Falsa Novia, Deseo Real en la Piscina
Una rica española de 32 años se folla salvajemente al musculoso instructor dominicano de 28 en la piscina de su mansión.
El sol de Miami pegaba a plomo sobre la mansión de Coral Gables cuando Felix llegó por primera vez. Veintiocho años, dominicano de Santiago, hombros anchos, pecho marcado y esa piel oscura que brillaba apenas sudaba. Rosa lo contrató ella misma. Treinta y dos, española de Valencia, casada con un tipo que vivía más en aviones que en casa. Delante del marido ausente ella era la esposa perfecta: sonrisa educada, bikini enterizo, copas de vino tinto sin pasarse. Dentro, se moría de ganas de que alguien la partiera en dos.
Felix se presentó en pantalón corto y camiseta ceñida. Rosa lo miró de arriba abajo sin disimulo mientras firmaba el contrato en la terraza.
—Vas a darme clases particulares —dijo ella, voz baja—. Mi marido viaja mucho. Quiero mejorar la brazada… y lo que haga falta.
Él sostuvo la mirada. Notó el escote profundo, las tetas pesadas apretadas en la blusa blanca, la curva de cadera ancha.
—Como digas, señora.
—Rosa. Llámame Rosa.
A la tercera sesión ya entrenaba solo en la piscina privada, sin camiseta. El agua le resbalaba por los abdominales, por la V que se perdía bajo el bañador negro. Rosa lo observaba desde la tumbona, gafas de sol bajadas, muslos entreabiertos. Félix sentía esa mirada como una mano en la polla. Cada vez que salía del agua, el bañador se le pegaba y delataba el bulto grueso. Ella no apartaba los ojos. Él tampoco fingía no enterarse. Un día, al pasar junto a ella para coger la toalla, se detuvo lo justo.
—Te gusta lo que ves, ¿verdad?
Rosa se lamió el labio inferior.
—Me gusta más de lo que debería. Y tú lo sabes, negro guapo.
La tensión se instaló como el calor: espesa, inevitable. Coqueteaban a lo descarado. Él le corregía la postura rozándole la cintura más de la cuenta. Ella le pasaba crema por la espalda y dejaba los dedos demasiado cerca del culo. Los dos elegían alimentar el fuego.
Una tarde de jueves el marido había salido a Nueva York. Rosa apareció en la terraza con un bikini rojo que apenas cubría los pezones duros y el triángulo del coño. El hilo se le metía entre las nalgas grandes y blancas.
—Hoy quiero que me enseñes de verdad —dijo, entrando al agua hasta la cintura—. Sosténme.
Felix se colocó detrás. Sus manos grandes le agarraron las caderas. Ella empujó el culo hacia atrás a propósito, frotándolo despacio contra la entrepierna de él. La polla de Felix respondió al instante, engordando contra la tela mojada y contra esa raja carnosa.
—Joder, Rosa…
—¿Qué? —susurró ella, girando un poco la cabeza—. ¿Te molesta que te frote el culo en la verga?
Él la apretó más contra su cuerpo. El agua chapoteaba suave. Su boca quedó junto a la oreja de ella.
—Llevo días mirándote y pensando en cómo te iba a abrir. Ese bikini de puta… se te ve todo.
Rosa jadeó cuando él le subió una mano y le pellizcó un pezón a través de la tela.
—Dímelo claro —exigió ella, voz ya ronca—. Dime lo que quieres hacerme.
Felix le mordisqueó el lóbulo.
—Quiero follarte como la puta blanca que eres. Quiero meterte esta polla negra hasta el fondo del coño y del culo hasta que no puedas ni cerrar las piernas. Llevo días con la polla dura de solo imaginar cómo me la chuparías.
Ella se frotó más fuerte, moviendo las caderas en círculos lentos. La erección de él ya era una barra gruesa y caliente contra su raja.
—Y yo llevo días deseando esa polla negra y gruesa. Quiero que me la metas entera, que me uses, que me dejes el coño destrozado. Mi marido no me toca como necesito. Tú sí. Ahora.
No hubo más vacilación. Se miraron. Se entendieron. Consintieron con la misma urgencia salvaje.
