Lluvia que Empujó a su Mejor Amigo al Vapor

Heather besa apasionadamente al amigo musculoso de su marido mientras la lluvia cae, y Carlos se masturba humillado viéndolo todo.

32 min read September 06, 2026New

La lluvia azotaba el tejado de la cabaña como si quisiera romperlo. Dentro, el calor de la chimenea chisporroteaba y olía a pino mojado. Heather se había quitado la chaqueta empapada y solo llevaba una camiseta blanca ceñida que se le pegaba al pecho; los pezones duros se marcaban sin pudor a través de la tela fina. Tenía veintiocho años, el pelo oscuro pegado a la nuca y esa sonrisa de esposa fogosa que Carlos conocía demasiado bien. Su marido, Carlos, de treinta, se frotaba las manos junto al fuego mientras Lorenzo, el mejor amigo de la universidad, sacudía el agua de los hombros anchos. Lorenzo era todo músculo denso, camiseta negra empapada que se adhería a los pectorales y al abdomen marcado; las gotas le resbalaban por el cuello hasta el pecho.

—Joder, qué temporal —gruñó Lorenzo, quitándose la camiseta y quedándose en torso desnudo. El fuego le dibujaba las sombras de los abdominales y los brazos gruesos.

Heather no apartó la mirada. Carlos lo notó al instante: los ojos de su mujer recorrían el pecho de su amigo, la línea de vello que bajaba hacia el pantalón mojado, la forma en que los hombros se movían. Una tensión densa se instaló en la única habitación que compartían. Solo había una cama ancha y dos sillones cerca de la chimenea. La lluvia no les dejaba opción.

—Pasa el frío, cariño —dijo Carlos, pero su voz salió más baja de lo normal. Veía cómo Heather se mordía el labio inferior mientras secaba un vaso. La camiseta mojada le subía un poco al estirarse y se le marcaba el vientre plano, las tetas pesadas y firmes. Carlos sintió un tirón en la entrepierna mezclado con algo caliente y vergonzoso en el pecho.

Prepararon la cena entre los tres: latas de guiso, pan y un poco de vino que habían traído. Cada vez que Heather se inclinaba para servir, el pecho se le empujaba hacia delante y Lorenzo le rozaba la cadera «sin querer» al pasar el plato. Ella no se apartaba. Al contrario, se quedaba un segundo más, sintiendo la calor de la mano grande del amigo de su marido. Carlos lo veía todo desde la otra punta de la mesa. Su polla ya estaba medio dura dentro de los vaqueros. Le daba vergüenza y al mismo tiempo se le empujaba la excitación hacia arriba, espesa.

Después de comer, con la lluvia todavía castigando los cristales, se sentaron cerca del fuego. Heather se acomodó en el sillón con las piernas recogidas; la camiseta se le había secado un poco pero seguía transparentando los pezones oscuros. Lorenzo estaba frente a ella, camiseta de nuevo puesta pero abierta en el cuello. Carlos se pasó la mano por la nuca.

—Oye… —empezó Carlos en voz muy baja, casi solo para ella y para Lorenzo—. Llevo tiempo… fantaseando con algo. Con veros. A ti y a otro tío. A ti, Lorenzo. Me pone. Me pone y me da vergüenza a la vez. No quiero que os sintáis forzados, de verdad. Solo… lo digo porque se me está haciendo un nudo aquí.

Heather lo miró a los ojos. Había deseo puro en su cara, no duda. Se levantó despacio, se acercó a Lorenzo y, sin decir nada más, le agarró la cara con las dos manos y lo besó. Fue un beso hambriento, de lengua, de saliva, de gemido bajo. Lorenzo respondió al instante, rodeándole la cintura con los brazos potentes y apretándola contra su pecho. Carlos asintió con la cabeza, la garganta seca.

—Sí —susurró Carlos—. Los dos lo queréis. Yo también. Sin presión. Quiero verlo.

Heather se separó solo lo suficiente para mirar a su marido mientras todavía tenía la boca húmeda del otro. Luego se arrodilló delante de Lorenzo. Le bajó el cremallera con dedos decididos y sacó la polla gruesa, ya dura, venosa, con la cabeza brillante. Era más gruesa que la de Carlos y eso se notaba. Heather le pasó la lengua por debajo, de base a punta, y luego se la metió entera en la boca, chupando con hambre, mejillas hundidas, saliva cayéndole por la barbilla. Miraba a Carlos a los ojos mientras lo hacía. Carlos se había abierto los vaqueros y se masturbaba despacio, la polla roja y dura, la cara ardiendo de humillación y placer.

—Joder, qué bien chupas —gruñó Lorenzo, enredándole los dedos en el pelo mojado de Heather y empujándola un poco más profundo. Ella jadeaba por la nariz, tragando, babas y todo.

Cuando se levantó, Lorenzo la giró y la empujó de cuatro patas sobre la cama. Le bajó los pantalones de chándal de un tirón junto con las bragas. El coño de Heather ya estaba chorreando; se le veían los labios hinchados y brillantes a la luz del fuego. Lorenzo se alineó y se la metió de un solo empujón seco y profundo. Heather gritó, un grito largo de placer que se mezcló con el ruido de la lluvia.

—Así, joder, así —dijo Lorenzo, agarrándola de las caderas y empezando a follarla salvaje. Cada embestida hacía que las tetas de Heather rebotaran bajo la camiseta. Le tiraba del pelo hacia atrás, le daba nalgadas fuertes que dejaban la marca roja en el culo. El sonido de piel contra piel llenaba la cabaña: húmedo, obsceno, rítmico. Heather gemía y pedía más, mirando de reojo a Carlos que se la pajaba en la silla, las piernas abiertas, la mano subiendo y bajando rápido, la cara contraída de vergüenza y de ganas.

