Tensión Compartida se Rompe al Fin
Marisol, de 22 años virgen, y su jefe Hassan por fin folian como locos en el estudio después de meses de tensión.
Marisol, de veintidós años, sentía que el pequeño estudio adjunto a la galería se había convertido en una prisión de deseo. Virgen aún, con el cuerpo intacto pero la mente saturada de fantasías, llegaba cada mañana sabiendo que Hassan, su jefe de veintiocho años, ya estaría allí. Alto, de hombros anchos y piel aceitunada que contrastaba con el blanco inmaculado de las paredes, el hombre exudaba una masculinidad que la dejaba sin aliento. Meses atrás, cuando ella empezó como asistente, la cercanía del espacio —apenas quince metros cuadrados llenos de lienzos, caballetes y una única mesa de trabajo— había sido solo incómoda. Ahora era insoportable.
Aquella mañana, mientras colocaban las últimas piezas para la exposición que cerraría esa misma noche, sus cuerpos volvieron a rozarse. Hassan se inclinó para alcanzar un marco que ella sostenía. Su antebrazo, firme y caliente, presionó sin querer contra el costado de su pecho izquierdo. El pezón de Marisol se endureció al instante bajo la fina blusa de seda.
—Perdón —murmuró él, con la voz más ronca de lo normal. No se apartó de inmediato. Sus ojos oscuros bajaron un segundo a la curva de sus senos antes de volver a su rostro.
Marisol tragó saliva. Sentía el coño palpitar, húmedo, traicionero. Dios, si supiera cómo me mojo cada vez que me toca. Llevo meses soñando con que me tire sobre esta mesa, me abra las piernas y me folle hasta que no pueda caminar. Pero solo sonrió con timidez.
—No pasa nada, Hassan. Está bien.
Él se enderezó. La tela de su pantalón negro se tensó visiblemente a la altura de la entrepierna. Marisol apartó la mirada, pero ya había visto el bulto grueso. Su mente virgen imaginó esa polla abriéndola por primera vez, estirándola, llenándola hasta el fondo. Tuvo que apretar los muslos para no gemir.
El resto de la mañana transcurrió entre miradas robadas. Cada vez que ella se agachaba a recoger un pincel, sentía los ojos de él clavados en su culo redondo, enfundado en la falda lápiz. Cuando Hassan se quitó la chaqueta y se quedó en camisa blanca arremangada, los antebrazos musculosos y las venas marcadas hicieron que Marisol se mordiera el labio inferior hasta casi hacerse sangre. El aire olía a óleo, trementina y a algo más denso: deseo puro, acumulado, fermentado.
Al mediodía, Brigitte, la curadora de treinta y dos años, asomó la cabeza por la puerta.
—Chicos, todo listo para esta noche. Nikolai ya revisó las luces. ¿Necesitáis ayuda con el montaje final?
Hassan negó con la cabeza sin dejar de mirar a Marisol.
—Nos arreglamos solos. Gracias.
Brigitte sonrió con complicidad, como si percibiera la electricidad que crepitaba entre ellos, y se marchó. El silencio que quedó fue peor. Solo se oía la respiración de ambos y el latido desbocado del corazón de Marisol.
—Llevamos meses así —dijo Hassan de pronto, fingiendo ajustar un foco. Su voz era grave, casi un gruñido—. ¿Lo sientes tú también?
Marisol se quedó congelada. El pulso le retumbaba en las sienes y entre las piernas.
—¿Sentir qué? —preguntó, aunque sabía perfectamente a qué se refería. Su coño estaba tan mojado que temía que la humedad traspasara las bragas y corriera por sus muslos.
Hassan se volvió. La miró directamente, sin filtros. Sus pupilas estaban dilatadas.
—Esto. El puto calor cada vez que estamos cerca. Tus tetas rozando mi brazo, mi polla poniéndose dura solo con oler tu perfume. Llevo meses masturbándome pensando en ti, Marisol. En cómo gemirías si te metiera los dedos en ese coño virgen que sé que tienes.
Las palabras crudas la golpearon como un latigazo. Ella, que nunca había estado con un hombre, sintió que sus rodillas flaqueaban. Quería contestar, quería confesar que se corría cada noche con el vibrador imaginando la boca de él devorándola, pero el miedo y la vergüenza la mantuvieron callada. Solo pudo jadear suavemente y bajar la mirada.
