Invitación Compartida en la Noche del Ferry
Petra, una española casada de 32 años, se folla salvajemente al musculoso nigeriano Hassan de 28 en su camarote del ferry nocturno.
La cubierta del ferry nocturno se mecía con un balanceo suave mientras las luces de Barcelona se iban quedando atrás, convertidas en un hilo de oro cada vez más lejano. Petra, treinta y dos años, casada, española de cuerpo firme y curvas que el vestido ligero de verano no lograba disimular del todo, se apoyó en la barandilla y dejó que el aire salado le peinase el pelo oscuro. Viajaba sola hacia Ibiza. Su marido se había quedado en tierra por trabajo, y ella se había concedido esa travesía nocturna como un respiro. No esperaba nada. Solo el ruido del motor, el oleaje y la quietud de la madrugada.
Hasta que lo vio.
Hassan estaba unos metros más allá, también solo, con los antebrazos apoyados en la baranda. Veintiocho años, nigeriano, ingeniero en una empresa de Valencia. La camiseta blanca ceñida marcaba el relieve de un pecho ancho, hombros potentes y brazos de quien no se avergüenza de su fuerza. La piel oscura brillaba bajo la luz tenue de la cubierta. Cuando giró la cabeza, sus ojos se encontraron con los de ella. No apartó la mirada. Sonrió. Una sonrisa descarada, segura, que le llegó a Petra como un golpe bajo el ombligo.
Ella sostuvo la mirada un segundo de más. El calor le subió por el cuello. Llevaba años reprimiendo exactamente ese tipo de pensamiento: la fantasía sucia de una polla negra grande, de manos oscuras abriéndole los muslos, de alguien que no fuera su marido. Hassan le sonrió otra vez, más lento, y Petra sintió cómo se le humedecía el coño dentro de las bragas.
Se acercó sin pensarlo demasiado. El saludo fue casual, voces bajas por respeto a la noche. Él hablaba un español fluido, con acento suave. Le preguntó si viajaba sola. Ella dijo que sí, que su marido no había podido venir. Hassan no disimuló el brillo en la mirada al oír la palabra «marido».
—Casada y sola en un ferry de madrugada —murmuró él—. Peligroso.
—¿Peligroso para quién? —respondió Petra, sorprendida de su propia voz, ronca de repente.
La conversación se cargó en minutos. Coqueteo abierto, sin rodeos. Hassan le dijo que le gustaban las españolas de su tipo: curvas, labios carnosos, esa forma de mirar como si estuvieran a punto de hacer algo que no debían. Petra admitió, con la mejilla caliente, que él era exactamente el tipo de hombre que se le metía en la cabeza cuando se tocaba a escondidas. Musculoso. Negro. Joven.
Hassan se inclinó hacia su oído. El aliento le rozó el lóbulo.
—Llevo toda la puta noche deseando follarme a una blanca casada como tú. Abrirte las piernas y meterte la polla hasta el fondo mientras piensas en lo que le estás haciendo a tu marido.
A Petra se le cortó la respiración. El deseo interracial que llevaba años aplastado le subió a la garganta como un grito. Se le puso el pezón duro contra la tela del vestido. Asintió, casi sin voz.
—Yo también te quiero dentro. Ahora. En mi camarote.
No hizo falta más. Bajaron juntos por el pasillo estrecho, el balanceo del barco empujándolos uno contra el otro. En cuanto la puerta del camarote privado se cerró con un clic, Hassan la empujó contra la pared y le metió la lengua en la boca. El beso fue salvaje, húmedo, de dientes y saliva. Las manos grandes de él le subieron por las caderas, le apretaron el culo con fuerza y le alzaron el vestido. Petra gimió contra su boca cuando los dedos oscuros le rozaron el coño ya empapado a través de las bragas.
—Hostia, qué mojada estás —gruñó Hassan—. Qué ganas tenías de esto, puta.
Ella no lo negó. Le bajó la cremallera del pantalón con dedos torpes de urgencia. La polla de Hassan saltó gruesa, pesada, de un negro lustroso, la cabeza ya brillante de precum. Petra se le quedó mirando un segundo, el corazón martilleándole, y después se arrodilló en la alfombra estrecha del camarote.
Se la metió en la boca de un solo movimiento. El sabor salado, el calor, el grosor que le estiraba los labios. Chupó con ganas, glotoneando, salivando por las comisuras mientras bajaba hasta sentir la cabeza empujarle la garganta. Hassan le agarró el pelo con las dos manos y le embistió la cara con cuidado brutal.
—Eso es… trágatela toda, puta blanca. Mira cómo te queda esa boquita llena de polla negra.
Petra gorgoteó, lágrimas de esfuerzo en los ojos, y siguió chupando como si le fuera la vida. La lengua le recorría la vena gruesa de abajo; una mano le apretaba los huevos pesados. Hassan jadearon palabras sucias en inglés y español mezclados hasta que la apartó con un tirón del pelo.
—Suficiente. Quiero follarte ya.
La levantó como si no pesara nada y la tiró en la litera estrecha. Le arrancó las bragas de un tirón y se metió entre sus muslos. La polla le rozó el coño abierto, resbaladizo. Petra abrió más las piernas, agarrándose a los hombros musculosos de él.
—Métela. Dámela entera.
Hassan empujó de un golpe seco. El grito de Petra se ahogó contra el pecho de él. La polla le llenó el coño hasta el fondo, estirándola de una forma que su marido jamás había conseguido. Empezó a follarla en misionero con embestidas profundas, sujetándola por las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. Cada embestida hacía crujir la litera. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba el camarote pequeño.
—Joder, qué estrecho lo tienes… este coño de blanca casada me está matando.
