Vendimia con la Madre de mi Mejor Amigo
Durante la vendimia, Lorenzo seduce a la madrastra de su mejor amigo.
El sol de septiembre me pegaba en la nuca como una mano caliente mientras yo, Lorenzo, de veintidós años, cortaba racimos de uva tinta en la parcela más alejada de la finca. El aire olía a mosto y a tierra reseca. Marcos y el resto de la familia trabajaban tres hileras más allá, lo bastante lejos para que solo se oyeran risas sueltas y el ruido de las tijeras. Yo estaba solo con Laura.
Laura, cuarenta y ocho años, divorciada, madre de mi mejor amigo. Voluptuosa de verdad: caderas anchas, cintura todavía marcada, y esas tetas enormes que se le movían bajo la blusa blanca de lino cada vez que se agachaba. Siempre me había tratado con un cariño excesivo: besos en la mejilla que duraban un segundo de más, manos en el hombro que se demoraban. Desde adolescente me había puesto duro con solo oler su perfume. Ahora, sudados los dos bajo ese sol de mierda, la prohibición se sentía como un tercer cuerpo entre nosotros.
—Pásame el cajón, Lorenzo —dijo ella, y su voz salió ronca por el calor.
Me acerqué. Al entregárselo, el dorso de mi mano rozó el lateral de su pecho. No fue del todo accidental. Ella no se apartó. Me miró por encima del hombro, los labios entreabiertos, una gota de sudor bajándole por el escote hasta perderse entre esas tetas que yo había imaginado mil veces desnudas.
—Qué calor hace hoy —murmuró, y se pasó la lengua por el labio inferior—. Y qué callados estamos los dos.
Seguimos cortando. Cada vez que nos cruzábamos entre las cepas, sus dedos rozaban mi brazo, mi espalda, el borde de mi camiseta empapada. Yo le devolvía el roce en la cadera, en la curva de su culo bajo la falda corta de tela fina. El bulo se me endurecía contra el pantalón corto y no hacía nada por disimularlo. Ella lo vio. Sus ojos bajaron, se quedaron ahí un segundo de más, y cuando volvieron a los míos había algo sucio y consentido.
Al llegar al final de la hilera nos detuvimos a la sombra de un olivo viejo. Laura se limpió la frente con el dorso de la mano y soltó una risa baja, casi nerviosa.
—Siempre me has gustado más de lo que debería, ¿sabes? —dijo de golpe, mirándome fijo—. Desde que tenías dieciocho y venías a casa a estudiar con Marcos. Me corría pensando en ti. Años fantaseando con la polla del mejor amigo de mi hijo. Qué vergüenza, ¿verdad?
El corazón me dio un vuelco. El sudor me picaba en los ojos. Tragué saliva y respondí con la misma honestidad bruta que ella acababa de soltar:
—Yo te deseo desde antes. Desde que te veía en bata por las mañanas en vuestra casa. Me corría en el baño imaginándome entre tus piernas, Laura. Siempre supe que era una putada de la hostia porque eres su madre.
Ella soltó una risa más profunda, se acercó y posó ambas manos abiertas sobre mi pecho sudado. Los dedos se abrieron entre el algodón pegado a la piel, rozaron mis pezones duros, bajaron por el abdomen hasta el borde del pantalón.
—Entonces estamos jodidos los dos —susurró—. Porque si Marcos se entera de esto, se acaba todo.
Le agarré las muñecas y las guié más abajo un segundo, para que sintiera lo dura que la tenía. Después subí las manos y le palmé las tetas por encima de la blusa. Eran pesadas, calientes, los pezones se le marcaban como monedas. Ella jadeó y se arqueó contra mis palmas.
—Tócamelas de verdad —pidió.
Desabroché dos botones. El sujetador era de encaje blanco, ya empapado. Introduje los dedos por encima de la tela y le apreté la carne blanda, le pellizqué un pezón hasta hacerla morderse el labio. El roce “accidental” se había acabado. Esto era deliberado, mutuo, y sabíamos perfectamente que destruiría la amistad con su hijo si alguien nos pillaba.
—La caseta —dijo ella de pronto, mirando hacia el cobertizo de herramientas al final de la parcela—. Ahora.
Entramos. El olor a madera, a aceite y a uva fermentada nos envolvió. Apenas cerré la puerta con el pestillo, Laura se dejó caer de rodillas sobre el suelo de tierra apisonada. Me bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón. Mi polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Ella la miró como si fuera un trofeo prohibido y la engulló de un solo movimiento.
—Joder, Laura… —gemí, agarrándole el pelo.
Se la tragó hasta el fondo. La garganta se le abrió y su nariz rozó mi pubis. Chupaba con ansia de años guardados, saliva espesa bajándole por la barbilla, ojos de puta prohibida clavados en los míos mientras me mamaba. Usaba la lengua en la vena de abajo, apretaba con los labios en la subida, y cada vez que llegaba al fondo hacía un ruido húmedo y obsceno. Yo le follaba la boca con embestidas cortas. Ella no se quejaba; al contrario, se tocaba el coño por debajo de la falda mientras me chupaba.
