Reencuentro Enmascarado En La Fiesta

Una española y un negro se reconocen enmascarados en la fiesta y se follan salvajemente.

16 min read August 29, 2026New

La confesión empieza en aquella noche de máscaras, y todavía se me pone la piel de gallina al recordarlo. Yo, Bianca, española de veintiocho años, había aceptado la invitación a aquella fiesta lujosa en un palacio reformado del centro de Madrid más por aburrimiento que por ganas reales de socializar. El salón brillaba con candelabros antiguos y luces tenues; todo el mundo llevaba antifaces de terciopelo, plumas o cuero. El mío era negro, sencillo, que me dejaba la boca libre y los ojos a medio descubrir. Llevaba un vestido rojo ceñido que marcaba las caderas y el escote justo lo suficiente para prometer sin regalar.

Lo vi antes de que él me viera a mí. Trent. Treinta y dos años, estadounidense, de visita por negocios, me enteraría después. Alto, hombros anchos, piel oscura que contrastaba con la camisa blanca abierta en el cuello y el antifaz negro que le cubría media cara. Se movía entre la gente con esa seguridad tranquila de quien sabe exactamente el efecto que provoca. Yo bebía cava al borde de la pista cuando él pasó a mi lado. El roce fue casual, o al menos eso pareció: su mano grande, oscura, rozó mi cintura blanca al esquivar a un camarero. La palma caliente sobre la tela fina del vestido. Un segundo. Ni siquiera se detuvo del todo.

Pero el calambre eléctrico me subió desde la cadera hasta la garganta. Me giré. Él también. Detrás de los antifaces nos miramos y supe, con una claridad absurda, que los dos éramos desconocidos dispuestos a todo. No hizo falta presentaciones largas. Solo ese reconocimiento mudo de dos cuerpos que ya habían decidido.

—Perdona —dijo él en un español correcto, con acento suave—. No te he visto.

—No hace falta que te disculpes —contesté yo, y mi voz salió más ronca de lo normal—. Ha sido… interesante.

Sonrió. Dientes blancos. La mano no se había apartado del todo; los dedos aún rozaban la curva de mi cintura. El calor de su piel oscura contra la mía me tenía ya con el coño latiendo. Pensé, confesándolo ahora sin vergüenza: nunca había estado con un hombre negro. Había fantaseado, claro, mirando vídeos a solas, imaginando el contraste, el tamaño, la forma en que una polla gruesa y oscura abriría mis labios rosados. Pero nunca en carne real. Y allí estaba él, olor a colonia cara y a piel limpia, tan jodidamente grande que me hacía sentir pequeña y mojada a la vez.

La música cambió a algo más lento, más pegajoso. Trent no preguntó. Me guió hacia la pista en penumbras con esa misma mano en la cintura, y yo dejé que me llevara. Bailamos pegados desde el primer compás. Su pecho ancho contra mis pechos. Su muslo entre los míos. Sentí la dureza que ya se le marcaba en el pantalón, gruesa, pesada, rozándome el vientre bajo cada vez que nos movíamos. Yo le pasé los brazos al cuello y él bajó las manos hasta mis caderas, apretándome contra él sin disimulo.

—Joder, qué cuerpo tienes —susurró contra mi oreja, la voz grave, confesional, como si me estuviera contando un secreto sucio—. Desde que te he tocado solo pienso en follarme a una española. En abrirte las piernas y metértela hasta el fondo mientras me miras con esa boca roja.

El aliento caliente me erizó el cuello. Yo apreté más la danza, frotándome deliberadamente contra esa polla dura.

—Nunca he estado con un hombre negro —le confesé al oído, sin filtro, porque el antifaz y la penumbra lo permitían todo—. Nunca. Y tu cuerpo… ese cuerpo grande y oscuro me tiene empapada. Siento cómo se me resbala la braga solo de imaginar cómo me vas a estirar.

