Rendición Bajo la Lluvia en la Tienda de Discos
Un vendedor de 32 años y un arquitecto de 28 se rinden al deseo en la trastienda de la tienda de discos mientras cae la lluvia.
Confieso que aún hoy, con el eco de esa lluvia golpeando los cristales, mi cuerpo se tensa al recordar el momento exacto en que todo cambió. Tengo treinta y dos años y desde hace casi una década regento esta pequeña tienda de discos en el centro, un refugio de madera oscura y estantes cargados de vinilos que huelen a papel viejo y a promesas de jazz. Esa tarde el cielo se abrió de golpe. La lluvia cayó como un castigo, densa, ruidosa, convirtiendo las calles en ríos y dejando la tienda envuelta en un aislamiento perfecto. Yo estaba detrás del mostrador, ordenando unas reediciones de Coltrane, cuando la puerta se abrió con un tintineo húmedo.
Entró él. Wesley. El arquitecto de veintiocho años que llevaba semanas visitando la tienda sin que ninguno de los dos se atreviera a cruzar la línea invisible que flotaba entre nosotros. Venía empapado. El traje gris claro se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando los hombros anchos por las horas de dibujo técnico, el pecho firme y la cintura estrecha. El cabello negro le caía sobre la frente en mechones brillantes, y el agua le resbalaba por el cuello hasta perderse bajo la camisa blanca translúcida. Nuestras miradas se encontraron de inmediato. No era la primera vez. Durante las últimas semanas había entrado varias veces, siempre a última hora, siempre con esa excusa de buscar algo específico. Cada ocasión nuestras pupilas se habían demorado un segundo de más: yo fingiendo que revisaba precios, él fingiendo que leía las contraportadas. Los dos sabíamos. Los dos conteníamos.
—Qué tempestad —dijo con voz grave, sacudiéndose el agua del pelo con una mano grande y bien cuidada—. Necesitaba refugiarme. No pensé que encontraría esto tan… vacío.
Sonreí desde detrás del mostrador, sintiendo ya cómo mi pulso se aceleraba. —Suele pasar cuando llueve así. La gente prefiere no salir. ¿Buscas algo en particular, Wesley?
Pronuncié su nombre despacio, para que supiera que lo recordaba. Él levantó una ceja, sorprendido y complacido a la vez. Se acercó al mostrador. El olor a lluvia y a su colonia amaderada llegó hasta mí como una caricia física. Se detuvo justo frente a mí, tan cerca que podía ver las gotas que aún colgaban de sus pestañas.
—Jazz —respondió—. Algo que suene a rendición. Algo que me haga olvidar que afuera el mundo se está ahogando.
Sus palabras parecían tener doble sentido. O quizá era mi polla, ya medio dura dentro de los vaqueros, la que interpretaba todo como una invitación. Le señalé la sección del fondo. Lo observé caminar. La tela mojada se le adhería a las nalgas, redondas y firmes, y cada paso hacía que la tela se tensara. Sentí la boca seca. En mi cabeza llevaban semanas reproduciéndose imágenes sucias: yo sujetándolo contra los estantes, bajándole los pantalones, oyéndolo gemir mi nombre mientras la lluvia tapaba sus jadeos.
Regresó con un vinilo en las manos. Kind of Blue. Miles Davis. Lo colocó sobre el mostrador y, al soltarlo, sus dedos rozaron los míos. Fue solo un segundo, pero bastó. La piel de él estaba fría por la lluvia; la mía ardía. Ninguno retiró la mano de inmediato. El roce se prolongó. Sentí un latigazo directo a la entrepierna. Mi verga se hinchó por completo, empujando contra la cremallera. Levanté la vista. Sus ojos verdes estaban fijos en los míos, dilatados, respirando con la boca entreabierta. Ambos éramos adultos conscientes de lo que estaba pasando. Llevábamos semanas conteniéndonos, alimentando ese deseo con miradas robadas y silencios cargados. Ahora el aire entre nosotros crepitaba.
—Buena elección —murmuré sin apartar los dedos—. Este disco sabe cómo rendirse al momento.
Wesley tragó saliva. Vi cómo su nuez subía y bajaba. Su pecho subía y bajaba más rápido bajo la camisa mojada, marcando los pezones endurecidos por el frío y, supuse, por la misma excitación que me estaba consumiendo a mí.
La lluvia arreció de pronto. El sonido se volvió ensordecedor, como si el cielo estuviera descargando toda su furia sobre el techo de chapa. Un trueno hizo vibrar los cristales. Miré hacia la calle: ni un alma. La tienda era un mundo aparte.
