Invitación Estelar en la Trastienda

En la trastienda orbital, Estelle se deja follar salvajemente por el tentaculado alienígena Kael hasta correrse juntos.

23 min read August 20, 2026New

En el año 2147, yo, Estelle, tengo veinticuatro años y paso casi todas las jornadas encerrada en la trastienda de mi taller de reparación de implantes cibernéticos, en el nivel comercial de la estación orbital Lysara-7. El aire allí siempre huele a ozono y a lubricante sintético; las luces holográficas parpadean en tonos azulados sobre los bancos de trabajo, proyectando esquemas flotantes de prótesis y conectores neurales. Soy ingeniera humana, de manos firmes y mirada acostumbrada a los detalles minúsculos, y hasta hace unas semanas creía que nada podía distraerme de los circuitos. Entonces empezó a aparecer Kael.

Kael es stellariano. Llegó la primera vez pidiendo un ajuste en un implante de comunicación de su muñeca, y desde entonces se convirtió en cliente habitual. Su piel es iridiscente, un juego constante de verdes profundos y violetas que cambian según la luz o el humor; debajo de la túnica ajustada se adivinan tentáculos discretos, finos y flexibles, que a veces se asoman apenas por los bordes de las mangas o se enrollan con nerviosismo alrededor de sus propios antebrazos. Es apuesto de una forma que no es humana: mandíbula marcada, ojos alargados de pupilas verticales, voz grave que vibra un poco más de lo normal. Y yo, maldita sea, no puedo dejar de mirarlo.

Aquella tarde el taller estaba casi vacío. Solo el zumbido de los ventiladores y el murmullo lejano del pasillo comercial. Yo estaba encorvada sobre un regulador de sinapsis cuando la puerta de la trastienda se deslizó y él entró. El holograma de bienvenida se activó con un brillo suave.

—Estelle —dijo, y mi nombre en su boca sonó como una caricia retardada—. ¿Tienes un momento? El conector de la muñeca izquierda vuelve a dar fallos intermitentes.

Me incorporé despacio, limpiándome las manos en el delantal técnico. Noté cómo su mirada bajaba un segundo a la curva de mis pechos bajo la camiseta ajustada, y cómo mis pezones se endurecían al instante, traidores. Llevábamos semanas así: coqueteo abierto, frases cargadas, el aire espesándose cada vez que nos quedábamos a solas.

—Siempre tengo un momento para ti, Kael —respondí, y odié lo ronca que me salió la voz—. Siéntate. Déjame ver.

Se acomodó en la silla de diagnóstico. La luz holográfica le bañó el cuello y vi cómo un tentáculo fino se deslizaba fuera de la manga, rozando el reposabrazos con un movimiento casi perezoso. Mi boca se secó. Me agaché frente a él, más cerca de lo estrictamente necesario, y tomé su muñeca. La piel era cálida, ligeramente más fresca que la humana, y al tacto dejaba una sensación aterciopelada. Activé el escáner portátil; los haces de luz recorrieron el implante mientras yo sentía el pulso alienígena bajo mis dedos.

—Llevas semanas viniendo por lo mismo —murmuré, sin levantar la vista—. Podría pensar que el implante no es el único motivo.

Él soltó una risa baja, un sonido que me recorrió la espalda como electricidad.

—Podrías pensarlo. Y no te equivocarías del todo. —Su tentáculo se movió otra vez, rozando apenas el dorso de mi mano—. Me gusta verte trabajar, Estelle. Me gusta cómo frunces el ceño cuando te concentras. Y me gusta… esta tensión. La sientes también, ¿verdad?

Le alcé la cara. Sus ojos brillaban con un destello plateado. Estábamos tan cerca que percibí el leve aroma a especias y ozono que desprendía su piel. Mi coño se contrajo, húmedo de golpe, y tuve que apretar los muslos.

—La siento desde el primer día —confesé—. Cada vez que entras aquí se me pone la piel de gallina. Miro tus tentáculos y me pregunto cómo se sentirían alrededor de mis caderas, o abriéndome las piernas contra esta misma mesa. Es obsceno. Y no puedo parar.

Kael inhaló despacio. Vi cómo otro tentáculo emergía, más grueso, y se enroscaba con suavidad en el borde de mi delantal, tirando apenas, invitando sin forzar.