La tarde pasó en una nebulosa de roces deliberados que ya no parecían accidentales. Cuando ella se estiró para colgar una tela, Hassan se colocó detrás. Su erección, gruesa y caliente, presionó contra las nalgas de la joven durante tres eternos segundos. Ninguno se movió. Marisol empujó apenas hacia atrás, un movimiento casi imperceptible, pero suficiente para que ambos gimieran bajito.
—Joder… —susurró él contra su nuca—. Si no fuera porque vienen los invitados en dos horas, te follaría aquí mismo hasta hacerte gritar.
Marisol cerró los ojos. Su clítoris latía con tanta fuerza que le dolía. Hazlo. Rompe mi virginidad. Quiero tu polla gruesa abriéndome, quiero que me llenes de leche caliente. Pero la galería empezó a llenarse de gente y el momento se rompió.
La noche de cierre de la exposición fue un éxito. Los coleccionistas aplaudían, las copas de champagne pasaban de mano en mano. Marisol, con un vestido negro ajustado que marcaba cada curva, sentía la mirada de Hassan como una caricia constante. Nikolai, el crítico de cuarenta años, la felicitó por el montaje, pero ella apenas escuchaba. Solo podía pensar en el hombre que la observaba desde el otro lado de la sala como si quisiera devorarla viva.
Poco a poco los invitados fueron marchándose. Brigitte y Nikolai se despidieron con besos en las mejillas y promesas de celebrar el éxito al día siguiente. Las luces principales se apagaron. Solo quedó la iluminación tenue de los focos de acento que bañaban las obras con un resplandor dorado.
Marisol y Hassan se quedaron solos en el estudio.
El silencio cayó como una losa pesada. La puerta de la galería estaba cerrada con llave. Nadie más entraría. El pequeño espacio que había sido testigo de meses de tortura sexual ahora parecía demasiado pequeño, demasiado caliente.
Hassan se acercó lentamente. Su camisa estaba desabotonada en los primeros botones, dejando ver el pecho firme y el vello oscuro. Marisol retrocedió hasta que su culo chocó contra la mesa de trabajo. Su respiración era agitada; los pezones se marcaban descaradamente contra la tela del vestido.
—Marisol… —La voz de Hassan era puro fuego—. Llevo meses deseando esto. Deseándote a ti. Tu coño virgen. Tu boca. Todo.
Ella levantó la mirada. Sus ojos brillaban de miedo y de lujuria.
—Yo también, Hassan. Me toco pensando en ti todas las noches. Quiero… quiero que seas el primero. Pero tengo miedo de no saber hacerlo bien.
Él colocó las manos a ambos lados de ella sobre la mesa, atrapándola sin tocarla aún. El calor de su cuerpo la envolvía. Podía sentir el olor de su colonia mezclada con el almizcle de su excitación. La polla de Hassan presionaba contra su muslo, dura como acero.
—No tienes que saber nada —gruñó él, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron los de ella—. Yo te voy a enseñar. Te voy a comer ese coño hasta que tiembles. Te voy a meter mi polla centímetro a centímetro para que sientas cómo te abro por primera vez. Te voy a follar tan profundo que mañana no podrás sentarte sin recordar quién te rompió.
Marisol gimió abiertamente. Sus manos subieron temblorosas al pecho de él. Sentía el corazón de Hassan latiendo tan fuerte como el suyo. El borde de la mesa se clavaba en sus nalgas. Su vestido se había subido lo suficiente para que el aire fresco besara la piel húmeda de sus muslos. Estaba empapada. Lista. Dolorosamente virgen y desesperada por dejar de serlo.
Hassan bajó la cabeza. Sus labios rozaron la comisura de la boca de ella, tentadores, prometiendo todo. La mano derecha del hombre descendió por su costado, deteniéndose justo debajo de su pecho, como si esperara permiso.
—Dime que sí —susurró contra su piel—. Dime que quieres que te folle esta noche, Marisol. Porque si empiezo, no voy a parar hasta que estés llena de mi semen y gimiendo mi nombre como una puta en celo.
Ella abrió la boca para responder. Su coño se contrajo con fuerza, ansioso, mojando aún más las bragas. El estudio parecía vibrar con la tensión acumulada durante meses. Sus miradas se fundieron. El primer beso estaba a un milímetro de distancia.
Y justo entonces, el reloj de la galería dio las doce de la noche con un sonido grave que resonó entre ellos como una advertencia.
Ninguno se movió. La tensión seguía intacta, más densa que nunca, a punto de romperse… pero aún no.
