Beso Bendecido por su Marido

Dos amigas adultas, Simone de 32 y Ingrid de 29, se besan y se comen el coño con ganas en un fin de semana lésbico consentido.

20 min read September 09, 2026New

El sol de finales de primavera se filtraba entre los chopos que rodeaban la casa de campo cuando Simone aparcó el coche en la grava. Treinta y dos años, el divorcio firmado hacía apenas tres meses, y todavía le costaba creer que el fin de semana entero fuera suyo: sin abogados, sin cajas a medio empacar, sin la voz de su ex en el teléfono. Solo el aire limpio y la promesa de Ingrid.

Ingrid abrió la puerta antes de que Simone tocara. Veintinueve años, el pelo castaño recogido a la ligera, una camiseta holgada que le dejaba ver la clavícula y unos vaqueros gastados. Se abrazaron con la familiaridad de quien se conoce desde hace más de una década, pero el abrazo se alargó un segundo de más. Simone notó el olor a lavanda y a algo más cálido, a piel que acababa de ducharse.

—Llegaste —susurró Ingrid contra su cuello—. Pensé que el tráfico te iba a comer.

—Nada me iba a detener —respondió Simone, soltándola solo lo suficiente para mirarla a los ojos—. Dios, qué ganas tenía de verte.

La casa olía a madera y a café recién hecho. Ingrid la guio hasta la cocina amplia, con la ventana abierta al jardín. Había dejado dos copas y una botella de tinto sobre la mesa de roble.

—Bruno está en Hamburgo hasta el martes —dijo Ingrid mientras descorchaba—. Reunión de la puta empresa. Otra vez.

Simone se recostó contra la encimera, observándola. Conocía de sobra al marido de su amiga: serio, trabajador, ausente la mitad del año. Nunca había metido las narices en aquello, pero hoy notaba algo distinto en la forma en que Ingrid evitaba su mirada un instante y luego la buscaba otra vez.

—¿Y tú estás bien con eso? —preguntó Simone.

Ingrid sirvió el vino con mano firme. No temblaba. Le alcanzó la copa y sus dedos se rozaron apenas.

—Más que bien. Siéntate. Tengo que contarte algo y si lo digo de pie se me va a ir la voz.

Se instalaron en el sofá del salón, una a cada extremo al principio, las piernas recogidas. El primer sorbo fue lento. Ninguna buscaba emborracharse; solo querían el calor del vino en la sangre, la excusa para alargar las pausas.

Ingrid giró la copa entre las manos.

—Bruno y yo hablamos la semana pasada. De verdad. No de facturas ni de cuándo vuelve. De mí. De lo que me pasa cuando… cuando pienso en mujeres.

Simone sintió un tirón bajo el esternón. No dijo nada. Esperó.

—Le confesé que desde siempre he mirado. Que a veces, en la cama con él, cierro los ojos y… bueno. Él no se asustó. Al contrario. Me dijo que si necesitaba explorarlo, que lo hiciera. Con honestidad. Sin mentirle. Me dio permiso explícito, Simone. Me miró a la cara y me dijo: “Si deseas a una mujer, bésala. Cómetela si hace falta. Solo quiero que vuelvas y me lo cuentes si quieres, o que no me lo cuentes. Pero no te reprimas por mí”.

El silencio que siguió pesaba y, a la vez, vibraba. Simone dejó la copa en la mesita, el corazón latiéndole en la garganta.

—¿Y por qué me lo cuentas a mí ahora? —preguntó, aunque ya sospechaba la respuesta.

Ingrid alzó la vista. Los ojos oscuros, sin maquillaje, completamente abiertos.

—Porque la mujer con la que siempre he fantaseado eres tú. Besarte. Desde hace años. Cuando aún estabas casada fingía que era solo cariño de amigas, pero no lo era. Te miraba la boca y se me mojaba la braga. Y ahora que Bruno me ha soltado la correa… no puedo seguir callándomelo.

Simone notó cómo se le erizaba la piel de los brazos. El divorcio la había dejado en carne viva, hambrienta de contacto verdadero, y la confesión de Ingrid le caía encima como una chispa sobre yesca.

