La Divorciada de al Lado se Abre en el Almacén

La divorciada de 42 años se arrodilla y se folla al negro dueño del almacén.

11 min read September 09, 2026New

El sol de la tarde pegaba contra los ventanales polvorientos del almacén de barrio cuando Talia empujó la puerta de madera. Tenía cuarenta y dos años, el cuerpo voluptuoso de una mujer que sabía lo que quería y el divorcio recién firmado todavía caliente en la piel. Se había mudado a la casa de al lado apenas tres semanas atrás y ya conocía el camino hasta ese local estrecho donde olía a corcho, a roble y a fruta madura. Buscaba vino tinto, algo denso para la noche, pero lo que encontró al cruzar el umbral fue a Silas.

Él tenía veintiocho años, era el dueño, alto, de hombros anchos y piel negra profunda que contrastaba con la camiseta blanca ceñida. Sus brazos musculosos se movían mientras acomodaba cajas detrás del mostrador. Al verla, sonrió con esa mezcla de cortesía y hambre que ya le había dedicado otras veces.

—Buenas tardes, vecina —dijo en español, la voz grave, arrastrando un poco las erres—. ¿Otra vez vino?

—Siempre vino —respondió Talia, acercándose. Llevaba un vestido rojo ajustado que marcaba las curvas generosas de sus caderas y el escote profundo donde el sudor le brillaba entre los pechos—. El calor me pone de humor… particular.

Silas dejó la caja y se apoyó en el mostrador. Sus ojos oscuros bajaron sin disimulo al valle de su pecho cuando ella se inclinó para señalar una botella en el estante bajo. El vestido se tensó; el escote se abrió un poco más y él tragó saliva.

—Esa reserva es buena —murmuró él—. Cuerpo completo. Como tú.

Talia rio bajo, coqueta, y se incorporó despacio, sintiendo cómo la mirada de él le recorría el cuello, la clavícula, el pecho pesado. Llevaban charlando así desde el día que llegó: comentarios inocentes que no lo eran, silencias cargados, el roce accidental de dedos al entregarle el cambio. Hoy la tensión era un hilo visible entre ambos.

—Siempre me miras así —dijo ella, apoyando los codos en la madera caliente, ofreciendo el escote a propósito—. Como si quisieras beberme a mí y no al vino.

—Porque sí quiero —contestó Silas sin rodeos, la voz más baja—. Desde el primer día. Esa risa tuya, ese culo cuando te vas contoneando… Me tienes loco, Talia.

Ella sintió un latido fuerte entre las piernas. El calor de la tarde se metió bajo el vestido. Fantaseaba con él desde la primera semana: con esas manos grandes, con la verga gruesa que adivinaba bajo los pantalones, con el contraste de su piel clara contra la negra de él. Ahora lo tenía enfrente, deseándola abiertamente.

—Llevo semanas masturbándome pensando en ti —confesó de pronto, entre risas nerviosas y sinceras—. En cómo me follarías. En lo gruesa que se te pondría esa polla negra viéndome arrodillada. ¿Te parece horrible?

Silas no contestó con palabras. Dio la vuelta al mostrador, pasó junto a ella y fue hasta la puerta. El click de la llave al girar sonó definitivo. Bajó la persiana un poco más. Cuando se giró, la erección ya le marcaba el pantalón de forma obscena.

—No me parece horrible —dijo acercándose—. Me parece que te voy a follar ahora mismo si me dejas.

Talia retrocedió hasta los estantes de botellas. Él la acorraló con suavidad, una mano en la estantería junto a su cabeza, el cuerpo grande y caliente invadiendo su espacio. El olor a él —sudor limpio, madera, macho— le subió a la cabeza. Silas bajó la cara y la besó con hambre, labios gruesos abriéndole la boca, lengua profunda. Ella respondió igual de voraz, agarrándole la camiseta, frotando su vientre y su coño contra el bulto duro que le empujaba el muslo.

—Joder, qué grande la tienes —susurró contra su boca, frotándose más despacio, más deliberada—. Quiero sentir a un hombre negro dentro de mí. Quiero que me la metas entera, Silas. Llevo demasiado tiempo sola.

Él gruñó, le agarró una nalga con fuerza y la alzó un poco contra los estantes. Las botellas tintinearon. Sus manos exploraron bajo el vestido: muslos firmes, bragas ya mojadas. Talia le desabrochó el pantalón con dedos torpes de prisa. La polla de Silas saltó gruesa, oscura, venosa, la cabeza brillante de precum. Ella se le quedó mirando un segundo, salivando, y luego se arrodilló sobre el suelo de concreto sin cuidarse las rodillas.

—Déjame chupártela —pidió, ya con la mano rodeando el tronco caliente—. Quiero tragármela hasta la garganta.

Silas le enredó los dedos en el pelo castaño y la guió. Talia abrió la boca y se la metió con avidez, labios estirados alrededor del grosor, saboreando la piel salada y el olor fuerte de su entrepierna. Bajó todo lo que pudo, la glotis cediendo, lágrimas asomándole a los ojos de puro placer. Él jadeó y tiró suave del pelo.