—Voy a cerrar temprano —anuncié, la voz más ronca de lo que pretendía—. Con este temporal nadie más va a entrar, y yo… tengo mejores planes.
Caminé hasta la puerta, giré el letrero a “Cerrado” y eché el pestillo con un clic definitivo. Cuando me volví, Wesley estaba aún junto al mostrador, mirándome con una mezcla de nervios y hambre descarada. El silencio entre nosotros solo lo rompía el repiqueteo constante del agua.
Se acercó un paso más. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro confesional.
—Terrence… llevo semanas fantaseando con esto. Con rendirme a ti. Cada vez que salía de aquí imaginaba que me seguías al almacén, que me ponías de rodillas y me usabas como querías. No puedo seguir fingiendo que no te deseo.
Sus palabras me golpearon como un relámpago. Sentí que mi polla daba un salto dentro de los pantalones, completamente dura, goteando ya de anticipación. Una sonrisa dominante se extendió por mi rostro. Me erguí, dejando que viera el bulto evidente en mi entrepierna.
—¿Eso es lo que quieres, Wesley? ¿Rendirte? Porque si lo dices en voz alta, no voy a contenerme más.
Él respiró hondo, temblando visiblemente, pero sus ojos brillaban de excitación pura.
—Sí. Lo quiero. Quiero arrodillarme para ti. Quiero que me domines. Consiento en todo lo que quieras hacerme. Lo deseo tanto que me duele.
La confesión explícita, el consentimiento claro y ansioso, hizo que la temperatura entre nosotros subiera hasta quemar. Di un paso adelante, invadiendo su espacio. Levanté una mano y le sujeté la barbilla con firmeza, obligándolo a mirarme.
—Entonces arrodíllate. Ahora. Aquí mismo.
Wesley dudó solo un segundo. Después, lentamente, se dejó caer de rodillas sobre el suelo de madera frente al mostrador. Desde arriba, la imagen era perfecta: el arquitecto empapado, traje arruinado por la lluvia, mirando hacia arriba con labios entreabiertos y respiración agitada. Su cara quedó a la altura de mi bragueta. Podía ver el bulto de su propia erección marcando sus pantalones mojados. Extendió una mano temblorosa y la posó sobre mi muslo, subiendo despacio.
—Joder, Terrence… está tan dura —murmuró, la voz ronca de deseo—. Quiero probarla. Quiero que me folles la boca hasta que no pueda respirar.
Mis dedos se enredaron en su cabello mojado. Tiré con suavidad pero con autoridad, haciendo que inclinara la cabeza hacia atrás.
—Buen chico. Sabía que eras un puto ansioso debajo de ese traje de arquitecto. Dime otra vez que lo consientes. Que quieres que te use.
—Consiento —jadeó, lamiéndose los labios—. Quiero que me uses. Quiero ser tuyo esta tarde. Por favor…
La excitación era casi insoportable. Mi verga palpitaba, presionando dolorosamente contra la tela. Podía oler su deseo, el aroma almizclado que se mezclaba con el de la lluvia y el vinilo. Lo agarré por los brazos y lo levanté de golpe, pegándolo contra mi cuerpo. Nuestras bocas chocaron con hambre salvaje. El beso fue brutal, lenguas enredándose, dientes chocando, gemidos ahogados que la lluvia se tragaba. Mis manos bajaron por su espalda empapada hasta agarrar sus nalgas con fuerza, apretando la carne firme mientras él se frotaba contra mi polla dura.
Sin separar nuestras bocas, lo empujé hacia atrás, guiándolo a ciegas por el pasillo estrecho hasta la trastienda. La puerta del pequeño almacén se abrió con un chirrido. Dentro, el espacio era reducido: cajas de vinilos apiladas, una lámpara de pie que apenas daba una luz ámbar, el olor a cartón y a humedad antigua. Lo empujé contra una pila de cajas sin dejar de besarlo. Mis dedos empezaron a desabrocharle la camisa mojada, revelando piel caliente y tersa, pezones duros que pellizqué hasta arrancarle un gemido ronco dentro de mi boca.
Su mano bajó entre nosotros y apretó mi verga por encima de los pantalones, masturbándome con desesperación mientras yo le mordía el labio inferior.
—Aquí no va a entrar nadie —gruñí contra su cuello, lamiendo el agua de lluvia que aún corría por su piel—. Ahora eres mío, Wesley. Y esto solo acaba de empezar.