—Ingrid…

—Si dices que no, lo dejamos aquí y seguimos el fin de semana como siempre —añadió ella rápido—. Te lo juro. No voy a ponerte en un compromiso. Solo… necesitaba que lo supieras.

Simone se acercó un poco más por el sofá. El vino apenas les había teñido las mejillas; ambas estaban lucidas, presentes, eligiendo cada palabra.

—¿Y si no quiero que lo dejemos aquí? —dijo Simone en voz baja—. ¿Y si yo también he mirado demasiado rato tus labios cuando reías? ¿Y si después de mi puto divorcio lo único que me saca de la cabeza es imaginar cómo sería probarte?

Ingrid soltó un aire tembloroso, casi una risa.

—Joder, Simone.

Sirvió un poco más de vino en ambas copas. Al inclinarse, rozó deliberadamente el dorso de la mano de Simone con los nudillos, un roce lento, nada accidental. Simone no retiró la mano. Al contrario: giró la palma y atrapó aquellos dedos un segundo, apretándolos.

Las miradas se alargaron. Ya no había prisa por llenar el silencio con anécdotas de trabajo o de vecinos. Hablaban de la textura de un deseo guardado: Ingrid confesando las noches en que se tocaba pensando en los pechos de Simone, en la curva de su cintura; Simone admitiendo que más de una vez, en el gimnasio o en la playa, había seguido con la vista el culo de Ingrid y se había odiado un poco por ello, casada como estaba entonces.

—Siempre has olido bien —murmuró Simone—. Como a casa y a sexo al mismo tiempo. Es injusto.

—Y tú tienes esa boca —respondió Ingrid—. Esa puta boca que se te queda entreabierta cuando estás pensativa. He soñado con morderte el labio inferior.

El sol bajaba. La luz se volvió dorada y espesa. Terminaron la botella sin que ninguna perdiera el control; solo el calor agradable, la lengua suelta lo justo para la verdad.

Ingrid se levantó a dejar las copas en la cocina y, al pasar junto a Simone, le rozó el hombro con los dedos. Simone la siguió con la mirada, la respiración entrecortada. Cuando Ingrid volvió, se sentó más cerca. Rodilla contra rodilla.

—Entonces… —dijo Ingrid, y sonrió con una complicidad sucia y dulce a la vez—. ¿Lo hacemos? ¿Nos besamos de una puta vez y vemos qué pasa?

Simone sintió el pulso entre las piernas, un latido claro, exigente.

—Sí. Quiero besarte. Ahora.

No hubo prisa torpe. Ingrid levantó una mano y le apartó un mechón de pelo de la cara a Simone, tocándole la mejilla con el pulgar. Simone inclinó la cabeza hacia ese contacto. Se miraron un segundo más, confirmando, y entonces Ingrid avanzó.

El primer roce fue casi cuidadoso: labios cerrados contra labios cerrados, un sello húmedo y caliente. Simone soltó un sonido bajo, de alivio y de hambre. Abrió la boca. Ingrid respondió al instante. La lengua de Ingrid era suave y decidida; entró lamiendo el labio inferior de Simone, chupándolo con lentitud, como si estuviera saboreando algo que había esperado demasiado.

Simone le agarró la nuca, enterrando los dedos en el pelo castaño, y profundizó el beso. Se comieron la boca con ganas, sin vergüenza: lenguas enredándose, saliva compartida, dientes rozando. Ingrid gimió dentro del beso y el sonido se le metió a Simone directo al coño, que ya empezaba a latirle mojado.

Se giraron en el sofá hasta quedar casi enfrentadas. La mano libre de Ingrid bajó a la cintura de Simone, apretando la tela de la blusa, sintiendo la piel caliente debajo. Simone le mordisqueó el labio y luego se lo chupó despacio, tirando un poco, y Ingrid arqueó la espalda.

—Joder… —jadeó Ingrid contra su boca—. Sabes mejor de lo que imaginaba.

—Cállate y sígueme besando —respondió Simone, y volvió a atraparla.

