Reencuentro Salvaje: Su Esposa Entregada al Boxeador

Un ejecutivo de 42 años ve excitado cómo su voluptuosa esposa Nadia, de 38, se entrega gustosa al enorme boxeador Damon que la folla salvajemente delante de él

29 min read September 10, 2026New

Soy Kofi, un ejecutivo de 42 años que ha construido su vida alrededor de reuniones, balances y trajes a medida. Estoy casado con Nadia, mi esposa de 38 años, una mujer voluptuosa de curvas generosas, senos pesados que llenan cualquier escote y un culo redondo y firme que todavía me hace girar la cabeza cuando camina por casa en ropa interior. Los primeros años de nuestro matrimonio fueron ardientes, pero con el tiempo su insatisfacción se volvió evidente. Nadia necesitaba más: manos fuertes que la sujetaran sin pedir permiso, una polla que la llenara hasta doler, un macho que la usara como ella deseaba ser usada. Yo lo sabía, aunque nunca lo hablábamos en voz alta.

Años después de graduarnos del instituto, el destino nos puso delante a mi viejo rival. Damon, el boxeador profesional de 40 años, seguía siendo exactamente como lo recordaba: alto, de hombros imposibles, brazos hinchados por el entrenamiento constante y esa mirada de depredador que me humillaba sin necesidad de palabras. En el colegio me empujaba contra las taquillas, me llamaba débil delante de todos y se follaba a las chicas que yo ni me atrevía a mirar. Ahora, con su carrera en ascenso y el físico esculpido a base de golpes y sudor, su presencia seguía imponiéndose.

Nos reencontramos en una gala deportiva. Yo estaba allí por patrocinio de mi empresa. Damon era el invitado de honor. Cuando nos vio, su sonrisa se torció con reconocimiento. Nadia, colgada de mi brazo con un vestido negro que se pegaba a sus caderas anchas y dejaba sus hombros al descubierto, se quedó mirándolo fijamente. Esa noche, al volver a casa, después de follar sin mucha convicción, ella se quedó callada un rato, respirando agitada contra mi pecho. Entonces lo soltó sin filtro, con la voz ronca de excitación:

—Siempre fantaseé con que un hombre como Damon me follara delante de ti, Kofi. Un macho alfa de verdad. Uno que me domine, que me abra el coño con su verga gruesa mientras tú miras desde una silla. Me corro solo de imaginarlo.

Sus palabras me golpearon como un uppercut. Sentí la humillación quemarme las mejillas, pero también una erección brutal que Nadia notó al instante. No me dejó negarlo. Me masturbó despacio mientras me obligaba a admitir que la idea me ponía cachondo. Esa confesión mutua abrió una puerta que ya no pudimos cerrar. Dos semanas después lo invitamos a cenar a casa. Los tres sabíamos que no era solo una cena.

Nadia se preparó como para una cita. Eligió un vestido rojo ceñido, sin sujetador, de manera que sus pezones se marcaban claramente contra la tela. El escote era tan profundo que casi se le escapaban las tetas al inclinarse. Yo preparé la mesa, sirviendo vino caro, con el estómago encogido por una mezcla de miedo y excitación que no podía explicar.

Damon llegó puntual. Camisa negra ajustada que parecía a punto de reventar sobre sus pectorales y bíceps. Al saludar a Nadia, su mano grande se posó en la curva de su cintura con total naturalidad, como si ya tuviera derecho. Ella se sonrojó y se mordió el labio inferior. Durante la cena el flirteo se volvió descarado y consentido. Las miradas se cruzaban cargadas de intención. Damon no disimulaba: sus ojos bajaban constantemente al escote de mi mujer. Nadia, por su parte, cruzó las piernas de forma que su pie descalzo rozaba deliberadamente la pantorrilla de él bajo la mesa.

—Joder, Nadia —dijo Damon mientras cortaba su filete—, has madurado como el buen vino. Tienes un cuerpo hecho para que te follen duro. Apuesto a que Kofi te da pollitas suaves y besitos. Una hembra como tú necesita que la partan en dos.

Ella soltó una risa baja, sensual, y se inclinó hacia delante dejando que sus tetas casi se salieran del vestido.

—Pues sí. Kofi es un marido maravilloso… pero mi coño lleva años pidiendo verga de verdad. Quiero sentir tu polla gruesa abriéndome, Damon. Quiero que me folles como la puta que soy mientras mi marido mira y se le pone dura de ver cómo me entregas a un macho de verdad.

El silencio que siguió fue eléctrico. Mi cara ardía. Tenía la polla tan dura que me dolía contra la cremallera. Tomé un sorbo de vino largo y, con la voz entrecortada por la vergüenza y el morbo, confesé lo que ambos necesitábamos oír:

—Quiero verlo, Damon. Quiero ver cómo mi esposa se entrega completamente a ti. Cómo la usas, cómo la haces gritar. No quiero que pares. Quiero mirar cada detalle.

Eso fue suficiente. Damon se levantó, tiró de Nadia con autoridad y la besó delante de mí. Fue un beso brutal, dominante. Sus lenguas se enredaron con hambre, él le apretó el culo con las dos manos, levantándole el vestido hasta la cintura y dejando ver sus bragas de encaje ya empapadas. Nadia gemía dentro de su boca, frotándose contra el bulto enorme que se marcaba en los pantalones de él. Yo me quedé sentado, respirando agitado, con el corazón latiéndome en la garganta y la polla latiendo al ritmo de sus gemidos.

