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Revelación en la Cubierta: Su Flirteo Anónimo Era el Capitán

La esposa de 32 años se folla al Capitán del crucero mientras su cornudo marido duerme.

23 min read October 05, 2026New

En el esplendor del Mediterráneo, el crucero Estrella de Plata surcaba las aguas con una elegancia que parecía sacada de un sueño. Colette, una atractiva esposa de treinta y dos años, con curvas suaves y una melena castaña que le caía en ondas sobre los hombros bronceados, se apoyaba en la barandilla del paseo principal mientras el viento cálido le acariciaba la piel. A su lado, Terrence, su marido de treinta y cinco años, revisaba distraídamente su teléfono con esa expresión de aburrimiento que ya se había vuelto habitual en las vacaciones. Él hablaba de negocios incluso en alta mar, ajeno por completo a cómo el cuerpo de su mujer vibraba con una energía nueva y prohibida.

Todo había empezado esa misma tarde. Colette abrió la aplicación del barco por curiosidad, solo para ver las actividades del día, cuando un mensaje anónimo iluminó la pantalla: «He estado observándote desde que subiste a bordo. Esa forma en que tus caderas se mueven bajo ese vestido blanco… me pone duro solo de imaginar cómo se sentiría enterrarme entre tus muslos hasta que tiembles». El pulso se le aceleró. Miró de reojo a Terrence, que ni siquiera levantó la vista. Un calor líquido se extendió entre sus piernas, humedeciendo la tela de su bikini. Nunca había recibido palabras tan crudas, tan directas. Se mordió el labio inferior y sintió cómo sus pezones se endurecían contra la tela.

El segundo mensaje llegó mientras cenaban. «Tu marido no te mira como yo lo hago. Apuesto a que no sabe lo mojada que te pones cuando alguien te habla como la puta casada que eres en realidad». Colette apretó los muslos bajo la mesa. El coño le palpitaba. Respondió con dedos temblorosos: «¿Quién eres?». La contestación fue inmediata y detallada: «Soy el hombre que va a hacer que te corras como nunca lo ha conseguido él. Imagina mi lengua lamiendo tu clítoris hinchado mientras te meto dos dedos gruesos, follándote despacio hasta que supliques más. Quiero que tu coño gotee para mí antes de que te abra con mi polla».

Cada notificación era un latigazo de placer culpable. Mientras Terrence hablaba de las rutas de navegación y del precio del combustible, Colette sentía cómo su sexo se hinchaba, empapado, sensible al roce de la tela. En su mente se repetía que solo era un juego, que no pasaría de ahí, pero su cuerpo ya había tomado la decisión. Esa noche, en la intimidad del baño del camarote, se sacó una foto. El ángulo era provocativo: el escote del camisón abierto, un pezón rosado asomando, y abajo, la curva de su vientre plano terminando en el inicio de su coño depilado. La envió sin pensarlo dos veces.

La respuesta del desconocido fue un gruñido virtual: «Joder, Colette. Quiero morder esos pezones mientras te follo contra una pared. Sube a la cubierta superior a medianoche. Sin bragas. Quiero olerte desde lejos». Ella dudó solo un segundo. Terrence ya roncaba suavemente en la cama king size cuando se levantó. Se puso un ligero vestido veraniego de lino blanco que apenas le llegaba a medio muslo. La brisa nocturna le acariciaría el coño desnudo con cada paso. El corazón le latía tan fuerte que pensó que Terrence podría despertarse. Pero no lo hizo. Salió del camarote con las mejillas ardiendo y el clítoris palpitando de anticipación.

La cubierta superior estaba casi desierta, iluminada solo por la luna llena que pintaba de plata las olas y las tumbonas alineadas. El viento mediterráneo hacía ondear su vestido, rozando sus labios hinchados y enviando descargas de placer directo a su vientre. Colette caminaba despacio, nerviosa, excitada, mirando las sombras. Entonces lo vio. Alto, imponente, con el uniforme blanco de capitán abierto en el cuello, revelando un pecho ancho y bronceado. Cuarenta y cinco años de autoridad y experiencia concentrados en una mirada oscura y segura. Marco, el capitán del Estrella de Plata.