El beso se volvió más sucio, más profundo. Lenguas empujándose, respiraciones mezcladas, las narices rozándose. Simone notaba el pecho de Ingrid contra el suyo, los pezones duros incluso a través de la ropa. Su propia braga ya estaba empapada; cada vez que Ingrid le chupaba la lengua sentía un tirón eléctrico en el clítoris.

Se separaron solo lo necesario para respirar, frentes juntas, labios hinchados y brillantes.

—Esto no se va a quedar en un beso —advirtió Simone, la voz ronca—. Si seguimos, voy a querer bajarte los vaqueros y comerte el coño aquí mismo, en tu sofá de casada.

Ingrid soltó una risa entrecortada, excitada, y le dio otro beso corto, húmedo, casi obsceno en lo lento que le lamió el labio.

—Mi marido me dio permiso para explorarlo todo —susurró—. Y yo llevo años mojándome con la idea de tu lengua. Así que no pares. Por favor, no pares.

Simone la miró a los ojos, comprobando una vez más el consentimiento claro, lúcido, deseado. Ingrid asintió, pequeña, urgente.

Volvieron a besarse, más hambrientas todavía. Las manos empezaron a recorrer espalda, costados, el borde de la ropa, sin quitarla del todo aún. Cada roce prometía más. El sol se había escondido detrás de los árboles y la casa se llenaba de penumbra cálida, del sonido de sus bocas, de la respiración cada vez más agitada.

Simone deslizó una mano bajo la camiseta de Ingrid, palma abierta sobre la piel del vientre, subiendo despacio hasta rozar la parte baja del pecho. Ingrid se estremeció y le mordió el labio con más fuerza, pidiendo sin palabras. El fuego que el primer beso había encendido ya no era una chispa: era una llama que les subía por las piernas, que les empujaba a seguir, a quitarse la ropa, a probarse de verdad.

Todavía no habían cruzado esa línea. Todavía estaban en el sofá, vestidas, comiéndose la boca como si el mundo fuera a acabarse. Pero ambas sabían, en el calor que les calentaba el coño y en la forma en que se agarraban, que la noche apenas empezaba y que el permiso de Bruno, la fantasía guardada y el divorcio reciente las habían dejado exactamente donde necesitaban estar: libres, adultas, mojadas y dispuestas a no frenar.

Simone apartó un momento los labios solo para murmurarle al oído, la voz cargada de promesa:

—Cuando te baje la braga quiero oírte. Quiero que me digas cómo te gusta que te laman.

Ingrid gimió, le apretó el muslo y la buscó otra vez con la boca, contestaenough con el cuerpo. El beso siguiente fue más profundo, más lento, más sucio. Y la tensión, lejos de resolverse, se tensó todavía más, lista para romperse en el siguiente instante que las dos eligieran.

Simone no esperó más. Con una mano en el pecho de Ingrid la empujó hacia atrás hasta tumbarla de lleno en el sofá, el cuerpo de su amiga hundiéndose en los cojines mientras ella se colocaba a horcajadas sobre sus muslos. El beso que siguió fue voraz, sin la cautela de antes: lenguas enredadas, dientes rozando, saliva escapando por las comisuras. Ingrid arqueó el cuello y gimió dentro de la boca de Simone, las manos subiendo por su espalda para aferrarse a la blusa.

—Quítamela —jadeó Ingrid contra sus labios—. Quiero sentir tu boca en mis tetas ya.

Simone no necesitó que se lo repitiera. Le agarró el borde de la camiseta holgada y se la subió de un tirón, revelando el sujetador negro de encaje que apenas contenían los pechos firmes. Se lo desabrochó con dedos torpes de prisa y lo lanzó a un lado. Los pezones de Ingrid estaban duros, oscuros, erizados. Simone se inclinó y los chupó uno tras otro, primero con suavidad, luego con hambre: lengua plana lamiendo en círculos, labios cerrándose alrededor del pezón izquierdo para succionar fuerte mientras los dedos pellizcaban el derecho.

Ingrid soltó un grito ahogado, las caderas levantándose contra el muslo de Simone.

—Joder, Simone… así, chúpamelos más fuerte. Llevo años imaginando esto.

