Falsa Pareja, Deseo Real
En una fiesta latina en Madrid, Carla y Jamal se hacen pasar por pareja falsa pero acaban follando como salvajes en el baño, con su polla negra destrozándole el coño
La música latina vibraba en las paredes del local de Lavapiés como si el edificio mismo tuviera pulso. Luces rojas y doradas bañaban los cuerpos sudorosos que se movían al ritmo de la salsa, y el aire olía a ron, perfume barato y deseo contenido. Carla se ajustó el escote del vestido negro que le apretaba las tetas grandes y redondas, notando cómo el tejido se le pegaba a la piel morena por el calor. Veintiocho años, culo ancho de española de carne, cintura marcada y esa boca carnosa que sabía usarse. Odiaba estar allí. Odiaba aún más saber que Dani, su ex, estaba en algún rincón escudriñando como un perro en celo.
—¿Eres Jamal? —preguntó sin rodeos cuando el nigeriano se acercó, alto, hombros anchos, piel negra brillante bajo las luces, camisa abierta hasta el pecho mostrando un torso de gimnasio y una cadena de oro que bailaba sobre el esternón.
Jamal sonrió, dientes blancos, mirada oscura que le recorrió el cuerpo sin disimulo. Treinta y dos años, afincado en Madrid desde hacía casi una década, voz grave con acento que se le escapaba cuando se calentaba.
—Y tú eres Carla. La que necesita un novio de mentira para que el cabrón de tu ex deje de joder. Encantado de hacer de polla de alquiler.
Ella soltó una risa nerviosa, pero el calor le subió a las mejillas. Le extendió la mano y él la tomó, grande, cálida, con la palma áspera. El simple contacto le recorrió el brazo como una corriente.
—Solo hasta que se vaya o se aburra —murmuró ella—. Bailemos un poco. Que nos vea.
La pista estaba llena. Jamal le puso una mano en la cintura, firme, posesiva aunque fuera mentira, y la atrajo contra su cuerpo. Carla sintió de inmediato la solidez de sus muslos, el calor que desprendía, y algo más: el bulto grueso que se marcaba en los pantalones oscuros cuando la salsa los obligó a pegarse pecho con pecho. No era discreto. Era una polla pesada, larga, que se notaba incluso flácida, y la idea de lo que mediría dura le hizo apretar los muslos sin querer.
—Joder… —susurró ella contra su cuello, oliendo su colonia amaderada mezclada con sudor limpio—. No hace falta que te la frote tanto.
—Tú me pediste pareja falsa, no monje —respondió él al oído, la voz ronca, la mano bajando un poco más hasta rozarle el inicio del culo—. Además, si tu ex está mirando, que vea que te como con la mirada. Aunque no sea mentira del todo.
Carla levantó la vista. Dani estaba en la barra, vaso en mano, cara de pocos amigos. Ella sonrió con falsedad y se pegó más a Jamal, pasando los brazos por su cuello. Sus tetas se aplastaron contra el pecho duro del nigeriano. Los pezones, ya endurecidos por el roce del vestido, le cosquillearon. El ritmo de la canción los empujó: caderas adelante, atrás, el muslo de él entre las piernas de ella, la polla semierecta rozándole el vientre bajo a cada compás.
La química le explotó en la entrepierna como una hostia. No se lo esperaba. Había quedado con un tío negro guapo para salir del paso, no para mojarse el coño a los cinco minutos. Pero el contraste de su piel clara-morena contra la negra profunda de Jamal, el tamaño de esas manos que le sujetaban la cintura como si pudiera partirla en dos, el olor a hombre… todo le subía la temperatura.
Jamal notó el cambio. Ella se movía distinto, más lenta, más pegada, el coño caliente rozándole el muslo a través de la tela fina del vestido. Él apretó los dientes. Llevaba semanas sin follar de verdad y esta española voluptuosa, con ese culo que pedía ser azotado y esas tetas que quería sacar del escote y chupar delante de todo el mundo, le estaba poniendo la polla como una barra de hierro.
—Tu ex sigue mirando —dijo él, bajando la voz, la boca casi en su oreja—. Si quieres, le doy un espectáculo de verdad.
—No te pases… —pero su protesta salió entrecortada cuando Jamal giró la cadera y le frotó deliberadamente el bulto grueso contra el monte de Venus.
Carla sintió el grosor. Joder, era gruesa. Imaginó cómo le abriría los labios del coño, cómo le estiraría la entrada, cómo le llegaría hasta el fondo del útero. El pensamiento la dejó sin aire. Se le humedeció la braga de encaje negro de un solo golpe. El tejido se le pegó a los labios hinchados y cada movimiento de salsa se convirtió en una fricción sucia, deliciosa, casi obscena.