—Al dormitorio —ordenó Nadia casi sin aliento, agarrando la mano de Damon.

Los seguí por las escaleras como un perro fiel. Mi mente era un torbellino: celos, excitación, humillación y un deseo enfermizo de ver hasta dónde llegaría mi mujer.

En el dormitorio, Damon tomó el control total. Desnudó a Nadia con rudeza experta, arrancando el vestido y tirándolo al suelo. Sus tetas grandes cayeron libres, pesadas, con los pezones oscuros y duros. Le bajó las bragas de un tirón y pasó dos dedos gruesos por su coño depilado, ya chorreando. La hizo arrodillarse sobre la alfombra.

—Chúpame, puta. Enséñale a tu marido cómo se mama una verga de verdad.

Damon se bajó los pantalones. Su polla saltó libre: enorme, venosa, con un grosor que hizo que Nadia soltara un gemido de anticipación. Era fácilmente el doble de gruesa que la mía. Ella la tomó con las dos manos, mirándola con devoción casi religiosa, y empezó a lamerla desde las bolas hasta la cabeza. Luego se la metió en la boca todo lo que pudo, chupando con glotonería, babeando, haciendo ruidos obscenos mientras intentaba tragársela hasta la garganta. Damon le sujetó el pelo con el puño y empujó sus caderas, follándole la boca sin piedad. Yo me senté en la silla que él señaló con el dedo, a menos de dos metros. Cada arcada de Nadia, cada lametón largo y sucio, cada vez que ella sacaba la polla para respirar y decir “qué rica, qué grande”, me clavaba más profundo en esa humillación excitante que ya no podía detener.

Después de varios minutos de mamada devota, Damon la levantó como si no pesara nada y la puso en cuatro patas sobre nuestra cama matrimonial. Me miró.

—Ven aquí, cornudo. Acércate. Quiero que veas de cerca cómo le estiro el coño a tu mujer.

Me arrodillé junto a la cama. Damon escupió sobre su polla, colocó el glande grueso contra los labios hinchados de Nadia y empujó de un solo golpe brutal. Ella gritó de placer y dolor mezclado. Su coño se abrió obscenamente alrededor de esa verga, estirándose hasta límites que yo nunca había visto. Los labios vaginales abrazaban la carne oscura y gruesa mientras él empezaba a follarla con embestidas salvajes, golpeando fondo cada vez.

—Esto es lo que querías, ¿verdad, puta del boxeador? —gruñía Damon, dándole nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas en su culo blanco—. Dilo mientras tu marido mira cómo te parto el coño.

—¡Sí! ¡Soy tu puta, Damon! ¡Fóllame más fuerte que mi marido nunca podrá! —gritaba Nadia entre gemidos, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida.

El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con el olor almizclado del sexo. Yo estaba tan cerca que podía ver cada centímetro de su polla entrando y saliendo, brillante de jugos de mi esposa. Luego Damon la giró, la puso en misionero y le levantó las piernas hasta sus hombros. La folló con brutalidad renovada, sus huevos pesados golpeando contra el culo de ella. Nadia se corrió gritando, su cuerpo convulsionando, el coño apretando visiblemente la verga que la estaba destrozando de placer.

—Ahora te lleno, zorra —rugió Damon.

Con un último empellón profundo se corrió dentro de ella. Vi cómo su polla palpitaba, inyectando chorros espesos de semen caliente en el interior de Nadia. Cuando por fin se retiró, un río blanco y espeso empezó a brotar de su coño abierto y enrojecido.

—Lame, Kofi —ordenó sin darme opción—. Lame toda mi corrida mezclada con los jugos de tu esposa. Quiero que pruebes lo que un macho de verdad le deja a su puta.

Me incliné, temblando. Mi lengua tocó primero su clítoris hinchado, luego recogí el semen espeso que salía de su interior. El sabor era fuerte, salado, prohibido. Mientras lamía con devoción humillada, Nadia me acariciaba el pelo con ternura, aún temblando de los restos de su orgasmo.

Cuando levanté la cara, ella me besó profundamente. Su boca todavía conservaba el sabor de la polla de Damon. Me susurró contra los labios, con voz ronca y satisfecha:

—Esto solo es el comienzo de nuestras noches de cornudo, mi amor. Mañana mismo quiero que lo llames otra vez. Hay mucho más que deseo que veas… y que hagas.

Damon se vistió sin prisa, sonriendo con esa arrogancia de vencedor. Le dio una última nalgada fuerte y posesiva a Nadia, haciendo que su culo se sacudiera, y se marchó sin decir adiós. La puerta de la calle se cerró abajo.

Yo me quedé de rodillas junto a la cama, con la cara mojada de semen y jugos, la polla dolorosamente dura y sin alivio, mirando a mi esposa que yacía abierta, marcada y sonriente. La tensión no se había disuelto. Al contrario. Sabía que esto solo había abierto la primera puerta de muchas, y que la próxima vez Damon no vendría solo. Mi humillación, y el placer enfermizo que me provocaba, apenas empezaban.