—Dime más —pidió, la voz más grave—. Quiero oírlo de tu boca mientras reparas esto. Quiero que tus manos tiemblen un poco sobre mi muñeca.

Seguí trabajando, aunque mis dedos ya no estaban tan firmes. Conecté el calibrador y sentí el calor de su pierna rozando la mía. El holograma flotaba entre nosotros, proyectando lecturas en azul, y debajo de esa luz fría todo lo demás ardía.

—Pienso en ti por las noches, en mi litera del nivel residencial —continué, casi en un susurro—. Me toco imaginando que eres tú. Que esos tentáculos me sujetan las muñecas por encima de la cabeza mientras tu boca —o lo que sea que tengas— me recorre el pecho. Me pregunto si tu polla es como la humana o si también es… diferente. Si se mueve sola. Si puede llenarme hasta hacerme gritar sin que nadie en el pasillo lo oiga.

Él soltó un sonido gutural. El tentáculo que me había tocado el delantal subió un poco más, rozando la tela sobre mi estómago, justo por encima del ombligo. No me aparté. Al contrario: me incliné, dejando que la punta flexible explorara el borde de mi camiseta.

—Es diferente —admitió él—. Y se mueve. Puedo enrollarla, pulsarla, sentir cada contracción tuya desde dentro. Llevo semanas aguantándome, Estelle. Vengo aquí con la excusa del implante y me voy con la polla dura y los tentáculos inquietos, oliendo tu excitación aunque pretendas que solo hablamos de circuitos.

El calibrador pitó; el ajuste estaba casi listo. Yo no quería terminar. Pasé el pulgar por la piel iridiscente de su antebrazo y sentí cómo un temblor le recorría.

—Entonces quédate un rato más cuando acabe —sugerí—. Cierra la puerta de la trastienda. Las luces holográficas pueden ponerse en modo privado. Nadie entra sin mi código.

Sus ojos se entrecerraron. Otro tentáculo se deslizó por mi cintura, rodeándome con una presión suave, posesiva. Mi respiración se aceleró. Noté la humedad impregnándome la braga, el roce del tejido empapado contra el clítoris cada vez que me movía.

—Si cierro esa puerta —dijo Kael, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oreja—, no voy a limitarme a coquetear. Te voy a poner sobre esa mesa de trabajo, te voy a bajar los pantalones con estos mismos tentáculos y te voy a follar despacio primero, para saborearte, y después salvaje, hasta que te corras gritando mi nombre y yo me corra dentro de ti. ¿Eso quieres, ingeniera?

Un gemido se me escapó. Asentí, incapaz de formar palabras al principio.

—Sí. Quiero eso. Llevo semanas mojándome cada vez que oigo tu voz. Quiero tus tentáculos en mi coño, en mi culo, sujetándome las tetas mientras me embistes. Quiero verte perder el control, Kael. Quiero que la trastienda huela a sexo alienígena y a mi corrida durante días.

El escáner emitió el pitido final de confirmación. El implante estaba reparado. Ninguno de los dos nos movimos. Su tentáculo siguió acariciándome la cintura; el mío —mi mano humana— se quedó apoyada en su muslo, a centímetros de la erección que ya se marcaba bajo la tela. El aire entre nosotros era espeso, cargado de promesas sin cumplir todavía.

Me incorporé un poco, lo suficiente para rozar mis labios contra la comisura de los suyos. Fue apenas un contacto, caliente, eléctrico. Él respondió con un leve movimiento de lengua —o algo parecido a una lengua— que me dejó temblando.

—Cierra la puerta —repetí, la voz hecha un hilo—. Ahora.

Kael se puso de pie con una lentitud deliberada. Sus tentáculos se retrajeron solo a medias, visibles, inquietos, brillando bajo las luces holográficas. Caminó hacia el panel de control de la trastienda. Yo me quedé junto a la mesa, las piernas flojas, el corazón golpeándome las costillas, sabiendo que lo que viniera a continuación iba a cambiarlo todo… y deseándolo con cada fibra de mi cuerpo empapado y ansioso.