Marisol sintió cómo el eco grave del reloj se desvanecía entre las paredes del estudio, pero el verdadero latido que retumbaba era el suyo propio. Sus labios seguían a un milímetro de los de Hassan, respirando el mismo aire caliente. El miedo y el deseo se enredaban en su vientre como una cuerda tirante. Entonces, las palabras salieron solas, temblorosas, casi sin voz.
—Hassan… soy virgen —confesó en un susurro avergonzado, con las mejillas ardiendo—. Nunca he estado con nadie. Ni un beso de verdad, ni una mano que no fuera la mía. Llevo semanas, meses, tocándome cada noche pensando en ti. En tu boca comiéndome el coño, en tu polla abriéndome por primera vez. Me corro imaginando que me follas aquí mismo, sobre esta mesa, hasta que me duela.
Las pupilas de Hassan se dilataron hasta tragarse el iris oscuro. Su pecho subía y bajaba con fuerza, y el bulto en sus pantalones negros dio un visible latigazo, como si la polla tuviera vida propia y acabara de recibir una descarga eléctrica. Se apartó apenas unos centímetros para mirarla mejor, devorándola con los ojos. La mano que tenía apoyada junto a la cadera de ella apretó la madera con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿De verdad quieres esto, Marisol? —preguntó con voz ronca, casi rota. Su aliento olía a deseo puro—. ¿Quieres que sea yo quien te rompa esa virginidad? Dímelo claro, porque estoy tan duro que me duele. Si me dices que sí, no voy a ser suave. Llevo demasiado tiempo conteniéndome.
Ella asintió con vehemencia, los ojos brillantes de lágrimas de excitación y alivio. Su coño palpitaba con tanta intensidad que sentía la humedad deslizándose ya por el interior de sus muslos.
—Sí, Hassan. Te deseo a ti. Solo a ti. Quiero que me enseñes todo. Quiero que me folles como llevas meses prometiéndome con la mirada. Por favor…
No esperó más. Fue ella quien salvó la distancia. Sus manos pequeñas subieron hasta la nuca de él, enredando los dedos en el cabello corto y negro, y tiró de él con una urgencia que sorprendió a ambos. Sus bocas chocaron con desesperación. El beso no fue tierno: fue hambre pura. Labios que se mordían, lenguas que se enredaban con saliva caliente, gemidos que vibraban uno dentro de la boca del otro. Hassan gruñó contra ella, sujetándole la cara con ambas manos mientras devoraba sus labios como si quisiera tragársela entera.
Las manos ansiosas de Marisol bajaron por el pecho firme de él, tironeando de los botones de la camisa blanca. Uno saltó y rodó por el suelo. Hassan soltó un jadeo ronco cuando ella le abrió la prenda de un tirón, exponiendo el torso ancho, el vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hasta perderse bajo el cinturón. Sus dedos temblorosos exploraron por primera vez esa piel caliente, los músculos duros del abdomen, las tetillas planas que se endurecieron bajo sus palmas.
—Joder, Marisol… qué suave eres —gruñó él contra su boca.
Hassan bajó la cremallera lateral del vestido negro con un movimiento brusco. La tela se deslizó por los hombros de ella y cayó hasta su cintura, dejando al descubierto unos pechos plenos, redondos, coronados por pezones rosados y duros como guijarros. Él los miró un segundo con devoción animal antes de abarcarlos con las manos grandes. Los apretó, los amasó, los pellizcó justo lo suficiente para arrancarle un gemido agudo que reverberó en el estudio.
Marisol arqueó la espalda, empujando sus tetas contra aquellas manos que tanto había soñado. Sentía el coño contraerse vacío, empapado, chorreando. Nunca había sentido nada igual. Su mente virgen se llenaba de sensaciones nuevas: el olor de la piel de Hassan, el sabor salado de su boca, la forma en que sus pulgares rozaban sus pezones y enviaban descargas directas a su clítoris.
—Quiero tocarte —suplicó ella entre besos húmedos y desesperados.
Hassan se apartó lo justo para quitarse la camisa del todo y abrirse el cinturón con dedos torpes de pura excitación. Marisol bajó la mirada y vio cómo la polla empujaba contra la tela de los boxers negros. Con valentía temblorosa, metió la mano dentro y la rodeó por primera vez. Estaba caliente, gruesa, palpitante. La piel era suave como terciopelo sobre acero. Sus dedos no se cerraban del todo alrededor de ese grosor.