Felix la guió hasta el borde poco profundo. Rosa se arrodilló en el primer escalón, el agua hasta las tetas. Le bajó el bañador de un tirón. La verga de Felix saltó libre: oscura, gruesa, venas marcadas, la cabeza hinchada ya brillando de precum. Rosa la agarró con las dos manos y se la llevó a la boca sin preámbulos. La lamió de base a glande, saboreando la piel salada, y después abrió la garganta y se la embutió hasta las bolas. Babeó alrededor del tronco, haciendo ruidos obscenos, tragando y retrocediendo solo para volver a tragar más profundo. Felix le agarró el pelo rubio oscuro y le folló la cara con embestidas cortas y firmes.
—Así, trágatela… qué puta más buena chupando polla negra —gruñó él, mirándola con los ojos entrecerrados—. Mírate, de rodillas, babosa, con los ojos llorosos de lo profunda que te la meto.
Rosa gemía alrededor de la verga, saliva espesa cayéndole por la barbilla hasta el escote. Cada vez que él tocaba el fondo de su garganta ella se apretaba las tetas y se retorcía de ganas. Cuando ya no aguantó más, Felix la sacó del agua, la subió a la tumbona más cercana y la puso a cuatro patas. Le arrancó el bikini de un tirón; la tela se rompió. El coño de Rosa estaba hinchado, rosado, chorreando. El culo redondo y blanco le temblaba.
Él se arrodilló detrás, le separó las nalgas y le clavó la polla de un solo empujón hasta el fondo del coño. Rosa gritó, agarrándose a la lona.
—¡Joder, sí! Más gruesa… reviéntame…
Felix la embistió fuerte, el sonido de piel contra piel húmeda llenando la terraza. Le dio una nalgada seca que dejó la marca roja al instante. Después sacó la verga del coño, la alineó con el culo y empujó despacio pero sin parar hasta que el esfínter cedió y se la metió entera. Rosa aulló de placer, empujando hacia atrás para tomarla más profunda.
—En el culo también, negro… fóllame el culo como si fuera mi coño —suplicó, voz rota—. Nalgadas. Dame nalgadas mientras me la metes.
Él alternaba: tres embestidas brutales en el coño, dos en el culo, nalgadas firmes que hacían rebotar la carne blanca. Cada vez que le entraba hasta las bolas ella gritaba más alto. El sudor les resbalaba. El agua de la piscina goteaba de sus cuerpos. Felix le agarraba las caderas con fuerza de instructor, de hombre que sabía exactamente cómo usar ese cuerpo voluptuoso.
Al rato la volteó, se tumbó en la tumbona y la hizo montarlo. Rosa se impaló de un golpe, bajando hasta que su culo tocó los muslos oscuros de él. Empezó a cabalgar salvaje, tetas botando, gritando sin cuidado de si algún vecino oía.
—¡Me encanta que un negro me esté reventando el coño! ¡Más fuerte, Felix! ¡Úsame, fóllame como tu puta española, llena me, no pares…!
Ella se movía como una desesperada, subiendo y bajando, apretando con las paredes internas, mirándolo a los ojos mientras la polla negra desaparecía una y otra vez entre sus labios hinchados. Felix le agarró las nalgas, la ayudó a rebotar más duro, y le gruñó al oído que todavía no había terminado con ella, que esa tarde iba a corrérsele dentro y después iba a seguir hasta que no le quedaran fuerzas. Rosa solo asintió, jadeando, cabalgando más rápido, el orgasmo subiéndole por la espalda como una corriente eléctrica que aún no reventaba del todo, el aire lleno de chapoteos, gemidos y el olor espeso a sexo a pleno sol, con la mansión en silencio y el marido a mil kilómetros, y los dos entregados sin culpa a lo que acababa de empezar de verdad.
Rosa seguía rebotando sobre la polla de Felix como si le fuera la vida en ello, el culo blanco chocando contra los muslos oscuros con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la terraza. Cada bajada la sentía hasta el fondo del útero; la verga negra le abría el coño de par en par, estirando los labios hinchados hasta que parecían a punto de romperse. Él le agarraba las nalgas con las dos manos, clavándole los dedos en la carne blanda, y la alzaba solo para soltarla de golpe y clavársela entera otra vez.
