Mi Madrastra en el Estudio de Arte
Diego regresa y pinta a su madrastra desnuda, pero ella lo provoca hasta que la folla en el estudio.
Diego dejó la maleta junto a la puerta del estudio y se quedó quieto. La luz de la tarde entraba por los ventanales altos y bañaba el cuerpo desnudo de Carmen. Su madrastra posaba de lado sobre el diván desgastado, un brazo alzado detrás de la cabeza, los pechos pesados y redondos cayendo con una suavidad natural, los pezones oscuros ya duros por el aire fresco. Tenía cuarenta y un años y un cuerpo de mujer que había parido deseo, no hijos: caderas anchas, muslos firmes, el coño afeitado apenas, un triángulo de vello oscuro que no escondía nada. El padre de Diego estaba de viaje de negocios hasta el viernes. Estaban solos en la casa.
—No esperaba verte tan pronto —dijo Carmen sin moverse, la voz baja, casi divertida—. Entra. Cierra.
Diego cerró. Tenía veintidós años, la polla ya apretándole el pantalón solo de mirarla. Había fantaseado con ella desde los dieciocho, con esas tetas, con ese culo que se marcaba bajo los vestidos de verano. Ahora la tenía delante, desnuda de verdad, y el aire olía a trementina y a piel caliente.
—Papá no vuelve hasta el viernes —murmuró él.
—Lo sé. Por eso pinto. Mis lienzos privados. Nadie más me ve así.
Carmen giró un poco la cadera, ofreciéndole el perfil de su culo redondo. Diego tragó saliva. Ella lo notó: la mirada fija en sus pechos, en el pliegue de su coño entreabierto.
—Me miras como si quisieras comerme —susurró—. Siempre lo has hecho. Ven aquí.
Se acercó. El suelo crujía. Carmen tomó su muñeca y la posó sobre su pecho izquierdo.
—Corrige la pose. Mis tetas. Acomódalas como creas que deben estar para el cuadro.
La carne era blanda y caliente. Diego las levantó, las separó, sintió el peso real. Carmen soltó un suspiro largo cuando sus dedos rozaron el pezón.
—Más abajo. Las caderas. Gírame.
Él le puso las manos en la cintura y la giró hacia él. Su polla rozó el muslo de ella a través de la tela. Carmen miró hacia abajo y sonrió con suciedad deliberada.
—Siempre he sentido esa mirada tuya, Diego. Hambrienta. De hijastro pervertido que se toca pensando en la mujer de su padre. Dilo.
—Quiero follarte —confesó él, la voz rota—. Llevo años queriendo metértela. Quiero correrme dentro de mi madrastra.
Carmen se incorporó, lo agarró del cuello y lo besó con la boca abierta, lengua profunda, lamiéndole los dientes, mordiéndole el labio inferior hasta casi sacarle sangre. Era una decisión consciente: cruzar la línea, traicionar al marido que no estaba, usar el cuerpo del hijo de ese hombre.
—Entonces fóllame. Aquí. Ahora.
Se arrodilló en el suelo del estudio, entre manchas de óleo seco. Le bajó la cremallera con dedos impacientes, sacó la polla gruesa y ya goteando y se la metió entera hasta la garganta de un solo impulso. Diego gruñó. Carmen no tenía pudor: babas, sonidos húmedos, garganta abierta tragándolo mientras lo miraba desde abajo con los ojos entrecerrados.
—Mi hijastro pervertido… —dijo al sacársela, la voz ronca, hilos de saliva uniéndole los labios al glande—. Qué rica la tienes. Más gruesa que la de tu padre.
Se la volvió a meter, chupando con ansia, una mano apretándole los huevos, la otra metiéndose dos dedos en el propio coño. Diego le agarró el pelo y la embistió la boca un rato, profundo, hasta que ella tosió y se rio, lamiéndose los labios.
—Al diván. En cuatro.
Carmen se puso a cuatro patas sobre el diván manchado de pintura. El culo en alto, el coño reluciente de jugos, el ojete rosado a la vista. Diego se quitó la ropa de un tirón, se arrodilló detrás y le abrió los labios con los pulgares antes de clavársela de una embestida hasta el fondo. Carmen gritó, un grito sucio y largo.
—¡Joder, sí! Así… fóllame como la puta de tu madrastra que soy…
Él la agarró de las caderas y la embistió con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando el estudio. Le azotó el culo con la palma abierta, una vez, dos, tres, dejando la marca roja. Carmen empujaba hacia atrás, pidiendo más. Diego le escupió en el culo y le metió el pulgar en el ano mientras la follaba el coño, hundiéndolo hasta el nudillo. Ella se contrajo alrededor de su polla y aulló.
—Sucio… qué sucio eres… metiéndome los dedos en el culo mientras me follas… el hijo de mi marido… ¡ah, Dios, más fuerte!
Diego la folló salvaje, sin piedad, sudando, mirando cómo su polla entraba y salía brillante de ese coño casado y prohibido. Le retorció un pezón por debajo, le dio otro azote y luego le metió dos dedos en el ano a la vez, abriéndola mientras la embestía.
—Me voy a correr dentro —jadeó—. Te voy a llenar el coño, madrastra.
—Hazlo. Mételo todo. Quiero sentir cómo me dejas llena mientras tu padre está fuera… ¡córrete, Diego, córrete en tu puta madrastra!
Ella se vino primero, temblando, el coño apretándole la polla a pulsos, gritando lo prohibido que era, lo asqueroso y rico de estar siendo follada por el hijo de su marido en el estudio familiar. Diego la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y disparando chorros calientes dentro de ella, agarrándole las nalgas con fuerza, gruñendo como un animal. Se quedó clavado un momento, palpitando, vaciándose por completo en ese coño mojado y prohibido.
Cuando se retiró, un hilo grueso de semen le chorreó a Carmen por el muslo interno, blanco y espeso, bajando hacia la rodilla. Ella se giró despacio, todavía jadeando, tomó una brocha ancha de las que usaba para los fondos y se pasó las cerdas suaves por la piel, recogiendo el semen, untándoselo un poco más arriba, sonriendo con complicidad sucia.
—Mira qué cuadro… —susurró, enseñándole el muslo brillante—. Esta será nuestra técnica nueva. Cada vez que tu padre se ausente, vienes al estudio. Me pintas. Me follas. Me dejas llena. Nuestro secreto artístico.
Diego la miró, la polla todavía semidura y resbaladiza, y Carmen se pasó la brocha otra vez por el resto del semen que le salía del coño, llevándosela a la boca y chupando las cerdas con la lengua fuera, saboreando la mezcla de ambos.
—La próxima vez te la meto también por el culo, madrastra puta —dijo él—. Y te dejo chorreando por los dos agujeros mientras firmas el lienzo con mi leche.
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