Lavadora Caliente: La Compañera de Piso se Entrega al Vecino
Laura, de 28 años, se arrodilla ante el vecino Diego y se deja follar duro en la lavadora mientras su cornudo marido lo ve por vídeo.
Laura, de veintiocho años, bajaba las escaleras del sótano con la cesta de ropa sucia apoyada en la cadera, sintiendo ya ese cosquilleo traicionero entre los muslos. El edificio antiguo tenía una lavandería compartida que se había convertido en el centro de sus pensamientos más oscuros. La lavadora de su apartamento se averiaba cada dos por tres, y Carlos, su marido de treinta y dos años que trabajaba como oficinista en una aseguradora del centro, siempre se quejaba pero nunca la arreglaba. Diego, el mecánico robusto de treinta y cinco años que vivía en el piso de al lado, parecía estar siempre allí abajo, con sus brazos tatuados y manchados de grasa, su olor a hombre que trabajaba duro impregnando el aire húmedo.
Carlos había notado el cambio en su esposa. Al principio eran miradas. Diego la recibía con una sonrisa torcida y le decía cosas como: «Otra vez por aquí, Laura. Ese culo tuyo alegra el sótano entero». Ella se sonrojaba hasta las orejas, sentía los pezones endurecerse contra el sujetador y respondía con un hilo de voz que apenas disimulaba la humedad que se le acumulaba en las bragas. Carlos, cuando la veía regresar con las mejillas encendidas y la respiración agitada, sentía una mezcla de celos ácidos y una excitación perversa que le endurecía la polla en los pantalones del traje. En su cabeza daba vueltas la misma idea: «Mi mujer se moja por ese animal y yo no soy capaz de enfadarme de verdad».
La tensión creció con cada avería. Una tarde, Diego estaba reparando una moto vieja en el sótano mientras la lavadora centrifugaba. Laura llevaba una camiseta de tirantes fina y leggins que marcaban cada curva de sus caderas anchas. Diego se limpió las manos en un trapo y se acercó más de lo necesario.
—Estás temblando, vecina. ¿Tienes frío o es que te pone nerviosa que te mire las tetas? —le soltó sin rodeos, clavando los ojos en sus pezones marcados.
Laura tragó saliva. El corazón le golpeaba fuerte. En su mente gritaba que debía callarse, subir corriendo, pero su coño palpitaba con fuerza. Regresó al apartamento y Carlos la encontró distraída, mordiéndose el labio mientras preparaba la cena. Esa noche follaron, pero ella cerró los ojos y pensó en los brazos fuertes de Diego sujetándola contra la lavadora. Carlos se corrió rápido, como siempre, y ella fingió un orgasmo que no llegó.
Cuando Carlos tuvo que viajar tres días por trabajo a otra ciudad, todo estalló. La videollamada empezó inocente, pero Laura estaba sentada en la cama con las piernas abiertas y solo una camiseta larga. Su cara brillaba de excitación.
—Carlos… no aguanto más —confesó con voz ronca—. Diego ya no se corta. Ayer me acorraló contra la secadora, me puso la mano en la cintura y me dijo al oído que llevaba semanas oliendo mi coño mojado cada vez que bajo. Me dijo que si fuera suya me follaría hasta que gritara su nombre. Y yo… me fui al baño del sótano y me corrí frotándome como una perra. Quiero entregarme, cariño. Lo deseo tanto que me duele.
Carlos, desde la cama del hotel, tenía la polla en la mano sin atreverse a decirlo. El corazón le latía desbocado. La humillación le quemaba, pero la verga le dolía de lo dura que estaba.
—Laura… si de verdad lo quieres… entrégate. Pero grábalo. Quiero verlo todo. Quiero oír cómo te dice que soy un cornudo mientras te abre ese coño que es mío.
Ella gimió al escucharlo. Sus dedos ya bajaban entre sus labios hinchados.