—Míralo —susurró Heather entre embestidas—. Míralo cómo se corre solo viéndonos. Dale más duro, Lorenzo. Quiero que sienta que no puede darme esto.

Lorenzo la puso de espaldas, le abrió las piernas y se la metió en misionero profundo. La besaba con lengua mientras la follaba, sin parar, sin piedad. Heather se aferraba a los hombros sudados del amigo de su marido, las uñas clavadas, el coño apretándole la polla gruesa cada vez que él tocaba fondo. Carlos se inclinaba hacia delante en la silla, la polla palpitándole en la mano, el precum brillándole en la punta. Se sentía pequeño, humillado, y al mismo tiempo a punto de correrse solo de ver cómo su mejor amigo le daba a su mujer lo que él no lograba darle con esa fuerza.

Lorenzo gimió fuerte, se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de ella. Heather sintió los chorros calientes llenándola, el semen espeso empujando hacia afuera alrededor de la polla que todavía se movía. Se quedó temblando, el orgasmo propio subiéndole por la espalda mientras Lorenzo le chupaba un pezón a través de la camiseta.

Se separaron solo un momento. Lorenzo se sacó todavía medio duro y se acercó a la boca de Heather. Ella se arrodilló otra vez en la cama y lo chupó limpio, saboreando su propio jugo mezclado con el semen. Luego Lorenzo se la metió otra vez en la garganta y se corrió por segunda vez, directo en la boca, llenándosela. Heather tragó lo que pudo; el resto le escurrió por la comisura de los labios.

Carlos se acercó entonces, la cara ardiendo. Heather se tumbó de espaldas, las piernas abiertas, y le mostró el coño recién follado: rojo, abierto, con el semen blanco de Lorenzo escurríéndole por el culo y por los muslos. Carlos se arrodilló entre sus piernas y, sin que nadie se lo pidiera, le pasó la lengua por los pliegues, recogiendo los restos calientes y salados. El sabor le llenó la boca. Heather le agarró el pelo y lo empujó más contra su coño mientras se corría otra vez, temblando, frotándose en la cara de su marido.

Cuando Carlos levantó la cabeza, Heather lo besó. Le pasó la lengua por los labios y le dio a probar el sabor mezclado: la leche de Lorenzo que todavía le quedaba en la boca y el semen que él mismo había limpiado de su coño. El beso fue lento, humillante, íntimo.

—Esto recién empieza, cariño —le susurró Heather contra la boca, la voz ronca de tanto gemir—. Tu mejor amigo me ha dejado el coño gordo y lleno… y todavía quiero más. La lluvia no para. Esta noche es larga. Vas a ver cómo me lo cojo otra vez y otra, y tú te vas a quedar ahí pajoteándote y limpiándome cuando él termine. ¿Entiendes?

Carlos asintió, la polla todavía dura y goteando, la cara llena del olor de los dos. Fuera, el temporal seguía golpeando. Dentro, el fuego crepitaba y la cama crujía con el peso de los tres cuerpos todavía enredados en la tensión que no se había roto del todo. Lorenzo ya se estaba endureciendo otra vez mientras miraba a la pareja. Heather le sonrió por encima del hombro de Carlos, promesa clara de que la noche apenas había empezado.

La lluvia seguía machacando el tejado como si quisiera abrir un agujero y echarlos a todos al barro. Dentro, el aire olía a sexo fresco, a semen, a sudor de tres cuerpos y a leña húmeda. Lorenzo ya tenía la polla otra vez dura, gruesa y brillante de saliva y de restos de la corrida anterior. Se la sobaba despacio mientras miraba a Heather, que todavía tenía las piernas abiertas y el coño rosado, hinchado, goteando blanco por el agujero. Carlos seguía arrodillado entre ellas, la cara brillante de jugos, la respiración entrecortada. Su propia polla le palpitaba contra el muslo, abandonada, dura y olvidada.

Heather se incorporó a medias, le agarró la muñeca a su marido y lo arrastró hacia el sillón junto a la chimenea.

—Siéntate y no te toques todavía —ordenó con voz ronca—. Quiero que lo veas bien de cerca esta vez. Sin taparte la cara.

Carlos obedeció. El calor de la vergüenza le subía por el pecho hasta las orejas. Se acomodó, las piernas abiertas, la polla enhiesta apuntando al techo, el precum haciéndole un hilo transparente hasta el vello. Lorenzo se acercó a Heather por detrás, le rodeó la cintura con un brazo y le metió dos dedos en el coño todavía resbaladizo. El sonido húmedo llenó la habitación. Heather arqueó la espalda y gimió contra el pecho de Lorenzo.

—Míralo, Carlos —dijo ella, mirando fijamente a su marido mientras se empujaba contra los dedos—. Tu mejor amigo me está abriendo otra vez. Siente lo gordo que me deja.

Lorenzo sacó los dedos, se los ofreció a Carlos y, sin pedir permiso, se los metió en la boca. Carlos chupó. El sabor salado y denso de su mujer mezclado con la leche del otro le hizo cerrar los ojos un segundo. Lorenzo se rió bajo.

—Traga, cabrón. Así aprendes.