Él gruñó bajo, un sonido animal contenido. Sus dedos se clavaron en mi culo a través del vestido.

—Dime cómo de mojada —exigió, casi rogando.

—Toca —le dije.

En medio del baile, con la gente alrededor demasiado ocupada en sus propios juegos, guié una de sus manos bajo la tela de mi falda. Sus dedos oscuros subieron por mi muslo interior hasta encontrar la braga de encaje ya empapada. Los rozó, presionó el tejido contra mi coño hinchado, y yo solté un gemido corto contra su cuello. Él apartó un poco la tela y deslizó la yema por mi raja, recogiendo la humedad.

—Hostia, Bianca… —había dicho mi nombre en voz baja cuando se lo di, y ahora lo usaba como si fuera un conjuro—. Estás chorreando. Quiero lamerte esto. Quiero follarte hasta que no puedas caminar mañana.

La tensión ya no se aguantaba. Nos miramos otra vez, antifaces contra antifaces, bocas a centímetros.

—Hay habitaciones privadas arriba —susurré—. Para invitados. Yo tengo la llave de una. Si quieres…

—Quiero —cortó él—. Ahora.

Nos escabullimos por la escalera de mármol sin mirar atrás. El corazón me latía en la garganta y entre las piernas a la vez. En el pasillo del piso superior apenas había luz. Encontré la puerta, giré la llave, entramos y la cerré de un golpe. La habitación era amplia, cama grande con sábanas oscuras, una lámpara baja que apenas iluminaba. En cuanto el pestillo chasqueó, la máscara de la educación se rompió del todo.

Trent me empujó contra la pared y me besó como si quisiera comerme la boca. Lengua profunda, labios hambrientos. Yo le arranqué el antifaz y él me quitó el mío. Por fin caras completas: la mía blanca, sofocada, labios hinchados; la suya oscura, mandíbula fuerte, ojos negros clavados en los míos con una lujuria sin adornos. Nos reconocimos otra vez, ya sin anonimato, y el deseo explotó igual de salvaje.

Le desabroché la camisa con prisas, besando el pecho amplio, lamiendo un pezón oscuro mientras él se bajaba la cremallera. Su polla saltó pesada, gruesa, más oscura aún en la cabeza brillante de precum. La cogí con las dos manos y no me cabía del todo; la piel suave y caliente contrastaba con mis dedos pálidos. Me agaché un segundo solo para lamerle la ranura y saborear lo salado, y él gruñó mi nombre otra vez.

—En la cama —ordenó, pero era una orden que yo ya estaba obedeciendo de gusto.

Me tumbó de espaldas, subió el vestido hasta la cintura, me arrancó la braga mojada y se la llevó a la nariz un instante antes de tirarla. Abrió mis muslos con sus manos grandes y se quedó mirando mi coño rosado, abierto, goteando sobre las sábanas.

—Míralo —dijo, voz rota de ganas—. Qué contraste tan jodidamente rico. Voy a destrozarte esto, Bianca. Y tú lo vas a pedir.

—Pídemelo tú a mí —contesté, ya sin vergüenza ninguna—. Métela. Quiero sentir cómo me abre tu polla negra. Quiero que me folles como si no hubiera mañana.

Se colocó entre mis piernas, frotó el glande grueso arriba y abajo por mi raja, empapándose, y empezó a empujar. La cabeza entró despacio, estirándome, y yo arqueé la espalda con un gemido largo. Más. Otro tramo. Me quemaba delicioso. Sus manos oscuras sujetaban mis caderas blancas con fuerza de poseer. Cuando embistió hasta el fondo por primera vez, sentí que me llegaba al estómago; tan grueso, tan hondo, el contraste visual de su pelvis oscura contra mi piel clara me tenía al borde solo de mirarlo.

