Exhibiéndose para la Divorciada Ardiente
Priya se exhibe masturbándose en el balcón y acaba follando duro con Ravi a la vista de todo el edificio.
Priya arrastró la última caja hasta el salón y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Treinta y ocho años, recién divorciada, y por fin un piso solo para ella: luces grandes, terraza soleada y, al otro lado del estrecho patio interior, el balcón de un vecino que parecía vivir en calzoncillos. O sin ellos.
Ravi trabajaba desde casa. Tenía veinticuatro años, una sonrisa de listillo permanente y la costumbre de dejar las cortinas abiertas como quien dice “mirad si os atrevéis”. Aquella mañana de martes el calor apretaba y él, desnudo de pies a cabeza, se paseaba por su terraza con el portátil en una mano y la polla semi-dura en la otra, como si estuviera decidiendo entre contestar un correo o tomárselo en serio. Priya, desde su balcón recién estrenado, se quedó helada con la caja de libros en brazos.
—Hostia… —murmuró, y en vez de apartar la vista se mordió el labio inferior.
Ravi la vio. No se tapó. Al contrario: le dedicó una ceja alzada, una mueca de “¿en serio?” y empezó a masturbarse despacio, mirándola fijamente. La verga se le endureció del todo bajo el sol, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante. Priya soltó una risita baja, pícara, y se quedó plantada allí, sin avergonzarse lo más mínimo. Le hizo un gesto con la mano, como aplaudiendo en silencio, y él respondió acelerando el ritmo un segundo antes de frenar otra vez, provocador, sabiendo que ella estaba disfrutando el espectáculo.
Por dentro, Priya pensó: “Qué cara tiene el crío. Y qué buena la tiene también.” El divorcio le había dejado el coño hambriento y cero ganas de fingir pudor. Si el chaval quería juego, ella sabía jugar.
Al día siguiente la escalada fue suya. Salió a la terraza en bata de seda abierta de arriba abajo, sin nada debajo. El aire le rozó los pezones ya duros y el vello del pubis. Ravi estaba otra vez en su balcón, en calzoncillos esta vez, fingiendo leer algo en la tablet. Cuando la vio, la tablet casi se le cae.
Priya se apoyó en la barandilla, le sostuvo la mirada y se tocó un pecho con lentitud, pellizcando el pezón, mientras la otra mano bajaba entre sus muslos y se abría los labios del coño con dos dedos. Se mojó al instante. Se frotó el clítoris en círculos visibles, sin prisa, y le sacó la lengua a Ravi en plan burla sexy.
—Anda, no te quedes ahí hecho un santo —le gritó por encima del patio, riendo—. Que se te ve la tienda de campaña desde aquí.
Ravi se bajó los calzoncillos de un tirón. Su polla saltó libre, ya goteando. Empezó a masturbarse más lento, más explícito, subiendo la piel y dejándola caer, mirándola a los ojos. Ambos se reían entre jadeos, intercambiando gestos obscenos: ella le enseñaba los dedos brillantes de lubricante; él le señalaba su polla y luego a ella, como diciendo “esto es tuyo si te atreves”.
Priya le hizo señas claras: ven. Señaló el pequeño hueco entre las dos terrazas —apenas un metro y medio de separación, barandillas casi gemelas— y le abrió la bata del todo. Ravi no se lo pensó. Se subió a su baranda con la agilidad de quien ha hecho demasiadas tonterías en la vida, cruzó el vacío con un salto corto y aterrizó en la terraza de ella entre risas nerviosas y el latido acelerado de la adrenalina.
—Buenos días, vecina —dijo él, ya sin aliento, la polla rozándole el muslo—. ¿Siempre recibes así a los de enfrente o soy especial?
—Eres un exhibicionista de mierda y me encanta —respondió Priya, agarrándole la nuca—. Cállate y bésame.
El beso fue hambriento, de lenguas y dientes, saliva y risas ahogadas. Las manos de él le llenaron el culo; las de ella le rodearon la verga y la apretaron. El riesgo era real: era pleno día, el patio interior tenía vistas de al menos ocho pisos, y cualquiera podía asomarse. Eso solo les calentaba más.
Priya se arrodilló sobre la baldosa caliente sin perder tiempo. Le tomó la polla con las dos manos, la miró de cerca —gruesa, caliente, oliendo a jabón y a excitación— y se la metió en la boca de un golpe. Profunda, ruidosa, haciendo gárgaras al fondo de la garganta. Ravi gimió alto, sin disimulo, y le enredó los dedos en el pelo.
—Joder, Priya… se te da de puta madre —jadeó, y ella soltó una risa con la boca llena que vibró contra su glande.
Babas le corrían por la barbilla mientras subía y bajaba, chupando fuerte, lamiendo las bolas, mirándolo hacia arriba con ojos divertidos y las mejillas hundidas. Él le sujetaba la cabeza y embestía suave, pero ella controlaba el ritmo, saboreando cada centímetro, dejando que la saliva formara hilos brillantes bajo el sol. Un vecino del quinto abrió la ventana un segundo; los dos lo vieron y, en vez de parar, Priya chupó más fuerte y Ravi le levantó el dedo medio al tipo entre risas jadeantes. La ventana se cerró de golpe.
—Ven aquí —ordenó ella, poniéndose a cuatro patas contra la barandilla, el culo en alto, la bata caída a los codos—. Fóllame ya, que me estoy corriendo solo de pensar en que nos vean.
Ravi se colocó detrás, le separó los labios del coño con los pulgares y empujó de una. La polla se le hundió hasta el fondo, caliente y apretada. Priya gritó un “sí, joder” que rebotó en el patio. Él la agarró de las caderas y empezó a follarla duro, embestidas profundas que le hacían el culo temblar, alternando con cachetadas sonoras en cada nalga.
