Rebote Inesperado en el Gimnasio
Dos bomberos musculosos de 28 y 32 años se folian salvajemente en las duchas del gimnasio a medianoche.
La sala de pesas del gimnasio olía a metal, goma y el eco lejano del aire acondicionado a medianoche. Solo dos cuerpos se movían entre las máquinas. Julius, bombero de veintiocho años, cargaba la barra en el rack con la facilidad de quien pasa el día arrastrando mangueras y cuerpos. El sudor le brillaba en el pecho ancho, en los hombros densos, en la línea de vello que bajaba por el abdomen marcado hasta el elástico del short negro. Frente a él, Otto, entrenador personal de treinta y dos, ajustaba los discos de la prensa. Igual de fornido, con muslos gruesos y brazos que se tensaban bajo la camiseta sin mangas, sonreía cada vez que sus miradas se cruzaban.
Era la segunda semana que coincidían a esa hora. El gimnasio casi vacío se convertía en un territorio privado. Julius sentía la mirada de Otto clavada en sus glúteos cuando se inclinaba para recoger una mancuerna. Otto notaba cómo Julius alargaba el estiramiento de pectorales justo cuando pasaba cerca, rozándole el pecho con el antebrazo «por accidente». Ninguno se apartaba. Al contrario: ambos prolongaban el contacto un segundo de más, sonrisas pícaras a medias, labios entreabiertos.
—Otra serie —murmuró Julius, voz grave, y cargó más peso del necesario solo para que se le hincharan las venas del cuello.
Otto se acercó a spottearlo. Sus dedos rozaron la cadera de Julius al ayudar a guiar la barra. El roce se deslizó hacia la entrepierna, firme un instante, y Julius no se movió. Solo exhaló por la nariz y levantó la vista. Otto le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Vas mejorando la forma —dijo Otto, y su pulgar rozó otra vez el borde del short, donde la tela marcaba ya un bulto respetable.
Julius bajó la barra con un clang metálico y se enderezó. El aire entre ellos vibraba. Cada press de banca, cada curl, iba acompañado de miradas descaradas al paquete del otro, a la curva del culo cuando se agachaban, a la forma en que el sudor pegaba la tela a la piel. Ambos lo sabían. Ambos lo alimentaban.
Después de las sentadillas profundas, Otto se plantó detrás de Julius. Las manos grandes se posaron en las caderas del bombero, corrigiendo el ángulo de la pelvis.
—Abre un poco más las rodillas. Así… —la voz de Otto bajó hasta convertirse en un susurro caliente pegado a la oreja de Julius—. Llevo semanas queriendo probar lo dura que se pone esa polla debajo del short. Cada vez que te veo cargar, se me pone la boca agua.
Julius soltó la barra, se giró y le agarró el paquete a Otto con firmeza. La mano grande cerró el contorno grueso a través de la tela sudada. Otto jadeó, empujando la cadera contra la palma.
—Entonces déjate de correrme el chisme al oído y compruébalo —gruñó Julius, y lo besó con hambre.
Fue un choque de bocas, lengua profunda, dientes rozando labio. Otto abrió la boca y se la dejó invadir. Las manos de Julius bajaron al culo del entrenador y lo apretaron con fuerza, aplastándolo contra su propia erección ya dura y marcada. Se frottaron un momento ahí, en medio de la sala de pesas, respirando el mismo aire caliente.
—Nadie viene a esta hora —jadeó Otto contra su boca—. Quiero que me folles aquí. Ahora.
—Duchas. Ya.
Se movieron con prisa contenida. El pasillo hasta los vestuarios estaba vacío. Las luces de las duchas parpadeaban en blanco frío sobre azulejos húmedos. Julius empujó a Otto contra la pared apenas cruzaron el umbral. Le bajó el short de un tirón, dejando libre la polla gruesa y ya goteando. Otto se mordió el labio cuando Julius se arrodilló, le separó las nalgas con las manos y le metió la lengua en el culo de lleno.
—Joder… —Otto apoyó la frente en el azulejo frío, las piernas abiertas, mientras Julius le comía el agujero con lengua profunda, lamiendo, empujando, chupando el borde sensible. Al mismo tiempo le masturbaba la verga con la mano libre, sube y baja rápido, el pulgar pasando por la ranura húmeda.
Julius gruñía contra su culo, saboreándolo, empapándolo de saliva. Cuando Otto empezó a temblar, Julius se puso de pie, escupió en su propia polla y se alineó. Empujó de un solo golpe, brutal, abriéndolo de golpe. Otto gritó un gemido ronco y clavó las uñas en el azulejo.