Empezó a follarme con embestidas largas y profundas, el sonido húmedo de mi coño chupándole la polla llenando la habitación. Yo le arañaba la espalda, le pedía más duro, más rápido, confesándole entre jadeos que nunca nada me había llenado así, que su cuerpo me volvía loca, que quería que me corriera a gritos con su polla negra enterrada hasta las pelotas. Él me dobló las rodillas contra el pecho y cambió el ángulo, dándome justo en ese punto que me hacía ver estrellas, y la tensión siguió subiendo sin romperse del todo, como si los dos supiéramos que esto solo acababa de empezar, que la noche todavía tenía que destrozarnos por completo.

La confesión sigue exactamente ahí, con su polla negra todavía enterrada hasta las pelotas dentro de mí, mis rodillas dobladas contra el pecho y ese ángulo preciso que me hacía temblar sin dejarme caer del todo. Trent me miraba desde arriba, la mandíbula apretada, los ojos oscuros fijos en cómo su gruesa polla entraba y salía de mi coño blanco, brillando de mis jugos. Cada embestida larga sacaba un gemido ronco de mi garganta y yo ya no fingía control.

—Más… joder, Trent, dámela entera —jadeé, arañándole los hombros anchos—. Estoy tan llena que siento el latido de tu polla contra mis paredes. No pares. Fóllame como si fueras a destrozarme.

Él gruñó, sacó la polla casi del todo y me la volvió a clavar de un solo empujón seco. El contraste visual me volvía loca: su piel oscura contra la mía pálida, el glande grueso abriéndome los labios rosados hinchados una y otra vez. El sonido húmedo llenaba la habitación. Mi coño chorreaba sobre las sábanas oscuras, la braga olvidada en algún rincón. Sentía cómo se me resbalaba la lubricación por el culo y por los muslos cada vez que él entraba hasta el fondo.

De pronto me levantó sin sacar del todo. Sus manos grandes me agarraron por la cintura, me alzó contra la pared fría y me mantuvo suspendida. Mis piernas se enroscaron a su cintura por instinto. La posición cambió todo: la gravedad empujaba mi peso hacia abajo y su polla negra, gruesa y dura como hierro caliente, se hundió aún más hondo. Grité. Un grito corto, ahogado, de puro placer.

—Así, Bianca —susurró contra mi boca, embistiendo de pie, rápido y profundo—. Mira cómo te abre mi polla negra. Tu coño blanco empapado me está chupando entero. Pide más.

—Más… hostia, más duro —gemi, las uñas clavadas en su espalda—. Métela toda. Quiero sentirla latir dentro. Fóllame contra la pared hasta que no pueda más. Tu polla es tan gruesa que me está abriendo de puta madre… sí, así, joder, no pares.

Cada embestida hacía que mi espalda rozara la pared, el vestido rojo subido hasta las tetas, los pezones duros rozándole el pecho. Él me sujetaba sin esfuerzo, ese cuerpo grande y oscuro dominándome por completo y yo lo quería. El coño me salpicaba con cada golpe; el olor a sexo llenaba el aire. Yo le mordía el hombro para no gritar demasiado alto y le confesaba entre jadeos todo lo que sentía: que nunca una polla me había llenado así, que el contraste de su carne negra entrando en mi raja blanca me tenía al borde, que quería correrme a gritos con él dentro.

Me folló de pie hasta que las piernas me temblaban. Entonces me bajó, me giró y me puso a cuatro patas sobre la cama de un empujón suave pero firme. Me agarró del pelo con una mano grande, tiró hacia atrás para arquearme la espalda y me embistió de nuevo por detrás. La polla gruesa me abrió de un solo golpe, hasta las bolas, y yo grité su nombre.

—Joder, sí… así, por detrás, duro —supliqué, la voz ya rota—. Agárrame el pelo más fuerte. Fóllame salvaje. Quiero que mi coño te recuerde mañana.