—Más fuerte, crío —le retó ella, riéndose entre gemidos—. ¿Eso es todo lo que tienes a los veinticuatro?
—Cierra el pico, divorciada ardiente —contestó él, dándole otra palmada y acelerando—. Que te estoy dejando el coño hecho un mapa.
Se reían y jadeaban a la vez. Él le metía la verga entera, la sacaba casi del todo y volvía a clavársela, el sonido húmedo de piel contra piel llenando el aire. Priya se agarraba a los barrotes, el pecho colgando, los pezones rozando el metal frío, y empujaba hacia atrás para recibirlo más hondo. El riesgo de ser vistos les subía la excitación como un disparo: voces lejanas en otros balcones, el ruido de una tele, el sol dándoles de lleno en la piel sudada.
Ravi la hizo girar sin salir del todo. La sentó a horcajadas mirando hacia fuera, ella de frente a él pero de espaldas al patio, montándole la polla de un tajo. Priya se agarró a la baranda por detrás de su espalda, abrió más las piernas y empezó a cabalgarlo con fuerza, subiendo y bajando para que cualquiera que mirara viera exactamente cómo su coño se tragaba aquella verga gruesa, los labios estirados, el clítoris rozando la base en cada bajada.
—Mira qué bien te la comes —gimió Ravi, sujetándole las tetas, pellizcándole los pezones—. Si alguien graba esto me hago rico.
—Que nos graben, me la suda —jadeó ella, riéndose, el pelo pegado a la frente—. Solo follo más rico si me miran.
Aceleró el ritmo, rebotando en su regazo, el choque de culos y muslos resonando. Él le sujetaba la cintura y empujaba hacia arriba, clavándosela hasta el fondo. Los gemidos de ambos se hicieron más altos, sin filtro, un “joder, me corro” de ella mezclado con el gruñido grave de él. Priya se apretó alrededor de su polla, temblando, y se corrió con un grito que seguro oyó media comunidad de vecinos. Ravi la siguió segundos después, vaciándose dentro con embestidas torpes y fuertes, la corrida caliente llenándola mientras los dos se reían entre jadeos, sudorosos, exhibidos a plena luz sin un gramo de vergüenza.
Todavía unidos, respirando agitados, Priya se levantó despacio. La leche de Ravi le resbaló por el muslo interior, espesa y blanca bajo el sol. Se pasó dos dedos, se recogió un poco de corrida y se la metió en la boca con una sonrisa sucia, saboreándola delante de él.
—Mmm… no está mal para un vecino cotilla —dijo, limpiándose el resto con la bata y dejando un hilo brillante entre las piernas—. Pero esto no se queda aquí, ¿eh?
Ravi, todavía con la polla medio dura y la risa en la cara, la miró de arriba abajo como quien ya está planeando la siguiente locura.
—Ni de coña se queda aquí. Tengo más ideas… y un espejo en el salón que da justo a tu ventana. ¿Te apuntas a la segunda ronda esta noche, con las luces puestas para que el edificio entero tenga entrada VIP?
Priya se mordió el labio otra vez, el coño aún palpitándole, y le guiñó un ojo mientras se ajustaba la bata sin cerrarla del todo.
—Trae cerveza. Y no te pongas ropa.
La noche cayó con ese calor pegajoso de julio que no perdona ni a las paredes. Priya se duchó sin prisa, dejándose el pelo suelto y húmedo, y se puso solo la bata de seda otra vez, abierta, porque ya no tenía sentido fingir. Desde la cocina escuchó el tintineo de botellas y la risa baja de Ravi cruzando de nuevo el hueco entre terrazas como si fuera su atajo personal al paraíso. Entró por la puerta del balcón con dos cervezas frías sudando en las manos, todavía desnudo, la polla colgando semi-dura y esa sonrisa de listillo que parecía decir “hoy vamos a montar un circo”.
—Traje la VIP, como pediste —anunció, dejándolas sobre la mesita del salón—. Y miré por la ventana de tu cocina: el de enfrente del tercero ya tiene silla desplegada. Flipante.
Priya soltó una carcajada y le arrebató una botella, bebió un trago largo y se le acercó, rozándole la verga con el muslo al pasar.
—Eres un cabrón. Enciende todas las luces. Las del techo, las de pie, hasta la de la puta nevera si hace falta. Quiero que se vea hasta el lunar que tengo en el culo.
Ravi obedeció con teatralidad exagerada, dándole al interruptor como si abriera un escenario. El salón se bañó en luz blanca, cruda, sin piedad. El espejo grande del comedor —ese que él había mencionado— reflejaba perfectamente la ventana que daba al patio interior. Cualquiera que se asomara vería el show completo: dos cuerpos, una polla, un coño y cero vergüenza. Priya se plantó delante del cristal, abrió la bata del todo y se la dejó caer a los pies. Se tocó los pechos con las dos manos, levantándolos, pellizcando los pezones ya duros mientras miraba el reflejo de Ravi acercándose por detrás.
—Mírate —murmuró él, pasándole la cerveza fría por un pezón y haciéndola soltar un “joder” entre risas—. Pareces un anuncio de “divorciada en celo busca polla joven y pública”. ¿Cuánto cobras la entrada?
—Gratis para el edificio. Pero tú pagas en especie —respondió ella, girándose y empujándolo hacia el sofá—. Siéntate. Y no te tapés ni de broma.