—¿Tú? —susurró ella, deteniéndose a dos metros de él.

Marco sonrió con esa confianza que hacía que las rodillas de cualquier mujer se aflojaran. Dio un paso adelante, invadiendo su espacio sin pedir permiso.

—Desde el primer día que subiste con ese inútil a tu lado supe que necesitabas que te follaran de verdad. —Su voz era grave, ronca, acostumbrada a dar órdenes—. Y tú lo sabías también, Colette. Por eso viniste sin bragas.

No hubo más palabras. La atracción explotó entre ellos como una tormenta. Marco la atrajo por la cintura y la besó con hambre salvaje. Su lengua invadió la boca de ella, dominándola, mientras una mano grande bajaba por su espalda y levantaba el borde del vestido para apretar una nalga desnuda. Colette gimió dentro del beso, sintiendo la erección gruesa presionando contra su vientre. Sus manos subieron al pecho de él, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Nunca había deseado tanto a alguien. El beso se volvió más profundo, más sucio; él le mordió el labio inferior y ella respondió chupándole la lengua, perdida ya en el juego.

Cuando se separaron para respirar, Marco la miró con ojos oscuros de deseo.

—Arrodíllate, esposa infiel.

Colette no dudó. El suelo de madera de la cubierta estaba fresco bajo sus rodillas. Con dedos ansiosos desabrochó los pantalones del uniforme y liberó la polla del capitán. Era gruesa, venosa, mucho más larga y pesada que la de Terrence. El glande brillaba ya con precum. Un gemido escapó de su garganta.

—Dios… es tan grande —murmuró, mirándola con devoción—. Mucho más gruesa y dura que la polla flácida de mi marido. Esto es lo que merezco.

Abrió la boca y la metió hasta donde pudo. Marco gruñó, enredando los dedos en su cabello castaño, guiándola. Colette chupó con hambre, lamiendo las venas, bajando hasta que la punta tocó su garganta. Saliva le corría por la barbilla mientras lo mamaba con ruidos obscenos, gimiendo alrededor de la carne caliente. Marco la follaba la boca con movimientos controlados, mirándola desde arriba.

—Así, buena puta. Chúpala como tu marido nunca te ha dejado chupársela a él.

La puso de pie después de varios minutos y la giró hacia la barandilla. El mar se extendía abajo, negro y brillante bajo la luna. Marco levantó el vestido hasta su cintura, exponiendo su culo redondo y su coño empapado. Rozó la cabeza gruesa de su polla contra los labios hinchados de ella, provocándola.

—¿Lo quieres, Colette?

—Sí… por favor, capitán. Fóllame.

La penetró de un solo empujón fuerte. Colette ahogó un grito de placer cuando aquella polla enorme la abrió como nunca. Sus manos se aferraron a la barandilla metálica mientras Marco la embestía desde atrás, profundo, brutal, haciendo que sus tetas rebotaran dentro del vestido. Cada golpe la levantaba casi del suelo. El sonido húmedo de carne contra carne se mezclaba con el rumor de las olas.

—Estás tan apretada… y tan mojada para mí —gruñó él contra su oído—. Tu marido debe tener una polla de niño.

La folló así durante largos minutos, cambiando el ángulo para rozar ese punto que la hacía ver estrellas. Luego la sacó, la llevó hasta una tumbona cercana y la colocó a cuatro patas sobre los cojines. El vestido se arrugaba alrededor de su cintura. Marco se arrodilló detrás y volvió a clavarse dentro de ella con un golpe seco que la hizo gemir alto.

—Ahora dime lo que quiero oír —ordenó, dándole una nalgada fuerte que resonó en la cubierta vacía—. Dilo en voz alta mientras te follo.

Colette ya no tenía vergüenza. El placer la había desatado.

—El capitán me está follando mucho mejor de lo que mi cornudo marido jamás podría —gimió, casi gritando las palabras mientras él la penetraba sin piedad—. Su polla es más grande, más dura… me llega al fondo. ¡Me está destrozando el coño y me encanta!