—Tan puto y tan abierto… —Julius empezó a embestirlo de pie, contra la pared, caderas chocando con fuerza, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la ducha—. Llevas semanas mirándome la polla y ahora te la comes entera por el culo.
—Más duro —exigió Otto, empujando hacia atrás para encontrarlo—. Fóllame como si no hubiera mañana.
Julius lo agarró de la nuca y le clavó embestidas profundas, brutales, el agua de la ducha empezando a caer sobre ellos cuando Otto abrió el grifo con la mano libre. El chorro caliente resbalaba por sus torsos, por las curvas de músculo, mientras Julius lo taladraba sin piedad. Cada embestida sacaba un gemido gutural de Otto. La polla de Julius le rozaba ese punto interno y Otto se retorcía, la verga rebotando contra su propio abdomen.
Después Julius lo giró, lo puso en cuatro sobre el banco de madera resbaladizo de la zona de vestuarios anexa. Otto se arqueó, culo en alto, y Julius se hundió otra vez de un golpe seco. Manos en las caderas, lo embistió con fuerza salvaje, el banco crujiendo.
—Mira qué puto estás —le decía Julius entre embestidas, la voz baja y sucia—. Qué cachondo, abriendo el culo para mi polla a medianoche como una zorra de gimnasio. Te encanta, ¿verdad?
—Me encanta —jadeó Otto—. Tu polla… joder, tan gruesa… siento cómo me abre.
Julius le dio una palmada en la nalga, roja ya, y aceleró. El sonido era obsceno: carne mojada, gemidos roncos, respiraciones entrecortadas. Otto se masturbaba al ritmo de las embestidas, la mano rápida sobre su propia verga.
Cuando las piernas le temblaron, Otto se incorporó, empujó a Julius hasta sentarlo en el banco y se montó encima de cara a él. Guió la polla gruesa otra vez dentro y se dejó caer hasta el fondo, un gemido largo escapándole del pecho. Empezó a cabalgarlo con fuerza, muslos potentes subiendo y bajando, el culo tragándose cada centímetro. Julius le agarró las nalgas y lo ayudó a rebotar más duro, más profundo.
—Así… cabálgame, puto —gruñó Julius, mirándolo a los ojos—. Quiero verte correrte encima de mí.
Otto aceleró, el agua goteándoles del pelo a la cara, pechos chocando. La fricción era perfecta, brutal, íntima. Julius sintió cómo se le tensaba el vientre y empujó hacia arriba al mismo tiempo que Otto bajaba. El orgasmo le llegó como un golpe: se corrió dentro del culo de Otto con gemidos roncos, llenándolo a chorros calientes mientras lo sujetaba contra sí. Otto, sintiendo el calor dentro, se corrió casi al mismo tiempo, disparando sobre el pecho de Julius, hilos blancos y espesos que se mezclaban con el agua y el sudor, salpicándole los pectorales y el cuello. Ambos temblaban, jadeando, todavía unidos.
Se quedaron así un momento, frentes juntas, respirando el mismo vapor. Después se separaron con cuidado. Sudados y con las piernas blandas, se limpiaron mutuamente con las toallas: Julius pasó la tela por el pecho de Otto, Otto le secó el semen del torso a Julius con movimientos lentos, casi tiernos. Se dieron un beso profundo, sin prisa, lenguas explorando más calmadas, saboreando lo que acababan de hacer.
—La semana que viene —dijo Julius contra su boca—. Misma hora.
—Misma hora —confirmó Otto, sonrisa torcida, todavía con el culo palpitante y lleno—. Y la siguiente también, si quieres.
Salieron juntos del gimnasio, el aire de la madrugada golpeándoles la piel caliente. Caminaban codo con codo, las toallas al hombro, esa sonrisa cómplice que no necesitaba más palabras. El rebote inesperado se había convertido en algo que ya no cabía en una sola noche. Julius sentía todavía el calor de Otto en la palma; Otto notaba el resto de semen resbalando entre las nalgas con cada paso. Ninguno miró atrás al local vacío. Ambos sabían que lo de medianoche apenas empezaba a abrirse, y que la próxima semana el gimnasio volvería a oler a ellos dos, a sexo salvaje y a promesas sin decir del todo.