—Así… apriétala un poco —le indicó él con voz estrangulada, apoyando la frente contra la de ella.
Marisol obedeció, moviendo la mano arriba y abajo con torpeza ansiosa, fascinada por cómo la polla latía en su palma, por la gota transparente que asomó en la punta y que ella extendió con el pulgar. Hassan jadeaba contra su cuello, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras sus manos seguían trabajando sus tetas.
De un tirón impaciente, él terminó de bajarle el vestido hasta los tobillos. Marisol quedó solo con unas bragas de encaje negro completamente empapadas. Hassan las miró un segundo y gruñó como un animal. Cayó de rodillas frente a ella, besando el vientre plano, lamiendo el borde de las bragas. Con los dientes, tiró de la tela hacia abajo. El olor dulce y caliente de su coño virgen lo golpeó de lleno.
—Dios, estás chorreando —murmuró, casi reverente.
Separó los labios hinchados con dos dedos y vio el clítoris rojo, palpitante, brillando de jugos. Marisol temblaba, las manos apoyadas en la mesa detrás de ella, las piernas abiertas sin pudor. Cuando la lengua ancha de Hassan pasó lentamente desde su entrada hasta el clítoris, ella soltó un grito ahogado. El placer era tan intenso que las rodillas le fallaron.
—Hassan… ¡ah! —gimió, enredando los dedos en el cabello de él.
Él la devoró con hambre. Lamía, succionaba, metía la lengua dentro de ese coño virgen que se contraía alrededor de nada. Dos dedos gruesos se abrieron paso lentamente, estirándola con cuidado pero sin detenerse. Marisol sentía cada centímetro, cada nudillo, el roce contra una barrera sensible que nunca había sido tocada. El placer subía en oleadas, caliente, casi insoportable.
—Quiero tu polla —suplicó ella entre gemidos entrecortados—. Por favor, Hassan… métemela. Quiero sentirte dentro. Quiero que me rompas.
Él se incorporó, la boca brillante con sus jugos. La polla, ahora completamente libre, se alzaba pesada, venosa, la cabeza morada y brillante. La frotó contra el coño empapado de ella, deslizándola entre los labios hinchados, golpeando el clítoris con cada pasada. Marisol se retorcía, buscando más fricción, empujando las caderas hacia él.
Hassan la levantó de la mesa como si no pesara nada y la sentó en el borde, abriéndole las piernas al máximo. La punta de su polla presionó contra la entrada virgen, abriéndola apenas medio centímetro. Ambos temblaban. El sudor brillaba en la piel aceitunada de él y en los pechos agitados de ella.
—Dime otra vez que lo quieres —exigió él, la voz gutural, conteniéndose con todas sus fuerzas.
—Quiero que me folles, Hassan. Quiero que me llenes con tu semen. Soy tuya. Rompe mi coño virgen, por favor…
Él empujó un poco más. Solo la cabeza gruesa entró, estirándola de una forma que era placer y ardor al mismo tiempo. Marisol clavó las uñas en los hombros anchos de él, jadeando contra su cuello. Sus cuerpos temblaban de anticipación, de meses de tensión contenida que por fin empezaba a romperse. La polla de Hassan palpitaba dentro de ella, exigiendo más espacio, más profundidad.
Y justo cuando parecía que iba a hundirse hasta el fondo de un solo golpe, Hassan se detuvo, respirando con dificultad, la frente pegada a la de ella. Sus ojos se encontraron. El estudio olía a sexo, a óleo y a la promesa de una noche que aún no había hecho más que empezar. La tensión, aunque herida, seguía vibrando entre ellos, más salvaje que nunca, exigiendo mucho más que un simple primer empujón.
Marisol contrajo su coño alrededor de aquella invasión parcial, gimiendo su nombre como una súplica. Hassan apretó los dientes, luchando contra el impulso de embestir hasta el fondo y correrse dentro de esa estrechez caliente. Todavía no. Todavía no era suficiente. Quería oírla gritar, quería que ella descubriera cada placer posible antes de dejarse llevar del todo.
Sus manos bajaron a las nalgas firmes de ella, abriéndolas, y empujó solo un centímetro más, torturándolos a ambos con esa lentitud cruel y deliciosa. El reloj de la galería parecía haber detenido su marcha. Solo existían sus respiraciones agitadas, el latido de sus sexos unidos a medias y la certeza de que la verdadera ruptura de esa tensión compartida apenas acababa de comenzar.
