Divorciada en Cubierta: La Vecina Se Entrega al Capitán

Renata, una divorciada de 42 años, se entrega en la cubierta al capitán Gideon mientras su cornudo marido Emmett mira y se excita.

20 min read September 13, 2026New

En el lujoso crucero que surcaba las aguas turquesas del Caribe, el sol del mediodía caía como una caricia ardiente sobre la cubierta superior. Renata, una divorciada de cuarenta y dos años con un cuerpo voluptuoso que hacía girar cabezas, se apoyaba en la barandilla de madera pulida. Sus tetas grandes, pesadas y redondas, apenas contenidas por el bikini rojo que había elegido esa mañana, se hinchaban con cada respiración. El sudor perlaba su escote profundo, haciendo que la tela se pegara a sus pezones ya endurecidos. Viajaba con su nuevo marido, Emmett, un hombre sumiso de cuarenta y cinco años que siempre había confesado entre susurros en la cama su fantasía más oscura: verla abierta y follada por un macho que supiera manejarla como se merecía. Emmett estaba sentado a varios metros, en una tumbona sombreada, con un cóctel intacto en la mano y los ojos fijos en su esposa. Su polla ya empezaba a engordar dentro del bañador solo con imaginar lo que podía pasar.

El capitán Gideon apareció entonces, caminando con esa autoridad natural que lo hacía parecer dueño del mar y de todo lo que pisaba. A sus cincuenta años, era alto, moreno, de hombros anchos y brazos fuertes marcados por años de navegación. Su uniforme blanco se tensaba sobre su pecho musculoso, y sus ojos negros brillaban con una dominante seguridad que hizo que Renata sintiera un calor líquido entre los muslos. Se acercó directamente a ella, ignorando deliberadamente a Emmett, y se plantó a su lado tan cerca que su aroma a sal, colonia cara y hombre puro invadió el espacio de la mujer.

—Renata, ¿verdad? —dijo con voz grave y ronca, como si ya supiera su nombre desde antes de preguntarlo—. Una mujer como tú no debería estar sola en cubierta. Esas tetas tan grandes y jugosas merecen mejor compañía que el viento. ¿Te molesta si te digo que tu culo se ve delicioso en ese bikini? Parece hecho para que un hombre lo agarre fuerte mientras te folla como se debe.

Renata se sonrojó intensamente, pero no se apartó. Al contrario, arqueó ligeramente la espalda, haciendo que sus pechos se proyectaran más hacia él. En su cabeza bullían pensamientos sucios y liberadores: «Dios mío, este hombre huele a poder. Emmett nunca me ha hablado así. Llevo años con una polla blanda y pequeña que apenas me roza las paredes. Este capitán parece capaz de partirme en dos y dejarme gimiendo como una puta». Sintió cómo su coño se humedecía, la tela del bikini inferior ya pegajosa contra sus labios hinchados.

—Capitán Gideon… es usted muy directo —respondió ella con una risa baja, coqueta, mirando de reojo hacia donde Emmett observaba todo con las mejillas ardiendo—. Pero no me molesta. De hecho, me gusta. Mi marido no es de los que toman lo que quieren. Él… prefiere mirar.

Gideon sonrió con esa sonrisa lobuna que prometía depravación. Colocó una mano grande y callosa en la cintura desnuda de Renata, deslizándola lentamente hacia abajo hasta rozar el comienzo de su culo redondo y firme. Sus dedos presionaron con posesión, hundiendo apenas la tela.

—Entonces dile a ese cornudo que mire bien. Porque una hembra como tú, con coño de divorciada hambrienta y tetas que piden que las chupen hasta que duela, necesita que un capitán de verdad la ponga en su lugar. ¿Sientes cómo se te moja el chocho solo con que te toque, Renata? Apuesto a que ya estás imaginando mi polla gruesa abriéndote mientras tu maridito se toca en la esquina.