Después empujó a Heather de nuevo hacia la cama. Esta vez la puso a cuatro patas justo al borde, de cara a Carlos, a menos de un metro. Le abrió las nalgas con las manos grandes y le escupió directo en el coño. El hilo de saliva bajó por los labios hinchados. Luego se alineó y se la clavó de un solo golpe seco. Heather gritó, un grito largo y roto que se mezcló con el trueno afuera. Lorenzo no le dio tiempo a adaptarse: empezó a follarla con embestidas profundas y brutales, el sonido de los huevos golpeándole el clítoris rítmico, obsceno. Cada embestida hacía que las tetas de Heather colgaran y rebotaran bajo la camiseta todavía medio empapada. Carlos las veía moverse, veía cómo el coño de su mujer se devoraba la polla gruesa de Lorenzo, cómo se abría y se cerraba alrededor del tronco, cómo el semen anterior salía a borbotones blancos cada vez que Lorenzo se retiraba casi del todo y volvía a entrar hasta el fondo.

—Joder, qué apretada sigue —gruñó Lorenzo, agarrándola del pelo y tirando hacia atrás hasta que Heather quedó mirando a Carlos con la boca abierta, babeando—. Tu mujer me chupa la polla con el coño, tío. Mira cómo me la ordeña.

Heather hablaba entre gemidos, la voz rota:

—Sí… más duro… quiero que me dejes el coño para el recuerdo… Carlos, míralo… míralo cómo me lo mete entero… tú no me llegas así… nunca me has llegado así…

Carlos se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangre. La mano le temblaba sobre el muslo. Quería tocársela, quería correrse ya, pero Heather le había dicho que no. El calor de la humillación le quemaba las entrañas y al mismo tiempo le hacía latir la polla con más fuerza. Cada grito de ella era un latigazo directo a su orgullo y a su excitación.

Lorenzo cambió el ritmo: más lento, más profundo, haciendo círculos con las caderas para que la cabeza le rozara ese punto dentro de Heather que la hacía temblar las piernas. Ella empezó a corrersese otra vez, el coño contrayéndose en oleadas visibles alrededor de la polla del amigo. Carlos lo vio todo: cómo se le contrajo el ano, cómo le salió un hilito de líquido transparente mezclado con blanco, cómo se le pusieron los pezones tan duros que se marcaban incluso a través de la tela. Lorenzo no paró. La folló a través del orgasmo, sin piedad, hasta que Heather sollozó de placer y se le doblaron los codos.

—Ahora tú —dijo Lorenzo de pronto, mirando a Carlos—. Ven aquí. Abrele más las nalgas. Quiero que veas cómo le llega al fondo.

Carlos se levantó como un autómata. Se colocó al lado de la cama, las manos temblando, y le abrió las nalgas a su mujer con los pulgares. El olor le subió directo a la cabeza: sexo, semen, sudor. Desde esa distancia veía perfectamente cómo la polla gruesa de Lorenzo entraba y salía, cómo los labios del coño se invertían hacia dentro con cada embestida y salían brillantes y estirados al salir. Veía las venas del tronco, la forma en que los huevos pesados se contraían. Heather giró la cara y le escupió a la mejilla, suave, cariñosa y cruel a la vez.

—Límpiame la baba de la boca mientras me folla, cariño.

Carlos se inclinó y le lamió la comisura de los labios, la lengua, el mentón. Ella le chupó la lengua con hambre mientras Lorenzo la embestía más fuerte. El beso era un caos de saliva y gemidos compartidos. Cuando se separaron, Heather le susurró al oído, lo bastante alto para que Lorenzo también oyera:

—Después de que se corra dentro otra vez vas a chupármelo todo. Vas a dejármelo limpio para la siguiente ronda. ¿Entendido?

—Sí… —apenas pudo articular Carlos.

Lorenzo se retiró de golpe, dejando el coño de Heather abierto y vacío un segundo. Se dio la vuelta, se sentó en el borde de la cama con las piernas abiertas y tiró de Heather hacia él. Ella se subió a horcajadas, de espaldas a Carlos, y se empaló sola. Bajó despacio, gozando cada centímetro, hasta que los huevos de Lorenzo le rozaron el culo. Entonces empezó a cabalgarlo. Arriba y abajo, fuerte, las nalgas chocando contra los muslos del otro hombre. Carlos se arrodilló detrás de ella, entre las piernas de Lorenzo, y vio de cerca el espectáculo: el coño de su mujer subiendo y bajando engullendo la polla ajena, el ano fruncido, las gotas de semen y jugos que salpicaban. Sin que nadie se lo pidiera esta vez, se acercó y le lamió los huevos a Lorenzo mientras su mujer se lo follaba. El sabor amargo y salado le llenó la boca. Lorenzo gruñó de aprobación y le puso una mano en la nuca, empujándolo más contra su saco.

—Así se hace, cornudo. Limpia mientras tu mujer me usa.

Heather se giró lo suficiente para mirar por encima del hombro. La cara le brillaba de sudor y placer.

—Métete dos dedos en el culo, Carlos. Quiero sentir que estás ahí mientras me corro otra vez encima de él.

Carlos obedeció. Escupió en sus propios dedos y se los metió en el culo a Heather con cuidado, primero uno, luego dos. El anillo apretado le chupó los nudillos. Ella gimió más alto y aceleró el ritmo de las caderas, follándose la polla de Lorenzo y los dedos de su marido al mismo tiempo. Lorenzo le agarró las tetas por debajo de la camiseta, le pellizcó los pezones y le mordió el cuello. Heather se corrió con un grito ahogado, el cuerpo entero temblando, el coño y el culo contrayéndose en espasmos que Carlos sintió en los dedos y Lorenzo en la polla.

