Máscara y Ritmo Prohibido

En el carnaval de Río, Paulina se folla salvajemente a Desmond, el sambista negro de polla enorme.

28 min read August 22, 2026New

El carnaval de Río no perdonaba a nadie. La avenida se había convertido en un río de cuerpos sudorosos, plumas, glitter y alcohol barato; el olor a cerveza caliente, perfume barato y piel se mezclaba con el humo de los puestos de comida. Paulina, de veintiocho años, se abrió paso entre la multitud con el corazón latiéndole en la garganta. Su vestido corto de lentejuelas rojas le apretaba las tetas grandes y redondas, el escote tan profundo que casi se le escapaban los pezones con cada brinco, y la tela se le pegaba al culo carnoso como una segunda piel. Llevaba una máscara negra de plumas que le cubría solo los ojos; la boca, gruesa y pintada de rojo vivo, quedaba al descubierto, lista para lo que viniera.

No era su primera noche en la ciudad, pero sí la primera vez que se dejaba llevar de verdad. Venía de Europa con la cabeza llena de fantasías sucias que nunca se había atrevido a confesar en voz alta: un tío negro, grande, sudado, follándola sin piedad mientras el samba retumbaba. Esa noche el deseo le chorreaba entre las piernas.

La batería de la escuela de samba explotó más fuerte. Los sambistas avanzaban en formación, cuerpos negros y musculosos brillando bajo las luces. Y entonces lo vio a él.

Desmond. Treinta y dos años, hombros anchos como un armario, pecho marcado que sudaba a chorros bajo el chaleco abierto de lentejuelas doradas. El pantalón blanco le marcaba el bulto enorme, casi obsceno, que se balanceaba con cada paso de samba. La máscara plateada le dejaba libre la mandíbula fuerte y la boca carnosa. Cuando giró la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Paulina a través de las plumas, ella sintió un tirón directo en el coño.

Él se separó un segundo de la fila, como si el ritmo mismo lo empujara hacia ella. La multitud los apretó sin pedir permiso. El pecho sudado de Desmond chocó contra las tetas de Paulina. Ella jadeó.

—Desculpa, gostosa —murmuró él en portuñol ronco, la voz grave rozándole la oreja—. No te vi venir… o sí te vi, y por eso vine.

Paulina soltó una risa entrecortada, ya mojada.

—Mentiroso. Me estabas mirando el culo desde hace dos cuadras.

Desmond sonrió, mostrando dientes blancos, y sin pedir más permiso le puso una mano enorme en la cintura. Los dedos le quemaron la piel a través de la tela fina.

—Y tú me mirabas la polla. No te hagas la santa, gringa. Se te nota en la cara que quieres que te la meta hasta el fondo esta noche.

El calor le subió a las mejillas, pero no apartó la mano. Al contrario: se pegó más, dejando que el bulto duro de él se acomodara contra su vientre bajo. La batería marcaba un ritmo indecente y sus caderas empezaron a moverse solas. Paulina enrolló los brazos alrededor del cuello sudado de Desmond y frotó su coño vestido contra ese tubo grueso que le prometía destrozarla.

—Joder… —susurró ella, la respiración caliente en su boca—. Eres un puto animal. ¿Cuánto te mide eso?

Desmond se rió bajo, un sonido sucio, y le agarró el culo con las dos manos, apretando las nalgas gordas y separándolas un poco a través del vestido. Los dedos se le metieron casi entre el culo.

—Lo suficiente para dejarte coja mañana, putita. ¿Quieres probarla ya o prefieres que te la frote aquí, en medio de toda esta gente, hasta que te corras en las bragas?

Paulina gimió. El roce era brutal: la tela fina de su tanga ya estaba empapada y cada embestida de cadera de él le aplastaba el clítoris hinchado. La multitud los empujaba, los aplaudía sin saber, o quizás sí sabiendo. Alguien gritó algo en portugués y Desmond le lamió el cuello, salado, sucio, dejando un rastro de saliva hasta la clavícula.

—Me llamo Desmond —dijo contra su piel—. Y tú eres la gringa que se va a tragar mi leche esta noche. Dime tu nombre mientras me frotas ese coño caliente.

—Paulina —jadeó ella, moviendo la cadera con descaro, buscando más fricción—. Paulina, y sí, quiero que me folles como una perra. Aquí no… pero pronto. Joder, se te marca todo. Parece que me vas a partir en dos.

Él gruñó, satisfecho, y le metió una mano bajo el vestido por detrás, sin que nadie lo viera del todo en la confusión de plumas y cuerpos. Los dedos gruesos le rozaron la raja húmeda a través de la tanga empapada.

—Hostia, estás chorreando. Qué coño más goloso tienes, Paulina. Ya te imagino sentada en mi cara, ahogándome con ese jugo dulce mientras te abro el culo con los dedos.