—Quiero que me folle delante de ti, aunque sea por vídeo. Quiero que vea lo mojada que estoy por él y lo poco que me hace tu polla última.
La llamada terminó con ambos corriéndose por separado, prometiendo que esa misma noche ella bajaría.
La lavandería del sótano estaba en penumbra, solo iluminada por una bombilla sucia. La lavadora grande del fondo vibraba ya con un ciclo de centrifugado cuando Laura apareció con la cesta. Llevaba una falda vaquera corta que apenas cubría la mitad de sus muslos y una blusa blanca anudada bajo los pechos, dejando ver el encaje del sujetador. Diego estaba apoyado contra la pared, limpiando una llave inglesa. Su camiseta sin mangas marcaba cada músculo del pecho y los hombros. Cuando la vio, sonrió como un depredador.
—Vaya, la putita casada bajó sola. ¿Dónde dejaste al inútil de tu marido?
Laura dejó la cesta en el suelo. Tenía las mejillas ardiendo, pero ya no había vuelta atrás. Se acercó hasta quedar a un palmo de él. El olor a sudor limpio y metal de Diego la mareaba de deseo.
—Está de viaje. Y yo ya no quiero seguir fingiendo, Diego. Llevas meses calentándome. Cada vez que me miras el culo o me dices guarradas se me moja el coño. Quiero que me folles. Duro. Y quiero grabarlo con el móvil para mandárselo a Carlos. Quiero que vea cómo un macho de verdad me usa mientras él solo puede pajearse.
Diego soltó una risa grave y la agarró del pelo con firmeza pero sin violencia. Laura jadeó.
—Joder, qué zorra salida estás hecha. Llevo imaginando cómo te rompo ese coño de esposa aburrida desde la primera vez que te vi. Arrodíllate, Laura.
Ella obedeció al instante, las rodillas contra el cemento frío. Con dedos ansiosos abrió el pantalón de Diego y sacó su verga gruesa. Era pesada, venosa, más de veinte centímetros de carne dura y oscura con un glande hinchado que brillaba de precum. Comparada con la polla fina y corta de Carlos era otra cosa. Laura la olió, lamió la base y luego la metió en su boca con hambre. Chupaba como si llevara años deseándolo: succionaba, lamía, se la metía hasta la garganta provocando arcadas húmedas y babas que le caían por la barbilla. Con la mano libre sostenía el móvil grabando todo en vertical, enfocando su cara de puta entregada y la polla que le deformaba los labios.
—Así, puta casada —gruñó Diego, sujetándole la cabeza—. Chúpamela mejor de lo que jamás le has chupado a ese cornudo. Mira a la cámara y dile a tu marido lo que estás haciendo.
Laura sacó la polla un segundo, jadeando, hilos de saliva conectando sus labios con el glande.
—Carlos… mira cómo le como la polla al vecino. Es mucho más grande que la tuya. Me está poniendo cachonda como tú nunca lo has conseguido.
Diego la levantó, le dio la vuelta y la colocó a cuatro patas encima de la lavadora que vibraba con fuerza. El movimiento constante le golpeaba el clítoris a través de la falda subida. Diego le arrancó las bragas de un tirón, escupió en su coño ya empapado y la penetró de golpe hasta el fondo. Laura gritó de placer puro. La verga de Diego la abría como nunca, rozando puntos que Carlos ni siquiera sabía que existían.
— ¡Sí! ¡Fóllame, Diego! ¡Más fuerte!
Él la agarró de las caderas y empezó a bombear con brutalidad. El sonido de sus huevos golpeando contra el coño mojado de Laura se mezclaba con el ruido de la lavadora. Cada embestida la empujaba contra la superficie vibrante.
—Esto es lo que querías, ¿verdad, zorra? Una polla de verdad. La de tu marido es un lápiz comparada con esto. Siente cómo te reviento el coño, puta casada. Dile a la cámara lo puta que eres.
Laura gemía sin control, el móvil grabando su cara de éxtasis.
