Noche de Estudio: Su Culo entre Mis Manos
Miriam se pone a cuatro patas y le ruega a Marco que le folle el culo duro esa noche.
La lámpara de escritorio proyectaba un círculo amarillento sobre los apuntes de derecho mercantil esparcidos por la mesa del salón. Afuera, la ciudad dormía a ratos; adentro, solo se oía el roce del bolígrafo de Miriam contra el papel y la respiración contenida de Marco, sentado a su lado. Ella tenía veintiún años, el pelo castaño recogido en un moño deshecho y unos shorts de algodón gris que se le metían entre los glúteos cada vez que se inclinaba. Él, veinticuatro, no lograba concentrarse en el código civil.
Miriam se estiró hacia adelante para subrayar un párrafo. La tela se tensó. Marco tragó saliva. Aquel culo redondo, firme, se le ofrecía a pocos centímetros, las mejillas suaves separadas apenas por la costura. Ella lo sabía. Notó el silencio de él, la forma en que el bolígrafo se detuvo a mitad de una frase. Sonrió de lado, sin mirarlo, y se movió otra vez, más despacio, balanceando las caderas como si buscara una postura cómoda. El short subió un centímetro. Marco sintió el calor subirle por el cuello.
—¿Todo bien? —preguntó ella con voz inocente, girando la cara. Los labios humedecidos, la mirada juguetona.
—Sí… solo… el tema de las obligaciones es un coñazo.
Ella se rió bajito, se levantó y rodeó la mesa. Se colocó detrás de su silla, apoyó las manos en los hombros de él y se inclinó hasta rozarle la oreja con los labios.
—Ayúdame con esto —susurró, y sin esperar respuesta se deslizó sobre su regazo, de espaldas a él, acomodando el culo exactamente encima de la entrepierna de Marco.
El contactó fue inmediato. Él ya estaba semiduro; al sentir el peso cálido y el movimiento deliberado de Miriam frotándose sutilmente, la erección creció completa bajo el pantalón de chándal. Ella se removió, fingiendo acomodarse para ver el libro abierto delante de ellos, pero cada roce era un golpe seco de deseo. Marco le rodeó la cintura con un brazo.
—Miriam…
—Shhh. Explícame el artículo ciento doce —pidió ella, y empujó el culo hacia atrás con más presión, dibujando círculos lentos. —Porque yo solo puedo pensar en otra cosa.
Él le besó el cuello, primero suave, después con dientes. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido corto. Las risas se entrelazaron con los besos; las manos de Marco subieron bajo la camiseta holgada, encontraron los pechos sin sujetador, pezones ya duros. Miriam giró la cabeza y lo buscó con la boca. El beso fue hondo, lenguas torpes de tanto querer. Cuando se separaron, ella le susurró contra los labios:
—Llevo días fantaseando con que me toques ahí atrás… que me abras… que me folles el culo.
Marco se quedó un segundo en silencio, la polla palpitándole contra la tela de los shorts de ella.
—¿De verdad lo quieres? ¿Esta noche?
Ella asintió con ganas, los ojos brillantes.
—Sí. Quiero que me folles el culo esta noche. Duro. Como has soñado. Me pongo a cuatro patas y te lo ruego si hace falta.
No hizo falta. Marco la levantó como si no pesara, la cargó hasta el dormitorio y la dejó de pie al borde de la cama. Le bajó los shorts y la braguita en un solo movimiento. Miriam quedó desnuda de cintura para abajo, el coño ya brillante, el culo perfecto. Él la hizo arrodillarse sobre el colchón, pecho contra las sábanas, rodillas abiertas. Se arrodilló detrás, le separó las nalgas con ambas manos y contempló el agujero rosado, cerrado, temblando un poco de anticipación.
Primero bajó la cara. La lengua caliente recorrió el períneo, subió y se clavó en el centro. Miriam gritó ahogado, empujó hacia atrás contra la boca de él. Marco comió su culo con hambre: lengua profunda, salivando, chupando el borde, metiendo la punta lo más adentro que podía mientras ella gemía y se retorcía.