Cuando sentí que me iba a correr demasiado pronto la levanté, la giré y la empujé contra la pared de madera. Le subí la falda hasta la cintura. No llevaba bragas. El coño maduro estaba afeitado, hinchado, goteando. Le di una nalgada seca en el culo ancho y ella gritó ahogado.
—Métela ya, Lorenzo. Fóllame como me has imaginado.
La agarré de las caderas y me enterré de un solo empujón. Estaba caliente, apretada a pesar de los años, y se le cerró alrededor de la polla como si quisiera ordeñarme. Empecé a follarla duro en posición de perrito, el sonido de piel contra piel llenando la caseta. Cada embestida le hacía rebotar las tetas. Le daba nalgadas, le dejaba la marca roja de mi mano, y ella gemía:
—Más fuerte… así, joder, fóllame más fuerte que soy la puta de tu amigo… lléname…
Sudábamos a mares. El olor a sexo se mezclaba con el de la vendimia. Saqué la polla solo para meterla de nuevo hasta el fondo y sentir cómo se le abría el coño. Le alcancé por delante y le froté el clítoris con dos dedos. Laura temblaba, se corría una primera vez apretándome la polla con espasmos fuertes, mojándome los huevos.
La giré otra vez, me senté en el banco de trabajo y la subí encima. Ella se impaló sola, bajando hasta sentarme completo dentro. Empezó a cabalgarme con las piernas abiertas, las tetas enormes rebotándole en la cara. Las agarré, las chupé, les di dentelladas suaves en los pezones mientras ella subía y bajaba con fuerza, el coño haciendo ruidos húmedos cada vez que me tragaba entero.
—Me voy a correr dentro —avisé entre dientes.
—Hazlo. Lléname el coño, nene. Quiero sentirte.
Cabalgó más rápido, desesperada. Yo le agarré las caderas anchas y empujé hacia arriba al mismo tiempo. El orgasmo nos pilló juntos: ella se arqueó, gritó mi nombre en voz baja, el coño contrayéndose a mi alrededor en oleadas. Yo le disparé tironazos espesos de semen caliente, llenándoselo hasta que sentí cómo se me desbordaba un poco por los lados y le bajaba por el muslo. Seguí corneándola despacio mientras terminábamos, hasta que no quedó nada.
Nos quedamos así un rato, respirando agitados, mi polla todavía dentro, blanda y resbaladiza. Laura me tomó la cara entre las manos y me besó con una ternura que contrastaba con lo salvaje de hacía un minuto. Lengua lenta, labios hinchados, sabor a uva y a sexo.
Me susurró contra la boca, la voz todavía entrecortada:
—Esto será nuestro secreto de la vendimia, Lorenzo. Solo nuestro. Pero no creas que con una vez me voy a conformar… esta noche, cuando todos duerman, quiero que vengas a mi habitación. Quiero que me folles otra vez mientras Marcos está al otro lado del pasillo. ¿Lo harás?
Fuera se oían ya las voces de la familia acercándose. El semen me chorreaba todavía de su coño cuando se bajó la falda y se abrochó la blusa con dedos temblorosos. Yo me subí el pantalón sabiendo que el olor de su coño me iba a acompañar el resto del día, y que la noche apenas empezaba.
Salimos de la caseta justo cuando las voces de Marcos y los tíos se acercaban por el camino de tierra. Laura se pasó la mano por debajo de la falda, se limpió lo que le chorreaba por el muslo interior con un pañuelo que sacó del bolsillo y me miró con esa sonrisa sucia que me volvía loco. Yo aún sentía el pulso en la polla, blanda pero pegajosa dentro del calzoncillo, el olor de su coño impregnándome la piel. Me subí la cremallera, me ajusté la camiseta y salimos como si hubiéramos estado solo recogiendo herramientas.
—¡Eh, vagos! —gritó Marcos desde lejos, riendo—. ¿Os habéis perdido o qué?
Laura levantó la voz, perfecta, sin un temblor:
—Estábamos revisando las tijeras oxidadas. Lorenzo me ha ayudado.
Marcos nos alcanzó, me dio una palmada en la espalda y no notó nada. O eso quise creer. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se iba a oír. Seguimos la vendimia hasta la hora de comer. El sol no daba tregua. Cada vez que Laura se agachaba a dos metros de mí, la falda se le subía un poco más y yo veía el brillo de mi semen secándosele en la piel. Ella lo sabía. Me miraba de reojo y se mordía el labio inferior como si estuviera recordando el sabor de mi polla.
