Dare en la Azotea: Su Primer Deseo a Medianoche

Ana, la oficinista de 24 años, se arrodilla por primera vez en la azotea y le pide a Félix, el mecánico de 28, que la desvir

11 min read September 21, 2026New

La azotea olía a alquitrán caliente y a noche de ciudad. Ana, oficinista de veinticuatro años, se apoyó en la barandilla oxidada y miró las luces parpadeantes allá abajo. El grupo de amigos se había ido hacía media hora, después del reto tonto: «Quedaos los dos y haced algo que nunca haríais». Solo quedaban ella y Félix, el mecánico de veintiocho que vivía dos pisos más abajo. Se conocían desde hacía meses. Se cruzaban en el ascensor, se sonreían en la lavandería, se tiraban piropos inocentes que siempre terminaban en risas. Pero esa noche la tensión era otra. Ana notaba el pulso en la garganta.

—¿Te arrepientes de quedarte? —preguntó Félix, con las manos en los bolsillos del pantalón de trabajo manchado de grasa.

—No —dijo ella. La voz le salió más baja de lo que pretendía—. Llevo meses pensando en esto. En ti. Y… nunca he estado con nadie. De verdad. Ni un beso con lengua, ni manos debajo de la ropa. Nada. Esta noche me siento valiente. Quiero explorar mi primer deseo contigo.

Él se acercó. El aire nocturno le removía el pelo corto. Ana sintió el calor de su cuerpo a escasos centímetros. Sentados en el borde de la azotea, con el ruido lejano de coches y el brillo naranja de la ciudad a sus espaldas, ella se atrevió.

—El reto decía un beso —susurró—. Dame un beso, Félix.

Él no dudó. Tomó su cara con las dos manos y la besó. Empezó suave, labios secos rozándose, pero en segundos se volvió profundo y hambriento. Su lengua entró en la boca de Ana, caliente, insistente. Ella gimió contra sus labios, abriendo más, chupándole la lengua como si hubiera estado esperando años. Las manos de Félix bajaron a su cintura, subieron por la espalda, sintiendo la cremallera del vestido ligero de verano. Las de Ana se aferraron a su pecho duro, a los hombros anchos, y luego bajaron hasta notar el bulto que ya se marcaba en el pantalón.

—Quiero que seas el primero —le susurró al oído cuando se separaron a tomar aire—. Que me desvirgues aquí, esta noche. Por favor.

Félix respiraba agitado. Le acarició la mejilla con el pulgar.

—Ana, ¿estás segura? De verdad. Podemos parar cuando quieras.

—Sí. Estoy segura.

—Dímelo otra vez. Quiero oírlo.

—Quiero que me folles. Quiero tu polla dentro de mí por primera vez. Sí, mil veces sí.

Él la besó otra vez, más duro, y las manos ya no pedían permiso. Le apretó los pechos por encima de la tela, le pellizcó los pezones duros. Ana le desabrochó el cinturón con torpeza, le bajó la cremallera y metió la mano. Sacó su verga gruesa, pesada, ya goteando por la punta. Era más grande de lo que había imaginado en sus fantasías solitarias. La rodeó con los dedos y notó cómo latía.

Se arrodilló sobre el suelo de cemento caliente. El vestido se le subió por los muslos. Miró hacia arriba, a los ojos oscuros de Félix, y lamió la cabeza de su polla por primera vez. El sabor salado le llenó la boca. Chupó torpe, entusiasta, metiendo solo la punta y luego intentando más. Babeó por la base, usó la mano para subir y bajar mientras succionaba. Félix le acarició el pelo, le sujetó la nuca con suavidad.

—Joder, Ana… así, chúpala bien. Eres una putita natural aunque sea tu primera vez.

Ella gimió alrededor de su verga, salivando más, bobando la cabeza con ganas. La lengua le daba vueltas al glande, bajaba por la vena gruesa, chupaba los huevos pesados. Se atragantó un poco al intentar tragarla entera y eso solo la excitó más. La polla le golpeaba la garganta y ella quería más.

Félix la levantó con cuidado, la puso de espaldas contra la barandilla. El metal frío le rozó las nalgas. Le levantó el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas negras y se arrodilló él. Abrió los labios de su coño virgen con los dedos. Estaba empapada, rosada, temblando. Lamió de abajo arriba, largo y lento, saboreando su jugo. Ana se agarró a la barandilla y gritó bajo.

—Ah… Félix… joder…

Él le chupó el clítoris hinchado, le metió la lengua dentro del agujero apretado, la folló con la boca hasta que las piernas de Ana temblaron. Dos dedos entraron despacio, estirándola, preparándola. Ella se corrió contra su cara con un gemido ahogado, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos, chorreando.

—Estoy lista —jadeó—. Métela. Quiero sentirte.

Félix se puso de pie, le alzó un muslo y frotó la punta gruesa de su polla contra la entrada mojada. Entró despacio, centímetro a centímetro. Ana era una puta estrecha, virgen, el coño le chupaba la verga como si no quisiera soltarla. Ella se mordió el labio, ojos abiertos de par en par, sintiendo cómo la abría por primera vez.

