Doble Cita que Encendió a su Marido

En una doble cita, Bianca se deja follar duro por Marco delante de su marido Errol, que se pajea humillado.

14 min read September 06, 2026New

La noche había empezado como cualquier otra doble cita entre amigos, pero el aire del restaurante italiano del centro ya sabía a algo más denso, más peligroso. Bianca llevaba un vestido negro ceñido que marcaba cada curva generosa de sus pechos y de ese culo redondo que Errol conocía de memoria y que, esa noche, parecía exhibir a propósito. Frente a ellos, Marco —el amigo de siempre de su marido, alto, mandíbula marcada, esa mirada de depredador que no disimulaba— se acomodaba la camisa con una sonrisa perezosa mientras Fiona, su novia, pedía la carta sin enterarse aún del voltaje que cruzaba la mesa.

Errol notó el primer roce cuando Bianca se inclinó a coger el pan y la rodilla de Marco rozó la de ella bajo el mantel. No fue casual. Bianca no apartó la pierna. Al contrario: la presionó un segundo más, y su marido vio cómo se le humedecían los labios antes de sonreírle a Fiona como si nada. El vino tinto ayudó. Las risas subieron de tono. Marco hablaba de un viaje de negocios y, de pronto, su mano desapareció bajo la mesa. Bianca dio un respingo suave, apenas perceptible, y sus ojos se clavaron en los de Marco con una chispa abierta de deseo. Errol sintió un tirón en la entrepierna mezclado con un nudo de celos que le subía por la garganta. Su esposa estaba dejando que el otro hombre le acariciara el muslo. La tela del vestido se había subido lo suficiente; los dedos de Marco dibujaban círculos lentos, cada vez más arriba, y Bianca abría un poco más las piernas sin mirar a nadie más que a él.

—Qué rica estás esta noche —murmuró Marco, lo bastante bajo para que solo el cuarteto lo oyera, aunque Fiona fingió concentrarse en la ensalada—. Ese vestido te queda de puta madre, Bianca.

Ella rio, un sonido húmedo y nervioso, y apoyó la mano sobre la de Errol en la mesa, como si lo anclara… o como si lo obligara a sentir el temblor de su excitación.

—Gracias. Me lo puse pensando en… en que nos íbamos a divertir.

Errol tragó saliva. Su polla ya empujaba contra el pantalón. Miraba cómo los dedos de Marco subían, cómo el pulgar rozaba el borde de la braga de su mujer, y Bianca contuvo un gemido con un sorbo de vino. Fiona levantó una ceja, divertida o indiferente, y dijo que iba al baño. En cuanto se levantó, el roce se volvió descarado. Marco metió dos dedos por debajo de la tela húmeda y Bianca se mordió el labio inferior, mirando fijamente a su marido mientras se dejaba tocar el coño hinchado y resbaladizo en pleno restaurante.

—Estás empapada —susurró Marco—. Se te nota que te gusta que te manoseen delante de él.

Errol no dijo nada. Solo asintió, la cara caliente, la verga laténdole con fuerza. Cuando Fiona volvió, la cena siguió con sonrisas tensas y miradas robadas. Al final, pagaron y salieron. Fiona se despidió en la puerta del restaurante —tenía turno temprano— y les dijo que se lo pasaran bien, con una sonrisa que dejaba entrever que olía la situación. Quedaron los tres. El trayecto a casa de Bianca y Errol fue un silencio denso, roto solo por la risa baja de Bianca cuando Marco le puso la mano en el muslo otra vez en el asiento trasero.

En el salón, con las luces bajas y otra botella abierta, las bromas se volvieron directas. Marco se sentó en el sofá grande, piernas abiertas, y miró a Bianca de arriba abajo.

—En serio, tía, ese cuerpo… pechos pesados, culo de para follar sin piedad. Si yo fuera Errol no te sacaría de la cama.

Bianca se rio, nerviosa y caliente, y se sentó entre los dos hombres a propósito. Su muslo rozó el de Marco.

