Una Última Prueba en el Probador
Laura, divorciada de 42 años, se arrodilla en el probador y le pide a Marcos de 38 que le folle el culo con fuerza.
Soy Laura, cuarenta y dos años, divorciada hace ya tres y dueña de una boutique de lencería exclusiva en el centro. El local es pequeño, de paredes negras y luces cálidas, con probadores forrados de terciopelo rojo oscuro. Llevo meses viendo entrar a Marcos. Treinta y ocho años, hombros anchos, mandíbula marcada y esa forma de mirar que te deja la piel erizada. Siempre pide la misma talla de tangas y slips ajustados, se mete en el probador del fondo y tarda lo justo. Yo le abría la cortina solo un palmo para pasarle otra prenda y notaba el bulto. Ambos lo sabíamos. Llevábamos meses coqueteando sin cruzar la línea: un “qué bien te queda” mío, un “me gusta cómo me miras” suyo, miradas que se alargaban demasiado.
Aquella tarde la tienda estaba casi vacía. Él eligió un tanga negro de microfibra con el elástico grueso. Le dije que saliera del probador para ajustárselo bien. Marcos abrió la cortina y se quedó de pie delante de mí, el cuerpo aún con la camisa abierta y el tanga ya puesto. La tela marcaba la forma gruesa de su polla, que empezaba a hincharse solo con mi mirada. Me arrodillé un poco para tirar del elástico por las caderas. Mis dedos rozaron la base. Sentí el calor y el peso. Él no se apartó. Me miró con los ojos entrecerrados y esa polla se puso dura del todo bajo la tela fina, empujando hacia un lado.
—Hostia, Laura… —murmuró con voz baja—. Llevo semanas fantaseando con que me folles. Con que me chupes aquí mismo.
Seguí “arreglando” la prenda. Deslicé los dedos por el costado, rozando el glande que ya dejaba una mancha húmeda. Él gimió bajito, casi un gruñido. La tensión de meses se rompió de golpe. Levanté la vista y le pregunté directo, sin rodeos:
—¿Quieres que te dé una última prueba más intensa? Aquí. Ahora.
Marcos tragó saliva y asintió con la voz ronca:
—Sí. Joder, sí.
Deslicé la cortina hasta cerrarla del todo. El espacio olía a su colonia y a mi perfume. Me arrodillé delante de él sobre la alfombra suave. Bajé el tanga de un tirón. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. La tomé con las dos manos y la lami desde la base hasta la punta, saboreando la sal. Abrí la boca y me la metí entera, chupando con ganas, hundiendo las mejillas. Mis labios se estiraban alrededor del grosor. Bajé a lamerle los huevos, pesados y tensos, mientras una mano le masturbaba el tronco y la otra le apretaba la base. Él me agarró el pelo con fuerza, tirando lo justo para guiarme.
—Qué puta pareces arrodillada así… —jadeó—. Chúpamela más profundo. Llevo meses queriendo follarte esa boca.
Le dije que sí con la polla todavía dentro, babas cayéndome por la barbilla. Seguí chupando, sonidos húmedos llenando el probador. Cuando noté que se ponía demasiado tensa, la saqué con un pop y levanté la cara.
—Fóllame el culo —le pedí clara, mirándole a los ojos—. Quiero sentirte entero. Ahora. Quiero que me lo metanas hasta el fondo.
Marcos no dudó. Me levantó de un tirón y me pegó contra la pared del probador. El espejo nos reflejaba a los dos. Me bajé las bragas —unas de encaje negro que yo misma había elegido esa mañana— y las dejé en los tobillos. Escupí en mi mano, generoso, y me llevé los dedos al ano. Me abrí de piernas, me lubriqué el agujero apretado, metiendo un dedo y luego dos, preparándome. Mi culo estaba virgen para él; nadie me había follado ahí desde el divorcio. Guié su polla gruesa hasta el borde. La cabeza empujó. El ardor inicial me hizo morder el labio. Marcos entró despacio al principio, centímetro a centímetro, abriéndome. Sentí cada vena, el grosor estirándome.
—Joder, qué estrecho… —gruñó contra mi cuello.