Trent obedeció. Me daba duro, las caderas oscuras chocando contra mi culo blanco, el sonido de carne contra carne mezclado con mis gemidos. Tiraba de mi pelo justo lo suficiente para que el cuello se me estirara y yo mirara de reojo cómo su polla negra entraba y salía brillante de mis jugos. Cada vez que se hundía hasta el fondo sentía el golpe en el punto exacto y las piernas me fallaban. Me corrí la primera vez así, a cuatro patas, el orgasmo subiéndome desde el coño hasta la garganta en oleadas que me hicieron gritar y apretar su polla con fuerza. Él no paró; me folló a través del orgasmo, prolongándolo, sacándome más y más fluidos.

Cuando el temblor bajó un poco, me sacó la polla, me giró la cara hacia él tirando del pelo y me la metió en la boca. La gruesa, oscura, empapada de mi propio corrido. Yo la chupé con ansia, saboreando mi sabor mezclado con el suyo, la lengua enrollada alrededor del glande hinchado mientras él empujaba despacio hacia mi garganta. Me corrí otra vez solo de tenerla en la boca, de olerla, de sentirla tan gruesa abriéndome los labios. Gemí alrededor de su carne y las vibraciones lo hicieron gruñir.

—Mírate —dijo, voz grave, confesional—. Te estás corriendo con mi polla en la boca. Qué puta tan hermosa eres, Bianca. Tu boca roja alrededor de esta polla negra… joder.

Me sacó de la boca, me volvió a poner a cuatro y me clavó otra vez. Alternaba: unos cuantos embestidas brutales por detrás, tirándome del pelo, y luego otra vez a la boca para que yo lo chupara y me corrieran las piernas. Cada vez que volvía a mi coño yo estaba más mojada, más abierta, pidiendo más. El orgasmo me venía en oleadas; me corrí una tercera vez con su polla enterrada y los dedos de él frotándome el clítoris hinchado desde delante.

—Lléname —le pedí al fin, ya sin pudor, la voz temblando—. Quiero tu semen caliente dentro. Fóllame hasta que me llene el coño y se me salga por los muslos. Dámelo todo, Trent. Ahora.

Él aceleró. Las embestidas se volvieron cortas, profundas, salvajes. Me agarraba las caderas con fuerza, los dedos oscuros marcando mi piel blanca, y me follaba como si el mundo fuera a acabar. Yo empujaba hacia atrás, recibiendo cada centímetro, gimiendo sin parar, confesándole que sí, que lo quería todo, que su polla negra me tenía destrozada de placer y que necesitaba su corrida caliente inundándome.

Cuando se corrió, lo sentí. Un pulso grueso, profundo, y luego el semen caliente disparándose a chorros dentro de mi coño. Me llenó. Lo sentí salpicar mis paredes, tan abundante que empezó a gotear alrededor de su polla todavía enterrada. Él siguió empujando despacio, metiéndome hasta la última gota, gruñendo mi nombre. Yo me corrí con él, apretando su polla mientras el calor de su semen me inundaba, las piernas temblando, la cara enterrada en las sábanas, el pelo todavía en su puño.

Cuando por fin se detuvo, la polla aún dura y latente dentro de mí, el semen ya se me escapaba por los muslos blancos, brillando en contraste con su piel oscura. Él me soltó el pelo con suavidad, me acarició la espalda sudada y se quedó encima un segundo más, respirando fuerte. Yo sentía cada pulso de su polla, el coño hinchado y lleno, el cuerpo entero zumbando.

Pero no habíamos terminado. La noche apenas empezaba y yo ya sabía que quería más. Me giré un poco, lo miré por encima del hombro y le sonreí con la boca hinchada, la voz todavía ronca de gemir.

—No la saques todavía —susurré—. Quiero que se me quede dentro un rato… y luego que me folles otra vez. Quiero probarte otra vez. Quiero que me uses hasta que no pueda ni hablar.

