Susurros de Negación que Acaban en un Por Favor
Laura, una ejecutiva blanca de 32 años, contrata a Marco, un musculoso entrenador negro de 28, y termina suplicando que le folle el coño.
Confieso que todo empezó por aburrimiento y una necesidad que no quería reconocer. Me llamo Laura, tengo 32 años y soy ejecutiva senior de una firma financiera que mueve millones cada trimestre. Mi vida parecía perfecta: casa enorme en las afueras, marido exitoso que en ese momento llevaba tres semanas de viaje por Europa, y un cuerpo que aún lucía firme aunque había perdido tono después de años de escritorio. Decidí contratar a un entrenador personal que viniera a casa, alguien discreto y profesional. La agencia me envió a Marco.
Tenía 28 años, era negro, alto y con una musculatura que parecía tallada para intimidar y atraer al mismo tiempo. Cuando llegó la primera mañana, vestido con camiseta sin mangas y pantalones cortos deportivos, el salón se sintió más pequeño. Sus brazos gruesos, la piel oscura reluciente bajo la luz que entraba por los ventanales, y esa forma calmada pero firme de hablarme. Me miró de arriba abajo, evaluándome como profesional, pero sus ojos se detuvieron un segundo más en la curva de mis caderas enfundadas en leggins grises.
—Empezaremos suave, Laura. Quiero ver cómo responde tu cuerpo —dijo con esa voz grave que parecía vibrar en mi pecho.
Las primeras sesiones fueron un tormento disimulado. Me ponía en posición de sentadillas y sus manos grandes y oscuras se posaban en mis caderas para corregir el alineamiento. El calor de sus palmas atravesaba la tela fina. Mi piel clara contrastaba tanto con la suya que no podía dejar de mirarlo. Cada roce enviaba un latigazo directo a mi vientre. Yo sudaba, respiraba agitada y repetía en susurros que solo él podía oír:
—No es nada. Solo es ejercicio. Estoy casada.
Pero mi cuerpo me traicionaba. Sentía los pezones endurecerse contra el top deportivo y un calor húmedo entre los muslos que nada tenía que ver con el esfuerzo. Marco nunca dijo nada inapropiado, pero sus dedos se quedaban un instante más de lo necesario en la parte baja de mi espalda cuando hacía planchas, o rozaba el interior de mis muslos al ajustar mi postura en zancadas. Nuestras miradas se enganchaban. Yo apartaba la vista y murmuraba para mí misma, negándolo todo:
—Esto no está pasando. No lo deseo. No puedo.
La negación se convirtió en mi mantra privado. Por las noches, sola en la cama king size, me tocaba pensando en esas manos negras sobre mi piel blanca y luego me odiaba por ello, susurrando al vacío: «No. No eres esa clase de mujer».
Llegó la sesión que lo cambió todo. Era un jueves por la tarde, el calor era asfixiante aunque el aire acondicionado estaba al máximo. Marco me había exigido una rutina más intensa: burpees, hip thrusts con peso y abdominales avanzados. Yo estaba empapada, el top se pegaba a mis pechos y los pezones se marcaban sin vergüenza. Él también sudaba; la camiseta se adhería a sus pectorales y abdominales como una segunda piel oscura y brillante.
Me hizo tumbarme en la colchoneta para hacer hip thrusts. Colocó la barra con discos sobre mis caderas y se arrodilló entre mis piernas abiertas para estabilizarla. Su cara quedó peligrosamente cerca de mi sexo. Cada elevación de cadera hacía que mi coño, ya hinchado y húmedo bajo los leggins, casi rozara su pecho. El olor a sudor limpio, a hombre, a él, me inundaba.
—Más alto, Laura. Aprieta el glúteo —ordenó con voz más baja, más ronca.
Mis caderas subían y bajaban. En uno de los movimientos, perdí el control y un gemido involuntario, gutural y cargado de deseo, se escapó de mi garganta. Me quedé paralizada. Marco detuvo la barra, la dejó a un lado y se inclinó sobre mí. Nuestros cuerpos sudorosos se pegaron: su pecho contra mis senos, su entrepierna presionando justo donde yo palpitaba. Sentí su erección, gruesa y caliente, contra mi monte de Venus.
—¿Quieres que pare? —preguntó mirándome directamente a los ojos, sin juego, sin sonrisa. Solo deseo crudo y control.
Mi negación se quebró como cristal fino. La voz me tembló:
—No… No quiero que pares. Te deseo, Marco. Dios, te deseo tanto que me duele.
No hubo más palabras. Su boca tomó la mía con hambre. El beso fue brutal, profundo, lenguas enredándose mientras sus manos grandes agarraban mi cintura y me pegaban más contra su cuerpo. Sentí sus dientes en mi labio inferior y gemí dentro de su boca. Mis manos subieron por sus brazos, clavando uñas en aquella piel oscura y caliente. Nos besamos como si lleváramos semanas conteniéndonos, porque así era.
Sin separarnos del todo, nos movimos hasta el sofá grande del salón. Caí de rodillas frente a él casi sin pensarlo. Mis dedos temblorosos bajaron sus pantalones cortos. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, de un negro profundo, con la cabeza hinchada y brillante. Era mucho más grande que la de mi marido. Me lamí los labios.
—Joder… —susurré.
—Chúpala —ordenó con voz suave pero firme—. Chúpala como la puta blanca necesitada que eres.
El insulto racial me excitó más de lo que esperaba. Abrí la boca y la metí. El sabor salado y masculino me inundó. Lo lamí desde los huevos pesados hasta la punta, luego lo succioné con ansia, bajando lo más que pude hasta que la cabeza tocó mi garganta. Lágrimas de esfuerzo rodaron por mis mejillas pero no aparté la mirada. Lo miré suplicante, con ojos vidriosos, mientras mi cabeza subía y bajaba con hambre. Marco gruñó, agarró mi coleta y empujó un poco más profundo.