Cuando estuvo dentro del todo, empezó a moverse. Primero lento, luego con más fuerza. Me follaba el culo de pie, empujándome contra la pared, las manos agarrándome las tetas por encima de la blusa, pellizcándome los pezones. Yo gemía sin cuidado:
—Más duro… rómpeme el culo… así, fóllame más fuerte…
El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenaba el espacio. Me corría el sudor por la espalda. Él me giró, me puso a cuatro patas sobre el banquito acolchado del probador. Me abrió las nalgas con las manos y volvió a clavar la polla de un solo empujón profundo. Me daba una corrida anal intensa, profunda, cada embestida llegándome hasta el fondo. Al mismo tiempo metió dos dedos en mi coño empapado, curvándolos y frotándome el punto. El doble estímulo me hizo temblar. Grité cuando me corrí, el orgasmo subiéndome desde el culo y el coño a la vez, los músculos apretándole la verga con fuerza. Marcos gruñó, se enterró hasta las pelotas y se corrió dentro de mi ano. Noté los chorros calientes llenándome, pulsando.
Después sacó la polla lentamente. Me quedé a cuatro patas, el culo abierto, y sentí cómo su semen espeso empezaba a gotear de mi agujero dilatado, caliente y viscoso, bajando por el perineo hasta el coño. Él se quedó mirando, respirando agitado, la verga aún semidura y brillante de mis jugos y su leche. Yo me giré un poco para verlo, las piernas temblando, el corazón todavía desbocado. El aire del probador olía a sexo, a sudor y a nosotros dos. Marcos se pasó la mano por la cara y me miró con esa mezcla de hambre que no se había saciado del todo.
—No hemos terminado —dijo en voz baja, casi un aviso—. Todavía quiero más de ti.
Me toqué el culo y sentí el semen seguir saliendo. Sonreí, cansada y excitada a la vez. Sabía que la cortina seguía cerrada, que la boutique estaba en silencio fuera, y que lo que acababa de pasar solo era el comienzo de la tarde. Él se acercó otra vez, la polla recuperando dureza al mirarme abierta y llena. Yo me quedé esperando lo que viniera después, el ardor agradable todavía en el culo y la certeza de que Marcos no iba a irse tan pronto.
—No hemos terminado —repitió Marcos, y su voz me recorrió la espalda como una caricia áspera.
Me quedé a cuatro patas sobre el banquito, el culo todavía abierto y goteando. Sentí su mano grande separarme las nalgas otra vez. El aire frío del probador rozó mi agujero dilatado y el semen caliente siguió resbalando. Él se arrodilló detrás de mí. No avisó. Solo acercó la cara y pasó la lengua plana desde mi coño empapado hasta el ano, recogiendo su propia leche. Gemí alto, sin control. La lengua se clavó dentro, removiendo lo que acababa de dejarme. Mis muslos temblaron. Él gruñó contra mi carne.
—Sabes a mí y a ti mezclados —dijo, la voz pastosa—. Quiero follarte otra vez mientras te escucho pedir más.
Me giré lo justo para mirarlo. La polla ya estaba otra vez dura, brillante de saliva y de lo que le había salido de mí. Me incorporé, me senté en el borde del banquito y le abrí las piernas de par en par. El espejo nos devolvía la imagen: yo con la blusa subida, las tetas fuera, pezones duros, y él de rodillas entre mis muslos. Le agarré la nuca y lo empujé hacia mi coño.
—Chúpame primero. Quiero correrme en tu boca antes de que me vuelvas a romper el culo.
Marcos no dudó. Hundió la cara. La lengua gruesa me abrió los labios, lamió el clítoris con presión constante y metió dos dedos en el coño mientras el pulgar me rozaba el ano todavía sensible. Yo me arqueé, una mano en su pelo corto, la otra apretándome una teta. El sonido húmedo de su boca llenaba el reducido espacio. Cada chupetón me sacaba un jadeo. Cuando noté la oleada, le apreté la cabeza contra mí y me corrí directo en su lengua, contrayéndome, mojándole la barbilla. Él tragó y siguió lamiendo hasta que me retiré temblando.
—Ahora —susurré—. Fóllame el culo otra vez. Más fuerte que antes. Quiero que me duela rico mañana.
