Deseo Desnudo en la Cubierta del Ferry

Laura, madrastra de 42 años, y su hijastro Reid, de 24, se dejan llevar por la lujuria prohibida y follan salvajemente en la cubierta des

12 min read September 09, 2026New

El ferry avanzaba con un rumor constante sobre las aguas negras del Mediterráneo, dejando atrás las luces de Barcelona mientras se dirigía a Palma en la travesía nocturna. Laura, de cuarenta y dos años, una mujer de curvas generosas que aún mantenía el cuerpo firme gracias a sus clases diarias de yoga y pilates, se apoyaba en la barandilla de la cubierta superior. El viento frío de la madrugada agitaba su ligero vestido veraniego de tela fina, pegándolo a sus pechos pesados y a la redondez madura de sus caderas. A su lado, Reid, su hijastro de veinticuatro años —un ingeniero recién ascendido en una firma de arquitectura naval, alto, de hombros anchos y mandíbula marcada—, permanecía en silencio. Acababan de enterrar al padre de él, el hombre que había sido esposo de Laura durante doce años, y el peso de esa pérdida parecía haber removido todo lo que llevaban años enterrando bajo capas de decencia familiar.

Ninguno hablaba, pero el aire entre ellos vibraba. Habían pasado más de una década reprimiendo la atracción. Laura recordaba con vergüenza y calor las mañanas en que Reid, ya adulto, salía del baño con solo una toalla baja en las caderas, el agua resbalando por los surcos de sus abdominales. Ella se tocaba después en la ducha, mordiéndose el labio para no gemir su nombre, odiándose por desear al hijo de su marido. Reid, por su parte, había acumulado años de erecciones secretas cada vez que Laura se inclinaba en la cocina con aquellos vestidos ceñidos, imaginando cómo se sentiría abrirle las piernas y hundirse en el coño de su madrastra hasta hacerla gritar.

Ahora, con la cubierta casi vacía —solo un par de pasajeros dormitaban en los bancos lejanos y el resto se había refugiado en los camarotes—, la luna llena lo iluminaba todo con crudeza. Un movimiento del ferry hizo que el brazo de Reid rozara el de ella. Ninguno se apartó. El contacto fue breve, pero suficiente para que Laura sintiera un latigazo de deseo directo en el clítoris. El viento volvió a soplar, levantando el borde de su vestido y pegando la tela entre sus muslos. Reid bajó la mirada y tragó saliva al ver la sombra de sus bragas y la carne suave de sus piernas.

—¿Tienes frío? —preguntó él con voz grave, colocando una mano en la parte baja de su espalda para “protegerla” del viento. Sus dedos quemaban a través de la tela.

Laura se giró lentamente. Sus ojos se encontraron y ya no pudieron separarse. —Un poco… pero no es el frío lo que me tiene así, Reid. Llevamos años fingiendo. Desde que eras un chico de dieciocho años y yo ya notaba cómo me mirabas el culo cuando creías que no te veía. Y yo… yo también te miraba. Me tocaba pensando en ti, imaginando tu polla dentro de mí mientras tu padre dormía al lado. Esto está mal, pero ya no puedo seguir mintiendo. Te deseo con locura, hijastro. Me muero por que me folles.

Las palabras salieron en un susurro ronco, casi ahogado por el ruido del mar. Reid sintió cómo su polla se hinchaba brutalmente dentro del pantalón, presionando dolorosamente contra la cremallera. Sin decir nada más, la atrajo hacia él y la besó con toda el hambre contenida durante años. Fue un beso sucio desde el primer segundo: lenguas que se enredaban con violencia, dientes que se chocaban, saliva que se mezclaba. Las manos de él bajaron inmediatamente a su culo, amasándolo con fuerza, separando las nalgas por encima del vestido mientras Laura gemía dentro de su boca.

Ella no esperó. Su mano derecha se coló entre sus cuerpos, abrió el botón y la cremallera con dedos ansiosos y sacó la polla gruesa y caliente de Reid. Estaba durísima, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Laura la envolvió con la palma y comenzó a masturbarlo lentamente, apretando desde la base hasta la punta, girando la muñeca con pericia de puta experimentada.