Al mediodía bajamos todos a la casa. La mesa larga bajo la parra, el ruido de platos, el vino de la cosecha anterior. Me senté frente a ella. Marcos a mi lado. Laura me pasó el pan y al hacerlo me rozó los dedos con los suyos, los dejó ahí un segundo de más, los apretó. Debajo de la mesa noté cómo se me volvía a poner dura. Me crucé de piernas. Ella sonrió para sus adentros y empezó a comer despacio, lamiéndose una gota de aceite de la comisura de los labios. Yo no podía dejar de mirarle la boca. Esa misma boca que hacía una hora me había tragado hasta los huevos.
Después de comer, mientras los demás echaban la siesta o se iban a las parcelas más cercanas, Laura se ofreció a llevarme a revisar las cubas del lagar viejo. Marcos se quedó charlando con su tío. Nos alejamos solos por el camino de grava. En cuanto doblamos la esquina del almacén, ella me agarró del brazo y me empujó contra la pared de piedra caliente.
—No puedo esperar a esta noche —susurró contra mi cuello—. Me duele el coño de lo llena que me dejaste y aun así quiero más.
Le metí la mano por debajo de la falda. Estaba empapada otra vez, mi semen y sus jugos mezclados. Le metí dos dedos de golpe y ella jadeó contra mi hombro, mordiéndome la camiseta para no gritar. La follé con los dedos ahí mismo, de pie, rápido, sucio, mientras miraba por encima de su hombro por si alguien aparecía. Ella se corrió en silencio, temblando, apretándome la muñeca con fuerza, mojándome la mano hasta la muñeca. Cuando saqué los dedos se los metí en la boca y los chupó enteros, mirándome a los ojos como una puta hambrienta.
—Esta noche te voy a dejar las tetas moradas de chupártelas —le dije al oído—. Te voy a follar despacio primero, para que oigas cómo te entra la polla, y después te voy a dar tan fuerte que Marcos va a pensar que te estás ahogando en sueños.
Ella se rio bajito, se limpió la boca con el dorso de la mano y se acomodó la ropa.
—Prométemelo, Lorenzo. Quiero despertarme con tu leche otra vez dentro.
Volvimos a trabajar. La tarde se hizo eterna. Cada roce accidental se convertía en una tortura deliberada. Cuando le pasaba un cajón le rozaba el culo con la muñeca. Cuando ella me daba una botella de agua me dejaba los dedos en el pecho más tiempo del necesario. Una vez, al agacharme a recoger un racimo caído, ella se puso detrás de mí fingiendo recoger también y me apretó la polla dura a través del pantalón con toda la mano, me la apretó y me la soltó en un segundo, como si nada. Me costó no gemir. Marcos estaba a diez metros y no vio nada. O no quiso verlo.
Al caer la tarde cargamos las últimas cajas. La familia se duchaba por turnos. Yo me duché el último, me jaboné la polla recordando cómo me había cabalgado Laura, cómo se le habían abierto las tetas en mi cara, y me tuve que apretar la base para no correrme solo en la ducha. Salí con la toalla alrededor de la cintura. En el pasillo me crucé con ella. Llevaba solo una bata de seda fina, abierta lo justo para que se le viera el valle profundo entre las tetas. Se detuvo, miró hacia la puerta de Marcos —cerrada, con la luz apagada— y me agarró la polla a través de la toalla.
—Estoy afeitada y perfumada —me susurró—. Y sin bragas. La puerta no la voy a cerrar del todo. Entras cuando oigas que todo el mundo ronca. Y si te pillan… te inventas cualquier mierda. Pero no me dejes plantada, Lorenzo. Necesito esa polla otra vez.
Me besó en la comisura de los labios, rápido, y desapareció en su habitación. Yo me metí en la mía, me tiré en la cama en calzoncillos y me toqué despacio, sin correrme, solo manteniéndome duro, escuchando los ruidos de la casa apagándose: el grifo del baño, las risas lejanas, el crujido de las camas, y por fin el silencio pesado de la madrugada.
Me levanté descalzo. El pasillo olía a cera y a uva. La puerta de Marcos estaba cerrada. La de Laura, entreabierta un palmo. Entré. La luz de la luna entraba por la ventana abierta. Ella estaba sentada al borde de la cama, la bata abierta del todo, las piernas abiertas, tocándose el coño con dos dedos mientras me miraba. Las tetas enormes caían pesadas, los pezones duros y oscuros. Me bajé los calzoncillos. Mi polla saltó libre, ya goteando otra vez.
—Cierra con llave —me dijo en voz muy baja—. Esta vez no quiero prisa.
Cerré. Me arrodillé entre sus muslos y le aparté la mano para chuparle el coño directamente. Sabía a sexo de la tarde, a mi leche antigua, a ella. Le metí la lengua hasta el fondo, le chupé el clítoris hinchado mientras ella se agarraba a mi pelo y jadeaba contra el dorso de su propia mano. Cuando la tuve temblando al borde, me levanté, la tumbé de espaldas y me metí dentro de un solo empujón lento. Esta vez no había madera ni tierra; había sábanas limpias y el riesgo de que cualquier ruido despertara a su hijo al otro lado del pasillo. Empecé a follarla despacio, profundo, sacándola casi entera y volviendo a enterrármela hasta que los huevos le golpeaban el culo. Ella me miraba a los ojos, la boca abierta, sin hablar, solo gimiendo en silencio.