No se detuvieron. Lorenzo la levantó como si no pesara nada, la puso de espaldas otra vez en la cama y le abrió las piernas hasta casi partirlas. Se la metió en misionero profundo, casi doblándola por la mitad, y empezó a martillarla sin descanso. Cada embestida sacudía la cama entera. Heather se aferraba a las sábanas, los ojos en blanco, la boca abierta en un gemido continuo. Carlos se quedó de pie al lado, masturbándose ya sin permiso, la mano rápida y desesperada. El precum le chorreaba por los dedos.

—Vas a correrte cuando yo te lo diga —le dijo Heather entre embestidas, mirándolo—. Y lo vas a hacer sin tocarme. Solo mirándonos.

Lorenzo aceleró. El sonido de piel contra piel era brutal, húmedo, constante. Heather empezó a hablar sucio sin parar, la voz rota de tanto gritar:

—Me está llegando al útero… joder… se me va a salir por la boca… Carlos, tu amigo me está destrozando el coño… y me encanta… me encanta más que cuando me lo haces tú… más grueso… más duro… más…

Lorenzo se hundió hasta el fondo, se quedó quieto un segundo y se corrió con un gemido gutural. Carlos vio cómo le temblaban los glúteos, cómo se le contraían los huevos, cómo el semen le salía a presión alrededor de la base de la polla todavía enterrada. Heather sintió los chorros calientes llenándola otra vez, empujando el anterior hacia fuera. Se corrió con él, las uñas clavadas en la espalda ancha de Lorenzo, el cuerpo entero en arco.

Cuando Lorenzo se retiró, el coño de Heather quedó abierto como una herida húmeda y blanca. El semen le salía a pulsos, espeso, bajándole por el culo hasta las sábanas. Ella no se movió. Solo abrió más las piernas y miró a Carlos.

—Ahora. Chúpame. Todo. No dejes ni una gota.

Carlos se arrodilló entre sus muslos temblando. Metió la lengua dentro del coño abierto de su mujer y empezó a succionar. El sabor era más fuerte esta vez, más denso, a semen fresco y a ella. Tragó. Siguió lamiendo, chupando los labios hinchados, metiendo la lengua lo más profundo que podía, limpiando cada pliegue. Heather le agarró el pelo con las dos manos y se frotó la cara contra su coño, usándolo, corriendose otra vez en su boca mientras él tragaba. Lorenzo se quedó de pie mirando, la polla todavía medio dura y goteando, y se la empezó a sobar despacio otra vez.

Cuando Carlos levantó la cabeza, la cara le brillaba de blanco y de jugos. Heather lo atrajo hacia arriba y lo besó con lengua larga, compartiendo el sabor. Luego le susurró contra la boca, la voz baja y peligrosa:

—Todavía no has corrido tú. Y Lorenzo ya se está poniendo duro otra vez. La lluvia no para, cariño. Esta cabaña es nuestra hasta que amanezca. Voy a hacer que me folle en todas las posiciones que se te ocurran y en las que no. Y tú vas a estar ahí, con la polla dura y la cara llena de su leche, esperando turno para limpiar. ¿Quieres que te deje correrte ahora o prefieres aguantar hasta que él me deje el coño otra vez hecho un desastre?

Carlos no pudo contestar con palabras. Solo asintió, la polla palpitándole contra el muslo de ella, a punto de explotar. Lorenzo se rió bajo y se acercó, la mano ya rodeando otra vez el tronco grueso que volvía a ponerse de piedra.

—Decide rápido, hermano —dijo Lorenzo, la voz ronca de placer—. Porque yo no he terminado con tu mujer. Ni de lejos. Y esta noche es larga como la puta lluvia.

Heather sonrió, se giró hacia Lorenzo y le dio un beso lento, sucio, mientras le acariciaba los huevos con una mano. Con la otra le apretó la polla a Carlos, solo un segundo, lo justo para sentir cómo le latía, y luego lo soltó.

—Aguanta un poco más —le susurró a su marido—. Quiero verte sufrir un rato todavía. Quiero que veas cómo me lo meto yo misma esta vez. Despacio. Hasta el fondo. Y que te mueras de ganas.

Se levantó, empujó a Lorenzo hacia el sillón junto al fuego y se arrodilló entre sus piernas. Le lamió la polla de base a punta, saboreando sus propios restos y la nueva excitación. Luego se subió encima de él, de cara a Carlos, y empezó a bajar. Centímetro a centímetro. El coño se abría otra vez alrededor de esa polla gruesa. Carlos se quedó de pie, la mano a un palmo de su propia carne, sin atreverse a tocarla todavía, la respiración rota, el corazón martilleándole en las sienes. Fuera, el temporal no daba tregua. Dentro, la cama y el sillón y el suelo de madera ya olían solo a ellos tres, y la noche todavía no había llegado ni a la mitad.

La lluvia no aflojaba ni un segundo. Cada trueno hacía vibrar los cristales y el sillón de madera crujía bajo el peso de Lorenzo mientras Heather bajaba centímetro a centímetro. Carlos se quedó de pie a menos de un metro, la polla dura y abandonada apuntando al techo, el precum formándole un hilo que le llegaba hasta el vello del pubis. Veía cómo el coño de su mujer, todavía hinchado y blanco de las corridas anteriores, se abría otra vez alrededor de esa polla gruesa. Los labios se estiraban, se invertían, tragaban. Heather jadeaba con la boca abierta, mirándolo fijo a los ojos, gozando cada segundo de la humillación de él.

—Mira… —susurró ella, la voz rota—. Mírame cómo me lo trago entero otra vez. Despacio. Para que sientas cada puto centímetro que tú no me das.

