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Susurro de Por Favor en el Faro

En el faro, el farero de 42 años y su ayudante de 28 se follan salvajemente durante la tormenta.

28 min read September 26, 2026New

En un remoto faro erguido sobre los acantilados salvajes de la costa gallega, donde el Atlántico rugía sin piedad, Marcos, el farero de cuarenta y dos años, un hombre robusto de hombros anchos, pecho velludo y manos callosas por décadas de manejar mecanismos oxidados y cables bajo la lluvia, observaba el horizonte plomizo desde la balconada. Llevaba media vida allí, solo con el viento y el haz de luz que barría la noche cada treinta segundos. Esa tarde, el bote de suministros luchaba contra el oleaje creciente para dejar a su nuevo ayudante temporal. Diego, el marinero de veintiocho años, un tipo atlético de torso esculpido por años de navegar, brazos fuertes y una sonrisa descarada que parecía desafiar al mar mismo, saltó al muelle de piedra con la mochila al hombro y la ropa ya pegada al cuerpo por la espuma.

Desde el primer cruce de miradas, la tensión crepitó. Marcos sintió un calor traicionero en la base del vientre al ver cómo la camiseta húmeda marcaba los pectorales y los abdominales de Diego. «Joder, este cabrón es puro músculo y descaro. Llevo demasiado tiempo solo», pensó mientras le estrechaba la mano con firmeza innecesaria. Diego, por su parte, notó los antebrazos gruesos y la mandíbula cuadrada del farero, y una punzada de deseo le endureció la polla dentro del pantalón mojado. «El viejo está bueno de cojones. Me lo imagino follándome contra estas paredes y ya se me pone dura», se dijo con esa insolencia que lo caracterizaba.

El faro era un espacio reducido, casi claustrofóbico: pasillos estrechos de piedra, escaleras de caracol donde dos hombres no podían cruzarse sin rozarse. Mientras subían las provisiones, sus cuerpos se tocaron una y otra vez. Primero fue el hombro de Diego contra el pecho de Marcos al girar en el rellano. Luego, en la cocina diminuta, la cadera de uno contra la nalga del otro al colocar latas. Cada roce accidental dejaba un rastro de electricidad. Marcos sentía el calor que emanaba de la piel joven y olía el salitre mezclado con el sudor limpio de Diego. Diego, a su vez, notaba cómo la respiración de Marcos se volvía más pesada. Ninguno dijo nada, pero las miradas se prolongaban: ojos que bajaban a los labios, al bulto incipiente en los pantalones, al cuello donde latía una vena.

La noche cayó con fuerza. El oleaje golpeaba las rocas con estruendo constante, haciendo vibrar los cristales. Compartían el reducido salón junto a la sala de control, cenando en silencio roto solo por el viento. Cada vez que uno se levantaba a por más vino, el otro tenía que pegarse a la pared, y los cuerpos volvían a tocarse. Un antebrazo contra el abdomen. Una mano que casi roza la entrepierna. La polla de Diego ya estaba semierecta y la de Marcos empujaba contra la tela. La tormenta eléctrica se acercaba, cargando el aire de algo más que ozono.

Cuando los primeros relámpagos rasgaron el cielo, iluminando el interior del faro con flashes blancos, Diego decidió romper el silencio. Se acercó a Marcos, que estaba junto a la ventana, y habló con voz ronca y directa, sin filtros. «Sabes, en alta mar uno se siente muy solo, Marcos. Noches enteras balanceándote en la litera, con la polla dura y sin nadie que te la toque, que te la chupe hasta que te corras gritando. ¿Tú nunca has sentido eso aquí, encerrado meses enteros?»

Marcos giró la cabeza. Sus ojos negros brillaban con la misma hambre. Ya no había vuelta atrás. «Sí, Diego. Lo he sentido cada puto día desde que llegaste. Me pones cachondo desde que bajaste del bote. Me atraen los hombres fuertes como tú, con ese culo que parece hecho para ser abierto y esa boca que seguro sabe mamar como un puto profesional. Llevo conteniéndome desde esta tarde.»

Las palabras actuaron como gasolina. Se acercaron al mismo tiempo, voluntariamente, sin engaños. La mano de Marcos rozó primero la cadera de Diego, luego subió hasta su nuca. Diego agarró la camiseta de Marcos y tiró de él. El beso fue hambriento, brutal, contra la pared de piedra fría. Bocas abiertas, lenguas que se enredaban con furia, dientes que mordían labios. Marcos metió la mano entre los dos y apretó el paquete de Diego, sintiendo cómo la polla joven saltaba bajo sus dedos. Diego gruñó en su boca y le clavó las uñas en la espalda. El beso sabía a sal, a deseo reprimido y a la cerveza que habían bebido. Sus cuerpos se frotaban con desesperación, pollas duras chocando a través de la ropa, caderas moviéndose en círculos sucios mientras los truenos hacían temblar el faro.