Emmett, desde su posición, tragaba saliva con dificultad. La humillación le quemaba el estómago, pero su verga estaba completamente dura, palpitando contra la tela del bañador. «Mírala… se está derritiendo por él. Se sonroja como una zorra en celo. Quiero ver cómo la toca más. Quiero que la haga suya delante de mí», pensaba, respirando agitado, la frente perlada de sudor. No se movió. Solo observó cómo Gideon se inclinaba y le susurraba algo más al oído a su esposa, algo que la hizo morderse el labio y reír con esa risa cargada de deseo que él conocía muy bien.

El coqueteo se prolongó casi una hora. Gideon no dejaba de tocarla: un roce en el costado de una teta, un pellizco disimulado en el pezón a través de la tela, una mano que se colaba brevemente entre sus muslos para sentir el calor que emanaba de su coño. Renata respondía con gemidos suaves disimulados como risas, confesándole en voz baja que llevaba todo el día fantaseando con que la doblara sobre esa misma barandilla. Emmett lo veía todo. Cada gesto, cada mirada. Y su excitación crecía como una marea imparable, humillado hasta el fondo pero más vivo que nunca.

Esa misma noche, la tensión acumulada durante el día explotó. Renata se puso un vestido cortísimo de color negro, tan corto que apenas cubría la mitad de sus nalgas redondas y suaves. Sin bragas. Sus tetas grandes se balanceaban libres bajo la tela fina, los pezones marcados como invitaciones obscenas. Había cruzado miradas cargadas de hambre con Gideon durante toda la cena y los espectáculos del barco. Ahora, con el corazón latiéndole en la garganta y el coño chorreando, subió voluntariamente a la cubierta privada del capitán, un espacio exclusivo con sofás de cuero, luces tenues y vistas infinitas al mar oscuro.

Gideon la esperaba de pie, con la camisa desabotonada mostrando su torso moreno y marcado. En cuanto la vio, soltó una risa oscura y satisfecha.

—Sabía que vendrías, puta. Has estado pidiendo polla de verdad con los ojos todo el día. Ese vestidito apenas te tapa el culo. Date la vuelta, que quiero ver cómo se te mueve esa carne mientras caminas hacia mí.

Renata obedeció entre risas nerviosas y excitadas, girando para mostrarle el culo. Se sentía poderosa y sucia al mismo tiempo. «Esto es lo que quiero. Emmett nunca me ha hecho sentir así de zorra. Quiero que me use, que me degrade delante de él».

—Capitán… quiero confesarle algo —dijo acercándose hasta quedar pegada a su cuerpo, sintiendo ya la dureza de su polla contra su vientre—. Quiero que me folles duro delante de mi marido. Emmett siempre ha soñado con verme convertida en una puta para otro hombre. Y yo… necesito que me destroces el coño mientras él mira. Por favor.

Gideon no perdió tiempo. La agarró del pelo con fuerza, tirando su cabeza hacia atrás y besándola con brutalidad. Su lengua entró como una invasión, follándole la boca mientras su otra mano subía el vestido y apretaba una teta con saña, pellizcando el pezón hasta hacerla gemir dentro de su boca. Cuando separó el beso, un hilo de saliva los unía todavía.

—Buena zorra casada. Entonces llama ahora mismo a ese cornudo inútil. Dile que suba. Quiero que vea cómo te toco, cómo te preparo para que mi verga te abra en canal. Le voy a demostrar lo que es dejar a una mujer como tú hecha una puta babeante.

Renata, con las piernas temblando y el coño empapado hasta los muslos, sacó el móvil y marcó. Su voz salió entrecortada de placer cuando Emmett contestó.

—Sube a la cubierta privada del capitán. Ya. Quiere que mires cómo me folla.

Minutos después, Emmett apareció, pálido, excitado y avergonzado. Gideon lo señaló con desprecio juguetón.

—Siéntate ahí, cornudo. No hables. No toques tu polla ridícula hasta que yo te dé permiso. Tu esposa se va a entregar como la zorra divorciada que es.

Gideon empujó a Renata contra la barandilla, levantó el vestido hasta la cintura y metió dos dedos gruesos en su coño sin aviso. Ella gritó de gusto, arqueándose. Él los movía con rudeza, haciendo que sus jugos chorrearan audiblemente mientras le mordía el cuello.