Simone gruñó contra la carne caliente y siguió: chupaba, mordisqueaba con cuidado, pasaba de un pezón al otro dejando ambos brillantes de saliva. La lengua se deslizaba por la curva inferior del pecho, volvía a atrapar el pezón y lo tiraba un poco hacia afuera antes de soltarlo con un sonido húmedo. Ingrid se retorcía debajo, las uñas clavándose en los hombros de Simone, el coño palpándole contra la tela de los vaqueros. Cada chupada enviaba un latido directo al clítoris de Ingrid; se notaba mojada ya, la braga pegada.

—Te voy a comer entera —murmuró Simone alzando la vista, los labios hinchados—. Pero primero quiero que me chupes tú a mí. Quiero verte de rodillas.

Ingrid no dudó. Empujó a Simone para que se recostara a su vez, se deslizó del sofá y se arrodilló entre sus piernas abiertas. Con manos decididas le desabrochó el botón de los pantalones, bajó la cremallera y tiró de la tela junto con la braga hasta las rodillas, luego hasta los tobillos. Simone levantó las caderas para ayudarla. El coño de Simone quedó al descubierto: hinchado, brillante de jugos, el clítoris asomando entre los labios carnosos. Olió a sexo puro, a excitación acumulada.

Ingrid se lamió los labios y se acercó. Primero besó el interior de los muslos, subiendo despacio, dejando marcas húmedas. Luego la lengua plana recorrió desde la entrada hasta el clítoris de un solo trazo largo. Simone gritó, las manos agarrando el pelo castaño de Ingrid.

—Así… joder, métela. Cómeme de verdad.

Ingrid obedeció. Se abrió de piernas un poco más sobre el suelo para acomodarse y se dedicó a ella con lengua experta: lamió los labios externos, los separó con los dedos y metió la punta de la lengua dentro del coño, saboreando el sabor salado y dulce. Sacó la lengua, la aplanó y se la pasó una y otra vez por el clítoris, rapidito, como un aleteo. Luego lo chupó entero entre los labios, succionando con ritmo mientras dos dedos se deslizaban dentro, curvándose hacia arriba.

Simone se sacudió. La lengua de Ingrid sabía exactamente dónde apretar: rodeaba el clítoris, lo atrapaba, lo liberaba, volvía a chupar. Los dedos follaban su coño con lentitud profunda al principio, luego más rápido, el pulgar rozando el perineo. El sonido era obsceno: chasquidos húmedos, la respiración agitada de Ingrid, los gemidos roncos de Simone.

—Me corro… me voy a correr en tu puta boca —avisó Simone, la voz quebrada—. No pares, no pares, cómeme más fuerte.

Ingrid redobló. La lengua aplastó el clítoris y lo lamió sin piedad mientras los dedos entraban y salían follándola a fondo. Simone apretó los muslos alrededor de la cabeza de Ingrid, las caderas empujando contra su cara. El orgasmo le subió como una ola: el coño se contrajo alrededor de los dedos, el clítoris latió contra la lengua y gritó alto, sin contención, el cuerpo temblando mientras se corrían chorros calientes que Ingrid lamió y chupó sin soltarla. Siguió hasta que Simone jadeó pidiendo clemencia, las piernas flojas.

—Hostia… —susurró Simone, todavía con temblores—. Eres una puta diosa con esa lengua.

Ingrid se incorporó un poco, la boca y la barbilla brillantes de jugos, sonriendo con ojos oscuros de lujuria.

—Ahora me toca a mí. Quiero que me folles con los dedos y me lamas a la vez. En 69. Quiero tu coño en mi cara mientras me haces correr.

Simone se movió con hambre renovada. Se tumbaron en el sofá en sentido contrario: Simone encima, la boca a la altura del coño de Ingrid, el suyo propio ofreciéndose a la lengua de su amiga. Ingrid ya se había quitado los vaqueros y la braga empapada; el coño le goteaba, los labios hinchados, el clítoris salido y rojizo. Simone no perdió tiempo. Se abrió de rodillas un poco, bajó la cara y le lamió el clítoris con la lengua ancha al mismo tiempo que metía dos dedos gruesos dentro del coño caliente y apretado de Ingrid.