La semana se arrastró con una lentitud cruel. Julius entrenaba en el parque de bomberos con la mente clavada en el culo de Otto y en cómo lo había tragado hasta el fondo. Cada vez que cerraba los ojos en la ducha del cuartel sentía todavía el calor húmedo, el apretón, los gemidos roncos del entrenador. Por las noches se tocaba pensando en la próxima medianoche, en volver a abrirlo, en follárselo más bruto, más hondo. Otto, por su parte, pasaba las sesiones con clientes distraído, corrigiendo posturas mientras la verga se le endurecía dentro del pantalón de chándal al recordar la polla gruesa de Julius rebotándole las nalgas. Se mandaban mensajes cortos, sucios: «Ya estoy duro pensando en tu agujero», «Quiero que me la metás entera otra vez y no pares hasta que grite». Ninguno aguantaba.
El martes a las once y media de la noche Julius llegó primero. La sala de pesas estaba a oscuras salvo el haz de luz de emergencia. Se sacó la camiseta, se quedó solo en short y se plantó frente al rack. Cuando la puerta de entrada chirrió, ya sabía quién era. Otto apareció con la misma camiseta sin mangas, los muslos abultados, la mirada hambrienta. No dijeron «hola». Julius lo agarró del cuello y lo besó con dientes, empujándolo contra la máquina de poleas. Las manos bajaron directo a la entrepierna del otro, apretando el bulto grueso ya medio duro.
—Toda la puta semana con esta polla latiéndome —gruñó Julius contra su boca—. Hoy te voy a destrozar el culo hasta que no puedas sentarte mañana.
Otto le mordió el labio inferior y le bajó el short de un tirón. La verga de Julius saltó pesada, venosa, ya goteando. Otto se arrodilló ahí mismo, entre las máquinas, y se la metió entera hasta la garganta. Chupó profundo, baboso, la nariz aplastada contra el vello púbico, mientras se masturbaba a sí mismo por encima de la tela. Julius le agarró el pelo y le folló la cara con embestidas cortas y brutales, el glande rozándole la campanilla.
—Así, puto… trágatela. Llevo días soñando con tu boca llena de mi leche.
Otto se ahogó un segundo, saliva espesa corriendole por la barbilla, y luego la sacó con un hilo brillante uniendo sus labios a la punta. Se puso de pie, se bajó los shorts y se giró, ofreciendo el culo. Julius le separó las nalgas con las dos manos, escupió directo al agujero rosado y todavía un poco hinchado de la semana anterior, y metió dos dedos de golpe. Otto jadeó, empujando hacia atrás.
—Más… tres. Ábreme bien. Quiero sentirte enterito.
Julius le metió el tercero, girándolos, abriéndolo, encontrando la próstata y frotándola sin piedad. Otto se corría casi solo del estímulo, la polla dura y balanceándose. Cuando los dedos salieron, Julius se alineó y empujó. Entró de una, el anillo cediendo con un gemido largo y gutural de Otto. Empezó a cogerlo de pie, pegado a la polea, caderas chocando con fuerza sorda, el sonido húmedo y obsceno llenando la sala vacía. Cada embestida hacía temblar las máquinas cercanas. Julius le hablaba al oído, voz baja y sucia:
—Mírate, zorra de gimnasio… abriendo el culo a medianoche para que te la meta un bombero. Te encanta que te usen, ¿verdad? Que te llenen y te dejen chorreando.
—Sí… joder, sí… más duro, Julius. Rompeme.
Julius lo sacó de golpe, lo arrastró hasta el banco de press y lo tumbó de espaldas con las piernas al pecho. Se colocó encima y volvió a hundirse hasta las bolas. Así lo veía todo: el pecho sudado de Otto, la cara contraída de placer, la verga rebotando contra el abdomen marcado con cada embestida profunda. Agarró las tobillos de Otto y los empujó más atrás, abriéndolo al máximo, y aceleró. El banco crujía. El agua no corría todavía; solo sudor y saliva y el olor a sexo crudo.
Otto se corrió primero, sin tocarse, chorros blancos saliendo a pulsos sobre su propio pecho y hasta el cuello, el culo apretando rítmicamente la polla de Julius. Ese agarre lo mandó al borde. Julius se salió, se montó a horcajadas sobre el pecho de Otto y se masturbó rápido, grueso y brillante de líquidos, hasta dispararle la cara: semen caliente en labios, mejillas, un hilo goteándole al ojo. Otto abrió la boca y lamió lo que pudo, chupando la punta cuando Julius se la ofreció.
Se quedaron jadeando un momento. Pero la tensión no bajaba. Julius todavía estaba medio duro. Otto se incorporó, le dio la vuelta y lo empujó de pecho contra el banco.
