Reencuentro Ardiente con el Que Se Fue
Tamara se reencuentra en un bar con Warrick, su ex negro musculoso, y terminan follando salvajemente toda la noche.
Me llamo Tamara y tengo veintiocho años. Soy latina, de piel morena cálida, curvas que nunca he intentado esconder y una boca que dice lo que piensa cuando el deseo me pilla desprevenida. Hace cinco años Warrick se fue de la ciudad. Alto, negro, hombros anchos, brazos de quien entrena de verdad y una sonrisa que siempre me dejaba sin argumentos. Lo perdí de vista, me inventé mil explicaciones y seguí con mi vida. Hasta anoche.
El bar no era especial: luces bajas, música que empujaba las caderas y el olor a alcohol barato mezclado con perfume caro. Yo estaba sola en la barra, girando el vaso de ron con hielo, cuando lo vi. Warrick. Más lleno de músculo, la camisa negra ceñida al pecho, la barba recortada y esos ojos oscuros que me reconocieron al segundo. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi se me cae el vaso. Él sonrió. Esa sonrisa. Caminó hacia mí como si el tiempo no hubiera pasado y se plantó a mi lado, invadiendo mi espacio con su olor a colonia y piel caliente.
—Tamara —dijo, voz grave, ronca—. Cinco putos años.
—Warrick —contesté, intentando sonar casual y fallando miserablemente—. Se te ve… bien.
Me miró de arriba abajo sin disimulo. Mi vestido corto rojo se pegaba a las caderas y resaltaba el contraste de mi piel morena. Él pasó la lengua por el labio inferior y yo sentí el calor subirme entre las piernas de golpe. La química racial y sexual que siempre habíamos tenido explotó otra vez, cruda, inmediata. Éramos dos adultos libres, sin novios, sin excusas, y los dos lo sabíamos.
Pedí otra ronda. Él se acercó más. Nuestros brazos se rozaban cada vez que hablábamos. Yo le contaba tonterías del trabajo; él me miraba la boca. Mis muslos se apretaban solos bajo la barra. Cada vez que reía, su pecho rozaba mi hombro y yo sentía el calor de su cuerpo negro contrastando con el mío. Me acordé de cómo su polla gruesa me abría, de cómo mis pechos morenos rebotaban contra su torso oscuro, del sonido húmedo de nuestra piel chocando. Tragué saliva.
—No has cambiado —murmuró, inclinándose hasta que su aliento me rozó la oreja—. Sigues teniendo ese culo que me volvía loco.
Me estremecí. No era un cumplido suave. Era una confesión sucia. Aparté un poco la cara para mirarlo a los ojos y le dejé ver que me había puesto mojada solo con eso.
—Y tú sigues siendo un cabrón directo —respondí, pero mi voz salió baja, deseosa—. Extrañaba cómo me mirabas.
Él no pidió permiso. Su mano grande bajó por mi espalda y se posó, abierta, sobre el culo. Apretó. Fuerte. Mi vestido se arrugó bajo sus dedos y yo solté un suspiro que se perdió en la música. Nadie nos miraba; estábamos demasiado pegados a la barra, en la penumbra. Su palma subió y bajó una vez, midiendo, recordando, y yo abrí un poco las piernas en el taburete sin pensarlo.
—Tu culo moreno… joder, Tamara. Cómo extrañaba agarrarlo mientras te la metía. Cómo tu piel se veía contra la mía. Oscuro contra moreno. Me la ponía dura solo de pensarlo estos años.
Las palabras me golpearon directo al coño. Sentí el latido entre mis labios, el calor pegajoso ya manchándome la braga. Me giré un poco hacia él, lo suficiente para que su pecho rozara mis pechos, y le miré la boca.
—Dilo más claro —susurré.
Él sonrió de medio lado, peligroso, y acercó los labios a los míos sin llegar a besarlos del todo.
—Extrañaba tu culo moreno rebotando en mi polla. Extrañaba ver mi verga negra desapareciendo entre tus labios marrones. Extrañaba follarte hasta dejarte temblando y marcada.