Kael alcanzó el panel con esa lentitud deliberada que me estaba volviendo loca. Sus dedos —y un par de tentáculos más finos— rozaron la superficie holográfica. Oí el siseo suave de los sellos magnéticos al activarse y el clic sordo de la puerta de la trastienda cerrándose del todo. Las luces exteriores se atenuaron; el modo privado tiñó todo de un azul más profundo, más íntimo, que hacía brillar la iridiscencia de su piel como si llevara galaxias vivas debajo. Me quedé junto a la mesa de trabajo, las piernas blandas, el pulso martilleándome en la garganta y más abajo, donde la braga ya estaba empapada y pegada al coño.

Se giró hacia mí. Sus pupilas verticales se habían dilatado. Caminó despacio, cada paso medido, hasta quedar a un palmo. El olor a especias y ozono que desprendía se mezcló con el mío, con el aroma agrio y dulzón de mi excitación que ya no podía disimular.

—Estelle… —su voz salió ronca, más grave aún, vibrando en el pecho—. Mis receptores sensoriales se acaban de activar del todo. Tu olor humano… joder. Es como un disparador. Cada vez que te mojas cerca de mí siento fuego en la base de los tentáculos, en la polla, en la puta médula. Llevo semanas aguantando esto. Ahora mismo estoy oliéndote tan fuerte que me cuesta no saltar encima.

Un temblor me recorrió desde el pecho hasta el clítoris. Aparté el delantal técnico con manos torpes y lo dejé caer al suelo. Me acerqué hasta que mis pechos rozaron su pecho firme.

—Siempre he fantaseado con esto —le confesé, la voz hecha un hilo caliente—. Con sentir tus tentáculos luminosos sobre mi piel. Cómo brillan cuando te excitas. Cómo se enroscan, cómo dejan rastros de esa humedad tuya que brilla. Me toco por las noches pensando en ellos recorriéndome las tetas, abriéndome los labios del coño, entrando despacio mientras me miras con esos ojos. Quiero que me marques con esa luz, Kael. Quiero que me uses hasta que no sepa ni mi nombre.

Él soltó un gruñido bajo. Un tentáculo grueso y luminoso —violeta con vetas verdes que pulsaban— se alargó y me rozó la mejilla, dejándome una estela fresca y ligeramente resbaladiza. Otro se enroscó en mi cintura. Yo levanté la cara y él bajó la suya. Nos besamos como si el oxígeno de la estación dependiera de ello. Su boca no era del todo humana: la lengua era más larga, más flexible, y se enroscó alrededor de la mía con una fuerza suave pero poseedora. Lo chupé, lo mordí el labio inferior, gemí dentro de su boca mientras mis manos subían por su pecho y tiraban de la túnica.

Él me ayudó. Los tentáculos se movieron con precisión quirúrgica: uno desabrochó los broches de su propia ropa mientras otro tiraba de mi camiseta hacia arriba. Me la quité de un tirón y el aire fresco de la trastienda me endureció los pezones al instante. Kael los miró como si fueran el circuito más perfecto del universo. Dos tentáculos finos se enroscaron alrededor de cada teta, apretando justo lo suficiente para hacer que la sangre me subiera a la piel, y las puntas luminosas rozaron los pezones, frotándolos, rodeándolos, dejando esa humedad tibia que brillaba bajo las luces azules. Me arqueé contra él.

—Joder, sí… así —jadeé—. Quítame todo. Quiero sentirte entero.

Mis dedos temblaban mientras bajaba la cremallera de su pantalón. La tela se abrió y su polla —dios, su polla— saltó libre: más gruesa que cualquier humana que hubiera visto, de un verde iridiscente oscuro, con crestas suaves que se movían solas en ondulaciones lentas y una punta que se abría y cerraba ligeramente, goteando un líquido brillante y espeso. No era rígida del todo; pulsaba, se retorcía un poco hacia mí como si tuviera voluntad propia. Me mojé más solo de mirarla. Envolví la base con la mano y sentí cómo se contraía, caliente y viva.

Kael gruñó y me empujó suavemente contra el borde de la mesa de trabajo. Sus tentáculos me bajaron los pantalones y la braga de un solo movimiento fluido. Me quedé desnuda, las piernas abiertas a la fuerza por dos apéndices que me sujetaban los muslos, exponiendo el coño hinchado y chorreante. Él se quitó lo que le quedaba de ropa con ayuda de más tentáculos y quedó completamente desnudo frente a mí: piel brillante, tentáculos libres ondulando en el aire como si bailaran, la polla levantada y goteando entre nosotros.

