de su garganta y ella no se retiró; tragó alrededor, babas espesas cayéndole por la barbilla y los pechos. Marcos le agarró el pelo con las dos manos y embistió, follándole la boca con embestidas cortas y brutales. Ana miraba a Carlos sin pestañear mientras la verga le hinchaba las mejillas y le hacía lagrimear. Cada vez que Marcos empujaba hasta el fondo, ella soltaba un gorgoteo sucio y le guiñaba un ojo a su marido.

—Joder, cómo chupa esta puta —dijo Marcos, mirando a Carlos por encima del hombro de Ana—. Tu mujer tiene la garganta hecha para mi polla. ¿La tienes así de puta en casa o solo se pone así conmigo?

Carlos se masturbaba con desesperación, el prepucio subiendo y bajando rápido sobre la cabeza rosada y goteante.

—Solo… solo contigo se pone así… —confesó, la voz rota—. Yo nunca le llego al fondo… nunca la hago babear así…

Ana se retiró un segundo, un hilo grueso de saliva uniendo sus labios a la polla de Marcos. Lamió desde las bolas hasta la punta, chupó solo el glande con ruidos obscenos y volvió a mirar a Carlos.

—Porque tú no tienes esta verga, mi amor. Esta me llena la boca y el coño. Esta me convierte en lo que soy.

Marcos la levantó del pelo, la giró y la subió de un tirón a la encimera. El mármol frío le arrancó un grito a Ana cuando el culo desnudo tocó la superficie. Él le abrió las piernas con violencia, le colocó los talones en el borde y se alineó. La polla gruesa rozó los labios hinchados, los separó y se hundió de un solo embiste hasta las pelotas. Ana gritó, la espalda arqueada, las tetas liberadas del vestido y rebotando.

—Puta de tu ex —le escupió Marcos al oído mientras empezaba a follarla en misionero, fuerte, profundo, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el baño—. Eres mi puta. Siempre lo fuiste. Este cornudo solo te calienta el sitio.

Cada embestida hacía que el culo de Ana se golpeara contra el espejo del armario. Marcos le agarró las muñecas y se las pinó encima de la cabeza, usándola como un trapo, metiéndosela entera y sacándola casi del todo solo para volver a clavar. Ana gemía sin control, los ojos clavados en Carlos.

—¡Más duro! ¡Fóllame como él nunca puede! ¡Carlos, míralo, míralo cómo me destroza el coño!

Carlos se pajeaba en el rincón con la cara contrita y la polla palpitante. Veía la verga gruesa de Marcos entrar y salir brillante de crema blanca, veía cómo los labios de su mujer se estiraban alrededor de ese nabo que él jamás podría igualar. La humillación le subía por el pecho como fuego y al mismo tiempo le hacía chorrear precum sobre los azulejos.

Marcos sacó la polla de golpe, dio la vuelta a Ana como si no pesara nada y la puso a cuatro patas sobre la encimera, el culo en alto, la cara hacia el espejo. Se la metió otra vez de un empujón salvaje y empezó a embestir en perrito, las manos clavadas en las caderas, los huevos golpeándole el clítoris con cada embiste.

—Di que eres la puta de tu ex —ordenó, dándole una palmada seca en un glúteo que dejó la marca roja al instante—. Di que tu marido es un cornudo inútil mientras te abro el coño.

—¡Soy la puta de mi ex! —gritó Ana, la voz rota de placer—. ¡Soy su puta y mi marido es un cornudo que se pajea viendo cómo me follan! ¡Dámela toda, Marcos, rómpeme!

Marcos aceleró. El baño se llenó de gritos, de chapoteos, del olor espeso a coño follado. Ana se corrió con un alarido largo, el coño apretándose en espasmos alrededor de la verga gruesa, los jugos salpicando los muslos de Marcos y cayendo en hilos hasta la encimera. Él no paró. Siguió embistiéndola a través del orgasmo, usándola, llamándola puta una y otra vez mientras Carlos se corría en su propia mano con un gemido ahogado, el semen blanco cayéndole entre los dedos y al suelo.

Marcos se salió todavía duro, la polla roja y goteando. Le dio la vuelta otra vez a Ana, le abrió la boca con dos dedos y se la metió hasta la garganta para que limpiara su propio desastre. Ella chupó con ansia, mirando a su marido por el rabillo del ojo.

—Todavía no he corrido dentro —dijo Marcos, la voz baja y peligrosa, sacando la verga de la boca de Ana con un pop húmedo—. Esta noche voy a llenarte el coño hasta que rebose y tu cornudo lo va a lamer todo. Pero primero te voy a follar otra vez en la cama. Y tú, Carlos… te vas a arrodillar al lado y vas a pedirme permiso para tocarle un pezón. ¿Entendido?

Ana, todavía temblando sobre la encimera, con el coño abierto y chorreando, le sonrió a su marido con la boca hinchada y brillante de saliva.

—Vamos a la habitación, mi amor —susurró—. Quiero que veas cómo me deja coja. Y después… después decidimos si te dejamos probarme o no.