—Siempre he fantaseado con que me folle un tío más… dominante. Alguien que me coja fuerte, que me diga qué hacer. Errol lo sabe. A veces me lo pido, pero…

Se giró hacia su marido. Errol tenía las mejillas encendidas, la mano casi temblando sobre su propia rodilla. La polla se le marcaba obscena.

—Quiero verlo —confesó él, la voz ronca de humillación y excitación—. Quiero ver cómo te la mete. Si… si los dos estáis de acuerdo. Y Marco también. Todo el mundo tiene que quererlo.

Marco sonrió de lado, lento, seguro.

—Yo llevo semanas imaginándome ese coño. Bianca, ¿me dejas besarte delante de tu marido?

Ella miró a Errol, buscó su consentimiento una vez más. Él asintió, tragando saliva.

—Hazlo. Quiero verlo.

Bianca se inclinó y Marco la agarró del pelo con suavidad firme, la besó con lengua profunda, sucia, mientras su otra mano le apretaba un pecho por encima del vestido. Errol se quedó mirando, la respiración entrecortada, cómo su mujer gemía en la boca de otro, cómo se le endurecían los pezones. Las manos de Marco bajaron, le subieron el vestido, le metieron los dedos otra vez en la braga empapada y Bianca abrió las piernas de par en par en el sofá.

—A la habitación —dijo ella, jadeando—. Ahora.

Subieron los tres. La cama matrimonial parecía demasiado grande y demasiado pequeña a la vez. Bianca se arrodilló en la alfombra sin que nadie se lo pidiera, con las tetas casi saliéndose del escote, y desabrochó el pantalón de Marco. La polla le saltó gruesa, venosa, más larga y ancha que la de Errol —los tres lo vieron al instante—. Bianca la miró con hambre abierta, luego levantó la vista hacia su marido, que ya se había sentado en la silla del rincón con la cremallera abierta y la mano rodeándose la verga.

—Mírala, amor… es mucho más gorda que la tuya. Me va a destrozar el coño. ¿Te gusta ver cómo se la chupo?

Errol solo pudo gemir un «sí» ronco mientras se pajeaba. Bianca abrió la boca y se la metió hasta la garganta, babas espesas corriendo por la base, chupando con ansia, gluglú húmedos, mirando a su marido todo el rato. Marco le agarró la cabeza y embistió despacio, follándole la boca.

—Qué puta más buena tienes, Errol. Cómo me la mamá.

Cuando Bianca se apartó, hilos de saliva unían sus labios a la polla brillante, se subió a la cama, se quitó el vestido y la braga de un tirón y se abrió de piernas en misionero. El coño se le veía hinchado, rosado, chorreando. Marco se colocó entre sus muslos y se la embistió de un solo empujón seco y profundo. Bianca gritó, las uñas en la espalda de él.

—¡Joder, qué grande…! Errol, míralo, míralo cómo me la mete entera…

Marco follaba salvaje, caderas golpeando, el sonido húmedo y obsceno de polla entrando y saliendo del coño de la esposa de su amigo. La agarró de las rodillas, se las dobló contra el pecho y le dió más fuerte. Bianca se corrió la primera vez gritando, el coño apretando en espasmos, y entre embestida y embestida miró a Errol.

—Ven… lame… limpia lo que gotea mientras me sigue follando.

Errol se levantó temblando, se arrodilló al borde de la cama y pegó la lengua al coño estirado de su mujer cada vez que Marco se retiraba un poco. Sabía a jugos ajenos, a la polla de Marco, a la excitación de Bianca. Ella le agarró del pelo y lo obligó a lamer más profundo mientras el otro hombre volvía a clavársela hasta el fondo.

—Así, maridito… prueba cómo me deja este tío.

Marco la puso a cuatro patas. El culo de Bianca temblaba. Le dio una torta sonora en cada nalga, dejando la marca roja, y se la volvió a meter en perrito, agarrándola de las caderas con fuerza.