La puerta se cerró abajo y el silencio de la casa pareció cargarse de electricidad. Me quedé de rodillas junto a la cama, con la cara pegajosa de semen espeso y los jugos dulzones de Nadia, respirando agitado mientras mi polla palpitaba dolorosamente erecta sin que nadie la tocara. Mi esposa, esa mujer voluptuosa de treinta y ocho años que había sido mía durante casi dos décadas, yacía desparramada sobre las sábanas revueltas de nuestra cama matrimonial. Sus senos pesados subían y bajaban con la respiración entrecortada, los pezones todavía duros como piedras oscuras, y su coño permanecía obscenamente abierto, rojo e hinchado, con un hilo constante de corrida blanca y espesa escapando de entre sus labios vaginales dilatados. Me miró con una sonrisa perezosa, satisfecha, y extendió la mano para acariciar mi pelo pegoteado.

—Ven aquí, mi cornudito —susurró con voz ronca, todavía impregnada de placer—. Límpame con esa lengua tuya otra vez, pero despacio. Quiero que saborees cada gota de lo que Damon me dejó.

Me incliné sin protestar, el corazón latiéndome en la garganta. El olor almizclado del sexo llenaba el dormitorio: sudor masculino, coño excitado y semen espeso. Mi lengua tocó primero su clítoris hinchado, arrancándole un gemido bajo, y luego bajé a recoger los chorros calientes que brotaban de su interior. El sabor era fuerte, salado, prohibido, una mezcla de él y de ella que me hizo sentir más pequeño y más excitado que nunca. Mientras lamía con devoción humillada, Nadia enredaba los dedos en mi pelo y movía las caderas suavemente contra mi boca.

—Así, Kofi… lame bien el coño que acaban de partir en dos. Sentí cada centímetro de esa verga gruesa abriéndome, golpeando donde tú nunca llegas. Me corrí tan fuerte que creí que me desmayaba. Y tú… mírate, con la cara llena de su leche y la polla a punto de explotar sin que te toquen.

Levanté la vista un segundo. Sus ojos brillaban con un fuego nuevo, posesivo y cruelmente tierno. Me subió a la cama y me besó profundamente, lamiendo de mi boca el residuo de su amante. Su mano envolvió mi polla y me masturbó con lentitud experta, apretando justo como sabía que me volvía loco.

—Dime la verdad —exigió contra mis labios—. Te encantó verme convertida en su puta, ¿verdad? Te pusiste como un perro mirando cómo me follaba delante de ti.

—Sí… —confesé entre jadeos, la cara ardiendo de vergüenza—. Me humilla, Nadia. Me hace sentir inútil. Pero no puedo parar de imaginarlo. Quiero más.

Ella sonrió con triunfo y me montó despacio, deslizando su coño todavía lleno y resbaladizo sobre mi verga. Estaba tan abierta que apenas sentía fricción; era como follar en un charco caliente de semen ajeno. Mientras cabalgaba con movimientos perezosos, me susurraba al oído cada detalle: cómo las venas de la polla de Damon le rozaban las paredes, cómo sus huevos pesados golpeaban contra su culo, cómo se había corrido tan fuerte que había apretado esa verga como un puño. Me corrí en menos de dos minutos, añadiendo mi semen patético al de él. Nadia no se corrió. Solo me miró con esa lástima cariñosa y me besó la frente.

—No te preocupes, amor. Mañana lo llamas. Quiero que vuelva pronto. Y esta vez no será solo una follada rápida. Quiero que me use toda la noche.

Apenas dormí. Me quedé mirando el techo mientras ella dormía plácidamente a mi lado, el culo aún marcado por las nalgadas fuertes de Damon. Mi mente era un torbellino de celos, excitación y un morbo enfermizo que crecía como una adicción. Al día siguiente, desde mi oficina en el centro, con el traje impecable y la corbata ajustada, marqué su número con dedos temblorosos. Damon contestó al segundo tono, su voz grave y arrogante resonando como un puñetazo.

—¿El cornudo ya necesita que le vuelva a llenar el coño a su mujer? —se burló.

—Nadia quiere que vengas el viernes —dije con la voz entrecortada—. Dice que se preparará especialmente para ti. Quiere… más.

Se rio con esa risa profunda que me hacía sentir insignificante.

—Dile a esa puta de treinta y ocho años que se ponga lencería barata, de puta de alquiler. Tacones altos, el coño depilado y lista para que la destroce. Y tú, prepárame whisky. Esta vez voy a follarla más duro y tú vas a participar más, cornudo.

Colgué con el estómago revuelto y la polla dura bajo el escritorio. El resto de la semana Nadia estuvo insaciable. Me hacía oler sus bragas usadas mientras me contaba cómo soñaba con la polla de Damon abriéndole el culo. Me masturbaba pero no me dejaba correrme. El viernes por la noche la casa olía a perfume caro y a expectación. Nadia, mi esposa de curvas generosas, se había puesto un conjunto negro de encaje transparente que apenas cubría sus pezones y dejaba su coño y su culo completamente expuestos. Los tacones de quince centímetros hacían que su culo redondo se elevara de forma obscena. Se había pintado los labios de rojo puta y me miró con ojos brillantes mientras se ajustaba el tanga.