—Así, buena puta blanca. Mira cómo tragas esta verga negra. Tu coño ya está chorreando por ella, ¿verdad?
Asentí sin sacarla de mi boca, babeando abundantemente. Mis manos acariciaban sus muslos duros mientras lo mamaba con devoción.
Me levantó como si no pesara nada, me arrancó los leggins y el top y me tiró en el sofá. Abrió mis piernas y se colocó entre ellas en misionero. La cabeza gruesa de su polla rozó mi entrada empapada.
—Dime que lo quieres —exigió.
—Por favor… —supliqué, la negación ya convertida en súplica—. Fóllame, Marco.
Entró de un solo empujón profundo. Grité. Me sentía completamente abierta, estirada, llena como nunca. Sus caderas chocaron contra las mías y empezó a follarme con estocadas largas y poderosas, sujetándome por las caderas con esas manos oscuras que tanto había negado. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran y que mi coño apretara alrededor de su grosor.
—Este coño blanco está hecho para polla negra —gruñó contra mi oído—. Tan apretado, tan mojado… ¿Cuánto tiempo llevas negándolo, Laura?
—No… no debería… —gemí, pero mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura, pidiendo más.
Cambió de posición. Me puso a cuatro patas sobre la alfombra frente al sofá, levantó mi culo y me embistió desde atrás con fuerza brutal. El sonido de carne contra carne llenaba el salón. Sus huevos golpeaban mi clítoris hinchado. Agarró mi pelo y tiró hacia atrás.
—Grita lo que quieres —ordenó.
—¡Por favor! —chillé, la voz rota—. ¡Por favor, más fuerte! ¡Por favor, no pares! ¡Fóllame, Marco, por favor!
Las negaciones habían desaparecido. Solo quedaban súplicas desesperadas mientras me corría por segunda vez, mi coño contrayéndose alrededor de su verga como si quisiera ordeñarlo. Él aceleró, dominándome completamente.
—Voy a correrme dentro de ti, puta blanca. Vas a llevar mi semen negro bien profundo. ¿Lo quieres?
—¡Sí! ¡Por favor, lléname! —supliqué entre sollozos de placer.
Con un rugido grave, Marco se enterró hasta el fondo y explotó. Sentí chorros calientes, abundantes, inundando mi coño. Siguió empujando mientras se vaciaba, llenándome tanto que sentí cómo rebosaba alrededor de su polla aún dura.
Me derrumbé temblando, todavía sacudida por los últimos espasmos. Marco se retiró lentamente. Me giré, lo miré con ojos nublados de placer y lo besé con ternura, un beso suave y largo que contrastaba con la brutalidad anterior. Acaricié su mejilla oscura.
—Nunca había sentido tanto placer en mi vida —confesé en un susurro contra sus labios—. Ni siquiera sabía que podía sentirme así.
Él sonrió, esa sonrisa peligrosa y satisfecha, y fue a buscar una toalla pequeña del baño. Me limpió con cuidado entre las piernas, pasando la tela suave por mi coño hinchado y sensible, recogiendo los restos de su semen y mis jugos. El gesto fue sorprendentemente tierno.
—Esto no termina aquí, Laura —dijo bajito mientras me ayudaba a sentarme—. Vendré mañana. Y pasado. Vamos a seguir explorando esto. Tú y yo. En secreto.
Asentí, todavía con la respiración entrecortada y su semen goteando lentamente por mi muslo. Una sonrisa satisfecha se dibujó en mis labios mientras lo veía vestirse. Mi cuerpo cantaba de placer, mi mente ya imaginaba la próxima sesión, las cosas que aún no nos habíamos atrevido a hacer. La negación había desaparecido, pero ahora había una nueva tensión, más oscura y adictiva, latiendo bajo mi piel.
Sabía que esto solo era el comienzo. Y ya ansiaba lo que vendría después.
La puerta se cerró tras Marco y me dejó allí, desnuda sobre la alfombra, con las piernas abiertas y su semen espeso escapando de mi coño todavía palpitante. Sentía cada latido en mis paredes internas, ese calor denso y pegajoso que bajaba por mi raja hinchada y me recordaba lo profundo que había llegado. Confieso que pasé los dedos entre mis labios empapados, recogí un poco de aquella mezcla blanca y oscura y me la llevé a la boca sin pensarlo. El sabor salado y terroso me hizo gemir bajito. Mi piel clara estaba llena de marcas rojizas de sus manos grandes y negras, y entre mis muslos el contraste seguía hipnotizándome: yo, tan blanca, tan estirada, tan llena de él.
Aquella noche dormí mal. Cada vez que cerraba los ojos veía su verga gruesa balanceándose frente a mi cara, sentía el peso de sus huevos contra mi barbilla y volvía a mojarme. Me toqué dos veces en la cama matrimonial, pero me detuve antes de correrme. Quería llegar al día siguiente con el coño dolorido y ansioso, queriendo más.
Cuando Marco llamó a la puerta a la mañana siguiente, mi corazón dio un vuelco. Abrí vestida solo con un top deportivo ajustado que apenas contenía mis tetas y unos leggins cortos que se me clavaban entre las nalgas. Él entró sin decir nada, cerró la puerta y me miró de arriba abajo con esos ojos oscuros que ya sabían exactamente lo que yo era. A sus 28 años, con ese cuerpo esculpido por años de entrenar a otros y a sí mismo, parecía más grande que nunca.
—Hoy el entrenamiento va a ser diferente, Laura —dijo con voz grave, casi un ronroneo.