La lluvia seguía cayendo con furia sobre el techo del almacén, como un telón que nos aislaba del mundo. Mi corazón latía con fuerza, mi polla lloraba de anticipación dentro de los vaqueros, y el cuerpo tembloroso de Wesley apretado contra el mío prometía que la rendición que tanto habíamos fantaseado estaba a punto de volverse brutalmente real. Pero aún quedaba mucho más por saborear, y yo pensaba tomarme todo el tiempo del mundo para hacerlo gritar mi nombre entre estas cuatro paredes.
Lo miré con esa sonrisa que ya no podía contener, el pulso latiéndome en las sienes mientras el eco de la lluvia sobre el techo de chapa parecía marcar el ritmo de lo inevitable. Wesley aún tenía los labios hinchados por el beso salvaje, la camisa abierta pegada al torso firme de arquitecto de veintiocho años, y los ojos verdes convertidos en pura entrega. Mi cuerpo de treinta y dos años, endurecido por años de cargar cajas de vinilos, vibraba de anticipación. Lo empujé de nuevo hacia abajo con autoridad firme pero consciente, y él se arrodilló sin dudar sobre la madera gastada de la trastienda.
Su rostro quedó exactamente donde yo quería. Mis dedos se enredaron en su cabello negro aún húmedo de lluvia y tiré con posesión, guiando mi polla gruesa y palpitante hacia su boca ansiosa. Al primer contacto de su lengua caliente rodeando el glande, un gruñido escapó de mi garganta. No fui suave. Empecé a follarle la boca con embestidas profundas y controladas que pronto se volvieron brutales, empujando hasta que su nariz rozaba mi vientre y su garganta se contraía alrededor de mí.
—Así, puto ansioso —le espeté con voz ronca, sin dejar de mover las caderas—. Trágatela toda. Sabía que debajo de ese traje de arquitecto caro eras solo esto: una boca caliente hecha para que te follen. Llevas semanas entrando aquí fingiendo que buscas jazz cuando lo que querías era que te usara como la puta que eres. Más profundo, joder. Quiero oírte gorgotear.
Wesley gemía alrededor de mi verga, las lágrimas rodando por sus mejillas, saliva cayendo por su barbilla y empapando el suelo. Sus manos se aferraban a mis muslos, no para apartarme sino para pedirme más. Sentía cada contracción de su garganta, el calor húmedo que me apretaba, y pensaba que nunca había visto nada tan perfecto como este hombre rendido de rodillas. La lluvia arreciaba, golpeando el chapa como si aplaudiera nuestra depravación. Aumenté el ritmo, follándole la boca sin piedad, sujetándole la cabeza con ambas manos mientras le repetía una y otra vez lo mismo: «puto ansioso», «trágala», «eso es, chúpame más fuerte». Su propia polla marcaba una tienda húmeda en sus pantalones, prueba irrefutable de cuánto le excitaba que lo degradara verbalmente.
Cuando sentí que estaba demasiado cerca, lo levanté de golpe, girándolo y doblándolo sin contemplaciones sobre la pila de cajas de cartón que olían a papel viejo y a humedad antigua. Su pecho quedó aplastado contra ellas, el culo elevado y ofrecido como un regalo. Le bajé los pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas de un tirón, dejando al descubierto esas nalgas redondas, firmes, ligeramente marcadas por el traje mojado. Separé sus cachetes con las manos y hundí la cara entre ellas sin aviso.
Mi lengua atacó su agujero con hambre voraz. Lamí el borde arrugado, lo rodeé, luego lo penetré todo lo profundo que pude, follando su interior con movimientos largos y húmedos de mi lengua. El sabor era terroso, íntimo, adictivo. Lo comía como si estuviera famélico, alternando lamidas anchas con penetraciones profundas que lo hacían temblar y gemir sin control. Mis manos mantenían sus nalgas abiertas, los pulgares presionando la carne mientras mi lengua entraba y salía, giraba, exploraba cada pliegue. Wesley empujaba hacia atrás contra mi cara, perdido en el placer.
—Dios, Terrence… tu lengua… me estás abriendo entero —jadeaba, la voz rota.
Yo solo gruñía contra su piel, comiéndoselo con más fuerza, añadiendo saliva abundante, metiendo dos dedos junto a la lengua para abrirlo más, curvándolos para rozar esa zona que lo hacía gritar. El sonido de la lluvia era ensordecedor, pero no tapaba sus gemidos ni el ruido obsceno de mi boca devorando su culo. Pasé largos minutos así, saboreando cada contracción, cada temblor de sus piernas, pensando que este era el momento exacto en que ambos dejábamos de fingir. Su agujero estaba ahora reluciente, abierto y palpitante, listo para mí.