Ravi se dejó caer, las piernas abiertas, la cerveza en una mano y la otra ya rodeándose la polla, masturbándose despacio para el público invisible. Priya se arrodilló entre sus muslos, le apartó la mano y le lamió desde las bolas hasta la punta con la lengua plana, saboreando la gota de precum que ya brillaba. Él gimió alto, deliberadamente alto, y levantó la botella en un brindis hacia la ventana.
—Salud, mirones de mierda —gritó—. Esta noche hay doblaje en vivo.
Priya se rio con la boca llena de verga, el sonido vibrando contra el glande. Se la tragó hasta que la nariz le rozó el vello, hizo gárgaras y salió babosa, hilos de saliva colgando. Se levantó, se subió a horcajadas sobre él pero de espaldas, mirando directo al patio, y se guió la polla hasta el coño. Estaba empapada; se la bajó de un solo movimiento, sintiendo cómo le estiraba los labios y le llenaba hasta el fondo. Jadeó, se agarró a los muslos de él y empezó a cabalgarlo con fuerza, rebotando, las tetas saltándole al ritmo, el culo chocando contra la pelvis de Ravi con un ruido húmedo y obsceno.
—Así, que te vean cómo me la como entera —jadeó ella, acelerando—. ¿Ves las luces del quinto? Se acaban de encender. Hola, vecinos, mirad qué bien se me clava esta polla de veinticuatro años.
Ravi le agarró las caderas y empujó hacia arriba, clavándosela más hondo, riéndose entre gruñidos.
—Eres una puta exhibicionista de manual. Me encanta. Si el del tercero se corre solo de mirarte, le mando la factura de la cerveza.
Se follaban así, de cara al mundo, con las luces a tope. Priya se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en las rodillas de Ravi y abrió más las piernas para que el reflejo del espejo y la ventana mostraran exactamente cómo su coño se tragaba y soltaba aquella verga gruesa, los labios rojos y brillantes, el clítoris hinchado rozando en cada bajada. Sudor les resbalaba por la espalda. Ella se tocó el clítoris con dos dedos, frotándose en círculos rápidos mientras cabalgaba, y soltó un gemido largo que seguro cruzó el patio.
Un balcón de enfrente se iluminó de golpe. Una silueta se asomó, se quedó quieta. Priya le dedicó un beso volado y se rio, sin parar de subir y bajar.
—Mira, tenemos fan. Saluda, Ravi.
Él levantó el dedo medio de nuevo, pero esta vez con la otra mano le pellizcó un pezón a Priya y le dio una palmada sonora en el culo.
—Que se joda y disfrute. Tú apriétame más ese coño, divorciada ardiente, que me voy a correr viéndote hacer el gilipollas.
Priya se levantó de su polla con un pop húmedo, se giró, se arrodilló en el sofá de rodillas mirando al cristal y le ofreció el culo en alto. Ravi se puso de pie detrás, le separó las nalgas y le clavó la lengua en el coño de un lengüetazo largo, lamiendo su propia saliva y el jugo de ella, chupándole el clítoris con ruidos obscenos. Priya gritó de placer y se rio a la vez.
—Joder, sí… lámelo bien para la cámara imaginaria. Que se enteren de cómo me comes el coño.
Cuando ella ya temblaba al borde, Ravi se enderezó, le puso la polla en la entrada y la embistió de una, hasta el fondo. El golpe de caderas resonó. Empezó a follarla duro, profundo, sin piedad, agarrándole el pelo con una mano y la cadera con la otra. Cada embestida hacía que las tetas de Priya se balancearan y que su grito se mezclara con risas jadeantes.
—Más fuerte, crío listo —le retó ella, empujando hacia atrás—. Que el edificio se entere de que la nueva del segundo se está follando al exhibicionista de enfrente como una puta sin complejos.
—Cierra el pico y córrete ya —gruñó él, dándole palmadas rítmicas en el culo que dejaban marcas rojas—. Que te estoy dejando el coño hecho papilla y encima te ríes.
Se oyeron voces lejanas, una risa, el roce de una silla. Eso solo les calentó más. Priya se corrió primero, apretando la polla de Ravi en oleadas, gritando un “sí, joder, miradme” que rebotó en las paredes del patio. Él la siguió segundos después, enterrándose hasta las bolas y vaciándose dentro con embestidas torpes, la corrida caliente desbordándose y resbalándole por los muslos mientras ambos se reían sudorosos y sin aliento.
Todavía unidos, Ravi le dio una última palmada cariñosa y se salió despacio. La leche le goteó a Priya hasta la pantorrilla. Ella se giró, se recogió un chorro con los dedos y se lo untó en los pezones, brillantes bajo la luz, y luego se los chupó con una sonrisa sucia mirando directo a la ventana.
—Segunda ronda cumplida. ¿Y ahora? Porque se me ocurre que mañana por la mañana, cuando la gente vaya al trabajo, podríamos… no sé, follar contra el cristal del salón con las persianas a media asta. O mejor: te dejo la puerta del balcón abierta y te espero de rodillas en el pasillo de mi piso, a ver si algún vecino se pierde “por casualidad”.
Ravi se pasó la mano por la cara, todavía riéndose, la polla brillando de corrida y saliva.
—Eres peor que yo. Me tienes loco. Pero espera… tengo una idea más gorda. El sábado hay fiesta de la comunidad en el patio. Barbacoa, cerveza, niños fuera a partir de las diez… ¿te imaginas que nos escapemos a la azotea con las luces de las farolas y te folle contra la baranda mientras abajo todo el mundo bebe sangría? O mejor aún: te dejo la bata y te tocas delante de todos como si nada, y yo te sigo el rollo.