—Joder, madrastra… —gruñó él contra sus labios—. Tu mano se siente tan bien rodeando mi verga. Llevo años queriendo correrme en tu cara, en tus tetas, dentro de tu coño prohibido.

—Esto es una locura —susurró ella mientras aceleraba el movimiento, sintiendo cómo la polla palpitaba y soltaba más líquido preseminal que le lubricaba los dedos—. Soy tu madrastra, la viuda de tu padre. No deberíamos estar aquí, en la cubierta de un ferry, pajeándote como una zorra. Pero mira cómo me tienes… mi coño está chorreando solo de tocarte. Quiero que me folles, Reid. Quiero que me uses como la puta que soy para ti.

El deseo los devoraba. Los susurros sucios se volvían más sucios, más urgentes. Reid le levantó el vestido hasta la cintura, metió dos dedos bajo las bragas y los hundió en su coño empapado. Laura soltó un gemido ahogado y apretó más fuerte la polla, masturbándolo con movimientos rápidos y precisos mientras él la finger-follaba con rudeza. El viento les azotaba la piel, el mar rugía debajo, y ellos seguían perdidos en la transgresión, sus frentes pegadas, respiraciones entrecortadas, confesándose todo lo que habían callado.

Reid la arrastró hacia un banco oculto detrás de una estructura metálica, un rincón oscuro donde nadie podía verlos fácilmente. Laura se arrodilló de inmediato sobre la madera fría, mirándolo con ojos de puta total, las pupilas dilatadas de lujuria. Abrió la boca y se metió la verga gruesa hasta el fondo sin preámbulos. La saliva espesa brotó inmediatamente, resbalando por la barbilla mientras ella chupaba con hambre, sacando la lengua para lamerle los huevos y volviendo a tragársela entera. Lo miraba desde abajo, las lágrimas de esfuerzo brillando en sus pestañas, pero sin dejar de gemir alrededor de la polla.

—Así, madrastra… chúpame esa verga como la guarra que eres —jadeó Reid, sujetándole la cabeza con ambas manos y follándole la boca con movimientos cortos y profundos.

Laura se sacó la polla un segundo, jadeando. —Me encanta tener la polla de mi hijastro en la garganta. Sabe tan rica… tan prohibida.

Se subió entonces al banco, se quitó las bragas empapadas de un tirón y se colocó a horcajadas sobre él. Agarró la verga brillante de saliva y la guió hasta su entrada. Bajó de golpe, metiéndosela hasta el fondo en un solo movimiento. Ambos gritaron. El coño de Laura lo apretaba como un puño caliente y mojado. Empezó a cabalgar con furia, saltando sobre la polla gruesa, sus tetas grandes rebotando violentamente dentro del vestido. El sonido húmedo de carne contra carne se mezclaba con sus gemidos cada vez más altos.

—¡Fóllame más fuerte, hijo de puta! —gritó ella, perdida por completo—. ¡Méteme toda esa polla gruesa! ¡Soy tu madrastra y quiero que me destroces el coño!

Reid la sujetó por las caderas y la embistió desde abajo con brutalidad, pero pronto la necesidad de dominarla lo pudo. La levantó, la giró y la puso a cuatro patas sobre el banco. El culo redondo y maduro de Laura quedó expuesto bajo la luna. Él escupió en su mano, colocó la polla en su coño y la penetró de un solo golpe brutal. Empezó a follarla con embestidas salvajes, el sonido de sus huevos golpeando contra ella resonando en la noche. Le dio varios azotes fuertes, dejando la marca de su mano en la carne blanca.

—Así, toma, madrastra. Este culo es mío ahora —gruñó.

Sin avisar, metió dos dedos en su ano apretado, follándola por los dos agujeros al mismo tiempo. Laura se corrió con un grito desgarrador, su coño contrayéndose violentamente alrededor de la polla mientras chorros de jugos le bajaban por los muslos. Reid no aguantó más. Con un rugido animal, descargó dentro de ella, llenándole el útero de semen espeso y caliente mientras seguía metiendo y sacando los dedos del culo.

