Intercambio Ardiente con la Esposa de su Mejor Amigo

Vanessa, de 28 años, y su Dante de 32 se dejan llevar por el deseo prohibido y follan salvajemente a espaldas del marido.

29 min read September 09, 2026New

Dante tenía treinta y dos años y el cuerpo firme de quien pasaba horas en la obra supervisando estructuras de acero. Ingeniero, soltero y leal hasta la médula, o eso creía hasta que Everett le dejó las llaves de su casa en las afueras. Everett viajaba por trabajo dos semanas y le había dicho: «Usa la habitación de invitados, hermano, la nevera está llena». Lo que no mencionó fue lo que Vanessa haría con esa soledad.

Vanessa abrió la puerta en shorts blancos que apenas cubrían el culo y una camiseta sin sujetador. Veintiocho años, tetas pesadas que se movían al caminar, caderas anchas y esa sonrisa descarada que siempre le había lanzado en las cenas de pareja. El perfume a vainilla y sexo contenido le golpeó la cara en cuanto entró.

—Hola, Dante —dijo ella, rozándole el brazo al pasar—. Qué bien que te quedes. La casa se siente enorme sin Everett.

Él dejó la maleta y trago saliva. Sabía que cualquier roce más largo era traición. Everett era su mejor amigo desde la universidad. Follarse a su mujer destruiría todo. Pero la química era un cable pelado entre ellos. Cada vez que Vanessa se inclinaba a recoger algo, el escote le ofrecía el valle profundo de sus tetas. Cada vez que él pasaba cerca, el dorso de su mano rozaba el muslo de ella «por accidente». Ambos fingían no notarlo. Ambos se calentaban la polla y el coño con solo mirarse.

Esa noche Vanessa improvisó cena: pasta, ensalada y una botella de tinto que abrieron sin ceremonia. Se sentaron en la isla de la cocina, rodillas casi tocándose. El vino suavizó las lenguas, no las emborrachó; ambos estaban lúcidos y jodidamente despiertos.

—Sabes lo que me pasa —dijo ella de pronto, riendo bajo, la lengua rosada lamiéndose el labio—. Llevo meses follándome con la imaginación. Me meto los dedos en la cama mientras Everett ronca y pienso en ti. En esa polla gruesa que se te marca cuando llevas vaqueros. Mi marido me la mete rico, no te voy a mentir… pero no me usa. No me abre. No me convierte en la puta que sé que soy.

Dante sintió cómo se le endurecía la verga de un solo golpe. La confesión directa le subió la sangre a la cabeza y al rabo a la vez.

—Joder, Vanessa… —admitió, la voz ronca—. Me la palmo pensando en ti. En follarte en este mismo sofá mientras tu marido está en otro puto país. En correrme dentro y que camines con mi leche goteándote por los muslos cuando él vuelva. Soy un hijo de puta por decírtelo, pero es verdad.

Ella se levantó. Rodeó la isla. Se plantó entre sus piernas abiertas, le agarró la polla por encima del pantalón con la mano entera y apretó. El bulto latía contra su palma.

—Quiero que me uses como la zorra que Everett nunca se atrevió a sacar de mí —le susurró al oído, la respiración caliente—. Dime que sí, Dante. Dime que me vas a romper el coño a escondidas de tu mejor amigo.

Él gruñó, le agarró la muñeca y la guió más fuerte contra su erección.

—Sí. Te voy a follar hasta que no puedas caminar derecho. Y nadie se va a enterar… de momento.

Vanessa se arrodilló ahí mismo, en el salón, sobre la alfombra. Le bajó la cremallera con dedos ansiosos. La polla de Dante saltó gruesa, venosa, la cabeza ya brillando de precum. Ella la miró un segundo con hambre y luego se la embutió entera hasta la garganta. No hubo preámbulos suaves. Chupó con ansia, babas escurriéndole por la comisura, la nariz aplastada contra el vello púbico. Dante le agarró el pelo y le folló la boca con embestidas cortas y profundas, sintiendo cómo el fondo de la garganta se contraía alrededor de su glande.

—Eso es… trágatela toda, puta. Como has fantaseado meses.

Vanessa gemía alrededor de la verga, los ojos llorosos de placer, una mano metiéndose bajo el short para frotarse el clítoris hinchado. Cuando él la soltó, un hilo de saliva unía sus labios a la polla. Ella se levantó, se bajó los shorts y las bragas de un tirón y se puso a cuatro patas en el sofá grande, el culo en pompa, el coño ya empapado y brillante, los labios hinchados abiertos.

Dante le arrancó lo que quedaba de tela, le dio una nalgada fuerte que dejó la marca roja al instante y se alineó. Empujó de una sola embestida hasta el fondo. El coño de Vanessa lo tragó con un sonido húmedo y obsceno. Ella gritó contra el cojín.

—¡Joder, sí! Más fuerte, Dante… úsame.

Él la agarró de las caderas y la embistió salvaje, el sonido de piel contra piel llenando el salón. Alternaba embestidas brutales con nalgadas que hacían temblar las nalgas de ella. El coño le chorreaba, el jugo le bajaba por los muslos. Cada vez que él se hundía hasta las bolas, Vanessa empujaba hacia atrás pidiendo más.

