Aislados en la Granja: Su Amiga Silenciosa se Entrega
Un 28 y una trans de 26 aislados por la tormenta, ella se pone lencería y se entrega como mi putita.
Tengo veintiocho años y todavía me sorprende lo poco que sé de la gente a la que más quiero. Carla tiene veintiséis, es diseñadora gráfica freelance y mi mejor amiga desde que nos conocimos hace años; siempre se ha presentado de forma discreta, andrógina, con camisas holgadas, el cabello corto peinado hacia atrás y una voz suave que nunca alzaba demasiado. Nadie en nuestro círculo hablaba de lo obvio porque ella no lo pedía. Yo tampoco. Guardaba dentro un deseo sordo, años de mirarla de más y de tragarme la confesión.
La tormenta nos cayó encima sin avisar. Habíamos subido a la vieja granja de mis abuelos para pasar el fin de semana ordenando trastos y bebiendo vino barato; el camino de tierra se convirtió en un río de barro en menos de una hora. Sin electricidad, sin señal, el viento golpeaba los postigos como si quisiera derribar la casa. Encendimos el fuego de la chimenea grande del salón y nos turnamos para buscar velas en los cajones del pasillo.
Fue en su mochila. Yo solo quería el mechero que sabía que llevaba. Al abrir la cremallera lateral salió, envuelto en papel de seda negro, un conjunto de lencería de encaje: un body semitransparente, bragas mínimas, un camisón corto de tirantes y medias de seda hasta el muslo con liguero. El tacto me quemó los dedos. Me quedé quieto, arrodillado junto a la cama de invitados, con la respiración corta. Años de fantasías reprimidas se me subieron a la garganta de golpe. Carla no era solo mi amiga discreta. Carla había traído esto a propósito.
—¿Hugo? —Su voz llegó desde el umbral. La luz de la vela que yo sostenía le dibujó la cara. Me vio con la lencería en las manos. No gritó. No se tapó. Solo entró, cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie a dos metros, mirándome con una calma que me desarmó.
—Lo siento —dije, pero la voz me salió ronca—. No iba a…
—Traje eso porque fantaseaba con que tú me vieras —confesó ella, suave y valiente, sin bajar la mirada—. Como la mujer que realmente soy. No como la versión segura que muestro siempre. Pensé… si la tormenta nos dejaba solos… quizás.
El silencio entre nosotros se volvió eléctrico. La lluvia azotaba el tejado. Yo me puse de pie, todavía con el encaje en una mano.
—Póntela —le pedí. No fue una orden brusca; fue un ruego cargado—. Quiero verte. De verdad.
Ella sonrió, tímida y excitada a la vez, y asintió. Me pidió que me diera la vuelta un momento. Escuché el roce de la ropa, el clic de un pequeño neceser, el sonido de las medias al deslizarse por las piernas. Cuando me giré, el aire se me atascó en el pecho.
Carla llevaba el body de encaje negro ceñido al torso, el camisón corto abierto por delante, las medias de seda brillando a la luz de las velas, y unos tacones bajos que había sacado no sé de dónde. Se había puesto un poco de delineador y un gloss en los labios. El cabello, suelto ahora, le caía a los lados de la cara. Ya no había nada andrógino en ella. Era hermosa, deseable, y me miraba esperando mi reacción.
—Joder, Carla… —susurré—. Estás preciosa.
Se acercó. Yo notaba el pene duro contra el pantalón, el pulso en las sienes. Ella se arrodilló frente a mí sobre la alfombra gastada, con una devoción clara en los ojos, y desabrochó mi cinturón. Saqué la polla; ella la tomó con las dos manos y la lamió desde la base hasta la punta, lenta, como si hubiera esperado años para hacerlo. La metió en la boca y chupó con ganas, mejillas hundidas, saliva brillándole en la comisura. Yo le acaricié el cabello, los dedos enredados en los mechones.
—Qué hermosa te ves así —le dije, la voz baja, confesional—. Mi putita consentida. Tan buena chupándome la polla… mírate, con esas medias y ese encaje… te deseo desde hace tanto.
Ella gimió alrededor de mi carne, vibrando, y siguió chupando más profundo, una mano masajeándome los huevos, la otra apoyada en mi muslo. El calor de su boca, la vista de su espalda marcada por el body negro, las medias tirantes… se me nubló la cabeza. La retiré con suavidad antes de correrme demasiado pronto.
—Sube a la cama —le pedí.
La cama antigua crujió bajo su peso. La puse a cuatro patas, le levanté el camisón hasta la cintura y le bajé las bragas de encaje por los muslos, dejándolas tensas a media altura. Su culo redondo, el agujero apretado y limpio, el pene duro y goteando contra las sábanas. Escupí en mis dedos, la preparé con cuidado, empujando primero uno y luego dos hasta que ella jadeó y empujó hacia atrás pidiendo más. Me coloqué detrás, froté la cabeza de mi polla contra su entrada y entré despacio.