—Mira cómo chorrea, Emmett. Este coño ya no te pertenece. Es mío para usarlo.

La escalada fue implacable. Renata se arrodilló sobre la cubierta de teca, mirando al capitán con ojos vidriosos de lujuria. Bajó la cremallera y sacó su polla gruesa, venosa y larga, que pesaba en su mano como algo vivo y poderoso.

—Joder… después de años tragando la polla inútil y flácida de mi marido, esto sí es una verga de verdad —gimió, lamiendo desde las bolas pesadas hasta la cabeza hinchada—. Me encanta. Quiero que me la metas hasta el fondo de la garganta.

Emmett observaba con la boca seca, su propia verga latiendo dolorosamente mientras su esposa chupaba con ansia obscena, babeando, metiéndose casi toda la longitud, mirándolo a los ojos al capitán con devoción de puta. Gideon la agarraba del pelo y le follaba la boca con embestidas controladas, llamándola «zorra casada», «vecina caliente que por fin se entrega».

Después la puso en cuatro sobre la cubierta. Le azotó el culo con la palma abierta, dejando las nalgas rojas y ardientes. «Toma, puta. Así se folla a una mujer casada que necesita polla de verdad». Empujó su verga dentro de ella de un golpe seco, abriéndole el coño hasta el fondo. Renata gritó de placer puro, sintiendo cómo la llenaba como nunca. Cada embestida hacía que sus tetas colgaran y se bambolearan, chocando entre sí. Gideon la agarraba de las caderas y la taladraba sin piedad, llamándola «cornuda de mierda», «vecina puta que moja por el capitán».

La cambió de posición, poniéndola en misionero sobre uno de los sofás, con las piernas abiertas obscenamente hacia donde Emmett estaba sentado. Así el marido podía ver perfectamente cómo la polla gruesa entraba y salía, estirando los labios hinchados del coño de su esposa, que chorreaba crema blanca con cada salida. Renata gemía sin control, sus tetas rebotando con violencia.

Finalmente, Gideon se sentó y la hizo cabalgarlo. Renata se empaló sola, bajando hasta que sus huevos golpearon contra su culo. Empezó a subir y bajar como una posesa, sus tetas saltando frente a la cara del capitán.

—Grita, zorra —ordenó él, azotándole las nalgas mientras ella rebotaba—. Dile a tu cornudo quién es tu dueño ahora.

—¡El capitán Gideon es mi dueño! —gritó Renata, perdida en el placer, el coño apretando la polla que la partía—. ¡Emmett solo sirve para mirar y limpiar la corrida de un hombre de verdad de mi coño usado! ¡Soy su puta ahora!

Gideon gruñó, sintiendo cómo sus huevos se tensaban. La sujetó fuerte de las caderas y empezó a embestir hacia arriba con fuerza animal, follándola desde abajo mientras el clímax se acercaba. Su polla palpitaba dentro de ella, hinchándose aún más, preparándose para correrse abundantemente y llenarla hasta desbordar. La tensión en el aire era eléctrica; el mar oscuro parecía contener la respiración ante lo que estaba a punto de desatarse del todo…

Con un rugido gutural que pareció hacer vibrar la barandilla de la cubierta, Gideon clavó los dedos en las caderas anchas y suaves de Renata y embistió hacia arriba con toda la fuerza de sus cincuenta años de marino duro. Su polla gruesa, hinchada al máximo, palpitó violentamente dentro del coño empapado de la divorciada de cuarenta y dos años y soltó el primer chorro espeso y caliente de semen. Renata echó la cabeza hacia atrás, sus tetas grandes y pesadas rebotando con violencia, y dejó escapar un alarido ronco de placer puro mientras sentía cómo la llenaban hasta el fondo. Cada pulsación de aquella verga poderosa enviaba otro latigazo de leche espesa contra sus paredes internas, desbordándose ya en espumarajos blancos que le corrían por los muslos temblorosos.