—Di que eres mi puta.

—Soy tu puta —jadeó ella, mirando a Errol por encima del hombro—. Tu puta que se deja follar duro delante de su marido… ¡ah, joder, más fuerte!

Otra torta. Otra. Bianca se corrió otra vez, gritando, el coño chorreando sobre los muslos y sobre la lengua de Errol cada vez que este se acercaba a lamer entre embestidas como le ordenaban. Errol se pajeaba con la mano libre, la cara roja de vergüenza y de un placer retorcido que no podía negar, sin atreverse a tocar a su mujer más allá de lo que ella le permitía con la boca.

Marco aceleró, los huevos golpeándole el clítoris, y al final se hundió hasta el fondo y se corrió con un gruñido largo, bombeando chorros densos dentro del coño de Bianca. Ella se giró lo justo para agarrar la cara de Errol y besarlo con lengua sucia mientras el semen caliente le llenaba.

—Se siente tan bien… ser follada de verdad, amor. Notar cómo me llena.

Aún con la polla de Marco dentro, palpitando, Bianca empujó a su marido otra vez hacia su coño. Cuando Marco se retiró, el creampie espeso empezó a salir a hilos blancos y viscosos. Bianca se abrió los labios con los dedos.

—Límpiame. Toda la leche. Con la lengua. Y trágatela.

Errol obedeció, la cara enterrada entre los muslos de su esposa, lamiendo el semen de otro hombre que goteaba de su coño rojo y usado, tragando cada gota mientras Marco se sentaba en el borde de la cama, aún medio duro, observando con una sonrisa satisfecha y la mano acariciándose despacio. Bianca gemía bajito, acariciando el pelo de Errol, y cuando este terminó de limpiarla se dejó caer abrazada a él, el cuerpo sudado y tembloroso. Errol la rodeó con los brazos, la polla aún dura y sin corrida contra la cadera de ella, y murmuró contra su cuello, la voz rota de humillación y necesidad:

—Quiero… quiero que lo repitáis. Quiero ver cómo te vuelve a llenar. Y… y que Fiona lo sepa la próxima vez. Que nos mire.

Marco rio bajo desde la silla, ya imaginando la continuación, y Bianca besó la frente de su marido con una sonrisa oscura y consentidora, el coño aún goteando residuales sobre las sábanas, el aire de la habitación cargado de sexo y de promesas que ninguno de los tres estaba listo para dejar morir esa noche.

Bianca se aferraba aún al cuello de Errol cuando notó el movimiento al otro lado de la cama. Marco no se había vestido. Seguía sentado en el borde, la polla ya recuperando grosor entre sus dedos, gruesa y brillante de jugos y de su propia leche anterior. La sonrisa de lado no había desaparecido.

—Otra vez —dijo él, voz baja y segura—. Tú lo pediste, Errol. Que te la vuelva a llenar.

Bianca se incorporó despacio. El semen residual le resbalaba por el muslo interno y le manchaba la sábana. Miró a su marido a los ojos, buscó esa chispa de vergüenza y de hambre, y la encontró intacta. Errol asintió sin palabras, la garganta seca, la verga todavía dura y roja contra su vientre. Ella se giró, se puso a cuatro patas y gateó hasta Marco. Le agarró la polla con las dos manos y se la metió en la boca de un solo movimiento, chupando el sabor mezclado de los dos, lengüetazos largos desde los huevos hasta el glande hinchado. Marco le enredó los dedos en el pelo y la obligó a bajar más, hasta que la punta le rozó la garganta y ella hizo gluglú, babas espesas cayéndole por la barbilla.

—Mírala, cabrón —gruñó Marco hacia Errol—. Tu puta se traga mi polla como si fuera suya. Ábrete las piernas, Bianca. Quiero que él vea cómo te gotea el coño mientras me mamas.

