Reencuentro Ardiente: Su Esposa Se Entrega al Amigo Lejano
Reid, de 42 años, observa cómo su voluptuosa esposa Delphine, de 38, se entrega con ansias a su amigo Simone, de 40, mientras él se mastur
Soy Reid, un marido de cuarenta y dos años, y aquella noche organicé una cena en casa para recibir a Simone, mi viejo amigo de cuarenta, que volvía después de una década viviendo en el extranjero. Diez años. El mismo tiempo en que Delphine, mi esposa de treinta y ocho, se había vuelto aún más voluptuosa: caderas anchas, pechos pesados que rebosaban cualquier escote y esa boca carnosa que yo conocía demasiado bien. Desde el momento en que abrió la puerta y lo vio, algo cambió en el aire. Ella se inclinó para abrazarlo, el vestido negro ceñido subió un centímetro por sus muslos, y su risa fue más baja, más húmeda de lo normal.
—Simone… Dios, estás igual de guapo —dijo ella, rozándole el brazo con los dedos—. Reid no paraba de hablar de ti.
Yo sonreí, pero por dentro sentí ese pellizco familiar: celos mezclados con una excitación humillante que llevaba años guardando en secreto. Simone olía a colonia cara y a viaje largo. Su cuerpo se había endurecido; se notaba en la forma en que la camisa blanca tensaba los hombros. Nos sentamos en el comedor. Yo serví el vino. Delphine se sentó a su lado, no al mío, y cada vez que se inclinaba para pasarle el pan, el escote le ofrecía el valle profundo entre sus tetas.
La conversación empezó inocente: recuerdos de juventud, fiestas, ese verano en la costa cuando los tres éramos inseparables. Pero pronto las palabras se cargaron. Simone recordó cómo Delphine bailaba en aquellas noches, y ella rio, tocándole la rodilla bajo la mesa.
—Todavía bailo —murmuró ella—. Solo que ahora prefiero hacerlo… más despacio.
Yo bebí un trago largo. Mi polla ya se removía dentro del pantalón. La miré y ella me sostuvo la mirada un segundo, desafiante y dulce a la vez, antes de volver a Simone. El flirteo se volvió descarado. Su pie rozaba la pierna de él. Se inclinaba hacia delante, dejando que el pezón duro marcara la tela. Yo sentía el calor subir por el cuello.
—Os estáis comiendo con los ojos —dije al fin, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Delphine y Simone se miraron. Hubo un silencio cargado. Entonces ella posó la mano abiertamente sobre el muslo de él y habló con una sinceridad que me dejó sin aire.
—Reid… hemos estado enviándonos mensajes. Durante semanas. Fotos. Textos calientes. Los dos queremos follar esta misma noche. Delante de ti. Si tú quieres.
Simone asintió, serio, deseoso.
—Solo si lo aceptas, hermano. Sin dramas. Ella me lo ha pedido. Yo también lo quiero. Y tú… parece que te pone.
Mi corazón latía como un loco. La humillación consentida que había fantaseado tantas noches se materializaba. Temblando, con la polla ya dura y dolorida, tragué saliva.
—Sí. Quiero verlo. Follad. Usadla. Yo… yo me quedo y miro.
Delphine soltó un suspiro de alivio y lujuria. Simone no perdió tiempo. Se puso de pie, desabrochó el cinturón con calma depredadora y sacó su polla gruesa, venosa, ya medio erecta y más gruesa de lo que yo recordaba. Me miró directamente a los ojos mientras ordenaba:
—De rodillas, Delphine. Chúpamela. Demuéstrale a tu cornudo lo que le has estado prometiendo por mensaje.
Ella obedeció al instante, arrodillándose en la alfombra del salón. Sus labios se abrieron y engulleron la cabeza hinchada con un gemido de hambre. La saliva le brillaba en la comisura. Chupaba con ansia, mejillas hundidas, una mano rodeando la base mientras la otra le acariciaba los huevos. Simone le agarró el pelo y empezó a empujar más profundo, follándole la boca con movimientos lentos y profundos.
—Míralo —le ordenó a ella, forzándola a girar la cabeza hacia mí mientras la polla le salía cubierta de saliva—. Dile lo que es.