No esperé. Me arrodillé allí mismo, en el suelo de la entrada, y bajé sus pantalones cortos. Su polla saltó libre, ya medio dura, gruesa, venosa, de un negro profundo que contrastaba brutalmente con mis dedos pálidos. La agarré con las dos manos y la lamí desde los huevos pesados hasta la punta hinchada, girando la lengua alrededor del glande brillante.
—Joder, Marco… necesito esto —susurré antes de abrir la boca y metérmela hasta donde pude. El sabor salado me inundó. Empecé a chupar con hambre, bajando y subiendo la cabeza, dejando que la saliva me cayera por la barbilla y mojara mis tetas. Él gruñó, puso una mano en mi coleta y empujó un poco más profundo, follándome la garganta con lentas estocadas.
—Así, puta blanca. Mira cómo la tragas. Ayer solo fue el principio. Hoy vas a suplicar más fuerte.
Lo saqué un segundo para respirar, jadeando, con hilos de saliva conectando mis labios a su verga.
—Por favor… quiero que me uses la boca hasta que me duelan las mandíbulas. Después quiero que me comas el coño y luego que me folles hasta que no pueda pensar. Por favor, Marco.
Me levantó como si no pesara nada, me quitó la ropa en dos tirones y me llevó a la cocina. Me sentó sobre la isla de granito frío, abrió mis piernas y enterró la cara entre ellas sin aviso. Su lengua ancha y caliente lamió toda mi raja de un solo lametón. Cuando llegó al clítoris lo succionó con fuerza, metiendo dos dedos gruesos al mismo tiempo. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mi coño empapado llenaba la cocina. Mis jugos le corrían por la barbilla oscura.
—Estás chorreando, Laura. Este coñito blanco ya no sabe vivir sin polla negra.
Arqueé la espalda, agarrándole la cabeza rapada con ambas manos y apretándolo contra mí.
—¡Sí! Así… chúpame el clítoris, por favor. Méteme los dedos más profundo. ¡Me voy a correr!
El orgasmo me atravesó como un rayo. Me sacudí sobre la encimera, gritando su nombre, mientras él seguía lamiendo y follándome con los dedos sin darme tregua. Mis muslos pálidos temblaban alrededor de su cara oscura. Cuando terminó, me bajó, me dio la vuelta y me inclinó sobre la isla. Sentí la cabeza gruesa de su polla rozando mi entrada hinchada.
—Suplícame —ordenó, frotando solo la punta contra mi clítoris.
—Por favor, Marco… Méteme esa verga negra. Quiero que me abras el coño. Quiero sentir cómo me llenas hasta el fondo. Por favor, fóllame ya. No puedo esperar más.
Entró de un golpe seco. Grité. El grosor me estiraba de una manera deliciosa y dolorosa al mismo tiempo. Empezó a follarme con estocadas largas y potentes, sus caderas chocando contra mi culo con un sonido húmedo y seco. Cada embestida hacía que mis tetas se aplastaran contra el granito frío. Sus manos oscuras me sujetaban las caderas con fuerza, dejando más marcas.
—Dime de quién es este coño ahora —gruñó, tirándome del pelo para arquearme más.
—Es tuyo… es tu coño blanco, Marco. Fóllalo más fuerte, por favor. ¡Más fuerte! Quiero sentirte en la garganta.
Aceleró. El sudor de su pecho caía sobre mi espalda. Podía ver nuestros reflejos en el acero inoxidable de la nevera: mi cuerpo pálido y curvado, el suyo negro y musculoso dominándome por completo. Me corrí otra vez, contrayéndome alrededor de su polla como si quisiera ordeñarlo. Él no se detuvo. Me sacó de la cocina casi en volandas, me llevó al salón y me tiró en el sofá grande.
Me puso a cuatro patas, levantó mi culo y volvió a entrar desde atrás. Esta vez fue más brutal. Sus huevos pesados golpeaban mi clítoris con cada golpe. Agarró mi pelo como riendas y tiró hacia atrás, obligándome a arquear la espalda.
—Grita lo que quieres, Laura. Quiero oírte rogar como la adicta que eres.
—¡Por favor! ¡Por favor, no pares! ¡Fóllame más duro! Quiero que me destroces el coño. ¡Por favor, Marco, dame más polla negra! ¡Me corro otra vez!
El tercer orgasmo me hizo sollozar de placer. Mis brazos cedieron y caí de cara contra los cojines mientras él seguía embistiendo sin piedad. Sentía cómo mi coño se abría completamente para él, cómo mis jugos le bajaban por los muslos oscuros. Cambió otra vez, me tumbó de espaldas, me levantó las piernas y se colocó encima en misionero profundo. Ahora podía mirarme a los ojos mientras me follaba.
—Quiero verte la cara cuando te llene —dijo con voz ronca.
Empujaba lento pero fuerte, saliendo casi del todo y volviendo a enterrarse hasta que sus huevos presionaban contra mi culo. Cada vez que entraba gemía su nombre. Mis uñas se clavaban en sus hombros anchos. El contraste de mi piel blanca contra la suya negra me volvía loca.
—Estoy cerca… —gruñó—. Dime dónde lo quieres.
—Dentro, por favor. Lléname el coño. Quiero llevar tu semen negro todo el día. ¡Por favor, córrete dentro de mí!
Con un rugido grave que vibró en mi pecho, se enterró hasta el fondo y explotó. Sentí los chorros calientes, potentes, inundándome otra vez. Siguió empujando mientras se vaciaba, haciendo que el semen rebosara alrededor de su polla y me bajara por el culo. Me corrí con él, contrayéndome, ordeñándolo, gritando su nombre entre sollozos de placer.