—Este coño es mío esta noche —gruñó él—. Secreto. Prohibido. Exactamente como te gusta.

La volteó sin sacar del todo. La puso en misionero, le abrió las piernas hasta casi partirla y le entró de nuevo, más hondo. Una mano le rodeó el cuello con dominación consentida, el pulgar rozándole la mandíbula, sin apretar de más, solo lo suficiente para que ella sintiera el control. Vanessa se arqueó, las uñas clavándose en sus brazos.

—Soy tu zorra secreta —gritó ella, la voz rota de placer—. La puta de mi marido que se deja partir por su mejor amigo. ¡Fóllame, Dante! ¡Más duro!

Él aceleró, los golpes secos, el sofá crujiendo. Le chupó un pezón, lo mordisqueó, le habló al oído todas las porquerías que había guardado: cómo iba a llenarla, cómo le iba a dejar el coño abierto y goteando, cómo se la iba a follar otra vez mañana mientras Everett enviaba mensajes de «todo bien en casa?». Vanessa se corrió primero, el orgasmo violento, el coño contrayéndose a pulsos alrededor de la polla gruesa, gritando su nombre una y otra vez mientras se orinaba un poco de placer puro sobre el cuero del sofá.

Dante no paró. La embistió a través de las contracciones hasta que sus propias bolas se tensaron. Se corrió profundo, chorros calientes de leche espesa inundándole el útero, empujando cada gota lo más adentro posible mientras gemía contra su cuello.

Se quedaron unidos, jadeando. La polla aún latía dentro, semidura, la mezcla de semen y jugos resbalando lentamente hacia fuera cuando él se movió un milímetro. Vanessa, temblando todavía, le buscó la boca y le besó con una pasión sucia y hambrienta, la lengua enredándose con la de él, saboreando su propio sabor en los labios de Dante.

—Esto… —susurró ella contra su boca, la voz ronca, los ojos brillantes de lujuria no saciada del todo—, esto no se queda aquí. Mañana quiero que me despiertes con la verga ya dentro. Y quiero que me folles también en la cama de Everett. Quiero oler a ti cuando él llame por videollamada. Dime que vas a seguir usándome como tu puta escondida estas dos semanas…

Dante le mordió el labio inferior, aún dentro de ella, sintiendo cómo el coño le palpitaba pidiendo más. La traición sabía a gloria y a peligro. Fuera, la noche seguía quieta. Dentro de aquella casa, el secreto acababa de empezar a arder de verdad.

Dante aún latía grueso dentro de ella cuando Vanessa le apretó el culo con ambas manos y empujó las caderas hacia arriba, engullendo lo que quedaba de su polla semidura. El roce sucio de su coño empapado, lleno de semen, le sacó un gruñido bajo al ingeniero. La traición sabía a vainilla y a jugo de coño. Everett estaba a mil kilómetros y aquella puta de su mejor amigo ya pedía más.

—No me saques —ordenó ella, la voz ronca de haber gritado—. Quiero otra ronda ahora mismo. Fóllame otra vez antes de que se te baje del todo.

Dante no necesitaba más invitación. Se enderezó sobre ella, le separó más las rodillas y empezó a moverse con embestidas lentas y profundas, removiéndole la leche espesa que ya le goteaba por el culo. Cada embestida sonaba húmeda, obscena, el sofá crujiendo bajo el peso de sus cuerpos. Vanessa arqueó la espalda y le clavó las uñas en los hombros.

—Mírate —gruñó él, mirando cómo su polla entraba y salía, brillante de su propio semen y del chorro de ella—. El coño de la mujer de mi mejor amigo hecho un desastre. Abierto. Goteando. Exactamente como lo querías.

—Más fuerte, cabrón —pidió ella, mordiéndose el labio—. Úsame de verdad. Quiero que me duela mañana cuando me siente a desayunar.

Él aceleró. Las nalgas de Vanessa rebotaban contra sus caderas. Le agarró las tetas pesadas, las apretó, le torció los pezones duros hasta hacerla gritar de placer. El perfume a sexo y vainilla se mezclaba con el olor a sudor y a semen fresco. Dante se inclinó y le metió la lengua en la boca, besándola con hambre, saboreando la saliva y el rastro de su propia polla que aún le quedaba en los labios de ella.

Vanessa se corrió otra vez con un temblor violento, el coño contrayéndose a tirones alrededor de la verga gruesa. Dante no paró. La embistió a través del orgasmo, follándola sin piedad mientras ella se ahogaba en gemidos y malas palabras.

—Soy tu puta —jadeó ella—. La zorra secreta de Everett. Lléname otra vez. Quiero caminar con dos cargas tuyas mañana.

Dante sintió las bolas tensarse de nuevo. Se hundió hasta el fondo, las caderas pegadas a las de ella, y se corrió con un gemido gutural, chorros calientes empujando más adentro, mezclándose con la leche anterior. Se quedó clavado, jadeando contra su cuello, sintiendo cómo el coño le exprimía hasta la última gota.