Trent sonrió, esa sonrisa blanca y peligrosa, y empujó una vez más, despacio, recordándome que su polla gruesa seguía dura y que el semen caliente seguía saliendo de mí con cada pequeño movimiento. El pecho me subía y bajaba. El coño me latía alrededor de él. La fiesta abajo seguía sonando lejana y nosotros, enmascarados o no, apenas habíamos raspado la superficie de lo que podíamos hacernos el uno al otro aquella noche.

Seguíamos unidos, su polla negra todavía latente y gruesa dentro de mí, el semen caliente escapándose a chorritos por mis muslos blancos cada vez que él se movía un milímetro. El pecho me subía y bajaba a trompicones. Yo lo miré por encima del hombro, el pelo revuelto, la boca hinchada, y empujé hacia atrás para sentirla aún más hondo.

—Otra vez —jadeé—. Fóllame otra vez antes de que se nos acabe la noche. Quiero que me destroces del todo.

Trent rio bajo, ese sonido grave que me hacía apretar las paredes alrededor de él. Sacó la polla despacio, dejando que el semen gordo le chorreara por el tronco oscuro, y me giró de un tirón. Me tumbó de espaldas otra vez, abrió mis piernas con las rodillas dobladas y se metió de un solo embestida brutal. Grité. El coño, ya hinchado y resbaladizo de su corrida anterior, lo chupó entero hasta las bolas. El contraste me volvía loca: su pelvis negra contra mi coño rosado, brillando de jugos mezclados, abriéndome sin piedad.

Empezó a follarme lento al principio, profundo, como si quisiera grabarme cada vena, cada pulso. Yo le arañaba los hombros anchos, le mordía el labio inferior, confesándole entre gemidos que sí, que nunca nada me había llenado así, que su polla negra me tenía destrozada y que quería más. Él aceleró. Las embestidas se volvieron cortas, salvajes, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la habitación. Me agarró las tetas, apretó los pezones duros entre dedos oscuros y me folló como si el mundo se acabara en esa cama.

—Mira cómo te abre —gruñó contra mi boca—. Tu coño blanco empapado de mi leche… joder, Bianca, te estoy follando hasta el fondo y todavía me chupas más. Dime que lo quieres.

—Lo quiero todo —contesté, la voz rota—. Métela más duro. Quiero correrme otra vez con tu polla negra enterrada. Lléname otra vez si puedes. Úsame.

Me dobló casi por la mitad, las rodillas contra los hombros, y cambió el ángulo. Cada golpe me daba justo en ese punto que me hacía ver estrellas blancas. El orgasmo me subió de golpe, violento, las piernas temblando sin control. Grité su nombre mientras me corría a chorros alrededor de él, apretándolo, chorreando más semen y más fluidos míos sobre las sábanas ya empapadas. Él no paró. Me folló a través de las oleadas, sacándome más, prolongándolo hasta que lloré de placer puro.

Cuando el temblor bajó, me sacó, se sentó en el borde de la cama y me subió a horcajadas. Me guió con las manos grandes en las caderas blancas y me hice bajar despacio sobre su polla gruesa. Entró hasta el fondo otra vez. Yo cabalgué. Subía y bajaba, el culo rebotando, las tetas saltándole en la cara. Él me miraba, ojos negros fijos en el contraste de mi piel pálida montando su carne oscura. Me chupó un pezón, me mordió suave y me empujó hacia abajo con fuerza cada vez que yo bajaba.

—Así, joder… monta esa polla negra —ordenó, voz confesional y sucia—. Tu coño me está ordeñando. Siento cómo te mojas más. Correte encima de mí. Quiero verte correrte otra vez.

Obedecí. Me froté el clítoris hinchado con los dedos mientras cabalgaba, el coño haciendo ruidos obscenos al tragarlo entero. El segundo orgasmo de esta ronda me partió por la mitad. Me arqueé, grité, apreté y él embistió hacia arriba, follándome desde abajo hasta que se corrió otra vez. Lo sentí: chorros calientes, gordos, llenándome de nuevo, desbordándome. El semen me bajó por las bolas de él y por mis muslos mientras yo seguía temblando encima, riendo y gimiendo a la vez, el cuerpo entero convertido en un temblor dulce.