Cuando por fin se detuvo, se quedó dentro de mí, palpitando, mirándome con esa mezcla de dominio y ternura que me desarmaba. Me besó despacio, mordiéndome el labio inferior con suavidad. Sus manos grandes acariciaron mis tetas con cuidado, rozando los pezones todavía sensibles.
—Esto cada vez se pone más rico —murmuró contra mi boca—. Mañana quiero llevarte a tu cama matrimonial. Quiero follarte donde duermes con tu marido. Y después… vamos a empezar a jugar con ese culito apretado que tienes. Poco a poco. Hasta que me supliques que te meta la polla también ahí.
Confieso que sus palabras me provocaron un escalofrío que me llegó hasta el fondo del vientre. Mi coño, todavía lleno de él, dio un latido involuntario alrededor de su verga semierecta. No dije que sí. Solo lo besé más profundo, apretando las piernas alrededor de su cintura como si no quisiera dejarlo ir nunca. Sabía que la negación había desaparecido por completo. Ahora solo quedaba una súplica constante, más oscura, más hambrienta. Y aunque acababa de correrme varias veces, ya estaba imaginando el momento en que me arrodillaría en mi propia cama y le rogaría que me usara de todas las formas posibles. La escalada apenas acababa de empezar, y yo ya estaba completamente enganchada.
Confieso que al día siguiente ya no era la misma. El trabajo se me hizo insoportable; cada cifra en la pantalla se convertía en el grosor de su verga, cada llamada era interrumpida por el eco de mis propios gemidos recordados. Salí de la oficina a las cuatro, conduje hasta casa con las bragas empapadas y el coño palpitando de anticipación. Me duché lentamente, pasando la esponja entre mis labios hinchados, imaginando sus manos oscuras en lugar de las mías. Me puse un conjunto de lencería roja que mi marido nunca había visto —un sujetador que apenas contenía mis tetas y un tanga que se perdía entre mis nalgas— y encima solo una camisa blanca de él, desabotonada, como un insulto deliberado.
Cuando Marco llamó a la puerta, abrí sin decir nada. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de treinta y dos años, deteniéndose en la curva de mis caderas y en el contraste de la tela blanca contra mi piel clara. Entró, cerró la puerta con el pie y me levantó en brazos como si no pesara nada. Sus labios gruesos tomaron los míos con esa hambre controlada que ya me volvía loca.
—Hoy follamos donde duermes con él —gruñó contra mi boca mientras subíamos las escaleras—. Y hoy empiezo a prepararte ese culito apretado que tanto me has estado negando.
El corazón me golpeaba el pecho. Lo llevé directamente al dormitorio matrimonial, con su cama enorme, sus almohadas perfectas y el olor sutil del perfume de mi marido aún en el aire. Marco me arrojó sobre el colchón con autoridad. La camisa se abrió del todo, dejando mis tetas al descubierto, pezones ya duros como piedras. Se quitó la camiseta sin mangas, revelando aquel torso negro, esculpido, brillante de sudor anticipado. Sus pantalones cortos cayeron y su polla saltó libre, gruesa, venosa, con esa cabeza oscura e hinchada que me hacía babear.
Me arrodillé sobre la cama y la agarré con las dos manos. Mis dedos pálidos apenas rodeaban su grosor.
—Confieso que ya no pienso en otra cosa —susurré antes de lamer desde sus huevos pesados hasta la punta brillante—. Quiero que me uses en la cama de mi marido. Quiero que me marques aquí.
Abrí la boca y lo tragué lo más profundo que pude. Marco gruñó, sujetando mi cabello rubio con una mano grande y oscura, follándome la garganta con empujes lentos pero firmes. La saliva me caía por la barbilla, mojando mis tetas y la camisa abierta. Cada vez que la cabeza gruesa tocaba el fondo de mi garganta, mis ojos se llenaban de lágrimas, pero no me apartaba. Lo miraba desde abajo, suplicante, mientras mi coño chorreaba sobre el tanga.
—Buena puta blanca —dijo con voz ronca—. Mira cómo tragas polla negra en la cama donde te acuestas con otro. Ese coñito ya está goteando, ¿verdad?
Asentí con la boca llena, gimiendo alrededor de su verga. Me sacó de repente, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas. Tiró del tanga hasta romperlo y enterró la cara entre mis nalgas. Su lengua ancha lamió mi coño de abajo hacia arriba, deteniéndose en mi clítoris hinchado antes de subir más y rodear mi ano con lentos círculos calientes. El placer fue tan inesperado que grité, arqueando la espalda.
—¡Marco! ¡Joder, sí… ahí!
Su lengua presionó dentro de mi culo virgen, penetrándome apenas mientras dos dedos gruesos se hundían en mi coño empapado. El doble estímulo me hizo temblar. Mis jugos le corrían por la muñeca oscura. Yo empujaba hacia atrás, buscando más, frotando mi cara contra la almohada de mi marido.
—Confieso que nunca había sentido esto —gemí entre jadeos—. Tu lengua en mi culo… me vuelve loca. Por favor, no pares.
Él levantó la cara solo para gruñir:
—Este culito blanco va a ser mío muy pronto. Hoy solo lo pruebo. Vas a suplicar que te meta la polla entera aquí.
Me dio la vuelta de nuevo, me abrió las piernas y me penetró de un solo golpe brutal. El colchón rebotó bajo nosotros. Su polla me abrió el coño hasta el fondo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Mis tetas saltaban con cada embestida. Marco se inclinaba sobre mí, mordiéndome el cuello, dejando marcas rojas que sabía que tendría que ocultar después.
—Mírame —ordenó—. Quiero verte la cara mientras te follo donde nadie más te ha follado así.