—Más… no pares… sí, estoy segura, fóllame.

Empezó lento, embestidas profundas que le llegaban al fondo. El ruido de sus cuerpos chocando se mezclaba con el viento de la azotea. Luego aceleró. La cogió de las caderas y la folló con fuerza, la verga saliendo brillante de jugos y volviendo a enterrarse hasta los huevos. Ana gemía sin vergüenza, las tetas rebotándole dentro del vestido, el metal de la barandilla crujiendo.

La giró. La puso en cuatro sobre una manta vieja que había quedado de la fiesta. Félix se arrodilló detrás, le separó las nalgas y la penetró de un embestida. Ahora la follaba más hondo, más bruto. Le daba palmadas en el culo, le agarraba el pelo.

—Estás tan apretada y caliente… tu coñito me está ordeñando la polla. Dime que te gusta.

—Me encanta… me estás destrozando y me encanta… más fuerte, Félix, fóllame como quieras.

Él le susurraba al oído mientras la embestía: lo mojada que estaba, lo bien que le quedaba esa verga gruesa abriéndola, cómo iba a llenarla de leche. Ana empujaba hacia atrás, buscando más, el clítoris rozando el aire frío cada vez que él salía. Se corrió otra vez, el orgasmo subiéndole desde el útero, las paredes del coño exprimiendo la polla de Félix.

Él no aguantó más. Se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella con un gruñido animal. Chorros calientes, espesos, llenándole el coño virgen hasta desbordar. Los dos temblaron, sudados, pegados. Félix se quedó dentro un momento, palpitando, y después salió despacio. El semen le escurrió por los muslos a Ana, caliente bajo la luz de la luna.

La abrazó con ternura desde atrás, besándole el cuello, recuperando el aliento juntos. Ana se giró entre sus brazos, sonriente, el pelo revuelto, los labios hinchados.

—El próximo viernes —dijo ella, todavía jadeando—. En tu apartamento. Quiero repetir. Y quiero más. Quiero que me enseñes de todo.

Félix la besó largo, lento, saboreando la promesa. Sus manos ya recorrían otra vez la espalda desnuda bajo el vestido abierto. Abajo, la ciudad seguía ruidosa e indiferente. Arriba, en la azotea, el deseo de Ana apenas acababa de despertar, y los dos sabían que lo de esa noche era solo el primer round de algo mucho más sucio.

Las manos de Félix no se detuvieron en la espalda. Bajaron hasta las nalgas aún pegajosas de semen y se las abrieron con los pulgares, exponiendo el coño hinchado y goteante. Ana jadeó contra su cuello, sintiendo cómo el aire fresco de la madrugada le rozaba los pliegues sensibles. Él ya estaba duro otra vez; la verga le palpitaba contra el muslo de ella, caliente y resbaladiza de su propia corrida anterior.

—Otra vez —susurró Ana, la voz ronca de tanto gemir—. Quiero sentirte otra vez. Enséñame. Quiero montarte.

Félix sonrió contra su pelo y se dejó caer de espaldas sobre la manta. La polla se alzó gruesa y oscura, brillante de jugos mezclados. Ana se colocó a horcajadas, torpe, las rodillas rozando el cemento. Con una mano se agarró a su pecho sudado y con la otra guió la cabeza ancha hasta su entrada. Bajó despacio. El glande abrió los labios hinchados y ella soltó un quejido largo al sentir cómo la estiraba de nuevo, centímetro a centímetro, hasta que los huevos le rozaron el culo.

—Joder, qué apretada sigues —gruñó él, las manos clavadas en sus caderas—. Muévete, putita. Aprende a follarte mi polla.

Ana empezó a balancearse. Primero arriba y abajo, sintiendo cada vena, cada pulso. El coño le chupaba la verga con avidez, haciendo ruidos obscenos de carne mojada. Luego rotó la pelvis, frotándose el clítoris contra la base peluda. Los pechos le rebotaban libres —el vestido ya colgaba abierto hasta la cintura— y Félix se incorporó para chuparles los pezones duros, mordisqueándolos mientras ella cabalgaba más rápido. Pensaba en lo gruesa que se sentía dentro, en cómo le llenaba el vientre, en que esa misma polla la había desvirgodo hacía menos de una hora y ahora la usaba como si hubiera nacido para eso. El orgasmo la pilló de sorpresa: las paredes se le contrajeron en espasmos violentos y un chorro caliente le escapó alrededor del tronco, mojándole los huevos a él.

—Así… ay, Félix, me corro otra vez… no pares…

Él la agarró de las nalgas y la embistió desde abajo, clavándola hasta el fondo una y otra vez. Ana gritó hacia las luces de la ciudad, sin vergüenza, el pelo pegado a la cara de sudor. Cuando él se corrió, lo hizo con un gruñido gutural, disparando chorros espesos que le subieron por el coño hasta el útero. Ella se quedó sentada encima, temblando, sintiendo cómo la leche le salía por los lados cada vez que respiraba.