Cuando por fin se retiró, un hilo espeso de semen unió la cabeza de su polla a los labios hinchados del coño de Vanessa. Ella se llevó dos dedos a la raja, los metió, los sacó brillantes y se los chupó mirándolo a los ojos.

—Delicioso —susurró—. Ahora llévame a la cama de mi marido. Quiero que me folles ahí.

Dante la levantó como si no pesara nada. Vanessa se enredó en su cuello, las piernas alrededor de su cintura, el semen goteándole por los muslos mientras él la cargaba pasillo arriba. La puerta del dormitorio principal crujió. La cama matrimonial olía a Everett: colonia barata y sábanas limpias. Dante la tiró de espaldas sobre el edredón y se arrodilló entre sus piernas abiertas.

—Mira lo que voy a hacer en la cama donde duermes con él —dijo, la voz gruesa de lujuria. Se inclinó y le lamió el coño de un solo trazo largo, saboreando su propia leche mezclada con el jugo dulce de Vanessa. Ella se retorció, le agarró el pelo y le empujó la cara contra la raja.

—Chúpame todo —rogó—. Limpia lo que me has metido y después méteme otra vez esa polla.

Dante se la comió sin prisa y sin piedad. La lengua le revolvía el clítoris hinchado, los labios se cerraban alrededor de la entrada para chupar el semen que aún salía a chorritos. Vanessa gemía alto, las piernas temblando, follandole la cara con movimientos cortos de cadera. Cuando se corrió en su boca, Dante se la bebió toda, lamiendo hasta dejarla limpia y brillante otra vez.

Se subió sobre ella. La polla ya estaba otra vez dura como acero. Se alineó y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Vanessa gritó contra la almohada de Everett.

—¡Joder, sí! Fóllame en su cama. Usa a su mujer como la puta que es.

Dante la embistió salvaje. El cabezal golpeaba la pared. Le agarró las muñecas y se las pinó encima de la cabeza, follándola con embestidas profundas y brutales que hacían rebotar las tetas de Vanessa. Cada vez que se hundía, ella empujaba hacia arriba pidiendo más.

—Este coño es mío estas dos semanas —gruñó él al oído—. Voy a dejártelo abierto y goteando cada puto día. Cuando Everett llame, vas a tener mi leche dentro y vas a sonreírle a la cámara como si nada.

—Hazlo —suplicó ella—. Quiero oler a ti cuando hable con él. Quiero que me la metas mientras él me cuenta del viaje.

Dante la volteó de un manotazo. La puso a cuatro patas en la cama de su mejor amigo, le dio una nalgada que dejó la marca roja y le entró de nuevo por detrás. Las manos le apretaban las caderas con fuerza de obrero. El sonido de piel contra piel llenaba el dormitorio. Vanessa empujaba el culo hacia atrás, el coño haciendo ruidos obscenos al tragar la verga gruesa una y otra vez.

—Más duro, Dante… rómpeme. Quiero que mañana no pueda cerrar las piernas.

Él se inclinó sobre su espalda, le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás mientras la follaba sin piedad. La otra mano le rodeó el cuello, solo lo suficiente para que ella sintiera el control, el pulgar rozándole la mandíbula. Vanessa se corrió gritando su nombre, el coño exprimiéndole la polla a pulsos violentos. Dante la siguió segundos después, enterrándose hasta las bolas y descargando otro chorro espeso y caliente profundo en su útero.

Se desplomaron juntos sobre las sábanas de Everett. La polla aún dentro, latiendo. Vanessa se giró lo suficiente para buscarle la boca y besarlo con lengua sucia, saboreando su propio coño en los labios de él.

—Mañana —susurró ella, todavía jadeando— quiero que me despiertes así. Ya metido. Sin avisar. Y después quiero que me folles en la ducha, en la cocina, donde sea. Estas dos semanas eres el dueño de este coño.

Dante le mordió el hombro, aún semiduro dentro de ella, sintiendo cómo el semen se le escapaba alrededor de la verga. La traición ardía deliciosa. Sacó el móvil del pantalón tirado en el suelo y lo dejó sobre la mesilla de Everett. La pantalla se iluminó de repente: un mensaje nuevo de su mejor amigo.

«Todo bien en casa, hermano? Vanessa se porta bien?»

Dante sonrió contra el cuello de ella, la polla volviendo a endurecerse dentro del coño lleno y caliente. Vanessa vio el mensaje y se rio bajito, un sonido sucio y conspirador.

—Contéstale —dijo, apretando el coño a propósito alrededor de él—. Dile que sí. Dile que todo está perfecto. Mientras yo te la chupo otra vez.

Ella se deslizó hacia abajo sin sacar del todo la leche que le chorreaba por los muslos. Se arrodilló entre las piernas de Dante sobre la cama matrimonial y le lamió la polla limpia de semen y jugos, chupando con ansia, mirándolo con esos ojos brillantes de puta satisfecha y todavía hambrienta. Dante escribió el mensaje con una mano mientras la otra le agarraba el pelo:

«Todo perfecto, tío. Vanessa es un ángel. Descansa.»