—Ahora yo —dijo con voz ronca—. Te toca abrirte para mí.
Julius no se resistió. Se arqueó, ofreciendo el culo denso y musculoso. Otto le escupió entre las nalgas, le metió la lengua primero —profunda, sucia, lamiendo el borde y empujando dentro— mientras le masturbaba la verga todavía sensible. Cuando Julius empezó a gemir bajo, Otto se puso de pie, se alineó y empujó. La entrada fue más lenta, más gruesa; Julius maldijo entre dientes, el agujero cediéndole milímetro a milímetro hasta que Otto estuvo dentro del todo.
—Joder… qué apretado estás —jadeó Otto, empezando a moverse—. Llevo semanas queriendo follarte también. Sentir cómo te abrís para mi polla.
Empezó despacio y luego aceleró, embistiendo con fuerza de entrenador, muslos potentes golpeando, manos clavadas en las caderas anchas de Julius. Cada embestida sacaba un gruñido del bombero. Otto le dio palmadas en las nalgas, las dejó rojas, y le habló sucio:
—Así… toma toda. Vas a salir de aquí con el culo goteando mi leche y te va a encantar caminar así mañana en el cuartel.
Julius se empujaba hacia atrás, pidiendo más. Se follaron así hasta que Otto se corrió profundo, llenándolo a chorros, el semen caliente desbordando cuando se salió. Julius se dio la vuelta, lo agarró y lo besó con hambre, saboreando su propio sabor mezclado en la boca del otro.
Aún no bastaba. Fueron a las duchas. El agua caliente cayó sobre ellos mientras se jabonaban mutuamente, manos resbalosas recorriendo pechos, abdominales, vergas que volvían a endurecerse. Julius levantó a Otto contra la pared mojada —fuerza pura de bombero— y lo penetró otra vez de pie, las piernas del entrenador rodeándole la cintura. El agua resbalaba entre ellos, el jabón haciendo todo más resbaladizo y obsceno. Embestidas cortas y profundas, Otto mordiéndole el hombro para no gritar demasiado alto. Se corrieron casi juntos otra vez: Julius dentro, Otto entre sus cuerpos apretados, semen diluyéndose con el chorro.
Cuando bajaron, las piernas les temblaban. Se secaron a medias, se miraron.
—La próxima no esperamos a la semana que viene —dijo Otto, voz todavía rota—. Jueves. Misma hora. Y esta vez traigo lubricante de verdad… y ganas de que me dejes el culo inutilizable varios días.
Julius sonrió, torcido, todavía con el agujero palpitándole y el de Otto goteándole por el muslo.
—Jueves. Y si alguien aparece… que se joda. Esta noche no me voy hasta que te haya follado una vez más.
Otto se rio bajo, lo agarró de la polla ya hinchándose de nuevo y lo guió otra vez bajo el chorro. El gimnasio seguía vacío. La medianoche apenas empezaba a hincharse de lo que venían a hacerse el uno al otro, y ambos sabían que lo de esta noche solo había subido un peldaño más. El rebote seguía creciendo, más salvaje, más adictivo, y el jueves ya les quemaba en la piel.
El chorro caliente seguía golpeándoles la espalda cuando Otto apretó la polla de Julius entre los dedos jabonosos y la guió otra vez hacia su agujero. Julius no necesitaba más invitación. Lo levantó de nuevo, muslos potentes rodeándole la cintura, y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Otto soltó un gemido ronco contra su cuello, uñas clavándose en los hombros anchos del bombero.
—Todavía… joder, todavía me cabe —jadeó Otto, la voz rota por el agua y el placer—. Métela entera otra vez. Quiero sentir cómo me estiras.
Julius lo embistió contra los azulejos fríos, el jabón haciendo que cada embestida resbalara más profunda, más brutal. El sonido era obsceno: piel mojada chocando, gemidos ahogados, el chapoteo del agua mezclado con el ruido húmedo de su polla entrando y saliendo del culo de Otto. Julius sentía cómo el anillo se aferraba a él, todavía resbaladizo del semen anterior, y pensaba en no parar nunca. Quería dejarlo marcado, inútil para caminar, solo pensándolo a él.
—Te voy a follar hasta que no te quede voz —gruñó Julius al oído, mordiéndole el lóbulo—. Hasta que el único músculo que te funcione sea este agujero tragándome la polla.