—Hoy quiero que me trate como su esclava sexual, Kofi. Y tú vas a ayudar. Quiero que sientas en primera fila cómo me rompen.

Damon llegó puntual, imponente con una camisa negra que parecía a punto de reventar sobre sus hombros de boxeador profesional de cuarenta años. Traía una bolsa de deporte. Sin saludarme apenas, agarró a Nadia por la cintura y la besó con brutalidad, metiendo la lengua hasta la garganta mientras le amasaba las tetas con esas manos grandes y callosas. Ella gimió como una perra y se frotó contra el bulto enorme de sus pantalones.

—Arrodíllate, zorra —ordenó él, y Nadia obedeció al instante.

Le bajó los pantalones y su verga saltó libre, ya medio dura, gruesa como mi muñeca y venosa. Nadia la tomó con las dos manos, mirándola con devoción, y empezó a lamerla desde las bolas pesadas hasta la cabeza brillante. Babeaba sin control, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras intentaba tragársela hasta la garganta. Damon la agarró del pelo y la folló en la boca con embestidas profundas.

—Ven aquí, cornudo —me dijo señalando el suelo a su lado—. Sostén las tetas de tu mujer mientras me la mama.

Me arrodillé y levanté sus senos pesados, sintiendo cómo temblaban con cada arcada. Mi cara estaba a centímetros de la polla que entraba y salía de su boca. El olor era intenso, masculino. Damon me miró con desprecio divertido.

—Lame mis bolas mientras tu esposa me chupa, Kofi. Es hora de que empieces a servir de verdad.

Dudé solo un segundo. El deseo era más fuerte que la vergüenza. Saqué la lengua y lamí sus testículos pesados y calientes mientras Nadia seguía devorando la verga principal. El sabor era salado, sudoroso. Nadia gemía alrededor de la polla, excitada por mi sumisión.

Después de varios minutos, Damon la levantó como si no pesara nada y la tiró sobre el sofá del salón. Le arrancó el tanga de un tirón y me ordenó que le pusiera un plug anal que había traído en la bolsa. El juguete era grueso, negro, con una base brillante. Tuve que abrirle las nalgas a mi propia esposa mientras Damon escupía sobre su ano. Empujé el plug despacio, viendo cómo su agujero rosado se estiraba obscenamente hasta tragárselo entero. Nadia jadeaba y se tocaba el clítoris, chorreando sobre el sofá.

—Ahora mírame partirle el coño con esto dentro —gruñó Damon.

La penetró de un solo golpe brutal. El plug en su culo la hacía sentir más llena, y Nadia gritó de placer puro. Sus tetas rebotaban con cada embestida salvaje, el sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación. Yo estaba sentado al lado, a menos de medio metro, viendo cada centímetro de esa verga oscura entrando y saliendo, brillante de sus jugos. Damon le daba nalgadas fuertes que hacían temblar su culo y movían el plug.

—Dile a tu marido lo que eres ahora, puta —exigió, acelerando el ritmo.

—¡Soy tu puta del boxeador, Kofi! —gritó ella entre gemidos—. Su polla me destroza y me encanta. ¡Nunca volverás a satisfacerme después de esto!

La folló durante casi una hora en diferentes posiciones: a cuatro patas sobre la alfombra, contra la pared del salón con una pierna levantada, y finalmente en el suelo, con las piernas de ella sobre sus hombros. Cada vez que Nadia se corría, su coño apretaba visiblemente la verga y expulsaba chorros de squirt que me salpicaban las rodillas. Damon me obligaba a lamer su clítoris mientras la penetraba, mi lengua tocando inevitablemente la base de su polla cada vez que entraba.

Cuando por fin rugió y se corrió, lo hizo profundo dentro de su coño, bombeando chorros espesos que luego me hizo comer directamente de la fuente. Me tuvo con la boca pegada a su coño abierto mientras él se retiraba lentamente, lamiendo cada gota de la mezcla. Nadia me acariciaba el pelo con ternura degradante, temblando de los restos de sus múltiples orgasmos.

Más tarde, en el dormitorio, la escalada continuó. Damon le sacó el plug y reemplazó el juguete con su propia verga en el culo de mi esposa. Fue lento al principio, torturador, permitiéndome ver cómo el ano de Nadia se abría centímetro a centímetro alrededor de esa grosor imposible. Ella gemía como una posesa, empujando hacia atrás, pidiendo más. Cuando estuvo completamente enterrado, empezó a follarla con ritmo salvaje, sus caderas golpeando contra su culo redondo. El sonido era obsceno, carnal. Yo sostenía una de sus piernas abierta para que pudiera ver mejor, tal como él ordenó.

—Esto es lo que querías, ¿no, cornudo? Ver cómo le parto el culo a tu mujer mientras tú sostienes su pierna como un buen sirviente.

Nadia se corrió dos veces solo con el anal, su coño expulsando jugos que yo tenía que limpiar con la boca. Al final Damon se corrió dentro de su recto y me hizo lamer también ese agujero recién follado, tragando su semen caliente directamente de su interior.