Lorenzo le agarró las caderas con las manos grandes y le ayudó a bajar del todo. Cuando los huevos le rozaron el culo, Heather se quedó quieta un momento, el coño palpitándole alrededor del tronco, y luego empezó a cabalgarlo. Arriba y abajo, fuerte, las nalgas golpeando los muslos musculosos del amigo de su marido. El sonido era obsceno, húmedo, rítmico. Cada vez que subía, Carlos veía el semen anterior salir a borbotones blancos y resbalar por los huevos de Lorenzo. Cada vez que bajaba, el coño se cerraba voraz alrededor de la carne ajena.

Carlos se mordió el interior de la mejilla. Quería tocarse. Quería correrse ya. Pero Heather le había ordenado que aguantara y la vergüenza le quemaba más que el deseo. Su polla latía sola, abandonada, y él solo podía mirar.

—Acércate más —ordenó Heather entre embestidas—. Ponte de rodillas delante. Quiero que veas de cerca cómo me lo ordeño.

Carlos obedeció como un perro. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Lorenzo, la cara a la altura del coño de su mujer. El olor le subió directo al cerebro: sexo espeso, semen fresco, sudor de tres cuerpos. Veía todo. Veía las venas de la polla de Lorenzo brillando de jugos, veía cómo los labios de Heather se devoraban el tronco, veía el ano fruncido contrayéndose con cada movimiento. Sin que nadie se lo pidiera esta vez, sacó la lengua y lamió la base donde se unían, saboreando la mezcla salada que goteaba.

Lorenzo gruñó de aprobación y le puso una mano pesada en la nuca.

—Así se hace, cornudo. Lame mientras tu mujer me usa de sillón. Traga lo que salga.

Heather aceleró el ritmo. Se reclinó un poco hacia atrás, apoyando las manos en los muslos de Lorenzo, y se empaló con fuerza bruta. Las tetas rebotaban bajo la camiseta sudada; los pezones se le marcaban tan duros que parecían querer romper la tela. Miraba a Carlos con los ojos entrecerrados de placer y crueldad dulce.

—Métete la lengua en el culo —le dijo—. Ahora. Quiero sentirla mientras me corro encima de él.

Carlos escupió, abrió las nalgas de su mujer con los pulgares y empujó la lengua dentro del anillo apretado. El sabor amargo y el calor le llenaron la boca. Heather gritó, un grito largo y roto que se mezcló con el trueno de afuera, y se corrió en oleadas. El coño se le contrajo con fuerza alrededor de la polla de Lorenzo; el culo le chupó la lengua de Carlos. El líquido transparente le salió a chorros mezclado con blanco y le salpicó la barbilla a su marido.

No pararon. Lorenzo la levantó en vilo como si no pesara nada, la puso de pie de espaldas a él y la empujó contra la pared de troncos junto a la chimenea. El calor del fuego le rozaba la piel. Le abrió una pierna, se alineó y se la clavó de pie, profundo, casi levantándola del suelo con cada embestida. Heather se aferró a la madera rugosa, las uñas clavadas, gemiendo sin parar.

—Más… joder, más duro… destózame el coño… quiero que Carlos vea cómo me dejas coja…

Carlos se quedó de rodillas en el suelo, mirándolos de cerca otra vez. Veía la polla gruesa entrar y salir entre las nalgas abiertas de su mujer, veía cómo el coño se abría y se cerraba, veía las marcas rojas de las manos de Lorenzo en las caderas. Su propia polla goteaba sin parar sobre la madera del suelo. Se tocó un segundo, solo un segundo, y Heather lo pilló al instante.

—¡Ni se te ocurra! —chilló ella entre embestidas—. Manos atrás. Aguanta. Quiero verte sufrir mientras me llenan otra vez.

Lorenzo se rió bajo contra el cuello de Heather, mordiéndole la piel, chupándole el lóbulo de la oreja.

—Tu mujer manda, hermano. Y yo obedezco. Esta polla es para ella esta noche. Tú solo limpias.

Cambió de ángulo. La dobló un poco más, le agarró el pelo y la folló con embestidas cortas y brutales que hacían que las tetas le aplastaran contra la pared. Heather se corrió otra vez, temblando, el coño exprimiendo la carne ajena, el grito ahogado contra la madera. Lorenzo no se detuvo. La sacó del orgasmo a empujones y la giró de golpe, de cara a Carlos otra vez. La sentó en el borde de la cama, le abrió las piernas hasta casi partirlas y se la metió en misionero profundo, casi doblándola por la mitad. Cada embestida sacudía el colchón entero. El sonido de los huevos contra el culo era constante, húmedo, obsceno.

Heather hablaba sucio sin parar, la voz destrozada:

—Se me está llegando al puto útero… Carlos… tu mejor amigo me está abriendo… más grueso… más largo… me encanta… me encanta más que tú… mira cómo me mira mientras me destroza… míralo…

Carlos se inclinó hacia delante, la cara ardiendo, y le lamió un pezón a través de la camiseta mojada de sudor. Heather le agarró el pelo y lo empujó más contra el pecho.

—Chúpame las tetas mientras me folla. Así. Como el cornudo que eres.

Lorenzo aceleró. El ritmo se volvió salvaje, casi animal. Heather empezó a sollozar de placer, los ojos en blanco, la boca abierta babeando. Lorenzo se hundió hasta el fondo, se quedó quieto un segundo y se corrió con un gemido gutural que vibró en el pecho de ella. Carlos vio cómo le temblaban los glúteos, cómo se le contraían los huevos, cómo el semen salía a presión alrededor de la base todavía enterrada. Heather sintió los chorros calientes llenándola otra vez, empujando el anterior hacia fuera en hilos blancos y espesos que le bajaban por el culo hasta las sábanas.