—¡Joder, capitán! ¡Me estás inundando… me estás marcando el coño como tu puta! —gritó ella, perdida, cabalgando con más furia sobre el tronco venoso que la partía en dos. Su clítoris hinchado rozaba el pubis de Gideon con cada rebote y el orgasmo la atravesó como un rayo, contrayendo su chocho en espasmos tan fuertes que exprimía la polla del capitán y sacaba más corrida mezclada con sus propios jugos. El líquido chorreaba audiblemente, salpicando los huevos pesados de él y manchando el sofá de cuero oscuro.

Emmett, sentado a tres metros con las manos crispadas sobre los muslos, tragaba saliva con la garganta seca. El cornudo de cuarenta y cinco años tenía la polla ridículamente pequeña completamente rígida dentro del bañador, goteando precum como un grifo mal cerrado. La humillación le quemaba las mejillas, pero era un fuego que le llegaba directamente a los huevos. «Mírala… mi mujer está siendo follada de verdad. Ese semen no es mío. Nunca lo será. Y ella se corre como nunca se corrió conmigo», pensó, respirando entrecortado, sin atreverse aún a tocarse porque el capitán no le había dado permiso.

Gideon no sacó la polla. La mantuvo enterrada hasta el fondo mientras los últimos chorros salían más débiles, y miró al marido con una sonrisa cruel y satisfecha.

—Ven aquí, cornudo. Arrastra esa silla más cerca. Quiero que veas cómo le gotea mi leche del coño abierto. Mira lo que le hago a tu zorra divorciada.

Emmett obedeció al instante, moviendo la silla hasta quedar a menos de un metro. Desde allí podía oler el sexo: el aroma salado, almizclado y dulzón de coño bien follado mezclado con semen abundante. Renata, todavía empalada, temblaba con pequeñas réplicas de placer. Gideon la levantó lentamente por las nalgas, y cuando la polla salió con un sonoro chasquido húmedo, un verdadero río blanco y espeso brotó del coño abierto de Renata y cayó en hilos largos sobre los muslos de ella y el sofá.

—Míralo bien, Emmett —ordenó Gideon con voz ronca mientras mantenía los labios hinchados de Renata separados con dos dedos—. Ese coño ya no es tuyo. Está destrozado, rojo, lleno de corrida de un hombre de verdad. Renata, dile a tu marido lo que sientes.

Renata, con la respiración agitada y los ojos vidriosos, miró directamente a Emmett mientras se tocaba el clítoris lentamente, esparciendo la mezcla de fluidos.

—Está caliente… tan llena que me chorrea hasta las rodillas. Tu polla nunca me llegó tan profundo, nunca me dejó así de abierta y usada. Me encanta, Emmett. Me encanta ser su puta delante de ti.

Gideon soltó una carcajada oscura y la empujó de rodillas sobre la cubierta de teca. Su polla, aún semidura y brillante de jugos y semen, quedó colgando frente a la cara de la mujer de cuarenta y dos años.

—Límpiala, zorra. Usa esa lengua de divorciada hambrienta. Quiero que pruebes cómo sabe tu coño mezclado con mi leche mientras tu cornudo mira a veinte centímetros.

Renata no dudó. Abrió la boca y tragó la polla todavía caliente, lamiendo con devoción cada centímetro, saboreando el gusto fuerte y salado de su propia corrida y el semen del capitán. Chupaba con ruidos obscenos, babeando sin control, metiéndose los huevos pesados en la boca uno a uno mientras sus tetas colgaban y se bamboleaban pesadamente. Gideon la agarró del pelo con fuerza pero sin violencia, follándole la boca con movimientos lentos y profundos, recuperando dureza a cada pasada de aquella lengua experta.

—Buena puta… así, hasta el fondo. Mira cómo traga, Emmett. Tu mujer nació para chupar pollas de verdad, no esa cosita flácida que tienes entre las piernas.

Emmett gemía bajito, hipnotizado. Su mano derecha se movía ya sobre el bañador, frotándose por encima de la tela sin atreverse a sacarla. El capitán lo notó y sonrió.