Cuando terminamos, Nadia yacía exhausta entre los dos, el cuerpo cubierto de marcas, semen y sudor. Damon, aún con la polla semierecta brillando, bebió whisky de mi vaso y me miró con esa sonrisa de vencedor.

—Esto estuvo bien… pero la próxima vez traeré a Marcus. Es mi sparring, un negro de treinta y nueve años con hombros como los míos y una verga que hace que la mía parezca pequeña. Vamos a usar a tu esposa como una puta de verdad, por todos sus agujeros al mismo tiempo. ¿Estás listo para ver cómo dos machos de verdad la destrozan, Kofi?

Nadia giró la cabeza hacia mí, los ojos vidriosos de anticipación y amor retorcido.

—Di que sí, mi amor… Quiero sentirme completamente llena, completamente usada. Quiero que veas cómo me convierten en su juguete compartido.

Asentí lentamente, la polla dura otra vez, el pecho apretado por una humillación que ya no podía ni quería detener. La tensión flotaba en el aire como una promesa sucia. Sabía que esto solo había escalado un nivel más y que la siguiente visita abriría una puerta aún más oscura y excitante. Mi esposa ya no era solo mía. Y yo, el ejecutivo de cuarenta y dos años que lo había permitido todo, ya no podía imaginar volver atrás.

La puerta se cerró con un golpe seco y el peso de lo que acababa de aceptar cayó sobre mí como una losa caliente. Nadia seguía desnuda sobre la cama, con el cuerpo brillante de sudor y semen, las piernas abiertas sin pudor. Su coño y su ano aún palpitaban, dilatados, con restos blanquecinos escapando de ambos agujeros. Me miró con esos ojos que ya no eran solo de mi esposa, sino de una hembra en celo que había probado carne más fuerte.

—Quiero que sea pronto —murmuró, pasándose dos dedos por el coño y llevándoselos a la boca para chuparlos con lentitud—. Quiero sentir dos pollas gruesas abriéndome al mismo tiempo, Kofi. Una en el coño y otra en el culo, follándome como a una puta barata mientras tú sostienes mis piernas abiertas. Llámale mañana mismo.

Asentí en silencio, la garganta seca. Mi polla, pequeña y humillada, seguía dura como una piedra. Esa noche me corrí dos veces solo con la imagen en la cabeza, masturbándome en el baño mientras Nadia dormía con una sonrisa satisfecha.

Los siguientes días fueron una tortura deliciosa. Nadia se volvió insaciable. Por las mañanas, antes de que yo saliera al trabajo, me hacía arrodillarme junto a la cama y me obligaba a lamerla mientras ella hablaba de Marcus. Me describía cómo imaginaba sus pollas estirándola, cómo quería que me pusiera debajo para beber lo que se derramara. Yo, el ejecutivo de cuarenta y dos años que cerraba contratos millonarios en reuniones de lujo, me encontraba con la cara enterrada entre sus nalgas, lamiendo su ano todavía sensible de la última visita de Damon.

El jueves por la noche preparamos la casa juntos. Nadia eligió un body de encaje rojo que se abría exactamente en el coño y en el culo, unas medias hasta los muslos y tacones de aguja que la hacían caminar como una zorra de alquiler. Se depiló completamente, untó su piel con aceite para que brillara y me hizo probar el plug más grande que teníamos para que su ano estuviera acostumbrado. Mientras lo empujaba dentro de ella, gemía mi nombre y el de Damon al mismo tiempo.

—Cuando lleguen, tú les servirás las bebidas de rodillas —me ordenó, empujando el plug más profundo—. Y no te tocarás la polla en toda la noche. Quiero que estés tan desesperado como yo.

El viernes por fin llegó. Yo tenía el estómago cerrado de anticipación. A las nueve en punto sonó el timbre. Abrí la puerta y allí estaban. Damon, imponente con su camisa negra ajustada, y a su lado Marcus. El sparring era un negro de treinta y nueve años, casi tan alto como Damon, con hombros que parecían tallados en piedra y unos brazos venosos que hacían que los míos parecieran de niño. Su mirada era aún más cruel, más hambrienta. Llevaba una camiseta ceñida que marcaba cada músculo del pecho y unos pantalones deportivos que ya dejaban ver el bulto monstruoso entre sus piernas.

—Buenas noches, cornudo —saludó Damon con esa sonrisa de vencedor, dándome una palmada fuerte en la mejilla—. Traje a mi hermano de rings. Marcus, este es el maridito que nos va a servir esta noche.

Marcus me miró de arriba abajo y soltó una risa grave.

—Joder, qué patético. Pero me pone cachondo saber que un ejecutivo de traje va a ver cómo destrozamos a su mujercita.

Nadia bajó las escaleras despacio, contoneando las caderas. El body rojo apenas cubría nada. Sus tetas pesadas se bamboleaban con cada paso, los pezones ya duros como diamantes. Marcus soltó un silbido largo.

—Hostia, Damon… me habías dicho que estaba buena, pero esto es una puta diosa. Ven aquí, zorra de treinta y ocho años.

Nadia se acercó sin dudar. Marcus la agarró por la nuca con una mano enorme y la besó con brutalidad, metiendo la lengua hasta el fondo mientras su otra mano bajaba directamente a sobarle el coño expuesto. Dos dedos gruesos se hundieron en ella sin preámbulos. Nadia gimió dentro de su boca y separó las piernas para facilitarle el acceso. Damon se colocó detrás, le bajó el body por los hombros y sacó sus tetas para amasarlas con fuerza, pellizcándole los pezones hasta hacerla jadear.

