Una Noche de Hall Pass con la Madrastra de su Mejor Amigo
Diego, de 24 años, se folla salvajemente a Petra, la madrastra de 42 de su mejor amigo, gracias a su hall pass.
Diego tenía veinticuatro años y el cuerpo firme de quien pasaba las mañanas en el gimnasio y las tardes trabajando en la empresa de logística de su tío. Aquella noche, la casa de Marcos olía a madera y a lavanda. El salón estaba en penumbra, solo la lámpara del rincón dibujaba un círculo cálido sobre el sofá de cuero. Marcos se había ido tres días con su padre a una feria de negocios en Valencia; la casa había quedado a cargo de Petra, su madrastra de cuarenta y dos, y Diego se había ofrecido a pasar a recoger unas herramientas que le había prestado a su mejor amigo. Pensaba quedarse diez minutos. No contaba con lo que iba a encontrar.
Petra apareció desde el pasillo con una bata de seda color vino que apenas le cubría los muslos. El nudo flojo dejaba entrever la curva pesada de sus pechos y la sombra del sexo cuando se movía. El pelo castaño, suelto, le caía sobre los hombros. Sonrió al verlo y no hizo ademán de cerrarse la bata.
—Qué coincidencia que vengas justo ahora —dijo, y la risa le salió grave, casi confidente—. Siéntate. Hay vino abierto. Marcos no vuelve hasta el domingo y su padre… bueno, su padre también está fuera.
Diego dejó las llaves sobre la mesa y se sentó. Notó el calor subiendo por el cuello. Petra se acomodó frente a él, cruzando las piernas; la bata subió y él alcanzó a ver el borde de unas bragas negras.
—¿Todo bien en casa? —preguntó él, torpe, para no mirar demasiado.
Ella dio un sorbo al vino y lo miró por encima del borde de la copa.
—Mejor que bien. Mi marido me ha dado un hall pass. Una noche. Libre. Sin preguntas. —Se rió otra vez, pero ahora la risa tenía un filo húmedo—. Llevo años fantaseando con el cuerpo joven y fuerte del mejor amigo de mi hijastro. Contigo, Diego. Con esos hombros, con esa boca, con lo que imagino que escondes debajo del pantalón. No te hagas el santo: lo has notado cada vez que venías a cenar.
El aire se volvió espeso. Diego sintió la sangre bajando de golpe hacia la entrepierna. La prohibición le apretó el pecho: follarse a la madrastra de Marcos. Destruir una amistad si se enteraba. Y aun así la polla se le endureció contra el denim.
—Petra… —empezó.
—Llámame como quieras esta noche —lo cortó ella, acercándose un poco más—. He pasado demasiadas mañanas tocándome en la ducha pensando en ti. Me meto dos dedos y me corro susurrando tu nombre. Me imagino que me abres las piernas en este mismo sofá y me usas hasta que no pueda caminar derecho. ¿Te da asco o te pone cachondo que la madrastra de tu colega se corra contigo en la cabeza?
Diego se levantó. Tres pasos bastaron para quedar delante de ella. Le tomó la cara con las dos manos y la besó con hambre, sin pretender ser suave. Petra abrió la boca de inmediato, le chupó la lengua, le mordió el labio inferior. Su mano bajó sin vacilar y le agarró la polla por encima del pantalón, pesada, ya dura del todo. Apretó, midiendo el grosor, y gimió contra su boca.
—Joder, está gorda… —susurró ella—. Quiero que me trates como la puta prohibida que soy. Como la madrastra que no deberías tocar. Fóllame como si Marcos pudiera entrar por esa puerta en cualquier momento. Ríndete conmigo. Ya no aguanto más.
Diego no contestó con palabras. Le desató el nudo de la bata. La seda cayó a los costados y quedó solo en las bragas negras y los pechos pesados, pezones oscuros y duros. Él se bajó la cremallera, sacó la verga gruesa y venosa, y le puso una mano en el hombro.
—De rodillas.