Sin separar las bocas, se desplazaron hacia el centro de la sala de control, donde la gran lente giraba con su zumbido constante y el haz de luz barría el mar embravecido. Allí Marcos tomó el mando con esa autoridad natural que hacía que a Diego se le contrajera el culo de anticipación. «De rodillas. Ahora», ordenó con voz grave y cargada de lujuria.

Diego obedeció de inmediato, voluntariamente, los ojos brillantes de excitación. Se arrodilló sobre el suelo de madera desgastada y abrió los pantalones de Marcos con manos ansiosas. La polla gruesa, venosa y con la cabeza ya brillante de precum saltó libre. Diego la olió un segundo —olor a hombre, a sudor limpio y a mar— antes de metérsela en la boca con avidez. Marcos le agarró el pelo con fuerza, tirando de él para follarle la cara. «Así, cabrón. Chúpamela con esa boca de puta que tienes. Mírate, tragándotela hasta la garganta como un puto desesperado. Esa lengua alrededor de mi verga… joder, qué bien la chupas.»

Diego gemía alrededor de la polla, saliva cayéndole por la barbilla, los ojos llorosos pero llenos de placer. La succionaba con fuerza, bajando hasta que la nariz tocaba el pubis velludo de Marcos, tragando alrededor de la cabeza hinchada. Pensaba: «Me encanta que me trate así, que me use la boca. Quiero que me folle hasta que no pueda caminar». Marcos empujaba sus caderas, controlando el ritmo, susurrando más guarradas: «Eres mi puto ayudante ahora. Esta boca es mía para follármela cuando quiera».

Después de varios minutos de mamada intensa, Marcos lo levantó de golpe, lo giró y lo inclinó sobre la mesa de mapas. Le bajó los pantalones y calzoncillos de un tirón, dejando al descubierto el culo redondo, musculoso y lampiño. Escupió en sus dedos y los metió sin piedad, primero uno, luego dos, abriéndolo con movimientos circulares y profundos. Diego gemía y empujaba hacia atrás, pidiendo más. «Fóllame ya, Marcos. Métemela entera.»

Marcos escupió sobre su propia polla y la colocó en la entrada. Entró de un solo empujón brutal, enterrándose hasta los huevos en el culo caliente y apretado de Diego. Empezó a follarlo salvajemente en perrito, las embestidas tan fuertes que la mesa de mapas crujía. El sonido de piel contra piel resonaba más alto que la tormenta. «¡Toma, toma toda mi polla, puto! ¿Te gusta que te abra así el culo?» Diego gritaba de placer: «¡Sí, joder, más fuerte! ¡Rómpeme, Marcos!»

El farero alternó sin piedad. Lo sacó, lo tiró al suelo boca arriba y le levantó las piernas hasta ponerlas sobre sus hombros. En misionero profundo, volvió a clavársela con embestidas lentas y brutales que llegaban hasta el fondo. Se miraban a los ojos, sudados, jadeantes. Marcos lo besaba con violencia mientras lo taladraba, mordiéndole el labio inferior. El sudor corría por el pecho de ambos, mezclándose. Diego se masturbaba con furia, los dedos resbaladizos. «¡Me voy a correr, no pares!»

Marcos aceleró, sintiendo cómo su propio orgasmo subía por los huevos. Con un rugido gutural se corrió intensamente dentro de Diego, inundando su interior con chorros calientes y espesos. Al notar las pulsaciones, Diego eyaculó entre sus propios dedos, salpicando semen blanco y abundante sobre su abdomen contraído y su pecho.

El placer los dejó temblando. Marcos se quedó unos segundos dentro, recuperando el aliento, luego salió con cuidado. Ayudó a Diego a levantarse con una ternura inesperada, sujetándolo por la cintura. Lo besó despacio, casi con cariño, saboreando el sabor compartido. Acercó los labios a su oreja y susurró: «Esta noche solo fue el principio de la temporada, Diego. Aún nos quedan muchas tormentas… y pienso hacerte gritar en cada una».

Se vistieron con lentitud, tocándose aún con las manos, ajustando camisetas sobre piel sudorosa. Salieron a la balconada, donde el viento les azotaba la cara pero la estructura los cobijaba. Encendieron un cigarro y lo compartieron en silencio, pasándoselo entre los dedos. El humo se disolvía en la lluvia mientras observaban los relámpagos que iluminaban olas de varios metros. La promesa flotaba entre ellos, pesada y cargada de futuro. La temporada acababa de empezar, y la tormenta que rugía fuera no era nada comparada con la que acababa de desatarse entre sus cuerpos. Diego dio una calada profunda, mirando de reojo el perfil de Marcos, sabiendo que esa ternura ocultaba mucho más hambre. Marcos, a su vez, sentía que la soledad del faro ya nunca volvería a ser la misma. El haz de luz barría la oscuridad una y otra vez, como si también él esperara lo que vendría después.