Yo me quedé de pie, temblando, con la polla latiendo dentro del pantalón.

—Trae whisky, cornudo —ordenó Damon sin mirarme siquiera.

Fui a la cocina de rodillas, como me habían dicho. Serví dos vasos y los llevé en una bandeja. Cuando regresé al salón, Nadia ya estaba de rodillas entre los dos machos. Les había bajado los pantalones. Las dos pollas colgaban pesadas frente a su cara: la de Damon, gruesa, venosa y oscura; la de Marcus, aún más larga, con un grosor brutal y una cabeza enorme que brillaba ya de precum. Nadia las tenía una en cada mano, masturbándolas con devoción mientras las comparaba.

—Son tan grandes… —susurró con voz rota de excitación—. La de Marcus es aún más bestia. Me va a romper.

—Chupa, puta —gruñó Marcus, agarrándola del pelo.

Nadia abrió la boca todo lo que pudo y se metió primero la polla de Damon hasta la garganta. Arcadas húmedas llenaron la habitación. Marcus le dio una bofetada suave en la cara con su verga.

—Las dos a la vez, guarra. Quiero ver cómo te esfuerzas.

Mi esposa, esa mujer voluptuosa que había parido a nuestros hijos y dormido a mi lado durante dieciocho años, abrió la boca obscenamente y metió las dos cabezas a la vez. Sus labios se estiraron al límite, babeando saliva que caía en hilos gruesos sobre sus tetas. Los dos hombres gruñían, empujando por turnos. Yo estaba a menos de un metro, arrodillado, sosteniendo la bandeja aún con los vasos.

—Deja eso y ven aquí —me dijo Damon—. Sostén las pelotas de Marcus mientras tu mujer nos mama.

Me arrastré hasta ellos. El olor era abrumador: sudor masculino, polla caliente, coño mojado. Tomé los huevos pesados y calientes de Marcus en una mano. Eran enormes, llenos. Los lamí sin que me lo pidieran, sintiendo cómo se contraían contra mi lengua. Nadia me miró de reojo, con la boca completamente llena, y sus ojos brillaron de placer sádico al verme tan degradado.

Después de diez minutos de mamada salvaje, la levantaron entre los dos como si fuera una muñeca. Damon se tumbó en el sofá y la sentó encima de su polla de un solo golpe brutal. Nadia gritó, un grito largo y gutural de placer puro. Su coño se abrió obscenamente alrededor de esa verga gruesa. Marcus se colocó detrás, escupió sobre su ano y empezó a empujar.

Yo tuve que participar. Me ordenaron que abriera las nalgas de mi esposa con las dos manos para que Marcus entrara mejor. Vi, a centímetros, cómo el ano rosado de Nadia se estiraba lentamente alrededor de esa polla negra monstruosa. Centímetro a centímetro desapareció dentro de ella hasta que las caderas de Marcus chocaron contra su culo redondo. Los dos hombres empezaron a follarla al mismo tiempo, coordinados, brutales.

El sonido era ensordecedor: carne mojada golpeando, gemidos de Nadia que ya no parecían humanos, gruñidos de los dos machos. Sus tetas rebotaban violentamente. Cada embestida hacía que su cuerpo se sacudiera. Yo estaba al lado, sosteniendo una de sus piernas para que pudieran follarla más profundo, mi cara salpicada por los jugos que salían expulsados de su coño con cada salida de la polla de Damon.

—¡Más fuerte! ¡Rompedme! ¡Soy vuestra puta, solo vuestra! —gritaba Nadia entre orgasmos.

Se corrió tres veces en menos de veinte minutos. La primera vez squirtó con tanta fuerza que me empapó la camisa. Marcus le tiró del pelo hacia atrás mientras la follaba.

—Mira a tu marido, zorra. Mira cómo lame el sudor de mi pecho mientras te partimos en dos.

Obedecí. Lamí el pectoral sudado de Marcus mientras su polla entraba y salía del culo de Nadia. El sabor salado me humillaba aún más. Sentía mi propia polla goteando dentro del pantalón sin que nadie la tocara.

Cambiaron de posición. Pusieron a Nadia a cuatro patas sobre la alfombra. Marcus se tumbó debajo y la empaló en su polla desde abajo, clavándola en el coño. Damon se arrodilló detrás y volvió a meterse en su ano ya abierto. La doble penetración era perfecta, salvaje. Los dos ritmos diferentes la hacían convulsionar sin parar. Yo estaba debajo de ella, con la cabeza entre las piernas de los tres, lamiendo su clítoris hinchado cada vez que las pollas salían un poco. Mi lengua tocaba inevitablemente las vergas calientes y mojadas. El sabor de los tres sexos mezclados me volvía loco.

—Trágate esto, cornudo —rugió Damon cuando sintió que se corría.

Sacó la polla del culo de Nadia y me la metió directamente en la boca. El primer chorro fue tan abundante que casi me ahoga. Tragué como pude, sintiendo el semen espeso y caliente deslizarse por mi garganta. Marcus se corrió poco después dentro del coño de mi esposa, bombeando chorros que luego me obligaron a succionar directamente del interior dilatado de Nadia.