Priya se lamió los labios, el coño aún palpitándole, y se acercó a él, rodeándole la verga ya otra vez a medio gas.
—Trato hecho, listillo. Pero antes de la azotea… esta misma noche quiero que me folles otra vez en el espejo, de pie, con la ventana abierta del todo. Que oigan los gemidos hasta el portero. Y mañana… mañana subimos la apuesta. Que se corra la voz de que la divorciada del segundo y el crío de enfrente montan el mejor espectáculo del barrio.
Se besaron otra vez, sucios, riendo entre dientes, las luces todavía a tope, el patio interior respirando con ellos. Ravi ya la estaba guiando hacia el espejo, la polla empujándole el muslo, y Priya pensó que el divorcio había sido la mejor decisión de su vida. El edificio entero iba a enterarse, y eso solo era el principio.
Ravi la empujó contra el espejo con la risa aún en la garganta y la polla ya dura otra vez rozándole el muslo interior. El cristal estaba frío contra la espalda de Priya; el contraste con el calor de julio le sacó un escalofrío que se le clavó directo en el coño. Ella se rio, le rodeó el cuello con los brazos y abrió las piernas para que él se colocara entre ellas.
—Así, listillo —jadeó, mirando por encima del hombro de Ravi hacia la ventana abierta de par en par—. Que se oiga hasta el portero. Quiero que el del tercero se atragante con la sangría imaginaria.
Él le metió dos dedos de golpe, los sacó brillantes y se los lamió con teatralidad exagerada antes de guiarse la polla y empujar. Entró de una, hasta el fondo, y el golpe de caderas hizo temblar el marco del espejo. Priya gritó un “joder, sí” que rebotó en el patio. Ravi empezó a follarla de pie, profundo, agarrándole un muslo para abrirla más, la otra mano en su culo marcando el ritmo. Cada embestida sacudía las tetas de ella contra el pecho de él y dejaba un rastro húmedo en el cristal.
—Mira cómo te miro follarte —gruñó Ravi, señalando el reflejo con la barbilla mientras aceleraba—. Pareces un anuncio de “divorciada hambrienta se traga polla joven en directo”. Si cobráramos entrada seríamos millonarios.
Priya se rio entre gemidos, se agarró a sus hombros y empujó la cadera hacia delante para clavársela aún más hondo. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba el salón. Sudor les resbalaba por la espalda. Ella giró la cabeza hacia la ventana y vio otra silueta asomarse dos pisos más arriba; le dedicó un dedo medio y un beso volado sin dejar de rebotar contra Ravi.
—Hola, cotillas —gritó ella, la voz rota de placer—. La nueva del segundo os regala el show. Aplaudid o pedid bis, pero no os hagáis los santos.
Ravi soltó una carcajada y le dio una palmada sonora en la nalga que dejó la marca roja al instante. La levantó un poco más, le cruzó las piernas a la espalda y la embistió más rápido, la polla saliendo casi del todo y volviendo a hundirse con un chapoteo húmedo. Priya se corrió primero otra vez, apretándolo en oleadas, gritando sin filtro mientras el orgasmo le sacudía las piernas. Él la siguió segundos después, enterrándose hasta las bolas y llenándola con un gruñido grave que seguro oyó media finca. La corrida caliente les resbaló por los muslos unidos, goteando al suelo de parquet.
Todavía jadeando, Ravi se salió despacio y se arrodilló delante de ella. Le abrió los labios del coño con los pulgares y lamió la mezcla de jugos y leche con lengüetazos largos y ruidosos, chupándole el clítoris hinchado hasta que ella se rio y le empujó la cabeza.
—Eres un cerdo —dijo Priya, todavía temblando—. Me encanta. Ahora limpia bien para la cámara del edificio, que esto no es de un solo uso.
Él obede ció con exageración, haciendo ruidos obscenos a propósito, y cuando se levantó tenía la boca brillante y la sonrisa de listillo intacta. Se bebieron el resto de las cervezas desnudos, sudorosos, las luces todavía a tope, y acabaron follando otra vez en el sofá, esta vez ella montándolo de frente mientras miraba el reflejo del espejo y la ventana. Ravi le sujetaba las tetas y le pellizcaba los pezones al ritmo de las bajadas; Priya se tocaba el clítoris y se reía cada vez que oía una silla arrastrarse en algún balcón.
Cuando por fin apagaron las luces —a las tres de la madrugada, exhaustos y pegajosos— Priya se quedó dormida con la cabeza en el pecho de él y la polla de Ravi todavía medio dentro, goteando restos. El patio interior parecía respirar con ellos.
A la mañana siguiente el sol entraba a saco. Priya se despertó primero, el coño aún sensible, y sonrió al ver a Ravi boca arriba, la verga ya semi-dura por la mañana. Se subió a horcajadas sin despertarlo del todo, se guió la polla y se la bajó despacio, gimiendo bajo. Él abrió un ojo, soltó una risa ronca y le agarró las caderas.
—Buenos días, puta exhibicionista —murmuró—. ¿Desayuno incluido?
—Con vistas —contestó ella, empezando a cabalgarlo despacio, las persianas a media asta a propósito—. Que la gente vaya al trabajo y vea cómo me desayuno esta polla. Si alguien se atrasa por nosotros, culpa mía.
Se follaron así, con la luz de la mañana bañándoles la piel, Priya subiendo y bajando mientras saludaba con la mano a un vecino que se asomó boquiabierto con la corbata a medio hacer. Ravi le dio la vuelta sin salir, la puso a cuatro patas en el sofá mirando a la calle y la embistió duro, las tetas balanceándose, el culo rojo de palmadas. Ella se corrió gritando “más fuerte, crío”, y él se corrió dentro otra vez, riendo mientras le rebosaba la leche por los muslos.