El cigarrillo pasó una vez más de mano en mano, los dedos de Diego deteniéndose deliberadamente sobre los de Marcos, presionando con esa insolencia que ya no escondía nada. El viento les azotaba la cara, pero ninguno de los dos se movía. La tormenta había cobrado fuerza; los relámpagos caían cada pocos segundos, pintando de blanco el acantilado y el mar furioso abajo. Diego dio la última calada, tiró la colilla al vacío y se giró completamente hacia el farero. Su polla, todavía medio dura dentro del pantalón mojado, dio un salto cuando sus ojos se encontraron con los de Marcos.

—No me mires así si no vas a volver a follarme ahora mismo —dijo Diego con voz ronca, casi un gruñido—. Me dejaste lleno de tu corrida y el culo me sigue ardiendo. Quiero más, Marcos. Quiero que me uses hasta que me tiemblen las piernas.

Marcos soltó una risa baja, peligrosa. A sus cuarenta y dos años había aprendido a reconocer el hambre cuando la tenía delante, y la de Diego era voraz. Agarró al joven por la nuca, enredando los dedos en el pelo corto y húmedo, y lo atrajo hasta que sus frentes se tocaron.

—Eres un puto vicioso de veintiocho años que no se cansa nunca, ¿verdad? Bajaste de ese bote hace unas horas y ya estás pidiendo verga como si llevaras meses sin que te abran. —Le mordió el labio inferior con fuerza, tirando de él—. Pues vas a tenerla. Pero esta vez voy a tomarme mi tiempo para romperte como mereces.

Lo empujó hacia la puerta de hierro que daba al interior. Bajaron las escaleras de caracol en silencio roto solo por sus respiraciones pesadas. Cada peldaño era una fricción: el pecho velludo de Marcos contra la espalda de Diego, la polla del farero ya completamente dura clavándose contra la nalga del ayudante. En el rellano estrecho, Marcos lo inmovilizó contra la pared de piedra fría, bajándole los pantalones de un tirón seco. Diego jadeó cuando sintió el aire húmedo en su culo expuesto.

—Separa las piernas —ordenó Marcos, escupiendo en su propia mano. Dos dedos gruesos y callosos se hundieron sin aviso en el agujero todavía lubricado por su semen anterior. Diego soltó un gemido gutural, empujando hacia atrás, pidiendo más profundidad.

—Joder… sí… mételos más adentro. Siente cómo tu leche sigue ahí, caliente. Soy tu puto ayudante, Marcos. Úsame.

Los dedos giraron, abriéndolo, curvándose para rozar esa glándula que hacía que las rodillas de Diego se doblaran. El farero mordía el cuello del joven mientras lo trabajaba, gruñendo contra su oreja:

—Este culo es mío ahora. Lo voy a follar en cada rincón de este faro. Cuando termine la temporada vas a caminar como si te hubieran metido un mástil por el medio.

Diego giró la cabeza, buscando la boca de Marcos. El beso fue sucio, lleno de saliva y dientes. El joven metió la mano hacia atrás y apretó la verga gruesa que palpitaba contra su muslo. La sentía enorme, venosa, con la cabeza hinchada y mojada de precum. Pensaba, con la mente nublada: «Quiero que me destroce. Quiero que me deje el agujero abierto y rojo para que mañana siga sintiéndolo con cada paso».

Marcos lo soltó de repente y lo empujó hacia la sala de control. La gran lente giraba con su zumbido mecánico, el haz de luz cortando la oscuridad cada treinta segundos y revelando por un instante sus cuerpos semidesnudos. El trueno retumbó tan fuerte que las paredes vibraron. Diego se quitó la camiseta empapada por completo, quedando desnudo bajo la luz intermitente. Su torso atlético brillaba de sudor y lluvia, los abdominales contraídos, la polla dura golpeándole el vientre.

Marcos se desnudó más despacio, dejando que el joven lo mirara. A sus cuarenta y dos años su cuerpo era puro músculo trabajado por años de esfuerzo: hombros anchos, pecho espeso de vello oscuro que bajaba hasta el ombligo, la polla gruesa y pesada apuntando hacia arriba. Se acercó y empujó a Diego contra la mesa de mapas otra vez, pero esta vez no fue suave. Lo levantó por las caderas como si no pesara nada y lo sentó en el borde, abriéndole las piernas con brusquedad.

—Quiero verte la cara mientras te follo —dijo, escupiendo sobre su polla y colocándola en la entrada dilatada—. Mírame a los ojos, cabrón. Quiero ver cómo se te ponen blancos cuando te meta hasta los huevos.

Entró de un solo empujón brutal. Diego arqueó la espalda y soltó un grito ronco que se mezcló con un trueno. La polla de Marcos lo abrió completamente, quemando, llenando. El farero no le dio tiempo a adaptarse: empezó a bombear con embestidas largas y profundas, cada una chocando contra el fondo del culo de Diego con un sonido húmedo y obsceno. La mesa crujía. El haz de luz les pasaba por encima, iluminando por un segundo la polla entrando y saliendo, la saliva que corría por el pecho de Diego, sus caras contorsionadas de placer.