Cuando terminaron, Nadia yacía entre los dos en el sofá, temblando, con semen escapando de su coño y de su ano. Tenía marcas rojas de manos en las tetas y en las nalgas. Me miró con los ojos vidriosos de placer absoluto.

—Límpianos a los tres, mi amor —susurró con ternura cruel.

Me pasé la siguiente media hora con la lengua: primero el coño de Nadia, tragando la corrida de Marcus mezclada con sus jugos; luego el ano aún abierto; después las pollas semierectas de ambos hombres, lamiendo cada resto de semen y fluidos. Mientras lo hacía, ellos bebían whisky y planeaban en voz alta.

—La próxima vez traemos a Rico también —dijo Marcus, acariciando el pelo de Nadia—. Tres pollas para tu puta, cornudo. Vamos a follarla en el garaje de la gym, donde mis compañeros de boxeo puedan oír cómo grita. ¿Te gustaría eso, Kofi? ¿Ver cómo tu esposa de treinta y ocho años se convierte en la puta oficial del gimnasio?

Nadia gimió solo de oírlo y apretó mi cabeza contra su coño todavía hambriento.

Yo asentí, con la cara pegajosa, la polla dolorida y el alma completamente rendida. Sabía que ya no había vuelta atrás. La escalada apenas estaba en su tercera fase y, en el fondo, los tres lo sabíamos: la cuarta sería aún más oscura, más pública, más irreversible. Mi humillación ya no tenía fondo. Y lo peor… era que cada vez lo deseaba más.

La semana siguiente fue un infierno de anticipación que me consumía vivo. Desde mi despacho en la empresa, con el traje planchado y la corbata apretándome el cuello como una soga, no podía concentrarme en balances ni reuniones. Solo pensaba en el mensaje de Damon: “El viernes a las once de la noche en el gimnasio. Puerta trasera. Trae a tu puta bien abierta y lubricada. Rico también viene. Vamos a reventar todos los agujeros de Nadia hasta que no pueda caminar recta. Tú vas a servir como el puto esclavo que eres, cornudo de mierda”. Lo leí tres veces en el baño, la polla tiesa contra el pantalón, y me corrí sin tocarme solo imaginando la escena.

Nadia estaba desatada. Aquella misma noche, a sus treinta y ocho años, me hizo desnudarme y arrodillarme en el salón mientras ella se follaba con un dildo enorme que imitaba el grosor de Marcus.

—Quiero que me escuches bien, Kofi —jadeaba, embistiéndose el coño con fuerza, los senos pesados rebotando—. Cuando lleguemos al gimnasio, tú vas a abrirme el culo con la lengua delante de los tres. Quiero que huelas cómo me chorreo solo de pensar en tres vergas de macho partiéndome en dos. Y no te correrás. Ni una puta vez. Tu polla patética se va a quedar goteando mientras me convierten en su agujero colectivo.

El viernes llegamos al gimnasio pasadas las once. El lugar olía a sudor viejo, cuero y hierro. La puerta trasera se abrió y allí estaban los tres. Damon, el boxeador de cuarenta años, con esa sonrisa de depredador que me hacía sentir diminuto. Marcus, su sparring de treinta y nueve, ya con los pantalones bajos dejando ver el bulto monstruoso. Y Rico, un entrenador personal de cuarenta y un años, negro como el carbón, más bajo pero más ancho, con brazos que parecían troncos y una mirada que prometía brutalidad pura. Su camiseta sin mangas marcaba cada músculo y el pantalón corto no ocultaba la verga que ya empezaba a endurecerse.

—Joder, mirad al ejecutivo de cuarenta y dos años —se burló Rico nada más verme—. Traje y todo, como si viniera de cerrar un contrato. Y tú, Nadia… hostia puta, qué hembra. Esas tetas de madre cachonda y ese culo hecho para que lo destrocen.

Nadia no esperó. Se quitó el abrigo y se quedó solo con un body de lencería roja que se abría exactamente en coño y ano, medias negras y tacones de aguja. Sus pezones ya estaban duros como piedras. Los tres la rodearon como lobos. Damon la agarró del pelo y la empujó de rodillas sobre la colchoneta del ring. El gimnasio estaba en penumbra, solo las luces de emergencia y el rumor lejano del tráfico. Cualquiera podía oírnos si pasaba cerca.

—Primero, que el cornudo prepare la mercancía —ordenó Damon.

Me arrodillé detrás de mi esposa. Le abrí las nalgas con las manos temblorosas y hundí la lengua en su ano ya lubricado. Lo lamí con devoción asquerosa, metiendo la punta todo lo que podía mientras ella gemía y empezaba a chupar las tres pollas que se alzaban frente a su cara. La de Damon, gruesa y venosa. La de Marcus, más larga y negra. La de Rico, algo más corta pero con un grosor brutal, como una lata de refresco. Nadia babeaba sin control, pasando de una a otra, metiéndose dos al mismo tiempo hasta que las comisuras de sus labios se estiraban al límite y le caían hilos espesos de saliva por las tetas.