Sudorosos, jadeantes, con las piernas temblando, se dejaron caer uno contra el otro. El ferry ya estaba girando hacia el puerto; las luces de Palma comenzaban a dibujarse en el horizonte. Reid la besó con una ternura sucia, mezclando saliva y restos de placer, lamiéndole los labios mientras sus manos aún acariciaban sus tetas. Laura se deslizó hacia abajo una vez más, tomó la polla aún sensible entre sus labios y la limpió con devoción, tragándose los restos de semen y sus propios fluidos con lentos lametones.

—Esto solo será el principio —le susurró con la voz ronca, mirándolo a los ojos mientras se limpiaba la comisura de los labios con el dedo y se lo metía en la boca—. Cuando bajemos de este barco y estemos solos en Palma… no voy a poder parar, Reid. Te necesito otra vez. Te necesito toda la noche. Pero nadie puede saberlo nunca.

El ferry pitó al acercarse al muelle. Los dos se arreglaron la ropa con manos temblorosas, el semen aún chorreando entre los muslos de Laura, el sabor de su hijastro todavía en su lengua, y la promesa de mucho más peligro y placer latiendo entre ellos mientras las primeras luces del puerto los devolvían a la realidad que ya nunca volvería a ser la misma.

Laura sintió el semen caliente de Reid escapando de su coño en lentos hilos viscosos que le bajaban por los muslos mientras pisaban el muelle de Palma. Cada paso hacía que sus labios hinchados se rozaran, recordándole la brutal follada en la cubierta. El ferry pitaba a sus espaldas, pero ella solo podía pensar en la polla gruesa de su hijastro palpitando aún dentro de ella, estirándola como nunca su marido lo había hecho. Reid caminaba a su lado, la mandíbula tensa, la bragueta aún abultada. Ninguno hablaba, pero el olor a sexo los envolvía como una segunda piel.

En el taxi, Laura no aguantó. Apenas se cerraron las puertas y el coche empezó a rodar hacia el centro, su mano experta se coló bajo la chaqueta de Reid y abrió la cremallera con un tirón seco. La polla saltó, todavía pegajosa de saliva, semen y sus propios jugos. La envolvió con los dedos, apretando la base venosa mientras el taxista tarareaba una canción en la radio.

—Madrastra… joder, aquí no —gruñó Reid entre dientes, pero sus caderas se empujaron hacia arriba, metiendo la verga en el puño cerrado de ella.

—Cállate. Quiero pajearte la polla hasta que te duela. Llevo doce años imaginando esto, hijastro. Doce años tocándome el coño en la ducha pensando en cómo me llenarías de leche. —Aceleró el movimiento, girando la muñeca en la cabeza hinchada, extendiendo el precum que no paraba de brotar. Reid respiraba por la nariz, los nudillos blancos sobre el asiento. Laura sentía su propio coño palpitar, vacío y ansioso, chorreando más corrida sobre el cuero del taxi.

Llegaron al hotel en diez minutos que parecieron eternos. Pidieron una habitación doble sin mirarse a los ojos delante del recepcionista. En el ascensor, Reid la arrinconó contra el espejo, le metió la mano bajo el vestido y hundió dos dedos en el coño empapado y lleno de semen. Laura soltó un gemido ronco y le mordió el cuello.

—Más fuerte, cabrón. Méteme los dedos hasta el fondo. Quiero que sientas cómo me has destrozado el coño en la cubierta.

La habitación era pequeña, con una cama grande y vistas al puerto. Apenas cerró la puerta, Laura se quitó el vestido por la cabeza y lo lanzó al suelo. Sus tetas pesadas rebotaron libres, pezones duros como piedras. Se arrodilló de golpe, sin preámbulos, y se tragó la polla de Reid hasta que la nariz tocó el vientre plano. La garganta se contrajo alrededor de la verga, la saliva espesa brotó por las comisuras y le cayó sobre las tetas maduras.

—Así, madrastra de mierda. Chúpame esa verga como la zorra viuda que eres —jadeó Reid, agarrándola del pelo con ambas manos y follándole la boca con embestidas cortas y brutales. Laura lo miraba desde abajo, los ojos llorosos, las mejillas hundidas por la succión. Pensaba en lo prohibido: estaba de rodillas tragándose la polla del hijo de su difunto marido, y nunca había estado más mojada en su vida.