—Más fuerte… ¡joder, rómpeme! —suplicaba Diego, clavándole las uñas en los hombros anchos—. Tu polla es enorme… me estás partiendo en dos y me encanta. Sigue, Marcos, no pares nunca.

Marcos gruñó, acelerando. El sudor le corría por la frente y caía sobre el abdomen contraído de Diego. Agarró las piernas del joven, doblándolo casi en dos, y se inclinó para morderle un pezón mientras lo taladraba. El olor a sexo llenaba la sala: sudor, semen viejo, salitre y macho excitado. Cada vez que el faro iluminaba el exterior, el interior se quedaba a oscuras un instante, y en esa negrura solo se oían los gemidos, los golpes de piel contra piel y los insultos cariñosos.

—Eres mi puta de faro —jadeaba Marcos sin dejar de follarlo—. Veintiocho años de músculo y culo apretado solo para que yo me corra dentro cuando me dé la gana. Dilo.

—Soy tu puta… soy tu puta de faro —repetía Diego entre gemidos, la voz rota—. Fóllame como quieras. Me corro solo con que me mires así.

Marcos lo sacó de golpe, ignorando el quejido de protesta. Lo giró, lo puso de rodillas sobre la mesa y le separó las nalgas con las dos manos. Escupió directamente en el agujero abierto y rosado, y volvió a clavársela hasta el fondo en una sola estocada. Desde este ángulo llegaba más profundo. Diego apoyaba la mejilla contra los mapas viejos, la boca abierta, babeando. Marcos le dio una palmada fuerte en la nalga derecha, luego en la izquierda, dejando la marca roja de su mano.

—Esto es lo que querías, ¿no? Que te trate como la perra caliente que eres. —Otra palmada, más fuerte. Diego empujaba hacia atrás, buscando cada golpe, cada centímetro.

El farero lo follaba con ritmo salvaje, alternando embestidas cortas y rápidas con las largas y brutales que hacían que sus huevos pesados chocaran contra el culo de Diego. El joven se masturbaba con furia, la mano resbaladiza de precum. Sentía que el orgasmo se le acumulaba en la base de la columna, caliente, imparable.

—No te corras todavía —ordenó Marcos, tirándole del pelo para arquearle la espalda—. Quiero que te corras con mi polla metida hasta la garganta.

Lo sacó otra vez, lo bajó de la mesa y lo empujó hacia las escaleras. Allí, de pie en el primer peldaño, Marcos se apoyó en la barandilla de hierro y señaló su verga brillante de fluidos.

—De rodillas. Chúpamela. Saboréate tu propio culo en mi polla.

Diego obedeció al instante, las rodillas sobre el hierro frío. Abrió la boca y se tragó la verga hasta la garganta sin dudar, gimiendo alrededor de la carne gruesa. Marcos le sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a follarle la cara con el mismo ritmo salvaje que había usado en su culo. Saliva caía en hilos gruesos por la barbilla de Diego, lágrimas de esfuerzo le corrían por las mejillas, pero sus ojos brillaban de pura lujuria. Pensaba, mientras la polla le llegaba hasta la nuez: «Quiero que me use así todas las noches. Quiero amanecer con la garganta irritada y el culo lleno de él».

Marcos lo levantó de nuevo, lo giró de cara a la pared de la escalera y lo penetró de pie, desde atrás. Una mano fuerte rodeó el cuello de Diego, sin apretar demasiado, solo lo suficiente para recordarle quién mandaba. La otra mano le masturbaba la polla con movimientos rápidos y ásperos.

—Ahora sí, córrete para mí —gruñó contra su oreja, mordiéndole el lóbulo—. Quiero sentir cómo te corres mientras te lleno otra vez.

Diego gritó cuando el orgasmo lo atravesó. Chorros espesos de semen salpicaron la pared de piedra mientras su culo se contraía violentamente alrededor de la polla de Marcos. El farero rugió, embistiendo tres veces más antes de correrse con fuerza, inundando de nuevo el interior caliente y palpitante. El semen sobrante escapó alrededor de la verga y corrió por los muslos de Diego.

Se quedaron pegados, jadeando, el pecho de Marcos contra la espalda sudorosa del joven. El haz de luz seguía girando arriba, imperturbable. Marcos besó la nuca de Diego con algo parecido a la ternura, pero sus manos seguían apretando con posesión.

—Esto tampoco ha terminado —susurró, todavía enterrado en él, moviendo las caderas en círculos lentos para hacer que sintiera cada pulsación—. La tormenta va a durar toda la noche… y yo también.

Diego sonrió con los labios hinchados, apretando el culo alrededor de la polla que aún no había bajado del todo. Sabía que apenas acababan de empezar. El faro tenía muchos rincones más, y él estaba dispuesto a que lo follaran en todos ellos antes de que saliera el sol. La lluvia golpeaba los cristales con más fuerza, como si también ella supiera que la verdadera tempestad estaba entre sus cuerpos, creciendo otra vez, lista para desatarse de nuevo.