Vanessa se embutió la verga hasta la garganta en ese mismo instante, tragando profundo, las babas cayéndole por la barbilla. Dante le folló la boca despacio, saboreando el secreto, sabiendo que esto solo acababa de empezar a arder de verdad. Fuera la noche seguía quieta. Dentro de aquella cama prestada, la polla de Dante volvía a ponerse de piedra mientras la mujer de su mejor amigo se la chupaba como si fuera suya para siempre. Mañana habría más. Mucho más. Y ninguno de los dos pensaba parar.

Dante seguía con la polla enterrada hasta la garganta de Vanessa cuando el mensaje de Everett se marcó como leído. Ella no aflojó. Al contrario: se la embutió más profundo, las babas espesas resbalándole por la barbilla y cayendo sobre las sábanas que olían a su marido. Dante le agarró el pelo con las dos manos y le folló la boca con embestidas cortas, sintiendo cómo el fondo de la garganta se contraía alrededor del glande ya duro otra vez. La traición le latía en las bolas.

—Mírate, zorra —gruñó él, la voz ronca—. Chupándome la verga en la cama de tu marido mientras le digo que eres un ángel. Trágatela entera. Quiero ver cómo te ahogas conmigo.

Vanessa gimió alrededor de la polla, los ojos llorosos de placer, una mano metiéndose entre las piernas para frotarse el clítoris hinchado y resbaladizo de semen. Se sacó la verga de la boca con un sonido obsceno, un hilo de saliva uniendo sus labios al glande brillante, y le lamió las bolas con la lengua plana, sucia, sin prisa.

—Dile que me portes bien —susurró ella, la voz ronca de garganta usada—. Dile que estoy dormida como una santa mientras te la chupo. Quiero que me corras en la cara y que me dejes marcada para mañana.

Dante no contestó con palabras. La levantó de un tirón, la tumbó de espaldas otra vez sobre el edredón de Everett y se le montó encima. Le separó las piernas hasta casi partirla, alineó la polla gruesa y empujo de un solo golpe hasta el fondo. El coño de Vanessa lo tragó con un chapoteo húmedo; aún estaba lleno de las cargas anteriores, el semen le salía por los lados a chorritos cada vez que él se hundía. Ella gritó contra la almohada de su marido, las uñas clavándose en la espalda de Dante.

—¡Joder, sí! Úsame. Rómpeme este coño en su puta cama.

Él la embistió salvaje, el cabezal golpeando la pared con cada embestida. Le agarró las tetas pesadas, las apretó hasta dejar marcas rojas, le retorció los pezones duros mientras le hablaba al oído todas las porquerías que le subían la sangre.

—Este coño es mío estas dos semanas. Voy a follártelo cada puta mañana, cada puta noche. Cuando Everett te llame vas a tener mi leche goteándote por los muslos y vas a sonreírle como si nada. Dime que te gusta, puta. Dime que prefieres mi verga a la de tu marido.

—La prefiero —jadeó Vanessa, arqueándose, empujando las caderas hacia arriba para engullirlo más hondo—. Me folla más rico, me abre más. Quiero que me dejes el coño destrozado, Dante. Quiero que mañana no pueda cerrar las piernas sin acordarme de ti.

Dante la volteó de un manotazo. La puso a cuatro patas, le dio una nalgada que resonó en el dormitorio y le entró de nuevo por detrás, hasta las bolas. Las manos le aplastaban las caderas con fuerza de obrero; el sonido de piel contra piel llenaba la habitación, húmedo, obsceno. Vanessa empujaba el culo hacia atrás, el coño haciendo ruidos sucios al tragar la verga una y otra vez. Él le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras la follaba sin piedad.

—Eso es… chúpame los dedos como me chupaste la polla. Eres mi zorra secreta. La puta de Everett que se deja partir por su mejor amigo.

Vanessa se corrió gritando, el coño contrayéndose a pulsos violentos alrededor de la polla gruesa, un chorro caliente saliéndole y mojando los muslos de Dante. Él no paró. La embistió a través del orgasmo, follándola más duro, más profundo, hasta que las bolas se le tensaron otra vez. Se hundió hasta el fondo y se corrió con un gemido gutural, chorros espeso y calientes inundándole el útero por tercera vez, empujando cada gota lo más adentro posible.

Se quedaron unidos, jadeando. La polla aún latía dentro, semidura, la mezcla de semen y jugos resbalando lentamente hacia fuera. Vanessa se giró lo suficiente para buscarle la boca y besarlo con lengua sucia, saboreando su propio coño en los labios de él.

—No te duermas —susurró ella contra su boca—. Quiero más. Llévanos a la ducha. Quiero que me folles bajo el agua caliente y que me laves la cara con tu leche.

Dante la cargó otra vez. Vanessa se enredó en su cuello, las piernas alrededor de su cintura, el semen goteándole por los muslos mientras él la llevaba al baño del dormitorio principal. Abrió el agua. El vapor llenó el espacio en segundos. La metió bajo el chorro caliente, la pegó contra los azulejos fríos y le entró de un solo empujón. Vanessa gritó de placer, las uñas resbalando por la espalda mojada de Dante.