Nos tocamos con ganas, sin prisa pero sin frenos. Mis manos recorrieron su pecho, bajaron por los laterales donde nacían más tentáculos, acaricié las bases sensibles y lo oí jadear. Él me pagó con creces: un tentáculo grueso se deslizó entre mis labios, frotando el clítoris con movimientos lentos y precisos mientras otro más fino se enroscaba alrededor de un pezón y tiraba con suavidad. Metí la mano entre nosotros otra vez y masturbé su polla, sintiendo cómo las crestas se movían bajo mi palma, cómo el líquido resbalaba por mis dedos. Me incliné y lami la punta; sabía a ozono dulce y a algo metálico, adictivo. Él empujó las caderas hacia adelante y un tentáculo me sujetó la nuca, no para forzar, sino para guiarme mientras chupaba más profundo.

—Mírate —susurró contra mi pelo cuando me incorporé de nuevo—. Estás empapada. Tu coño está latiendo contra mi tentáculo. Podemos parar si quieres. Podemos volver a los coqueteos y a las reparaciones. O…

Le miré a los ojos. El deseo era mutuo, brutal, consciente.

—No quiero parar —dije claro, la voz firme a pesar del temblor—. Elijo esto. Elijo que me folles con esa polla rara y preciosa. Elijo tus tentáculos dentro de mí, alrededor de mí, donde te dé la gana. Quiero entregarme al placer contigo aquí, en mi puta trastienda, hasta que no pueda más. Hazlo. Tómame.

Kael me besó otra vez, más profundo, más sucio. Sus tentáculos me levantaron con facilidad y me sentaron en el borde de la mesa, las piernas abiertas de par en par. Uno se enroscó en cada tobillo, otro rodeó mi cintura por detrás para sostenerme. La punta de su polla rozó mi entrada, resbalando arriba y abajo por los labios hinchados, untándome con su lubricante natural. Yo me agarré a sus hombros y empujé las caderas hacia adelante, buscando más contacto. Un tentáculo luminoso se deslizó más abajo y rodeó mi culo, la punta flexible presionando el agujero trasero sin entrar todavía, solo prometiendo. Otro siguió frotando mi clítoris en círculos perfectos.

El aire olía a sexo ya: a mi corrida, a su esencia alienígena, a ozono caliente. Gemí cuando dos tentáculos me sujetaron las muñecas y las llevaron por encima de la cabeza, inmovilizándome contra la superficie fría de la mesa. No era fuerza bruta; era control entregado, y yo lo aceptaba con cada contracción de mi coño vacío y desesperado.

—Voy a saborearte primero —murmuró él, bajando la cabeza—. Quiero lamerte hasta que me ruegues.

Su lengua larga se deslizó entre mis pliegues. Chupó mi clítoris con precisión mientras un tentáculo delgado se introducía despacio en mi coño, solo la punta, girando, explorando, brillando dentro de mí con esa luz que se filtraba a través de mi piel. Me arqueé, forcejeé un poco solo por el placer de sentir la sujeción, y solté un gemido largo cuando añadió un segundo tentáculo junto al primero, estirándome con cuidado, llenándome de esa textura viva y ondulante. Mi mente se nubló de puro deseo. Pensaba en cómo se sentiría su polla después, en si se enrollaría dentro, en cómo me corrida iba a chorrear por la mesa y empapar los esquemas holográficos.

Kael lamió más profundo, bebiéndome, gruñendo contra mi coño mientras sus receptores seguramente se volvían locos con mi olor y mi sabor. Yo tiraba de las muñecas sujetas, no para liberarme, sino para sentir más la presión. Mis pechos subían y bajaban con cada respiración entrecortada. Un tentáculo se enroscó en una teta y apretó el pezón al mismo ritmo que el que me follaba suavemente el coño.

—Más —pedí, casi llorando de ganas—. Quiero tu polla. Quiero que me la metas ya. Quiero elegirlo otra vez, aquí y ahora: fóllame, Kael. Fóllame salvaje cuando quieras, pero empieza. Necesito sentirte dentro de verdad.