Lo miré. Sus ojos negros clavados en los míos, su pecho oscuro contra mis tetas blancas, el contraste hipnótico de su piel contra la mía. Cada estocada era profunda, lenta, posesiva. Mis uñas se clavaban en sus hombros anchos. Sentía cómo mi coño lo apretaba, cómo mis paredes internas trataban de ordeñarlo.
—Más fuerte, por favor —supliqué—. Quiero que me destroces en esta cama. Quiero que tu polla negra me arruine para siempre.
Aceleró. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación. Me levantó las piernas, colocándolas sobre sus hombros, doblándome casi en dos. Así entraba más profundo, sus huevos golpeando mi culo con cada embestida. Yo no paraba de correrse. El primer orgasmo me pilló por sorpresa: un chorro caliente salió de mí, mojando su abdomen y las sábanas. Grité su nombre, sollozando de placer.
Marco no se detuvo. Me giró otra vez, me puso de lado y levantó una de mis piernas. Desde esa posición empezó a follarme mientras su pulgar presionaba contra mi ano, entrando apenas, girando, abriéndome. El doble placer era abrumador. Sentía su verga gruesa moviéndose dentro de mi coño y su dedo invadiendo mi culo al mismo tiempo. Mi cuerpo temblaba sin control.
—Dime que quieres que te folle el culo pronto —exigió, acelerando.
—¡Sí! ¡Por favor, Marco! Quiero que me metas esa verga negra en el culo. Quiero que me abras entera. ¡Por favor, hazme tu puta total!
El segundo orgasmo me atravesó como un rayo. Mi coño se contrajo violentamente alrededor de su polla, ordeñándolo, mientras mi ano apretaba su pulgar. Marco gruñó, sacó la polla y me puso de rodillas otra vez. Me folló con furia desde atrás, tirando de mi pelo como riendas, su pelvis chocando contra mis nalgas con golpes secos y potentes.
—Voy a llenarte otra vez —avisó con voz rota—. Y vas a llevar mi semen negro goteando todo el día mientras piensas en mí.
—¡Sí! ¡Córrete dentro, por favor! ¡Lléname el coño en la cama de mi marido! ¡Quiero sentirlo escurrir cuando él llame por teléfono!
Con un rugido grave que vibró en mi espalda, se enterró hasta el fondo y explotó. Sentí los chorros calientes, espesos, inundándome. Empujaba con cada pulsación, vaciándose completamente. El semen rebosaba alrededor de su verga, bajando por mis muslos pálidos y manchando las sábanas. Me corrí con él una vez más, sollozando, el placer tan intenso que por un segundo perdí la visión.
Cuando por fin se retiró, me derrumbé sobre la cama. Marco se tumbó a mi lado, sudado, respirando agitado, y me atrajo contra su pecho oscuro. Sus dedos grandes acariciaron mi espalda con una ternura que contrastaba con la brutalidad anterior. Pasó la mano entre mis piernas y recogió un poco de su semen que escapaba de mi coño abierto. Me lo llevó a los labios y yo lo lamí sin que me lo pidiera, mirándolo a los ojos.
—Confieso que cada vez quiero más —susurré contra su pecho—. Ya no me basta con que vengas a follarme. Quiero que me lleves al límite. Quiero que me prepares el culo de verdad. Quiero suplicarte de rodillas que me uses como te dé la gana.
Él sonrió, esa sonrisa peligrosa, y besó mi frente.
—Mañana traigo lubricante y un tapón. Vamos a empezar a abrirte en serio. Y la próxima semana… quiero follarte mientras hablas por teléfono con tu marido. Quiero que intentes mantener la voz firme mientras te tengo empalada.
Un escalofrío de terror y excitación me recorrió entera. Mi coño, todavía lleno de su semen, dio un latido involuntario. Lo besé con desesperación, montándome a horcajadas sobre él, sintiendo cómo su polla semierecta se acomodaba entre mis labios hinchados. Empecé a frotarme lentamente contra él, sabiendo que la sesión aún no había terminado.
—Entonces ven mañana —supliqué contra su boca—. Quiero que me pongas ese tapón mientras me follas el coño. Quiero ir al trabajo con él puesto, sintiéndote todo el día. Por favor, Marco… hazme adicta a todo.
Él me agarró las caderas con fuerza, guiando mi movimiento, y su verga empezó a endurecerse otra vez debajo de mí. La escalada seguía subiendo, más oscura, más peligrosa, y yo ya no quería bajar nunca.
Confieso que aquella fricción lenta sobre su regazo se convirtió en un incendio en cuestión de segundos. Mi coño, aún rebosante de su semen espeso, resbalaba de un lado a otro sobre la longitud gruesa de su verga negra, que se endurecía por momentos bajo la presión de mis labios hinchados. Marco, con sus veintiocho años y ese cuerpo de entrenador que parecía hecho para dominar, me clavó los dedos en las caderas pálidas y me guio con más fuerza, haciendo que la cabeza de su polla rozara mi clítoris con cada vaivén.
—Sigue moviéndote así, puta blanca —gruñó contra mi cuello, mordiéndome justo debajo de la oreja—. Siente cómo me pones duro otra vez. Mañana te voy a traer el tapón más grande que quepa en ese culito virgen y te lo voy a meter mientras te follo.
Gemí, arqueando la espalda, y me incliné para besarlo con desesperación. Mi lengua buscó la suya mientras aceleraba el movimiento de mis caderas, frotándome como una perra en celo sobre su polla ya completamente erecta. Confieso que el contraste de mi piel blanca de treinta y dos años ejecutiva contra su torso oscuro y musculoso me volvía loca; mis tetas se aplastaban contra sus pectorales y mis pezones duros raspaban su piel caliente. De repente me levantó, me giró y me empaló de un solo golpe profundo. Grité, sintiendo cómo su grosor me abría de nuevo, empujando el semen que ya llevaba dentro más hacia el fondo.