—Más hondo —susurró apenas—. Quiero sentirte en el estómago.
Le agarré las piernas, se las subí a los hombros y empujé más fuerte. El coño se le cerraba alrededor de mí como un puño mojado. Le chupé un pezón, lo mordí suave, lo dejé marcado. Ella se arqueó y se corrió otra vez, el coño apretándome en oleadas, y yo tuve que morderme el labio para no gritar. Seguí follándola, ahora más rápido, el sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo llenando la habitación. Fuera, en el pasillo, crujió una tabla. Los dos nos quedamos quietos un segundo, yo enterrado hasta el fondo, ella con las uñas clavadas en mi espalda. El ruido no se repitió. Seguí. Más fuerte. Más profundo.
La giré de lado, me puse detrás y se la metí otra vez mientras le manoseaba las tetas con las dos manos, apretándolas, pellizcándole los pezones. Ella empujaba el culo hacia atrás, buscando más.
—Me voy a correr otra vez dentro —le dije al oído—. Quiero que duermas con mi leche chorreándote hasta mañana.
—Hazlo… joder, hazlo ya…
Empujé tres, cuatro veces más y me corrí con un gemido ahogado contra su cuello, disparándole tironazos calientes que le llenaron el coño hasta que sentí cómo se me desbordaba otra vez y le bajaba por el muslo hasta la sábana. Seguí moviéndome despacio, ordeñándome dentro de ella, hasta que no quedó nada. Nos quedamos así, unidos, sudados, escuchando si la casa seguía en silencio.
Laura se giró lo justo para besarme la boca, lenta, profunda.
—Mañana —susurró contra mis labios— hay que seguir con la vendimia. Y yo quiero que me folles otra vez en el lagar, con la puerta solo echada, sabiendo que cualquiera puede entrar. ¿Me lo vas a dar, Lorenzo? ¿O te vas a acobardar ahora que ya me tienes llena dos veces?
Mi polla, todavía dentro, dio un espasmo. El miedo y la excitación se me mezclaban en la sangre. Fuera, en la habitación de al lado, Marcos tosió una vez en sueños. Yo no saqué la polla. Todavía no.
No saqué la polla. Todavía no. Seguía dentro de ella, blanda y resbaladiza, sintiendo cómo mi leche se le escapaba a hilos calientes por el muslo y manchaba la sábana. Laura me apretó el culo con las uñas y se quedó quieta, escuchando. Marcos tosió otra vez al otro lado del pasillo, se removió en la cama y después volvió el silencio espeso de la madrugada. El corazón me martilleaba contra su espalda. El olor a sexo y a perfume barato de ella llenaba la habitación. Me besó el hombro sin girarse del todo.
—Quédate un rato más —susurró—. Quiero sentirla ablandarse dentro. Quiero que se te quede el olor de mi coño en la polla cuando vuelvas a tu cama.
Me quedé. Le manoseé una teta pesada con lentitud, le pellizqué el pezón hasta dejarlo duro otra vez, y ella se frotó el culo contra mí en círculos mínimos. Mi polla empezó a engordar de nuevo a pesar del cansancio. No llegué a ponérmela del todo dura; solo lo suficiente para que ella sintiera el pulso. Cuando por fin salí, un hilo grueso de semen me unió a su coño un segundo. Me arrodillé, le abrí los labios con los pulgares y la chupé limpia, lamiendo mi propia leche mezclada con sus jugos hasta que ella se mordió el puño para no gemir. Sabía a pecar. A vendimia y a traición.
Me vestí en silencio, le di un último beso en el clítoris hinchado y salí al pasillo descalzo. La puerta de Marcos seguía cerrada. Me metí en mi habitación con la polla pegajosa y el corazón a mil. No pude dormir. Me toqué despacio recordando cómo se le había abierto el coño al final, cómo me había pedido que la follara en el lagar al día siguiente con la puerta solo echada. Me corrí otra vez en la sábana, callado, imaginándome el ruido de pasos acercándose mientras yo la empotraba.
Al amanecer el sol ya quemaba. Bajamos todos a las parcelas. Laura llevaba otra falda corta, esta vez de tela más fina, y una camiseta blanca sin sujetador. Se le marcaban los pezones cada vez que el viento la pegaba al pecho. Marcos bromeaba a mi lado, me contaba una historia de la discoteca del pueblo, y yo asentía sin oírle porque solo pensaba en el semen que aún le chorreaba a su madre por dentro. Cada vez que ella se agachaba a cortar un racimo, la falda se le subía y yo veía el brillo entre sus muslos. Me pasaba la lengua por los labios y ella lo notaba. Me devolvía la mirada sucia por encima del hombro.