Ella arqueó la espalda y le mordió el hombro, probando el sudor salado de su piel oscura. El contraste la volvía loca: su blancura pálida contra el negro brillante de él, sus tetas aplastadas contra ese pecho de piedra. La máscara de plumas le hacía cosquillas en la mejilla cuando se frotaban las caras. Desmond le agarró una teta por encima de la tela, apretando el pezón duro hasta hacerla soltar un gemido alto que se perdió en el estruendo de la batería.

—Mira cómo te pones —le dijo al oído, sucio, sin filtro—. Temblando como una zorra en celo solo porque un negro te está manoseando el coño en plena calle. ¿Te corre la polla blanca de tus novios de mierda o necesitas carne de verdad para mojarte así?

—Cállate y sígueme tocando —respondió ella, la voz rota de lujuria—. Méteme los dedos ya, aunque sea un poco. Quiero sentir cómo me estiras.

Desmond no se hizo de rogar. Apartó la tanga a un lado con dos dedos y le hundió el corazón del medio hasta el nudillo dentro de ese coño caliente y apretado. Paulina se mordió el labio para no gritar. Estaba empapada, resbaladiza, y el dedo grueso de él entraba con un sonido obsceno que solo ellos oían. Él la folló así, despacio, abriéndola mientras seguían bailando, disimulando el movimiento con el ritmo del samba. Cada vez que el bombo sonaba, él empujaba más hondo.

—Así, así, puta… apriétame el dedo. Imagínate cuando te meta la polla. Te voy a llenar hasta que se te salga por la boca. ¿Te gusta la idea de que un sambista te deje el coño destrozado y goteando leche negra por las calles de Río?

Paulina asintió como idiota, cabalgando ese dedo único, el clítoris rozando la palma de la mano enorme. El orgasmo ya le rozaba las piernas; el vientre se le contraía. Pero Desmond se lo negó: sacó el dedo justo cuando ella iba a correrse, se lo llevó a la boca y lo chupó con ruidos obscenos delante de su cara.

—Mm. Dulce. Como sospechaba. No te corras todavía, Paulina. Quiero que te guardes todo ese jugo para cuando te tenga arrodillada en algún callejón o en mi habitación, con las tetas fuera y la boca abierta.

Ella temblaba, furiosa de necesidad. Le bajó una mano al pantalón y le apretó el bulto sin vergüenza. La polla de Desmond era monstruosa: gruesa, larga, dura como hierro, y latía contra su palma. Ni siquiera cabía del todo en su mano. Él siseó y le embistió la mano una vez, grosero.

—Cuidado, gringa. Si sigues apretándola así me la saco aquí mismo y te la meto entre las tetas delante de todo el mundo. Y juro que no me importaría.

—Hazlo —lo desafió ella, la voz ronca—. O llévame ya. No aguanto más. Quiero esa polla dentro. Quiero que me folles salvaje, que me agarres del pelo y me uses.

La multitud dio un empujón colectivo al pasar otra alas. Desmond la sujetó contra su pecho para que no cayera y, en el mismo movimiento, le mordió el labio inferior hasta casi sacarle sangre, un beso sucio, de lengua profunda, sabiendo a cachaça y a deseo. Cuando se separaron, un hilo de saliva los unía todavía.

—No aquí —dijo él, mirando alrededor con los ojos encendidos—. Hay demasiados ojos. Pero conozco un lugar a dos calles. Un patio trasero de un bar donde la gente va a follar durante el carnaval. Oscuro. Solo se oye la música de lejos. Ahí te voy a bajar el vestido, te voy a poner de rodillas y te voy a follar la boca hasta que se te escurra la baba por las tetas. Después te doy la vuelta y te abro ese coño blanco con toda esta carne negra. ¿Vienes o te quedas temblando sola?

Paulina ni lo pensó. Le agarró la muñeca sudada y asintió, el coño palpitándole vacío, traicionado.

—Llévame. Y no seas suave. Quiero que me trates como lo que soy esta noche: tu puta de carnaval.

Desmond soltó una carcajada baja, animal, y empezó a abrirse paso entre la gente tirando de ella. Las máscaras de plumas se rozaban, los cuerpos ajenos los empujaban, pero la mano de él no soltaba la de Paulina. Cada pocos pasos se detenía lo justo para pegarla otra vez contra una pared improvisada de gente y frotarle la polla dura entre las nalgas, recordándole lo que le esperaba.

—Vas a gritar mi nombre —prometió contra su oreja mientras avanzaban—. Vas a mojarme los huevos. Y cuando termine contigo, todavía vas a pedirme más.

Paulina solo pudo apretarle la mano con más fuerza, el corazón desbocado, el vestido pegado a la piel por el sudor y el deseo. La noche de Río apenas empezaba, y la polla enorme de aquel sambista ya le había robado cualquier resto de vergüenza. Delante de ellos, el callejón oscuro esperaba. Detrás, la batería seguía latiendo como un segundo corazón sucio.