—Puedes sacártela, cornudo, pero no te corres hasta que yo lo diga. Quiero que veas cómo me la pongo dura otra vez con la boca antes de que le destroce el culo.

Renata levantó la mirada, sorprendida y excitadísima. Sacó la polla de su boca con un hilo espeso de saliva que le colgaba del labio inferior y jadeó:

—¿El culo, capitán? Hace años que nadie me toca ahí… pero si tú quieres, rómpeme el culo delante de él. Quiero que me uses entero.

Gideon la levantó como si no pesara nada, la dobló sobre la barandilla de la cubierta privada mirando al mar oscuro y le escupió directamente en el ano fruncido. Con dos dedos gruesos empezó a abrirla sin prisa, girándolos, estirando el músculo apretado mientras Renata gemía y empujaba hacia atrás como una perra en celo. Sus tetas grandes se aplastaban contra la madera pulida, los pezones duros como piedras.

—Relájate, zorra. Este culo gordo y redondo está pidiendo verga gruesa. Emmett, acércate más. Quiero que veas cómo desaparece mi polla dentro del agujero que tú nunca supiste usar.

Emmett arrastró la silla hasta casi tocar las nalgas de su esposa. El olor a sexo era abrumador. Vio perfectamente cómo Gideon colocaba la cabeza hinchada de su verga contra el ano de Renata y empujaba. Centímetro a centímetro, la polla gruesa fue abriendo el culo de la divorciada, que gemía y jadeaba, mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar.

—Dios… duele rico… me estás partiendo el culo, capitán… ¡más! —suplicó ella, empujando hacia atrás hasta que los huevos de Gideon chocaron contra su coño chorreante.

El capitán empezó a follarla con embestidas cortas pero cada vez más profundas, agarrándola del pelo como riendas. El culo de Renata se adaptaba poco a poco, tragándose toda aquella verga venosa mientras sus jugos vaginales seguían goteando al ritmo de las embestidas. El sonido era obsceno: carne húmeda contra carne, palmadas fuertes cuando las caderas de Gideon chocaban contra las nalgas redondas que ya empezaban a enrojecer.

—Esto es lo que mereces, Renata —gruñó él, dándole un azote seco que resonó en la noche—. Un culo bien follado por un macho mientras tu marido mira con la polla en la mano sin poder correrse. Dile lo que eres.

—¡Soy tu puta anal, capitán Gideon! —gritó ella, la voz rota de placer—. ¡Emmett solo sirve para mirar cómo me abres el culo y me dejas hecha un desastre! ¡Mi coño y mi culo son tuyos ahora!

Gideon aceleró el ritmo, follándola con golpes largos y potentes que hacían que todo el cuerpo voluptuoso de Renata se sacudiera. Una de sus manos bajó hasta el coño de ella y metió tres dedos sin aviso, follándola por ambos agujeros al mismo tiempo. Renata explotó en otro orgasmo brutal, gritando al mar abierto, el ano apretando la polla como un puño y el coño soltando un chorro claro que salpicó las baldosas de teca y las rodillas de Emmett.

El marido estaba al borde de la locura. Su polla pequeña goteaba sin parar, la mano moviéndose lenta para no correrse, los ojos fijos en el punto exacto donde la verga gruesa del capitán entraba y salía del culo de su esposa, cada vez más fácil, cada vez más sucio.

Gideon sacó la polla del ano con un plop húmedo y la volvió a meter en el coño de un solo golpe, alternando agujeros sin piedad, manteniendo a Renata en un orgasmo casi continuo. La mujer de cuarenta y dos años ya no era más que carne temblorosa, babas y gemidos, las tetas marcadas por sus propias uñas, el maquillaje corrido por las lágrimas de placer.

—Todavía no he terminado contigo, zorra —jadeó Gideon, reduciendo el ritmo pero sin salir de ella, manteniendo la tensión al límite—. Todavía te queda mucha noche de polla gruesa y humillación. Y tú, cornudo… vas a aprender exactamente cuál es tu nuevo lugar en este crucero.