Ingrid gimió contra el coño de Simone y empezó a lamerla de nuevo, la lengua buscando el clítoris todavía sensible. Estaban enredadas: culos al aire, muslos abiertos, bocas trabajando. Simone follaba a Ingrid con los dedos en un ritmo constante y profundo, curvándolos para rozar ese punto esponjoso dentro mientras la lengua se concentraba en el clítoris: lamía, chupaba, aleteaba. Cada vez que Ingrid se sacudía, su boca se apretaba más contra el coño de Simone, chupando los labios, metiendo la lengua dentro un segundo.

—Así me follas… más fuerte, Simone, mételos hasta el fondo —jadeó Ingrid entre lamidas—. Me tienes empapada. Voy a correrme en tu cara.

Simone gruñó y aceleró. Tres dedos ahora, entrando y saliendo con fuerza, el sonido húmedo llenando el salón. La lengua no dejaba el clítoris: lo atrapaba entre los labios y lo succionaba al ritmo de las embestidas de los dedos. Ingrid respondía con la misma intensidad, la cara enterrada entre las piernas de Simone, lamiendo y chupando como si quisiera sacarle otro orgasmo. Se empujaban la una contra la otra, caderas moviéndose, gemidos ahogados contra la carne mojada.

El calor subía otra vez. Simone sentía el segundo orgasmo construyéndose mientras follaba a Ingrid; el coño de su amiga se apretaba alrededor de los dedos, contrayéndose, goteando por la muñeca. Ingrid temblaba debajo, las uñas clavadas en los muslos de Simone.

—Me corro, joder, me corro contigo —gritó Ingrid, la voz rota—. No pares de chuparme el clítoris… así, así…

Simone lamió más rápido, los dedos embistiendo sin piedad. Ingrid se corrió primero: el coño se cerró en espasmos potentes alrededor de los dedos, un chorro caliente salpicando la boca y la barbilla de Simone mientras ella gritaba contra el coño de su amiga. Las contracciones empujaron a Simone por el borde otra vez; se corrió encima de la cara de Ingrid, el cuerpo sacudiéndose, gimiendo crudo y salvaje, las dos tremando juntas, jugos mezclados, lenguas todavía lamiendo a través de las oleadas.

Se quedaron así un rato, jadeando, los cuerpos limpándose mutuamente con lamidas lentas y torpes, todavía unidas en 69. El sabor de la una en la boca de la otra, el olor a sexo impregnándolo todo. Simone sacó los dedos despacio y se los ofreció a Ingrid, que los chupó limpios con avidez. Luego se giraron un poco, todavía enredadas, piernas flojas, pechos sudados rozándose.

Ingrid le besó el interior del muslo y levantó la vista, la voz ronca.

—No he terminado contigo. Quiero que me montes la cara otra vez más tarde. Y quiero probar cómo te gusta que te meta los dedos mientras te muerdo el culo.

Simone rio baja, todavía sin aliento, y le acarició el pelo mojado de sudor.

—Vas a tener toda la noche. Y mañana. Bruno no vuelve hasta el martes… y yo no pienso dejar de comerte el coño hasta que no puedas ni caminar. Pero ahora… acércate. Quiero besarte con el sabor de las dos en la boca.

Se besaron de nuevo, más lento pero igual de sucio, lenguas compartiendo el gusto a coño corrido. Las manos ya exploraban otra vez: dedos rozando pezones sensibles, palmas bajando por vientres y caderas. La tensión no se había gastado del todo; latía bajo la piel, lista para arder otra vez en cuanto recuperaran el aliento. El sofá olía a ellas. La casa estaba en penumbra. Y ninguna de las dos tenía la menor intención de frenar lo que acababan de desatar.

Se besaron otra vez con el sabor a coño corrido todavía fresco en la lengua, más lento pero igual de sucio. Simone notó cómo los pechos de Ingrid, sudados y pesados, se aplastaban contra los suyos cada vez que se movían. Las manos ya no buscaban solo excitación: se demoraban en la curva de la cintura, en el hueco de la cadera, en la parte interna del muslo todavía tembloroso. Ingrid le mordió el labio inferior con suavidad y luego lo chupó, arrastrando la lengua por el borde como si quisiera memorizar la textura.