El callejón se tragaró el ruido de la avenida como una boca oscura. Desmond tiró de Paulina entre dos muros sudados de grafitis y basura de carnaval, plumas tiradas en el suelo, una botella rota que crujió bajo su pie. El patio trasero del bar era apenas un hueco entre edificios: una bombilla amarilla parpadeaba al fondo, la música de la batería llegaba amortiguada, un pulso lejano que les marcaba el culo. Nadie más. Solo el olor a orín viejo, a cerveza derramada y a piel caliente.

Desmond la empujó de espaldas contra la pared de ladrillo húmedo. El chaleco dorado se le abrió del todo y el pecho negro, brillante de sudor, aplastó las tetas de Paulina hasta que el vestido de lentejuelas le marcó los pezones duros. Ella gimió y enredó una pierna alrededor de su cadera, buscando otra vez ese tubo monstruoso.

—Mírate —gruñó él, la voz baja y sucia—. Ya estás empapada otra vez solo de caminar detrás de mi polla. Dime la verdad, gringa. ¿Cuánto tiempo llevas fantasmeando con que un negro te abra las piernas?

Paulina le agarró la cara con las dos manos, los labios rozándole la boca. El contraste la volvía loca: su piel pálida contra el negro profundo de él, el brillo del sudor, el olor a macho y a samba. La polla gruesa ya le empujaba el vientre bajo el pantalón blanco, dura, pesada, latiendo como si quisiera romper la tela.

—Desde que te vi —susurró ella, sin vergüenza, la respiración entrecortada—. Quiero probar a un negro. Quiero esa carne oscura destrozándome el coño. Quiero ver cómo me estiras, cómo me dejas el agujero abierto y goteando tu leche. Me tienes loca, Desmond. Se me resbala la tanga de lo mojada que estoy.

Él soltó un sonido gutural y le metió la mano bajo el vestido sin pedir permiso. Los dedos gruesos subieron por el interior del muslo, rozaron la tela empapada de la tanga y la apartaron de un tirón. El coño de Paulina estaba hinchado, resbaladizo, los labios abiertos. Desmond le hundió dos dedos de golpe hasta los nudillos. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido alto que se perdió contra su boca.

—Hostia, qué coño más puta —dijo él, moviendo los dedos en círculos lentos, abriéndola, frotándole el clítoris con el pulgar—. Chorreas como si te estuviera follando ya. Imagínate cuando te meta esta polla negra entera. Te va a doler al principio, Paulina. Te va a llegar al puto estómago. Y aun así me vas a pedir que te la meta más fuerte.

Le besó salvaje: lengua profunda, dientes en el labio inferior, saliva compartida. Paulina le chupó la lengua como si fuera la polla, gimiendo cada vez que los dedos se curvaban dentro y le rozaban ese punto que le hacía temblar las rodillas. El ladrillo le raspaba la espalda. El vestido se le había subido hasta la cintura. Desmond le agarró una teta por encima de la tela, apretó el pezón hasta hacerla soltar un grito ahogado y luego le bajó el escote de un tirón. Las tetas grandes y blancas saltaron libres, pezones rosados y duros. Él se inclinó y le lamió uno con la lengua ancha, sucia, dejando un rastro de saliva antes de chuparlo con fuerza.

—Joder… sí… —jadeó ella, clavándole las uñas en los hombros sudados—. Sigue tocándome. Mételos más hondo. Quiero correrme en tu mano negra antes de que me folles.

Desmond metió un tercer dedo. El coño de Paulina se estiró alrededor de esos dedos gruesos con un sonido obsceno, húmedo, chapoteante. Ella cabalgó la mano, las caderas moviéndose al ritmo lejano del samba, el culo golpeando la pared. Cada embestida le hacía rebotar las tetas. Él le mordió el cuello, le chupó la clavícula, le habló contra la piel:

—Dime lo que quieres, putita. Di en voz alta que quieres que el sambista negro te deje el coño destrozado. Que te gusta sentir mi piel oscura contra la tuya. Que te pone cachonda ver cómo mi polla negra se te pierde dentro de ese agujero blanco y apretado.

—Quiero tu polla negra —gritó ella casi, la voz rota—. Quiero que me la metas entera, que me agarres del pelo y me uses como tu puta de carnaval. Quiero probar a un negro de verdad, Desmond. Quiero que me llenes, que me dejes marcada, que se me escurra tu leche por los muslos mientras vuelvo a la fiesta. Por favor… no pares…

Él le sacó los dedos de golpe, se los llevó a la boca y los chupó con ruidos obscenos, mirándola a los ojos a través de las máscaras de plumas. Luego se los ofreció a ella. Paulina los lamió sin dudar, saboreando su propio jugo mezclado con el sudor de la mano de él. El sabor salado y dulce la hizo gemir otra vez.