Marisol contrajo su coño alrededor de aquella cabeza gruesa que la abría apenas, un ardor dulce que le subía por el vientre como fuego líquido. Hassan apretó los dientes, las manos clavadas en sus nalgas, pero de pronto soltó un gruñido bajo y se retiró con lentitud agonizante, dejando un vacío que la hizo gemir de protesta. La polla brillaba con sus jugos, palpitante, más hinchada que nunca.
—No así, no todavía —murmuró él, la voz ronca de esfuerzo—. Quiero que me sientas en la boca primero, Marisol. Quiero ver cómo esa boquita virgen aprende a chuparme antes de que te rompa del todo. Ven al sofá.
La tomó de la mano con firmeza tierna y la guio los pocos pasos que separaban la mesa del viejo sofá de cuero negro que ocupaba una esquina del estudio. Hassan se sentó con las piernas abiertas, el pantalón y los boxers ya olvidados en el suelo. Su polla se alzaba pesada, gruesa como la muñeca de ella, con venas marcadas que latían bajo la piel aceitunada. Marisol se arrodilló entre sus muslos fuertes, el corazón retumbándole en los oídos. Tenía veintidós años y nunca había probado a un hombre; el olor almizclado, caliente, la mareaba de deseo y miedo.
—No sé hacerlo bien… —susurró, pero sus ojos brillaban de hambre.
Hassan le acarició la mejilla con el pulgar, dominante pero suave, y enredó los dedos en su cabello oscuro.
—Solo hazlo con ganas, mi virgen hermosa. Lame primero. Siente el peso. Yo te guío.
Marisol se inclinó, temblando. Su lengua rosada salió tímida y recorrió la base de la polla, subiendo lento por la vena gruesa hasta la cabeza morada que ya soltaba precum transparente. El sabor salado le arrancó un gemidito de sorpresa, pero no se detuvo. Entusiasta, lamió de nuevo, más ancho, rodeando el glande como si fuera un helado prohibido. Hassan gruñó, la mano en su nuca apretando apenas lo suficiente para marcar control.
—Así… abre más la boca. Chúpame la cabeza, despacio. No tragues aire.
Ella obedeció, los labios estirados alrededor de aquella grosura que apenas entraba. Su primera felación era torpe: los dientes rozaron un par de veces, se atragantó cuando intentó bajar más de tres centímetros, pero no se rindió. Chupaba con hambre real, succionando como si llevara meses soñando con ese momento —y así era—. Su cabeza subía y bajaba con ritmo irregular, la saliva le corría por la barbilla y goteaba sobre los huevos pesados de Hassan. Él respiraba entre dientes, los ojos oscuros fijos en ella, guiándola con la mano en su pelo.
—Más profundo, tranquila… relaja la garganta. Joder, Marisol, qué boca más caliente tienes. Lame los huevos ahora, eso es. Buena chica.
Las palabras la mojaron más. Sentía su propio coño chorreando sobre el suelo de madera, los muslos pegajosos. Pensaba, mientras lo chupaba con más confianza: «Es tan grande… me va a partir cuando entre del todo, pero lo quiero. Quiero ahogarme con esta polla, quiero que me enseñe a ser su puta». Hassan empezaba a empujar las caderas con suavidad, follándole la boca con ternura dominante, sin llegar nunca a lastimarla, solo marcando el ritmo. Los gemidos de ella vibraban alrededor de su carne.
Después de varios minutos en los que el estudio se llenó de sonidos húmedos y obscenios, Hassan la apartó con un jadeo ronco. Su polla salió de entre los labios hinchados de ella con un hilo de saliva. La levantó como si no pesara nada y la tumbó en el sofá, abriéndole las piernas sin piedad. Marisol quedó expuesta, el coño virgen rojo, hinchado, brillando de excitación.
—Ahora me toca a mí devorarte hasta que grites —dijo él, arrodillándose entre sus muslos.
Bajó la boca sin aviso. Su lengua ancha lamió desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga y posesiva. Marisol arqueó la espalda con un grito agudo. Hassan la sujetó por las caderas, inmovilizándola, y se lanzó a comerla con hambre feroz. Lamía los labios hinchados, succionaba el clítoris hinchado metiéndolo entero en su boca, metía la lengua dentro de ese coño intacto que se contraía alrededor de nada. Dos dedos gruesos entraron poco a poco, curvándose, buscando ese punto que la hizo ver estrellas.