Se sacó la verga un segundo, jadeando, y escupió un grueso hilo de saliva sobre la cabeza morada.

—Quiero que me folles el culo, Reid. Nadie me ha tocado ahí. Quiero que seas tú el primero. Quiero que me rompas el ojete de tu madrastra hasta que grite.

Reid la levantó como si no pesara nada y la tiró sobre la cama. Laura se puso a cuatro patas, el culo redondo y maduro elevado, las rodillas abiertas. Él escupió directamente sobre el ano fruncido y colocó la polla aún brillante de saliva en la entrada. Empujó. El glande grueso forzó el anillo apretado y Laura soltó un grito ahogado que se convirtió en gemido largo cuando la mitad de la verga se hundió en su interior.

—Joder… qué culo tan estrecho, madrastra. Te estoy abriendo el ojete como mereces.

Laura empujó hacia atrás, tragándose más polla, el dolor mezclándose con un placer sucio que le hacía chorrear del coño vacío. Reid empezó a moverse, primero lento, después con embestidas cada vez más salvajes. El sonido de sus huevos golpeando el coño mojado llenaba la habitación junto con los gemidos de ella.

—¡Más fuerte! ¡Fóllame el culo, hijastro! ¡Soy tu puta madrastra, úsame, rómpeme! —gritaba Laura, una mano entre sus piernas frotándose el clítoris hinchado. Reid le dio un azote seco que dejó la marca roja en la nalga blanca, luego otro, y otro. La agarró del pelo y tiró hacia atrás, arqueándola mientras le metía toda la polla hasta los huevos en el ano.

El orgasmo la golpeó como un tren. El culo se contrajo violentamente alrededor de la verga, los muslos le temblaron y un chorro caliente de squirt salió de su coño, empapando las sábanas. Reid no paró. Siguió follándola el ojete sin piedad, sudando, los abdominales marcados por el esfuerzo.

—Te voy a llenar el culo de leche, zorra. Doce años queriendo correrme dentro de ti y ahora te voy a inundar las tripas.

La sacó de golpe, el ano de Laura quedó abierto, rojo, palpitando. La giró sobre la espalda, le levantó las piernas hasta que las rodillas le tocaron las tetas y volvió a penetrarla, esta vez en el coño, alternando agujeros con brutalidad. Laura estaba ida, los ojos en blanco, la boca abierta soltando babas y gemidos incoherentes.

—Dime que te gusta, madrastra. Dime que te encanta que tu hijastro te trate como a una puta barata.

—Me encanta… me encanta que me folles los dos agujeros, Reid. Tu padre nunca me dio lo que tú me das. Me corro solo de saber que eres tú, el hijo de mi marido, el que me está destrozando el culo y el coño.

Reid aceleró, el sudor cayéndole por el pecho. La habitación olía a sexo crudo, a culo, a coño y a semen viejo. La folló con todo el peso de su cuerpo, clavándola contra el colchón. Laura se corrió otra vez, el coño apretando la polla como un puño caliente, los jugos salpicando entre ellos.

Finalmente, Reid no aguantó más. Sacó la verga del coño, se subió sobre el pecho de ella y empezó a masturbarse furiosamente sobre su cara. Laura abrió la boca, sacó la lengua, los ojos fijos en la polla hinchada que se sacudía a centímetros de sus labios.

—Aquí tienes, madrastra. Toda la leche prohibida que guardé para ti durante años.

El primer chorro fue grueso y blanco, cayó directamente en la lengua de Laura. El segundo le cruzó la mejilla izquierda, el tercero le llenó el párpado. Reid siguió corriéndose con gruñidos animales, cubriéndole toda la cara de semen espeso, pintándole las tetas, metiéndole la punta en la boca para que tragara los últimos pulsos. Laura tragaba y gemía, recogiendo con los dedos lo que caía fuera y metiéndoselo entre los labios.

Cuando terminó, Reid se quedó de pie junto a la cama, la polla aún goteando sobre la cara destrozada de su madrastra. Ella, con los ojos pegados de semen, se pasó la lengua por los labios y sonrió con la voz rota de tanto gritar:

—Vuelve a metérmela en el culo mañana, hijastro. Quiero amanecer con los dos agujeros rebosando de tu corrida espesa, cabrón.

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