A media mañana nos separamos un poco. Yo cargaba cajas hacia el lagar viejo, esa construcción de piedra al final del camino, con las cubas de madera y el olor a mosto fermentado. Laura apareció detrás de mí con un cajón vacío. Entramos. Marcos y los tíos estaban a doscientas metros, gritando y riendo. Ella echó la puerta, pero no la cerró del todo: la dejó entreabierta un palmo, exactamente como había prometido. La luz entraba en franjas. El calor dentro era sofocante.
—Aquí —dijo, ya quitándose la camiseta—. Quiero que me folles sabiendo que pueden entrar en cualquier momento.
Se quedó en pelotas de la cintura para arriba. Las tetas enormes caían pesadas, marcadas todavía por mis chupetones de la noche. Me bajó el pantalón, se arrodilló en el suelo de cemento manchado de uva y me metió la polla entera de un golpe. Chupaba con prisa y con hambre, saliva espesa bajándole por el pecho, ojos clavados en la rendija de la puerta. Cada vez que se oía una voz lejana se quedaba quieta con la garganta llena de mí, y el miedo me la ponía todavía más dura. Le agarré el pelo y le follé la boca con embestidas cortas hasta que se le escapó un quejido ahogado.
La levanté, la giré contra una cuba vacía y le subí la falda. Otra vez sin bragas. El coño estaba hinchado, abierto, todavía resbaladizo de la noche anterior. Me enterré de un solo empujón. Estaba más caliente y más floja que ayer, pero se me cerró alrededor como si quisiera ordeñarme otra vez. Empecé a follarla fuerte, el sonido de piel contra piel resonando en las paredes de piedra. Cada embestida le hacía rebotar las tetas contra la madera. Ella gemía bajito, mordiéndose el brazo.
—Más… joder, Lorenzo, más hondo… quiero que me dejes coja…
Le di nalgadas secas que le dejaron la marca roja. Le alcancé por delante y le froté el clítoris con dos dedos mientras la empotraba. Se corrió rápido, el coño contrayéndose en espasmos que me arrancaron un gemido. Fuera se oyeron pasos de grava. Nos quedamos clavados, yo enterrado hasta los huevos, ella temblando. Los pasos pasaron de largo. Seguí. Más bruto. La saqué, la giré, la senté en el borde de la cuba y se la metí de frente, mirándola a la cara. Le chupé un pezón hasta dejarlo morado, le mordí el otro. Ella me abrazó con las piernas y me empujó más adentro con los talones.
—Me voy a correr dentro otra vez —le dije entre dientes—. Quiero que bajes a comer con mi leche chorreándote por las piernas mientras te sientas al lado de tu hijo.
—Hazlo… lléname, nene… quiero oler a ti todo el día…
Cabalgó desde abajo, desesperada. Yo le agarré las caderas anchas y empujé hacia arriba. El orgasmo me subió desde los huevos como una descarga. Le disparé tironazos espesos, llenándoselo hasta que sentí el desborde caliente bajarle por el culo y gotear al suelo de cemento. Ella se corrió otra vez al sentirlo, apretándome la polla con fuerza, la boca abierta en un grito silencioso. Seguimos moviéndonos despacio, mojados, el olor a semen y a mosto mezclándose.
Pasos otra vez. Más cerca. Sacamos la polla de un tirón. Laura se bajó la falda a toda prisa, se puso la camiseta sin limpiarse. Yo me subí el pantalón con la polla todavía goteando. La puerta se abrió del todo. Era el tío de Marcos.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó, mirando las cubas—. Necesito una llave inglesa.
Laura sonrió perfecta, el sudor brillándole en el escote, un hilo de mi leche bajándole por dentro del muslo que el tío no vio.
—Estábamos revisando si había que vaciar esta —mintió sin pestañear—. Lorenzo me ayuda.
El tío cogió la herramienta y se fue. Nos quedamos solos un segundo más. Ella me pasó la mano por debajo del pantalón, me apretó la polla blanda y pegajosa, y me susurró al oído:
—Esta noche no me voy a conformar con la cama. Quiero que me folles en el baño de la casa, con la ducha puesta para que no se oiga, mientras Marcos está viendo la tele en el salón. Y mañana… mañana te voy a chupar la polla debajo de la mesa del almuerzo, con todo el mundo sentado. ¿Me lo vas a dar, Lorenzo? ¿O ya te da miedo de verdad?
Mi polla dio un latido traicionero. El miedo me sabía dulce. Salimos del lagar juntos. El sol de mediodía nos pegó en la cara. Marcos nos vio desde lejos y levantó la mano saludando. Yo levanté la mía. El semen de Laura se me secaba en la piel y yo ya estaba contando las horas para la noche, sabiendo que cada vez el riesgo era mayor y que yo no iba a parar.