No pude más. Le agarré la nuca y lo besé. Fue un beso húmedo, abierto, con lengua desde el primer segundo. Él gruñó contra mi boca y me apretó el culo con las dos manos ahora, levantándome un poco del taburete. El sabor a whisky y a él me invadió. Besamos como si nos debiéramos cinco años de saliva y gemidos. Cuando nos separamos, un hilo de saliva nos unió un instante y yo estaba respirando agitada, los pezones duros rozando la tela del vestido.
Seguimos bebiendo, pero ya no importaba el sabor de la copa. Importaba cómo su rodilla se metía entre las mías bajo la barra. Importaba su mano que, despacio, descarada, subió por mi muslo interior hasta rozar el borde de la braga. Yo abrí más las piernas. Él pasó un dedo por encima de la tela húmeda y sonrió al sentir lo empapada que estaba.
—Estás chorreando —dijo al oído, sin vergüenza—. Siempre te mojabas así cuando te hablaba sucio.
—Cállate y tócame de verdad —le pedí, y mi propia voz me sonó ajena, urgentemente puta.
Su dedo apartó un poco la braga y encontró mi coño hinchado, resbaladizo. Me acarició el clítoris en círculos lentos mientras yo mordía el labio para no gemir alto. Al mismo tiempo yo bajé la mano, busqué el bulto enorme de su pantalón y lo aprehé. La polla de Warrick seguía siendo una bestia: gruesa, larga, ya dura y palpitando contra la tela. La frotré con la palma, subiendo y bajando, recordando cómo me estiraba, cómo me hacía ver estrellas cuando me la metía entera.
Nos besamos otra vez, más sucios, más ruidosos. Lenguas chocando, dientes rozando labios, saliva compartida. Su dedo se hundió un poco en mi entrada y yo apreté su polla con más fuerza. Bajo la mesa éramos un desastre de manos y jadeos disimulados. La gente alrededor seguía en lo suyo; nosotros estábamos en nuestro propio infierno dulce.
—Quiero follarte esta misma noche —le dije contra su boca, sin filtros, las palabras explícitas saliendo como si las hubiera ensayado años—. Quiero tu polla negra dentro de mi coño moreno. Quiero que me la metas hasta el fondo, que me agarres el culo y me uses como antes. Sin rodeo. Esta noche.
Warrick apartó un poco la cara, me miró a los ojos con las pupilas dilatadas y la respiración pesada. Su dedo salió de mí y se llevó el brillo de mis jugos a la boca, lamiéndolo sin romper el contacto visual. Yo casi me corro solo de verlo.
—Hotel. Ahora —contestó—. Tengo habitación a tres calles. Te voy a follar salvaje, Tamara. Te voy a abrir las piernas, te voy a lamer ese coño hasta que grites y después te voy a meter la verga tan profundo que te acuerdes de mí otros cinco años. ¿Vienes?
—Sí —dije, ya bajándome del taburete con las piernas temblorosas y la braga empapada—. Ahora mismo.
Pagamos sin mirar la cuenta. Salimos juntos, su brazo rodeándome la cintura, su mano todavía bajando de vez en cuando para apretarme un glúteo. La noche exterior nos golpeó con aire fresco, pero el calor entre nosotros no bajó. Caminamos rápido, casi tropezando de lo mucho que nos parábamos a besarnos contra las paredes. Cada roce de su polla dura contra mi cadera me sacaba un gemido. Cada vez que yo le mordía el cuello él gruñía y me apretaba más fuerte.
Llegamos al lobby del hotel con las manos todavía explorando. El ascensor se cerró y en cuanto estuvieron solas las puertas me empujó contra la pared de espejos. Sus manos subieron por debajo del vestido, me bajaron un poco la braga y me metieron dos dedos de golpe mientras me besaba el cuello.
—Mira cómo contrastamos —susurró, mirándonos en el espejo: su piel oscura contra mi tono moreno, sus dedos negros brillando con mi humedad—. Joder, qué rico se ve.
Yo jadeaba, empujando las caderas contra su mano, frotándome desesperada.