Marcos permaneció enterrado en él unos segundos más, sintiendo cómo el culo de Diego palpitaba alrededor de su polla todavía dura, ordeñando las últimas gotas de su corrida. El joven de veintiocho años, con el cuerpo marcado por años de navegar mares bravos, apretó los músculos internos a propósito, arrancándole un gruñido gutural al farero. El haz de luz giraba sobre ellos, pintando sus pieles sudorosas de blanco cada treinta segundos, mientras la tormenta aullaba fuera como si celebrara la depravación.

—Susurra lo que quieres, Diego —ordenó Marcos con la voz ronca, pegado a su oreja, sin salir todavía de ese calor apretado y húmedo que olía a semen, sudor y macho.

Diego, con los labios hinchados y la mejilla pegada a la pared fría de la escalera, tembló. Su polla, ya medio dura otra vez contra la piedra, dio un salto traicionero.

—Por favor… —susurró al fin, la palabra casi ahogada por un trueno—. Por favor, Marcos, no saques la polla. Quiero que me folles hasta que me duela respirar.

Esa súplica fue suficiente. Marcos salió lentamente, observando con satisfacción cómo su leche espesa escapaba del agujero rojo y dilatado, resbalando por los muslos musculosos del ayudante. Agarró a Diego por la nuca y lo empujó escaleras arriba, hacia la sala de la linterna. Cada peldaño era una tortura: sus cuerpos desnudos se rozaban, la polla gruesa y venosa de Marcos, aún brillante de fluidos, golpeaba contra las nalgas firmes del joven. El viento ululaba a través de las rendijas, haciendo vibrar las viejas estructuras de hierro.

Al llegar a la cima, el espectáculo era brutal. La gran lente giraba con su zumbido hipnótico, el haz cortando la noche y revelando, en flashes intermitentes, el mar enfurecido abajo. La lluvia azotaba los cristales curvos como si quisiera entrar. Marcos empujó a Diego contra uno de los paneles de vidrio grueso, el frío del exterior contrastando con el calor infernal de sus cuerpos. El joven de veintiocho años jadeó al sentir el vidrio helado contra su pecho y su polla, que volvía a endurecerse rápidamente.

—Mírate —gruñó Marcos, de cuarenta y dos años, con el pecho velludo pegado a la espalda sudorosa de su ayudante—. Un marinero fuerte, todo músculo y descaro, convertido en mi puta personal en lo alto del faro. Abre las piernas.

Diego obedeció al instante, separando los pies sobre el suelo metálico. Pensaba, con la mente nublada de lujuria: «Este hombre me está volviendo loco. Quiero que me use hasta que solo pueda pensar en su verga». Marcos se arrodilló detrás de él sin aviso. Sus manos callosas separaron las nalgas firmes y lampiñas, y su lengua ancha y caliente se hundió directamente en el agujero usado, saboreando su propia corrida mezclada con el sabor almizclado del culo de Diego.

—Joder… —gimió Diego, empujando hacia atrás contra esa boca voraz. La lengua de Marcos entraba y salía, giraba, lamía los bordes sensibles, succionaba su propia leche de dentro. El farero gruñía mientras comía, el sonido húmedo y obsceno compitiendo con los truenos—. Así, Marcos… cómeme el culo como si fuera tu cena. Saca tu semen con la lengua y vuélvemelo a meter después.

Marcos le dio una palmada fuerte en la nalga derecha, dejando la marca roja visible bajo el siguiente flash de luz. Su barba áspera raspaba la piel sensible mientras devoraba ese agujero con hambre real. Dos dedos gruesos se unieron a la lengua, empujando profundo, curvándose para masajear la próstata hinchada. Diego gritó, las rodillas le fallaron un instante. Su polla golpeaba el vidrio frío, dejando rastros de precum que la lluvia, al otro lado, parecía querer limpiar.

—No te corras todavía, cabrón —advirtió Marcos, poniéndose de pie. Su polla, completamente erecta de nuevo, gruesa como una muñeca y con las venas hinchadas, se colocó entre las nalgas de Diego. Escupió abundantemente sobre ella y empujó. Esta vez entró más despacio, saboreando cada centímetro de resistencia que el culo aún ofrecía. Cuando sus huevos pesados chocaron contra los de Diego, ambos soltaron un gemido largo y animal.

Empezó a follarlo contra el vidrio. Embistidas largas, profundas, que hacían que el cuerpo atlético de Diego se aplastara contra el panel curvo con cada golpe. El farero le sujetaba las caderas con fuerza, clavando los dedos en la carne. Cada vez que el haz de luz pasaba, iluminaba el espectáculo: la polla gruesa desapareciendo por completo entre las nalgas, el culo abierto tragándosela, el sudor corriendo por la espalda ancha de Marcos y por los abdominales marcados de Diego.