—Estás mojada —constató Jamal, sin vergüenza, la mano grande deslizándose un segundo por su culo y apretando un cachete firme—. Lo noto hasta con la ropa. ¿Tan rápido te pone una polla negra, Carla?
—Cállate —jadeó ella, pero no se apartó. Al contrario: abrió un poco más las piernas al bailar y dejó que el muslo de él le frotara el clítoris hinchado a través de la tela—. Es la actuación. Solo eso.
—Mentira. Llevas el coño latiendo contra mi pierna. Y mi polla está dura como una piedra de tanto olerte el perfume y sentir estas tetas.
Él bajó la mirada al escote. El sudor le hacía brillar el valle entre las mamas. Un pezón se marcaba claro, erecto, traicionero. Jamal tragó saliva. Quería morderlo. Quería bajarle el vestido hasta la cintura en ese mismo baño del fondo y follársela contra la pared hasta que gritara en español sucio.
La canción cambió a un ritmo más lento, más pegajoso. Cumbia densa. Los cuerpos en la pista se juntaron aún más. Carla sintió la polla de Jamal completamente dura ahora, un tronco pesado que le empujaba el bajo vientre a cada compás. Él no disimulaba. La sujetaba por la cintura con una mano y con la otra le acariciaba la espalda desnuda, los dedos rozando la curva baja justo encima del culo.
—Si Dani se acerca, bésame —ordenó ella de pronto, la voz entrecortada—. Que se lo crea del todo.
—Con gusto.
No tuvo que esperar mucho. Dani apareció entre la gente, forzando una sonrisa falsa.
—Carla. Qué sorpresa. ¿Y este…?
—Mi novio —cortó ella, girándose lo justo para quedar de perfil, el culo rozando deliberadamente la erección de Jamal—. Jamal. Jamal, este es Dani. El ex.
Jamal no le dio la mano. En cambio, rodeó a Carla por delante, la atrajo de espaldas contra su pecho y le posó las manos posesivas en la barriga, justo debajo de las tetas, los pulgares rozando la parte baja del pecho. Su polla negra y dura quedó encajada entre los glúteos de ella, imposible de ignorar.
—Encantado —dijo con voz grave, casi un gruñido—. Aunque estoy un poco ocupado bailando con mi mujer.
Dani palideció un segundo, miró el contraste de las manos negras sobre la piel morena de Carla, el tamaño del bulto que se le clavaba en el culo, y se retiró con una excusa torpe. En cuanto desapareció, Carla soltó el aire que no sabía que contenía… pero no se apartó. Al revés: empujó el culo hacia atrás, frotándose despacio contra esa polla gruesa y caliente.
—Joder, Jamal… —susurró—. Se te nota todo.
—Y a ti se te nota el coño goteando. No me jodas que esto sigue siendo falso.
Ella se giró entre sus brazos. Cara a cara. La diferencia de altura la obligaba a levantar la barbilla. Sus pechos aplastados contra él. La polla de Jamal ahora le rozaba el vientre, dura, latente, prometiendo destrozarle el coño si seguían así. Carla pasó la lengua por el labio inferior, consciente de que la gente bailaba a su alrededor, de que el ex podía volver, de que esto se le había ido de las manos en menos de una hora.
—No sé qué es —admitió, la voz baja y ronca—. Pero si sigues frotándome así me voy a correr bailando.
Jamal sonrió, salvaje, y le bajó las manos hasta agarrarle el culo con las dos palmas, abriéndole un poco los cachetes a través del vestido, imaginando cómo le entraría por detrás.
—Entonces no pares. Que tu ex vea cómo te pongo. Y después… después hablamos de si esta pareja falsa se queda solo en mentira o si te dejo el coño abierto y goteando mi leche en el baño de este puto local.
Carla sintió un calambre de puro deseo en el clítoris. El baño. La idea de encerrarse con él, de bajarse la braga empapada, de ver esa polla negra gruesa salir de los pantalones y clavársela de una embestida… le hizo soltar un gemido ahogado contra su pecho.
La música seguía. Sus cuerpos seguían frotándose, sudorosos, sinceros en la mentira. Cada movimiento de cadera era una promesa. Cada roce de esa verga gruesa contra su coño hinchado era una amenaza deliciosa. Ni ella ni él habían planeado esto. Una noche de favores entre desconocidos. Y sin embargo aquí estaban, con la química interracial ardiéndoles entre las piernas como fuego líquido, con las manos ya demasiado bajas, con la respiración demasiado entrecortada, y con la certeza sucia de que la falsa pareja se iba a convertir en algo mucho más real y mucho más salvaje en cuanto encontraran una puta puerta que cerrar.