—Más profundo, maricón —gruñó Rico, dándome una patada suave en el costado—. Lame ese culo que vamos a partir. Quiero que esté brillando de tu baba cuando se la meta.

Mi polla, pequeña y humillada, goteaba dentro de los pantalones sin que nadie la tocara. Sentía la vergüenza quemarme las mejillas, pero no podía parar. Lamía el ano de Nadia con hambre, saboreando el gel que ella se había puesto y el gusto salado de su piel. Mientras tanto, los tres la follaban la boca por turnos, sujetándole la cabeza, metiéndosela hasta la garganta y haciendo que arcadas húmedas y obscenas resonaran en el gimnasio vacío.

Después de diez minutos de eso, la levantaron entre los tres. Marcus se tumbó en el banco de pesas y la empaló en su polla de un solo golpe brutal. Nadia gritó, un alarido gutural que seguro se oyó fuera. Su coño se abrió obscenamente alrededor de esa verga negra, tragándosela hasta los huevos. Damon se colocó detrás y, sin piedad, le metió la suya en el ano ya abierto por mi lengua. El doble empalamiento la hizo convulsionar al instante. Sus tetas pesadas rebotaban con violencia mientras los dos la taladraban con ritmo salvaje, carne contra carne, el sonido húmedo y sucio llenando el aire.

—Rico, ven —dijo Damon sudando—. Métela en la boca. Vamos a sellarla como la puta barata que es.

Rico se puso de pie sobre el banco y le metió la polla gruesa entre los labios. Ahora estaba completamente airtight: coño, culo y boca llenos de verga de macho. Sus ojos se pusieron en blanco. El cuerpo de treinta y ocho años de mi esposa se sacudía como una muñeca de trapo entre aquellos tres boxeadores sudados. Yo estaba a menos de medio metro, arrodillado, sosteniendo una de sus piernas abiertas para que pudieran follarla más profundo.

—Mirad al cornudo —se rio Marcus sin dejar de bombear—. Tiene la cara a centímetros de donde se juntan nuestras pollas. Lame, Kofi. Lame la base de mi verga mientras le destrozo el coño a tu mujer.

Obedecí. Saqué la lengua y lamí la parte de la polla de Marcus que entraba y salía del coño dilatado de Nadia, probando sus jugos, el sudor de él y el sabor de su coño abierto. Luego pasé al ano de Damon, lamiendo donde sus huevos golpeaban contra las nalgas de ella. El olor era brutal: sexo crudo, sudor de gimnasio, coño chorreando. Nadia se corrió por primera vez con un chillido ahogado por la polla de Rico. Squirt salió disparado de su coño, salpicándome la cara y el traje.

Cambiaron posiciones sin sacarla. La pusieron a cuatro patas sobre el ring. Rico se metió debajo y la clavó en el coño. Damon volvió al ano. Y Marcus, el más largo, le metió la polla directamente en la garganta hasta que la nariz de Nadia tocaba su pubis. La follaban sin ritmo, cada uno a su aire, haciendo que su cuerpo se sacudiera como si recibiera golpes. Yo tenía que estar debajo, con la cabeza entre las piernas de los cuatro, lamiendo su clítoris hinchado, lamiendo las pollas que entraban y salían, tragando los hilos de jugos que caían.

—Esto es lo que eres ahora, Nadia —gruñó Damon dándole nalgadas que dejaban marcas rojas—. La puta oficial del gimnasio. Treinta y ocho años convertida en un agujero para boxeadores. Tu marido de cuarenta y dos va a tener que venir cada viernes a limpiarnos las pollas después de que te hayamos usado.

Nadia no podía hablar, solo gemía alrededor de la verga de Marcus. Se corrió otra vez, y luego una tercera, expulsando squirt que me empapó el pelo y la boca. Yo tragaba todo lo que podía, humillado hasta el fondo, mi polla palpitando sin alivio.

Cuando los tres estuvieron a punto, se retiraron. Me pusieron de rodillas en el centro del ring. Nadia, con las piernas abiertas como una zorra rota, se sentó sobre mi cara mientras los tres se masturbaban alrededor.

—Bebe, cornudo —ordenó Rico.

Nadia se corrió por última vez en mi boca, inundándome con sus jugos. Luego los tres descargaron. Damon me metió la polla en la garganta y me corrió directamente dentro, chorros espesos y calientes que me obligó a tragar. Marcus y Rico me pintaron la cara, el pelo y la corbata con lefa espesa, blanca y abundante. Nadia me mantuvo la cabeza sujeta contra su coño abierto mientras yo lamía los restos que salían de su ano y su vagina, mezclados con toda la corrida que le habían metido.

Al final me dejaron allí, arrodillado, con la cara completamente cubierta de semen de tres machos, la boca llena del sabor de coño destrozado y leche espesa, la polla aún dura y dolorida dentro del pantalón mojado. Nadia me miró desde arriba, con los labios hinchados y los ojos vidriosos de pura puta satisfecha, y soltó la última orden:

—Sigue lamiendo, cornudo asqueroso. Mañana traemos a otros cuatro del gimnasio para que te vean beberte toda la corrida que le dejen en los agujeros a tu mujer.

Rate this story

Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Tagged blowjob doggy-style missionary creampie rough-sex

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.