Estaba tan apretada que casi se me doblan las rodillas. Avancé centímetro a centímetro, con embestidas fuertes pero cariñosas, sujetándole las caderas, sintiendo cómo su cuerpo me recibía. Cada vez que embestía a fondo ella gemía mi nombre.
—Hugo… así, más… fóllame el culo, por favor… lléname…
Yo le acariciaba la espalda, le tiraba un poco del cabello sin rudeza de más, y le hablaba al oído mientras la penetraba profundo:
—Mírate, Carla. Vestida de seda, con los tacones todavía puestos, abriéndote para mí. Eres mi putita hermosa y consentida. Tan caliente… tan mojada por delante mientras te follo por detrás. Dime que lo quieres.
—Lo quiero —jadeó ella, una mano bajo su cuerpo, masturbándose con rapidez—. Quiero que me corras dentro… lléname, Hugo, por favor… soy tuya así…
Las embestidas se volvieron más ritmadas, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación junto al crepitar del fuego lejano y la tormenta. El encaje se le pegaba a la piel sudada. Las medias brillaban. Yo sentía el orgasmo acumulándose, pero quise verla encima.
La saqué con un gemido compartido, me tumbé de espaldas y ella se subió a caballo sin dudar. Se guió mi polla otra vez a su culo y se sentó despacio, las medias rozándome los muslos, el camisón abierto dejando ver el body y sus pezones duros bajo el encaje. Empezó a cabalgarme, subiendo y bajando con las manos apoyadas en mi pecho, el pelo moviéndose, los labios entreabiertos. Yo le agarré las caderas y empujé hacia arriba al mismo tiempo, follándola desde abajo mientras ella se masturbaba sin parar.
—Así… joder, Carla, cabálgame… te ves increíble… mi putita montándome con esas medias…
Ella aceleró, gimiendo más alto, el cuerpo temblándole. Sentí cómo se apretaba alrededor de mi polla cuando se corrió, chorros calientes sobre mi abdomen, un gemido largo y roto con mi nombre. Eso me empujó al borde. La sujeté fuerte y me corrí dentro de ella, profundos espasmos, llenándola mientras ella seguía moviéndose encima para sacarme hasta la última gota.
Nos quedamos jadeando. Ella se bajó con cuidado, se acurrucó contra mi pecho todavía vestida con la lencería empapada de sudor, semen y deseos, las medias arrugadas, el gloss corrido. El corazón le latía rápido contra el mío. Afuera la tormenta no amainaba; adentro solo quedaba el olor a sexo y cera de vela.
Carla me susurró contra la piel del pecho, la voz pequeña y llena de algo nuevo:
—Por fin se siente… como si pudiera quedarme así contigo. Como si no tuviera que esconderme. Pero hay más cosas que no te he dicho todavía, Hugo. Cosas que traje además de la lencería. Y si la lluvia no para… quiero que sepas exactamente hasta dónde estoy dispuesta a entregarme esta noche.
Tengo veintiocho años y aún me cuesta creer lo fácil que fue pasar de años de silencio a tener a Carla encima de mí, llena de mi semen, susurrando que había traído más cosas. El olor a sexo y cera se mezclaba con el humo lejano de la chimenea. Afuera el viento seguía aullando, pero dentro solo existíamos nosotros dos y esa promesa abierta.
—Muéstrame —le dije contra su pelo húmedo—. Quiero saber hasta dónde.
Se incorporó despacio, las medias de seda ya arrugadas en los muslos, el body de encaje pegado a la piel por el sudor y lo que le había salido al correrse. Caminó hasta la mochila con esos tacones bajos que hacían crujir la madera vieja. Sacó un neceser negro más pequeño y lo abrió sobre la cama. Dentro había un plug de silicona negro con base de joya, un biberón de lubricante espeso, un collar delgado de cuero con una argolla y un dildo realista, más grueso que yo, del color de la carne.
—Los traje por si te atrevías —confesó, la voz suave pero firme—. Por si querías usarme de verdad. No solo follarme el culo una vez. Quiero que me dejes hecha un desastre consentido. Tu putita de granja. La que se deja vestir, rellenar y marcar solo para ti.
Me incorporé. El pene ya volvía a endurecerme solo de mirarla de pie así, el camisón abierto, el gloss corrido, el semen mío resbalándole por el muslo interno y brillando a la luz de la vela. La atraje hacia mí, la besé con lengua lenta, saboreando el sabor a mí mismo en su boca.
—Ponte el collar —ordené, pero era un ruego caliente—. Y arrodíllate otra vez.