—¡Más fuerte! Fóllame como si fueras a dejármelo abierto para siempre.

Él la levantó, le abrió más las piernas y la embistió contra la pared, el agua cayéndoles encima, el sonido de piel mojada contra piel mojada llenando el baño. Le chupó un pezón, lo mordisqueó, le habló al oído mientras la usaba:

—Mañana te voy a despertar así. Ya metido. Sin avisar. Y cuando Everett mande el mensaje de buenos días vas a tener mi polla latendo dentro y vas a contestarle con la voz temblando de ganas. ¿Entendido, puta?

—Entendido —jadeó ella—. Soy tuya. Úsame donde quieras. En la cocina, en el sofá otra vez, en el puto jardín si hace falta. Quiero oler a ti todo el día.

Dante aceleró. Las tetas de Vanessa rebotaban contra su pecho. Le agarró el culo con las dos manos, le abrió las nalgas y le metió un dedo en el culo mientras la follaba, solo la yema, lo suficiente para hacerla gritar de placer puro. Vanessa se corrió otra vez, el coño exprimiéndole la verga a tirones, el agua arrastrando el semen que le salía a chorros. Dante la siguió segundos después, enterrándose y descargando otro chorro caliente profundo, gemiendo contra su cuello.

Cuando por fin se retiró, el agua se llevaba la leche espesa que le caía por los muslos. Vanessa se arrodilló ahí mismo, bajo el chorro, y le lamió la polla limpia, chupando con ansia, mirándolo con esos ojos brillantes de zorra todavía hambrienta.

—Otra ronda —pidió ella, la voz ronca—. Quiero que me la metas en la cocina. Quiero desayunar con tu semen dentro.

Dante sonrió, la traición ardiéndole deliciosa en las venas. La levantó, la secó a medias y la cargó pasillo abajo, desnudos, el semen todavía goteándole. En la cocina la sentó en la isla fría, le abrió las piernas y se la comió otra vez: lengua plana revolviendo el clítoris hinchado, labios chupando la entrada hasta que Vanessa se retorció y se corrió en su boca, gritando su nombre. Después se subió, alineó la polla y empujó hasta el fondo.

—Mira lo que hago con la mujer de mi mejor amigo —gruñó él, embistiéndola salvaje sobre la isla—. La follo en su cocina. La lleno. La convierto en mi puta personal.

Vanessa se arqueó, las piernas temblando alrededor de su cintura.

—Hazlo. Lléname otra vez. Quiero caminar con cuatro cargas tuyas mañana. Quiero que me duela cada paso.

Dante la folló sin piedad, el sonido húmedo de su coño llenando la cocina en silencio. Le agarró el cuello con una mano, solo lo suficiente para que ella sintiera el control, y se corrió profundo otra vez, chorros calientes empujando más adentro mientras gemía contra su boca. Se quedaron unidos, jadeando, la polla aún dentro, latiendo.

El móvil de Dante vibró sobre la encimera. Otro mensaje de Everett: «Buenas noches, hermano. Cuida de Vanessa. Mañana te llamo por videollamada a las diez».

Vanessa lo leyó por encima del hombro de Dante y se rio bajito, un sonido sucio y conspirador. Apretó el coño a propósito alrededor de la verga semidura.

—Contéstale otra vez —susurró—. Dile que sí. Y después fóllame hasta que amanezca. Quiero que me despiertes ya metido, como prometiste. Estas dos semanas no pienso parar. Y tú tampoco.

Dante escribió con una mano temblorosa mientras la otra le apretaba una teta: «Todo controlado, tío. Descansa. Nos vemos mañana en la llamada». Después apagó la pantalla, le mordió el labio a Vanessa y empezó a moverse otra vez dentro de ella, lento, profundo, sabiendo que el secreto apenas empezaba a arder de verdad. Fuera la noche seguía quieta. Dentro de aquella casa prestada, la polla de Dante volvía a ponerse de piedra y la mujer de su mejor amigo ya pedía más, mucho más, con los ojos brillantes de lujuria prohibida que no pensaba apagar.

Dante no sacó la polla. Siguió embistiéndola lento sobre la isla de la cocina, removiéndole las cargas espesas que ya le resbalaban por el culo y goteaban sobre el mármol frío. Vanessa tenía las piernas abiertas de par en par, los tobillos cruzados en la espalda de él, y cada embestida le sacaba un gemido ronco que se perdía en el silencio de la casa prestada. El mensaje de Everett seguía brillando en la pantalla apagada: videollamada a las diez. Faltaban horas, pero la amenaza latía entre ellos como un tercer cuerpo.

—Mañana… —jadeó ella, clavándole las uñas en los hombros— vas a tener que mirarme a la cara mientras le miento. Y yo voy a tener tu leche todavía caliente dentro. Quiero que me folles justo antes. Que me dejes el coño abierto y que camine hasta el sofá con tus chorros bajándome por los muslos.