Jamal le mordió suavemente el lóbulo de la oreja, justo cuando otra canción empezaba, y le susurró:
—Sigue bailando, española. Que aún no te he metido ni un dedo y ya tienes el coño pidiendo guerra.
La mano de Jamal seguía agarrándole el culo con esa posesión fingida que ya no lo parecía tanto. Carla giró apenas la cabeza, el aliento caliente rozándole la mandíbula al nigeriano, y le susurró directo al oído mientras la cumbia los obligaba a pegarse todavía más:
—Joder, Jamal… se te pone de piedra. Noto tu polla negra entera contra el culo. Está dura como un tronco, me la clavas entre los cachetes y juro que se me marca hasta el vestido. ¿Cuánto te mide esa verga cuando la sacas del todo?
Él soltó una risa baja, gutural, que le vibró en el pecho contra la espalda de ella. No contestó con palabras al principio. En su lugar, la mano que tenía en la cintura de Carla se deslizó despacio por el costado, buscando el dobladillo del vestido negro. La tela subió un centímetro, luego otro, lo justo para que nadie a su alrededor —ni siquiera Dani, que seguía echando miradas de reojo desde la barra— pudiera verlo. Los dedos ásperos de Jamal le rozaron primero el muslo interior, caliente y sudoroso, y subieron sin prisa hasta encontrar la braga de encaje ya empapada.
—Hostia puta —gruñó él contra su oreja, dos dedos gruesos presionando el tejido mojado exactamente sobre los labios hinchados—. Estás chorreando, española. El coño te gotea por la pierna. Esto no es actuación de mierda. Esto es que te estás mojando el coño solo de sentir mi polla negra rozándote el culo.
Carla mordióse el labio inferior para no gemir alto. El dedo medio de Jamal se hundió un poco más, empujando la braga hacia dentro, abriendo ligeramente los labios grasientos de su coño y frotando el clítoris hinchado con la yema áspera. El roce fue lento, deliberado, escondido entre los cuerpos apretados de la pista. Ella abrió más las piernas al compás de la música, fingiendo un paso de baile, y empujó el culo hacia atrás para que esa polla gruesa y dura le abriera aún más los glúteos a través de la tela.
—Más… —susurró ella, la voz entrecortada, la respiración caliente contra el cuello negro y sudado de él—. Mételo un poco. Quiero sentir tus dedos negros dentro. Mi coño está ardiendo, Jamal. Desde que te he notado esa verga pesada me late como un puto tambor. Imagino cómo me la vas a abrir… cómo me vas a estirar hasta el fondo.
Jamal no necesitaba más invitación. Con un movimiento experto deslizó la braga hacia un lado. El aire fresco del local le rozó un segundo la raja empapada antes de que dos dedos largos y gruesos se hundieran de golpe hasta el nudillo en ese coño caliente y resbaladizo. Carla se arqueó contra él, un gemido ahogado escapándosele contra el pecho de Jamal. Los dedos negros se movían dentro, abriéndola, buscando ese punto esponjoso mientras el pulgar le frotaba el clítoris en círculos sucios y rápidos.
—Mira cómo te tragas los dedos —le dijo él al oído, la voz ronca, la polla palpitándole contra el culo de ella a cada embestida de cadera—. Estás empapada, joder. El coño te chupa como si quisiera lecharme ya. ¿Te imaginas esta misma polla negra destrozándote? Más gruesa que mis dedos, más larga… te voy a llegar al útero, Carla. Te voy a dejar el coño abierto y rojo, goteando mi leche hasta las rodillas.
Ella movía las caderas al ritmo de los dedos, follándose la mano de Jamal mientras bailaban. El sudor le corría entre las tetas, el escote pegado a la piel morena, los pezones duros como piedras rozándole la camisa abierta de él cada vez que se giraba. La gente a su alrededor seguía bailando, riendo, bebiendo; nadie veía la mano negra desaparecida bajo el vestido, los dedos entrando y saliendo del coño chorreante de Carla con un sonido húmedo casi imperceptible bajo la música.
—Más profundo —pidió ella entre dientes, agarrándole la muñeca por debajo de la tela para empujarlo aún más adentro—. Joder, sí… ábreme. Quiero que me dejes los labios hinchados. Mi ex sigue mirando, ¿lo ves? Que mire. Que vea cómo me tocas el coño en medio de la pista como si fuera tuyo de verdad.