Después se ducharon juntos —manos traviesas, más risas, otra corrida rápida de ella contra los azulejos mientras él le chupaba los pezones— y desayunaron desnudos en la terraza, las persianas abiertas del todo. Priya se untó mermelada en un pezón y se lo ofreció; Ravi lo lamió con cara de solemnidad absurda.
—Esto de ser vecinos tiene futuro —dijo él, chupándole el dedo después—. Pero la apuesta de esta noche la subimos. He hablado con el del tercero por el WhatsApp de la comunidad… bueno, le he mandado un meme de “entrada VIP agotada”. Se ha reído. Esta noche, cuando baje el sol, te follo contra el cristal del salón otra vez, pero tú con la bata abierta y yo de rodillas comiéndote el coño mientras miras a la gente salir del trabajo. Y si alguien se atreve a gritar algo, le contestamos con un brindis.
Priya se lamió los labios, el coño ya volviendo a humedecerse solo de pensarlo.
—Trato. Pero yo pongo la condición: mañana por la mañana, antes de que salga nadie, te espero de rodillas en el rellano de mi piso, la puerta entreabierta, y te chupo la polla hasta que se te ponga la cara de tonto. Si algún vecino pasa “por casualidad”… que disfrute el trailer. Y el sábado… el sábado la azotea. Quiero que me folles contra la baranda mientras abajo montan la barbacoa. Que huelan a chorizo y a sexo al mismo tiempo.
Ravi se puso duro otra vez solo de oírla. La atrajo, la besó con sabor a café y mermelada, y le metió la mano entre las piernas, frotándole el clítoris con dos dedos perezosos.
—Eres peor que yo, divorciada ardiente. Me tienes completamente loco. Esta noche luces a tope otra vez. Y si el portero llama a la puerta porque “hay quejas de ruido”, le abrimos en pelotas y le ofrecemos cerveza.
Priya se rio, se corrió otra vez en sus dedos con un gemido ahogado, y se limpió la mano de él con la lengua mirándolo a los ojos.
—Que se corra la voz. Que todo el puto edificio sepa que la del segundo y el de enfrente montan el mejor circo del barrio. Ahora ven, que aún quedan horas de luz y quiero que me folle s contra la barandilla de la terraza otra vez. Despacio. Que el del quinto termine de afeitarse viéndonos.
Ravi no necesitaba que se lo digera dos veces. La levantó en volandas entre risas, cruzaron el salón desnudos y salieron al sol de la mañana. Ella se agarró a la baranda, abrió las piernas y él se colocó detrás, la polla ya goteando, y la penetró de un empujón lento y profundo mientras abajo se oían puertas, ascensores y el murmullo normal de un miércoles cualquiera. Priya empujó hacia atrás, se rio y gritó un “buenos días, vecinos” que hizo que alguien tosiera escandalizado en el cuarto. Eso solo les calentó más.
Él la folló así, a la vista de quien quisiera mirar, palmadas, risas, gemidos altos, hasta que ambos se corrieron otra vez, ella apretándolo y él llenándola mientras el sol les doraba la piel. Todavía unidos, respirando agitados, Priya miró el patio y susurró:
—Esta noche el espejo otra vez. Mañana el rellano. Y el sábado… la azotea. Que no paren de hablarnos. Que no paren de mirarnos.
Ravi le dio un mordisco suave en el hombro, la polla todavía dentro palpitando, y sonrió contra su piel.
—Ni de coña paramos. Esto solo acaba de ponerse interesante. Espera a que saque la idea de la fiesta de la comunidad… tengo un plan para que hasta la presidenta de la escalera se atragante con la tortilla.
Priya se rio, se apretó a él y sintió cómo la leche le resbalaba otra vez por el muslo. El divorcio, pensó mientras el edificio entero parecía contener la respiración, había sido definitivamente la mejor decisión de su puta vida. Y la noche, y el sábado, y todo lo que viniera después, prometían ser todavía más sucios, más públicos y mucho más divertidos.
Priya se apretó contra la baranda todavía con la polla de Ravi latíéndole dentro y la leche resbalándole por el muslo interior. El sol de la mañana les doraba la piel sudada y ella no pudo evitar reírse cuando oyó otra tos escandalizada desde el cuarto.
—Mira que no paramos ni para desayunar en condiciones —jadeó ella, empujando el culo hacia atrás una última vez—. Si el del quinto se afeita con la navaja temblando es culpa tuya, listillo.
Ravi le mordisqueó el hombro, salió despacio y le dio una palmada sonora en la nalga que dejó la marca roja brillando al sol.
—Culpa compartida, divorciada ardiente. Y esta noche subimos la apuesta como dijimos. Luces a tope, espejo, ventana abierta… y si el portero llama, le abrimos en pelotas.
Se ducharon otra vez a toda prisa, manos traviesas, otra risa ahogada cuando él le metió dos dedos bajo el chorro y ella se corrió mordiéndole el pecho para no gritar demasiado. Después se vistieron lo mínimo: ella la bata de seda abierta, él solo unos calzoncillos que se le marcaron al instante. El resto del día fue un juego de miradas por el patio. Cada vez que un vecino se asomaba, Priya se tocaba un pezón a propósito o se pasaba la lengua por los labios. Ravi le contestaba levantando la polla con la mano por encima de la baranda, como quien saluda. El del tercero ya tenía la silla desplegada otra vez. Priya pensó: “Este edificio va a acabar pidiendo el divorcio colectivo solo de vernos”.