Dante gruñó, le agarró las tetas pesadas y las apretó hasta que ella arqueó la espalda. Aceleró. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo del coño destrozado llenaba la cocina. Cada golpe hacía rebotar las nalgas de Vanessa contra el borde de la isla. Él se inclinó y le mordió el pezón, chupándolo fuerte mientras le hablaba contra la piel.

—Te voy a follar hasta que no puedas hablar sin temblar. Cuando enciendas la cámara vas a sonreírle a tu marido con mi semen goteándote y yo voy a estar detrás del portátil, tocándome la polla, listo para metértela en cuanto cuelgues. Eres mía estas dos semanas, Vanessa. La puta secreta de Everett. Dilo.

—Soy tuya —gritó ella, el coño contrayéndose a tirones—. La zorra que se deja partir por el mejor amigo de su marido. ¡Más duro, Dante! Rómpeme.

Él la levantó de la isla sin sacar del todo. La cargó hasta la nevera, la pegó de espaldas contra la puerta fría y la embistió de pie, las piernas de ella alrededor de su cintura. El metal helado le marcaba la espalda; el contraste con el calor de la polla gruesa le sacó un grito gutural. Dante le agarró el culo con las dos manos, le abrió las nalgas y le metió un dedo entero en el culo mientras la follaba. Vanessa se retorció, empujando hacia atrás y hacia adelante a la vez, tomándolo todo.

—Joder, sí… el culo también. Úsame entero. Quiero que mañana no sepa por dónde me duele más.

Dante la folló sin piedad contra la nevera. El motor zumbaba bajo sus cuerpos. Cuando sintió que ella se corría otra vez —el chorro caliente mojándole las bolas—, la bajó, la giró de espaldas y la inclinó sobre la encimera. Le dio una nalgada que dejó la marca roja al instante y le entró de nuevo por detrás hasta las bolas. La mano libre le rodeó el cuello, el pulgar rozándole la mandíbula, exactamente el control que ella pedía. Vanessa empujaba el culo hacia atrás, el coño haciendo ruidos obscenos, sucios, llenos de leche anterior.

—Este coño y este culo son míos hasta que vuelva Everett —gruñó él al oído—. Voy a dejártelos abiertos y goteando cada puto día. Cuando él te pregunte cómo estás, vas a decirle que perfecta. Y yo voy a saber que tienes mi verga todavía marcándote por dentro.

Se corrió profundo otra vez, chorros calientes empujando más adentro, mezclándose con todo lo que ya había metido. Se quedó clavado, jadeando, sintiendo cómo el coño de Vanessa le exprimía hasta la última gota. Ella se giró lo suficiente para buscarle la boca y besarlo con lengua sucia, saboreando el sudor y el sexo.

No se durmieron. Dante la cargó de nuevo al sofá del salón. La tumbó de lado, se colocó detrás y le levantó una pierna. Empujó despacio, sintiendo cómo el semen anterior le facilitaba la entrada. Folló con embestidas largas y profundas, una mano en su clítoris hinchado, la otra agarrándole una teta. Vanessa gemía bajo, los ojos cerrados, empujando el culo hacia atrás para tomarlo todo.

—No pares… —susurró—. Quiero amanecer con tu polla dentro. Exactamente como te pedí.

El reloj de la cocina marcaba las cuatro cuando Dante la volteó otra vez, la puso a horcajadas sobre él en el sofá y la hizo montarlo. Vanessa se hundió hasta el fondo, las tetas pesadas rebotando mientras cabalgaba salvaje. Él le agarró las caderas y la empujó hacia abajo con cada embestida, follándola desde abajo, el sonido de piel contra piel llenando el salón otra vez. Ella se corrió gritando su nombre, el coño palpitando a tirones. Dante la siguió segundos después, llenándola por quinta vez, los chorros tan abundantes que le salían por los lados y le bajaban por los muslos hasta el cuero.

Se quedaron así, unidos, jadeando. La polla aún semidura dentro. Vanessa se dejó caer sobre su pecho, el perfume a vainilla y semen mezclado con el sudor de ambos.

—Mañana —dijo ella contra su cuello— la llamada es a las diez. Quiero que me despiertes a las ocho con la verga ya metida. Que me folles despacio hasta las nueve y media. Que me dejes el coño hecho un desastre. Y cuando me siente delante de la cámara, quiero sentir tu leche resbalándome mientras le miento a la cara.

Dante le mordió el hombro, aún dentro de ella.

—Lo haré. Y cuando cuelgues, te voy a tirar al suelo y te voy a follar otra vez escuchando su voz en el buzón de voz. Te voy a hacer gritar mi nombre sabiendo que él está a un puto país de distancia.

Ella apretó el coño a propósito. La polla de Dante volvió a endurecerse de inmediato. Empezó a moverse otra vez, lento, profundo, saboreando el secreto. La noche seguía quieta fuera. Dentro, el sofá crujía bajo el ritmo constante de la traición. Vanessa se arqueó, le clavó las uñas en el pecho y se dejó usar otra vez, pidiendo más fuerte, más hondo, más prohibido.