Jamal metió un tercer dedo. Carla soltó un jadeo ahogado y se mordió el hombro de él para no gritar. La sensación de estiramiento la hizo temblar; el coño se le contraía alrededor de esos dedos negros gruesos, succionándolos, bañándolos de jugos espesos que ya le resbalaban por el muslo interior hasta casi la rodilla. Él los curvaba, frotando sin piedad ese punto que le hacía ver estrellas, mientras la polla dura le latía contra el culo como una promesa violenta.
—Dime lo que quieres de verdad —ordenó Jamal, la boca pegada a su oreja, la lengua rozándole el lóbulo—. No me vengas con la mierda de la pareja falsa. Dime que quieres esta polla negra follándote el coño hasta que no puedas caminar. Dímelo ahora, con mis dedos dentro, delante de todo el puto local.
Carla giró la cara lo justo para mirarlo a los ojos. Las pupilas dilatadas, la boca entreabierta, el vestido pegado al cuerpo por el sudor y el deseo. Empujó el culo con más fuerza contra esa erección monstruosa y habló en un susurro ronco, sucio, que solo él podía oír:
—Quiero que me folles de verdad esta misma noche. Ahora. Quiero que me lleves al baño, que me bajes las bragas empapadas y me metas esa polla negra gruesa de un solo embiste. Quiero sentir cómo me destrozas el coño, cómo me abres hasta el fondo, cómo me llenas de leche caliente mientras te grito putadas al oído. No más mentiras, Jamal. Fóllame como un salvaje. Usa mi coño. Úsalo hasta que se me escurra tu leche por las piernas cuando volvamos a la pista.
Los dedos de Jamal se detuvieron un segundo dentro de ella, enterrados hasta el fondo, sintiendo las contracciones desesperadas del coño de Carla. Luego los sacó despacio, brillantes de jugos, y se los llevó a la boca delante de ella, chupándolos con una lentitud obscena mientras la miraba a los ojos.
—Sabe a puta en celo —murmuró, lamiéndose los labios—. Y ahora sí que te voy a follar. Pero no aquí. Si te meto la verga en medio de la pista te dejo coja y tu ex se da cuenta de todo. Vamos al baño del fondo. El de los empleados. Está cerrado con llave y yo conozco al dueño.
Carla asintió, temblando, el coño vacío y palpitando donde habían estado los dedos. Se acomodó el vestido con manos torpes, sintiendo cómo la braga volvía a pegársele a los labios hinchados y resbaladizos. Jamal le pasó un brazo posesivo por la cintura, la polla todavía dura marcándole el pantalón de forma indecente, y la guió entre la gente sudorosa. Cada paso le hacía frotar los muslos, el clítoris sensible rozando la tela mojada.
Dani los vio alejarse. Carla le dedicó una sonrisa lenta, deliberada, y se apoyó más en el cuerpo negro y macizo de Jamal. En el pasillo estrecho que llevaba a los baños, lejos de las luces de la pista, Jamal la empujó un segundo contra la pared. Le levantó el vestido hasta la cintura, le bajó la braga lo justo para meterle de nuevo dos dedos hasta el fondo y frotarle el clítoris con el pulgar mientras le mordía el cuello.
—Última oportunidad de echarte atrás —le gruñó contra la piel—. Porque en cuanto cerremos esa puerta te voy a poner a cuatro patas sobre el lavabo y te voy a meter esta polla negra entera de una embestida. Te voy a follar el coño hasta que grites. Te voy a dejar los labios abiertos y rojos, chorreando. ¿Segura?
Carla le agarró la muñeca y se embistió contra los dedos, follándoselos con desesperación, el coño haciendo ruidos húmedos y obscenos en el pasillo semioscuro.
—Si no me follas ya mismo te lo chupo aquí mismo hasta que te corras en mi boca —jadeó ella—. Quiero esa verga negra destrozándome. Quiero sentir cómo me llega al fondo del útero. Fóllame, Jamal. Fóllame como si fuera tu puta de verdad.
Él sacó los dedos, le subió la braga de un tirón y la agarró de la mano con fuerza. La puerta del baño de empleados estaba a cinco metros. La música latina seguía vibrando a sus espaldas, el olor a sexo ya impregnaba el aire entre ellos, y la polla de Jamal palpitaba tan dura que le dolía contra la cremallera. Carla caminaba con las piernas temblorosas, el coño abierto y goteando, sabiendo exactamente lo que le esperaba al otro lado de esa puerta: la polla negra gruesa que le había estado frotando el culo toda la noche, lista para destrozarle el coño sin piedad.