Desmond se desabrochó el pantalón blanco lo justo. La polla saltó libre, monstruosa: gruesa como la muñeca de Paulina, larga, venosa, la cabeza oscura y brillante de precum, los huevos pesados y afeitados. La frotó contra el vientre bajo de ella, dejando un rastro de líquidos en la piel pálida. Paulina la agarró con las dos manos y ni siquiera le cabía. La palmeó, la apretó, le pasó el pulgar por la raja que goteaba.

—Mírala —susurró él, empujando las caderas—. Esta es la que te va a partir. ¿Todavía quieres probarla o ya te estás acobardando, gringa?

—Métela —suplicó ella, guiándola hacia su coño abierto—. Aunque sea la punta. Necesito sentirla.

Desmond le levantó un muslo y le rozó la cabeza gruesa entre los labios hinchados. El calor era brutal. Entró solo un poco, apenas la cabeza, y Paulina se quedó sin aire. Estaba tan ancha que le quemaba, le abría, le hacía ver estrellas. Él no empujó más. Se quedó ahí, frotándose, manchándola de precum, besándola con lengua y dientes mientras le susurraba basura:

—Siente cómo te abre. Imagina cuando te la clave toda de una. Te voy a tener contra esta pared, con las tetas fuera, el vestido hecho mierda, gritando mi nombre mientras te follo como una perra en celo. Y cuando te corras, te voy a dar la vuelta y te la voy a meter por el culo también. ¿Te gusta la idea de que un negro te use los dos agujeros en el carnaval?

Paulina temblaba entera. El coño le palpitaba alrededor de esa cabeza enorme, intentando tragar más. Le mordió el hombro, le chupó el pezón oscuro a través del chaleco abierto, le habló contra la piel:

—Hazlo. Fóllame ya. No aguanto más esta puta necesidad. Quiero sentir cómo me destrozas. Quiero tu polla negra latíendome dentro hasta que no pueda caminar.

Desmond le agarró el culo con las dos manos enormes, le separó las nalgas y empujó otro centímetro. El estiramiento era delicioso y brutal. Ella gimió alto, la cabeza echada hacia atrás, las plumas de la máscara rozándole la mejilla. Él la besó otra vez, salvaje, sucio, tragándose sus gemidos mientras la frotaba despacio, sin enterrarse del todo, manteniéndola al borde.

—No todavía —dijo contra su boca, la voz ronca de control—. Primero te voy a hacer correrte así, con solo la punta y mis dedos en el culo. Quiero verte temblar. Quiero que me mojes los huevos antes de darte lo que pides.

Le metió un dedo lubricado por el jugo de ella en el culo apretado al mismo tiempo que empujaba un poco más la polla. Paulina se corrió casi al instante: el orgasmo le subió desde el coño como una descarga, las paredes contrayéndose alrededor de esa cabeza negra gruesa, el culo apretándole el dedo, las tetas rebotando. Gritó su nombre, se le doblaron las rodillas, y Desmond la sostuvo contra la pared, riendo bajo y sucio mientras ella chorreaba.

—Así se hace, putita… mira cómo te corres solo de sentir un trozo de carne negra. Todavía no te he follado de verdad y ya estás hecha un desastre.

Paulina jadeaba, el cuerpo temblando, el coño aún palpitando vacío cuando él sacó la polla. El precum le brillaba en los labios hinchados. Desmond se la frotó una vez más por el clítoris sensible y luego se la guardó a medias en el pantalón, todavía dura y monstruosa.

—Vamos más adentro —murmuró, agarrándola de la muñeca otra vez—. Hay un cuarto vacío arriba del bar. Ahí te bajo del todo el vestido, te arrodillo y te folló la boca hasta que se te llene la garganta. Después te doy todo lo que me pediste. ¿Vienes o te quedas aquí goteando sola?

Ella ni contestó con palabras. Le apretó la polla a través de la tela una última vez, le lamió el pecho sudado y asintió, las piernas flojas, el deseo todavía ardiéndole entre las piernas como si el orgasmo no hubiera servido de nada. El ritmo lejano del samba seguía latiendo. Delante de ellos, la escalera oscura esperaba.

Desmond la arrastró por la escalera estrecha y crujiente, dos pisos arriba del bar, sin soltarle la muñeca. La puerta de la habitación cedió con un golpe de hombro: un cuarto minúsculo, colchón desvencijado contra la pared, una ventana entornada por la que entraba el retumbar lejano del samba y el griterío de la avenida. Olía a humedad, a cerveza derramada y a sexo viejo. La bombilla desnuda parpadeaba amarilla. En cuanto la puerta se cerró de un portazo, Paulina ya tenía las manos en el pantalón blanco de él.