—¡Hassan! ¡Dios, eso… eso es demasiado! —gritó ella, las manos enredadas en el cabello corto de él.
Él no se detuvo. Chupaba, mordisqueaba suavemente, follaba con los dedos cada vez más rápido mientras su lengua castigaba el clítoris sin piedad. Marisol sentía el orgasmo subir como una ola gigante, un placer desconocido que le tensaba los músculos del abdomen. Sus talones se clavaron en la espalda de él. El dolor de la virginidad a punto de romperse se mezclaba con un placer tan intenso que le daba miedo.
—No pares… me voy a correr… ¡me corro! ¡Hassan!
El orgasmo la atravesó como un rayo. Gritó sin control, el cuerpo convulsionando, el coño apretando los dedos de él mientras chorros calientes le salían entre las piernas. Hassan siguió lamiendo durante todo el clímax, prolongándolo hasta que ella quedó temblando, llorosa, con las mejillas mojadas y el pecho agitado.
Apenas le dio tiempo a recuperar el aliento. Hassan se incorporó, la polla más dura que nunca, y la colocó en posición de misionero sobre el sofá. Le levantó las piernas, apoyando los tobillos en sus hombros anchos, y frotó la cabeza gruesa contra la entrada empapada.
—Ahora sí, Marisol. Te voy a meter toda. Respira.
Empujó. La cabeza entró con un sonido húmedo, estirándola de forma brutal y deliciosa. Marisol clavó las uñas en los antebrazos de él, un quejido de dolor mezclándose con un gemido de placer puro. Centímetro a centímetro, Hassan fue abriéndola, rompiendo esa barrera virgen que cedió con un ardor agudo. Cuando sus huevos chocaron contra las nalgas de ella, ambos soltaron un gemido largo.
—Estás tan apretada… joder, tu coño me está estrangulando —gruñó él, quedándose quieto un segundo para que se acostumbrara.
Luego empezó a moverse. Primero lento, sacando casi todo y volviendo a entrar con fuerza controlada. El dolor se fue transformando en un placer profundo, animal. Marisol le clavaba las uñas en la espalda, dejando marcas rojas.
—Más fuerte… por favor, Hassan… fóllame más fuerte aunque duela —suplicó, la voz rota.
Él obedeció. El ritmo se volvió intenso, salvaje. El sofá crujía con cada embestida. Los pechos de Marisol rebotaban, sus pezones duros. El dolor de la primera vez seguía allí, un ardor caliente en cada golpe profundo, pero el placer lo superaba todo. Ella sentía cada vena de esa polla gruesa rozando sus paredes, tocando fondo, golpeando el cérvix.
—Así, así… eres mía ahora. Este coño virgen ya es mío —gruñía él, sudando, los músculos de los brazos tensos mientras la taladraba.
Después de varios minutos en los que Marisol se corrió por segunda vez alrededor de él, gritando su nombre hasta quedarse ronca, Hassan se sentó en el sofá sin salir de ella y la subió encima.
—Ahora móntame. Quiero verte rebotar en mi polla.
Marisol, con las piernas temblorosas, se colocó a horcajadas. Bajó lentamente, sintiendo cómo esa verga la volvía a abrir hasta el fondo en esta nueva posición. El ángulo era diferente, más profundo. Apoyó las manos en el pecho firme y velludo de Hassan y empezó a moverse, primero torpe, buscando el ritmo. Él la agarró por las caderas con fuerza dominante pero tierna, guiándola, levantándola y bajándola con golpes secos.
—Más rápido, mi virgen. Clávame las uñas y pídemelo.
Ella obedeció. Sus uñas se hundieron en el pecho de él mientras cabalgaba cada vez más fuerte. El coño le ardía, el placer y el dolor se entremezclaban en cada rebote. Sus tetas saltaban delante de la cara de Hassan, que las atrapaba con la boca para morderle los pezones.
—¡Más fuerte, Hassan! ¡Fóllame más duro! Se siente… ¡ah! Duele rico… no pares, por favor, no pares… —gritaba ella, perdida, el sudor pegando su cabello a la frente.
Hassan empujaba desde abajo con ritmo brutal, sus caderas chocando contra las de ella con sonidos húmedos y fuertes. El estudio olía a sexo puro, a coño mojado y a sudor. Marisol sentía que iba a romperse, que otro orgasmo se acercaba como un tren, pero Hassan ralentizó de pronto el ritmo, manteniéndola al borde, los ojos fijos en los de ella con una promesa oscura.