Nos quedamos así un rato, yo montada, él dentro, respirando como animales. El sudor nos brillaba: el mío claro sobre su pecho oscuro, el suyo salado cuando le lamí el cuello. Poco a poco se suavizó, aunque seguía gruesa y caliente. Me levanté con un gemido largo cuando salió, y el semen espeso me chorreó en un hilo blanco-grisáceo por la raja abierta hasta el culo. Me senté a su lado en la cama, las piernas abiertas, el vestido rojo hecho un desastre subido a la cintura, el pelo pegado a la frente.

Jadeábamos. Y entonces nos miramos y nos echamos a reír. Una risa ronca, cansada, de puro alivio y de lo jodidamente bueno que había sido. Él me pasó un brazo por los hombros y me atrajo. Yo le di un beso en la mandíbula, saboreando el salado.

—Hostia —dije entre risas y jadeos—. Creo que no voy a poder caminar derecho mañana. Tu polla me ha dejado el coño hecho un desastre delicioso.

—Y tu coño me ha chupado el alma —contestó él, riendo también, la voz grave todavía ronca—. Nunca había follado a una española así. Ese contraste… joder. Tus labios rosados abiertos alrededor de mí. Nunca lo olvido.

Nos levantamos despacio. Las piernas me temblaban de verdad. Busqué mi braga mojada en el suelo y me la puse aunque ya no servía de nada; el semen seguía resbalándome por dentro. Él se abrochó el pantalón, la camisa abierta aún. Yo me bajé el vestido, me peiné un poco con los dedos. Entonces vimos las máscaras tiradas cerca de la lámpara. Las recogí. Le puse el antifaz negro a él con cuidado, cubriéndole media cara otra vez, y él me colocó el mío, ajustándolo suavemente sobre mis ojos. Nos miramos enmascarados de nuevo, como al principio, pero ahora el cuerpo lo sabía todo: el olor a sexo, el temblor, el llenado.

Me atrajo contra su pecho ancho. El beso de despedida fue profundo, lento, lengua contra lengua, saboreando lo que habíamos sido. No había prisa. Solo la certeza de que esto se quedaba aquí. Cuando nos separamos, ambos respirábamos otra vez más fuerte.

—Esto se queda entre nosotros —susurré contra su boca, confesional del todo, la voz baja y clara—. Nuestro secreto más caliente. Sin nombres completos. Sin teléfonos. Sin compromisos. Solo el recuerdo de dos cuerpos de colores distintos uniéndose por puro y mutuo deseo. Tú, negro y grande; yo, blanca y abierta. Máscaras o no, esto no se lo contamos a nadie. Queda grabado aquí —le toqué el pecho— y aquí —me toqué el bajo vientre todavía sensible—. ¿De acuerdo?

Él asintió, la sonrisa blanca detrás del antifaz, los dedos oscuros aún rozándome la cintura un segundo más.

—De acuerdo, española. Nuestro secreto. El más jodidamente bueno.

Salimos al pasillo en penumbras. La música de abajo subía lejana. En la escalera de mármol nos separamos sin mirar atrás del todo, cada uno volviendo a la fiesta como si nada hubiera pasado, las máscaras puestas, el semen todavía caliente dentro de mí, el cuerpo cantando.

En la puerta del salón, antes de perdernos entre la gente, me giré una última vez. Él estaba a unos metros, mirándome. Levanté la voz solo lo justo para que me oyera por encima de la música, una confesión final lanzada al aire enmascarado:

—¿Vendrás a la próxima fiesta de máscaras… o me dejarás follándome sola con el recuerdo de tu polla negra?

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