— ¡Es mucho mejor! ¡Me está follando como una perra! ¡Me corro… me corro!
El primer orgasmo la atravesó como un rayo. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de la gruesa verga, expulsando jugos que le chorreaban por los muslos. Diego no paró. La sacó, la giró y la puso de pie contra la pared fría. Le levantó una pierna, la sujetó por el culo y volvió a entrar de un solo golpe profundo. En esta posición la penetraba aún más adentro, golpeando su cervix con cada embestida.
—Otra vez, Laura. Córrete otra vez en mi polla mientras tu marido ve cómo te rompo.
El segundo orgasmo llegó más intenso. Laura gritó, arañó la espalda de Diego, su coño latiendo salvajemente. Diego rugió, aceleró y finalmente se enterró hasta el fondo, descargando chorros espesos y calientes de semen dentro de ella. Laura sintió cada pulsación, cada disparo llenándola hasta rebosar.
Cuando Diego salió, un río blanco y denso empezó a correr por el interior de sus muslos. Ella aún temblaba. Detuvo la grabación, respirando entrecortada, y envió el vídeo completo a Carlos junto con un mensaje de voz largo y detallado.
—Cariño… su polla es enorme. Me abrió el coño como tú nunca podrás. Me folló encima de la lavadora vibrando y contra la pared como una puta barata. Me corrí dos veces gritando su nombre. Su semen está tan caliente y hay tanto que me chorrea hasta las rodillas. Folla mucho mejor que tú, Carlos. Me ha marcado por dentro. Mañana cuando vuelvas vas a ver lo que queda de tu mujercita.
Al día siguiente, Carlos abrió la puerta del apartamento con las manos temblando. El olor a comida casera lo recibió, pero lo que vio le secó la boca. Laura estaba frente a los fogones solo con un conjunto de lencería negra de encaje transparente: el sujetador apenas contenía sus tetas pesadas y el tanga se perdía entre sus nalgas. Se movía descalza, con el cabello suelto y una sonrisa satisfecha. Diego estaba sentado a la mesa, sin camiseta, bebiendo una cerveza, sus músculos brillando bajo la luz de la cocina. Laura se giró hacia su marido, el semen seco de la noche anterior aún visible como una costra ligera en la cara interna de sus muslos.
—Bienvenido, Carlos. Diego se quedó a comer porque anoche no fue suficiente para ninguno de los dos. Le estoy preparando su plato favorito y después…
Laura se giró completamente hacia la puerta, con el delantal abierto dejando a la vista el conjunto de lencería negra que apenas contenía sus tetas pesadas. El encaje transparente marcaba sus pezones oscuros y endurecidos, y el tanga se perdía entre sus nalgas anchas y firmes de veintiocho años. En la cara interna de sus muslos aún se distinguían rastros secos del semen de Diego de la noche anterior. Carlos, su marido de treinta y dos años que acababa de regresar del viaje de trabajo, se quedó clavado en el umbral con el maletín colgando de la mano. El olor a comida casera se mezclaba con el aroma denso y animal de sexo reciente que flotaba en la cocina.
—Bienvenido, Carlos. Diego se quedó a comer porque anoche no fue suficiente para ninguno de los dos. Le estoy preparando su plato favorito y después… —repitió Laura con voz cargada, acercándose a la mesa mientras movía las caderas con descaro.
Diego, el mecánico de treinta y cinco años, estaba sentado sin camiseta, sus músculos marcados y tatuados brillando bajo la luz. Bebía la cerveza con calma, mirando al cornudo con una sonrisa torcida. Carlos sintió que el estómago se le cerraba, pero su polla traidora empezó a hincharse dentro de los pantalones del traje. La humillación le quemaba la cara y al mismo tiempo le endurecía la verga hasta que le dolía.
—Siéntate ahí, cornudo —ordenó Diego con voz grave, señalando una silla cercana—. Tu mujer ya no finge. Anoche la dejé tan llena que esta mañana me despertó con la boca llena de mi polla. Come y mira. Hoy vas a ver en directo cómo la uso otra vez.