—De rodillas, puta blanca —ordenó Desmond, la voz grave, sin suavidad—. Ábreme la boca y trágatela. Quiero ver cómo esa carita de gringa se ahoga con mi polla negra.

Ella obedeció al instante, las rodillas golpeando el suelo de madera. Le bajó el pantalón de un tirón. La verga monstruosa saltó libre otra vez, pesada, oscura, venosa, la cabeza hinchada y brillante de precum. Paulina la agarró con las dos manos y todavía le sobraba. Abrió la boca gorda, pintada de rojo, y se la metió de un solo movimiento, empujando hasta que la glande le rozó la garganta. Se atragantó, babas espesas le corrieron por la comisura, pero no se retiró. Chupó con ansia, lengua plana por debajo, succionando fuerte, tragando saliva y el sabor salado y macho de él.

Desmond le agarró el pelo con una mano enorme, las plumas de la máscara crujiendo entre sus dedos, y le embistió la cara. La polla negra desaparecía entre esos labios pálidos, estirándolos obscenamente. Cada vez que empujaba, la cabeza le golpeaba el fondo de la garganta y Paulina hacía ruidos húmedos, de puta ahogada, lágrimas de esfuerzo brillándole bajo la máscara.

—Así, zorra… trágatela entera. Mira cómo te queda la boca llena de carne negra. Eres una puta blanca de manual, Paulina. Solo sirve para chupar pollas de sambista. Más profundo. Quiero oírte atragantarte.

Ella gimió alrededor de la verga y empujó más, la nariz aplastada contra el vello rizado de la base, los ojos llorosos. La saliva le goteaba en hilos gruesos hasta las tetas que aún tenía fuera del vestido. Desmond la folló la boca con embestidas cortas y brutales, el sonido chapoteante llenando el cuarto. Cada vez que la sacaba, un hilo de baba y precum unía la cabeza oscura a la lengua de ella; cada vez que la volvía a meter, Paulina la recibía con hambre, chupando, lamiendo las bolas pesadas cuando él se lo permitía.

—Joder, cómo chupas… te encanta, ¿verdad? Te pone cachonda tener la garganta llena de negro. Dime que eres mi puta.

Sacó la polla solo lo justo para que ella pudiera hablar, la cabeza rozándole los labios hinchados.

—Soy tu puta blanca —jadeó Paulina, la voz rota, baba colgándole del mentón—. Tu zorra de carnaval. Métela otra vez. Quiero que me la metas hasta que no pueda respirar.

Él se rió sucio y se la hundió de nuevo hasta el fondo. La folló la boca un minuto más, hasta que las lágrimas le corrían por las mejillas y el coño de ella chorreaba sobre el suelo. Entonces la soltó del pelo, la polla saliendo con un sonido obsceno, y la levantó como si no pesara nada.

—A cuatro. Ahora. Culo en alto, vestido subido. Voy a destrozarte ese coño blanco.

Paulina se puso en cuatro sobre el colchón mugriento, el culo carnoso en alto, la tanga ya hecha jirones que él le arrancó de un tirón. Desmond se arrodilló detrás, le separó las nalgas pálidas con las manos enormes y le frotó la polla gruesa de arriba abajo por la raja empapada. Sin avisar, embistió. La cabeza negra abrió el coño de un golpe y siguió entrando, centímetro a centímetro, estirándola hasta el límite. Paulina gritó, los dedos clavándose en la sábana, el agujero blanco abriéndose alrededor de esa verga oscura y gruesa que parecía no caber.

—Hostia… joder, qué grande… me parte…

—Aguanta, puta. Toda. La. Quiero. Dentro.

Empujó hasta el fondo de una embestida brutal. Las caderas negras chocaron contra el culo blanco con un ruido húmedo. Se quedó enterrado un segundo, dejándola sentir cada vena, cada pulso, cómo le llegaba al puto estómago. Luego empezó a follarla. Embestidas salvajes, profundas, sin piedad. El colchón crujía. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación: chap-chap-chap húmedo y sucio. Cada embestida le hacía rebotar las tetas y le sacaba un gemido alto. Desmond le agarró las caderas con fuerza, los dedos hundidos en la carne blanda, y la usó como un trapo, sacando la polla casi del todo solo para clavársela entera otra vez.

—Mira cómo te tragas mi polla negra… se te ve el coño estirado, blanco y rojo, abierto como una puta. Te gusta, ¿eh? Te gusta que te folle como un animal.

—Sí… sí, Desmond… más fuerte… rómpeme…

Él le dio una palmada en el culo que dejó la marca de su mano oscura en la piel pálida y aceleró. Las embestidas eran brutales, el ritmo del samba lejano marcándoles el culo. Paulina se corrió gritando, el coño contrayéndose en espasmos alrededor de esa carne gruesa, chorreando jugo que le mojaba los huevos a él. Desmond no paró. La folló a través del orgasmo, más duro todavía, hasta que ella temblaba y pedía más con la voz hecha mierda.

