Noche en la Granja con Su Amigo
Una calurosa noche, la esposa Rosa se entrega salvajemente a su dominante amigo Warrick mientras su cornudo marido observa.
La noche de verano pesaba sobre los campos como una manta húmeda cuando Rosa y Reid llegaron a la granja remota de Warrick. El aire olía a tierra caliente y heno seco. Rosa, de veintiocho años, bajó del coche con el vestido ligero pegado a la espalda por el sudor. Reid, treinta, cargaba las maletas con esa sonrisa tensa que usaba cuando algo le superaba. Warrick los esperaba en el porche, camisa abierta hasta el pecho, hombros anchos, brazos marcados por el trabajo del campo. Treinta y dos años y la misma mirada dominante de la universidad, solo que ahora no se molestaba en disimularla.
—Rosa —dijo él, bajando los escalones—. Sigues igual de jodidamente perfecta.
La abrazó más tiempo del necesario. Su mano grande se posó en la cintura de ella, los dedos rozando la curva inferior del pecho. Reid se quedó un paso atrás, sintiendo el calor subirle al cuello. Más tarde, en la habitación de invitados, mientras Rosa se cambiaba, Reid confesó en un susurro ronco:
—Desde hace meses fantaseo con verte con otro. Con él. Me humilla y me pone duro a la vez. Si… si quieres…
Rosa lo miró con las mejillas encendidas, el coño ya latiéndole bajo la ropa interior fina.
En la cocina, la cena se alargó con vino tinto barato y conversación cargada. Warrick no apartaba los ojos de Rosa. Comentó lo bien que le quedaba el vestido, lo mucho que le gustaría verla sudar de verdad en el campo. Rosa se removía en la silla, muslos apretados. Cada vez que Warrick sonreía, sentía la humedad empaparle. Reid, sonrojado hasta las orejas, se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—Tienes mi permiso. Déjate llevar. Quiero verlo.
Rosa soltó el aire temblando. Empezó a coquetear abiertamente: se inclinaba hacia delante mostrando el escote, reía bajo, dejaba que su pie rozara la pantorrilla de Warrick bajo la mesa. Él no esperó mucho más. Se levantó, rodeó la mesa, agarró a Rosa por la nuca y la besó con fuerza, lengua profunda, gruñendo contra su boca mientras Reid se quedaba petrificado en su silla, la polla dura e inútil dentro del pantalón. El beso se alargó, húmedo y posesivo, hasta que Warrick la empujó hacia atrás sobre la mesa de madera, platos y vasos temblando.
—De rodillas —ordenó.
Rosa obedeció al instante, bajando al suelo entre las piernas abiertas de Warrick. Él se desabrochó el pantalón y sacó la verga gruesa, venosa, ya goteando. Rosa la tomó con ambas manos y la metió en la boca con ganas, chupando profundo, babas corriendo por la barbilla mientras miraba de reojo a su marido. Warrick le agarró el pelo y embistió la garganta, gruñendo:
—Así se chupa una polla de verdad, puta. Tu marido nunca te llena así.
Reid se humedeció los labios, sin apartar la vista. Warrick la levantó de un tirón, la tumbó de espaldas sobre la mesa, le subió el vestido y le arrancó las bragas empapadas. Entró de un solo embiste brutal en misionero, el coño de Rosa abriéndose alrededor de esa carne gruesa. Ella gritó, uñas clavándose en los hombros de él. Warrick follaba con embestidas largas y profundas, el sonido húmedo llenando la cocina.
—Mira cómo te abre tu amigo —le dijo a Reid—. Mírala. Es mía esta noche.
La volteó a la fuerza, la puso a cuatro patas sobre la mesa. Entró de nuevo en perrito, agarrándola de las caderas y golpeándola con fuerza, los huevos chocando contra el clítoris hinchado. Rosa gritaba de placer, pechos rebotando, el vestido hecho un desastre.
—¡Warrick! ¡Joder, Warrick!
Él le dio una palmada fuerte en el culo.
—Dilo más alto, puta de tu amigo. Quiero que tu cornudo lo oiga todo.
Reid se acercó cuando Warrick se lo ordenó, temblando, la polla marcando el pantalón. Vio de cerca cómo la verga gruesa entraba y salía del coño de su esposa, brillante de jugos. Rosa se corrió gritando el nombre de Warrick, el cuerpo convulsionando, el coño apretando en espasmos. Warrick no paró. Siguió follándola hasta el borde y entonces se enterró hasta el fondo, rugiendo, y se corrió dentro de ella en un creampie potente, chorros calientes llenándola mientras Rosa miraba a Reid con ojos de lujuria total, labios entreabiertos, todavía temblando.
Warrick se quedó dentro, la polla todavía dura y latente, el semen empezando a gotear por los muslos de Rosa. Le ordenó a Reid con voz baja y firme:
—Acércate y lame. Limpia lo que le dejé a tu mujer.
Reid, humillado y excitado hasta el dolor, se arrodilló. Acercó la cara al coño abierto y usado de Rosa. La lengua le tembló al primer contacto con el semen espeso que goteaba mezclado con los jugos de ella. Lamió, tragó, sintiendo el sabor salado y la vergüenza arderle en la cara. Rosa le acarició la cabeza con ternura cruel, dedos enredados en su pelo, y le susurró, todavía jadeante:
—Me ha gustado tanto… ser follada por un hombre de verdad. Mírate, mi cornudo precioso. Así es como quiero que sea de ahora en adelante.
Warrick se retiró al fin, dejando el coño de Rosa abierto y cremoso. Nadie habló. Solo se oía la respiración entrecortada de los tres y el zumbido lejano de los grillos fuera de la granja. El silencio se instaló pesado, denso, definitivo, mientras el semen seguía resbalando lento por la piel de Rosa bajo la luz amarilla de la cocina.
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