Cuando bajó el sol, el calor pegajoso de julio todavía no se había ido. Ravi cruzó el hueco entre terrazas con dos cervezas frías y la sonrisa de siempre. Entró por el balcón, la encontró ya desnuda delante del espejo y le silbó bajo.
—Hostia, Priya… pareces el plato principal de la carta VIP. Enciende todo.
Ella obedeció con teatralidad, dándole a cada interruptor como si abriera un circo. La luz blanca bañó el salón. El espejo reflejaba la ventana abierta de par en par y el patio interior que ya empezaba a llenarse de siluetas curiosas. Priya se plantó de espaldas al cristal, abrió las piernas y se tocó el coño con dos dedos, mostrándole a cualquiera que mirara lo mojada que estaba.
—Ven y cómeme aquí —ordenó, la voz ronca de ganas—. Que la gente que vuelve del curro vea exactamente cómo me lames el coño. Si alguien se atraganta con la llave del portal, mejor.
Ravi se arrodilló delante de ella sin pensárselo dos veces. Le separó los labios hinchados con los pulgares y clavó la lengua de un lengüetazo largo, ruidoso, saboreando el sabor a jabón y a excitación. Priya gimió alto a propósito, se agarró a su pelo y abrió más las piernas para que el reflejo del espejo y la ventana mostraran todo: la lengua de él entrando y saliendo, el clítoris hinchado, los jugos brillando bajo la luz.
—Así, cerdo… más fuerte —jadeó ella, riéndose cuando vio una silueta asomarse dos pisos más arriba—. Hola, cotilla del quinto. ¿Te gusta cómo me comen el coño? Aplaude o vete a tocártela, pero no te hagas el santo.
Ravi soltó una carcajada contra su coño que le vibró hasta la columna. Chupó el clítoris con ruidos obscenos, metió dos dedos y los curvó hasta que ella tembló. Priya se corrió en su boca con un grito que rebotó en el patio, las piernas flaqueándole, y él se bebió todo como si fuera el postre. Cuando se levantó tenía la boca brillante y la polla ya dura saliéndole por encima de los calzoncillos.
—Ahora te follo contra el cristal —gruñó él, bajándose la ropa de un tirón—. Que se vea cómo te la clavo entera.
La giró, la pegó de pechos al cristal frío y le separó las nalgas. La polla entró de un empujón profundo, hasta el fondo, y el golpe hizo temblar el marco. Priya gritó un “sí, joder” que seguro oyó el portero. Ravi la folló duro, agarrándole las caderas, cada embestida sacudiéndole las tetas contra el cristal y dejando un rastro húmedo. Ella miraba el reflejo: su cara de puta feliz, la verga gruesa entrando y saliendo, los labios del coño estirados y brillantes.
—Mira qué bien se me clava, vecinos de mierda —gritó ella entre risas y gemidos—. La nueva del segundo se está follando al crío de enfrente como una perra en celo. Pedid bis o pedid perdón, pero no dejéis de mirar.
Un balcón de enfrente se iluminó. Otra silueta. Ravi le levantó el dedo medio sin parar de embestir y le dio una palmada sonora en el culo.
—Que se jodan y disfruten. Tú apriétame más ese coño, que me voy a correr viéndote hacer el gilipollas otra vez.
Priya se rio, empujó hacia atrás y se corrió otra vez apretándolo en oleadas, gritando sin filtro. Él la siguió segundos después, enterrándose hasta las bolas y llenándola con un gruñido grave. La corrida caliente les resbaló por los muslos, goteando al parquet. Todavía unidos, respirando agitados, ella se giró lo suficiente para lamerle la boca y susurrar:
—Mañana el rellano. Como dije. Te espero de rodillas con la puerta entreabierta. Si alguien pasa… que disfrute el trailer gratis.
Ravi sonrió contra sus labios, la polla todavía dentro palpitando.
—Trato. Y el sábado la azotea. Ya he mirado el grupo de WhatsApp de la comunidad: la barbacoa empieza a las nueve, niños fuera a las diez… perfecto para que te folle contra la baranda mientras abajo beben sangría y huelen a chorizo y a sexo.
Se bebieron las cervezas desnudos, sudorosos, y acabaron follando otra vez en el sofá, ella montándolo de frente mientras miraba el espejo y la ventana. Cuando por fin apagaron las luces estaban exhaustos y pegajosos, pero el patio interior parecía seguir respirando con ellos.
A la mañana siguiente Priya se levantó antes que nadie. Se puso solo la bata abierta, se arrodilló en el rellano de su piso con la puerta entreabierta y esperó. El corazón le latía a mil. Ravi cruzó el hueco, bajó las escaleras en calzoncillos y la encontró allí, de rodillas, sonriendo como quien ofrece el desayuno más sucio del barrio.
—Buenos días, vecina —susurró él, ya duro—. ¿Siempre recibes así o soy especial otra vez?
—Cállate y saca esa polla —contestó ella, riéndose bajo—. Que el del tercero baja en cinco minutos a por el pan.
Le bajó los calzoncillos, le tomó la verga con las dos manos y se la metió en la boca de un golpe. Profunda, ruidosa, haciendo gárgaras. Ravi gimió alto a propósito y le enredó los dedos en el pelo. Priya chupaba con ganas, babas corriéndole por la barbilla, mirando hacia la escalera por si alguien aparecía. El riesgo era real y eso le mojaba el coño hasta el muslo.
Pasos. Una puerta. El vecino del tercero bajó con la cara de sueño y se quedó helado al verla de rodillas, la polla de Ravi desapareciendo en su garganta. Priya le sacó la lengua un segundo, sin soltar la verga, y le guiñó un ojo. El tío se atragantó, murmuró un “joder, madre mía” y subió las escaleras de dos en dos. Ella y Ravi se rieron con la boca llena, el sonido vibrando.