Otto se corrió otra vez entre sus cuerpos, un chorro caliente diluyéndose al instante con el agua, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de Julius. Ese apretón mandó a Julius al borde. Empujó tres veces más, profundas y salvajes, y se vació dentro por segunda vez esa noche, gemidos bajos y guturales resonando en la ducha vacía. Se quedaron unidos bajo el chorro, temblando, frentes juntas, el agua llevándose el exceso de semen que goteaba por el muslo de Otto.
Cuando por fin bajaron, las piernas les fallaban. Se secaron a medias, se vistieron sin prisa, manos todavía recorriendo pechos y culos como si no pudieran soltarse. Otto le dio un beso lento, sucio, saboreando el sabor a sexo y cloro.
—Jueves —repitió, voz ronca—. Traigo el lubricante grueso. Y ganas de que me dejes el culo como un puto desastre.
Julius sonrió, torcido, y le dio una palmada fuerte en la nalga.
—Prepárate entonces. Porque el jueves no pienso parar ni cuando me lo pidas.
Salieron al aire frío de la madrugada. El semen de Julius todavía resbalaba entre las nalgas de Otto con cada paso; Julius notaba el residual caliente dentro de su propio agujero. Ninguno habló del camino a casa. Solo el silencio denso de dos cuerpos que ya sabían que la adicción había subido de nivel.
Los dos días siguientes fueron un tormento. Julius entrenaba en el cuartel con la mente clavada en el culo de Otto, en cómo había rebotado bajo sus manos, en los gemidos que le sacaba. Por las noches se tocaba en la litera, mordiendo la almohada para no gritar el nombre del entrenador mientras se corría pensando en embestirlo más bruto. Otto no estaba mejor. Corregía sentadillas a clientes con la verga dura dentro del pantalón, mandando mensajes a Julius a escondidas: «Ya estoy abierto solo de pensarte», «Quiero que me destrocéis el agujero hasta que llore», «Jueves te voy a chupar los huevos mientras me follas la cara». Julius respondía con fotos de su polla medio dura bajo el short del cuartel y promesas crudas: «Vas a salir cojeando».
El jueves a las once y cuarto Julius ya estaba dentro. Había dejado la puerta de servicio entreabierta a propósito. Se sacó la camiseta, se quedó solo en short negro y se plantó frente al rack de sentadillas, cargando peso de más solo para hincharse las venas. Cuando Otto apareció, cargando una botella de lubricante grueso y una sonrisa hambrienta, no hubo saludos. Julius lo agarró del cuello y lo besó con dientes, empujándolo contra la máquina de poleas. Las manos bajaron directo, bajándole el short de un tirón. La polla de Otto saltó pesada, ya goteando.
—Toda la puta espera… —gruñó Julius, masturbándolo rápido—. Hoy te voy a abrir tanto que mañana ni te acuerdes de cómo se cierra.
Otto le mordió el labio y se arrodilló. Se tragó la polla de Julius hasta la base de un solo movimiento, nariz aplastada contra el vello, garganta abierta. Chupó profundo, baboso, manos apretándole los huevos, mientras se tocaba a sí mismo. Julius le agarró el pelo con las dos manos y le folló la cara sin piedad, embestidas cortas que hacían que saliva espesa le corriera por la barbilla y el pecho.
—Así, puto… trágatela entera. Quiero verte atragantarte conmigo.
Otto se ahogó un segundo, ojos llorosos de placer, y luego la sacó con un hilo brillante uniendo labios y glande. Se puso de pie, se giró, ofreció el culo y abrió las nalgas con las propias manos.
—Lubricante. Ya. Ábreme bien, Julius. Quiero sentirte destrozarme.
Julius abrió el bote, se echó un chorro generoso en los dedos y metió dos de golpe. Otto jadeó, empujando hacia atrás. Julius añadió el tercero enseguida, girándolos, abriéndolo, frotando la próstata sin piedad hasta que Otto temblaba y su polla goteaba un hilo continuo al suelo. Cuando los dedos salieron, Julius se cubrió la verga gruesa de lubricante brillante y se alineó. Empujó. Entró de una, hasta las bolas, el anillo cediendo con un gemido largo y gutural de Otto.
—Joder… qué gruesa… —Otto apoyó la frente en el metal frío de la máquina—. Muévete. Fóllame como un animal.
Julius empezó despacio solo para sentir cómo el culo lo tragaba, luego aceleró. Embestidas brutales, caderas chocando con fuerza sorda, el sonido húmedo y obsceno llenando la sala de pesas vacía. Cada embestida hacía temblar las poleas. Julius le hablaba al oído, voz baja y sucia, mientras le daba palmadas en las nalgas hasta dejarlas rojas:
—Mírate, zorra de medianoche… abriendo el culo para un bombero en el puto gimnasio. Te encanta que te usen, ¿verdad? Que te llenen y te dejen chorreando semen por las piernas.