Él se incorporó. La boca le brillaba con mis jugos. Sus ojos plateados me miraron con una intensidad que me atravesó. Retiró los tentáculos de mi interior con una lentitud deliberada que me dejó vacía y palpitante, y alineó la punta gruesa y móvil de su polla contra mi entrada empapada. La presionó apenas, solo el glande entrando, abriéndome, y se detuvo ahí, temblando de contención.

—Dime que lo quieres otra vez —exigió, la voz rota de deseo—. Dime que te entregas.

—Me entrego —respondí sin dudar, mirándolo fijamente—. Toda. Tuya. Fóllame en esta trastienda hasta que la estación entera huela a nosotros. Hazlo.

Empujó un centímetro más. Las crestas de su polla se activaron al contacto con mi calor, ondulando, y yo solté un grito ahogado de puro placer. Todavía no estaba del todo dentro. Todavía nos quedaba todo el camino. Los tentáculos me sujetaban firme, la puerta sellada, el mundo exterior borrado. Mi coño se contraía alrededor de esa punta alienígena, pidiendo más, y yo sabía que lo que viniera a continuación iba a destrozarme de la mejor forma posible… y aún así el hambre solo crecía, esperando el embiste completo, la salvajada prometida, el momento en que los dos nos perdiéramos del todo.

Kael empujó de golpe. Su polla gruesa y viva se enterró hasta el fondo en un solo embiste profundo que me abrió como nunca nadie lo había hecho. Las crestas ondulantes se activaron al instante, retorciéndose contra mis paredes internas, masajeándome desde dentro con una precisión cruel y deliciosa. Grité su nombre sin cuidarme de quién pudiera oír más allá de la puerta sellada. Él me levantó del borde de la mesa como si no pesara nada: dos tentáculos fuertes me ciñeron la cintura y me alzaron por completo sobre el banco de trabajo, dejándome sentada en el centro, las piernas abiertas a la fuerza, el culo apoyado en la superficie fría que aún olía a lubricante sintético y a ozono.

—Mírame —ordenó, la voz rota—. Quiero verte mientras te destrozo.

Me penetró otra vez, más salvaje. Cada embiste hacía que la mesa crujiera. Dos tentáculos luminosos, violetas con vetas verdes que latían al ritmo de su excitación, se enroscaron en mis tetas. Las apretaron, las amasaron, y las puntas brillantes se cerraron sobre mis pezones duros, succionándolos y frotándolos al mismo tiempo. Un tercer tentáculo, más fino y preciso, bajó entre mis labios hinchados y encontró mi clítoris. Empezó a frotarlo en círculos perfectos, a veces apretando, a veces deslizándose de arriba abajo con esa humedad tibia y brillante que dejaba. Yo me arqueaba, forcejeando solo por el placer de sentir cómo me sujetaba, cómo me follaba sin piedad mientras mis jugos chorreaban por la base de su polla y empapaban el metal del banco.

—Joder, Kael… así… más duro —jadeé, las manos agarradas a sus hombros iridiscentes—. Tus tentáculos… me están volviendo loca. Siento la luz a través de la piel. Estoy tan llena…

Él gruñó y aceleró. La polla se movía sola dentro de mí, enrollándose un poco, pulsando contra ese punto que me hacía ver estrellas. Cada embiste me sacudía las tetas dentro de esos tentáculos que no dejaban de torturar mis pezones. El que me frotaba el clítoris se volvió más insistente, más exacto, hasta que el orgasmo empezó a treparme por las piernas como electricidad. Pero no quería correrme todavía. Quería más. Quería cabalgarlo. Quería sentir todo lo que me había prometido.

—Cámbiame —supliqué entre gemidos—. Quiero montarte. Quiero follarte yo.

Kael no dudó. Con un movimiento fluido de tentáculos me levantó otra vez, se dejó caer sentado en el banco de trabajo y me colocó a horcajadas sobre su regazo. Su polla resbaló fuera un segundo y yo no lo soporté: la agarré con la mano, la alineé y me dejé caer de un solo golpe hasta sentarme hasta el fondo. Los dos gemimos al unísono. Empecé a cabalgarlo con fuerza, subiendo y bajando las caderas, golpeando mi coño contra la base gruesa de su polla, sintiendo cómo las crestas se retorcían y me masajeaban por dentro cada vez que bajaba. Mis tetas rebotaban frente a su cara y él las atrapó de nuevo con los tentáculos luminosos, apretando, tirando de los pezones al ritmo de mis embestidas.