Cuando la luz del amanecer empezó a filtrarse por las persianas, Dante la levantó y la llevó al dormitorio de invitados —el que Everett le había ofrecido—. La tiró de espaldas sobre la cama estrecha, le abrió las piernas y se la comió despacio: lengua plana revolviendo el clítoris, labios chupando la entrada hasta que ella se retorció y se corrió en su boca, el semen diluido y el jugo dulce bajándole por la barbilla. Después se subió, alineó la verga gruesa y empujó de un solo golpe.

—Mira lo que hago con la mujer de mi mejor amigo al amanecer —gruñó, embistiéndola salvaje—. La follo en la cama de invitados. La lleno otra vez. La convierto en mi puta personal mientras él duerme en otro continente.

Vanessa gritó contra la almohada, las piernas temblando alrededor de su cintura.

—Hazlo. Lléname. Quiero caminar con seis cargas tuyas cuando me siente a la videollamada. Quiero que me duela cada puto paso. Quiero oler a ti mientras le digo que te estás portando como un caballero.

Dante aceleró. El cabezal golpeaba la pared. Le agarró las muñecas, se las pinó encima de la cabeza y la folló con embestidas brutales que hacían rebotar las tetas. Cada vez que se hundía hasta las bolas, ella empujaba hacia arriba pidiendo más. Se corrió gritando, el coño exprimiéndole la polla a pulsos violentos. Él la siguió, enterrándose y descargando otro chorro espeso y caliente profundo en su útero, gemiendo contra su cuello.

Se quedaron unidos, la polla aún latiendo. Vanessa le buscó la boca y lo besó con hambre sucia.

—No te duermas del todo —susurró—. Quiero que me despiertes así. Ya metido. Sin avisar. Y después… quiero que me folles en el jardín de atrás, donde los vecinos podrían vernos si se asoman. Quiero el peligro. Quiero que me uses al aire libre con tu leche todavía dentro. Estas dos semanas no pienso parar. Y tú tampoco.

Dante sonrió contra su piel, la traición ardiéndole deliciosa en las venas. Sacó la polla despacio, un hilo espeso de semen uniéndolos todavía, y se acomodó detrás de ella, abrazándola, la verga semidura rozándole el culo goteante. El sol subía. El reloj avanzaba hacia las diez. Fuera la casa seguía quieta. Dentro, el secreto seguía ardiendo, más caliente, más sucio, listo para la siguiente ronda que ninguno de los dos pensaba rechazar.

Dante la abrazó por detrás en la cama de invitados, la verga semidura rozándole el culo todavía goteante de semen. Vanessa se durmió unos minutos, el cuerpo caliente y pesado contra el suyo, el perfume a vainilla y sexo impregnando las sábanas estrechas. Él no durmió del todo. Contaba las horas. A las ocho en punto, sin avisar, sin palabras, le levantó una pierna y empujó despacio. La polla gruesa se deslizó de un solo trazo hasta el fondo del coño hinchado y resbaladizo. Vanessa despertó con un gemido ronco, arqueándose, empujando el culo hacia atrás para engullirlo entero.

—Joder… ya estás dentro —susurró ella, la voz pastosa de sueño y lujuria—. Exacto como te pedí. No pares.

Dante la folló despacio al principio, embestidas largas y profundas que removían las cargas de la noche. Una mano le rodeaba una teta pesada, el pulgar rozándole el pezón duro; la otra le bajaba al clítoris hinchado y lo frotaba en círculos lentos. El coño de Vanessa hacía ruidos húmedos, obscenos, cada vez que él se hundía hasta las bolas. Ella gemía contra la almohada, las uñas clavándose en su antebrazo.

—Más fuerte ahora —pidió, la respiración entrecortada—. Quiero que me duela cuando me siente delante de la cámara. Quiero caminar con tu leche bajándome por los muslos mientras le miento a la cara.

Él aceleró. El colchón crujía. Le agarró la cadera con fuerza de obrero y la embistió salvaje, el sonido de piel contra piel llenando el dormitorio de invitados. Vanessa se corrió primera, el orgasmo violento, el coño contrayéndose a pulsos alrededor de la verga gruesa, un chorro caliente mojándole las bolas. Dante no paró. La folló a través de las contracciones hasta que las suyas se tensaron. Se hundió hasta el fondo y se corrió con un gemido gutural, chorros espeso y calientes inundándole el útero otra vez, empujando cada gota lo más adentro posible.

Se quedaron unidos, jadeando. La polla aún latía dentro. Vanessa se giró lo suficiente para buscarle la boca y besarlo con lengua sucia.

—Son las nueve —dijo ella contra sus labios—. Quiero la ducha rápida. Y después el sofá. Quiero que me dejes abierta justo antes de la llamada.

Dante la cargó al baño. Bajo el chorro caliente la pegó contra los azulejos y le entró de nuevo de un solo empujón. Vanessa gritó de placer, las piernas alrededor de su cintura, el agua arrastrando el semen que le salía a chorritos. Él le metió un dedo en el culo mientras la follaba, solo la yema primero, después entero, usándola por los dos sitios. Ella se corrió otra vez, temblando, el coño y el culo exprimiéndole. Dante la siguió, descargando más leche profunda mientras gemía contra su cuello.