Se bajó despacio. La verga salió con un pop húmedo y una ristra blanca le escurrió por el muslo interior. Ana se arrodilló entre sus piernas sin que él se lo pidiera. Lamió la polla semidura de base a punta, saboreando la mezcla salada de semen y de su propio jugo. Chupó los huevos, los metió en la boca uno a uno, babosos, y luego engulló el glande hasta atragantarse. La garganta se le cerró alrededor y eso la excitó tanto que se tocó el clítoris con dos dedos mientras mamaba.

—Mírate —dijo Félix, acariciándole la mejilla manchada—. Hace una hora no sabías ni besar con lengua y ahora te tragas mi polla como una profesional. Eres mía esta noche, Ana. Dilo.

—Soy tuya —jadeó ella al sacar la boca, un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta—. Fóllame la boca. Úsame.

Él se puso de pie, la sujetó del pelo y se la embistió entre los labios. No fue suave. La verga le golpeó el fondo de la garganta una y otra vez; Ana babó, lloró un poco de la intensidad, pero abrió más y se dejó follar la boca con ganas. Cada vez que él salía, ella sacaba la lengua para lamerle el frenillo. El sabor a sexo le emborrachaba los sentidos. Cuando Félix se corrió de nuevo, lo hizo directo en su lengua y ella se lo tragó todo, gimiendo de placer, los ojos en blanco.

Aún no habían terminado. Félix la levantó, la puso de pechos contra la barandilla oxidada y le separó las piernas con una patada suave. Le escupió en el coño y se la metió de un solo empujón. Ahora la follaba sin piedad, las caderas chocando contra el culo de Ana con palmadas húmedas. Le dio una nalgada fuerte, luego otra, dejando la marca roja de su mano.

—Este coño virgen ya no lo es —le gruñó al oído, mordiéndole el lóbulo—. Está roto alrededor de mi polla y le encanta. Dime qué quieres que te haga el viernes.

—Que me folles el culo —respondió ella entre embestidas, la voz rota—. Que me enseñes a tomarla toda por detrás. Que me dejes hecha una puta llena de leche por todos lados.

Él metió un dedo baboso en su culo mientras la penetraba. Ana se tensó y después se relajó, empujando hacia atrás para sentir los dos agujeros llenos. El dedo entraba y salía al ritmo de la verga; ella nunca había imaginado que pudiera sentir tanto. El tercer orgasmo le subió desde el culo y el coño a la vez, un espasmo tan fuerte que las piernas le flaquearon. Félix la sostuvo y se vació dentro otra vez, gruñendo su nombre, los chorros calientes desbordándose por los muslos de ella hasta el cemento.

Se quedaron así un rato, jadeando, pegados, la polla aún dentro palpitando. Félix le besaba la nuca con una ternura que contrastaba con lo bruto que acababa de ser. Ana sentía el semen escurriéndole por las piernas, el aire frío secándoselo en la piel, el corazón latiéndole en la garganta. Nunca se había sentido tan viva, tan abierta, tan suya y de nadie más.

Se giró entre sus brazos y lo besó, saboreando su propia boca en la de él. Las manos le recorrieron el pecho sudado, los abdominales duros de mecanicar todo el día.

—No quiero esperar al viernes —confesó contra sus labios—. Llévame a tu piso ahora. Quiero que me desayunes el coño y después me folles otra vez contra la nevera. Quiero que me enseñas a hacerte una paja con las tetas. Quiero todo.

Félix rió bajo, la cargaó en brazos un momento y la bajó despacio.

—Vamos, entonces. Pero avisa: una vez que crucemos esa puerta no pienso parar hasta que no puedas caminar derecho mañana en la oficina.

Recogieron la manta a regañadientes. Ana se subió las bragas empapadas —inútiles ya— y se abrochó el vestido a medias, las tetas aún al aire bajo la tela fina. Félix se abrochó el pantalón sin ponerse la camiseta; el torso brillaba bajo la luna. Bajaron las escaleras de servicio tomados de la mano, el olor a sexo subiéndoles por el hueco de la escalera como un secreto sucio. En el rellano del tercero se detuvieron un segundo para besarse otra vez, las manos de él metiéndose bajo el vestido para pellizcarle el clítoris todavía sensible. Ana se corrió un poco más solo con eso, un temblor breve y dulce contra sus dedos.

Abrió la puerta de su propio piso solo para coger el móvil y las llaves. Félix la esperaba en el umbral, la polla ya marcándose de nuevo contra la tela. Ana sonrió, el cuerpo entero un recordatorio vivo de cada embestida, cada bocado, cada chorro que le habían llenado.

Cuando el primer rayo de sol tocó la azotea vacía, Ana despertó sobresaltada en su propia cama, los dedos aún húmedos entre las piernas, el eco de la polla de Félix fantaseado aún latiéndole en la memoria, y comprendió que su primer deseo a medianoche había sido solo eso: un sueño tan real que casi pudo saborearlo.

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