Petra obedeoció al instante. Se arrodilló sobre la alfombra, mirándolo desde abajo con los labios entreabiertos. Diego le agarró el pelo y le rozó la cabeza del pene por la mejilla, por la boca.
—Chúpamela, madrastra caliente. Enséñame lo bien que chupas cuando nadie te vigila.
Ella abrió la boca y se la tragó con devoción. La lengua caliente rodeó el glande, bajó por el tronco, y luego empujó hasta que la punta le golpeó la garganta. Babeó, salivó, hizo ruidos húmedos y obscenos mientras lo miraba a los ojos. Diego gimió, sujetándole la cabeza, follándole la boca con embestidas cortas y profundas.
—Así… más profundo. Eres la puta de tu hijastro, ¿verdad? La que se moja por su amigo.
Petra asintió con la boca llena, un hilo de saliva cayéndole al pecho. Cuando él la apartó, los labios le brillaban y la respiración le salía entrecortada.
—Fóllame ya —pidió—. En el sofá. Quiero verte encima.
Diego la tumbró de espaldas sobre el cuero. Le arrancó las bragas de un tirón y se acomodó entre sus muslos. El coño de Petra estaba empapado, los labios hinchados y brillantes. Él alineó la polla y entró de un solo empujón, hasta el fondo. Ella arqueó la espalda y soltó un grito ahogado. Diego le rodeó el cuello con una mano, sin apretar del todo, solo lo suficiente para sentir el pulso bajo los dedos, posesión pura, mientras embestía con fuerza en misionero. El sofá crujía. Cada embestida hacía rebotar los pechos de ella.
—Más fuerte… ah, sí, así… —jadeaba Petra—. Estrángulame un poco más. Fóllame como si fuera tuya.
Él apretó un poco más la mano, le besó la boca abierta, y aceleró el ritmo. El sonido de piel contra piel llenó el salón. Cuando sintió que ella empezaba a temblar, la soltó, la volteó y la puso a cuatro patas contra el respaldo del sofá. Le dio una cachetada seca en el culo derecho, luego en el izquierdo, y volvió a clavársela hasta las bolas.
—Eres mi puta —gruñó, tirándole del pelo hacia atrás—. Di que eres mi puta.
—Soy tu puta —gritó ella—. La madrastra puta de Marcos. Fóllame el coño… ahora el culo… úsame.
Diego sacó la polla del coño chorreante, escupió sobre el culo de ella y empujó despacio contra el agujero más estrecho. Petra se tensó y después se abrió con un gemido largo y roto. Él entró centímetro a centímetro hasta que las caderas le tocaron las nalgas. Empezó a follársela el culo con embestidas profundas y controladas, alternando de vez en cuando: sacaba, se la metía otra vez en el coño empapado, dos, tres embestidas brutales, y volvía al culo. Le daba cachetadas rojas en las nalgas, le tiraba del pelo, le hablaba al oído.
—Qué apretado lo tienes… se te ve el anillo tragándome la polla. Marcos nunca sabrá que su madrastra se deja reventar el culo por su mejor amigo.
—Córrete dentro… por favor… lléname… —imploró ella, la voz rota de placer—. Soy tuya esta noche. Tu secreto. Tu puta.
Diego la tumbió otra vez, se sentó en el sofá y la subió a horcajadas. Petra se hundió sobre su verga de un golpe, primero en el coño, y empezó a cabalgarlo con furia, las caderas golpeando, los pechos rebotando delante de su cara. Él le chupó un pezón, le clavó los dedos en las caderas y la guió hacia abajo con más fuerza todavía. Ella se tocaba el clítoris con dos dedos, la cabeza echada atrás, el pelo pegado al sudor del cuello.
—Me corro… Diego, me corro…
El orgasmo la sacudió primero: el coño se le cerró a convulsiones alrededor de él, un grito largo y tembloroso. Diego la siguió segundos después, empujando hacia arriba, derramándose dentro de ella a chorros calientes, la polla palpitando mientras la sujetaba contra su pecho. Se quedaron así, unidos, jadeando, el sudor mezclado, el semen empezando a escaparse por los bordes de donde seguían conectados.