—Así… joder, Talia, qué bien chupas. Más profundo.

Ella se entregó: babas corriendo por la barbilla, manos en sus muslos, chupando y tragando hasta que la polla le golpeaba la garganta una y otra vez. El sonido obsceno llenaba el almacén cerrado. Cuando ya no pudo más sin ahogarse del todo, Silas la levantó como si no pesara, la sentó sobre un barril de vino cercano y le subió el vestido hasta la cintura. Le bajó las bragas de un tirón y las dejó colgando de un tobillo.

La abrió de piernas. El coño de Talia estaba hinchado, rosado, goteando. Él frotó la cabeza gruesa arriba y abajo por los labios húmedos y luego empujó de un solo golpe hondo en posición de misionero. Ella gritó de gusto, agarrándose a sus hombros.

—¡Sí… métela toda!

Silas folló con fuerza, caderas potentes golpeando, la verga negra desapareciendo y saliendo brillante de jugos. Las tetas grandes de Talia rebotaban dentro del escote; él se las sacó, se las apreció con las manos y les chupó los pezones mientras la penetraba sin piedad. El barril crujía. Ella gemía sin freno, las piernas envueltas en su cintura.

—Más duro… quiero que me marques —suplicó.

Él la giró de un movimiento. Talia quedó de pechos sobre el barril, culo en alto. Silas le dio una nalgada sonora, consentida, y volvió a clavársela de un embiste hasta el fondo en perrito. Otra nalgada. Otra. La piel se le puso roja y ella empujaba hacia atrás pidiendo más.

—¡Así, joder, más duro! Fóllame ese coño, Silas… lléname…

Él la agarró de las caderas y la embistió profundo, el sonido de piel contra piel llenándolo todo. Cuando sintió que se acercaba al borde, la sacó, la bajó otra vez de rodillas frente a él y se corrió con un gruñido largo. Chorros espesos y calientes le salpicaron la cara, la boca abierta, el pecho y las tetas expuestas. Talia se quedó recibiendo, ojos entrecerrados, lengua fuera, deleitándose en la cantidad.

Jadeaban los dos. El almacén olía a sexo y a vino. Ella, todavía de rodillas, se acercó y lamió los restos de semen de la polla aún palpitante de Silas con una sonrisa traviesa, limpiándola despacio, saboreando.

—Mañana vuelvo por más —susurró, mirándolo desde abajo—. Quiero que me la metas otra vez. Y otra. Hasta que no pueda caminar derecho hasta mi casa.

Silas la ayudó a levantarse, la besó profundo saboreando su propio sabor en la boca de ella, y le ajustó el vestido con cuidado: le subió las copas sobre las tetas manchadas, le bajó la falda. Todavía le temblaban las manos de ganas. Fue a la puerta, giró la llave y abrió. La luz de la tarde entró de golpe.

Talia salió contoneándose, el vestido ligeramente arrugado, el sabor salado todavía en la lengua y el coño latiéndole vacío y satisfecho a la vez. Cruzó la calle hacia su casa nueva sintiendo las miradas imaginarias del barrio y la promesa de mañana ardiéndole entre las piernas. Detrás, en el umbral del almacén, Silas la siguió con la vista hasta que ella desapareció, ya duro otra vez, sabiendo que una sola tarde no iba a bastar ni de lejos.

Al día siguiente el calor era aún más denso. Talia cruzó la calle con el mismo vestido rojo, pero sin bragas. El aire caliente le rozaba el coño ya hinchado de solo imaginarlo. Empujó la puerta del almacén y el cascabel sonó. Silas estaba acomodando una caja de botellas de reserva. Al verla, dejó todo, pasó junto a ella y cerró con llave de un golpe seco. La persiana bajó del todo.

—Dijiste que volvías —murmuró él, la voz grave—. Y aquí estás, sin ropa interior. Lo he notado al mirarte andar.

Talia se acercó, le agarró la camiseta y se la subió. Le pasó la lengua por el pecho oscuro, lamiendo un pezón mientras le bajaba el cierre del pantalón. La polla de Silas saltó gruesa, ya dura, la cabeza brillante. Ella se arrodilló al instante sobre el concreto polvoriento.

—Quiero chupártela otra vez hasta que me dejes la garganta destrozada —dijo, mirándolo desde abajo—. Y después quiero que me la metas donde te dé la gana. Todo el rato.

Silas le enredó los dedos en el pelo y empujó. Talia abrió la boca y se tragó el grosor de un solo movimiento. La polla negra le llenó la lengua, el paladar, la glotis. Babas le corrían por la barbilla mientras chupaba con avidez, subiendo y bajando, tragando profundo cada vez que él empujaba. El olor a macho, a sudor y a semen del día anterior le subía a la cabeza. Silas jadeaba, tirando de su pelo castaño.

—Joder, Talia… así, más hondo. Usa esa lengua. Chúpame los huevos también.