La volteó sin sacársela del todo. Petra quedó a cuatro patas, el culo al aire, el vestido todavía arremangado en la cintura. Hassan le dio una cachetada sonora en un glúteo y después otra, más fuerte, mientras la penetraba con fuerza desde atrás. El golpe le quemó la piel y le mandó un calambre directo al clítoris.
—Te gusta que te azote el culo mientras te la meto, ¿eh? Te gusta que te estire este coño con mi polla negra.
—Sí… sí, joder, más fuerte —suplicó Petra, empujando el culo hacia atrás para recibirlo entero.
Hassan le agarró la cintura y la folló sin piedad, las bolas golpeándole el clítoris hinchado. El camarote olía a sexo y a sal. Petra baboseaba contra la almohada, los pechos colgando, cada embestida sacándole gemidos rotos. Cuando sintió que se acercaba demasiado rápido, Hassan se salió, se sentó en el borde de la litera y la subió encima en cowgirl inversa.
Petra se impaló sola, guiando la polla gruesa hasta el fondo. Empezó a rebotar, las nalgas golpeándole los muslos oscuros, el coño haciendo ruidos obscenos. Hassan le apretó las caderas y la ayudó a subir y bajar más rápido, más profundo.
—Rebota, puta. Quiero verte corriendo con mi polla dentro.
Ella se tocó el clítoris con dos dedos mientras cabalgaba. El orgasmo le subió desde el vientre como una ola sucia. Gritó, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la polla de Hassan, el cuerpo temblando. Hassan gruñó, la embistió hacia arriba unas cuantas veces más y se corrió con un gemido grave, llenándole el coño de semen espeso y caliente a chorros. Petra lo sintió todo: el pulso, el calor, el desbordamiento que ya le chorreaba por los muslos mientras seguía temblando encima de él.
Se quedaron así un momento, pegados, respirando agitados, el ferry balanceándose bajo ellos. Petra se levantó despacio. El semen le resbalaba blanco y denso por la cara interna de los muslos, hasta las rodillas. Se limpió con un pañuelo que sacó del bolso, sin prisas, dejando que Hassan la mirara hacerlo. Después se inclinó y le dio un beso profundo, lento, saboreando todavía el sexo en la boca de los dos.
—Esto… —susurró contra sus labios, la voz ronca— va a ser mi secreto más caliente. El que no le cuente a nadie.
Hassan le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, la sonrisa de antes todavía ahí, ahora más oscura, más peligrosa.
—La noche es larga, Petra. El ferry no llega hasta dentro de horas.
Ella lo miró, el coño aún sensible y abierto, el corazón latiéndole con una mezcla de culpa y hambre que no se había apagado. Fuera, el motor del barco seguía ronroneando hacia Ibiza, y en el pasillo se oían pasos lejanos. Petra se mordió el labio inferior, todavía con el sabor de él en la lengua, y no apartó la mano cuando Hassan le volvió a subir el vestido un centímetro.
La tensión no se había ido. Solo acababa de empezar.
Hassan le subió el vestido otro centímetro y el aire fresco del camarote le rozó el coño aún abierto y resbaladizo. Petra no apartó la mano. Al contrario: abrió un poco más las piernas y dejó que los dedos oscuros le rozaran los labios hinchados, todavía goteando el semen espeso que él le había dejado dentro. El balanceo suave del ferry empujaba sus cuerpos uno contra el otro.
—Todavía te late —murmuró Hassan contra su cuello, metiéndole dos dedos de golpe—. Este coño casado no ha tenido bastante.
Petra soltó un gemido bajo y se agarró a los hombros anchos. La polla de él ya volvía a endurecerse contra su muslo, pesada, caliente, resbalando con los restos de su propio corrida. Ella se agachó sin esperar más, se arrodilló otra vez en la alfombra estrecha y se la metió entera en la boca. Sabía a sexo, a ella misma y a él mezclados. Chupó con ruido, succionando la cabeza gruesa, lamiendo el frenillo mientras le miraba a los ojos. Hassan le agarró el pelo con fuerza y le embistió la garganta en embestidas cortas y profundas.
—Trágatela otra vez, puta blanca. Limpíame bien antes de que te la vuelva a meter.
Ella gorgoteó, saliva y restos de semen le bajaban por la barbilla hasta los pechos. Cuando la sacó, la polla brillaba, dura como acero, las venas marcadas sobre la piel negra. Hassan la levantó, la giró de espaldas y la empujó contra la litera. Le alzó el vestido hasta las axilas, le apreció las tetas firmes con las dos manos y le mordió un pezón hasta hacerla gritar. Después la puso a cuatro patas otra vez, pero esta vez le abrió las nalgas con los pulgares y le escupió en el culo.
—Quiero este también —gruñó—. Dime que sí.
—Sí —jadeó Petra sin dudar—. Métela donde quieras. Úsame.
Él se untó la polla con el semen que todavía le salía del coño y empujó la cabeza contra el agujero apretado. Petra se mordió el labio, empujó hacia atrás y lo recibió centímetro a centímetro. El ardor se convirtió en plenitud brutal. Hassan le agarró la cintura con ambas manos y se la enterró entera de un solo golpe. El grito de ella se perdió contra la almohada. Empezó a follársela el culo con embestidas largas y profundas, las bolas golpeándole el coño abierto.
—Joder, qué estrecho… tu marido nunca te ha abierto así, ¿verdad? Nunca te ha llenado el culo de polla negra mientras el ferry se balancea.
—Nunca… joder, más fuerte —suplicó ella, la voz rota—. Destroza me.
Hassan le dio una torta sonora en cada nalga hasta dejarlas ro
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