Petra le besó la boca con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Labios suaves, lengua lenta. Aún con la polla de él dentro, le acarició la nuca.
—Esta noche queda como nuestro secreto más sucio y delicioso —susurró contra sus labios—. Nadie lo sabrá. Ni Marcos. Ni mi marido. Solo tú y yo.
Se separaron con un sonido húmedo. Se vistieron en silencio cómplice: ella se volvió a atar la bata, él se subió el pantalón. Las sonrisas se les escapaban, pequeñas, peligrosas. Petra le pasó un dedo por los labios, limpiando una mancha de saliva y resto de ella.
—Cada vez que vengas a esta casa —dijo en voz baja, ya cerca de la puerta del pasillo—, vas a recordar cómo me sonaba cuando te pedía que me follaras el culo. Y yo… yo voy a mojarme solo de oír tu voz por el teléfono cuando llames a Marcos.
Diego la miró, la polla todavía sensible dentro del bóxer, el corazón latiéndole con fuerza. La casa seguía en silencio. El hall pass era solo por una noche… pero el modo en que ella lo miraba desde el umbral decía que la noche todavía no había terminado del todo, y que el secreto que acababan de fabricar ya tenía hambre de más.
Diego no se movió hacia la puerta. Se quedó de pie en el salón, la cremallera aún a medias, la respiración sin acomodarse del todo. Petra lo miraba desde el umbral con la bata entreabierta otra vez, como si el nudo no tuviera derecho a cerrarse aquella noche. El olor a sexo flotaba entre ellos: salado, caliente, indecente. Ella dio un paso atrás, hacia el pasillo oscuro, y con un gesto mínimo de la cabeza lo invitó a seguirla.
—Vamos al dormitorio —dijo, la voz ronca—. Quiero que me folles en la cama donde duermo con mi marido. Quiero olerte mañana en las sábanas.
Diego tragué saliva. El pecho le latía con una mezcla de culpa y hambre que ya no pretendía negociar. Cruzó el salillo detrás de ella. La casa de Marcos, la casa de su mejor amigo, se tragaba cada uno de sus pasos. Petra entró en la habitación principal, encendió solo la lámpara de la mesita y dejó que la luz ámbar dibujara su cuerpo. Se quitó la bata del todo y la dejó caer al suelo. Se quedó desnuda, de cuarenta y dos años bien llevados, pechos pesados, caderas anchas, el coño todavía brillante y entreabierto por lo que acababan de hacerle en el sofá. El semen de Diego le resbalaba un hilo lento por el interior del muslo.
—Mírame —ordenó ella, casi en un susurro—. Mírame y dime si de verdad te da igual que sea la madrastra de Marcos.
—No me da igual —contestó él, quitándose la camiseta y empujando el pantalón hacia abajo—. Justo por eso se me pone más dura. Porque no debería. Porque si entra por esa puerta… joder, Petra.
Ella sonrió, salvaje, y se subió a la cama de matrimonio de rodillas, ofreciéndole la espalda, el culo alto, las rodillas abiertas sobre el edredón gris. Diego se acercó por detrás, le agarró las caderas con las dos manos y le pasó la lengua entera desde el clítoris hasta el agujero del culo, saboreando su propio semen mezclado con el gusto ácido y dulce de ella. Petra se arqueó y soltó un gemido largo, de animal.
—Así… lámame sucia. Limpia lo que me dejaste y vuélvemelo a meter.
Él la lamió con hambre, empujando la lengua dentro del coño, chupando los labios hinchados, subiendo otra vez al culo y abriéndole las nalgas con los pulgares para meter la punta de la lengua en el anillo todavía sensible. Petra empujaba hacia atrás, frotándose contra su cara, mojándole la barbilla. Cuando Diego se incorporó, la polla le palpitaba otra vez, gruesa, venosa, la cabeza roja y brillante. Se alineó y se la clavó de un solo golpe en el coño hasta las bolas. El grito de ella rebotó contra las paredes del dormitorio.