Marco aceleró, agarrándola por las caderas con fuerza. Sus embestidas eran salvajes, haciendo que la tumbona crujiera. El orgasmo de Colette llegó como una ola gigantesca; su coño se contrajo alrededor de la polla invasora, ordeñándola, mientras gritaba hacia el mar abierto. Marco no se detuvo. La llamó con voz ronca:

—Toma mi semen, puta casada. Llévate mi carga dentro para que tu marido duerma al lado de un coño lleno de otro hombre.

Con un rugido bajo, Marco se enterró hasta el fondo y explotó. Chorros calientes y espesos inundaron el interior de Colette, llenándola tanto que sintió cómo rebosaba alrededor de la polla todavía dura. Se corrió de nuevo, más suave pero más profundo, temblando entre los brazos del capitán.

Durante unos segundos solo se oyó la respiración agitada de ambos y el rumor del mar. Marco salió lentamente de ella, admirando cómo su semen blanco comenzaba a escurrir por los labios hinchados y bajaba por el interior de los muslos de Colette. Le dio una última palmada en el culo y le susurró al oído con autoridad:

—Ahora vuelve a tu camarote tal como estás. Sin limpiarte. Quiero que despiertes a tu cornudo marido y le pidas que te bese profundamente. Que pruebe en tu boca lo puta que has sido esta noche mientras mi semen sigue chorreando de tu coño usado. Ve. Ahora.

Colette se levantó con las piernas temblorosas. El vestido volvió a caer sobre sus muslos, pero sentía el calor pegajoso del semen deslizándose lentamente por su piel, marcándola con cada paso. Su mente era un torbellino de placer residual, culpa y una excitación renovada y peligrosa. Caminó por los pasillos iluminados tenuemente del crucero, sintiendo cómo cada gota que escapaba de su coño bien follado le recordaba lo que acababa de hacer. El olor a sexo la acompañaba. Llegó a la puerta del camarote, introdujo la tarjeta con mano temblorosa y entró en la penumbra.

Terrence dormía boca arriba, ajeno a todo. Colette se acercó a la cama, el corazón latiéndole en la garganta, el coño todavía palpitando y chorreando semen del capitán Marco. Se inclinó sobre su marido, los labios todavía hinchados por los besos y la mamada, el sabor de otra polla aún en su lengua. Dudó solo un instante, respirando agitada, sabiendo que en cuanto lo despertara y lo besara todo cambiaría para siempre.

Y allí se quedó, suspendida en esa tensión deliciosa y oscura, con el semen del capitán deslizándose por su pierna mientras decidía exactamente cómo despertar a su cornudo marido.

Colette se inclinó del todo y posó sus labios hinchados sobre los de Terrence, hundiendo la lengua con urgencia en la boca tibia y somnolienta de su marido. El sabor salado y almizclado de la polla de Marco aún impregnaba su saliva, un residuo espeso que ahora pasaba directamente a la lengua de él. Terrence abrió los ojos de golpe, parpadeando confundido en la penumbra del camarote. Su cuerpo se tensó bajo las sábanas, pero ella no le permitió apartarse. Lo besó más profundo, casi con violencia, girando la lengua alrededor de la suya mientras sus pechos presionaban contra el torso desnudo de él.

—¿Qué… Colette? —murmuró él cuando ella por fin separó sus bocas, un hilo de saliva mezclada conectando todavía sus labios.

Ella se incorporó ligeramente, sentada a horcajadas sobre las caderas de Terrence. El vestido de lino blanco se le había subido hasta la cintura y sentía cómo el semen espeso del capitán seguía escapando de su coño bien follado, deslizándose en lentos regueros calientes por el interior de sus muslos y cayendo sobre la tela del pijama de su marido. El olor a sexo fresco llenaba el aire acondicionado del camarote: una mezcla intensa de sudor masculino, coño excitado y lefa abundante.

—He estado con otro hombre esta noche —susurró ella, mirándolo directamente a los ojos. Su voz sonaba ronca, cargada de placer residual y de una excitación nueva que apenas podía contener—. Mientras tú dormías como un cornudo inútil, yo estaba en la cubierta superior dejándome follar por una polla de verdad.