—No he terminado —jadeó Ingrid contra su boca—. Quiero sentirte otra vez dentro. Quiero que me folles con la mano mientras me chupas el cuello.

Simone no contestó con palabras. La empujó de lado hasta tumbarla de espaldas en el sofá, las piernas abiertas, el coño hinchado y brillante a la luz de la lámpara que Ingrid había encendido a medias. Se colocó entre sus muslos y le metió tres dedos de un solo empujón profundo, curvándolos al instante para rozar ese punto esponjoso que hacía que Ingrid arquease la espalda y soltara un grito ronco. Al mismo tiempo bajó la boca al pecho izquierdo y chupó el pezón con fuerza, tirando de él con los labios mientras la lengua lo aplastaba.

Ingrid se agarró al borde del sofá. Las caderas se levantaban solas al ritmo de los dedos de Simone, que entraban y salían con un sonido húmedo y obsceno, el jugo chorreando por la muñeca y cayendo sobre la tela del cojín. Simone le clavó los dientes con cuidado en la carne del pecho, marcándola, y luego subió a morderle el cuello justo debajo de la oreja.

—Así… joder, más fuerte —rogó Ingrid—. Fóllame el coño como si fuera tuyo. Quiero correrme otra vez en tus putos dedos.

Simone aceleró. Los dedos embistían sin piedad, el pulgar aplastando el clítoris en círculos rápidos y firmes. Sentía cómo el interior de Ingrid se apretaba, cómo las paredes se contraían y soltaban, cómo el calor le quemaba la mano. La respiración de las dos se mezclaba: jadeos cortos, gemidos ahogados, el crujido del sofá bajo el peso de sus cuerpos. Simone le lamió la oreja y le susurró:

—Te sientes tan jodidamente caliente… tan mojada. Tu marido te dejó libre y mira lo que haces: te abres para mí como una puta necesitada. Me encanta.

Ingrid soltó una risa rota que se convirtió en grito cuando Simone le metió el meñique también, cuatro dedos estirándola, follándola a fondo mientras la boca bajaba otra vez al pecho y chupaba sin descanso. El orgasmo le subió de golpe. Ingrid se sacudió, las piernas temblando alrededor de la cintura de Simone, el coño cerrándose en espasmos potentes que exprimían los dedos. Un chorro caliente salpicó el vientre de Simone y ella no se detuvo: siguió moviendo la mano, lamiendo el pezón, hasta que Ingrid pidió clemencia entre risas jadeantes.

—Para… joder, para un segundo… se me va a partir el coño de lo bien que me lo haces.

Simone sacó los dedos despacio, brillantes y goteando, y se los ofreció a la boca de Ingrid. Ella los chupó uno por uno, lamiendo cada nudillo, mirándola a los ojos con una lujuria perezosa y satisfecha. Luego tiró de Simone hacia abajo y la hizo sentarse a horcajadas sobre su cara.

—Ahora tú. Siéntate. Quiero ahogarme en tu coño otra vez.

Simone se acomodó, las rodillas a ambos lados de la cabeza de Ingrid, y bajó el peso. Sintió la lengua caliente y ávida abrirse paso entre sus labios hinchados, lamiendo de abajo arriba con trazo largo y lento. Ingrid le agarró los muslos y la atrajo más cerca, la nariz aplastada contra el monte, la boca trabajando sin descanso: lengua metiéndose dentro, chupando el clítoris, lamiendo los jugos que le caían por la barbilla. Simone se balanceó encima de ella, frotándose, usando la cara de su amiga como se usa un coño: con hambre, sin vergüenza.

—Chúpame… así, mete la lengua más adentro —ordenó, la voz rota—. Quiero correrme en tu puta cara y que lo tragues todo.