Sin sacar la polla, la levantó. La alzó como si nada, la espalda de ella contra su pecho sudado, y la llevó hasta la pared. La puso de pie, una pierna enganchada en su codo, la otra temblando en el suelo, y la empaló otra vez de un solo empujón. Paulina gritó contra la pared, las tetas aplastadas al yeso frío, la polla negra entrando desde abajo, tan profunda que le quitaba el aire. Desmond la follaba en esa posición, embistiendo hacia arriba, agarrándole una teta con una mano y el cuello con la otra, mordiéndole el hombro.

—Puta blanca… gringa puta… sientes cómo te llega al fondo? Cómo te abre? Este coño era mío desde que te vi en la avenida.

Ella solo podía gemir y empujar hacia atrás, buscando más. El contraste la volvía loca: su piel pálida, sudada, contra el negro brillante de él; la verga oscura desapareciendo dentro de su agujero rosado y estirado. Cada embestida le hacía ver estrellas. Se corrió otra vez, las piernas flojas, y Desmond la sostuvo, riendo bajo contra su oreja.

—Todavía no. Ahora te toca a ti. Quiero verte cabalgarme. Quiero que te cojas tú misma con mi polla hasta que no puedas más.

La soltó, se tiró de espaldas en el colchón, la verga negra apuntando al techo, brillante de jugos de ella, monstruosa. Paulina no dudó. Se subió encima, se alineó y se dejó caer. La polla la abrió otra vez, más lenta esta vez porque era ella quien controlaba la bajada, centímetro a centímetro, gimiendo sin parar mientras su coño blanco se estiraba alrededor de esa gruesa carne oscura hasta que le tocó fondo. Se quedó un segundo ahí, llena hasta el límite, el clítoris rozando la base, y luego empezó a cabalgar.

Subía y bajaba con desesperación, las tetas botando, las manos en el pecho sudado de él. Desmond le agarraba las caderas y le embestía hacia arriba al mismo tiempo, clavándosela más hondo. El sonido era obsceno: húmedo, chapoteante, la polla saliendo y entrando cubierta de crema blanca. Paulina gritaba de placer puro, la cabeza echada atrás, las plumas de la máscara pegadas al sudor de la frente.

—Joder… se me estira tanto… me llena toda… tu polla negra me destroza el coño… sí, así… fóllame desde abajo…

—Eso es, putita. Cógete. Usa mi verga. Enséñame cómo una gringa se corre montando a un negro.

Ella aceleró, cabalgando con furia, el culo golpeando sus muslos. Cada bajada le sacaba un grito. Desmond le pellizcaba los pezones, le hablaba sucio, le decía que era su zorra de carnaval, que al día siguiente iba a caminar coja y goteando leche negra por las calles de Río. Paulina se corrió una tercera vez, el cuerpo entero temblando, el coño apretando en oleadas locas alrededor de la polla, chorreando hasta mojarle el vientre a él. Pero no se detuvo. Siguió moviéndose, más lenta ahora, saboreando cada centímetro, los ojos clavados en los de Desmond a través de las máscaras.

Él gruñó, los abdominales tensos, y le dio una palmada en el culo.

—No te corras del todo todavía. Quiero más. Quiero follarte otra vez contra esa ventana, quiero que te lo metas por el culo también, quiero dejarte llena hasta que se te salga por la boca. ¿Aguantas, Paulina? ¿O ya te rendiste?

Ella se inclinó, le lamió el pecho salado y le mordió el pezón oscuro, todavía con la polla enterrada hasta el fondo, el coño palpitando.

—Aguanto todo lo que me des —susurró, la voz ronca de puta satisfecha y hambrienta a la vez—. No has terminado conmigo. Fóllame hasta que no pueda ni hablar. Quiero tu leche. Quiero que me marques por dentro. Sigue…

Desmond sonrió, animal, y le dio la vuelta sin sacársela del todo, dejándola de nuevo a cuatro, la polla todavía dura y latiente dentro de ella. Afuera, el samba seguía retumbando como un corazón sucio. La noche de Río no había hecho más que empezar, y la verga enorme del sambista aún tenía horas de destrozarla por delante.

Desmond la embistió otra vez desde atrás con una violencia deliciosa, la polla negra enterrada hasta los huevos, abriéndole el coño destrozado y cremoso. Paulina gritó contra el colchón, los dedos clavados en la sábana mugrienta, el culo en alto recibiendo cada embestida brutal. El samba lejano marcaba el ritmo de esas caderas oscuras chocando contra su carne pálida: chap, chap, chap, húmedo, obsceno, el sonido de su jugo salpicando.