El semen de Laura se me secaba en la piel y yo ya estaba contando las horas para la noche, sabiendo que cada vez el riesgo era mayor y que yo no iba a parar. Seguimos la vendimia hasta que el sol bajó y el cansancio nos pesó en los hombros. Marcos no paraba de hablar de la fiesta del pueblo, de una chica que le había guiñado el ojo, y yo asentía con la cabeza mientras miraba a Laura doblarse a recoger el último cajón. La falda se le pegaba al culo sudado y yo sabía que por dentro todavía le resbalaba mi leche de la mañana. Me pasé la lengua por los dientes y ella me pilló la mirada, se mordió el labio y se acomodó la camiseta para que se le marcaran más los pezones.
En la casa el ambiente era de siempre: risas, el olor a tomate frito, el vino tinto de la cosecha pasada llenando las copas. Me senté otra vez frente a ella. Debajo de la mesa me rozó el pie descalzo por la pantorrilla, subió hasta la entrepierna y me aplastó la polla ya dura con la planta del pie. La tuve apretada así mientras comíamos, yo intentando no hacer una mueca, ella charlando con su cuñado de los grados de azúcar de la uva. Cuando el pie se retiró, me dejó temblando. Marcos me pasó el pan y me dio una palmada en el hombro.
—Estás raro hoy, tío. ¿Te ha pegao el sol?
—Solo cansancio —mentí, y sentí cómo Laura me miraba por encima del borde de la copa, divertida, sucia.
Después de cenar nos instalamos en el salón. Marcos puso la tele, un partido cualquiera, el volumen alto. Los tíos se retiraron pronto. Laura se levantó, se estiró de forma deliberada para que se le subiera la camiseta y se le viera la barriga blanda, y dijo en voz alta:
—Me voy a duchar. Estoy hecha un asco de mosto.
Me miró un segundo de más y desapareció pasillo arriba. El corazón me golpeaba las costillas. Marcos estaba tumbado en el sofá, los pies en la mesa, gritando a un árbitro. Conté hasta sesenta. Me levanté, dije que iba a por agua y subí las escaladas descalzo, el suelo de madera crujiendo bajo mis pies. El baño estaba al fondo, la puerta entreabierta, el ruido de la ducha ya corriendo. Entré. Cerré con pestillo. El vapor llenaba el cuarto pequeño. Laura estaba detrás de la cortina de plástico, desnuda, el agua cayéndole por las tetas enormes, por el vello del pubis que se le había vuelto a dibujar un poco, por los muslos donde aún se le veían restos secos de semen.
—Date prisa —susurró, apartando la cortina—. Que no se le ocurra subir a mear.
Me quité la ropa en dos segundos. Mi polla saltó dura, ya goteando. Entramos bajo el chorro. El agua caliente nos pegaba en la espalda. La empujé contra azulejos fríos, le abrí las piernas con la rodilla y le metí dos dedos de golpe. Estaba empapada, caliente, abierta. Jadeó contra mi cuello y me mordió el hombro para no gritar. La follé con los dedos rápido, sucio, el pulgar en el clítoris, mientras el agua se llevaba el sudor y el olor a uva. Ella me agarró la polla con las dos manos y me la masturbó apretada, tirándome de la piel hacia adelante.
—Métela ya —pidió—. Quiero que me folles aquí, con el ruido del agua, sabiendo que tu amigo está abajo.
La giré de espaldas, le separé las nalgas anchas y me enterré de un empujón. El coño me tragó entero, caliente y resbaladizo. Empecé a embestir fuerte, el sonido de la piel mojada contra piel ahogado por el chapoteo de la ducha. Cada embestida le hacía rebotar las tetas contra el azulejo. Le agarré una con la mano izquierda, se la apreté hasta que el pezón se me escapó entre los dedos, y con la derecha le froté el clítoris en círculos rápidos. Ella empujaba el culo hacia atrás, buscando más profundidad, y gemía bajito, ahogado:
—Así… joder, Lorenzo… más duro… que se me note mañana al caminar…
Le di nalgadas mojadas que sonaron sordas. Le mordí el hombro, le chupé el cuello dejándole una marca morada que tendría que tapar. El riesgo me ponía loco: abajo se oía la tele, la voz de Marcos maldiciendo a un delantero. Si se callaba el partido, si subía… Me la follé más bruto solo de pensarlo. Saqué la polla casi del todo y se la volví a clavar hasta que los huevos le golpearon el coño. Ella se corrió primero, el coño apretándome en oleadas fuertes, las piernas temblándole, un gemido largo que ahogó contra su propio brazo. Yo seguí. Más rápido. El agua se nos metía entre los cuerpos, resbaladiza.
La giré otra vez, la levanté un poco y se la metí de frente, con las piernas abiertas alrededor de mi cintura. Las tetas me golpeaban la cara. Las chupé, las mordí, les dejé la piel roja de chupetones nuevos. Ella me miraba a los ojos, la boca abierta, el pelo pegado a la cara.
—Córrete dentro otra vez —susurró—. Quiero bajar al salón con tu leche chorreándome mientras me siento al lado de Marcos y finjo que veo el puto partido.