—Marco… por favor, más adentro —supliqué, rebotando sobre él con las manos apoyadas en su pecho negro y brillante de sudor—. Quiero que me destroces el coño antes de que me prepares el culo.
Él me sujetó por el culo con sus manos enormes, separándome las nalgas mientras me follaba desde abajo con estocadas brutales. Cada vez que bajaba, sus huevos pesados golpeaban mi perineo y un sonido húmedo, obsceno, llenaba el dormitorio matrimonial. Mis jugos y su semen anterior salpicaban el colchón, manchando las sábanas donde dormía con mi marido. El placer era tan intenso que sentí cómo otro orgasmo se construía rápido, contrayendo mis paredes internas alrededor de esa verga negra que me había arruinado para siempre.
—Córrete, Laura. Córrete pensando en cómo mañana vas a ir a tu oficina de ejecutiva con un tapón metido en el culo —ordenó con esa voz grave que me desarmaba.
Explosé. Mis muslos temblaron violentamente, un chorro caliente salió de mí mojando su abdomen oscuro mientras gritaba su nombre entre sollozos. Marco no se detuvo; siguió follándome a través de mi orgasmo, alargándolo hasta que casi perdí el sentido. Solo entonces gruñó, me apretó contra él y se vació por segunda vez, inundándome con chorros calientes y abundantes que rebosaron de inmediato, bajando por mis muslos y empapando la base de su polla.
Me derrumbé sobre su pecho, jadeando, con su verga aún palpitando dentro de mí. Me acarició la espalda con ternura, pero en sus ojos había esa promesa oscura. Nos besamos despacio, sabiendo que el día siguiente sería el verdadero comienzo de algo más intenso.
A la mañana siguiente, confieso que apenas pude concentrarme en el trabajo. Cada vez que me movía en la silla de mi oficina, sentía el vacío ansioso entre mis piernas y el eco de sus promesas. Salí temprano, me duché con cuidado y me puse solo una bata de seda blanca que se abría con facilidad. Cuando Marco llamó a la puerta, mi corazón latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Abrió su mochila deportiva nada más entrar y sacó un frasco de lubricante transparente y un tapón de silicona negro, grueso, con una base brillante que medía casi cinco centímetros en su punto más ancho. Lo dejó sobre la mesita de noche, junto a la foto de mi boda.
—Hoy empezamos de verdad, Laura —dijo con esa calma dominante, quitándose la camiseta sin mangas y dejando al descubierto su torso esculpido—. Quítate la bata y ponte a cuatro patas en la cama. Quiero ver ese culito blanco abierto para mí.
Obedecí temblando de excitación. Me coloqué sobre el colchón, con las rodillas separadas y el pecho pegado a las sábanas. Sentí sus manos grandes separándome las nalgas, y luego el calor húmedo de su lengua rodeando mi ano con lentos círculos. Gemí alto, empujando hacia atrás. Su lengua presionó, intentando entrar, mientras dos dedos gruesos se hundían en mi coño empapado, follándome con ritmo lento pero profundo.
—Confieso que nunca había deseado algo tanto —jadeé, agarrando las sábanas con fuerza—. Tu lengua en mi culo… me hace sentir sucia, Marco. Me encanta.
Él gruñó contra mi carne, vibrando en mi interior, y añadió un tercer dedo en mi coño, estirándome. El sonido de mis jugos era vergonzoso, chorreando por su muñeca oscura. Después de varios minutos de lamidas y penetraciones, tomó el lubricante y vertió una cantidad generosa sobre mi ano virgen. El líquido frío me hizo estremecer. Su dedo índice, ahora resbaladizo, presionó contra el anillo apretado y entró poco a poco.
—Respira, puta blanca. Relaja este culito para mí. Vas a tomar el tapón entero mientras te follo el coño.
Introdujo el dedo hasta el nudillo, girándolo, abriéndome con paciencia experta. Luego añadió un segundo. El ardor era delicioso, mezclado con el placer de sus dedos curvándose dentro de mi coño al mismo tiempo. Me sentía doblemente llena, usada, poseída. Mis gemidos se volvieron súplicas constantes.
—Por favor, Marco… méteme el tapón. Quiero sentirme llena por ti todo el día.
Sacó los dedos, cogió el tapón negro y lo cubrió generosamente de lubricante. Lo presionó contra mi ano mientras se colocaba detrás de mí y me penetraba el coño de un golpe seco con su verga dura. El doble estímulo me hizo gritar. Empujó el tapón lentamente, girándolo, mientras su polla gruesa entraba y salía de mi coño con estocadas controladas pero poderosas. Centímetro a centímetro, el tapón me abrió más de lo que creía posible. El ardor se transformó en una presión placentera, obscena, que hacía que mi coño apretara con más fuerza alrededor de su verga.
—Joder, qué apretado estás —gruñó, dándome una palmada fuerte en la nalga derecha que dejó una marca roja en mi piel clara—. Mira cómo tu culito blanco traga este tapón negro. Ahora vas a llevarlo puesto mientras trabajas, recordando quién te está abriendo.
Con un último empujón, la base del tapón encajó dentro de mí. El peso y la presión eran constantes, intensos. Marco aceleró entonces, follándome con furia, sus caderas chocando contra el tapón con cada embestida. El doble llenado era abrumador. Sentía su polla gruesa rozando el tapón a través de la fina pared que separaba ambos agujeros. Mis tetas rebotaban contra el colchón, mis pezones sensibles raspando la tela.
—Más fuerte, por favor —rogué, con la cara enterrada en la almohada de mi marido—. Quiero que me hagas sentir que me estás follando el culo ya. Por favor, Marco, rómpeme.