—Joder, gringa… este coño ya es mío —gruñó él, agarrándole el pelo y tirando de la cabeza hacia atrás hasta que las plumas de la máscara crujieron—. Mírate, abierta como una puta, tragándote toda mi carne negra. ¿Sientes cómo te llega al fondo? ¿Cómo te late dentro?

—Sí… sí, Desmond, rómpeme… no pares —jadeó ella, empujando hacia atrás para clavársela más hondo—. Quiero tu leche… lléname, fóllame hasta que se me salga por la boca…

Él sacó la verga casi del todo, la cabeza gruesa rozándole los labios hinchados y rojos, y se la volvió a clavar de un solo golpe. Paulina vio estrellas. El estiramiento era brutal, delicioso, su coño blanco y rosado abierto en un círculo perfecto alrededor de esa polla oscura y venosa. Desmond le escupió en el culo, le metió el pulgar en el agujero apretado y la folló más rápido, más duro, los huevos pesados golpeándole el clítoris con cada embestida.

El calor le subía por la espalda. Paulina se corría otra vez, las paredes del coño apretando en espasmos locos, chorreando jugo claro que le mojaba los muslos a él. Pero Desmond no aflojó. La usó a través del orgasmo, embistiendo sin piedad, hablándole sucio al oído mientras le mordía el hombro.

—Puta blanca de mierda… te encanta que un negro te destroce el agujero. Mañana vas a caminar coja, goteando mi leche por las calles de Río, y todo el mundo va a saber que te follé como una zorra en celo.

La levantó sin sacársela, la puso de rodillas en el borde del colchón mirando hacia la ventana entornada, las tetas colgando pesadas, y la empaló otra vez desde atrás. Ahora la follaba en ángulo profundo, una mano en su cuello, la otra pellizcándole el pezón hasta hacerla gritar. El contraste la volvía loca: su piel sudada y pálida contra el negro brillante de él, la verga oscura desapareciendo y saliendo cubierta de crema blanca, el olor a sexo y a macho llenando el cuarto minúsculo.

—Métela en el culo —suplicó Paulina, la voz hecha trizas—. Quiero los dos. Quiero que me uses del todo. Por favor, Desmond…

Él soltó una risa gutural, sacó la polla del coño empapado y se la frotó entre las nalgas. Con los jugos de ella como lubricante, empujó la cabeza gruesa contra el culo apretado. Paulina jadeó, forzó el cuerpo a relajarse, y la carne negra empezó a entrar, centímetro a centímetro, quemando, abriendo, llenándola de una forma distinta y salvaje. Cuando estuvo enterrada hasta la base, los dos se quedaron quietos un segundo, respirando agitado.

—Hostia… qué culo más puta —masculló él, empezando a moverse despacio—. Tan apretado… se te ve cómo me traga la polla negra. ¿Te gusta, Paulina? ¿Te gusta que te folle el culo como a una perra de carnaval?

—Me encanta… joder, me parte… más fuerte —gimió ella, empujando hacia atrás—. Fóllame el culo, Desmond. Lléname ahí también. Quiero sentir tu leche caliente dentro…

Desmond aceleró. Embestidas profundas, el culo de Paulina chapoteando alrededor de su verga, las tetas rebotando, el colchón crujiendo como si fuera a romperse. Le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, follándola por los dos agujeros, y ella se deshizo. El orgasmo le subió como una ola sucia, el culo contrayéndose alrededor de esa polla monstruosa, el coño chorreando en su mano. Desmond gruñó, las caderas descontroladas, y se corrió con ella.

La corrida fue brutal. Chorros espesos y calientes de leche negra le llenaron el culo a pulsos fuertes, tan abundantes que le rebosaron alrededor de la verga y le escurrieron por los muslos pálidos mezclados con su propio jugo. Desmond embistió hasta el final, vaciándose dentro, gruñendo su nombre, las manos aferradas a sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. Paulina gritaba, temblando, el placer tan intenso que se le nubló la vista, el cuerpo entero convulsionando alrededor de esa carne oscura que la marcaba por dentro.

Se quedaron así un largo rato, pegados, sudados, la polla de Desmond todavía latiente y semidura dentro del culo de ella, goteando. Él salió despacio y un hilo grueso de semen negro le chorreó del agujero abierto, bajándole por la raja hasta el coño destrozado y de ahí a los muslos. Paulina se giró, se dejó caer de espaldas en el colchón, las piernas abiertas, el vestido hecho jirones, las tetas al aire, la máscara de plumas torcida. Desmond se arrodilló entre sus piernas, la polla brillante de jugos y leche, mirándola con esa sonrisa animal.

Paulina no apartó la vista. Metió dos dedos en su propio coño, los hundió hasta el fondo y los sacó cubiertos de esa corrida negra espesa que se le escapaba a chorros. Se los llevó a la boca sin prisa, lamiéndolos despacio, chupando cada gota, saboreando el sabor amargo y salado de él mezclado con su propio dulzor. Lo miró a los ojos a través de las plumas mientras lo hacía, la lengua larga y rosa limpiando los dedos con ruidos obscenos, tragando su leche como si fuera el mejor postre del carnaval.