Obedeció. El cuero le cerró alrededor del cuello delgado; la argolla colgaba justo encima del escote del body. Se arrodilló entre mis piernas abiertas al borde de la cama. Yo le acaricié la mejilla, el cabello, y le dije bajito:
—Chúpame otra vez. Limpia lo que quedó y déjame duro para rellenarte otra vez. Mírame mientras lo haces. Quiero ver esos ojos de mujer que siempre escondiste.
Ella abrió la boca y me tomó entero de un golpe, la garganta relajada, los ojos fijos en los míos. La saliva le chorreaba por la barbilla, le mojaba el encaje del pecho. Chupaba con ruidos obscenos, mojados, la lengua girando alrededor del glande cada vez que se retiraba. Yo le sujetaba el pelo con una mano y con la otra le tiraba suavemente de la argolla del collar, guiándola más profundo. Cada embestida de su boca me hacía jadear.
—Así, putita mía… qué buena eres tragándomela. Llevas años queriendo esto, ¿verdad? Años escondiendo las medias y el body solo para un momento como este.
Asintió con la boca llena, gimiendo alrededor de mi polla. Cuando sentí que iba a correrme otra vez demasiado pronto la saqué con un pop húmedo. Ella jadeaba, labios hinchados, saliva brillándole hasta el pecho.
—En cuatro —dije—. Enseña ese culo que ya está abierto por mí.
Se puso a gatas sobre la colcha vieja. Le levanté el camisón hasta la cintura, le bajé las bragas del todo y se las dejé enredadas en un tobillo. Su agujero todavía lucía rosado y un poco abierto, gotas blancas de mi corrida anterior resbalando. Abrí el lubricante y lo eché generoso sobre el plug. Lo froté contra su entrada, empujé despacio. Ella empujó hacia atrás al mismo tiempo, tragándoselo centímetro a centímetro hasta que la joya negra quedó encajada entre sus nalgas.
—Joder… —gimió—. Se siente tan grande… tan lleno.
—Ahora te follo con eso dentro —le dije al oído mientras me colocaba detrás—. Vas a sentir las dos cosas a la vez. Mi polla y el plug empujándote por dentro.
Le abrí las nalgas, alineé la cabeza de mi polla —ya empapada de su saliva— y empujé. Estaba más holgado que la primera vez, resbaladizo por el semen y el lubri, pero el plug lo hacía más estrecho, más intenso. Entrar fue un golpe de calor que me dobló casi. Empecé a follarla con embestidas largas y profundas, el sonido obsceno de piel contra piel llenando la habitación junto al golpe de la lluvia. Cada vez que entraba a fondo el plug se movía dentro de ella; ella gritaba mi nombre ahogado, una mano bajo su cuerpo masturbándose el pene duro y goteante.
—Más fuerte, Hugo… fóllame como tu putita de verdad… úsame… quiero que me dejes coja de tanto correrme.
Le agarré las caderas con fuerza, le di palmadas abiertas en las nalgas hasta dejar marcas rojas que contrastaban con el encaje negro. Le tiré del pelo hacia atrás, arqueándole la espalda, y le hablé sucio mientras la embestía sin piedad cariñosa:
—Mírate, Carla. Veintiséis años escondiéndote detrás de camisas holgadas y ahora aquí, en la granja de mis abuelos, con collar, medias y el culo lleno de mí y de un juguete. Eres la mujer más puta y hermosa que he follado. Dime que eres mía así. Dilo.
—Soy tuya… tu putita… tu zorra de lencería… fóllame el culo hasta que no pueda caminar… lléname otra vez, por favor…
Cambié el ángulo, buscando ese punto que la hacía temblar. Cuando lo encontré ella se corrió con un grito roto, chorros calientes salpicando las sábanas y mis muslos, el culo contrayéndose alrededor de mi polla y del plug a la vez. No paré. Seguí follándola a través del orgasmo, más rápido, más hondo, hasta que ella lloriqueaba de placer sobresensibilizado y me pedía que no parara.
La saqué solo el tiempo suficiente para quitarle el plug con un movimiento húmedo. Ella gimió por la pérdida. Me tumbé de espaldas otra vez y la hice montarme de frente. Esta vez se guió mi polla a su culo sin ayuda y se sentó de un solo golpe, hasta el fondo. El body de encaje se le había subido sobre los pezones duros; las medias brillaban con sudor y lubricante. Empezó a cabalgarme con fuerza, rebotando, las manos en mi pecho, el collar tintineando. Yo le agarré las tetas a través del encaje, le pellizqué los pezones, le hablé sin parar:
—Cabálgame, preciosa. Usa mi polla. Quiero verte correrte otra vez encima de mí con esa cara de puta feliz. Eres perfecta así. No más esconderte. Solo esto. Solo nosotros y tu culo tragándome entero.