—Eres un cornudo inútil —jadeó Delphine, la voz pastosa de saliva y deseo—. Tu amigo me va a follar mejor que tú nunca. Su polla es más gruesa… mmm… la necesitaba.
Yo ya tenía la mano dentro del pantalón, sacando mi polla más delgada y acariciándola con vergüenza y placer. Cada insulto me hacía gotear.
Simone la levantó de un tirón, le subió el vestido hasta la cintura y le bajó las bragas negras de encaje. Su coño estaba empapado, los labios hinchados y brillantes. La puso en cuatro patas sobre el sofá, culo en alto, y se colocó detrás. Sin más preámbulos, clavó toda su polla de un solo empujón. Delphine gritó, un sonido gutural y agradecido.
—¡Joder, sí! ¡Así!
Él la follaba salvajemente, caderas golpeando con fuerza, una mano tirándole del pelo hacia atrás y la otra dándole nalgadas sonoras que dejaban la piel roja. Cada embestida hacía temblar sus tetas pesadas. Ella miraba hacia atrás, hacia mí, mientras gemía sin control.
—Me folla mucho mejor que tú, Reid… su polla me llena… me estira el coño… ¡ah! ¡Más fuerte, Simone!
Yo me masturbaba más rápido, humillado en la silla, sintiendo cómo el placer se mezclaba con la vergüenza ardiente de ver a mi esposa tan entregada. Simone la golpeaba con ritmo brutal, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación. Le apretaba las caderas, le marcaba el culo con la palma y le decía al oído, lo bastante alto para que yo lo oyera:
—Este coño es mío esta noche. Tu marido solo vale para mirar y tocarse la mierda esa que tiene entre las piernas.
Delphine asintía, babosa de placer.
—Sí… soy tuya… fóllame… hazme correr delante de él…
Cuando ella empezó a temblar al borde, Simone la giró con facilidad. La puso de espaldas en el sofá, le subió las piernas hasta sus hombros y se hundió otra vez en misionero profundo. Así la veía yo completa: cara contorsionada de éxtasis, pechos rebotando, el coño engullendo aquella polla gruesa hasta el fondo. Él se inclinó y la besó con hambre mientras empujaba sin piedad.
—Voy a correrme dentro —anunció, la voz ronca—. Quiero que tu cornudo vea cómo te lleno.
—¡Sí, lléname! —gritó ella—. ¡Córrete en mi coño! ¡Simone… Simone!
Sus embestidas se volvieron erráticas. Delphine se arqueó, gritando su nombre una y otra vez mientras su orgasmo la sacudía: el coño contrayéndose visiblemente alrededor de la polla de él, los jugos resbalando por el culo. Simone gruñó fuerte, se clavó hasta el fondo y se corrió con un rugido gutural, bombeando chorros calientes dentro de ella. Yo me venía al mismo tiempo, chorreando sobre mi propia mano y el pantalón, temblando de humillación y alivio sucio.
Durante unos segundos solo se oyeron jadeos. Simone se retiró despacio. Su polla salió brillante y goteando. Delphine abrió las piernas un poco más para que yo viera el espectáculo: el semen espeso de mi amigo brotaba de su coño bien follado, resbalando en hilos blancos por sus labios hinchados y el culo hasta el sofá. Ella todavía jadeaba, el pecho subiendo y bajando, el vestido arrugado alrededor de la cintura, el pelo revuelto y la boca hinchada de tanto chupar.
Me miró entonces. Sus ojos brillaban con una satisfacción peligrosa, casi cruel en su ternura. Sonrió, esa sonrisa lenta y satisfecha que me conocía desde hacía años, y extendió una mano hacia mí, beckoning, con la voz todavía ronca de gemidos:
—Ven aquí, Reid. De rodillas. Ahora vas a limpiarme con la lengua. Todo. Cada gota de Simone. Y mientras lo haces, le vas a dar las gracias por haberme follado como tú nunca pudiste. Después… después vamos a decidir si te dejo correrte otra vez o si te quedas con la polla dura mirándonos la segunda ronda. Porque esta noche no ha terminado. Ni de lejos.