—Dime cuánto te gusta que te rompa —exigió Marcos, mordiéndole el hombro con fuerza suficiente para dejar una marca morada.

—Me encanta… joder, me encanta tu polla abriéndome. Soy tu puta de faro, Marcos. Fóllame más fuerte, por favor… por favor —susurró Diego la última palabra contra el vidrio empañado, la voz rota de placer. Sentía cada vena de esa verga rozando sus paredes internas, llegaba tan profundo que le quitaba el aliento. Su propia polla se frotaba contra el cristal con cada embestida, dejando un reguero pegajoso.

Marcos aceleró, cambiando el ángulo para golpear directamente la próstata. El sonido de piel contra piel era brutal, húmedo, obsceno. Agarró el pelo corto de Diego y tiró de su cabeza hacia atrás, arqueándole la espalda. Con la otra mano rodeó su garganta, sin apretar demasiado, solo lo justo para recordarle el control absoluto.

—Quiero que te corras solo con mi polla en el culo. Sin tocarte. ¿Puedes, marinero de mierda? ¿O eres tan puta que necesitas mano?

Diego sollozó de placer, el orgullo herido solo avivaba más su excitación. Empujaba hacia atrás con desesperación, follándose él mismo en esa verga enorme. El sudor les caía a chorros. El olor a sexo llenaba la sala de la linterna: semen, saliva, sudor masculino y el salitre que se filtraba por las juntas. Otro trueno hizo temblar todo el faro, y en ese instante Marcos clavó la polla hasta el fondo y se quedó allí, girando las caderas en círculos crueles.

—Siente cómo te lleno otra vez… —gruñó.

Pero no se corrió. Se contuvo, saliendo de golpe y dejando a Diego vacío y gimiendo de protesta. Lo giró con brusquedad, lo levantó como si no pesara nada —años de cargar suministros y luchar contra el viento le habían dado esa fuerza— y lo sentó sobre el mecanismo de la lente, con cuidado de que no tocara las partes móviles. Diego abrió las piernas como una invitación obscena, el agujero visiblemente palpitante, rojo, chorreando.

Marcos se colocó entre ellas y volvió a entrar de un solo golpe brutal. Ahora cara a cara, mirándose a los ojos bajo los flashes de luz. Se besaron con violencia, lenguas enredadas, mordiéndose los labios hasta casi sangrar. Diego rodeó la cintura del farero con las piernas, clavando los talones en esas nalgas duras y peludas para exigir más profundidad.

—Más… dame más leche, Marcos. Quiero que me dejes el culo rebosando hasta mañana —suplicó entre besos sucios.

El farero follaba con furia renovada, la mesa de metal del mecanismo crujiendo bajo el peso combinado. Sus cuerpos chocaban con fuerza animal. Marcos agarró la polla de Diego y la masturbó con la mano áspera, sincronizando los movimientos con sus embestidas. El joven de veintiocho años empezó a temblar, los abdominales contraídos, los ojos vidriosos.

—Me corro… joder, me corro…

—Hazlo. Córrete para tu farero —ordenó Marcos, acelerando hasta que el sonido fue ensordecedor.

Diego eyaculó con un grito ronco que se mezcló con un relámpago. Chorros espesos y blancos salpicaron el pecho velludo de Marcos, su propio abdomen y hasta la lente que giraba imperturbable. El culo se contrajo violentamente alrededor de la polla invasora, ordeñándola. Marcos aguantó solo unos segundos más antes de rugir y correrse por tercera vez esa noche, inundando el interior ya saturado de Diego. El semen sobrante escapaba con cada pulsación, goteando sobre el suelo metálico.

Se quedaron pegados, jadeando, el pecho de uno contra el pecho del otro. El haz de luz seguía girando, iluminando sus caras exhaustas pero todavía hambrientas. Marcos besó el cuello de Diego con algo parecido a la devoción, pero sus manos seguían apretando las nalgas abiertas, manteniendo la polla semierecta dentro.

—No creas que esto termina aquí —susurró contra su oreja, moviendo las caderas en círculos lentos y perezosos, haciendo que Diego gimiera bajito—. La tormenta sigue fuera… y tu culo sigue pidiendo verga. Vamos a bajar a la cocina. Quiero follarte sobre la mesa mientras preparas algo de comer. Y después… después te llevaré al muelle, bajo la lluvia, y te haré gritar tan fuerte que el mar se calle.

Diego sonrió con los labios hinchados, apretando de nuevo el culo alrededor de la polla que aún lo mantenía abierto. Sentía el semen caliente moviéndose dentro de él con cada movimiento. Su propia polla dio un nuevo salto de interés. Pensó: «Este cabrón de cuarenta y dos años me va a destrozar antes de que amanezca… y yo voy a suplicarle que lo haga». Se inclinó y mordió el labio inferior de Marcos, tirando de él con insolencia.

—Entonces llévame. Estoy listo para que me uses en la cocina, en el muelle, donde quieras. Pero no pares de follarme, Marcos. Susúrrame otra vez esa orden… y yo te susurraré «por favor» hasta que te corras seco.