Me agarró del pelo rubio y tiró hacia atrás, arqueándome mientras me daba lo que pedía. Sus estocadas se volvieron salvajes, profundas, haciendo que el tapón se moviera dentro de mí con cada golpe. Me corrí con un grito ronco, contrayéndome tan fuerte alrededor de su polla y del tapón que pensé que me partiría. Mis jugos salían a chorros, mojando sus muslos oscuros y las sábanas ya arruinadas.
Él no se corrió todavía. Me sacó la polla, me giró sobre mi espalda y me levantó las piernas hasta que mis rodillas casi tocaron mis hombros. El tapón presionaba más profundo en esa posición. Volvió a entrar en mi coño, follándome en un misionero brutal mientras me miraba a los ojos.
—Dime lo que eres ahora —exigió, sudando, con sus pectorales negros brillando.
—Soy tu puta blanca adicta —confesé entre gemidos, mirándolo con los ojos vidriosos de placer—. Quiero que me prepares el culo para tu verga. Quiero que la próxima vez me folles por detrás mientras hablo con mi marido por teléfono. Quiero que me escuche casi correrse mientras tú me tienes llena por los dos agujeros. Por favor… hazme llegar hasta ahí.
Marco sonrió con esa sonrisa peligrosa y aceleró. El tapón hacía que cada penetración fuera más intensa, más apretada. Sentí que se hinchaba dentro de mí. Con un rugido grave que vibró en todo mi cuerpo, se enterró hasta el fondo y se corrió, llenándome con chorros potentes que se mezclaron con los anteriores y rebosaron alrededor de su grosor, escapando por los lados y manchando el tapón negro que seguía firmemente alojado en mi culo.
Me besó con fuerza, mordiéndome el labio inferior mientras seguía empujando suavemente, haciendo que su semen saliera más. Cuando por fin se retiró, me dejó allí, temblando, con las piernas abiertas y el tapón todavía dentro. Pasó los dedos por mi coño destrozado, recogió una buena cantidad de su semen y me lo metió en la boca. Lo lamí con devoción, mirándolo.
—Mañana voy a follarte con el tapón puesto y voy a empezar a follarte el culo de verdad —prometió, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Pero no será suficiente. La próxima semana quiero que estés al teléfono con él, intentando sonar normal mientras te tengo doblada sobre esta misma cama con mi polla negra metida hasta el fondo de tu culo. Dime que lo vas a hacer, Laura.
—Confieso que lo haré —susurré, todavía sacudida por los espasmos, sintiendo el tapón moverse cada vez que respiraba—. Lo haré todo. Pero necesito más… necesito que me lleves más lejos todavía.
Me ayudó a vestirme con el tapón aún dentro, me dio un beso posesivo en la puerta y se fue. Caminé por la casa sintiendo cada paso como una promesa oscura. El peso constante en mi culo me recordaba que ya no había vuelta atrás. Mi mente ya volaba hacia la próxima sesión, hacia el momento en que me atrevería a marcar su número mientras Marco me abría por completo. La adicción crecía, más sucia, más peligrosa, y yo solo podía suplicar en silencio por el siguiente nivel.
Confieso que el jueves por la tarde ya no era una ejecutiva de treinta y dos años con control sobre su vida. Era solo un cuerpo blanco y ansioso esperando a su entrenador negro de veintiocho. Había dejado el tapón puesto desde la mañana, tal como Marco me había ordenado por mensaje. Cada paso en la oficina había sido una tortura deliciosa: sentía la base ancha presionando mi ano, recordándome que ya no era mía esa parte de mí. Cuando escuché su llave en la cerradura —se la había dado la semana anterior—, el corazón me saltó en el pecho y el coño se me contrajo alrededor del vacío que llevaba horas sufriendo.
Abrí la puerta de rodillas, vestida solo con una camisa blanca de mi marido desabotonada y el tapón negro bien visible entre mis nalgas abiertas. Marco entró, enorme, sudado después de su propio entrenamiento, la piel oscura brillando bajo la luz del vestíbulo. Sin decir una palabra me levantó por el pelo rubio, me besó con brutalidad y metió dos dedos gruesos en mi coño empapado mientras su lengua invadía mi boca. Gemí dentro de él, saboreando el gusto a menta y hombre.
—Confieso que hoy vas a dar el siguiente paso, Laura —gruñó contra mis labios, empujándome hacia las escaleras sin sacarme los dedos—. Ese culito blanco va a tragarse mi polla negra entera mientras hablas con tu marido por teléfono. Y vas a correrte sin que él se entere… o quizás sí.
Subimos al dormitorio matrimonial. La cama estaba hecha con sábanas limpias, pero yo ya las había manchado mentalmente. Marco abrió su mochila y sacó un tapón más grande, de casi seis centímetros en la base, junto con un frasco nuevo de lubricante y un vibrador pequeño. Me colocó a cuatro patas sobre el colchón, me quitó con cuidado el tapón que llevaba y gruñó al ver mi ano abierto, rosado y palpitante. Su lengua ancha y caliente atacó sin piedad: lamió en círculos amplios, presionó dentro, follándome el culo con la punta mientras tres dedos gruesos se hundían en mi coño chorreante. Mis jugos le corrían por la muñeca oscura y manchaban las sábanas. Confieso que me sentí completamente sucia, deseada, poseída. Empujaba hacia atrás como una perra, suplicando entre gemidos.
—Por favor, Marco… méteme el dedo más adentro. Ábreme. Quiero sentir que me estás preparando para tu verga.