Simone se rio bajo, todavía de pie, acariciándose la polla semidura que empezaba a recuperar fuerza, y me miró con complicidad posesiva. Delphine mantuvo las piernas abiertas, el semen de él goteando sin prisa, esperando mi humillación siguiente. El aire olía a sexo, a vino y a la promesa de más. Mi corazón latía desbocado. Me levanté de la silla con las rodillas flojas, sabiendo que lo que venía iba a destrozarme de la forma más dulce y degradante posible… y que yo mismo lo había pedido.
Me levanté de la silla con las piernas temblando y el semen propio todavía caliente en la mano. Cada paso hacia el sofá me pesaba como plomo. Delphine me esperaba con las piernas abiertas, el coño hinchado y abierto, los hilos blancos del semen de Simone resbalando lentos por sus labios y el agujero del culo. El olor a sexo me golpeó la cara: salado, espeso, a ella y a él mezclados. Me arrodillé entre sus muslos como ella había ordenado. Mis rodillas crujieron contra la alfombra.
—Así… buen cornudo —susurró ella, pasándome los dedos por el pelo—. Ahora lame. Todo. No dejes ni una gota.
Saqué la lengua y la arrastré por su coño. El sabor me llenó la boca de golpe: amargo, cremoso, el de mi amigo saliendo de dentro de mi mujer. Gemicé contra ella, avergonzado y duro otra vez. Delphine se arqueó y me agarró la cabeza con las dos manos, empujándome más adentro.
—Más profundo, Reid. Métela hasta el fondo. Chupa lo que te ha dejado Simone.
Obedecí. Hundí la lengua en su coño abierto, lamiendo el semen espeso que todavía salía a borbotones cada vez que ella se contraía. Bebía. Tragaba. Sentía la textura caliente resbalando por mi garganta mientras mi polla, otra vez tiesa y dolorida, goteaba contra el muslo. Simone se había sentado en el reposabrazos, acariciándose despacio la polla gruesa que ya recuperaba fuerza, mirándome con esa media sonrisa de quien disfruta el espectáculo.
—Dile las gracias —ordenó Delphine, tirándome del pelo para obligarme a levantar la vista, la cara brillante de jugos—. Ahora.
Me tragué el último resto y hablé con la voz rota, la lengua todavía pastosa de semen ajeno.
—Gracias, Simone… gracias por follarte a mi mujer… por llenarle el coño… por usarla mejor que yo nunca.
Simone se rio bajo, se inclinó y me dio una palmada suave en la mejilla, casi paternal.
—De nada, hermano. Ella lo necesitaba. Mira cómo te mira ahora. Todavía no ha terminado contigo.
Delphine me soltó y se incorporó un poco, el vestido negro todavía arremangado en la cintura, las tetas pesadas liberadas del escote, los pezones duros y rojos de tanto roce. Me señaló el suelo.
—Quítate toda la ropa. Quiero verte desnudo, pequeño y humillado, mientras él me vuelve a follar. Y no te toques hasta que yo lo diga.
Me desnudé torpe, temblando. Mi polla se alzaba más delgada, más pálida al lado de la de Simone. Cuando quedé en pelotas ella me hizo arrodillarme otra vez al lado del sofá, a un metro de distancia, las manos a la espalda.
Simone no necesitó más invitación. Se puso de pie, se quitó la camisa y el pantalón del todo, y se colocó delante de Delphine. Ella se arrodilló sin que se lo pidieran y le metió la polla otra vez en la boca, esta vez más lenta, saboreando el sabor de su propio coño mezclado con el semen anterior. Chupaba con ruidos obscenos, saliva cayéndole por la barbilla hasta las tetas. Simone le agarró el pelo con las dos manos y le folló la garganta con embestidas profundas, hasta que ella hizo gárgaras y los ojos se le humedecieron.
—Míralo, Delphine —dijo él, forzándola a girar la cabeza hacia mí mientras la polla le salía cubierta de baba—. Dile lo que sientes.
Ella jadeó, la voz ronca y rota:
—Siento su polla gruesa llenándome la garganta… y pienso que la tuya nunca me llegó así. Eres un cornudo que solo sirve para limpiar. Mírame chupársela. Mírame disfrutarlo.