Los dos hombres bajaron las escaleras tambaleándose, cuerpos pegados, manos que no dejaban de tocarse. La polla de Marcos ya volvía a endurecerse contra la cadera de Diego. La tormenta rugía con más fuerza, pero la verdadera tempestad seguía creciendo entre ellos, lejos de terminar, lista para desatarse en cada rincón que aún les quedaba por profanar antes del alba.

La polla de Marcos ya volvía a endurecerse contra la cadera de Diego mientras bajaban los últimos peldaños, el hierro frío de la escalera vibrando con cada trueno que hacía temblar el faro entero. Diego, el ayudante de veintiocho años, sentía el semen de las corridas anteriores chorreándole por los muslos internos, caliente y espeso, y eso solo le ponía más cachondo. «Este cabrón de cuarenta y dos no piensa parar hasta dejarme roto, y yo quiero que me destroce», pensó, apretando el culo a propósito para rozar la verga que ya le pinchaba.

Entraron en la cocina diminuta como dos animales en celo. Marcos, el farero de hombros anchos y pecho velludo, agarró a Diego por la nuca y lo estrelló contra la mesa de madera astillada. Los mapas y latas de conserva cayeron al suelo con estrépito.

—Prepara algo de comer, puto marinero —gruñó Marcos con voz ronca, pero sus manos ya bajaban los pantalones de Diego hasta los tobillos de un tirón—. Quiero verte cocinar mientras te follo el culo como si fuera un agujero de uso diario.

Diego jadeó, la mejilla pegada a la mesa, y abrió una lata de atún con manos temblorosas mientras sentía cómo Marcos escupía abundantemente sobre su agujero dilatado y rojo. Dos dedos callosos entraron sin piedad, removiendo la leche que aún guardaba dentro. El sonido era obsceno, húmedo, como si estuvieran revolviendo una sopa espesa. Diego separó más las piernas, el culo en pompa, y pensó: «Quiero que me use como una puta de puerto, que me deje el interior hecho un desastre».

Marcos sacó los dedos, olió su propia corrida mezclada con el olor almizclado del culo del joven y se los metió en la boca a Diego.

—Saborea lo que te he metido antes, cabrón. Esto es lo que eres ahora: mi agujero personal.

Diego chupó los dedos con avidez, gimiendo alrededor de ellos mientras Marcos alineaba su polla gruesa, venosa y otra vez completamente dura. Entró de un empellón brutal, hasta los huevos, haciendo que la mesa crujiera y que Diego soltara un grito gutural que se mezcló con el rugido del mar. Empezó a follarlo con golpes secos y profundos, cada uno chocando contra la próstata hinchada. La polla de Diego, atrapada entre su abdomen y la madera, dejaba un reguero de precum que se mezclaba con las migas de pan.

—Más fuerte, joder… rómpeme mientras intento cocinar tu puta cena —suplicó Diego, intentando abrir otra lata con una mano mientras la otra se agarraba al borde de la mesa. Marcos le dio una palmada seca en la nalga derecha, luego en la izquierda, dejando huellas rojas que brillaban bajo la luz intermitente del faro que entraba por la ventanita.

—Eres un vicioso de veintiocho años que solo sirve para que le llenen el culo. Mira cómo te chorrea mi leche vieja por las piernas mientras te meto más. —Marcos aceleró, agarrando las caderas estrechas de Diego y tirando de él hacia atrás para que cada embestida fuera más salvaje. El sonido de piel contra piel resonaba más alto que la lluvia que azotaba las paredes de piedra. Diego sentía cada vena de aquella verga gruesa rozando sus paredes internas, abriéndolo sin compasión. «Me está partiendo, me está dejando el culo como un cráter y solo quiero que me meta hasta los huevos», pensó, empujando hacia atrás como una perra en celo.

Marcos lo sacó de golpe, provocando un quejido lastimero de Diego. Lo giró, lo sentó en el borde de la mesa y le levantó las piernas hasta que sus talones descansaron sobre los hombros anchos del farero. Volvió a clavársela de un solo golpe, ahora cara a cara, viendo cómo los ojos del joven de veintiocho se ponían en blanco.

—Quiero que te masturbes mientras te follo y que no dejes de mirarme —ordenó Marcos, follándolo con embestidas cortas y brutales que hacían que los huevos pesados del farero golpearan contra el culo abierto de Diego—. Dime qué eres.

—Soy tu puta de faro… soy el agujero que te vacía los huevos cada vez que te da la gana —respondió Diego entre jadeos, su mano moviéndose furiosamente sobre su propia polla dura como acero. El sudor les corría a chorros por el pecho: el vello oscuro de Marcos se pegaba a su piel, mientras los abdominales marcados de Diego se contraían con cada embestida.

Marcos escupió directamente en la boca abierta de Diego y le metió dos dedos más, follándole también la garganta con ellos. El joven chupaba y gemía, el culo contrayéndose alrededor de la verga invasora. El farero sentía cómo el orgasmo le subía otra vez por los huevos.