Ella obedeció, abriendo los muslos de par en par sobre la cama. Errol se quedó en la silla, la mano subiendo y bajando por su propia polla con dedos torpes, la cara ardiendo. Cada vez que Bianca se retiraba un poco, un hilo de saliva unía sus labios a la verga de Marco; el coño de ella, rojo y abierto, soltaba gotas blancas y transparentes que caían sobre la sábana. Errol tragó saliva. Quería lamer otra vez. Quería que lo mandaran.

Bianca se separó con un pop húmedo y se subió a horcajadas sobre Marco, de espaldas a él, mirando fijamente a su marido. Se guió la polla gruesa hasta la entrada hinchada y se la clavó de un solo descenso. El gemido que soltó fue gutural, profundo. Se notaba la diferencia de tamaño otra vez: cómo le estiraba las paredes, cómo le empujaba el aire de los pulmones.

—Joder… Errol, míralo. Míralo cómo me abre. Es tan gruesa… me llega a sitios que la tuya no alcanza —jadeó ella, subiendo y bajando despacio al principio, las tetas pesadas rebotando. Cada bajada producía un chapoteo obsceno. Marco le agarró las caderas y la embistió desde abajo, brusco, haciendo que el culo de Bianca temblara con cada golpe.

Errol se acercó de rodillas hasta el borde de la cama, sin atreverse a tocar todavía. Bianca le agarró la cara con una mano y lo acercó a su pecho.

—Chúpamelos. Mientras me follo a tu amigo. Y pajeate más despacio… quiero que aguantes. Quiero que veas cómo me corro otra vez con esta polla dentro.

La lengua de Errol encontró el pezón duro y lo lamió, lo chupó con hambre humillada mientras su mano se movía más lenta sobre su verga. El olor a sexo era denso: semen, coño mojado, sudor. Bianca cabalgaba más rápido ahora, el clítoris rozando la base de Marco cada vez que bajaba del todo. Marco le dio una torta seca en una nalga, luego en la otra, el sonido seco llenando la habitación.

—Di que te gusta más la mía —ordenó Marco, embistiendo hacia arriba.

—Me gusta más la tuya… más gorda, más dura… me destroza el coño y me encanta —gritó Bianca, mirando a Errol a los ojos mientras lo decía—. Perdón, amor… pero es verdad. Me folla como una puta de verdad.

Errol gimió contra el pecho de ella, la vergüenza subiéndole por el pecho como un calor líquido. Su polla latía, pre-semen brillándole en la punta. Bianca lo empujó suavemente hacia abajo.

—Más abajo. Lame donde se junta. Lame mis labios alrededor de su polla mientras me la mete. Prueba lo que somos juntos.

Errol obedeció. Se agachó entre los cuerpos, la cara a centímetros del punto donde la verga gruesa de Marco entraba y salía del coño estirado de su mujer. Cada embestida le salpicaba jugos en la mejilla. Sacó la lengua y lamió: el borde del coño, la base gruesa y venosa, el sabor salado y amargo del semen anterior mezclado con la excitación fresca de Bianca. Ella se corrió así, con la lengua de su marido lamiendo alrededor de la polla de otro hombre, el cuerpo sacudiéndose en espasmos, el coño apretando y soltando más líquido caliente que Errol recogió con la boca.

Marco no paró. La levantó un poco, la giró sin salir del todo y la puso de lado, una pierna levantada alto. Empezó a follarla en ese ángulo, profundo, los huevos golpeándole el culo. Bianca gritó, las uñas clavándose en la sábana.

—Errol… la boca. Ponme la polla en la boca mientras él me parte. Quiero chuparte mientras me llenan otra vez.

Errol se subió a la cama, se arrodilló junto a la cara de ella y le ofreció su verga más delgada, más roja de tanto contenerse. Bianca la engulló de golpe, chupando con ansia, mirándolo con los ojos entrecerrados de placer. Marco aceleró el ritmo, el sonido de piel contra piel volviéndose brutal. Cada embestida empujaba a Bianca hacia adelante, haciendo que se atragantara un poco con la polla de su marido. Errol le acariciaba el pelo con dedos temblorosos, la humillación y el éxtasis mezclados hasta no distinguirse.