Me miraba fijamente mientras volvía a engullirla. Cada vez que Simone le empujaba hasta el fondo yo sentía un latigazo de humillación que me hacía gotear más. Mi polla palpitaba en el aire, abandonada, y yo apretaba los puños detrás de la espalda para no tocarla.
Después de un rato Simone la levantó, la giró y la puso de pie contra el respaldo del sofá, culo hacia fuera. Le separó las nalgas con las manos y le escupió en el coño todavía goteante. Luego clavó la polla de un solo tajo. Delphine gritó, un grito largo y agradecido que me taladró el pecho.
—¡Joder, sí! ¡Otra vez! ¡Métela toda!
Él empezó a embestir con fuerza brutal, el sonido húmedo y carnoso de piel contra piel llenando el salón. Cada golpe hacía rebotar las tetas de Delphine; ella se agarraba al sofá y miraba hacia atrás, hacia mí, con la boca abierta y los ojos vidriosos.
—Más fuerte… más profundo… ah, Simone, me destrozas el coño… Reid nunca me llega así… ¡nunca!
Simone le dio una nalgada sonora, luego otra, dejando la piel roja y marcada. Le tiró del pelo hacia atrás hasta que ella arqueó la espalda y él pudo hablarle al oído, lo bastante alto para que yo lo oyera todo:
—Este coño es mío esta noche. Tu marido solo vale para arrodillarse y lamer lo que yo dejo. Dile que te gusta más mi polla.
—¡Me gusta más! —gritó ella, cada palabra entrecortada por las embestidas—. ¡Tu polla es más gruesa, más dura, me llena hasta el fondo! ¡Reid es un cornudo inútil que solo se toca mirándonos!
Yo temblaba de rodillas, la polla rebotando con cada latido, gotas claras cayendo al suelo. El placer y la vergüenza se me mezclaban en el estómago como veneno dulce. Quería correrme otra vez y al mismo tiempo quería que me negaran el orgasmo, que me dejaran ahí sufriendo.
Simone la sacó de golpe, la giró y la sentó a horcajadas sobre él en el sofá. Delphine se hundió sola, guiando la polla gruesa hasta el fondo con un gemido gutural. Empezó a cabalgarlo con fuerza, caderas rebotando, tetas saltando delante de su cara. Él le agarró las caderas y la ayudó a bajar más fuerte, más hondo, mientras ella se inclinaba y le besaba con lengua y saliva.
Entre gemido y gemido ella me miraba y hablaba, la voz rota de placer:
—Mírame follármelo, Reid… mírame usar su polla… siento cómo me estira… cómo me llena… voy a correrme otra vez… y tú te vas a quedar ahí duro y sin tocarte…
Se corrió así, temblando encima de él, el coño apretándose visible alrededor de la polla de Simone, jugos salpicando. Él la sostuvo mientras ella se deshacía, luego la levantó un poco, la giró sin sacar la polla y la puso de espaldas otra vez, piernas abiertas hacia mí para que yo viera todo: el coño engullendo aquella verga gruesa, los labios hinchados, el semen anterior todavía saliendo mezclado con sus fluidos.
—Ahora te voy a follar hasta que grites mi nombre otra vez —gruñó Simone—. Y tu cornudo va a contar cada embestida.
Empezó un ritmo lento y profundo, casi punitivo. Cada vez que entraba hasta el fondo Delphine gemía y yo contaba en voz alta, humillado:
—Uno… dos… tres…
Llegué a veintidós antes de que ella se corriera de nuevo, el cuerpo entero sacudiéndose, gritando el nombre de Simone una y otra vez. Él no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, más rápido ahora, más salvaje, las pelotas golpeándole el culo. El sofá crujía. El olor a sexo era espeso. Mi polla dolía tanto que se me nublaba la vista, pero no me toqué. Ella me lo había prohibido.
Cuando Simone se acercó al borde se retiró de golpe, se puso de pie y le ordenó a Delphine:
—De rodillas. Ábrete la boca. Voy a correrme en tu cara para que tu marido lo vea.