Jamal metió la llave, giró el pestillo y la empujó dentro antes de cerrar con un clic seco. La luz fluorescente parpadeó. El espacio era estrecho, un lavabo manchado, un espejo sucio, olor a desinfectante barato y azulejos fríos. Carla se giró hacia él, el pecho subiendo y bajando, y se bajó ella misma las bragas hasta las rodillas, dejándolas caer al suelo. Se subió el vestido hasta la cintura, mostrando el coño moreno, depilado, los labios hinchados y brillantes de jugos, el clítoris asomando rojo y exigente.
—Sácala —ordenó ella, la voz rota de ganas—. Sácame esa polla negra y fóllamela ya. Quiero verla. Quiero sentir cómo me la metes entera de un golpe.
Jamal se desabrochó el pantalón con dedos torpes de pure deseo. La verga saltó fuera, pesada, gruesa, casi tan ancha como la muñeca de Carla, la cabeza oscura y brillante de precum, las venas marcadas a lo largo del tronco negro que le llegaba casi hasta el ombligo. Carla se le hizo agua la boca. Dio un paso, lo agarró con las dos manos y se frotó la polla entera entre los labios del coño, mojándola de arriba abajo con sus propios jugos, gimiendo al sentir el calor y el grosor que ya le abría la entrada sin haber entrado del todo.
—Joder, es enorme… me va a partir —susurró, pero no se apartó. Al contrario: apoyó el culo en el borde del lavabo, abrió las piernas todo lo que pudo y guió la cabeza gruesa hasta encajarla justo en su agujero empapado—. Métela. Destózame el coño. Fóllame como me prometiste.
Jamal le agarró las caderas con las dos manos grandes, los dedos hundiéndosele en la carne blanda del culo, y empujó. La cabeza negra se abrió paso, estirando los labios rosados hasta el límite, y Carla soltó un grito ahogado que se perdió contra el hombro de él. Seguía entrando, centímetro a centímetro, abriéndola como nunca nadie la había abierto, llegando más profundo de lo que creía posible, hasta que los huevos le golpearon el culo y ella sintió la polla entera palpitándole contra el cuello del útero.
—Así… joder, así… —jadeó Carla, las uñas clavándosele en la espalda a través de la camisa—. Muévete. Fóllame fuerte. Quiero que me dejes el coño destrozado.
Jamal sacó hasta la cabeza y embistió de nuevo, esta vez hasta el fondo de un solo golpe. El chapoteo húmedo llenó el baño. Carla se agarró al lavabo con las dos manos, el culo hacia fuera, y él empezó a follarla con embestidas largas y salvajes, la polla negra desapareciendo entera dentro del coño blanco-moreno que se le aferraba desesperado. Cada embiste le hacía temblar las tetas dentro del vestido, cada retirada dejaba los labios agarrados al tronco grueso, brillantes de jugos y precum.
La puerta estaba cerrada, la música seguía afuera, y dentro solo se oían los gemidos sucios de Carla, el golpe de carne contra carne y la voz grave de Jamal gruñéndole al oído exactamente lo que le estaba haciendo al coño.
Jamal la embestía con fuerza brutal contra el borde del lavabo, la polla negra enterrada hasta los huevos en aquel coño moreno que se le aferraba como una puta desesperada, chapoteando jugos a cada embiste. Carla gemía ahogada, las tetas rebotándole dentro del vestido, los labios del coño estirados al máximo alrededor de aquel tronco grueso que le llegaba al fondo del útero. Pero de pronto él se detuvo en seco, sacó la verga de un tirón húmedo y brillante de baba de coño, y la agarró del pelo con una mano enorme.
—De rodillas, española. Ahora mismo —gruñó, la voz grave y cargada de lujuria—. Quiero ver cómo te tragas esta polla negra hasta la puta garganta antes de destrozarte el culo.
Carla no dudó. Las piernas le temblaban, el coño vacío y abierto palpitándole, chorreando por los muslos, pero se dejó empujar hacia abajo. Las rodillas le golpearon el suelo frío de azulejos del baño de empleados. El olor a sexo y desinfectante barato le subió a la nariz mientras la verga monstruosa de Jamal le rozaba los labios carnosos. Era aún más impresionante de cerca: negra como la noche, venosa, la cabeza hinchada y goteando precum mezclado con sus propios jugos, tan gruesa que apenas cabía en su puño.
Abrió la boca y la lamió de base a punta, saboreando su propio sabor salado y el de él. Luego se la metió entera de un golpe, forzando la garganta hasta que la nariz le rozó el vello rizado del bajo vientre. Sus ojos se humedecieron, un hilo de saliva le escurrió por la barbilla, pero no se apartó. Tragó alrededor del glande, la garganta convulsionándose alrededor de aquella carne dura y caliente.