Renata giró la cabeza, miró a su marido con ojos nublados de lujuria total y sonrió como una auténtica puta satisfecha, el culo y el coño latiendo visiblemente, abiertos, rojos y brillantes de semen y jugos. El capitán seguía moviéndose dentro de ella con lentitud deliberada, prolongando el tormento delicioso, dejando claro que aquello apenas acababa de escalar y que la verdadera depravación aún estaba por llegar mientras el mar negro observaba en silencio.

Gideon mantuvo el ritmo lento y deliberado, su polla gruesa y venosa enterrada hasta los huevos en el coño abierto de Renata, moviéndose apenas para que ella sintiera cada latido dentro de sus paredes destrozadas. La divorciada de cuarenta y dos años jadeaba con la boca abierta, el sudor corriéndole entre las tetas pesadas que se aplastaban contra la barandilla de madera. Cada vez que el capitán rotaba las caderas, el glande hinchado le presionaba el fondo del útero y ella apretaba los dientes, sintiendo cómo su propio coño traicionero succionaba aquella verga como si no quisiera soltarla jamás. «Esto es lo que siempre necesité. Un macho que me use como carne, no como esposa», pensó Renata, con la mente nublada por el placer sucio.

—Sácate esa polla ridícula, cornudo —ordenó Gideon sin mirarlo, clavando los dedos en las caderas anchas de la mujer—. Y acércate. Quiero que huelas cómo queda el coño de tu mujer después de que un capitán de verdad lo reviente.

Emmett, el marido de cuarenta y cinco años, obedeció al instante. Arrastró las rodillas por la cubierta de teca hasta quedar a medio metro, con su verga pequeña y tiesa palpitando en su puño. El olor lo golpeó como un mazazo: coño maduro, semen espeso, sudor y cuero. Vio los labios hinchados de Renata, rojos como carne fresca, todavía abiertos en un círculo obsceno alrededor de la base de la polla del capitán. Un hilo blanco y espeso le bajaba por el muslo interno hasta la rodilla.

Renata giró la cabeza, el pelo pegado a la cara sudorosa, y le sonrió con pura maldad de zorra satisfecha.

—Míralo bien, Emmett. Mira cómo me tiene el coño este hombre. Tú nunca llegaste ni a la mitad. Siento sus huevos calientes contra mi clítoris y me estoy corriendo solo con eso.

Gideon soltó una carcajada ronca y empezó a follarla de verdad. Sacó la polla casi entera y la clavó de golpe, una, dos, diez veces, haciendo que las nalgas redondas de Renata rebotaran con palmadas húmedas. El sonido era asquerosamente perfecto: chap-chap-chap de coño empapado recibiendo verga gruesa. Ella gritó sin vergüenza, las tetas balanceándose violentamente, los pezones tan duros que dolían.

—Díselo, puta divorciada —gruñó Gideon, acelerando el ritmo hasta que sus caderas chocaban con fuerza contra el culo de ella—. Dile a este inútil lo que sientes.

—¡Me está partiendo el chocho, Emmett! —aulló Renata, con la voz rota—. ¡Siento su polla en la garganta, joder! ¡Tu cosita flácida nunca me hizo gritar así! ¡Soy su puta de cubierta, su vecina caliente que se abre para polla de capitán!

El orgasmo la atravesó sin aviso. Sus muslos temblaron, el coño se contrajo en espasmos brutales y soltó un chorro claro que salpicó el pecho de Emmett arrodillado. El marido gemía bajito, masturbándose despacio, al borde de correrse solo con el olor y la visión de su esposa convertida en una hembra babeante.

Gideon no le dio respiro. Sacó la polla chorreante del coño y la colocó directamente contra el ano ya dilatado. Empujó sin piedad, abriéndola de un solo golpe hasta que sus huevos pesados chocaron contra los labios vaginales hinchados. Renata arqueó la espalda como una gata en celo, gritando al mar oscuro.

—¡Síííí! ¡Rómpeme el culo, capitán! ¡Más adentro, joder, quiero sentirte en las tripas!