—Mírate, puta… —gruñó Felix, la voz ronca de placer—. Montando mi polla negra como si te pagaran. Ese coño blanco ya está hecho un desastre.
Rosa jadeaba, las tetas botando pesadas delante de su cara. Él se incorporó lo justo y le mordió un pezón, tirando de él con los dientes mientras ella seguía cabalgando salvaje. El orgasmo que le subía por la espalda explotó de repente: el coño se le contrajo en espasmos violentos alrededor del tronco grueso, chorros calientes le salieron empapándole los huevos y los muslos. Gritó sin control, la espalda arqueada, los ojos en blanco.
—¡Me corro… joder, me estás haciendo correrme toda encima de tu verga!
Felix no la dejó recuperarse. La levantó de un tirón, todavía con la polla dentro, y la tumbó de espaldas en la tumbona. Le abrió las piernas hasta casi partirlas y empezó a embestirla a martillazos, el agua de la piscina aún goteando de sus cuerpos, el sol pegándoles en la piel. Cada embestida sacaba un chapoteo sucio del coño empapado de Rosa; el precum y los jugos de ella se le escurrian por el culo hasta el cojín.
—Ábrete más, española de mierda —ordenó él, dándole una nalgada que resonó como un disparo—. Quiero ver cómo te tragas hasta las bolas.
Rosa se agarró a los bordes de la tumbona y abrió más las piernas, ofreciéndole todo. Felix le metió los pulgares en la raja del culo y se la abrió mientras le follaba el coño sin piedad. La cabeza hinchada le golpeaba el fondo una y otra vez; ella gemía como una perra en celo, pidiendo más, pidiendo que la destrozara.
—Sácame la leche… métela toda dentro —suplicó, la voz hecha un hilo de baba y placer—. Quiero sentir cómo me llenas el coño de leche negra, que me chorree por las piernas cuando me levante.
Felix aceleró. Las caderas de instructor le daban un ritmo brutal, preciso, cada embestida pensada para reventarla. Le escupió en la cara y ella abrió la boca para recibirlo, lamiéndose los labios. Entonces él se corrió: un gruñido profundo le salió del pecho mientras la polla latía dentro de ella, chorros espesos y calientes disparándose directo al fondo del coño. Rosa lo sintió todo, la presión, el calor, la cantidad; se le desbordó al instante y le empapó el culo y los huevos.
Pero no paró. Apenas terminó de descargarse le sacó la verga chorreando y se la frotó por los labios hinchados del coño, mezclando su leche con los jugos de ella. Después se la llevó a la boca de Rosa.
—Límpiala. Chupa tu propio desastre.
Ella obedeció con hambre, tragando el sabor salado y espeso de los dos, lamiendo cada vena, cada gota que le caía por la barbilla. Felix le agarró el pelo y se la metió otra vez hasta la garganta, follándole la cara con embestidas cortas mientras la polla ya volvía a ponerse dura como una barra de hierro. Rosa baboseaba, los ojos llorosos, las tetas aplastadas contra la tumbona.
Cuando estuvo otra vez completamente erecto la volteó de nuevo a cuatro patas, pero esta vez la bajó de la tumbona al suelo de baldosas calientes de la terraza. El sol les quemaba la piel. Felix se arrodilló detrás, le separó las nalgas blancas y le escupió directo en el agujero del culo. El esfínter aún estaba abierto y brillante de la follada anterior. Empujó la cabeza de la polla contra él y entró de un solo golpe seco hasta las bolas.
Rosa aulló, la cara contra el suelo caliente, las manos abiertas.
—¡Sí, así… rómpeme el culo, negro! ¡Úsame el culo como un puto juguete!
Felix le dio exactamente lo que pedía. Embestidas largas y brutales que le sacaban el aire de los pulmones. Cada vez que entraba hasta el fondo le daba una nalgada seca, dejando las mejillas blancas marcadas de rojo. El sonido de carne contra carne era obsceno, salpicado de gemidos y del chapoteo de la leche que aún le salía del coño y le resbalaba por los muslos. Él le agarró las caderas con fuerza, tirando de ella hacia atrás para clavársela más profundo, mirando cómo el culo le tragaba la verga negra hasta que no se veía nada.