—Eso es, puta española cachonda —le espetó Jamal, ambas manos en su cabeza, follándole la boca con embestidas cortas y profundas—. Mírate, arrodillada en el baño de una discoteca tragándote mi polla negra hasta los huevos. Tu ex está ahí fuera y tú aquí ahogándote en mi verga como la zorra que eres. Más profundo. Quiero oírte atragantarte.
Carla gimió alrededor del tronco, las vibraciones recorriéndole la polla. Lágrimas le corrían por las mejillas morenas, el maquillaje corrido, pero empujó más, relajando la garganta para tragarla toda. La cabeza le golpeaba la parte de atrás de la boca a cada embiste, la saliva le manchaba el escote, las tetas casi saliéndosele del vestido. Él la usaba la boca sin piedad, gruñendo putadas, llamándola puta española cachonda una y otra vez mientras le follaba la cara. El sabor a macho, a precum espeso, a su propio coño, le hacía latir el clítoris con fuerza. Se metió dos dedos entre las piernas y se frotó desesperada, el coño todavía abierto y resbaladizo de la follada anterior.
Jamal sacó la polla de su garganta con un sonido obsceno de chupetón. Un hilo grueso de saliva unía los labios de Carla a la cabeza negra y brillosa. Ella jadeaba, la boca abierta, la lengua fuera, mirándolo desde abajo con ojos de puta en celo.
—Contra la pared. Ahora —ordenó él, levantándola de un tirón por los brazos como si no pesara nada.
La empujó de frente contra los azulejos fríos, le subió el vestido negro hasta la cintura de un manotazo y le separó las piernas con la rodilla. La polla, aún empapada de saliva y jugos, se alineó sola contra su entrada. Carla sintió la cabeza gruesa empujar y luego, de un solo embiste salvaje, se la clavó entera otra vez en el coño. El grito que soltó rebotó en las paredes del baño estrecho.
—¡Joder, sííí! ¡Métela toda, destózame!
Jamal la follaba de pie, posición vertical, las manos grandes agarrándole las caderas con fuerza suficiente para dejar moratones. Cada embestida era un golpe seco de carne contra carne, los huevos pesados azotándole el clítoris hinchado. El coño de Carla hacía ruidos sucios, chapoteos húmedos que llenaban el espacio junto a sus gemidos. Él le mordió el cuello, le tiró del pelo y le gruñó al oído:
—Tu coño me chupa la polla negra como si quisiera lecharme ya. Estás más apretada que una puta virgen, española. ¿Te gusta que te abra así? ¿Que te deje los labios rojos y abiertos?
—Sí, fóllame más fuerte… ¡más! —suplicó ella, empujando el culo hacia atrás para encontrarse con cada embiste—. Quiero que me destroces. Usa mi coño, Jamal. Úsalo como tu puta.
Él sacó la verga casi del todo y la volvió a clavar hasta el fondo, una y otra vez, el ritmo brutal, salvaje. Las tetas de Carla rebotaban dentro del vestido, los pezones duros rozando la tela. El contraste de su piel morena contra las manos negras de él, la polla oscura desapareciendo dentro de su raja rosada e hinchada, la hacía mojarse aún más. Sentía cómo le llegaba al útero, cómo le estiraba las paredes internas hasta el límite. Cada embiste le sacaba un gemido gutural.
Entonces Jamal sacó la polla de su coño de golpe. Carla gimió por la pérdida, el agujero palpitando vacío, pero él no le dio tiempo a quejarse. Escupió en su mano, se untó la saliva espesa en la entrada del culo y alineó la cabeza gruesa contra el anillo apretado.
—Ahora el culo, zorra blanca. Voy a follarte el culo hasta que grites.
Empujó. La cabeza negra se abrió paso, estirando el esfínter de Carla con una presión deliciosa y quemante. Ella arqueó la espalda, un alarido ahogado escapándosele contra el azulejo frío.
—¡Joder, es enorme… me parte el culo! ¡Más despacio… no, no pares, métela!
Jamal avanzó centímetro a centímetro, la polla gruesa abriéndole el culo como nunca nadie lo había hecho. Cuando estuvo enterrada hasta los huevos, se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse al llenado brutal. Carla temblaba, el culo contraído alrededor de aquella verga negra que le latía dentro, el coño goteando sin parar por la estimulación.
Luego empezó a moverse. Embestidas largas y profundas al principio, luego más rápidas, más salvajes. La mano derecha se levantó y cayó con un crack seco sobre un cachete de su culo. El golpe resonó. Carla gritó de placer.
—¡Otra! ¡Pégame más fuerte, llámame tu zorra!
—Mi zorra blanca —gruñó él, dándole otra nalgada aún más fuerte que le dejó la marca de la mano negra en la carne morena—. Mi puta española de culo apretado. Te estoy follando el culo en el baño de la discoteca y te encanta. Pídeme más.