Ingrid obedeció. La lengua se endureció y entró, follándola mientras los labios succionaban el clítoris con ritmo constante. Simone sintió el segundo orgasmo de la noche construir desde la base de la espalda, un calor denso que le subía por las piernas. Se aferró al respaldo del sofá y empujó las caderas hacia abajo, aplastando la boca de Ingrid, gimiendo alto cuando las contracciones la atravesaron. Se corrió con el cuerpo entero temblando, el coño pulsando contra la lengua, los jugos empapando la cara de su amiga. Ingrid no soltó: lamió y chupó hasta el último temblor, hasta que Simone se derrumbó hacia un lado, las piernas flojas, el pecho subiendo y bajando a trompicones.

Se quedaron así un rato largo, enredadas en el sofá, el aire del salón denso a sexo y a sudor. Los cuerpos aún se tocaban: muslo contra muslo, pecho contra costado, dedos vagando sin prisa. Simone le acarició el pelo húmedo a Ingrid, apartándole los mechones pegados a la frente. Ingrid le rozó la espalda con las yemas, dibujando círculos lentos sobre la piel caliente. El silencio ya no pesaba; vibraba con el eco de lo que habían hecho y con la certeza de que podían seguir.

Simone se giró un poco más, enfrentándola. Le besó la frente primero, luego el párpado, luego la comisura de la boca. El beso que siguió fue suave, casi tierno, labios hinchados rozándose sin prisa, lenguas rozando apenas. Las manos bajaron a los cuerpos sudorosos: Simone le acarició el pecho a Ingrid, el pezón todavía sensible, la curva inferior, el vientre plano y caliente. Ingrid le respondió rozándole la cadera, el culo, la parte interna del muslo donde aún latía el recuerdo del orgasmo. Se besaban y se tocaban como quien aprende un mapa nuevo: despacio, con ganas de no olvidar ningún detalle.

—Bruno lo sabría —susurró Simone contra sus labios, la voz baja y ronca—. Si te viera ahora, con mi saliva en el cuello y el coño todavía abierto y mojado por mis dedos… te miraría y te diría que hiciste bien. Que aprobaría cada puta cosa que acabamos de hacer. Que le gustaría oírte contárselo con esa sonrisa de puta satisfecha que tienes ahora.

Ingrid soltó una risa suave, casi un suspiro, y le besó la mandíbula.

—Me lo contaría. O no. Pero lo haría otra vez. Contigo. Pronto. No quiero que esto se quede en un fin de semana.

Simone le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, sintiendo el calor de la piel. Le sonrió, una sonrisa lenta, satisfecha, llena de la misma hambre que aún latía bajo la ternura.

—Lo vamos a repetir. Mañana por la mañana. Después del café. En la cama grande. Quiero despertarte con la lengua en el coño y follarte despacio hasta que no sepas ni tu nombre. Y la noche siguiente otra vez. Y cuando Bruno vuelva… tú decides qué le cuentas. Pero yo no pienso dejar de comerte. Ni de besarte. Ni de hacerte correrte hasta que las piernas no te respondan.

Ingrid la miró a los ojos, oscuros y abiertos, y asintió. Se besaron otra vez, más profundo esta vez, compartiendo el sabor residual, las manos todavía recorriendo espalda y caderas y pechos sudados. El sofá olía a ellas. La casa guardaba el eco de sus gemidos. Fuera, los chopos se movían con el viento de la noche y la grava del camino esperaba en silencio. Ninguna de las dos tenía prisa por moverse. Solo el contacto de piel contra piel, el susurro de las caricias, la promesa colgando entre ellas como un hilo caliente y vivo.

Simone le susurró al oído, sellando el momento con la boca pegada a su piel:

—Más noches. Todas las que quieras. Consentidas. Tuyas y mías. Hasta que el cuerpo no dé más y aun así pidamos otra ronda.

Ingrid sonrió contra su cuello, satisfecha, y le apretó la mano. El silencio que siguió fue denso y dulce, lleno de futuro.

Y cuando por fin se durmieron abrazadas, el coño aún latiente y la boca aún sabrosa a la otra, ninguna de las dos soñó con el marido ausente: soñaron con la próxima vez que se abrirían las piernas y se comerían vivas.

Rate this story

Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Tagged kissing cunnilingus fingering 69 dirty-talk

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.