Terrence abrió la boca, pero ninguna palabra salió al principio. Sus manos subieron instintivamente a las caderas de ella, palpando la piel caliente y ligeramente húmeda. Colette sintió cómo la polla de su marido, mucho más pequeña y delgada que la del capitán, empezaba a endurecerse debajo de ella. Eso la hizo sonreír con una mezcla de ternura cruel y puro deseo.

—Se llama Marco. Es el capitán del barco —continuó ella, balanceando suavemente las caderas para que el semen rebosara más abundantemente—. Cuarenta y cinco años, alto, con un pecho ancho y brazos que saben cómo sujetar a una mujer como Dios manda. Me escribió toda la tarde, diciéndome lo puta casada que soy y lo mojada que me ponía solo con leerlo. Y tenía razón.

Se inclinó de nuevo y le lamió los labios a Terrence antes de seguir hablando.

—Le envié una foto de mis tetas y de mi coño depilado. Subí a la cubierta sin bragas, tal como me ordenó. Me arrodillé delante de él como una zorra en celo y me metí esa polla gruesa en la boca hasta que me lloraron los ojos. Era mucho más grande que la tuya, Terrence. Más venosa, más pesada. Me llegaba hasta la garganta y aun así quería más.

Mientras hablaba, Colette deslizó una mano entre sus cuerpos y metió los dedos dentro de su propio coño, removiendo la crema espesa que Marco había dejado allí. Sacó dos dedos brillantes y se los llevó a la boca de su marido, pintándole los labios con la mezcla de sus jugos y el semen del capitán.

—Prueba. Prueba lo que un hombre de verdad deja dentro de tu esposa.

Terrence, con la respiración agitada, abrió la boca y chupó aquellos dedos. Gimió alrededor de ellos, un sonido ahogado de humillación y excitación que hizo que el clítoris de Colette palpitara con fuerza. Ella sintió una oleada de poder que nunca había experimentado. Su marido de treinta y cinco años, siempre tan concentrado en sus negocios y tan poco en su cuerpo, ahora lamía la lefa de otro hombre con los ojos vidriosos de deseo.

—Luego me folló contra la barandilla —prosiguió ella, bajando la mano para frotar la erección de Terrence por encima del pantalón—. Me levantó el vestido y me metió esa verga enorme de un solo empujón. Grité, amor. Grité porque me abrió como tú nunca has podido. Cada embestida me levantaba del suelo. Me dijo que mi coño era mucho más apretado y más jugoso que el de las putas que se folla en cada puerto.

Colette se quitó el vestido por completo, quedando desnuda encima de él. Sus pezones rosados estaban duros como guijarros, y las marcas leves de los dedos del capitán aún se veían en sus caderas. Se movió hacia arriba hasta colocar su coño chorreante directamente sobre la cara de Terrence.

—Lámeme —ordenó con voz suave pero firme—. Quiero que limpies con tu lengua lo que el capitán dejó. Quiero que pruebes lo bien que me corrió.

Terrence no dudó. Sus manos agarraron las nalgas de ella y la bajó contra su boca. Su lengua se hundió entre los labios hinchados, lamiendo la crema espesa que salía en glóbulos blancos. Colette gimió alto, sujetándose al cabecero de la cama mientras movía las caderas en círculos sobre la cara de su marido. El sonido húmedo de la lengua de Terrence succionando semen y jugos llenaba el camarote.

—Así, cornudo… trágatelo todo. Ese es el sabor de un hombre que sí sabe follar. Mientras tú hablabas de combustible y rutas, yo estaba gritando que su polla me llegaba al fondo del útero.

El placer crecía dentro de ella otra vez. El contraste entre la lengua ansiosa pero menos experta de su marido y la dominación brutal del capitán la estaba volviendo loca. Se corrió con un gemido largo y tembloroso, inundando la boca de Terrence con una mezcla de sus fluidos y los restos de Marco. Él tragó, ahogándose ligeramente, pero sin apartarse.

Cuando las contracciones cesaron, Colette bajó por el cuerpo de él y le bajó el pantalón del pijama. La polla de Terrence saltó, pequeña, tiesa y goteando precum. Comparada con la del capitán parecía casi ridícula, y ella no tuvo piedad en decírselo.