—Eres peor que yo —jadeó Ravi, embistiendo suave—. Me tienes loco. Sigue, que me corro en tu puta boca delante de todo el puto edificio.
Priya aceleró, chupando fuerte, lamiendo las bolas, hasta que él se vació con un gruñido, llenándole la garganta. Ella se lo tragó todo, se limpió los labios con el dorso de la mano y se levantó, la leche todavía brillándole en la comisura.
—Trailer cumplido —dijo, ajustándose la bata sin cerrarla—. Ahora ven dentro. Quiero que me folles contra la puerta abierta un rato más. Que el del cuarto se entere cuando baje.
Ravi no necesitaba que se lo digera dos veces. La empujó contra el marco, le levantó una pierna y la penetró de un empujón profundo. La follaron allí, la puerta entreabierta, gemidos altos, risas, hasta que ambos se corrieron otra vez y la leche le resbaló a ella hasta la pantorrilla. Unos pasos más abajo alguien tosió escandalizado. Eso solo les calentó más.
Después desayunaron en la terraza, desnudos otra vez, las persianas abiertas. Priya se untó mermelada en el pezón y se lo ofreció; Ravi lo lamió con cara de solemnidad absurda mientras abajo se oían puertas y ascensores.
—El sábado —dijo él, chupándole el dedo—. Tengo el plan. Llevas la bata. Yo te sigo. Nos escapamos a la azotea cuando la sangría fluya. Te follo contra la baranda con las farolas encendidas. Que abajo huelan a chorizo y a tu coño al mismo tiempo. Y si la presidenta de la escalera se atraganta con la tortilla… le mando un meme de “entrada VIP”.
Priya se lamió los labios, el coño ya volviendo a humedecerse solo de pensarlo. Se subió a horcajadas sobre él allí mismo, se guió la polla y se la bajó despacio, cabalgándolo bajo el sol de la mañana mientras saludaba con la mano a un vecino boquiabierto.
—Trato hecho, listillo. Pero antes del sábado… esta noche otra vez el espejo. Y mañana te tocas en tu balcón mientras yo me muerdo en el mío, a plena luz, para que el del quinto termine de afeitarse viéndonos. Que no paren de hablarnos. Que no paren de mirarnos.
Ravi le agarró las caderas, empujó hacia arriba y sonrió contra su pecho.
—Ni de coña paramos. Esto solo acaba de ponerse interesante. Espera a la azotea… tengo ideas para que hasta el portero pida autógrafo.
Se follaron así, despacio y profundo, a la vista de quien quisiera, risas y gemidos mezclados, hasta que ella se corrió apretándolo y él la llenó otra vez. Todavía unidos, Priya miró el patio y pensó que el divorcio había sido la mejor decisión de su vida. El edificio entero ya hablaba. Y el sábado, con la barbacoa y la azotea, prometía ser todavía más sucio, más público y mucho más divertido. La leche le resbaló por el muslo mientras el sol les doraba la piel y alguien, dos pisos más arriba, cerró la ventana de golpe… o quizás no del todo.
Priya se limpió la leche del muslo con dos dedos y se los chupó mirando hacia el patio mientras Ravi todavía le latía dentro. El miércoles y el jueves fueron un festival de provocaciones: ella se masturbaba en el balcón a las ocho de la mañana con las piernas abiertas de par en par, frotándose el clítoris hinchado hasta corrirse con gritos que hacían que el del quinto se afeitara con la mano temblando; él contestaba sacándose la polla por encima de la baranda y pajándosela despacio, apuntando el chorro hacia el vacío como quien saluda al vecindario. El viernes por la noche follaron otra vez contra el cristal del salón con las luces a tope, ella montándolo de espaldas para que todo el que volviera del curro viera cómo su coño se tragaba aquella verga gruesa hasta las bolas, los labios estirados y brillantes de jugos, mientras Ravi le pellizcaba los pezones y le gritaba “mira, puta, te están grabando con los ojos”. Se corrieron juntos y la corrida le chorreó hasta los tobillos. El edificio ya no disimulaba: sillas desplegadas, ventanas entreabiertas, tos nerviosas. Priya se reía cada vez más alto.
El sábado la barbacoa olió a chorizo y a cebolla desde las nueve. Priya se puso solo la bata de seda abierta, sin nada debajo, el coño ya goteándole solo de pensar en lo que venía. Ravi cruzó el hueco en calzoncillos, la polla marcándose como una tienda de campaña, y le pasó una cerveza fría por el pezón.
—Listos para el circo, divorciada ardiente —murmuró él, mordiéndole el hombro—. Niños fuera a las diez. Azotea a las diez y diez. Quiero que te folle contra la baranda mientras abajo se atragantan con la sangría.
Subieron las escaleras de servicio entre risas ahogadas. La azotea estaba vacía salvo por las farolas amarillas y el olor a carne asada que subía del patio. Abajo se oían voces, risas, el tintineo de cubiertos. Priya se plantó contra la baranda de hierro, abrió la bata del todo y se la dejó caer a los pies. El aire nocturno le rozó los pezones duros y el vello del pubis. Se separó los labios del coño con dos dedos y se frotó el clítoris en círculos lentos, mirando hacia abajo donde la gente bebia y hablaba sin saber aún que el plato principal estaba arriba.
—Mírame, Ravi —jadeó ella, metiéndose dos dedos hasta el nudillo—. Que se enteren de cómo me mojo solo de pensar en que nos vean follar como perros.