Ella obedeció al instante, arrodillándose a mi lado, casi rozándome el hombro. Simone se masturbó rápido sobre su cara abierta. Gruñó y se corrió a chorros gruesos y blancos: le llenó la lengua, la mejilla, el puente de la nariz, le chorreó por el pecho. Delphine lo recibió con la boca abierta y los ojos cerrados de placer, luego se giró hacia mí con la cara cubierta de semen y me sonrió.
—Lámelo —susurró—. Limpíame la cara con la lengua. Tragátelo todo. Y después te voy a decir si te dejo correrte o no.
Me inclinó hacia ella y empecé a lamer. El sabor amargo y salado me llenó otra vez. Limpié su mejilla, su labio, la punta de la nariz, tragando cada gota mientras Simone se reía bajo y se acariciaba la polla todavía semi-dura. Delphine me acariciaba el pelo con ternura cruel.
—Así… buen chico. Traga lo de tu amigo. Después… después vamos a subir al dormitorio. Quiero que me follen en nuestra cama. Quiero que Simone me abra el culo esta vez. Y tú vas a sujetarme las piernas y a pedirle que me la meta más profundo. Si te portas bien… quizás te deje correrte en el suelo. Si no… te quedas duro toda la noche mirándonos.
Simone se acercó, me puso una mano en el hombro y me habló al oído mientras yo todavía lámia el último resto de su semen de la barbilla de mi mujer:
—Subimos los tres. Y esta vez no te voy a dejar mirar desde lejos. Vas a estar tan cerca que vas a oler cada embestida. Vas a ver cómo le abro el culo a tu esposa. Y vas a agradecérmelo otra vez.
Delphine se levantó, el semen seco y fresco brillándole en la piel, el vestido hecho un guiñapo alrededor de la cintura. Me ofreció la mano para que me levantara. Mis rodillas dolían. La polla me latía tan fuerte que pensé que iba a correrme solo con el roce del aire. Ella me besó en la boca, dejándome probar el sabor de Simone en sus labios, y murmuró contra mí:
—Ven. La noche apenas empieza. Y yo todavía no he terminado de usaros a los dos.
Simone recogió el vino que quedaba, nos guiñó un ojo y empezó a subir la escalera desnudo, la polla ya recuperando fuerza otra vez. Delphine me tiró de la mano. Yo la seguí, desnudo, humillado, excitado hasta el dolor, sabiendo que en el dormitorio me esperaba algo todavía más profundo, más sucio, más definitivo… y que yo mismo lo había pedido con cada gota que había lamió.
Subí las escaleras detrás de ella, desnudo, con la polla palpitándome contra el muslo y el sabor de Simone todavía pegado a la lengua. Cada escalón crujía bajo mis pies descalzos. Delphine iba delante, el vestido negro hecho jirones alrededor de la cintura, el culo marcado de nalgadas balanceándose a centímetros de mi cara. Simone ya había entrado en nuestro dormitorio. La luz de la mesilla estaba encendida, cálida y amarilla, y la cama matrimonial —nuestra cama, la de diez años de noches aburridas— esperaba con las sábanas revueltas como si supiera lo que venía.
Entré y los vi. Simone se había sentado al borde del colchón, las piernas abiertas, acariciándose aquella polla gruesa que ya volvía a ponerse dura, brillante todavía de jugos y saliva. Delphine se quitó el vestido del todo y lo dejó caer al suelo. Quedó desnuda delante de mí: pechos pesados, vientre suave, el coño hinchado y abierto, hilos secos de semen secándosele en los muslos. Tenía treinta y ocho años y nunca la había visto tan hermosa ni tan cruel.
—Túmbate en la cama —le ordenó a Simone—. Quiero montarte al revés primero. Y tú, Reid, arrodíllate al lado y sujétame las nalgas. Ábremelas bien para que él vea todo.
Obedecí. Me arrodillé en la alfombra mientras Simone se recostaba. Delphine se subió a horcajadas sobre él, de espaldas a su cara, y guió la polla gruesa hasta su coño todavía empapado. Se hundió de un solo movimiento, soltando un gemido largo y gutural que me taladró el pecho. Empezó a cabalgarlo despacio, rebotando, las tetas saltándole con cada bajada. Yo le abrí las nalgas con las dos manos, los pulgares hundidos en la carne blanda, y vi cómo aquella verga se enterraba hasta las bolas, cómo los labios de ella se estiraban alrededor del grosor.