—Aún no hemos terminado —jadeó él, la polla palpitando dentro de ella, negándose a correrse—. Esto apenas acaba de romperse… y pienso follarte de todas las formas que he imaginado estos meses.
Marisol se inclinó hacia delante, mordiéndole el labio inferior mientras seguía moviendo las caderas en círculos lentos y torturadores, sintiendo cada centímetro dentro de su coño recién estrenado. El reloj de la galería volvió a sonar a lo lejos, marcando la una de la madrugada, pero ninguno de los dos pensaba parar. La tensión, aunque rota en pedazos, aún guardaba formas nuevas de estirarse, de arder, de exigir más. Mucho más.
Marisol se inclinó más hacia delante, mordiéndole el labio inferior con fuerza mientras movía las caderas en círculos lentos y profundos, sintiendo cada vena gruesa de la polla de Hassan rozar las paredes recién estrenadas de su coño. El reloj había marcado la una, pero el tiempo ya no existía. Solo existía el calor húmedo que los unía, el sudor que hacía que sus cuerpos se deslizaran uno contra el otro y el olor espeso de sexo que saturaba el pequeño estudio. Ella, con veintidós años y la virginidad ya rota, descubría que su cuerpo pedía más, mucho más. Cada descenso la llenaba hasta el fondo, haciendo que la cabeza ancha de aquella verga le golpeara el cérvix con un placer que rayaba en el dolor más delicioso.
—Más… métemela más adentro —suplicó entre jadeos, clavándole las uñas en el pecho velludo. Hassan gruñó, sus manos grandes apretando las nalgas de ella con fuerza posesiva, separándolas para que su polla entrara aún más profundo.
—Joder, Marisol… tu coño me aprieta como si no quisiera soltarme nunca —respondió él con la voz rota, empujando desde abajo con estocadas cortas y brutales que la hacían rebotar. Sus tetas llenas saltaban delante de su cara; Hassan atrapó uno de los pezones rosados entre los dientes y lo succionó con hambre, tirando de él hasta que ella soltó un grito agudo que reverberó entre los lienzos.
El placer se acumulaba en el vientre de Marisol como una bola de fuego. Ya se había corrido dos veces esa noche, pero este orgasmo se sentía diferente: más profundo, más animal. Sentía los huevos pesados de Hassan golpeando contra su culo con cada embestida, el sudor de ambos mezclándose, el coño chorreando tanto que los muslos le brillaban. «Es mío», pensó ella con una lujuria que la sorprendía. «Esta polla gruesa que me ha abierto por primera vez es mía ahora. Quiero que me llene hasta que me duela sentarme mañana».
Hassan la sujetó por la cintura y, sin salir de ella, la giró sobre el sofá hasta colocarla a cuatro patas. El cambio de posición fue brusco; Marisol apenas tuvo tiempo de apoyarse en el respaldo cuando él volvió a entrar de un solo golpe, más profundo que nunca. El ángulo la hizo gritar. Su cara se hundió en el cuero frío del sofá mientras Hassan la follaba con ritmo salvaje, sus caderas chocando contra su culo redondo con sonidos húmedos y fuertes.
—Así te quería ver —gruñó él, una mano en su nuca y la otra apretándole la cadera—. Toda abierta para mí, gimiendo como la puta virgen que fuiste hasta hace una hora. Dime a quién pertenece este coño ahora.
—A ti… ¡es tuyo, Hassan! ¡Fóllame más fuerte! —chilló ella, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida. El ardor de la primera vez se había convertido en un calor adictivo que le subía por la columna. Sentía cada centímetro entrando y saliendo, estirándola, marcándola por dentro. Sus jugos le corrían por los muslos, mezclándose con la saliva que antes le había dejado en la polla.
Hassan se inclinó sobre ella, cubriéndola con su cuerpo ancho y musculoso. Su pecho velludo rozaba la espalda sudorosa de Marisol mientras le mordía el hombro. La mano que tenía libre bajó hasta su clítoris hinchado y lo frotó en círculos rápidos, sin piedad.
—No voy a durar mucho más… estás demasiado apretada —jadeó contra su oreja, la voz ronca y urgente.
—Yo tampoco… ¡me corro contigo! ¡Quiero sentirte explotar dentro! —respondió ella, la voz quebrada por el placer que ya no podía contener.