Cuando Lorenzo se retiró, el coño de Heather quedó abierto, rojo, goteando a pulsos. Ella no se movió. Solo abrió más las piernas y miró a su marido con una sonrisa peligrosa.

—Ahora. Limpia. Todo. Con la lengua. Y no te corras todavía. Quiero que tragues cada gota mientras él se pone duro otra vez mirándonos.

Carlos se arrodilló entre los muslos temblorosos de su mujer. Metió la cara entera en el coño abierto y empezó a succionar. El sabor era más denso, más salado, a semen fresco y a ella. Tragó. Siguió lamiendo, chupando los labios hinchados, metiendo la lengua lo más hondo que podía, limpiando cada pliegue, cada gota que seguía saliendo. Heather le agarró la cabeza con las dos manos y se frotó contra su boca, usándolo, corriendose otra vez en su cara mientras él tragaba sin parar. Lorenzo se quedó de pie al lado, la polla todavía medio dura y goteando, sobándosela despacio otra vez mientras miraba el espectáculo.

Cuando Carlos levantó la cabeza, la cara le brillaba de blanco y de jugos. Heather lo atrajo hacia arriba y lo besó con lengua larga y sucia, compartiendo el sabor de la leche de Lorenzo. Luego le mordió el labio inferior y le susurró contra la boca:

—Todavía no. Aguanta. Quiero que veas cómo me lo meto yo misma por el culo esta vez. Despacio. Hasta que grite. Y tú vas a estar ahí, con la polla a punto de explotar, sin tocarte, solo mirando cómo tu mejor amigo me abre el último agujero que te quedaba.

Lorenzo se rió, la voz ronca de placer, y se acercó. Ya estaba otra vez de piedra. Heather se giró a cuatro patas en la cama, le ofreció el culo a su marido primero y le dijo:

—Escúpelo. Ábreme con la lengua. Prepárame para él.

Carlos obedeció. Lamió el ano de su mujer, lo abrió con la punta de la lengua, lo dejó brillante y relajado. Luego Lorenzo se colocó detrás, se alineó y empujó. La cabeza gruesa forzó la entrada. Heather gritó, un grito largo y roto de dolor y placer mezclados, y Carlos vio cómo el anillo se estiraba alrededor de esa polla que no era suya. Lorenzo entró centímetro a centímetro, sin prisa, gozando la resistencia, hasta que los huevos le rozaron el culo de Heather.

—Joder… qué estrecho… —gruñó Lorenzo—. Tu mujer me está chupando el culo con el culo, tío. Míralo.

Heather miraba a Carlos por encima del hombro, la cara contraída de placer intenso, babeando sobre la sábana.

—Mete los dedos en mi coño mientras me folla el culo… quiero llenarme de los dos… y después vas a chupar los dos agujeros… limpios… otra vez…

Carlos metió dos dedos en el coño resbaladizo de su mujer y los movió al ritmo de las embestidas de Lorenzo. Sentía la polla gruesa del otro a través de la pared fina. Heather se corría sin parar, el cuerpo entero temblando, los dos agujeros contrayéndose. Lorenzo embistió más fuerte, más profundo, agarrándola del pelo, follándole el culo con la misma savajada con la que le había follado el coño.

Fuera, la lluvia seguía machacando el tejado como si quisiera entrar. Dentro, el aire era solo sexo y leña y vergüenza caliente. Lorenzo no había terminado. Heather tampoco. Y Carlos, con la polla a punto de reventar y la cara llena del sabor de los dos, sabía que la noche todavía no había llegado ni a la mitad. Lorenzo se retiró un segundo, dejó el culo de Heather abierto y goteando, y miró al marido con una sonrisa lenta.

—Decide, hermano. ¿Quieres que te deje correrte en el suelo mientras le abro el culo otra vez… o prefieres seguir limpiando hasta que amanezca?

Heather sonrió, se giró y le lamió la polla a Lorenzo de base a punta, saboreando sus propios restos del culo, mientras le apretaba la polla a Carlos solo un segundo —lo justo para sentir cómo le latía al borde— y luego lo soltó otra vez.

—Aguanta —le susurró a su marido—. Quiero verte llorar de ganas antes de dejarte acabar. Y todavía me quedan agujeros y ganas. La lluvia no para. Y yo tampoco.

La lluvia seguía castigando el tejado cuando Lorenzo volvió a empujar. La cabeza de su polla, gruesa y brillando de saliva y de los jugos del culo de Heather, forzó de nuevo el anillo apretado. Heather soltó un grito ahogado, las uñas clavadas en las sábanas, el cuerpo entero tenso mientras el amigo de su marido entraba centímetro a centímetro. Carlos, de rodillas al lado de la cama, veía todo de cerca: cómo el agujero se estiraba hasta el límite, cómo la carne rosada se abría y tragaba el tronco venoso, cómo los huevos de Lorenzo colgaban pesados y sudados contra el perineo de su mujer. El olor era espeso, a sexo y a mierda dulce y a semen viejo. A Carlos se le hacía un nudo en la garganta de vergüenza y de ganas.

—Más despacio… joder… que me parte —jadeó Heather, pero empujaba el culo hacia atrás al mismo tiempo, buscándolo—. Carlos… míralo… míralo cómo me lo mete entero por donde tú solo me has metido los dedos…

Lorenzo gruñó y se hundió hasta el fondo de un solo golpe seco. Heather gritó de verdad esta vez, un sonido roto que se mezcló con el trueno. Los huevos le golpearon el culo. Empezó a follarla sin piedad, embestidas largas y brutales que hacían crujir la cama. Cada vez que se retiraba, el ano de Heather quedaba abierto un segundo, un agujero oscuro y redondo que parpadeaba antes de volver a cerrarse alrededor de la carne. Carlos metió dos dedos en el coño de su mujer sin que nadie se lo pidiera. Estaba empapado, resbaladizo, todavía lleno de las corridas anteriores. Sentía la polla de Lorenzo moverse al otro lado de la pared fina, dura y gruesa, usándola.