Laura soltó una risita ronca y se sentó en el regazo de Diego, abriendo las piernas para que su coño cubierto solo por el tanga rozara el bulto que ya crecía bajo los pantalones del vecino. Carlos obedeció, sentándose con las manos temblando. Sacó su polla pequeña y fina, empezando a masturbarse despacio mientras veía cómo Laura besaba a Diego con hambre. Las lenguas se enredaban, ruidosas y húmedas. Las manos grandes y callosas de Diego bajaron por la espalda de ella, agarraron sus nalgas con fuerza y separaron la carne, haciendo que el tanga se clavara más profundo entre sus labios hinchados.
—Está chorreando otra vez —gruñó Diego contra la boca de Laura—. Su coño ya huele a puta en celo. ¿Lo hueles, Carlos? Ese olor nunca lo tuvo para ti.
Laura gemía bajito, moviendo las caderas en círculos sobre la verga dura de Diego. En su cabeza solo había placer salvaje: «Por fin soy libre. Carlos nunca me hizo sentir este fuego. Cada vez que Diego me toca, mi coño se abre solo para él». Se levantó un poco, se quitó el tanga con un movimiento rápido y lo lanzó a la cara de su marido. El olor intenso de su excitación impregnó el aire. Carlos lo olió como un perro, pajeándose más rápido, la cara roja de vergüenza y deseo.
Diego se abrió los pantalones y sacó su polla gruesa, venosa, de más de veinte centímetros. El glande morado brillaba con precum. Laura se arrodilló entre sus piernas abiertas bajo la mesa y la devoró con ansia. Metió la cabeza hasta el fondo, provocando arcadas húmedas y babas que caían en hilos gruesos sobre sus tetas. Chupaba con ruido, succionando, lamiendo la base, metiéndose los huevos pesados en la boca uno a uno mientras su mano libre se frotaba el clítoris hinchado.
—Así, zorra casada —gruñó Diego, agarrándola del pelo—. Chúpamela mejor de lo que jamás le chupaste a ese inútil. Míralo a los ojos y dile lo que estás haciendo.
Laura sacó la polla un segundo, jadeando, con los labios hinchados y brillantes de saliva.
—Carlos… estoy comiéndole la polla al vecino mientras preparo su comida. Es enorme, caliente, me llena la garganta. La tuya es un triste lápiz que ni me hace cosquillas. Me pone mucho más cachonda que tú en toda nuestra vida juntos.
Carlos gimió, al borde del orgasmo, pero se detuvo porque Laura le ordenó con la mirada que no se corriera todavía. Diego la levantó entonces como si no pesara nada, la sentó en el borde de la mesa y le abrió las piernas de par en par. Su coño estaba empapado, los labios mayores rojos y abiertos, el interior brillando con crema espesa. Diego escupió sobre el clítoris y frotó su glande grueso contra la entrada, torturándola.
—Pídeselo a tu marido —exigió.
—Por favor, Carlos… mira cómo Diego me abre el coño que ya no te pertenece —suplicó Laura con voz rota de deseo.
Diego empujó de golpe. La polla gruesa desapareció hasta el fondo en un solo movimiento, estirando las paredes de Laura hasta el límite. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito largo y gutural. El placer era tan intenso que le nubló la vista. Cada centímetro le rozaba puntos que Carlos jamás había alcanzado. Diego empezó a bombear con brutalidad, haciendo que la mesa se moviera y los platos vibraran. El sonido de los huevos pesados golpeando contra el coño mojado era obsceno, chapoteante, mezclándose con los gemidos descontrolados de Laura.
— ¡Joder, qué coño tan caliente y apretado tienes, puta! —rugía Diego, agarrándola de las tetas y pellizcando los pezones con fuerza—. Tu marido solo te daba migajas. Yo te estoy dando la polla que mereces.