Emmett estaba tan cerca que podía ver el ano de su mujer estirado al máximo, el anillo rosado convertido en un círculo brillante alrededor de la verga venosa que entraba y salía sin compasión. El capitán alternaba ahora: tres embestidas brutales en el culo, sacaba, la metía hasta el fondo en el coño, la sacaba empapada de crema y volvía al ano. Los dos agujeros de Renata quedaban abiertos, rojos, palpitando, chorreando una mezcla espesa de jugos y semen que caía en goterones sobre la cubierta.

—Lame, cornudo —ordenó Gideon de repente, agarrando a Emmett por el pelo y tirando de él hasta pegar su cara contra el coño de su esposa mientras seguía follándole el culo sin parar—. Limpia ese clítoris hinchado mientras yo le destrozo el ojete. Quiero sentir tu lengua de perdedor en mis huevos cuando entro.

Emmett no dudó. Sacó la lengua y lamió con devoción el clítoris de Renata, saboreando el semen del capitán mezclado con los jugos dulzones de su mujer. Cada vez que Gideon embestía, sus huevos pesados golpeaban la frente de Emmett. El marido de cuarenta y cinco años sentía una humillación tan profunda que su polla pequeña soltaba precum en chorros continuos. «Esto es lo que soy. Un limpiador de coños usados. Y me encanta», pensó mientras chupaba y tragaba.

Renata se corrió otra vez, gritando obscenidades al viento.

—¡Chúpame el clítoris mientras me follan el culo, cornudo de mierda! ¡Siente cómo me palpita el ano alrededor de una polla de verdad! ¡Tu boca solo sirve para esto, para comer los restos de un macho superior!

Gideon la levantó como si fuera una muñeca, la tiró sobre uno de los sofás de cuero y le abrió las piernas obscenamente. Colocó a Emmett sentado justo al lado, a menos de treinta centímetros, para que viera todo en primer plano. Luego se colocó encima de Renata en misionero salvaje, metiéndole la polla en el coño con tanta fuerza que el sofá crujía. Las tetas grandes de la divorciada saltaban hacia su propia cara con cada embestida. Gideon le agarró una teta con saña, pellizcándole el pezón hasta que ella aulló.

—Dile a tu marido lo que va a pasar de ahora en adelante, zorra.

Renata, con los ojos en blanco de placer, miró directamente a Emmett mientras el capitán la taladraba.

—Voy a ser la puta privada del capitán Gideon en este crucero y en tierra. Cada vez que él quiera, me va a doblar y me va a llenar los dos agujeros. Tú vas a mirar, vas a lamer y vas a tragar. Tu polla inútil nunca volverá a entrar en mí. Solo servirás para comer corrida fresca.

Gideon gruñó como un animal, sintiendo que se acercaba el final. Sacó la polla del coño, la metió de un golpe brutal en el ano de Renata y empezó a follarla con golpes cortos y violentos. El culo de la mujer de cuarenta y dos años tragaba todo, soltando ruidos húmedos y sucios. Emmett seguía con la cara pegada, lamiendo el coño vacío mientras veía la polla gruesa desaparecer y aparecer del ano dilatado de su esposa.

—Ahora, cornudo —jadeó Gideon, con la voz ronca de esfuerzo—. Abre la boca.

El capitán sacó la polla del culo con un plop obsceno y apuntó directamente a la cara de Emmett. Tres chorros espesos y calientes de semen salieron disparados, cayendo en la lengua del marido, en sus labios y en la mejilla. Luego volvió a meterla en el ano de Renata y descargó el resto dentro, inundándola hasta que la leche blanca empezó a rebosar alrededor de la verga y a correr por el coño abierto.

—Trágatelo todo —ordenó Gideon.

Emmett tragó la corrida espesa con la garganta visiblemente trabajando, mientras Renata, todavía empalada y temblando, se tocaba el clítoris con furia y se corría por última vez mirando a su marido.

—Sigue lamiendo, cornudo de mierda, que esta zorra divorciada va a mear toda la corrida del capitán en tu boca de perdedor mientras me corro pensando en la verga que me va a follar todos los días sin ti.

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