—¡Más! ¡Fóllame el culo más fuerte, Jamal! ¡Soy tu zorra blanca, destózame! —jadeaba ella, empujando hacia atrás, el culo tragándose toda la polla a cada embiste—. ¡Nalgadas! ¡Dame nalgadas mientras me folles!
Las palmadas llovían rítmicas, fuertes, el culo de Carla ardiendo y enrojeciendo bajo los golpes. Él la agarraba del pelo con la otra mano, tirando de su cabeza hacia atrás mientras le martilleaba el culo de pie contra la pared. El sonido de carne contra carne, de nalgadas y gemidos sucios llenaba el baño. Carla se metió la mano entre las piernas y se frotó el clítoris con furia, el coño vacío pero chorreando, el culo estirado al máximo alrededor de aquella verga negra monstruosa.
El orgasmo le subió como una ola violenta. Las piernas le flaquearon, el culo se le contrajo en espasmos salvajes alrededor de la polla de Jamal y gritó sin control, la voz rota:
—¡Me corro! ¡Joder, me estoy corriendo con tu polla en el culo! ¡Sí, sí, fóllame mientras me corro, zorra… tu zorra blanca se corre!
Las contracciones le sacudieron todo el cuerpo, jugos escurríéndole por los muslos hasta las rodillas, el culo apretando y soltando la verga negra en oleadas. Jamal no paró, la folló a través del orgasmo con embestidas brutales, nalgadas continuas, gruñéndole putadas al oído mientras ella temblaba y gemía sin parar.
Cuando las sacudidas empezaron a calmarse, él se quedó enterrado hasta el fondo, la polla todavía dura como el hierro palpitándole en el culo dilatado. Carla jadeaba contra la pared, el vestido arrugado en la cintura, el culo ardiendo y abierto, el coño todavía contrayéndose por las secuelas. Jamal le mordió el hombro y le susurró con voz ronca, sin sacar la verga:
—Aún no he acabado contigo, española. Tu culo me está chupando la leche y yo todavía no me he corrido. Cuando saque esta polla negra de tu culo te voy a poner de rodillas otra vez y te voy a llenar la boca hasta que tragues. O quizás te la meta otra vez en el coño y te deje goteando mi leche por las piernas cuando volvamos a la pista. Tú eliges… pero no salimos de aquí hasta que te haya usado del todo.
Carla soltó una risa entrecortada, todavía temblando, y empujó el culo hacia atrás para sentirlo aún más profundo. El placer le quemaba entre las piernas, el deseo lejos de apagarse. Afuera la música latina seguía vibrando, Dani probablemente todavía miraba hacia el pasillo, y ella sabía que esta falsa pareja se había convertido en algo mucho más sucio y real. La polla de Jamal latía dentro de su culo abierto, prometiendo más, y Carla ya estaba lista para pedírselo otra vez.
Jamal no sacó la verga de su culo. Siguió embistiéndola despacio, profundo, sintiendo cómo el anillo apretado de Carla se aferraba a cada centímetro negro y grueso que entraba y salía chapoteando. Ella jadeaba contra el azulejo frío, el vestido todavía subido a la cintura, las tetas casi fuera del escote, el culo ardiendo y abierto. La polla le latía dentro como un segundo corazón.
—Elige, española —gruñó él contra su oreja, una mano negra enorme agarrándole el pelo y tirando hacia atrás—. ¿Te la meto otra vez en el coño o te arrodillas y tragas mi leche?
Carla empujó el culo hacia atrás, tragándosela entera hasta que los huevos le pegaron en la carne enrojecida.
—El coño… joder, el coño. Quiero sentirla corrérsete dentro. Lléname. Quiero salir de aquí con tu leche negra chorreándome por las piernas.
Jamal sacó la verga del culo con un sonido húmedo y obsceno. El agujero de Carla quedó abierto un segundo, palpitando, antes de que él la girara de golpe, la subiera al borde del lavabo y le abriera las piernas de un manotazo. La cabeza oscura y brillante de precum y jugos se alineó contra su coño hinchado y destrozado. Empujó de un solo embiste brutal. Carla gritó, las uñas clavándosele en los hombros anchos, el coño tragándose de nuevo aquel tronco negro que le llegaba hasta el útero.
—Así… ¡fóllame! ¡Destrozame el coño otra vez!
Él la embistió sin piedad. Cada golpe era seco, salvaje, los huevos azotándole el culo todavía dilatado. El chapoteo llenaba el baño estrecho. Carla se miró un segundo en el espejo sucio: cara de puta, maquillaje corrido, pezones duros asomando, y esa polla negra desapareciendo entera dentro de su raja morena y roja. El contraste la volvió loca. Se frotó el clítoris con dos dedos desesperados mientras Jamal le martilleaba el fondo.