Ravi se bajó los calzoncillos de un tirón. La polla saltó libre, gruesa, venosa, ya goteando precum. Se arrodilló detrás de ella, le separó las nalgas y le clavó la lengua en el coño de un lengüetazo largo y ruidoso, chupando jugos y lamiendo el clítoris con gárgaras obscenas. Priya gritó un “joder, sí” que bajó hasta el patio. Alguien abajo gritó “¿quién es ese?” y ella se rio, empujando el culo hacia la cara de Ravi.
—Hola, vecinos de mierda —gritó ella más alto, frotándose contra la lengua de él—. La nueva del segundo se está dejando comer el coño en la azotea. Aplaudid o pedid bis, pero no os hagáis los santos con la sangría.
Ravi se puso de pie, le agarró las caderas y le puso la cabeza de la polla en la entrada empapada. Empujó de una, hasta el fondo, el glande golpeándole el cuello del útero. Priya aulló de placer, las tetas colgando sobre la baranda, y él empezó a follarla duro, embestidas profundas que le hacían el culo temblar y el metal crujir. El sonido húmedo de piel contra piel llenaba la noche. Cada embestida sacudía su cuerpo hacia delante, los pezones rozando el hierro frío, el coño tragándose y soltando aquella verga gruesa a la vista de cualquiera que levantara la cabeza.
—Más fuerte, crío listo —le retó ella entre gemidos y carcajadas—. Que huelan a chorizo y a mi coño al mismo tiempo. Clávamela como si quisieras que la presidenta se atragante con la tortilla.
—Cierra el pico y aprieta, puta exhibicionista —gruñó Ravi, dándole una palmada sonora en cada nalga que dejó marcas rojas brillando bajo las farolas—. Te estoy dejando el coño hecho papilla y encima te ríes. Mira abajo, se están girando.
Efectivamente, varias siluetas levantaban la vista. Alguien silbó. Otro gritó un “joder, madre mía”. Priya les dedicó un dedo medio y un beso volado sin dejar de empujar hacia atrás, recibiendo cada embestida hasta las bolas. Ravi le agarró el pelo, tiró de su cabeza hacia atrás y aceleró, la polla saliendo casi del todo y volviendo a hundirse con chapoteos obscenos. Sudor les resbalaba por la espalda. Ella se tocó el clítoris con dos dedos frenéticos mientras él la follaba, y se corrió primero con un grito largo que rebotó en todo el patio: “¡Sí, miradme correrme con la polla del crío de enfrente!”. Las paredes de su coño se contrajeron en oleadas, exprimiéndolo, y Ravi soltó una carcajada ronca.
—Eres una puta de manual —jadeó él, sin parar—. Me voy a correr dentro y que te chorree hasta el patio. Que la presidenta limpie el suelo con la lengua si quiere.
La giró sin salir del todo, la sentó a horcajadas sobre la baranda de espaldas al vacío, las piernas abiertas de par en par para que abajo vieran exactamente cómo su coño se tragaba la verga. Priya se agarró al hierro, rebotó con fuerza, las tetas saltándole al ritmo, y gritó otra vez cuando Ravi le pellizcó los pezones y empujó hacia arriba. El del tercero apareció en su balcón con binoculares improvisados; ella le guiñó un ojo y se rio más alto.
—Salud, mirones —gritó, cabalgando como una loca—. Esta polla de veinticuatro años me está dejando el coño destrozado y me encanta. Pedid entrada VIP o iros a pajearos, pero no dejéis de mirar cómo me la como entera.
Ravi la levantó un segundo, la puso de pie de espaldas a él contra la baranda otra vez y la embistió aún más rápido, agarrándole las tetas por detrás, los dedos hundidos en la carne blanda. Cada golpe de caderas hacía que la corrida anterior le saliera a chorros por los muslos. Priya se corrió otra vez, temblando, las piernas flaqueándole, y él la siguió con un gruñido animal, enterrándose hasta las bolas y bombeando chorros calientes y espesas que le rebosaron al instante, goteando por el coño abierto, por el clítoris hinchado, por las nalgas rojas, cayendo en hilos blancos hacia el patio abajo mientras ambos se reían sudorosos y sin aliento.
Todavía dentro, Ravi le dio una última embestida torpe y se salió. La leche le chorreó a Priya en un hilo grueso hasta la pantorrilla y luego al suelo de la azotea. Ella se giró, se recogió un buen chorro con cuatro dedos, se lo untó por los pezones y los labios y se lo tragó con ruidos obscenos mirando directo a las caras boquiabiertas de abajo. Después se abrió el coño con las dos manos, enseñando el agujero burbujeante de corrida bajo las farolas, y se metió los dedos otra vez, sacándolos brillantes y lamiéndolos mientras Ravi se pajaba la polla semi-dura para escupirle otro chorro encima de las tetas.
—Que os den por el culo a todos —gritó ella, riéndose, la voz ronca de tanto gemir—. La divorciada del segundo y el exhibicionista de enfrente os hemos dejado el coño y la polla como monumento público. Mañana os masturbáis pensando en cómo me rebosaba la leche por el culo mientras os comíais el chorizo. Y si alguien quiere bis, que suba la puta escalera y se la chupe él mismo.
Ravi le dio una palmada final en el coño chorreante, salpicando gotas de semen hacia el vacío, y Priya se agachó, le lamió la polla limpia de un solo lengüetazo largo desde las bolas hasta la punta, tragándose los restos, y se limpió la boca con el dorso de la mano mirando al patio entero.
El semen le seguía goteando del coño abierto directamente sobre las cabezas de los vecinos de abajo.
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