Entonces llegaron los otros. Un tentáculo grueso y resbaladizo se deslizó por mi espalda, bajó por la hendidura de mi culo y presionó el agujero apretado. Estaba tan mojada, tan perdida, que me abrí sin resistencia cuando la punta flexible empujó y entró. Me llenó despacio al principio, estirándome, y después empezó a follarme el culo al mismo ritmo que yo cabalgaba su polla. Doble penetración salvaje, consentida, perfecta. Gemí tan alto que la voz se me quebró. Otro tentáculo se alzó frente a mi boca. Lo miré a los ojos de pupilas verticales y abrí los labios. Él lo introdujo despacio y yo lo chupé con ganas, lamiendo la superficie luminosa y resbaladiza, sintiendo el sabor a ozono dulce y metal mientras me follaba la boca al mismo tiempo que el culo y el coño.

Estaba llena por completo. Polla en el coño, tentáculo en el culo, tentáculo en la boca, dos más torturándome las tetas y el clítoris sin piedad. Cada embestida mía hacía que los tres me penetraran más profundo. Mis jugos y su lubricante brillaban bajo las luces azules, chorreando por mis muslos, por el banco, por la base de sus tentáculos. No pensaba en nada. Solo en el placer brutal, en cómo se retorcía todo dentro de mí, en el sonido obsceno de piel contra piel y de tentáculos resbalando.

—Estelle… joder… te siento contraerte en todas partes —gimió él, la voz hecha un gruñido animal—. Tu culo me aprieta, tu coño me ordeña, tu boca… no pares. Montame más fuerte. Úsame.

Obedecí. Cabalgué como una condenada, subiendo hasta casi sacar su polla y dejando caer todo mi peso, embistiéndome a mí misma mientras los tentáculos me follaban sin tregua. El del culo se ensanchó un poco más, ondulando, y el de la boca empujó hasta la garganta, haciéndome lágrimas de puro éxtasis. Mis pezones ardían bajo la succión luminosa. El tentáculo del clítoris frotaba sin piedad, exacto, cruel. Sentía el orgasmo construirse como una ola gigante en la base de la columna. Kael también: su polla se hinchó más dentro de mí, las crestas se movían más rápido, los tentáculos temblaban y brillaban con más intensidad.

—Voy a correrme —avisé contra el tentáculo que me llenaba la boca, la voz ahogada—. Contigo. Ahora. Juntos.

Él asintió, los ojos plateados casi negros de deseo. Aceleró los tentáculos, embistió hacia arriba al mismo tiempo que yo bajaba, y de pronto todo explotó. El orgasmo me partió en dos. Mi coño se contrajo con fuerza salvaje alrededor de su polla, el culo apretó el tentáculo rítmicamente, y grité alrededor del apéndice que me follaba la boca mientras chorros calientes de mi corrida empapaban su regazo y el banco. Kael gruñó mi nombre como una maldición y se corrió conmigo: su polla se retorció y disparó chorros espesos y calientes dentro de mí, llenándome, desbordándome, mientras los tentáculos se tensaban y liberaban más de esa humedad luminosa que brillaba sobre mi piel. Pulsamos juntos durante lo que parecieron minutos eternos, gimiendo sin control, el cuerpo de él sacudido por espasmos y el mío deshecho encima suyo.

Cuando el primer temblor amainó seguíamos unidos. Su polla aún se movía suavemente dentro de mi coño lleno de corrida, el tentáculo del culo seguía enterrado y ondulando en espasmos residuales, y el de la boca se retiró despacio dejándome babear y jadear. Me dejé caer contra su pecho iridiscente, sudorosa, temblando, el corazón a mil. El aire de la trastienda olía a sexo alienígena y humano mezclado, a ozono caliente y a nuestra corrida. Sus tentáculos me acariciaban la espalda con una ternura absurda después de la salvajada.

Pero no se había acabado. Sentí cómo su polla, todavía dentro, empezaba a hincharse otra vez, las crestas moviéndose con renovada hambre. Un tentáculo fino me rozó el clítoris hipersensible y yo solté un gemido ronco, mitad protesta mitad necesidad. Kael me besó el cuello, la voz grave y cargada contra mi oído:

—Aún no he terminado contigo, ingeniera. Esa primera corrida solo fue el principio. Quiero verte correrte otra vez. Y otra. Hasta que no puedas ni cerrar las piernas mañana. ¿Sigues eligiéndolo?