—Me corro… joder, Jamal, me estoy corriendo otra vez —gimió ella, la voz rota—. ¡Tu polla negra me está abriendo toda! ¡Sí, sí, no pares!
Las paredes de su coño se contrajeron en espasmos violentos, chupándole la verga, bañándola de jugos espesos. Jamal gruñó, las caderas disparándose más rápido, más profundo, hasta que se enterró hasta la base y se corrió con un rugido gutural. Chorros calientes y densos de leche negra le llenaron el coño a presión. Carla lo sintió todo: el pulso, el calor, la cantidad absurda que le inundaba el útero y le desbordaba por los labios estirados. Él siguió embistiendo mientras se vaciaba, empujando su semen más adentro, hasta que los últimos chorros le escurrían ya por el culo y los muslos.
Se quedaron así un momento, jadeando, sudados, la polla todavía dentro palpitando. Luego Jamal la sacó despacio. Un hilo grueso de leche negra y jugos unió la cabeza brillante a la entrada abierta y roja de Carla. Ella bajó del lavabo con las piernas temblando. La leche le chorreaba ya por los muslos interiores, espesa, caliente, bajando hasta casi las rodillas. Se limpió con dos dedos, se los llevó a la boca y chupó el sabor salado y amargo mientras lo miraba a los ojos.
—Hostia… qué leche más espesa —murmuró, sucia, satisfecha—. Mírame cómo me goteas.
Se limpió el resto con un trozo de papel higiénico, frotándose despacio los labios hinchados, el clítoris todavía sensible, el culo ardiendo. Luego se acercó a Jamal, le agarró la cara con las dos manos y le dio un beso profundo, sucio, con lengua y saliva y el gusto de su propia corrida. Él le respondió con la misma hambre, la polla todavía semidura rozándole el vientre.
Cuando se separaron, Carla le habló al oído, la voz ronca pero clara:
—Ya no quiero que seas una pareja falsa, Jamal. Quiero que me folles así todas las noches. Que me destroces el coño, el culo y la boca con esa polla negra hasta que no pueda caminar. Todas. Las. Putas. Noches.
Él sonrió, salvaje, y le dio una nalgada fuerte en el culo todavía marcado.
—Trato hecho, española. La próxima vez te cojo los tres agujeros seguidos. Te dejo goteando de las tres mierdas a la vez. Y no te quejes después.
Se vistieron a medias. Carla se subió la braga empapada —inútil, ya empapada otra vez de leche que seguía saliendo—, se bajó el vestido y se miró en el espejo: pelo revuelto, labios hinchados, muslos brillantes. Jamal se metió la verga todavía manchada en los pantalones. Salieron del baño de empleados sonriendo como dos cómplices. La música latina los golpeó de nuevo. Dani los vio desde la barra; Carla le dedicó una sonrisa lenta, deliberada, y se apoyó en el brazo negro y macizo de Jamal mientras caminaban hacia la salida.
En la calle, el aire fresco de Madrid les pegó en la cara sudada. Se besaron otra vez bajo la luz de un farol, planeando ya el siguiente encuentro: su piso, su cama, las tres entradas abiertas y usadas hasta el límite. Carla se rió, todavía sintiendo la leche escurriéndole entre los muslos a cada paso.
Pero al girar la esquina, algo se le torció en el pecho. Miró de reojo a Jamal: alto, negro, perfecto, la polla que le acababa de destrozar los agujeros todavía marcándole el pantalón. Y de pronto pensó en Dani. En lo fácil que había sido usarlo. En lo rápido que se había arrodillado y abierto las piernas para un desconocido solo porque la verga era gruesa y negra y le había rozado el culo en la pista. El deseo seguía ahí, sucio y real, pero debajo había un vacío raro, una duda que le subía como bilis. ¿Y si esto era solo la polla? ¿Y si mañana, cuando el coño dejara de arderle y la leche se secara en sus muslos, se arrepintiera de haber convertido una mentira en esta puta adicción?
Apretó la mano de Jamal y sonrió igual. Él no notó nada. Siguieron andando, planeando en voz alta cómo le iba a partir los tres agujeros la próxima noche. Carla asentía, gemía bajo, prometía. Pero por dentro, mientras la leche negra le seguía chorreando y el culo le latía abierto, algo ya no encajaba del todo. El placer había sido brutal, real, salvaje. Y aun así, al cruzar la calle hacia el taxi, una sombra de arrepentimiento le rozó la nuca como un dedo frío.
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