Él añadió un cuarto dedo en mi coño, estirándome hasta el límite, mientras su lengua entraba y salía de mi ano. El placer era tan intenso que me corrí por primera vez sin que me tocara el clítoris, un chorro caliente que mojó su antebrazo y el colchón. Temblaba, sollozando de gusto, cuando él retiró la boca y vertió lubricante frío directamente dentro de mi culo abierto. Dos dedos resbaladizos entraron sin resistencia, luego tres. Los giraba, los separaba, abriéndome con paciencia cruel mientras su otra mano me daba palmadas fuertes en las nalgas, dejando marcas rojas en mi piel clara.
—Buena puta blanca —susurró—. Mira cómo tu culito virgen ya pide polla negra. Hoy te voy a follar por aquí mientras intentas hablar con tu marido como la ejecutiva respetable que finges ser.
Me colocó el tapón nuevo, más grueso, y lo empujó hasta el fondo mientras me follaba el coño con su verga dura de un solo golpe. Grité. La doble penetración era abrumadora: sentía su grosor venoso rozando el tapón a través de la pared fina, cada estocada moviéndolo dentro de mí. Rebotaba sobre él, mis tetas blancas golpeando contra el colchón, los pezones dolorosamente duros. Marco me agarraba las caderas con esas manos enormes y oscuras, dejando huellas que sabía que llevaría días. Confieso que en ese momento ya no pensaba en mi marido, en mi trabajo ni en nada que no fuera la verga negra que me estaba arruinando.
Después de correrme por segunda vez, contrayéndome violentamente alrededor de su polla y del tapón, él lo sacó lentamente. El vacío fue insoportable. Me giró de espaldas, me levantó las piernas hasta que mis rodillas tocaron mis hombros y colocó la cabeza hinchada de su polla contra mi ano lubricado.
—Suplícame —ordenó, mirándome a los ojos con esa mezcla de dominio y deseo que me desarmaba.
—Por favor, Marco… méteme tu polla negra en el culo. Quiero sentir cómo me abres. Quiero que me folles donde nadie más ha estado. Por favor, por favor…
Empujó. La cabeza gruesa entró con un chasquido audible y un ardor que me hizo jadear. Se detuvo, respirando pesado, dejando que me acostumbrara. Sentía cada vena, cada latido. Centímetro a centímetro, su verga oscura desapareció dentro de mi culo blanco hasta que sus huevos pesados descansaron contra mis nalgas. Estaba completamente llena. Lágrimas de placer rodaron por mis mejillas. Él empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con estocadas controladas que me hacían ver estrellas. El dolor se convirtió en un placer oscuro, profundo, adictivo.
—Joder, qué apretado estás —gruñó—. Este culito blanco fue hecho para polla negra. Mírame mientras te follo el culo en la cama de tu marido.
Aceleró. El sonido obsceno de su pelvis chocando contra mis nalgas llenaba la habitación. Mis tetas rebotaban, mi coño chorreaba sin que nadie lo tocara, goteando sobre su abdomen oscuro. Me corrí por tercera vez solo con la penetración anal, un orgasmo distinto, más visceral, que me hizo gritar su nombre sin control.
En ese preciso instante, mi teléfono vibró sobre la mesita. Era mi marido. Marco sonrió con esa sonrisa peligrosa, no se detuvo, y me pasó el móvil.
—Contesta. Y no se te ocurra colgar hasta que te corras otra vez con mi polla en el culo.
Temblando, acepté la llamada. La voz de mi marido sonó alegre al otro lado, preguntándome cómo había ido el día. Marco siguió follándome el culo con estocadas profundas y lentas, tapándome la boca con una mano enorme mientras yo intentaba sonar normal.
—Todo… todo bien, cariño —logré decir, pero la voz me salió entrecortada. Marco aceleró, sus huevos golpeando mi coño hinchado. Sentía su verga gruesa moviéndose dentro de mí, abriéndome, poseyéndome—. Sí, el entrenador… el entrenador vino hoy… ah…
Marco quitó la mano y metió dos dedos en mi coño, follándome ambos agujeros al mismo tiempo. Mi marido siguió hablando de su viaje, de lo mucho que me extrañaba. Yo mordía el labio hasta sangrar casi, intentando no gemir. Marco se inclinó y susurró en mi oído libre:
—Dile que estás sudada porque acabas de hacer ejercicio. Y córrete para mí ahora.
El orgasmo me atravesó como un tren. Mi ano se contrajo violentamente alrededor de su polla, ordeñándolo. Un chorro caliente salió de mi coño sin tocarme. Logré convertir el grito en un gemido que fingí era un estornudo. Mi marido se rio al otro lado. Marco aceleró sin piedad, follándome el culo con furia, sudando sobre mi cuerpo pálido, sus pectorales negros brillando.
—Te quiero —dijo mi marido—. Te llamo mañana.
—Te… te quiero —respondí con la voz rota justo cuando Marco se enterró hasta el fondo y explotó.
Sentí los chorros calientes, espesos, inundando mi interior por primera vez. Chorros potentes que me llenaron el culo hasta que rebosaron alrededor de su verga aún dura, bajando por mi raja y manchando las sábanas matrimoniales. Me corrí con él, sollozando en silencio, el placer tan intenso que por un segundo todo se volvió blanco.
Cuando colgué, Marco se retiró lentamente, dejando mi ano abierto y goteando semen negro y espeso. Me besó con ternura sorprendente, limpiándome con una toalla caliente que había preparado. Me acunó contra su pecho oscuro mientras yo temblaba, completamente destrozada y satisfecha.
Confieso que en ese momento supe que ya no había vuelta atrás. Mi cuerpo, mi mente, mi matrimonio… todo le pertenecía a él.
Marco me acarició el pelo sudoroso, me miró a los ojos y preguntó con voz grave y satisfecha:
—¿La próxima vez le confiesas por teléfono que estás enamorada de mi polla negra mientras te corro en el culo?
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