Eso me mandó al borde. Empujé tres veces más, profundo, y me corrí con un gruñido ahogado contra su pecho, disparándole tironazos calientes que le llenaron el coño hasta que sentí el desborde bajándole por el muslo y mezclándose con el agua de la ducha. Ella se corrió otra vez al sentirlo, apretándome, las uñas clavándoseme en la espalda. Nos quedamos así, unidos, el chorro cayéndonos encima, respirando agitados. Mi polla seguía dentro, dando espasmos, vaciándose del todo.
Fuera, en el pasillo, crujió una tabla. Los dos nos helamos. Pasos. Marcos. La voz de él, cercana:
—¿Mamá? ¿Estás bien? Llevas un rato.
Laura se aclaró la garganta, la voz perfecta a pesar de mi polla todavía dentro:
—Sí, cariño. Solo me estoy lavando el pelo. Enseguida bajo.
Los pasos se alejaron. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se iba a oír a través de la puerta. Saqué la polla despacio. Un hilillo blanco me unió a su coño un segundo antes de que el agua se lo llevara. Me arrodillé bajo el chorro y le chupé el clítoris hinchado, lamiendo lo que quedaba de mi semen mezclado con sus jugos, hasta que ella se agarró a mi pelo y tembló otra vez. Después nos enjabonamos rápido, sin hablar. Ella se puso la bata. Yo me vestí con la ropa húmeda de sudor y vapor. Antes de abrir la puerta me agarró la polla blanda a través del pantalón y me susurró al oído, la voz ronca:
—Mañana en el almuerzo te la chupo debajo de la mesa. Con todo el mundo sentado. Quiero que te corras en mi boca mientras Marcos me pasa la ensalada. Y si te da miedo… mejor no vengas, porque yo lo voy a hacer igual.
Salimos por turnos. Yo bajé primero, me senté otra vez en el sofá con una cerveza fría que no sabía a nada. Marcos me miró de reojo.
—Tardaste. ¿Todo bien?
—Solo cagando —mentí, y me crucé de piernas para esconder la polla que se me volvía a poner dura solo de oír su voz.
Laura bajó cinco minutos después, la bata cerrada, el pelo mojado, una sonrisa tranquila. Se sentó entre nosotros en el sofá, tan cerca que su muslo tocaba el mío. Debajo de la bata no llevaba nada. Lo supe porque cuando se acomodó me rozó la mano y me la guió un segundo bajo la tela, hasta que mis dedos toparon con el coño caliente y resbaladizo, todavía lleno de mí. La retiré antes de que Marcos girara la cabeza. El partido seguía. Yo no veía nada. Solo sentía el pulso en la entrepierna y el olor a jabón y a sexo que me subía de ella.
Cuando apagaron la tele y cada uno se fue a su cuarto, yo me quedé despierto otra vez. Me toqué despacio recordando cómo me había pedido la mamada bajo la mesa, imaginándome su cabeza entre mis piernas mientras todo el mundo hablaba de la vendimia, el riesgo de que alguien se agachara a recoger una servilleta y nos pillara. Me corrí en silencio en la sábana, el semen caliente saliéndome a tironazos, y me limpié con la camiseta. No pude dormir. El miedo me sabía dulce otra vez. Mañana habría más. Mucho más. Y yo iba a dárselo todo, aunque se nos cayera el mundo encima.
El sol de la mañana siguiente ya quemaba cuando bajamos todos a desayunar. Yo apenas había pegado ojo. La polla se me hinchaba solo de recordar la promesa de Laura: su boca bajo la mesa, con Marcos pasándole la ensalada. Ella apareció con otra falda corta de tela fina y una blusa que se le pegaba a las tetas sin sujetador. Se sentó frente a mí otra vez. Debajo de la mesa me rozó el pie descalzo por la pantorrilla y me susurró con los labios apenas moviéndose:
—Hoy te la chupo entera. No te corras hasta que yo diga.
Marcos hablaba de la fiesta del pueblo, de la chica que le había guiñado el ojo. Yo asentía mientras sentía cómo el pie de su madre subía por mi muslo y aplastaba la polla ya dura contra el pantalón. El desayuno se me atragantó. Cada vez que ella se inclinaba a coger pan se le abría un poco más el escote y yo veía el chupetón morado que le había dejado en la ducha. El riesgo me sabía a mosto fermentado.
Trabajamos la mañana entera en las parcelas cercanas. Laura se agachaba a propósito delante de mí, la falda subiéndole hasta enseñarme el coño afeitado y todavía hinchado de la noche. Una vez, al pasarme un cajón, me metió la mano en el bolsillo del pantalón y me apretó los huevos con fuerza, susurrándome al oído:
—Estoy chorreando solo de pensar en tragármela delante de todos.