—No pares… Warrick, no pares hasta que estemos en la habitación y me la metas de verdad.
El ascensor dingó. Él sacó los dedos, me los ofreció y yo los chupé mirándolo a los ojos, saboreándome a mí misma en su piel. La puerta de la habitación estaba a pocos metros. Él sacó la tarjeta con mano torpe de lo duro que estaba. Entramos. La puerta se cerró de un golpe. La cama king size nos esperaba. La luz de la ciudad entraba por la ventana a medias. Warrick me miró como si fuera a devorarme y yo ya me estaba quitando el vestido, dejándome solo la braga empapada y los tacones, pechos libres, pezones duros, coño palpitando.
Él se desabrochó el pantalón lo justo para que su polla negra y gruesa saltara libre, pesada, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Dio un paso hacia mí. Yo di otro. Todavía no nos habíamos follado. Todavía el aire estaba cargado de promesas sucias y de cinco años de ganas acumuladas. Sus manos agarraron mi culo moreno otra vez, me levantaron y me llevaron hacia la cama mientras yo rodeaba su cintura con las piernas y sentía esa verga caliente rozarme el pliegue interior del muslo.
—Toda la noche —prometió contra mi boca—. Te voy a follar toda la puta noche.
Y yo, temblando de anticipación, con el coño abierto y listo, solo pude decirle que sí mientras su peso me empujaba contra el colchón y la noche se abría delante de nosotros, salvaje e incompleta todavía.
Me llamó Warrick con esa voz ronca que me conocía de memoria y me empujó por completo contra el colchón. Su peso me aplastaba de la forma perfecta, esa mezcla de fuerza y hambre que siempre me dejaba sin aire. Todavía tenía puestos los tacones y la braga empapada; él se arrodilló entre mis piernas y me las bajó con torpeza, casi rasgándolas. Las tiró a un lado y se quedó mirando mi coño moreno, abierto, brillante, el clítoris hinchado pidiendo atención.
—Joder, Tamara… —gruñó, y sin más preámbulos se inclinó y me comió el coño como si llevara cinco años soñando con ese sabor.
Su lengua ancha y caliente me abrió de un solo trazo. Empezó lento, lamiendo desde la entrada hasta el clítoris, recogiendo mis jugos con sonidos sucios y húmedos. Yo arqueé la espalda y agarré las sábanas. Él no tenía prisa al principio: rodeaba el botón sensible en círculos, chupaba los labios hinchados, metía la punta de la lengua dentro de mí solo lo suficiente para hacerme gemir. Yo pedía más sin vergüenza, la voz ya rota.
—Ahí… sí, Warrick, más fuerte… come mi coño, por favor…
Él gruñó contra mi carne y se puso serio. Me abrió más las piernas con esas manos enormes, me aplastó los muslos contra el colchón y me chupó el clítoris con fuerza, chupando y soltando, mientras dos dedos gruesos se hundían de golpe. Me follaba con la lengua y los dedos a la vez, curvándolos hacia ese punto que me hacía ver blanco. Mis pechos morenos rebotaban cada vez que me sacudía; yo le agarré la cabeza, le enterré los dedos en el pelo corto y lo empujé más contra mí. El contraste de su piel negra oscura contra la mía me volvía loca. Gocé casi sin avisar, las piernas temblando, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos mientras él seguía lamiendo hasta que me quedé sin aliento y le pedí, casi llorando de placer, que me follara de verdad.
Warrick se levantó, se quitó la camisa de un tirón y se bajó del todo los pantalones. Su polla negra, gruesa, venosa, palpitaba pesada, la cabeza brillante de precum. Yo me incorporé, lo empujé de espaldas al colchón y me subí a horcajadas. Agarré esa verga caliente con las dos manos, la froté contra mis labios empapados y me la fui metiendo centímetro a centímetro. Me abría por completo. Sentí cada vena, cada pulso, cómo me estiraba hasta el límite. Cuando llegué al fondo solté un gemido largo y me quedé quieta un segundo, sintiendo cómo me llenaba del todo.