Se puso de pie. Me hizo girar y me empujó de frente contra el espejo. El cristal frío me pegó en las tetas y en la mejilla. Sentí la cabeza de su polla buscando el agujero abierto. Entró de un solo empujón profundo. El ardor volvió, más intenso porque ya estaba hinchado y sensible. Grité contra el cristal. Marcos me agarró la cadera con una mano y el pelo con la otra. Empezó a follarme sin piedad, embestidas largas y secas al principio, luego cada vez más rápidas. El sonido de piel contra piel era obsceno. Cada vez que entraba hasta el fondo me arrancaba un gemido.
—Mira cómo te la comes con el culo —jadeó al oído—. Qué puta estás hecha. Llevas meses mirándome la polla y ahora la tienes enterrada hasta las pelotas.
—Sí… joder, sí… rómpeme… —conseguí articular entre embestidas—. Quiero que me dejes el culo abierto y lleno otra vez.
Me sacó casi del todo y volvió a clavar. Cambió el ángulo. Ahora rozaba algo dentro que me hacía ver estrellas. Metió la mano por delante y me frotó el clítoris con dos dedos rápidos mientras me follaba el culo. El doble estímulo me volvió loca. Empujé hacia atrás, buscando más profundidad. Mis tetas se aplastaban contra el espejo. El aliento empañaba el cristal. Él me mordió el hombro, no fuerte, solo lo suficiente para marcar.
—Me voy a correr otra vez dentro —advirtió—. Quiero verte bajar la leche otra vez.
—Hazlo. Lléname. Quiero sentirte pulsar.
Aceleró. Las embestidas se volvieron cortas, brutales, profundas. Yo apreté el ano a propósito alrededor de su grosor y él maldijo. Se enterró hasta el fondo, se quedó quieto un segundo y sentí los chorros calientes otra vez, más espesos, llenándome. Pulsaba dentro de mí. Cada latido me lo marcaba. Cuando terminó de correrme se quedó clavado, respirando agitado contra mi nuca. Yo temblaba, el segundo orgasmo todavía retorciéndome el vientre porque sus dedos no habían parado de frotarme.
Sacó la polla despacio. El vacío me hizo gemir. Me giré y me arrodillé delante de él sin que me lo pidiera. La verga estaba semi-blanda, brillante de semen y de mis jugos. La tomé con las dos manos y la limpé con la lengua, saboreando el sabor salado y amargo de los dos. Él me miraba desde arriba, pasándome los dedos por el pelo con una ternura sucia.
—Qué buena eres chupando lo que te dejo dentro —murmuró.
Le sonreí con la boca ocupada. Cuando estuvo limpia me levanté. Las piernas me flaqueaban. El semen volvía a resbalar por el interior de mis muslos. Me subí las bragas de encaje —ahora empapadas y inútiles— y me bajé la falda. Marcos se subió el tanga negro que le había vendido, la tela marcando todavía la forma de su polla húmeda. Nos miramos en el espejo. Los dos despeinados, sudados, con esa cara de haber follado de verdad.
Él me besó. Fue el primer beso de verdad. Lengua lenta, sabiendo a sexo. Me apretó contra la pared una vez más, la mano en mi culo todavía sensible.
—La próxima vez lo hacemos en tu casa —dijo—. Quiero follarte en una cama de verdad y oírte gritar sin la cortina.
—Vendrás —contesté—. Y te voy a montar yo hasta que no puedas más.
Nos ordenamos lo justo. Él se abotonó la camisa. Yo me peiné con los dedos. Abrí la cortina un palmo. La boutique seguía en silencio. Ningún cliente. Salimos del probador como si nada. Marcos pagó el tanga en la caja con una sonrisa torcida. Nuestros dedos se rozaron al darle el cambio. Se fue con la bolsa pequeña y la promesa clara en la mirada.
Me quedé sola detrás del mostrador. El culo me ardía de la forma más deliciosa. Cada paso me recordaba lo grueso que había estado dentro. Me toqué por encima de la falda y sentí la humedad que todavía me bajaba. Sonreí para mis adentros.
Lo que Marcos no sabía —y nunca iba a saber aquella tarde— era que yo había cerrado con llave la puerta principal de la boutique diez minutos antes de que él entrara al probador. Había colgado el cartel de «cerrado por inventario» y apagado la luz de la vitrina. Nadie podía entrar. Nadie nos iba a interrumpir. Yo lo había planeado así desde que lo vi cruzar la acera.
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