La secaron a medias. Vanessa se puso solo una camiseta holgada de Everett que le llegaba a mitad de muslo, sin bragas. El coño le goteaba. Dante se puso solo los vaqueros, la polla aún semidura marcándose. Bajaron al salón. Ella se sentó en el sofá grande, abrió el portátil y lo dejó en la mesa baja. El reloj marcaba las nueve y media.

—Fóllame ahora —ordenó ella, abriendo las piernas de par en par sobre el cuero—. Hasta las nueve cincuenta. Quiero que me dejes el coño hecho un desastre.

Dante se arrodilló entre sus muslos, le lamió el clítoris hinchado un momento, saboreando su propia leche mezclada con el jugo dulce, y después se subió. Empujó de un solo golpe. Vanessa gritó, las uñas clavándose en sus hombros. Él la embistió salvaje, el sofá crujiendo, las tetas rebotando bajo la camiseta. Le agarró el cuello con una mano, solo el control que ella pedía, y le habló al oído:

—Cuando enciendas la cámara vas a sonreírle con mi semen goteándote. Yo voy a estar aquí al lado, tocándome, listo para metértela en cuanto cuelgues. Eres mi puta secreta, Vanessa. La zorra de mi mejor amigo.

Ella se corrió gritando su nombre, el chorro caliente mojando el cuero. Dante se hundió y se corrió profundo otra vez, llenándola hasta que le salía por los lados. Se retiró justo a tiempo. Vanessa se acomodó, las piernas cruzadas con cuidado, la camiseta bajada. El semen le resbalaba por los muslos internos. Dante se sentó al lado, fuera del encuadre, la polla dura otra vez en la mano.

A las diez en punto la pantalla se iluminó. Everett sonreía desde un hotel lejano.

—Hola, cariño. ¿Todo bien? ¿Dante se porta?

Vanessa sonrió, la voz dulce, el coño latiendo y goteando bajo la mesa.

—Todo perfecto, amor. Dante es un caballero. La casa está impecable. Yo estoy… muy bien cuidada.

Dante, invisible, le abrió un poco más las piernas con la mano y le metió dos dedos en el coño lleno, removiendo la leche. Vanessa apretó los labios un segundo, los ojos brillantes, pero no soltó un gemido. Everett habló del viaje, de las reuniones. Ella contestaba con naturalidad mientras Dante le follaba el coño con los dedos, lento, profundo, el pulgar en el clítoris. Cuando Everett preguntó si se veían pronto, Vanessa cruzó las piernas más fuerte alrededor de la mano de Dante y dijo:

—Claro, mi vida. Te extraño. Cuídate.

Colgaron. La pantalla se apagó. Vanessa se giró hacia Dante con los ojos encendidos de lujuria prohibida.

—Ahora. En el suelo. Como dijiste. Escuchando su puta voz en el buzón si hace falta.

Dante la tiró al suelo del salón, le levantó la camiseta hasta el cuello y le entró de un solo empujón brutal. Vanessa gritó su nombre, las piernas abiertas de par en par, el coño haciendo ruidos sucios al tragar la verga gruesa una y otra vez. Él la folló sin piedad, las nalgadas resonando, las tetas rebotando. Le metió la lengua en la boca, saboreando la traición.

—Este coño es mío estas dos semanas —gruñó—. Voy a follártelo en el jardín ahora. Al aire libre. Que los vecinos oigan si se asoman.

La cargó desnuda al patio trasero. El sol de la mañana calentaba. La tumbó sobre la mesa de madera del jardín, le abrió las piernas y la embistió de pie. Vanessa gritaba sin tapujos, el coño chorreando, las uñas rayándole la espalda. Dante le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y le metió un dedo en el culo mientras la usaba. Ella se corrió con un grito gutural que pudo oírse desde la casa de al lado. Él la siguió, llenándola otra vez al aire libre, los chorros calientes bajándole por el culo hasta el césped.

La llevó de vuelta dentro. La sentó en la isla de la cocina, se la comió hasta que se retorció otra vez y después la folló de pie contra la nevera, el metal frío contrastando con el calor de su verga. Vanessa pedía más, siempre más. Se la chupó de rodillas en el pasillo. La montó en la cama de Everett otra vez, cabalgándolo salvaje hasta que ambos se corrieron juntos, el semen saliendo a chorros alrededor de la polla.

Al atardecer del primer día completo estaban otra vez en el sofá, unidos, la polla de Dante latiente dentro del coño destrozado y lleno de Vanessa. Ella le besaba el cuello, las piernas temblando todavía.

—Quedan trece días —susurró él contra su oreja, moviéndose lento, profundo—. Voy a dejarte el coño y el culo abiertos y goteando cada puta mañana. Cuando Everett vuelva vas a oler a mí todavía. ¿Qué vas a hacer entonces, puta? ¿Vas a follártelo con mi leche todavía dentro y sonreírle como si nada?

Vanessa apretó el coño a propósito, los ojos brillantes de lujuria no saciada, y le mordió el labio inferior.

—¿Y si te pido que te quedes escondido en el armario la noche que vuelva y me folles otra vez en cuanto él se duerma a mi lado?

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