Empezó a follarla sin piedad, de pie al borde de la cama, sujetándola de la cintura, las embestidas secas y profundas que hacían chapotear el semen anterior. Cada embestida sacudía los pechos de Petra contra el colchón. Él le daba palmadas en el culo, rojas, sonoras, y le tiraba del pelo hacia atrás hasta que ella tuvo que mirar al techo con la boca abierta.
—Di mi nombre —gruñó Diego—. Di que te está follando el mejor amigo de tu hijastro.
—Diego… me folla Diego… la polla del amigo de Marcos me está reventando el coño… ah, joder, más fuerte…
Él sacó la verga de golpe, la volteó de un manotazo y se le montó encima en misionero, clavándosela otra vez hasta el fondo. Le puso una mano en la garganta, el pulgar rozándole la mandíbula, y la miró a los ojos mientras embestía. Petra le rodeó la cintura con las piernas, los talones clavados en sus glúteos, pidiendo más profundidad. El cabezal de la cama golpeaba la pared con un ritmo obsceno.
—Me corro otra vez —jadeó ella—. No pares… no pares, hijo de puta… úsame…
El segundo orgasmo la sacudió entero: el coño se le cerró a espasmos alrededor de la polla de Diego, un grito ahogado que él silenció con la boca, chupándole la lengua mientras ella temblaba debajo. No se detuvo. La folló a través del orgasmo, brutal, hasta que ella empezó a sollozar de placer excesivo, las uñas clavadas en su espalda.
Cuando por fin se detuvo un segundo, jadeando, Petra lo empujó suavemente hacia un lado y se puso a horcajadas al revés, de espaldas a su cara, el culo frente a él. Bajó la cabeza y se tragó la polla entera, saboreando su propio jugo y el semen anterior, haciendo gárgaras obscenas alrededor del glande. Diego le abrió las nalgas con ambas manos y le metió la lengua otra vez en el culo mientras ella le chupaba. Se follaron la boca y el culo con la lengua al mismo tiempo, un círculo sucio y perfecto. Petra se mecía sobre su cara, frotándose el clítoris contra su nariz, babeando por la verga gruesa que le llenaba la garganta.
—Quiero el culo otra vez —dijo ella al separarse, la voz destrozada de saliva—. Quiero que me lo abras del todo. Que me dejes coja. Que mañana, cuando me siente a desayunar, sienta tu polla todavía dentro.
Diego se incorporó. La puso a cuatro patas en el centro de la cama de matrimonio. Escupió dos veces sobre el agujero rosado y apretado, untó la saliva con el glande y empujó. Petra se abrió con un gemido profundo, guttural. Él entró despacio al principio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo lo tragaba, cómo las paredes internas lo apretaban casi hasta doler. Cuando las caderas le tocaron las nalgas, se quedó quieto un segundo, respirando, dándole tiempo.
—Muévete —suplicó ella—. Fóllame el culo. Rómpeme.
Diego empezó a embestir. Primero profundo y lento, después más rápido, más duro, las bolas golpeándole el coño empapado. Le dio cachetadas en las nalgas hasta dejarlas encendidas, le tiró del pelo, le habló al oído con la voz hecha un gruñido:
—Eres la puta secreta de esta casa. La madrastra que se deja reventar el culo por el colega de su hijastro. ¿Te imaginas la cara de Marcos si viera esto? Si viera cómo te abres para mí…
—Sí… ah, sí… soy su puta… la puta de Diego… lléname el culo… córrete dentro otra vez…
Él aceleró. El sonido húmedo y obsceno de la polla entrando y saliendo del culo de Petra llenó el dormitorio. Ella se tocaba el clítoris con dos dedos frenéticos, el brazo temblando, y se corrió una tercera vez con un grito largo y roto, el culo contrayéndose a convulsiones alrededor de Diego. Él no aguantó más. Se clavó hasta el fondo, se tensó entero y se derramó dentro del culo de ella a chorros calientes y gruesos, gruñendo su nombre contra la nuca sudada. Pulsó una, dos, tres veces más, vaciándose del todo, sujetándola de las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas de dedos.