—Joder… así… más…
Él no paró hasta que el agujero estuvo relajado y brillando de saliva. Entonces se quitó la ropa, sacó el bote de lubricante del cajón y se untó la polla gruesa, venosa, ya goteando. Puso dos dedos llenos de gel dentro del culo de Miriam, abriéndola despacio, tijera suave. Ella respiraba entrecortada.
—Metela. Por favor. Fóllame ya.
Marco alineó la cabeza contra el anillo apretado y empujó. Entró centímetro a centímetro, sintiendo cómo el culo lo devoraba, caliente y estrecho hasta doler de placer. Miriam soltó un gemido largo, las uñas clavadas en la sábana.
—Tan grande… joder, me lo estás abriendo todo…
Cuando estuvo enterrado hasta las pelotas, se quedó quieto un momento, acariciándole la espalda. Luego empezó a moverse. Primero lento, sacando casi toda la longitud y volviendo a hincar. Después más rápido. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo del culo llenó la habitación. Miriam empujaba hacia atrás al encuentro de cada embestida, el culo rebotando contra la cadera de Marco.
—Más duro. Fóllame el culo como si fuera mío solo para ti.
Él le agarró las caderas con fuerza y la embistió de verdad: profundas, secas, el ruido de piel contra piel. El ano se abría y se cerraba alrededor de él, rojo, usado, precioso. Miriam gemía sin tapujos, la cara aplastada contra la almohada, babeando.
Cambió de posición. Se tumbó de espaldas y ella se montó en vaquera inversa, dándole la espalda. Miriam bajó despacio, guiando la polla otra vez dentro de su culo, y cuando estuvo sentada del todo empezó a rebotar, controlando el ritmo. Se tocó el clítoris con dos dedos mientras subía y bajaba, el culo tragándose la verga de Marco una y otra vez. Él le miraba la espalda arqueada, el agujero estirado alrededor de su polla, y le daba palmadas suaves en las nalgas.
—Así, nena… úsame el culo… córrete conmigo dentro.
Ella aceleró, frotándose el coño con desespero. Los gemidos se volvieron gritos. Marco sintió que no aguantaba mucho más. La tumbió de lado, se colocó detrás, le alzó una pierna y volvió a penetrarla analmente con embestidas largas y profundas. Una mano le rodeó la cintura y le frotó el coño hinchado, circulando el clítoris empapado. Miriam se corrió primero: el orgasmo le sacudió el cuerpo entero, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de la polla de Marco, un grito ronco que se quebró en sollozos de placer. Él la siguió segundos después, empujando hasta el fondo y vaciándose a chorros calientes dentro de su ano, gritando el nombre de ella.
Se quedaron así, jadeando, sudados. Marco salió con cuidado; el culo de Miriam quedó entreabierto, enrojecido, un hilo de semen resbalándole por el muslo. Se abrazaron de frente. Ella le besó el pecho, todavía temblando.
—Quiero repetir pronto —confesó contra su piel—. Me has destrozado el culo de la mejor manera.
Se levantaron juntos y entraron en la ducha. El agua caliente caía sobre ellos mientras se enjabonaban con lentitud, las manos de Marco recorriendo todavía el agujero sensible, limpiándolo con dedos suaves. Miriam le jabonó la polla flácida, le besó la boca bajo el chorro. Rieron bajo, exhaustos, felices. Se secaron, se pusieron ropa cómoda: ella una camiseta suya, él solo el chándal.
De vuelta en el salón, los apuntes seguían ahí, olvidados. Miriam se dejó caer en el sofá un momento, las piernas aún blandas. Marco recogió los vasos vacíos de café y los llevó a la cocina. Cuando volvió, ella ya se había levantado y buscaba las zapatillas.
—Me voy a casa —dijo con voz tranquila, casi dulce—. Mañana tengo clase temprano y si me quedo no estudio nada.
Él asintió, le acarició la mejilla, le dio un último beso en los labios. No había enfado ni drama; solo el final natural de una noche que había sido exactamente lo que ambos querían. Miriam recogió su mochila, se ajustó el short (todavía notaba el pulso suave en el culo) y caminó hasta la puerta. Se giró una vez, le sonrió, y salió al pasillo cerrando con suavidad. El clic de la cerradura resonó en el apartamento ahora vacío.
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