—Sí… más duro… rompeme el agujero —exigió Otto, empujando hacia atrás para encontrarlo—. Quiero salir de aquí inutilizable.
Julius lo sacó de golpe, lo arrastró hasta el banco de press y lo tumbó de espaldas con las piernas al pecho. Se colocó encima y volvió a hundirse hasta el fondo. Así lo veía todo: el pecho sudado de Otto, la cara contraída de placer puro, la polla rebotando contra el abdomen marcado con cada embestida profunda. Agarró los tobillos de Otto y los empujó más atrás, abriéndolo al máximo, y aceleró como si quisiera romper el banco. El lubricante y el semen anterior hacían todo más resbaladizo, más obsceno. Otto se corrió sin tocarse, chorros blancos saliendo a pulsos sobre su propio pecho y hasta el cuello, el culo apretando rítmicamente la polla de Julius en espasmos fuertes.
Ese agarre mandó a Julius al borde, pero se contuvo. Se salió, se montó a horcajadas sobre el pecho de Otto y se masturbó rápido encima de su cara, grueso y brillante de líquidos.
—Abre la boca —ordenó.
Otto obedeció. Julius disparó: semen caliente en labios, lengua, mejillas, un hilo goteándole al ojo. Otto lamió lo que pudo, chupando la punta cuando Julius se la ofreció, tragando con ruidos sucios.
Aún no bastaba. La tensión no bajaba. Otto se incorporó, le dio la vuelta a Julius y lo empujó de pecho contra el banco.
—Ahora yo te abro —dijo con voz ronca, echándose lubricante en la polla gruesa—. Llevo dos días soñando con follarte el culo denso. Vas a sentirme días.
Julius se arqueó sin resistirse, ofreciendo el culo musculoso. Otto le escupió entre las nalgas primero, le metió la lengua profunda y sucia —lamiendo, empujando, chupando el borde— mientras le masturbaba la verga todavía sensible. Cuando Julius empezó a gemir bajo y a empujar hacia atrás, Otto se alineó y empujó. La entrada fue más lenta, más gruesa; Julius maldijo entre dientes, el agujero cediéndole milímetro a milímetro hasta que Otto estuvo dentro del todo, bolas apretadas contra él.
—Qué apretado… joder —jadeó Otto, empezando a moverse—. Llevo semanas queriendo sentir cómo te abrís para mí.
Empezó despacio y luego aceleró, embistiendo con fuerza de entrenador, muslos potentes golpeando, manos clavadas en las caderas anchas de Julius. Cada embestida sacaba un gruñido del bombero. Otto le dio palmadas fuertes en las nalgas, las dejó rojas e hinchadas, y le habló sucio al oído:
—Así… toma toda mi polla. Vas a salir de aquí con el culo goteando mi leche y te va a encantar caminar así mañana en el cuartel, sintiéndome dentro.
Julius se empujaba hacia atrás pidiendo más, más profundo, más bruto. Se follaron así hasta que Otto se corrió profundo, llenándolo a chorros calientes, el semen desbordando cuando se salió y bajando por los muslos de Julius. Julius se dio la vuelta, lo agarró del cuello y lo besó con hambre salvaje, saboreando su propio sabor mezclado en la boca del otro.
Todavía no era suficiente. Fueron a las duchas otra vez. El agua caliente cayó sobre ellos mientras se jabonaban mutuamente, manos resbalosas recorriendo pechos, abdominales, vergas que volvían a endurecerse al instante. Julius levantó a Otto contra la pared mojada —fuerza pura— y lo penetró de pie una vez más, las piernas del entrenador rodeándole la cintura, el agua y el jabón haciendo todo más resbaladizo. Embestidas cortas y profundas, Otto mordiéndole el hombro para no gritar demasiado alto mientras Julius le hablaba al oído:
—Esta noche no me voy hasta que te haya dejado el agujero tan abierto que ni camines derecho. Y la próxima… la próxima traigo algo más grueso. Algo que te haga gritar de verdad.
Otto se corrió entre sus cuerpos apretados, semen diluyéndose con el chorro. Julius lo siguió segundos después, vaciándose dentro otra vez, gemidos roncos resonando en los azulejos. Cuando bajaron, las piernas les temblaban de verdad. Se secaron a medias, se miraron con la misma sonrisa torcida y hambrienta.