—Mírala… tan pequeñita y desesperada. La polla del capitán es el doble de gruesa y me llegaba mucho más profundo. Pero ahora vas a follarme tú también. Vas a meterla en este coño usado y lleno de semen mejor que el tuyo.

Se colocó encima y se dejó caer de golpe, engullendo la polla de su marido sin esfuerzo. Estaba tan abierta y lubricada que apenas lo sintió. Terrence gruñó, agarrándola por la cintura.

—Joder, Colette… estás… estás tan suelta y caliente…

—Porque acabo de ser follada como se debe —respondió ella, empezando a cabalgarlo con movimientos lentos y profundos—. Siente cómo resbala. Eso que notas dentro es la lefa del capitán. Te está lubricando la polla, cornudo. ¿Te gusta saber que estás follando los restos de un hombre mejor que tú?

Terrence jadeaba, empujando hacia arriba con desesperación. Sus ojos no se apartaban de los de ella, llenos de una humillación que claramente lo estaba llevando al límite. Colette se inclinó hacia delante, dejando que sus tetas colgaran sobre la cara de él.

—Chúpame los pezones. El capitán me los mordió mientras me empotraba. Me dijo que tenía cuerpo de puta cara y que merecía que me usaran en cada cubierta de este barco.

Él obedeció, succionando con fuerza uno de sus pezones mientras sus manos apretaban las nalgas de ella. Colette aceleró el ritmo, sintiendo cómo el semen de Marco salía con cada subida y bajada, manchando los muslos de Terrence y las sábanas. El placer era distinto ahora: más psicológico, más sucio. Sabía que estaba humillando profundamente a su marido y eso la encendía de una forma que nunca imaginó.

De pronto, el teléfono de Colette vibró sobre la mesita de noche. Ella se detuvo a mitad de una embestida, con la polla de Terrence enterrada hasta el fondo en su coño rebosante. Alargó la mano y leyó el mensaje nuevo. Era de Marco.

«¿Ya le has hecho probar mi semen a tu cornudo? Quiero verte otra vez antes del amanecer. En mi camarote privado. Trae a tu marido si quieres que mire cómo te hago gritar de nuevo. Sin excusas.»

Colette sonrió con malicia y giró la pantalla para que Terrence pudiera leerlo. Él abrió mucho los ojos, respirando entrecortadamente.

—¿El… el capitán? —balbuceó.

—Sí. Y quiere que suba ahora. Dice que puedes venir a mirar cómo me folla otra vez. ¿Qué dices, amor? ¿Te atreves a ver cómo un hombre de verdad me usa mientras tú solo miras y te tocas esa polla insignificante?

Terrence gimió, y su polla dio un latigazo dentro de ella. Colette comenzó a cabalgarlo de nuevo, más rápido, apretando las paredes de su coño alrededor de él.

—Contéstale tú —susurró ella, pasándole el teléfono—. Dile que su puta casada está llena de su semen y que va a ir a por más. Dile que su polla de capitán es lo único que mi coño necesita a partir de ahora.

Las manos de Terrence temblaban mientras sostenía el móvil. Colette siguió follándolo sin piedad, inclinándose para morderle el cuello y susurrarle al oído cada detalle sucio que recordaba de la cubierta: cómo la había puesto a cuatro patas, cómo le había dado nalgadas fuertes, cómo había rugido al correrse dentro de ella.

El orgasmo de Terrence llegó demasiado pronto. Con un gemido patético se vació dentro de ella, mezclando su semen débil con el potente de Marco. Colette ni siquiera se corrió esta vez. Se levantó lentamente, dejando que ambos fluidos cayeran sobre el vientre de su marido.

Se quedó de pie junto a la cama, desnuda, con las piernas abiertas y el coño rojo e hinchado chorreando. Miró a Terrence, que jadeaba exhausto y avergonzado, con los labios brillantes de semen ajeno.

—No hemos terminado —dijo ella con voz suave pero cargada de promesa—. Esto solo es el principio. El capitán me está esperando y yo todavía no estoy satisfecha. Levántate. Vamos a ver si tienes huevos para acompañarme y ver cómo un hombre de verdad termina lo que empezó.