—Más fuerte, Delphine —gruñó Simone, agarrándole las caderas desde atrás—. Usa esa polla. Fóllatela como necesitas.
Ella aceleró. El sonido húmedo llenó la habitación: chapoteo, piel contra piel, sus gemidos rotos. Yo le sujetaba el culo abierto y sentía el calor que salía de ella, el olor a sexo espeso que me subía a la nariz. Mi polla goteaba sobre la alfombra, abandonada, y cada vez que Delphine bajaba hasta el fondo yo temblaba de humillación y de ganas.
Después de un rato ella se detuvo, se levantó despacio y la polla de Simone salió de su coño con un sonido obsceno, cubierta de crema blanca. Se giró hacia mí, los ojos brillantes, y me habló con la voz ronca:
—Ahora el culo. Quiero que me lo abra. Tú me vas a sujetar las piernas. Vas a pedirle que me la meta más profundo. ¿Entendido, cornudo?
—Sí —respondí, la garganta seca.
Delphine se puso a cuatro patas en el centro de la cama, la cara contra las almohadas, el culo en alto. Simone se colocó detrás de ella. Yo me subí a la cama, me arrodillé a su lado y le cogí las piernas por detrás de las rodillas, abriéndoselas y levantándoselas para ofrecerle el agujero rosado y apretado a mi amigo. Simone escupió en su mano, se untó la polla y después le pasó los dedos por el culo de Delphine, metiendo primero uno, luego dos, abriéndola con paciencia. Ella gemía contra la almohada, empujando hacia atrás.
—Está lista —dijo Simone, mirándome a los ojos—. Pídemelo.
Tragué saliva. La vergüenza me quemaba la cara, pero la excitación era más fuerte.
—Métela… métela en el culo de mi mujer. Más profundo. Fóllale el culo como yo nunca pude. Por favor.
Simone sonrió y apoyó la cabeza gruesa contra el agujero. Empujó despacio. Delphine soltó un grito ahogado, largo, cuando la polla empezó a abrirse paso. Yo veía todo: cómo el anillo se estiraba, cómo iba entrando centímetro a centímetro, cómo ella temblaba y apretaba las sábanas con los puños. Cuando estuvo dentro del todo Simone se detuvo un segundo, dejándola acostumbrarse, y después empezó a moverse.
Embestidas lentas al principio, profundas. Cada vez que entraba hasta las bolas Delphine gemía mi nombre y el de él mezclados:
—¡Simone… joder… me llena el culo… Reid, míralo… míralo cómo me destrozas…!
Yo le sujetaba las piernas abiertas, los brazos temblándome, y contaba en voz baja las embestidas porque ella me lo había pedido con la mirada. Diez. Quince. Veinte. Simone aceleró. El sonido se volvió más sucio, más carnoso. Le daba nalgadas entre embestida y embestida, marcándole la piel roja otra vez. Delphine se corrió así, con la polla enterrada en el culo: el cuerpo entero se le sacudió, el coño vacío contrayéndose y chorreando jugos sobre las sábanas. Gritó el nombre de Simone hasta quedarse sin voz.
Él no paró. La folló a través del orgasmo, más brutal ahora, las caderas golpeando con fuerza. Yo sentía el calor de su cuerpo rozándome los brazos cada vez que empujaba. Mi polla dolía tanto que se me nublaba la vista; gotas claras caían sobre la cama. Quería tocarla. No me atrevía.
—Dile que te guste más mi polla en el culo —ordenó Simone, tirándole del pelo.
—¡Me gusta más! —jadeó ella, la cara contra la almohada, la voz rota—. ¡Tu polla me abre el culo como nadie… Reid nunca me llegó tan hondo… es un cornudo que solo sirve para sujetarme mientras me follas…!