—Sábado —dijo Otto, voz todavía rota, el culo palpitándole y lleno—. Misma hora. Y esta vez… esta vez quiero que me aten las muñecas a la máquina de poleas y me uses hasta que no pueda más. Quiero que me dejes marcado. Quiero que la gente note cómo camino.
Julius le agarró la polla todavía sensible y la apretó con promesa.
—Sábado entonces. Y si alguien aparece… que se joda. Porque yo no pienso parar hasta que los dos estemos hechos un puto desastre andante.
Se vistieron despacio, manos todavía recorriéndose. El gimnasio seguía vacío, olía a sexo crudo, a lubricante y a ellos dos. Salieron al aire de la madrugada con el semen resbalándoles por las piernas y la certeza de que el rebote ya no era un accidente: era una adicción que crecía cada medianoche, más salvaje, más profunda, y el sábado ya les quemaba en la piel como una promesa que ninguno pensaba romper.
El sábado la medianoche cayó como un peso cálido sobre el gimnasio vacío. Julius llegó primero otra vez, el corazón golpeándole las costillas con una mezcla de hambre y algo más denso que no quería nombrar. Se quitó la camiseta, se quedó en el short negro y se plantó junto a la máquina de poleas, las muñecas ya libres, esperando. Cuando Otto apareció con la botella de lubricante y esa sonrisa torcida que le conocía de memoria, no hubo palabras de saludo. Solo el choque de bocas, dientes, lenguas profundas, el olor a sudor anticipado y a cloro.
—Hoy como pediste —gruñó Julius contra su boca, ya bajándole el short de un tirón. La polla de Otto saltó gruesa, venosa, goteando pre-semen—. Muñecas. Ahora.
Otto extendió los brazos sin dudar. Julius usó las correas de las poleas, las pasó alrededor de las muñecas fuertes del entrenador y las tensó hasta dejarlo sujeto de pie, pecho expuesto, culo accesible. Otto tiró una vez para probar; el metal crujió pero aguantó. Sus ojos se oscurecieron de deseo puro.
—Úsame —exigió, voz ronca—. Hasta que no pueda más.
Julius se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las dos manos y le metió la lengua de lleno. Lamió el agujero todavía un poco hinchado de las noches anteriores, empujó dentro, chupó el borde sensible mientras le masturbaba la verga con la mano libre, rápido y sucio. Otto gimió, tirando de las correas, las piernas abiertas, el cuerpo entero temblando. Julius le metió dos dedos lubrificados de golpe, luego el tercero, abriéndolo, frotando la próstata sin piedad hasta que un hilo de líquido le corría por el muslo.
Cuando los dedos salieron, Julius se cubrió la polla gruesa de lubricante brillante, se alineó y empujó. Entró de una hasta las bolas. Otto gritó un gemido gutural que resonó en los azulejos. Julius no esperó: empezó a embestirlo con fuerza salvaje, caderas chocando, el sonido húmedo y obsceno llenando la sala. Cada embestida hacía temblar las poleas. Le daba palmadas en las nalgas hasta dejarlas rojas, le hablaba al oído con voz baja y sucia:
—Mírate, puto atado… abriendo el culo para que te la meta entera a medianoche. Te encanta que te usen así, ¿verdad? Que te dejen marcado y goteando.
—Sí… joder, sí… más duro, Julius. Rompeme —jadeó Otto, empujando hacia atrás todo lo que las correas le permitían—. Quiero sentirte días.
Julius aceleró, taladrándolo sin piedad, la polla rozándole ese punto interno una y otra vez. Otto se corrió primero, sin tocarse, chorros blancos saliendo a pulsos sobre el suelo de goma, el culo apretando en espasmos rítmicos alrededor de Julius. Ese agarre casi lo manda al borde, pero se contuvo. Se salió, le soltó una correa solo para girarlo de frente, volvió a atarlo y se la metió otra vez de pie, cara a cara. Ahora lo veía todo: la cara contraída de placer, el pecho sudado, la verga todavía sensible rebotando entre ellos. Embestidas profundas, cortas, brutales. Otto le mordió el hombro para no gritar demasiado alto.
Julius se corrió dentro con un gruñido largo, llenándolo a chorros calientes, el semen desbordando al instante y bajando por los muslos del entrenador. Se quedaron unidos un segundo, temblando, el metal de las poleas todavía crujiendo. Luego Julius lo desató. Otto se dejó caer de rodillas, le limpió la polla con la lengua, lamiendo su propio sabor mezclado con lubricante, chupando hasta el último resto.