Me incorporé, la polla brillando de saliva y precum, y le hablé directamente al oído mientras frotaba la cabeza gruesa contra su entrada.
—Wesley, los dos sabemos que estamos limpios. Me hice las pruebas completas hace tres semanas y no he estado con nadie desde entonces. ¿Tú?
Él giró la cabeza, los ojos nublados de lujuria pura.
—También estoy limpio. Pruebas de rutina del mes pasado por el estudio de arquitectura. Negativo en todo. Fóllame sin condón, Terrence. Quiero sentirte de verdad, piel contra piel. Quiero que me llenes. Consiento completamente. Por favor, métemela ya.
Esa petición explícita y ansiosa me desbordó. Empujé la cabeza de mi polla contra su agujero y entré de un solo movimiento lento pero firme, sintiendo cómo sus paredes calientes y sedosas me tragaban centímetro a centímetro hasta que mis bolas chocaron contra él. El calor era abrasador, perfecto. Empecé a embestirlo en posición de perrito con golpes fuertes, profundos, que hacían crujir las cajas bajo su peso. Cada embestida era brutal, mis caderas chocando contra sus nalgas con un sonido húmedo y carnoso que se mezclaba con la tormenta.
—Joder, qué culo tan perfecto tienes, puto ansioso —gruñía sin parar—. Te estoy follando raw como querías. Siente cada vena, siente cómo te abro. Este es tu lugar, doblado sobre mis cajas mientras te uso.
Lo follé sin descanso, cambiando el ángulo para golpear su próstata con precisión, viendo cómo su espalda se arqueaba y sus gemidos se convertían en sollozos de placer. Luego, sin salir de él, lo levanté, lo giré y lo empujé contra la pared del fondo. Su mejilla quedó pegada al yeso frío, una de sus piernas elevada y sostenida por mi brazo fuerte. Volví a penetrarlo desde ese nuevo ángulo, ahora de pie, más profundo, más posesivo. Mi pecho contra su espalda, mi aliento en su nuca.
Mi mano derecha rodeó su polla dura, mojada de precum, y empecé a masturbarlo con mano firme, apretando la base y deslizando el puño con ritmo implacable mientras mis caderas no dejaban de embestir. Lo sujeté por el cuello con la mano izquierda, aplicando presión justa, dominante pero siempre atento a su placer consentido.
—Te vas a correr gritando mi nombre mientras te lleno —le susurré con voz gutural—. Vamos, puto. Dame todo.
El ritmo se volvió frenético. La lluvia parecía un rugido constante que nos aislaba del mundo. Sus gemidos subieron de tono, su culo se contrajo violentamente alrededor de mi verga y, de pronto, gritó.
—¡Terrence!
Su polla pulsó en mi puño, disparando chorros espesos de semen contra la pared y el suelo mientras todo su cuerpo convulsionaba. El orgasmo lo atravesó con fuerza, ordeñándome. Eso me llevó al límite. Apreté mi mano alrededor de su cuello con posesión total, sujetándolo firme mientras me vaciaba dentro de él con rugidos profundos. Chorros calientes de semen lo inundaron, llenándolo hasta rebosar, marcándolo por dentro mientras yo temblaba contra su espalda.
Cuando por fin salí, un hilo espeso de mi corrida comenzó a chorrear por sus muslos. Con una ternura que contrastaba con todo lo anterior, tomé un paño limpio que guardaba para los discos, lo humedecí ligeramente y limpié cada rastro con cuidado meticuloso. Pasé la tela suave por el interior de sus piernas, recogiendo mi semen con delicadeza, besando la piel que acababa de limpiar. Lo giré hacia mí y lo besé bajo el repiqueteo constante de la lluvia, un beso lento, profundo y suave, lleno de promesas.
—Esto solo es el comienzo de muchas tardes rendidas en la tienda —le susurré contra los labios, mirándolo a los ojos—. Mañana te espero aquí otra vez. Voy a tomarme todo el tiempo del mundo contigo.
Wesley sonrió, aún tembloroso, satisfecho y con la mirada brillante de quien ha encontrado exactamente lo que buscaba. Asintió, se vistió con lentitud y salimos juntos a la calle mojada, donde la lluvia había amainado pero aún caía fina sobre el asfalto brillante. Antes de que nos separáramos bajo la luz de una farola, me miró con esa mezcla de timidez y fuego que me volvía loco y me preguntó con voz baja y cargada de deseo:
—¿Confiesas que mañana me vas a follar aún más duro contra el mostrador?
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