Ella aceleró, el sonido de su culo chocando contra mis caderas obsceno y rítmico. Se masturbaba con la mano libre, el pene rojo y goteando sobre mi abdomen. Cuando se corrió por tercera vez lo hizo con todo el cuerpo temblando, un gemido largo que parecía salir del fondo de la garganta, semen propio salpicándome el pecho y el cuello. El apretón de su culo me arrastró con ella. Me corrí profundo otra vez, chorros calientes llenándola mientras la sujetaba contra mí, embistiendo hacia arriba hasta vaciarme por completo.
Se desplomó sobre mi pecho, todavía empalada, los dos jadeando. Le acaricié la espalda sudada, le besé la frente, le susurré lo hermosa que estaba, lo mucho que la deseaba exactamente así, lencería destrozada, collar, medias caídas, llena de mí. Ella se rió bajito, exhausta y feliz, y se quedó un rato en silencio escuchando la tormenta.
Después se deslizó a un lado, recogió el dildo del neceser y me miró con esa calma valiente de antes.
—Todavía no he terminado de entregarme —dijo—. Quiero que me veas usarlo. Quiero que me veas follarme sola mientras me miras y me dices qué hacer. Y después… quiero que me la metas otra vez, despacio, hasta que no quede nada de la chica discreta. Solo tu putita de la granja.
Le dije que sí con la voz ronca. La puse de espaldas, le abrí las piernas, le unté el dildo de lubricante y se lo fui metiendo en el culo centímetro a centímetro mientras ella se masturbaba y gemía instrucciones. “Más profundo… gíralo… ahora sácalo y mételo de golpe…”. Yo la miraba hipnotizado, mi polla ya dura otra vez solo de verla abrirse para el juguete, el collar brillando, el body rasgado en un costado. Cuando el dildo estaba enterrado hasta la base ella me pidió que lo follara dentro de ella con la mano, que la usara como si fuera mi segunda polla. Lo hice. La follé con el dildo mientras le chupaba los pezones a través del encaje y le decía lo puta y perfecta que era.
Cuando ya no aguantó más me apartó el juguete, me empujó sobre ella y me abrió las piernas con las suyas. “Métetela. Ahora. Sin tapujos”. Entré de un solo empuje. La follé cara a cara, lenta al principio, mirándola a los ojos, después más fuerte, las rodillas clavadas en el colchón, el cabecero golpeando la pared al ritmo. Ella se corrió otra vez entre nosotros, sin tocarse, solo del roce y de la presión en el culo. Yo aguanté lo que pude y me corrí por tercera vez dentro, más profundo que nunca, con un gruñido que me salió del pecho.
Nos quedamos enredados, el semen saliéndole despacio cada vez que movía las piernas. Le quité el collar con cuidado, le besé el cuello marcado, le limpié el gloss corrido con el pulgar. Afuera el viento amainaba un poco. Ella apoyó la cabeza en mi hombro y habló con esa voz confesional que me destrozaba:
—Nunca pensé que podría ser tan libre contigo. Que me miraras así y no te echaras atrás. Que me llamaras putita y al mismo tiempo me hicieras sentir… querida. Exactamente como soy.
Le dije que la quería así desde hacía años, que la discreción nunca me había engañado del todo, que cada camisa holgada solo había alimentado la fantasía de verla exactamente como estaba ahora. Ella sonrió contra mi piel. Hablamos bajito un rato más, de lo que vendría cuando la tormenta pasara, de si esto cambiaba todo o solo lo hacía más real. El fuego de la chimenea ya era solo brasas. Las velas se consumían. Nos dormimos un rato abrazados, ella todavía con las medias puestas y mi semen secándosele en los muslos.
Desperté porque la lluvia había parado por completo. El silencio era extraño después de horas de tormenta. Carla seguía dormida contra mí, hermosa, destrozada de placer, el collar abandonado en la almohada. Me levanté desnudo, fui a la ventana del pasillo y aparté la cortina. El cielo estaba limpio, las estrellas nítidas, el barro del camino ya empezaba a cuartearse bajo la luna. No había rastro de la violencia del viento. Ni una rama caída de más. Ni un charco demasiado profundo.
Volví a la cama, me metí detrás de ella, la abracé y le besé el hombro. Ella murmuró mi nombre medio dormida y apretó el culo contra mi ingle con una sonrisa. Yo le susurré que la tormenta había terminado, que por fin podríamos bajar al pueblo al amanecer si queríamos. Ella solo asintió y se acurrucó más.
Fue al cerrar los ojos otra vez cuando lo entendí del todo, con el olor a sexo todavía pegado a las sábanas y el recuerdo de su voz pidiendo que la llenara: la mochila ya estaba preparada días antes, el camino de tierra siempre se volvía intransitable con la primera lluvia fuerte de la temporada y yo había sido yo quien insistió en subir precisamente ese fin de semana.
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