Ella obedeció. Sacó la polla chorreante de saliva, le lamió las bolas pesadas, las chupó una por una, y volvió a engullir el tronco hasta que le lloraban los ojos. Cuando ya no pudo más sin ahogarse, Silas la levantó, la giró y la empujó contra el mostrador. Le subió el vestido hasta la cintura. El coño de Talia goteaba; los labios rosados estaban hinchados y brillantes. Él frotó la cabeza gruesa arriba y abajo, empujando solo la punta, provocándola.

—Métela… por favor, fóllame ya —suplicó ella, abriendo más las piernas.

Silas entró de un embiste hondo. La verga negra desapareció entera dentro del coño caliente y empapado. Talia gritó de gusto, las uñas clavándose en la madera. Él la folló con fuerza de misionero sobre el mostrador, caderas potentes golpeando, el sonido húmedo de piel contra piel llenando el almacén. Las tetas grandes de ella rebotaban fuera del escote; Silas se las agarró, las apretó, les chupó los pezones duros mientras la penetraba sin piedad.

—Más duro… sí, así… ¡me voy a correr! —gimió Talia.

El orgasmo la sacudió. El coño se le contrajo alrededor de la polla gruesa, exprimiéndola. Silas no paró. La sacó todavía temblando, la giró de espaldas y la empujó de pechos sobre un barril. Le dio una nalgada sonora que dejó la marca de su mano oscura en la piel clara. Luego otra. Y otra.

—Este culo es mío hoy —dijo él, abriéndole las nalgas—. Voy a follártelo también.

Talia miró por encima del hombro, ojos brillantes de deseo.

—Hazlo. Quiero sentir esa polla negra abriéndome el culo. Lubricame con mi jugo.

Silas metió dos dedos en su coño chorreante, los sacó brillantes y se los pasó por el culo apretado. Empujó la cabeza gruesa contra el anillo. Talia jadeó, empujando hacia atrás. Él entró despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que el grosor la abrió del todo. Cuando estuvo hondo, empezó a moverse. Embistes largos y profundos. El culo de Talia se adaptaba, tragándose la polla negra hasta las bolas. Ella gemía sin freno, una mano entre las piernas frotándose el clítoris.

—¡Joder, qué gruesa… me estás destrozando el culo! Más… fóllame más fuerte.

Silas agarró sus caderas y la embistió a fondo en perrito. El barril crujía. El sonido obsceno de su carne chocando contra el culo de ella llenaba el local cerrado. Talia se corrió otra vez, el coño chorreando por las piernas mientras la polla le martilleaba el culo. Silas la sacó justo antes de corrirse, la bajó de rodillas otra vez y le embadurnó la cara con precum.

—Ábreme la boca. Quiero correrme dentro y en tu cara a la vez.

Ella abrió. Él se masturbó dos veces y disparó. Chorros espesos y calientes le llenaron la lengua, le salpicaron las mejillas, el pecho, las tetas. Talia tragó lo que pudo, lamió el resto de la polla todavía palpitante y se lo untó por los pezones con los dedos, saboreándolo.

Apenas recuperaron el aliento, Silas la levantó otra vez. La sentó a horcajadas sobre él en una silla detrás del mostrador. Talia se guió la polla ya dura de nuevo hasta el coño y se la hundió de un golpe. Empezó a cabalgarlo, caderas rodando, tetas rebotando en su cara. Él le chupaba los pezones mientras ella subía y bajaba, follándoselo con rabia, el coño haciendo ruidos húmedos cada vez que bajaba hasta el fondo.

—Así… úsame… lléname el coño esta vez —jadeó ella—. Quiero salir de aquí goteando tu leche.

Silas la agarró de la cintura y la embistió desde abajo. El contraste de su piel negra contra la clara de ella era obsceno. Talia se corrió una tercera vez, gritando su nombre, el cuerpo entero temblando. Silas gruñó y se derramó hondo dentro de ella, chorros calientes llenándole el coño. Cuando ella se levantó, el semen le resbaló por los muslos internos, espeso y blanco.

Se quedaron un rato así, jadeando, oliendo a sexo y a vino. Silas le limpió la cara con un trapo limpio, le bajó el vestido y le besó la boca saboreando su propio semen.

Talia salió del almacén con las piernas temblando, el vestido pegado al cuerpo por el sudor y el semen que le resbalaba entre los muslos. Cruzó la calle despacio, sintiendo cada paso cómo le recordaba lo profunda que la había abierto. Ya dentro de su casa, se apoyó contra la puerta cerrada y sonrió. Mañana no iría al almacén. Mañana lo invitaría a su salón, le abriría la puerta en bata nada más, lo arrastraría al sofá y le pediría que la follara contra la ventana con las luces apagadas pero las persianas semiabiertas, para que el barrio entero pudiera imaginar lo que el negro del almacén le hacía a la divorciada de al lado. Y después, si él aceptaba, lo llevaría a la cama grande y le pediría que se corriera otra vez dentro, y otra, hasta dejarla tan llena que no pudiera ni caminar al supermercado sin que le chorreara por las piernas.

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