—Mm… sabe a ti —susurró, la voz ronca, metiéndose otra vez los dedos y ofreciéndoselos a él después de chuparlos—. Tu leche negra… me tienes llena hasta el puto estómago. Se me escurre por el culo y por el coño. Mírame.

Desmond se inclinó, le chupó los dedos limpios y luego le besó la boca, compartiendo el sabor de su propia corrida. El beso fue sucio, lento, de lengua profunda, sin prisa ahora que el hambre se había calmado un poco. Cuando se separaron, un hilo de saliva y semen los unía todavía.

—Eres una puta perfecta, Paulina —murmuró él, pasándole el dorso de la mano por la mejilla sudada—. La mejor gringa que me he follado en años de carnaval. Ese coño… ese culo… joder.

Ella se rió bajo, satisfecha, y se limpió otra vez con los dedos lo que le seguía chorreando, lamiéndolos delante de su cara una vez más. El sabor de Desmond le llenaba la boca, le impregnaba la lengua, le bajaba por la garganta. Se sentía marcada, usada, deliciosamente rota. Las piernas le temblaban. Sabía que al día siguiente caminaría coja y que cada paso le recordaría cómo esa polla negra la había abierto.

Se ayudaron a vestirse a medias en silencio cómplice. Paulina se subió el escote como pudo, aunque las tetas seguían marcándose y el vestido de lentejuelas estaba arrugado y manchado. La tanga era un recuerdo en el suelo. Desmond se metió la polla todavía pesada en el pantalón blanco, el chaleco dorado abierto sobre el pecho sudado. Las máscaras de plumas seguían en su sitio, un poco torcidas, como si el carnaval mismo les hubiera puesto la cara de lo que eran esa noche.

Bajaron la escalera juntos. En la puerta del callejón, antes de volver a la avenida que seguía rugiendo de música y cuerpos, Desmond la empujó una última vez contra la pared y le besó el cuello, lamiéndole el sudor.

—Mañana por la noche —dijo contra su piel, la voz grave—. Misma avenida. Misma hora. Cuando la batería de mi escuela empiece el segundo bloque. Te busco entre la gente. Y esta vez te llevo a un sitio mejor. Una terraza con vistas. Te voy a follar con Río entero abajo y tú gritando mi nombre. Quiero verte otra vez con mi leche negra escurriéndote por los muslos mientras bailas samba. ¿Vienes?

Paulina le apretó la polla a través de la tela una última vez, sintiéndola latir, ya medio dura otra vez solo de pensarlo. Le miró a los ojos y sonrió, esa sonrisa de puta cómplice, de mujer que ya estaba planeando cómo se lo iba a montar al día siguiente.

—Vendré —prometió, lamiéndole el labio inferior—. Y me pondré sin bragas. Quiero que me la metas en cuanto me veas. Quiero que me folles otra vez hasta que no pueda ni recordar mi nombre. Esta polla… joder, Desmond, me tienes adicta. Mañana te la chupo otra vez hasta que me dejes la garganta destrozada. Y después quiero que me la metas en el culo otra vez, más fuerte. Quiero volver a casa llena de ti.

Él soltó una carcajada baja, le dio una palmada en el culo y la soltó.

—Hasta mañana entonces, mi putita de carnaval. No te laves demasiado. Quiero olerte a mí cuando te encuentre.

Salieron del callejón y se fundieron en la multitud. La avenida los tragó: plumas, glitter, sudor, el estruendo de la batería, el olor a cerveza y a piel caliente. Paulina caminaba con las piernas flojas, el coño y el culo todavía goteando un poco de esa leche negra que le había limpiado con los dedos y se había tragado mirándolo a los ojos. Cada paso le recordaba cómo la había estirado. El sabor de Desmond le llenaba la boca. El de ella le brillaba todavía en la polla a él, debajo del pantalón.

Mientras se dejaba llevar por la corriente de gente, ya estaba planeando. Mañana se pondría el vestido más corto que tuviera. Sin nada debajo. Se maquillaría la boca de rojo otra vez. Llegaría temprano a la avenida y lo buscaría entre los sambistas, el corazón latiéndole en la garganta y el coño ya mojado solo de recordar esa verga monstruosa. Esta vez no se irían a un cuarto mugriento. Esta vez querría que la follara con la ciudad entera como testigo lejano, en esa terraza que él había prometido, con las luces de Río a sus pies y la polla negra de Desmond destrozándola otra vez hasta dejarla temblando y llena.

Sonrió detrás de la máscara de plumas, el ritmo del samba empujándola hacia adelante, el sabor de él todavía en la lengua, ya contando las horas.

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