Colette sintió un escalofrío de anticipación pura recorriéndole la espalda. Su mente ya estaba en el camarote del capitán, imaginando nuevas posturas, nuevas humillaciones, nuevas formas de romper del todo el matrimonio que había tenido hasta esa noche. Terrence se incorporó lentamente, con la mirada perdida entre el miedo, la excitación y una rendición que apenas empezaba a asimilar.

El teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje de Marco:

«Tick tock, Colette. Mi polla está dura otra vez pensando en ese coño casado. Tráelo. Quiero que tu cornudo vea cada centímetro entrando donde él nunca ha llegado.»

Ella sonrió, extendió la mano hacia Terrence y tiró de él para que se levantara. El semen de dos hombres le corría por los muslos mientras caminaban hacia la puerta del camarote. La noche aún era joven y el crucero seguía navegando bajo la luna. Colette sabía que lo que vendría después sería aún más sucio, más intenso y mucho más peligroso. Y no podía esperar a que comenzara.

Colette y Terrence avanzaron por los pasillos tenuemente iluminados del Estrella de Plata, sus pasos amortiguados por la moqueta gruesa. Ella sentía cada gota espesa del semen de Marco y de su marido resbalando por el interior de sus muslos, un río caliente y pegajoso que le recordaba lo abierta y usada que estaba. El coño le palpitaba aún, hinchado y sensible, y cada roce de sus piernas enviaba descargas de placer culpable hasta su vientre. Terrence caminaba a su lado en silencio, con el pijama arrugado y la mirada baja, pero su polla pequeña ya volvía a marcar la tela, traicionando lo mucho que le excitaba aquella humillación. Colette apretó su mano con fuerza, pensando que esto ya no era un juego: era poder. Poder puro y crudo que la hacía sentir viva por primera vez en años.

Llegaron a la puerta del camarote privado del capitán, una entrada más amplia y lujosa en la cubierta superior. Colette llamó con los nudillos, el corazón latiéndole en la garganta. La puerta se abrió casi de inmediato. Marco apareció ante ellos, imponente con sus cuarenta y cinco años bien llevados, el uniforme blanco desabrochado hasta el ombligo, revelando el pecho ancho y bronceado cubierto de vello oscuro. Su polla ya formaba un bulto evidente bajo los pantalones, y su mirada oscura pasó de Colette a Terrence con una sonrisa depredadora.

—Vaya, la puta casada trajo al cornudo —dijo con voz grave y autoritaria, haciéndose a un lado para dejarlos entrar—. Pasad. No quiero que nadie os vea aquí fuera.

El camarote era amplio, con una cama king size en el centro, ventanales que daban al mar nocturno y una silla de cuero junto a la pared. Marco cerró la puerta con llave y se volvió hacia Terrence, señalando la silla con un dedo imperioso.

—Tú, siéntate ahí y no te muevas. Solo miras. Si te tocas esa polla de niño sin mi permiso, os echo a los dos. ¿Entendido, cornudo?

Terrence tragó saliva, las mejillas ardiendo de vergüenza, pero asintió y obedeció, acomodándose en la silla con las manos sobre los muslos. Colette sintió una oleada de excitación al ver a su marido de treinta y cinco años reducido a eso. Marco se acercó a ella entonces, dominando el espacio con su altura. La atrajo por la nuca y la besó con brutalidad, hundiendo la lengua en su boca mientras sus manos grandes le apretaban las nalgas desnudas bajo el vestido. Colette gimió contra sus labios, sintiendo cómo su coño volvía a mojarse, mezclando los restos de semen con sus propios jugos.

—Hueles a sexo, Colette —gruñó Marco contra su oído, deslizando dos dedos gruesos entre sus muslos para hundirlos sin piedad en su coño empapado—. Joder, estás rebosando. ¿Ya le hiciste probar mi carga a este inútil?

—Sí, capitán —jadeó ella, moviendo las caderas para folgarse con aquellos dedos que la abrían sin esfuerzo—. Le metí la lengua con sabor a tu polla y luego le hice lamer todo lo que dejaste dentro. Se corrió como un perro solo con probarlo.