Laura se corrió por primera vez a los pocos minutos, con un orgasmo que le hizo convulsionar todo el cuerpo. Sus paredes internas se cerraron como un puño alrededor de la verga de Diego, expulsando jugos que salpicaron el suelo de la cocina. Sus muslos temblaban sin control, pero él no detuvo las embestidas. Siguió follándola más duro, inclinándose para morderle el cuello y dejarle marcas visibles.
—Otra vez, zorra. Córrete otra vez mientras el cornudo se pajea con su polla de niño —le ordenó.
Laura obedeció. El segundo orgasmo fue aún más fuerte. Gritó el nombre de Diego, arañó su espalda tatuada, y su coño soltó otro chorro caliente que mojó el abdomen marcado del mecánico. Carlos observaba todo con los ojos vidriosos, su mano moviéndose frenética sobre su verga pequeña, sintiendo cómo la humillación le llegaba al alma y al mismo tiempo le hacía desear más.
Diego la giró entonces, poniéndola a cuatro patas sobre la mesa. Entró de nuevo desde atrás, agarrándola del pelo como si fueran riendas. Sus caderas chocaban contra las nalgas de Laura con golpes secos y potentes. La carne de ella temblaba con cada impacto. El sudor corría por la espalda de ambos, el olor a coño follado y a semen viejo se volvía más denso.
—Dile lo que sientes de verdad —exigió Diego sin dejar de bombear.
—Carlos… su polla me destroza de una forma que tú nunca podrás. Me llega al fondo, me revienta el útero, me hace sentir llena de verdad. Tú solo me dabas tres minutos y un chorrito triste. Él me folla como una perra y me encanta. Soy suya ahora.
El tercer orgasmo de Laura llegó mientras Diego le daba nalgadas fuertes, dejando las marcas rojas de sus manos en su culo blanco. Ella gritó hasta quedarse ronca, el coño contrayéndose y ordeñando la verga que la partía. Diego aceleró, sudando, los músculos de sus brazos y abdomen tensos como cables. Rugió como un animal y se enterró hasta el fondo una última vez.
Chorros espesos y calientes de semen salieron disparados dentro de Laura, inundando su útero. Ella sintió cada pulsación, cada disparo potente que la llenaba hasta rebosar. Cuando Diego se retiró lentamente, un río blanco y denso empezó a chorrear de su coño abierto, cayendo en goterones gruesos sobre la mesa y el suelo. Laura temblaba, apoyada en los codos, con la respiración entrecortada y una sonrisa de pura satisfacción en los labios.
El sexo había terminado.
Diego se dejó caer en la silla, la polla todavía semierecta y brillante de jugos y semen. Laura se bajó de la mesa con piernas inestables, el semen corriéndole por los muslos hasta las rodillas. Se acercó a Carlos, que seguía con su polla pequeña en la mano sin haberse corrido, y le acarició la mejilla con falsa dulzura.
—Ahora viene el secreto, cariño —dijo con voz baja y firme, mirando de reojo a Diego que sonreía sabiendo exactamente lo que venía—. Llevamos follando a tus espaldas cuatro meses, no solo desde el viaje. Lo supe cuando me hiciste grabar el vídeo de la lavadora. Diego lo sabe desde el primer día. Y hay algo más que solo nosotros dos sabemos: dejé de tomar la píldora hace tres meses. Anoche, cuando me llenó en el sótano, estaba ovulando. Es casi seguro que ya estoy embarazada de él. Tú no podrás ser padre nunca, pero yo voy a tener el hijo de un macho de verdad. Si quieres quedarte, serás el cornudo que nos limpie y nos pague las facturas. Esa es la verdad que solo Diego y yo conocíamos hasta ahora.
Laura se giró, besó profundamente a Diego delante de su marido y dejó que otro chorro de semen cayera al suelo mientras la cocina quedaba en silencio, solo roto por la respiración entrecortada de Carlos.
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