—Míralo —susurró él, mirando hacia abajo—. Tu coño moreno tragándose mi polla negra… joder, qué rico se ve.
Empecé a cabalgarlo. Levanté las caderas y bajé con fuerza, una y otra vez, el culo chocando contra sus muslos. Él me agarró las caderas, me guió el ritmo y me empujó hacia abajo cada vez que yo bajaba, metiéndomela más hondo. Mis pechos rebotaban delante de su cara; él se incorporó a medias y me chupó un pezón, mordiéndolo suave mientras yo lo montaba como una puta desesperada. El sonido era obsceno: piel contra piel, el chapoteo de mi coño empapado tragando esa verga gruesa. Sudor ya nos brillaba en el pecho. Yo gemía su nombre, pedía más, le decía que me la metiera entero, que me follara hasta romperme. Él me dio una nalgada fuerte en un glúteo y yo apreté más alrededor de su polla.
—Así… cabálgame fuerte, Tamara. Usa esa polla. Quiero ver cómo te corres encima de mí.
Me corrí otra vez montándolo, el orgasmo subiéndome desde el coño hasta la garganta. Me desplomé un segundo contra su pecho oscuro, jadeando, pero él no me dejó descansar. Me dio la vuelta con facilidad, me puso a cuatro patas y se arrodilló detrás. Me agarró del pelo con una mano, tirando lo justo para arquearme la espalda, y con la otra me dio una nalgada seca que resonó en la habitación. Luego otra. Y otra. El ardor en la piel se mezcló con el placer cuando me embistió de un solo golpe, metiéndome toda la polla de una vez.
—Ahí… sí, dale… fóllame profundo —jadeé, empujando el culo hacia atrás.
Warrick me folló salvaje en perrito. Agarraba mi pelo, me tiraba la cabeza hacia atrás y me daba nalgadas alternadas mientras su polla negra desaparecía entre mis labios marrones una y otra vez. Profundo. Sin piedad. Cada embestida me sacudía los pechos, me hacía gemir alto. Él hablaba sucio sin parar: lo mucho que le gustaba ver mi culo moreno rebotando, cómo mi coño lo apretaba, cómo me iba a llenar. El hotel entero podía oírnos y me daba igual. Me corrí otra vez así, temblando, el orgasmo arrancándome un grito mientras él seguía martilleándome el fondo.
Cuando mis brazos flaquearon, me giró de nuevo. Me puso de espaldas, abrió mis piernas y se metió entre ellas. Entró despacio esta vez, mirándome a los ojos. Misionero. Cara a cara. Su pecho negro contra mis pechos morenos, sudor mezclado, respiraciones compartidas. Me folló profundo y constante, sin prisa ahora, cada embestida rozándome el clítoris. Nos miramos. Yo le acaricié la cara, él me besó la boca abierta, lengua y todo, mientras su polla me abría una y otra vez.
—Vas a correrte dentro —le dije contra sus labios—. Quiero sentirte.
Él aceleró. Me agarró las manos, las clavó a los lados de mi cabeza y me embistió más fuerte. El orgasmo nos subió juntos. Yo apreté alrededor de su verga, grité su nombre, y él gruñó bajo, se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de mí a chorros calientes, llenándome, pulsando. Seguí contrayéndome a su alrededor, exprimiéndolo, mientras nos mirábamos a los ojos y el placer nos dejaba temblando.
Después nos quedamos abrazados y sudorosos. Su polla todavía dentro, ablandándose despacio, el semen caliente resbalándome entre los muslos. Warrick me besó suavemente la frente, la mejilla, la comisura de los labios. Me acarició el pelo húmedo y susurró contra mi piel:
—Esta vez no me voy a ir tan fácilmente, Tamara. Lo prometo.
Yo sonreí satisfecha, el cuerpo pesado y lleno, sabiendo que este reencuentro ardiente acababa de reabrir una puerta que los dos deseábamos mantener abierta. El silencio se instaló entre nosotros, solo el sonido lejano de la ciudad y nuestras respiraciones calmándose, quietos, juntos, sin necesidad de más palabras.
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