—Qué culo más puto… se te abre solo para mí —gruñó, sudor cayéndole por el pecho marcado—. Tu marido no te da esto, ¿verdad? Solo un negro con esta polla puede dejarte el culo hecho un embudo.
Rosa solo podía gemir y empujar hacia atrás, el coño chorreando solo de la sensación de tener el culo destrozado. Felix le metió dos dedos en el coño mientras la follaba por detrás, curvándolos y frotándole el punto exacto hasta que ella se corrió otra vez, temblando, gritando su nombre, el culo apretándole la polla en espasmos.
Él la sacó, la volteó y se le sentó a horcajadas sobre el pecho. Le metió la verga entre las tetas pesadas, apretándolas con las manos alrededor del tronco oscuro, y empezó a follárselas con embestidas rápidas. La cabeza hinchada le rozaba la barbilla y la boca cada vez; Rosa sacaba la lengua para lamerla en cada pasada, saboreando su propio culo y la leche anterior.
—Márcame… córrete en mi cara, en mis tetas —pidió, la voz rota de tanto gritar—. Quiero oler a tu leche el resto del día.
Felix aceleró, follándole el valle de las tetas con fuerza, los huevos golpeándole el esternón. Cuando llegó al límite se apartó un segundo, se puso de pie sobre ella y se la acabó a mano: chorros blancos y espesos le cayeron en la cara, en la boca abierta, en el pecho, salpicándole los pezones y el cuello. Rosa se los metió a la boca con los dedos, chupándolos con ruidos obscenos, mientras él le le daba los últimos tirones sobre la lengua.
Aún no había terminado. La polla seguía medio dura, brillante de saliva y semen. La levantó del suelo como si no pesara, la cargó hasta el borde de la piscina y la sentó en el pretil de piedra. Le abrió las piernas y se la volvió a meter de frente, de pie en el agua hasta las rodillas, embistiéndola con el sol de lleno en la espalda. El agua chapoteaba con cada golpe; Rosa se agarraba a sus hombros anchos, las uñas clavándose en la piel oscura, las tetas aplastadas contra su pecho.
—Más… no pares, fóllame hasta que no pueda caminar —gimió contra su cuello—. Quiero que me dejes el coño y el culo abiertos, que me duela sentarme mañana, que cada vez que me mueva sienta tu polla todavía dentro.
Felix le mordió el hombro y le dio exactamente eso: embestidas profundas, salvajes, sin ritmo de clase ni de cortesía, solo hambre pura. Le sacó la verga del coño, se la metió otra vez en el culo, después de nuevo en el coño, alternando sin avisar, usándola como un agujero caliente cualquiera. Rosa se corrió una tercera vez, el cuerpo entero temblando, el coño y el culo contrayéndose alrededor de él, jugos y leche mezclándose y cayendo al agua de la piscina en hilos turbios.
Cuando él sintió que se venía otra vez la bajó al agua hasta la cintura, la puso de pie contra el borde y se la metió por detrás, una mano en el cuello y la otra en la cadera. Embistió hasta el fondo del culo y se descargó allí, gruñendo, llenándola otra vez de leche caliente mientras ella empujaba hacia atrás para no perder ni una gota. Al sacar la polla un hilo espeso le salió del agujero abierto y le bajó por el muslo blanco hasta el agua.
Rosa se giró, se arrodilló en el escalón y se la metió otra vez a la boca, chupando la verga blanda y sucia, limpiándola de su propio culo y de la leche fresca. Felix le sujetó la cabeza y se la folló despacio por la garganta una última vez, hasta que no le quedó nada.
Se miraron un segundo, sudados, chorreando, el olor a sexo a pleno sol impregnándolo todo. Rosa se pasó la mano por el coño destrozado, se metió dos dedos y se los ofreció a la boca de él; Felix los chupó sin dudar. Después ella se agachó, le recogió la última gota de semen que le colgaba del glande con la lengua y se la tragó mirándolo a los ojos.
Felix le agarró el culo abierto con las dos manos, le separó las nalgas y le escupió dentro del agujero todavía humeante.
—Mañana vuelvo a partirte el culo, puta. Y el coño. Y la garganta. Hasta que te quede la raja como un puto túnel de leche negra.
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