Marco rio bajo, sacando los dedos y llevándoselos a la boca de Colette para que los chupara. Ella lo hizo con devoción, mirándolo a los ojos mientras su lengua limpiaba los restos de semen y sus propios fluidos. Su mente era un torbellino: nunca se había sentido tan deseada, tan libre. Terrence respiraba agitado desde la silla, los ojos fijos en ellos, la polla tiesa bajo el pijama.

—Desnúdate para mí —ordenó Marco, quitándose la camisa del uniforme. Su torso musculoso quedó expuesto, los abdominales marcados por años en el mar.

Colette se quitó el vestido por la cabeza con un movimiento lento, quedando completamente desnuda ante los dos hombres. Sus tetas firmes de treinta y dos años se mostraban con los pezones rosados duros, y su coño depilado brillaba, rojo e hinchado, con hilos blancos de semen escapando aún. Marco la empujó hacia la cama sin delicadeza, pero con esa autoridad que la derretía. La colocó de espaldas, con las piernas abiertas hacia donde estaba Terrence, para que su marido viera cada detalle.

—Mira bien, cornudo —dijo Marco, arrodillándose entre las piernas de Colette—. Esto es lo que tu mujer necesita. Una polla de verdad.

Se bajó los pantalones y liberó su verga gruesa, venosa y completamente erecta. Colette la miró con hambre, recordando cómo la había abierto antes. Marco la agarró por las caderas y, sin más preámbulos, la penetró de un solo empujón profundo. Ella arqueó la espalda y gritó de placer, sintiendo cómo aquella polla enorme la llenaba hasta el fondo, rozando puntos que Terrence jamás había tocado.

—¡Dios, capitán! ¡Es tan grande! —gimió, clavando las uñas en las sábanas—. Me estás destrozando el coño otra vez… mi marido nunca me ha follado así.

Marco comenzó a embestir con ritmo brutal, sus caderas chocando contra las de ella con golpes húmedos y sonoros. El semen anterior salía expulsado con cada salida, manchando las sábanas y los muslos de Colette. Terrence no apartaba la vista, respirando entrecortadamente, una mano apretando el borde de la silla para no tocarse.

—Díselo a él —ordenó Marco, dándole una nalgada fuerte que resonó en el camarote—. Cuéntale cómo se siente una polla de hombre de verdad mientras te follo delante de su cara.

Colette giró la cabeza hacia su marido, los ojos vidriosos de placer mientras Marco la taladraba sin piedad.

—Terrence… amor… mírame. Su polla es el doble de gruesa que la tuya. Me llega al útero con cada golpe. Siento cómo me abre, cómo me usa… ¡Joder, me corro!

Su orgasmo la golpeó como una ola, contrayendo su coño alrededor de la verga invasora. Marco gruñó pero no se detuvo, follándola a través del clímax, prolongándolo hasta que Colette temblaba y gemía incoherentemente. El capitán la sacó entonces, la giró y la puso a cuatro patas, de cara a su marido. Desde esa posición, Terrence podía ver perfectamente cómo la polla de Marco volvía a clavarse en el coño abierto de su mujer, estirando los labios hinchados.

—Ven más cerca —le dijo Marco a Terrence—. Arrodíllate al lado de la cama. Quiero que veas cómo desaparece mi polla dentro de tu puta.

Terrence obedeció, arrodillándose a menos de un metro. Su cara estaba tan cerca que podía oler el sexo intenso, el sudor y el semen. Colette lo miró a los ojos mientras Marco la follaba por detrás, agarrándola del cabello castaño para arquearla.

—Lame mis tetas, cornudo —ordenó ella entre gemidos—. Chupa mientras el capitán me destroza.

Terrence se inclinó y capturó uno de sus pezones con la boca, succionando con desesperación mientras la cama se sacudía por las embestidas de Marco. El capitán rio, dándole otra nalgada.

—Buen chico. Lame las tetas de la mujer que ya no te pertenece. Su coño es mío ahora.

Colette sentía un placer oscuro y profundo. Cada embestida de Marco la empujaba contra la boca de su marido. Pensaba en lo patético que se veía Terrence, lamiendo obedientemente mientras otro hombre la usaba. Su segundo orgasmo llegó más intenso, gritando hacia la cara de su marido, inundando la polla de Marco con sus jugos.