Carlos asintió, destruido, duro otra vez solo de oírlo, y los siguió fuera del baño con las piernas flojas y el corazón martilleándole la puta vergüenza más dulce que había sentido nunca.

El piso de Marcos olía a sexo viejo y a colonia barata cuando salieron del baño. Ana caminaba con las piernas abiertas, el vestido todavía arrugado sobre la cintura, el coño hinchado y brillante de jugos propios goteándole por el interior de los muslos. Carlos iba detrás, la polla otra vez dura y saliendo por la cremallera abierta, los pantalones bajados hasta media nalga, el corazón latiéndole en la garganta como un puto tambor. Marcos le agarró el culo a Ana con una mano enorme y le metió dos dedos de nuevo sin miramientos, sacándolos brillantes y metiéndoselos en la boca de ella para que chupara.

—A la cama, puta. Quiero follarte en mi colchón hasta que dejes un charco.

La habitación era un desastre de sábanas grises y ropa tirada. Marcos empujó a Ana de cara a la cama; ella se apoyó en las manos y el culo se le levantó solo, redondo, marcado todavía por la palmada roja del baño. Él se bajó los jeans del todo, la polla gruesa y pesada balanceándose, venas marcadas, la cabeza morada y goteando. Carlos se arrodilló al lado de la cama sin que se lo pidieran, la cara a la altura del culo de su mujer, oliendo el coño abierto de ella. Marcos se posicionó detrás, le separó los glúteos con los pulgares y le escupió directo al agujero rosado antes de clavar la verga de un solo empujón hasta las pelotas.

Ana gritó contra el colchón, los dedos agarrando las sábanas.

—¡Joder, sí! ¡Métela toda, cabrón! ¡Carlos, míralo cómo me llena!

Marcos embistió como un animal, profundo, brutal, el sonido chapoteante de la polla entrando y saliendo del coño empapado llenando la habitación. Cada embestida hacía rebotar el culo de Ana y le sacaba un gemido gutural. Carlos se pajeaba despacio, mirando hipnotizado cómo los labios hinchados de su esposa se estiraban alrededor de esa verga gruesa que no era suya, cómo salía blanca de crema y volvía a desaparecer. La humillación le quemaba las orejas, pero los huevos se le subían cada vez que Marcos gruñía.

—Tu mujer es un coño barato —escupió Marcos, agarrándole el pelo a Ana y tirando hacia atrás hasta arquearle la espalda—. Siempre lo fue. Este cornudo solo le calienta la cama. Dime, Ana, ¿quién te folla mejor?

—¡Tú! ¡Tú me follas mejor, Marcos! ¡Tu polla me destroza y me hace correrme como una puta! ¡Carlos nunca llega tan hondo!

Carlos soltó un gemido lastimero y se apretó la base de la polla para no correrse todavía. Veía todo: la polla de Marcos entrando hasta el fondo, los huevos pesados golpeando el clítoris de Ana, el jugo salpicando. Ana giró la cara y lo miró a los ojos mientras la follaban, la lengua fuera, babeando.

—Mírame, mi amor… mírame convertirme en su puta otra vez… joder, me voy a correr…

Marcos aceleró, las caderas golpeando seco, las manos clavadas en las caderas de ella dejando moretones. Ana se corrió con un alarido largo, el coño contrayéndose en espasmos alrededor de la verga, chorreando más jugo caliente por los muslos de Marcos. Él no paró. Siguió embistiéndola a través del orgasmo, usándola, follándola como un trozo de carne. Luego la giró de golpe, la puso de espaldas, le abrió las piernas hasta casi partirla y se la volvió a clavar en misionero. Las tetas de Ana rebotaban salvajes. Marcos le escupió entre ellas y le apretó los pezones duros mientras embestía.

—Voy a llenarte —gruñó—. Voy a meterte toda mi leche caliente en ese coño de casada y tu cornudo la va a lamer como el perro que es.

Ana enganchó los tobillos detrás de la espalda de Marcos, empujándolo más adentro.

—¡Dámela! ¡Córrete dentro, lléname, quiero sentirla gorda y caliente! ¡Carlos, míralo cómo me va a marcar!

Marcos embistió tres, cuatro, cinco veces más, profundo, y se clavó hasta el fondo con un gruñido animal. La polla le palpitó visible mientras disparaba chorros gruesos de semen caliente directo al fondo del útero de Ana. Ella gimió al sentirlo, el calor espeso llenándola, desbordándose ya alrededor de la verga todavía enterrada. Marcos siguió empujando en embestidas cortas, ordeñándose dentro de ella, metiendo cada gota. Cuando por fin se salió, un hilo blanco y espeso unió la cabeza de su polla al coño abierto de Ana. El semen le brotó enseguida, cremoso, caliente, resbalando por el culo y las sábanas.

—Ahora, cornudo —ordenó Marcos, la voz baja y sucia, agarrando a Carlos por el pelo y arrastrándolo hasta entre las piernas abiertas de Ana—. Arrodíllate y limpia. Lame todo ese coño creampie. Traga mi leche mezclada con el jugo de tu puta esposa. Y no te corras hasta que yo diga.