—No te corras todavía, cabrón. Vamos al muelle. Quiero follarte bajo la tormenta como la zorra marina que eres.

Lo sacó sin cuidado, dejando el agujero de Diego abierto, palpitante y chorreando una mezcla blanca y espesa que caía al suelo de la cocina. Bajaron tambaleándose, desnudos, pollas duras balanceándose con cada paso. La puerta de hierro que daba al muelle de piedra se abrió con un chirrido y el viento y la lluvia les golpearon como un latigazo. El Atlántico rugía a solo metros, olas de varios metros estrellándose contra las rocas y salpicándolos de espuma helada.

Marcos empujó a Diego contra la barandilla metálica mojada, el cuerpo atlético del ayudante de veintiocho años temblando por el frío y la excitación. La lluvia caía con fuerza, empapándolos en segundos. El farero se arrodilló en la piedra resbaladiza y le separó las nalgas con violencia, hundiendo la lengua en el culo destrozado, lamiendo su propia leche que la lluvia empezaba a diluir. Diego gritó al sentir la barba áspera raspándole la piel sensible y la lengua gruesa follando su interior.

—Cómemelo, Marcos… sácales tu corrida con la lengua y vuélvemela a meter por la boca después —suplicó, agarrándose a la barandilla mientras el haz de luz del faro les iluminaba cada treinta segundos, mostrando el espectáculo depravado.

Marcos se levantó, escupió en su polla y la metió de un golpe salvaje, levantando una pierna de Diego para abrirlo mejor. Lo folló de pie contra la barandilla, embestidas tan fuertes que el metal vibraba. Las olas les salpicaban, el agua fría contrastando con el calor de sus cuerpos. Diego se masturbaba con la mano empapada, la lluvia lavando el precum que salía a borbotones.

—Esto es lo que querías desde que bajaste del bote, ¿verdad? Que te follara como un animal bajo la tormenta —gruñó Marcos, mordiéndole el hombro con fuerza, dejando la marca de sus dientes—. Tu culo de veintiocho años solo sirve para que yo descargue dentro.

—Sí… soy tu puta marinera… fóllame más fuerte que las olas —respondió Diego, la voz rota por los gemidos y el viento que aullaba. Marcos lo giró, lo puso de rodillas sobre la piedra fría y mojada y le metió la polla hasta la garganta, follándole la cara bajo la lluvia torrencial. Diego tragaba alrededor de la verga, saliva y agua mezclándose en su barbilla, lágrimas de esfuerzo corriendo por sus mejillas mientras el farero le sujetaba la cabeza con ambas manos y le taladraba la boca sin piedad.

—Chúpala bien, guarro. Saboréate el culo, la lluvia y mi leche todo mezclado.

Después de varios minutos brutales, Marcos lo levantó, lo dobló sobre un noray de hierro y volvió a penetrarlo por detrás con un rugido. El ángulo era devastador; cada embestida llegaba hasta el fondo, haciendo que Diego sintiera la polla en el estómago. La lluvia les caía encima como un látigo, el mar rugía tan cerca que las gotas saladas les quemaban la piel. Diego se corrió primero, sin tocarse apenas, chorros de semen blanco que la lluvia diluía al instante mientras su culo se contraía violentamente alrededor de la verga de Marcos.

El farero de cuarenta y dos años no paró. Aceleró como un poseso, los huevos chocando contra las nalgas empapadas, hasta que rugió como una bestia y se corrió por cuarta vez esa noche, inundando el interior de Diego con leche espesa y caliente que enseguida empezó a escaparse por los bordes, mezclándose con la lluvia y chorreando hasta los tobillos del joven.

Pero aún no había terminado. Marcos sacó la polla chorreante, miró el agujero destruido y abierto de Diego y escupió dentro una vez más. Lo tiró al suelo mojado del muelle, se sentó sobre su pecho y le metió la verga semierecta en la boca, follándole la cara con lentitud cruel mientras el agua les cubría casi por completo.

—Trágatelo todo, puta. Esta es tu cena de verdad.

Diego tragaba, ahogándose entre la polla, la lluvia y el semen, los ojos fijos en los de Marcos con pura lujuria animal. Cuando el farero se corrió por última vez, directamente en su garganta, Diego sintió cómo el líquido caliente le llenaba el esófago y pensó que nunca había estado tan lleno, tan usado, tan completamente destruido.

Marcos se levantó, miró al ayudante tirado en el suelo del muelle, el cuerpo cubierto de semen, lluvia, saliva y espuma de mar, el culo rojo y abierto chorreando sin parar, y soltó con voz ronca la última orden mientras su polla aún goteaba sobre la cara de Diego:

—Quédate ahí tirado como la guarra insaciable que eres, con el culo rebosando mi leche hasta que amanezca, porque mañana te voy a volver a abrir en cuanto salga el sol, cabrón.

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