Se desplomaron juntos sobre el edredón. La polla de Diego se le escapó del culo con un sonido sucio y el semen empezó a salirle a Petra en hilos blancos y lentos, resbalándole entre las nalgas hasta el coño. Ella se rio bajito, exhausta, y se giró para mirarlo. Le limpió el sudor de la frente con los dedos y le besó la boca con una lentitud casi tierno, contrastando con toda la salvajada anterior.
—Qué bien me has follado… —susurró—. Mejor que en todas las fantasías de la ducha. Mejor que cuando me metía los dedos pensando en ti con Marcos cenando abajo.
Diego le acarició un pecho, el pezón todavía duro, y le pasó el pulgar por el labio inferior hinchado.
—Si Marcos se entera…
—No se va a enterar —lo cortó ella, firme, adulta, dueña de su decisión—. Esta noche es mía. El hall pass es mío. Tú eres mío hasta que amanezca. Y después… —sonrió, peligrosa—… después fingiremos que no pasó. O no. Depende de lo que quieras.
Se levantó con las piernas torpes, se metió al baño del dormitorio y volvió con una toalla húmeda. Le limpió la polla a Diego con gestos lentos, casi rituales, y después se limpió ella entre las piernas y el culo, sin vergüenza, dejando que él la mirara. Se metió otra vez en la cama, desnuda, y lo atrajo contra su cuerpo. Durante un rato solo se tocaron: manos explorando, bocas suaves, la polla de él recobrando dureza despacio contra el muslo de ella. Petra lo montó otra vez, esta vez de frente, guiándolo dentro de su coño todavía sensible, y lo cabalgó despacio, profundo, mirándolo a los ojos, los pechos rozándole el pecho. No hubo prisa. Fue un follar lento y posesivo, casi íntimo en su suciedad, hasta que ambos se corrieron otra vez, más callados, más largos, aferrándose el uno al otro como si el secreto pudiera protegerlos.
Cuando terminaron, el reloj de la mesita marcaba casi las tres. Petra se acomodó de lado, la pierna echada sobre la cadera de Diego, el semen fresco escapándosele otra vez. Le besó el hombro.
—Quédate hasta el amanecer —dijo—. Quiero despertarme con tu polla dura contra el culo y que me la metas antes de que te vayas. Sin hablar. Solo follarme media dormida y dejármela llena otra vez.
Diego la miró. Tenía el pelo revuelto, la boca hinchada, el cuello marcado por sus dedos, el cuerpo de una mujer de cuarenta y dos años que había elegido ser usada por él y lo había disfrutado sin reservas. La amistad con Marcos pesaba en algún rincón de la conciencia, pero aquella noche el peso era delicioso, no asfixixiante. Le pasó la mano por la espalda, bajó hasta el culo todavía sensible y le metió un dedo despacio, solo para sentirla estremecerse.
—Lo haré —prometió—. Y cuando te levantes y camines raro por la cocina, vas a acordarte de cada centímetro.
Petra se rio contra su pecho, baja, confidente.
—Cada vez que Marcos te invite a cenar voy a sentarme enfrente y voy a cruzar las piernas sabiendo que me has corrido dentro del culo en esta misma cama. Y tú vas a tener que hacer como que no se te pone dura debajo de la mesa.
Se quedaron en silencio un momento. Fuera, la noche de la ciudad apenas se oía. Dentro, solo el calor de dos cuerpos que no deberían haber tocado y que lo habían hecho de todas las maneras posibles. Petra levantó la cara, le rozó los labios con los suyos y le sostuvo la mirada con una chispa nueva, aún hambrienta, todavía prohibida.
—Dime la verdad, Diego… cuando se acabe el hall pass y yo vuelva a ser solo la madrastra de tu mejor amigo, ¿vas a poder mirarme a la cara sin querer follármelo otra vez en secreto?
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