—Así… los dos agujeros… —susurró Heather, la voz destrozada—. Quiero sentirlos a los dos. Fóllame el culo más duro, Lorenzo. Quiero que Carlos note cómo me tiemblas por dentro.

Lorenzo aceleró. Agarró a Heather del pelo mojado y le tiró la cabeza hacia atrás hasta que quedó mirando a su marido con la boca abierta, babeando sobre la almohada. Las tetas le rebotaban bajo la camiseta hecha jirones de sudor. Carlos se inclinó y le chupó la lengua, compartiendo la saliva espesa mientras el amigo de la universidad le destrozaba el culo a su esposa. El beso era caótico, humillante, lleno de gemidos. Cuando se separaron, Heather le escupió suave en la mejilla.

—Lame mis huevos mientras me lo abre —ordenó ella—. Ahora.

Carlos se arrastró entre las piernas de Lorenzo y sacó la lengua. Lamió el saco pesado, el sabor amargo y salado, el vello áspero contra los labios. Lorenzo le puso la mano en la nuca y lo empujó más fuerte, frotándole la cara contra sus huevos mientras embestía. Heather se corría otra vez, el cuerpo entero en espasmos, el coño exprimiendo los dedos de Carlos y el culo chupando la polla ajena en oleadas visibles. El líquido le salía a chorros por los dos agujeros y le salpicaba la barbilla al marido.

No pararon. Lorenzo se retiró de golpe, dejando el culo de Heather abierto y goteando un hilo blanco y espeso. Se dio la vuelta, se tumbó de espaldas en la cama y tiró de ella hacia arriba. Heather se subió a horcajadas, de espaldas a Carlos otra vez, y se empaló sola por el culo. Bajó despacio, gozando la quema, hasta que los muslos de Lorenzo le sostuvieron el peso. Entonces empezó a cabalgarlo. Arriba y abajo, salvaje, las nalgas abiertas de par en par mostrando cómo el ano se devoraba el tronco grueso. Carlos se quedó de rodillas detrás, la cara a menos de un palmo, y vio el espectáculo completo: el agujero estirado hasta casi romperse, el coño vacío y rojo goteando semen sobre los huevos del otro, el clítoris hinchado y brillante.

—Métete la lengua en el coño —le dijo Heather por encima del hombro, la voz rota de placer—. Chúpame mientras me folla el culo. Quiero correrme en tu boca otra vez.

Carlos obedeció. Abrió los labios hinchados de su mujer con los pulgares y empujó la lengua dentro. El sabor era a semen viejo y a ella, denso, caliente. Lamió, chupó, tragó lo que salía. Al mismo tiempo metió un dedo en el culo de Heather junto a la polla de Lorenzo, sintiendo cómo el anillo se contraía alrededor de los dos. Heather gritó y aceleró el ritmo de las caderas, follándose la polla y la lengua y el dedo a la vez. Lorenzo le agarró las tetas por debajo de la camiseta, le pellizcó los pezones hasta casi hacerle daño y le mordió el cuello.

—Tu mujer me está ordeñando el culo con el culo, hermano —gruñó Lorenzo, mirando a Carlos por encima del hombro de ella—. Mira cómo me la chupa. Nunca te la ha chupado así a ti, ¿verdad?

Carlos no pudo contestar. Solo siguió lamiendo, la polla abandonada entre las piernas, dura como piedra, goteando un hilo continuo sobre la madera del suelo. El precum le hacía un charquito. Quería tocarse. Quería corrérse ya. Pero Heather le había prohibido y la vergüenza le quemaba más que el deseo. Cada embestida de Lorenzo le llegaba directa al orgullo.

Heather se corrió con un sollozo largo, el cuerpo entero temblando, los dos agujeros en espasmo. Lorenzo no se detuvo. La levantó en vilo otra vez, la puso de pie contra la pared de troncos junto a la chimenea y se la clavó de pie por el culo, casi levantándola del suelo. El calor del fuego le rozaba la piel a ella. Cada embestida la hacía rebotar contra la madera. Carlos se arrastró de rodillas hasta ellos y lamió donde se unían, la base de la polla, el ano estirado, los huevos. Lorenzo le puso el pie en el hombro y lo mantuvo ahí, usándolo de soporte mientras follaba.

—Después de que me corra dentro del culo vas a chupármelo limpio —dijo Lorenzo con voz ronca—. Y luego le chupas el culo a ella hasta que quede relajado otra vez. ¿Entendido, cornudo?

—Sí… —apenas pudo articular Carlos.

Lorenzo embistió más fuerte, más corto, más brutal. Heather se aferraba a la pared, los ojos en blanco, la boca abierta en un gemido continuo. Empezó a hablar sucio sin parar:

—Me está llegando al puto estómago… Carlos… tu mejor amigo me está abriendo el culo como nunca… más grueso… más duro… me encanta… me encanta más que cuando me lo haces tú… nunca me has follado así… nunca…

Lorenzo se hundió hasta el fondo, se quedó quieto un segundo y se corrió con un gemido gutural que vibró en el pecho de Heather. Carlos vio cómo le temblaban los glúteos, cómo se le contraían los huevos, cómo el semen salía a presión alrededor de la base todavía enterrada en el culo de su mujer. Heather sintió los chorros calientes llenándola, empujando hacia fuera en hilos blancos y espesos que le bajaban por los muslos. Se corrió con él, el cuerpo en arco, las uñas clavadas en la madera.