Carlos temblaba, la cara roja, la polla goteando precum sobre el suelo. Se arrodilló entre los muslos de Ana, oliendo el semen fresco, viendo el coño hinchado, abierto, chorreando leche blanca. Ana se incorporó un poco sobre los codos, le agarró la cabeza a su marido y se la pegó directo al coño.

—Lame, cariño… limpia lo que me ha dejado tu superior… chupa toda esa leche caliente de mi coño follado.

Carlos abrió la boca y pasó la lengua por los labios hinchados. El sabor era salado, amargo, espeso: semen de Marcos mezclado con el jugo dulzón de Ana. Se le revolvió el estómago de humillación y al mismo tiempo se le puso la polla de piedra. Empujó la lengua dentro del coño creampie, chupando, tragando, limpiando los restos blancos que le resbalaban por la barbilla. Ana gimió y se arqueó, empujando la cara de su marido más adentro mientras Marcos se inclinaba sobre ella y le metía la lengua en la boca.

El beso fue sucio, profundo, saliva y dientes. Ana gemía dentro de la boca de su ex mientras Carlos lamiendo desesperado, la nariz aplastada contra el clítoris, tragando semen a tragos. Marcos le mordió el labio inferior a Ana y le habló contra la boca, alto para que Carlos oyera:

—Mira a tu cornudo lamiendo mi leche de tu coño. Qué puta imagen. Dile que lo quieres así siempre.

Ana se separó del beso solo lo suficiente para mirar hacia abajo, a la cara de Carlos enterrada entre sus piernas, la lengua sacando hilos blancos.

—Así te quiero, Carlos… arrodillado, limpiando el semen de otro hombre de mi coño… eres mi cornudo perfecto… joder, sí, lame más profundo, saca toda esa leche con la lengua…

Carlos chupó con más ganas, tragando, la cara empapada de crema y jugos. Se pajeaba desesperado con una mano mientras lamiendo, los huevos apretados. Marcos volvió a besar a Ana con violencia, una mano en su teta, apretando, mientras el otro le agarraba el pelo a Carlos y lo empujaba más contra el coño.

—Traga todo, puto. No dejes ni una gota. Esa leche es mía y ahora es tuya para limpiar.

Cuando el coño de Ana estuvo casi limpio, solo brillante de saliva, Marcos tiró de Carlos hacia atrás por el pelo.

—Ahora córrete. Córrete en el suelo como el perro cornudo que eres, mirando cómo le beso la boca a tu mujer.

Carlos no necesitó más. Se agarró la polla delgada y se corrió en segundos, chorros blancos saliendo débiles sobre el suelo de madera, gimiendo con la cara sucia de semen ajeno. Ana se rio, baja y sucia, y le pasó los dedos por la mejilla a su marido.

—Buen chico…

Marcos se dejó caer al lado de Ana en la cama, la polla todavía semi dura y brillante. Ana se estiró, el coño abierto y rojo, y miró a Carlos que seguía de rodillas, jadeando, destruido y duro otra vez solo de la vergüenza.

—Escúchame bien, mi amor —dijo Ana, la voz ronca de tanto gritar—. Esto se va a repetir cada vez que a mí me apetezca. Cada puta vez que quiera la polla de Marcos dentro, tú vas a venir, vas a mirar, vas a lamer y vas a dar las gracias. Eres mi cornudo. Mi puto marido cornudo que se corre viendo cómo me llenan. Y te encanta. Dilo.

Carlos tragó saliva, la cara brillando de restos de creampie, la voz rota:

—Me encanta… soy tu cornudo… hazlo cada vez que quieras… fóllate a Marcos delante de mí y hazme limpiar… por favor…

Ana sonrió, satisfecha, y se giró hacia Marcos para volver a besarlo, lenta, profunda, mientras metía dos dedos en su propio coño todavía goteante y se los ofrecía a Carlos para que los chupara otra vez.

—La próxima vez te haré lamerle los huevos mientras me folla —susurró ella contra la boca de Marcos, mirando de reojo a su marido—. Y tú, Carlos, vas a quedarte con la boca abierta debajo para no perder ni una gota de la leche que me tire dentro. Ahora lárgate al sofá y duerme ahí. Esta cama es para follar de verdad, no para cornudos inútiles.

Carlos se levantó temblando, la polla colgando blanda y manchada, y salió de la habitación con las piernas flojas, el sabor de la leche de Marcos todavía pegado a la lengua, el pecho lleno de esa vergüenza dulce que lo hacía feliz como nunca. Detrás, oyó a Ana reírse baja y el sonido húmedo de otra embestida empezando otra vez.

El coño de Ana seguía abierto y goteando semen espeso mientras Marcos se la volvía a clavar hasta el fondo, usándola como la puta casada que era, y Carlos, desde el sofá, se pajeaba en silencio escuchando cada gemido, sabiendo que esa noche solo era el principio de su vida de cornudo feliz y humillado.

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