Asentí contra su piel brillante, ya sintiendo cómo el hambre volvía a arder más abajo a pesar del temblor en las piernas. La puerta seguía sellada. Las luces holográficas nos bañaban en azul íntimo. Y yo sabía que lo que viniera a continuación iba a ser todavía más profundo, más sucio, más nuestro.

Después de asentir contra su pecho iridiscente, sentí cómo la polla de Kael se hinchaba otra vez dentro de mi coño todavía lleno de su corrida caliente. Las crestas se reactivaron con una ondulación lenta y cruel, masajeando ese punto profundo que me hacía temblar las piernas. Un tentáculo fino, todavía húmedo de mi jugo, volvió a rozarme el clítoris hinchado y hipersensible; solté un gemido ronco que fue mitad protesta y mitad ruego. Él me besó el cuello, la mandíbula, hasta encontrar mi boca y meterme esa lengua larga y flexible que se enroscó alrededor de la mía.

—Dime que sigues queriéndolo —exigió contra mis labios, ya empujando hacia arriba con caderas firmes—. Dime que esta trastienda sigue siendo nuestra hasta que digamos basta.

—La quiero —jadeé, empezando a moverme otra vez sobre él—. Fóllame hasta que no quede ni una gota. Quiero correrme otra vez contigo dentro.

Los tentáculos se reorganizaron con esa precisión que ya me volvía loca. Dos me ciñeron la cintura para ayudarme a cabalgarlo; otro se deslizó de nuevo por la hendidura de mi culo, encontró el agujero todavía abierto y resbaladizo de la corrida anterior y empujó hasta enterrarse. El tercero se enroscó en una teta y apretó el pezón al ritmo de las embestidas. Yo subía y bajaba, cada caída enterrando su polla gruesa hasta el fondo, sintiendo cómo las crestas se retorcian y pulsavan, cómo el tentáculo del culo me follaba en contratiempo. El banco de trabajo crujía. Mis jugos y los suyos chorreaban por mis muslos, brillando bajo la luz azul privada, empapando el metal que normalmente solo conocía de esquemas holográficos y lubricante sintético.

Kael gruñó mi nombre y aceleró. Me levantó un poco con los tentáculos y me embistió desde abajo con fuerza salvaje, la polla moviéndose sola dentro de mí, enrollándose, abriéndome más. El del clítoris frotaba sin piedad, exacto, y el orgasmo volvió a treparme como una descarga. Esta vez no avisé: me partió de golpe. Mi coño se cerró alrededor de él en contracciones violentas, el culo apretó el tentáculo rítmicamente y grité contra su hombro mientras otra ola de corrida caliente me escapaba, mojándolo todo otra vez. Él me siguió al instante. Su polla se hinchó, se retorció y disparó chorros espesos y ardientes que me llenaron hasta desbordarme, mientras los tentáculos se tensaban y liberaban más de esa humedad luminosa que brillaba sobre mi piel sudorosa. Pulsamos juntos, gimiendo, el cuerpo de él sacudido por espasmos y el mío deshecho encima suyo, hasta que el último temblor nos dejó blandos y unidos.

Nos quedamos así, abrazados, sin separar del todo. Su polla seguía dentro, ablandándose despacio pero todavía palpitante, y el tentáculo del culo se retiró con una lentitud casi cariñosa que me dejó un vacío dulce. Me dejé caer contra su pecho iridiscente, la mejilla pegada a esa piel que olía a especias, ozono y sexo. Los tentáculos —dios, esos tentáculos— ya no me follaban: se movían suaves por mi espalda, por mis brazos, por mis muslos abiertos, y empezaron a emitir una luz postcoital tenue, un resplandor violeta-verde que latía al ritmo de su corazón alienígena. Era como si pequeñas nebulosas se hubieran encendido bajo su piel. Me acariciaban con una ternura absurda después de haberme destrozado tan rico. Yo pasé los dedos por las bases sensibles de varios de ellos y lo oí suspirar, contento.