Cuando Lorenzo se retiró, el culo de Heather quedó abierto como un agujero redondo y oscuro, goteando a pulsos. Ella no se movió. Solo se dobló un poco más y miró a su marido por entre las piernas.

—Ahora. Chupa. Todo. No dejes ni una gota. Y traga.

Carlos se pegó la cara al culo de su mujer y empezó a succionar. El sabor era más fuerte, más amargo, a semen fresco y a ella por dentro. Tragó. Metió la lengua lo más hondo que pudo, limpiando cada pliegue, cada gota que seguía saliendo. Heather le agarró el pelo con las dos manos y se frotó el culo contra su boca, usándolo, corriendose otra vez mientras él tragaba sin parar. Lorenzo se quedó de pie mirando, la polla todavía medio dura y goteando, sobándosela despacio otra vez.

Cuando Carlos levantó la cabeza, la cara le brillaba de blanco y de jugos. Heather lo atrajo hacia arriba y lo besó con lengua larga y sucia, compartiendo el sabor de la leche de Lorenzo que le salía del culo. Luego le mordió el labio y le susurró:

—Todavía no te corres. Quiero que me lo metas tú ahora. En el coño. Pero solo la punta. Y sin moverte. Mientras él me folla la boca.

Lorenzo se rió y se sentó en el borde de la cama. Heather se arrodilló entre sus piernas y se le metió la polla entera en la garganta de un solo movimiento, chupando con hambre, babas cayéndole por la barbilla. Carlos se colocó detrás de ella, le abrió los labios del coño y empujó solo la cabeza de su propia polla dentro. Estaba tan hinchado y resbaladizo que entró solo. Se quedó quieto, temblando, sintiendo cómo el coño de su mujer palpitaba alrededor de la punta mientras ella se ahogaba con la polla de Lorenzo. Cada vez que Lorenzo empujaba la cabeza de Heather hacia abajo, el coño se le contraía y le exprimía a Carlos la cabeza. El placer era tortura. Quería embestir. Quería corrérse. Pero no se atrevía.

—Así… solo la punta… como el cornudo que eres —gorgoteó Heather alrededor de la polla, la voz ahogada—. Aguanta. Quiero que sufras mientras me llenan la boca otra vez.

Lorenzo le agarró el pelo y se la folló la garganta con embestidas profundas. Heather jadeaba por la nariz, tragando, los ojos llorosos de placer. Carlos se mordió el labio hasta casi sangrar, la polla latíéndole solo con la punta dentro, el resto abandonado al aire frío de la cabaña. El precum le chorreaba dentro de ella. Lorenzo gimió fuerte, se hundió hasta el fondo y se corrió directo en la garganta de Heather. Ella tragó lo que pudo; el resto le escurrió por la comisura y le cayó al pecho.

Cuando se separaron, Heather se giró hacia Carlos, la boca llena de semen, y lo besó otra vez, pasándole la leche de Lorenzo con la lengua. Luego se tumbó de espaldas, las piernas abiertas, y le sonrió con crueldad dulce.

—Ahora sí. Fóllame. Rápido. Como puedas. Quiero que te corras dentro de un coño que todavía tiene el sabor de tu mejor amigo. Y quiero que lo hagas mirándome a los ojos mientras te digo que nunca me has llegado así de profundo.

Carlos se lanzó sobre ella. Se la metió de un solo empujón y empezó a follarla con desesperación, rápido, torpe, la cara ardiendo. Heather se reía entre gemidos, le arañaba la espalda, le hablaba al oído:

—Más rápido… así… tu polla se siente tan pequeña después de la suya… pero me gusta… me gusta verte correrte como un perro… míralo, Lorenzo… míralo cómo se desespera…

Lorenzo se acercó, se arrodilló junto a la cabeza de Heather y se la metió otra vez en la boca mientras Carlos la follaba. Heather chupaba y gemía a la vez. Carlos duró menos de un minuto. Se corrió con un grito ahogado, la polla palpitándole dentro del coño lleno de semen ajeno, vaciándose en oleadas calientes mientras Heather le apretaba las nalgas y lo empujaba más profundo. El orgasmo le sacudió entero, mezclado con la humillación más densa que había sentido en su vida.

Cuando se retiró, temblando, Heather le abrió más las piernas y le mostró el coño: rojo, abierto, con la leche de los dos mezclándose y saliendo a hilos. Lorenzo todavía se la follaba la boca despacio. Heather empujó la cara de Carlos otra vez hacia abajo.

—Limpia. Otra vez. Los dos. Hasta que amanezca.

Carlos lamió. Tragó. El sabor de su propia corrida mezclada con la de Lorenzo le llenó la boca. Heather se corrió otra vez en su cara mientras Lorenzo se descargaba por tercera o cuarta vez en su garganta. Fuera, la lluvia empezaba a amainar por fin, los truenos cada vez más lejanos. Dentro, los tres cuerpos seguían enredados, sudados, olorosos a sexo y a leña. Lorenzo ya se estaba endureciendo otra vez contra el muslo de Heather. Ella sonreía, cansada y voraz, y le acariciaba el pelo a su marido mientras este limpiaba.

Carlos se quedó arrodillado entre las piernas de su mujer, la cara brillante de blanco, la polla blanda y sensible contra el muslo, el corazón martilleándole, sabiendo que cuando saliera el sol nada volvería a ser igual.

Nunca más podría besarla sin saborear a su mejor amigo en la lengua.

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