A mediodía nos sentamos bajo la parra. Mesa larga, platos de tomate y queso, jarras de vino tinto de la cosecha anterior. Marcos a mi izquierda. Laura frente a mí, con su cuñado al lado y los tíos al fondo. El bullicio de cubiertos y risas tapaba cualquier ruido bajo la madera. Empezamos a comer. Yo sentía el pulso en la entrepierna como un martillo. De pronto ella se agachó fingiendo que se le había caído la servilleta. Desapareció de mi vista. Sentí sus manos abriéndome la cremallera con dedos rápidos y expertos. Me sacó la polla dura, ya brillante de precum, y la engulló de un solo movimiento hasta que su nariz rozó mi pubis.
—Joder… —jadeé por lo bajo, agarrando el borde de la mesa.
Nadie miró. Marcos me pasó la ensalada sin apartar la vista del plato.
—Come, tío, que te vas a desmayar con este calor.
Laura chupaba despacio al principio, lengua plana en la vena de abajo, labios apretados en la subida. La saliva le bajaba caliente por el tronco y me mojaba los huevos. Yo intentaba masticar un trozo de pan que sabía a cartón. Ella se la tragaba más hondo cada vez, haciendo ruidos húmedos ahogados por el mantel. Me agarró la base con una mano y me masturbó al ritmo de su boca. El miedo me la ponía de piedra: si alguien se agachaba, si el mantel se levantaba… Ella metió un dedo en su propio coño debajo de la falda y se frotó mientras me mamaba, gimiendo bajito contra mi polla. El sonido vibró hasta mis huevos.
Marcos se rio de un chiste del tío. Laura aprovechó para sacarse la polla de la boca, lamerla entera de abajo arriba y susurrarme tan bajo que solo yo oí:
—Córrete en mi garganta. Ahora. Quiero tragarla mientras tu amigo me mira la cara.
Me agarró las caderas y se la hundió hasta el fondo. La garganta se le abrió y me ordeñó con contracciones rítmicas. No pude aguantar. El orgasmo me subió como una descarga. Le disparé tironazos espesos directo a la garganta, llenándosela mientras ella tragaba con avidez, sin dejar escapar ni una gota. Se quedó quieta con la boca llena, respirando por la nariz, hasta que me vacié del todo. Después me lamió limpio, me metió la polla blanda otra vez en los pantalones y subió a su sitio como si nada. Se limpió la comisura de los labios con el dedo, se lo chupó y me miró a los ojos mientras Marcos le preguntaba si quería más vino.
—Sí, cariño —respondió con voz perfecta—. Estoy sedienta.
El resto de la comida fue una tortura. Yo temblaba, el semen todavía saliéndome a hilos dentro del calzoncillo. Ella me sonreía por encima de la copa, los labios hinchados, y debajo de la mesa me apretó el pie contra la entrepierna otra vez, como premiándome.
Cuando todos se levantaron para la siesta, Laura me hizo una seña con la cabeza hacia el lagar. Nos alejamos solos. Entramos. Esta vez cerró la puerta con pestillo. Se quitó la blusa de un tirón, las tetas enormes cayendo libres, pezones duros y marcados. Me empujó contra la cuba y me bajó los pantalones.
—Ahora me vas a follar de verdad —dijo, la voz ronca de haber tragado—. Quiero que me dejes el coño destrozado antes de que baje Marcos.
La giré, le subí la falda y le di una nalgada seca que le dejó la marca roja. Estaba empapada, los labios hinchados y brillantes. Me enterré de un solo empujón. El coño me tragó entero, caliente y resbaladizo de sus jugos. Empecé a embestir fuerte, el sonido de piel contra piel llenando el lagar. Cada embestida le hacía rebotar las tetas. Le agarré el pelo y la forcé a mirar hacia la puerta cerrada.
—Imagina que entran ahora —le gruñí al oído—. Que Marcos te ve con mi polla hasta el fondo.
Ella se corrió al oírlo, el coño apretándome en espasmos violentos, mojándome los huevos. Seguí. Más bruto. La saqué, la tumbé de espaldas sobre unos sacos de yute y se la metí de frente, las piernas abiertas hasta casi partirla. Le chupé un pezón hasta dejarlo morado, le mordí el otro. Ella me abrazó con las piernas y me empujó más hondo con los talones.
—Lléname otra vez… joder, Lorenzo, lléname el coño hasta que me chorree por las piernas delante de todos…
Empujé profundo tres, cuatro veces y me corrí con un gemido ahogado, disparándole chorros calientes que le llenaron hasta desbordarse y bajarle por el culo hasta los sacos. Ella se arqueó y se corrió otra vez al sentirlo, las uñas clavándoseme en la espalda. Nos quedamos unidos, sudados, mi polla dando los últimos espasmos dentro de ella, el semen escapándosele a hilos gruesos.
Respirábamos agitados. Laura me besó la boca, lenta, saboreando todavía su propio sabor mezclado con el mío.
—Esta noche… —empezó a susurrar.
La puerta del lagar se abrió de golpe. Marcos estaba ahí, la cara pálida, los ojos clavados en nosotros: yo todavía dentro de su madre, el semen chorreándole por el muslo, las tetas de ella al aire y marcadas de mis dientes.
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