Todavía no bastaba. La adicción los empujaba más lejos. Fueron a las duchas. El agua caliente cayó sobre ellos mientras se jabonaban, manos resbalosas recorriendo pechos, abdominales, vergas que volvían a endurecerse al roce. Otto empujó a Julius contra la pared mojada esta vez, le separó las nalgas y le metió la lengua primero —profunda, sucia—, luego los dedos, y finalmente la polla gruesa. Entró lento, milímetro a milímetro, hasta estar dentro del todo. Julius maldijo entre dientes, el agujero cediéndole, el placer mezclado con esa quemazón familiar.
—Toma… toda —jadeó Otto, empezando a moverse con fuerza de entrenador, muslos potentes golpeando—. Vas a caminar mañana sintiéndome todavía dentro.
Embestidas rítmicas, profundas, el agua haciendo todo más resbaladizo y obsceno. Julius se empujaba hacia atrás pidiendo más, más bruto. Se follaron así hasta que Otto se vació profundo, llenándolo, el semen caliente desbordando. Julius se dio la vuelta, lo levantó contra los azulejos —fuerza pura de bombero— y lo penetró una última vez de pie, las piernas de Otto rodeándole la cintura. Embestidas cortas, salvajes, hasta que ambos se corrieron casi juntos otra vez: Julius dentro, Otto entre sus cuerpos apretados, semen diluyéndose con el chorro.
Cuando bajaron, las piernas les temblaban de verdad. Se secaron a medias bajo las toallas, el cuerpo de cada uno todavía marcado por las manos del otro, nalgas rojas, agujeros palpitantes y llenos. Se miraron. El aire entre ellos ya no vibraba solo de hambre.
Julius pasó la toalla por el pecho de Otto con movimientos lentos, casi mecánicos. El semen residual le resbalaba por el muslo propio; el de Otto le goteaba todavía. El orgasmo había sido brutal, perfecto, adictivo… y de pronto algo se quebró por dentro.
—Esto… —empezó Julius, la voz más baja de lo que pretendía—. Cada vez es más. Cada medianoche. Como si no pudiéramos parar.
Otto se quedó quieto, la toalla a medias en el hombro. La sonrisa torcida se le desvaneció un segundo. Miró las correas todavía colgando de la máquina de poleas, el suelo mojado, el olor a sexo crudo que impregnaba todo.
—Lo sé —admitió, y por primera vez la voz le salió con un filo de duda—. Hoy pedí que me ataras. Mañana voy a querer más. Y más. Y un día alguien va a aparecer. O yo… joder, Julius, a veces pienso en ti en pleno entrenamiento con un cliente y se me pone dura al punto de que casi no puedo hablar. Esto ya no es solo un rebote de gimnasio.
Julius asentó, el pecho todavía subiendo y bajando. El calor del culo de Otto seguía en su palma, el residual caliente dentro de su propio agujero, pero ahora pesaba distinto. Como una cadena.
—En el cuartel también. Cierro los ojos y te veo. Y me da miedo lo fácil que sería que esto se nos vaya de las manos. Que deje de ser solo sexo y se convierta en… lo que sea que esto está siendo.
Se vistieron en silencio. Las camisetas pegadas a la piel húmeda, los shorts marcando todavía el contorno. Salieron al aire frío de la madrugada codo con codo, pero el silencio ya no era cómplice. Era denso. Otto notaba el semen resbalando entre las nalgas con cada paso y, por primera vez, no le sacó una sonrisa. Julius sentía el mismo residual y una punzada en el pecho que no era solo músculo.
En la esquina se detuvieron. Otto miró hacia el local vacío, luego a Julius.
—La próxima semana… —empezó, y se le trabó la frase—. No sé si debería. O sí. Joder, no lo sé.
Julius no contestó de inmediato. Solo le rozó los labios con los suyos, un beso corto, casi triste, saboreando todavía el sexo y el cloro y algo que sabía a final.
—Yo tampoco —murmuró—. Pero si vengo… y si vienes… ya no va a ser lo mismo. ¿Verdad?
Otto asintió una vez, la mandíbula tensa. Se separaron. Cada uno tomó su dirección, el aire de la madrugada golpeándoles la piel caliente, el semen todavía bajándoles por las piernas, y la certeza amarga de que el rebote inesperado había crecido demasiado, se había metido demasiado hondo, y ahora ambos caminaban con la duda clavada junto al placer, preguntándose si la próxima medianoche valdría el riesgo de perderse del todo en aquello que ya no controlaban.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Popular Collections
Browse Categories