—Voy a correrme dentro otra vez —anunció Marco entre dientes—. Y tú vas a tragártela toda otra vez, Errol. Como el buen maridito que eres.

—Sí… limpia todo… por favor —jadeó Bianca alrededor de la polla de Errol, saliva escurriéndole por la comisura—. Quiero sentirte lamer mientras todavía me palpita dentro.

Marco se hundió hasta el fondo, gruñó largo y se vació. Chorros densos y calientes llenaron el coño de Bianca por segunda vez esa noche. Ella se corrió de nuevo al sentirlo, el cuerpo entero convulsionando, la boca apretando la verga de Errol sin dejarlo correrce todavía. Cuando Marco se retiró despacio, el creampie salió a hilos gruesos, blancos, viscosos, resbalando por el perineo de Bianca hasta el culo.

—Ahora —ordenó ella, la voz rota de placer—. Come. Toda. No dejes ni una gota.

Errol se tiró entre sus piernas abiertas. La lengua se hundió en el coño abierto y caliente, recogiendo el semen espeso de Marco, tragando, lamiendo los labios hinchados, el clítoris sensible, incluso bajando a limpiar lo que había llegado más abajo. El sabor era intenso, ajenos, humillante. Bianca le sujetaba la cabeza con las dos manos, gemía bajito, y a ratos le frotaba la cara contra su coño usado.

—Así… buen chico… trágatelo todo… mmm, se siente tan bien que limpies lo que me ha dejado este tío…

Marco se había sentado otra vez, observando, la mano acariciándose la polla medio blanda. Cuando Errol terminó, la cara brillante de saliva y semen, Bianca lo atrajo hacia arriba y lo besó con lengua profunda, saboreando lo que él acababa de tragar. Luego lo empujó suavemente de espaldas y se montó a horcajadas sobre su cara, el coño todavía goteando residuales.

—Sigue lamiendo un poco más. Solo la punta de la lengua. Mientras me pajeo yo misma mirando a Marco.

Errol lamió, sumiso, mientras Bianca se tocaba el clítoris con dos dedos rápidos y miraba al otro hombre. Marco sonreía, ya imaginando la próxima vez con Fiona presente, tal como Errol había pedido. Bianca se corrió una última vez suave, temblando sobre la boca de su marido, el cuerpo relajándose por fin.

Bajó despacio. Se tumbó entre los dos hombres. Marco a un lado, aún tocando su propia polla con pereza. Errol al otro, la verga dolorosamente dura y sin corrida, pidiendo permiso con la mirada. Bianca le cerró la mano alrededor y lo masturbó despacio, con ternura sucia, mientras le susurraba al oído.

—La próxima vez que venga Fiona… quiero que nos mire. Que vea cómo me folla Marco y cómo tú me limpias. ¿Te gusta la idea, maridito?

—Sí… joder, sí —gimió Errol, y se corrió al fin en la mano de ella, chorros débiles pero largos, el alivio mezclado con la vergüenza más profunda que había sentido nunca. Bianca se untó un poco de su semen en los pezones y se lo ofreció a lamer. Él lo hizo.

Después no hubo más palabras fuertes. Marco se levantó al rato, se vistió en silencio, les dio un beso en la frente a Bianca y un golpecito en el hombro a Errol.

—Avisadme. Cuando queráis repetir. Con o sin Fiona.

La puerta se cerró abajo con un clic suave. En la habitación solo quedaron los dos. Bianca apagó la lámpara de la mesilla. El único ruido era su respiración entrelazada, el roce leve de sábanas húmedas, el goteo lejano de algo en el baño. Errol la abrazó por detrás, la polla ya blanda contra el culo marcado de tortas, la cara enterrada en su pelo. Bianca entrelazó los dedos con los de él sobre su vientre.

Nadie habló.

El silencio se instaló, denso y completo, mientras el olor a sexo se enfriaba despacio en el aire quieto.

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