El orgasmo los golpeó al mismo tiempo. Marisol sintió cómo su coño se contraía violentamente alrededor de la polla gruesa, ordeñándola con espasmos intensos mientras un chorro caliente le salía entre las piernas. Hassan soltó un gruñido gutural, casi animal, y se hundió hasta el fondo. Su polla palpitó con fuerza dentro de ella, disparando chorros espesos de semen que la llenaron hasta rebosar. Marisol temblaba sin control, las lágrimas de placer rodándole por las mejillas, el cuerpo convulsionando mientras sentía cada pulsación caliente inundándola. El semen caliente se escapaba alrededor de la verga aún enterrada, escurriéndole por los muslos en hilos espesos y blancos.
Durante largos segundos solo se escucharon sus respiraciones agitadas y los últimos espasmos de placer. Hassan permaneció dentro de ella, abrazándola por detrás, besándole la nuca con una ternura que contrastaba con la brutalidad de minutos antes. Cuando por fin se retiró, un torrente de semen brotó del coño abierto de Marisol, bajando por sus muslos temblorosos y goteando sobre el sofá de cuero.
Ella se giró lentamente, aún de rodillas, el cuerpo brillante de sudor y los ojos brillantes de algo más que simple satisfacción. Una sonrisa traviesa y luminosa se dibujó en sus labios hinchados por los besos. El semen seguía escapando de su interior, cálido y pegajoso, recordándole a cada segundo lo que acababa de suceder. Hassan la miraba con la respiración todavía entrecortada, la polla semierecta brillando con los restos de ambos.
—Hassan… —susurró ella, la voz ronca pero llena de una alegría nueva—. Quiero repetir esto misma noche en mi apartamento. No quiero que termine. Quiero que me folles otra vez, y otra, hasta que amanezca. En mi cama, en la ducha, donde quieras. He esperado veintidós años para esto… y ahora que te he probado, no puedo parar.
Los ojos oscuros de él se iluminaron con la misma hambre. Una risa baja y satisfecha escapó de su garganta mientras se inclinaba para besarla con lentitud, saboreando el gusto de sus propios fluidos en la boca de ella.
—Entonces vámonos ya —murmuró contra sus labios—. Porque si nos quedamos aquí un minuto más, te voy a volver a poner contra esa mesa y no saldremos hasta el mediodía.
Se vistieron a medias, riendo como adolescentes que acaban de hacer una travesura. Marisol se puso el vestido negro directamente sobre la piel desnuda; el semen de Hassan todavía le corría por los muslos internos, humedeciendo la tela desde dentro. No se molestó en buscar las bragas. Hassan se abrochó solo los pantalones negros y dejó la camisa blanca abierta, dejando ver el pecho marcado por las uñas de ella. Recogieron las llaves y apagaron los focos con prisa torpe, chocando entre ellos, robándose besos cortos y risas ahogadas.
Salieron del estudio y cruzaron la galería a oscuras. La risa de Marisol era ligera, liberada, mientras Hassan la tomaba de la mano y la guiaba hacia la puerta trasera. El aire fresco de la noche les golpeó al salir a la calle, pero no apagó el calor que aún ardía entre sus cuerpos. Caminaron juntos por la acera desierta, conscientes de que acababan de abrir una puerta que ya no podrían cerrar. Lo que había empezado como meses de roces y miradas silenciosas se había convertido, por fin, en una relación sexual intensa, cruda y adictiva. Ninguno de los dos quería que fuera de otra manera.
Mientras caminaban hacia el coche de Hassan, Marisol sintió el semen secándose en sus muslos y una sonrisa secreta se dibujó en sus labios. Ya estaba planeando. En su apartamento tenía una botella de aceite de masaje que nunca había usado, y un espejo grande frente a la cama. La próxima vez lo haría arrodillarse primero, le pediría que le comiera el coño desde atrás mientras ella se miraba en el espejo, y después lo montaría de nuevo, pero más lento, más cruel, hasta que él suplicara. Quería probar a chupársela bajo la ducha, dejar que le corriera en la boca y tragárselo todo. Quería que la follara contra la ventana para que la ciudad los viera sin verlos. La noche apenas empezaba, y ella, con el coño aún palpitante y lleno de él, ya estaba tramando cómo hacer que la siguiente vez fuera aún más sucia, más larga y más intensa. Hassan la miró de reojo, como si pudiera leerle el pensamiento, y apretó su mano con más fuerza.
Ninguno de los dos habló durante el corto trayecto. No hacía falta. La tensión compartida se había roto al fin… y lo que venía después prometía ser mucho más caliente.
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