Simone gruñó, embistió unas cuantas veces más y se retiró de golpe. La polla salió del culo de Delphine brillante y gruesa. Ella se quedó abierta, el agujero palpitando, un hilo de lubricante resbalándole hacia el coño. Simone se puso de pie sobre la cama, se masturbó rápido y se corrió otra vez: chorros blancos y espesos que le cayeron en la espalda, en el culo abierto, en el coño. Algunos le resbalaron por la raja hasta el clítoris.
Delphine se giró hacia mí, jadeando, y señaló el desastre.
—Limpia. Con la lengua. Todo. Desde el culo hasta el coño. Y mientras lames le das las gracias otra vez.
Me arrodillé entre sus piernas abiertas. Hundí la cara. Lamí el semen de las nalgas, del agujero todavía abierto y suave, del coño hinchado. El sabor amargo y salado me llenó la boca otra vez. Tragaba. Gemia contra ella. Simone se había sentado en la cabecera, acariciándose la polla semidura, mirándome con esa sonrisa posesiva.
—Gracias, Simone —dije entre lametones, la voz pastosa—. Gracias por follarle el culo a mi esposa… por usarla… por llenarla…
Delphine me agarró el pelo y me empujó más adentro mientras se reía bajito, cruel y tierna a la vez.
—Buen chico. Ahora túmbate de espaldas en el suelo. Quiero correrme en tu cara mientras él me folla el coño otra vez. Y no te toques. Si te corres sin permiso te dejo duro el resto de la noche.
Me tumbé en la alfombra al lado de la cama. Delphine se bajó, se puso a horcajadas sobre mi cara y se sentó. Su coño empapado y abierto me cubrió la boca y la nariz. Empecé a lamer por instinto, chupando sus labios, el clítoris, el semen residual de Simone que todavía salía. Ella se mecía sobre mi lengua mientras Simone se arrodillaba detrás de ella, le abría las nalgas y le volvía a clavar la polla en el coño de un solo empujón.
Los tres formábamos un solo cuerpo sucio. Cada embestida de Simone hacía que el coño de Delphine se aplastara más contra mi boca. Yo lamía, tragaba, sofocaba. Ella gemía sin parar, cabalgando mi cara y la polla de él al mismo tiempo. Simone le hablaba al oído, lo bastante alto para que yo lo oyera todo a través de la carne:
—Tu marido es un buen limpiador de coños. Mira cómo se ahoga con lo nuestro. Dile que eres mía esta noche.
—¡Soy tuya! —gritó ella, rebotando—. ¡Esta noche mi coño y mi culo son tuyos… Reid solo limpia y mira…!
Se corrió así, estrujándome la cara con los muslos, el jugo chorreándome por la barbilla y el cuello. Simone la siguió segundos después: se clavó hasta el fondo y bombeó otro carga caliente dentro de ella. Sentí el semen brotar contra mi lengua cuando él se retiró. Delphine se levantó un poco y me dejó beberlo todo, empujando mi cabeza para que no se me escapara ni una gota.
Cuando terminó se tumbó a mi lado en la alfombra, agotada, riendo bajito. Simone se dejó caer al otro lado. Los tres respirábamos pesado. El aire olía a sexo, a sudor, a vino viejo. Mi polla seguía erecta, morada, goteando sin parar contra mi vientre. No me había tocado.
Delphine giró la cabeza hacia mí. Me acarició la mejilla con dedos húmedos de semen y me besó la boca, dejándome probarlo todo otra vez. Después se incorporó un poco, se sentó a horcajadas sobre mis caderas sin dejarme entrar, y rozó su coño resbaladizo contra mi polla abandonada. Me miró a los ojos con esa sonrisa peligrosa que yo conocía desde hacía años.
Simone se rio bajo y le pasó una mano por el pecho, pellizcándole un pezón.
Yo temblaba debajo de ella, las manos a los lados del cuerpo como ella me había enseñado, el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que iba a romperse. Delphine se inclinó hasta que sus labios rozaron los míos y murmuró, clara, lenta, cada palabra una caricia y un latigazo:
—Dime la verdad, Reid… ¿quieres que te deje correrte ahora en el suelo como un perro, o prefieres quedarte duro toda la noche mientras Simone me folla otra vez en nuestra cama y tú solo miras y limpia?
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