—Ahora quiero que limpies —dijo Marco de pronto, saliendo del coño de Colette con un sonido obsceno. Su polla brillaba, cubierta de crema blanca—. Lame mi verga, cornudo. Prueba la mezcla de tu mujer y de un hombre mejor.

Terrence dudó solo un segundo antes de abrir la boca y aceptar la polla gruesa del capitán. Marco le sujetó la cabeza y le folló la boca con movimientos cortos, sin llegar a la garganta pero lo suficiente para humillarlo. Colette observaba fascinada, tocándose el clítoris hinchado. Ver a su marido de treinta y cinco años, ejecutivo de negocios, chupando la polla que acababa de follarla la estaba volviendo loca de nuevo.

—Así, trágatela —susurró ella—. Saborea lo que mi coño dejó en él.

Marco lo apartó después de un minuto y volvió a penetrar a Colette, esta vez tumbándola de lado, una pierna levantada para que Terrence viera la penetración lateral. La folló con golpes largos y profundos, sus huevos golpeando contra ella. Colette se corrió por tercera vez, gritando el nombre del capitán, su cuerpo convulsionando entre las sábanas revueltas.

—Voy a correrme dentro otra vez —anunció Marco con voz ronca—. Y tú, cornudo, vas a lamer todo lo que salga después.

Con un rugido gutural, Marco se enterró hasta el fondo y explotó. Colette sintió los chorros calientes, espesos, inundándola de nuevo, llenándola más allá de lo que podía contener. Cuando el capitán salió, un río de semen blanco brotó de su coño abierto, goteando sobre la cama.

—Límpiala —ordenó.

Terrence se lanzó entre las piernas de su mujer sin protestar, hundiendo la lengua en el coño rebosante, succionando la mezcla de semen de ambos hombres con gemidos ahogados. Colette le sujetó la cabeza contra ella, corriéndose suavemente una vez más mientras su marido tragaba todo.

Marco se recostó en la cama, sudoroso y satisfecho, su polla aún semierecta descansando sobre su muslo. Colette se acurrucó contra su pecho ancho, respirando agitada, mientras Terrence permanecía arrodillado, los labios brillantes y la expresión de completa rendición.

—Esto no termina aquí —murmuró Colette, besando el pectoral de Marco. Su mente ya trabajaba a toda velocidad, excitada por las posibilidades. Pensó en la escala del barco en Barcelona dentro de dos días. Podría convencer a Marco de que la llevara al puente de mando mientras el barco estaba atracado, follarla allí mismo contra los controles mientras Terrence esperaba en la puerta, vigilando. O mejor aún, planear una noche completa en el camarote del capitán después del crucero, en su casa de la costa, donde podría atar a su marido a una silla durante horas mientras Marco la usaba en todas las habitaciones. Quizás incluso invitar a uno de los oficiales de confianza del capitán para que viera cómo se follaba a la esposa de otro. El plan se formaba con detalle en su cabeza: reservar un hotel discreto en el próximo puerto, hacer que Terrence pagara la habitación y luego filmar —no, sin grabaciones, pero sí hacer que su marido tomara notas detalladas de cada orgasmo que ella tuviera con pollas mejores que la suya.

Se incorporó ligeramente y miró a ambos hombres.

—La próxima vez será en tierra —dijo con voz suave pero decidida, acariciando la polla de Marco con dedos perezosos—. Quiero que me folles en una suite con vistas al mar, capitán. Terrence pagará todo y se quedará de rodillas junto a la cama, limpiando cada carga que me dejes. Y después… quién sabe. Quizás organice una escapada solo contigo mientras mi cornudo se queda en casa fingiendo que todo es normal.

Marco sonrió con aprobación, atrayéndola para un beso profundo. Terrence, aún arrodillado, solo pudo gemir en respuesta, su polla pequeña goteando sobre la alfombra. Colette cerró los ojos, saboreando el sabor del triunfo y el placer. El crucero continuaba, pero su matrimonio ya había cambiado para siempre. Y ella ya estaba trazando cada detalle sucio de la siguiente revelación, cada nueva humillación que haría que su coño palpitara de anticipación durante semanas.

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