El aire de la trastienda estaba denso, caliente, impregnado de nuestra corrida mezclada. Mis pechos subían y bajaban pegados a él; notaba el latido de su polla todavía dentro y la humedad que nos unía. Cerré los ojos un momento y solo sentí: la luz suave en mi piel, el frescor aterciopelado de sus apéndices, el temblor residual en mis muslos. Pensé en cómo había empezado todo con un puto implante de muñeca y en cómo ahora estaba montada en un stellariano con el coño lleno y el culo todavía abierto, feliz como nunca.

Kael me besó la sien. Su voz salió grave, cansada de placer, pero clara:

—Estelle… mis receptores todavía están locos con tu olor. Con lo que hemos hecho. En mi planeta, cuando dos seres se entregan así, no es solo follar. Es un vínculo. —Un tentáculo luminoso me rozó la mejilla, dejándome un rastro brillante—. Quiero que viajes conmigo. A Stellaris Prime. No como turista, no como ingeniera de paso. Como mi pareja interestelar. Quédate conmigo. Repara lo que haga falta en mi nave, en mi casa, en mi puta vida… y deja que te folle en cada rincón de un mundo que brilla de verdad. Di que sí.

Me incorporé un poco para mirarlo a los ojos de pupilas verticales, todavía dilatados. La luz postcoital de sus tentáculos nos bañaba a los dos, suave, íntima. Sentí un nudo dulce en la garganta y una sonrisa que no pude disimular. Mi coño se contrajo alrededor de lo que quedaba de su polla solo de oírlo.

—Sí —respondí sin dudar, la voz ronca de tanto gemir—. Claro que sí, cabrón luminoso. Me voy contigo. Seré tu pareja interestelar. Repararé tus cacharros y te dejaré meterme los tentáculos donde te dé la gana en ese planeta tuyo. Acepto. Feliz. Hasta las trancas de feliz.

Él soltó una risa baja que me vibró en el pecho. Me atrajo y nos besamos profundo, sucio y tierno a la vez: su lengua larga se enroscó con la mía, saboreando todavía el eco de mi corrida y de su propio sabor en mi boca. Los tentáculos nos rodearon por completo, envolviéndonos en ese resplandor suave mientras el beso se alargaba, sellando la promesa. Cuando nos separamos, un hilo de saliva brilló un segundo entre nosotros bajo la luz azul.

Con pereza nos desenredamos. Su polla resbaló fuera de mí con un sonido obsceno y un hilo espeso de nuestra corrida me bajó por el muslo interno. Los tentáculos me ayudaron a bajar del banco; uno incluso recogió mi camiseta del suelo y me la ofreció como si nada. Nos limpiamos a medias con un trapo técnico que olía a solvente —ridículo y perfecto—. Me puse los pantalones sin braga, sintiendo cómo su semen me resbalaba todavía; él se metió la polla iridiscente dentro de la túnica con dificultad, porque un par de tentáculos seguían brillando y se negaban a esconderse del todo.

Caminé hasta el panel de control. Mis piernas temblaban de lo bien follada que estaba. Desactivé el modo privado. Las luces holográficas volvieron a su brillo normal de taller; los sellos magnéticos sisearon y la puerta de la trastienda se abrió al pasillo comercial de Lysara-7. El murmullo lejano de la estación entró de golpe, inocente, ajeno a lo que acababa de pasar sobre el banco de trabajo.

Kael se acercó por detrás, me rodeó la cintura con un tentáculo todavía luminoso y me besó el hombro.

—La tienda está abierta otra vez —murmuré, sonriendo como idiota—. Pero esta noche… y todas las que quieras… más encuentros estelares. En mi litera, en tu nave, donde sea. Prometido.

Él asintió, los ojos plateados brillando.

—Prometido. Y la próxima vez traigo lubricante de verdad de Stellaris. Este de circuito te deja el coño oliendo a taller durante horas.

Me reí contra su pecho, todavía goteando un poco por la entrepierna, con la puerta abierta de par en par y un cliente ya asomándose en el pasillo como si no hubiéramos convertido la trastienda en un puticlub orbital.

—Genial —dije, ajustándome la camiseta que me marcaba los pezones todavía rojos—. Así cuando venga el supervisor a revisar el inventario podré explicarle que el olor a ozono y a corrida alienígena es el nuevo ambientador oficial del nivel comercial. Seguro que le encanta.

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