Tormenta de Deseo con Nuestro Amigo
Durante una tormenta, Petra le pide a su marido Rafael que mire cómo Gideon la folla duro y la llena de semen.
La tormenta había atrapado la cabaña en lo alto del monte como una jaula de agua y truenos. Cada relámpago pintaba de blanco los ventanales, y el viento sacudía las vigas con un gruñido sordo. Petra, de veintiocho años, se movía por el salón con esa camiseta gris ajustada que se le pegaba a las tetas y esos shorts cortísimos que apenas cubrían el culo. Cada vez que se agachaba a recoger una botella o a echar más leña, el borde subía y dejaba ver la curva blanca de sus nalgas. Rafael, su marido de treinta, no apartaba la vista. Tampoco lo hacía Gideon.
El amigo de la universidad había llegado empapado una hora antes, el pelo oscuro pegado a la frente, la camisa empapada marcándole el pecho ancho. Veintinueve años, esa sonrisa de depredador y un bulto que ni la tela mojada lograba disimular. Petra le sirvió un vaso de whisky y se quedó de pie demasiado cerca, rozándole el brazo con el pecho.
—Joder, Gideon… te has puesto hecho un toro desde la última vez —murmuró ella, pasando la lengua por el borde del vaso—. Esa polla se te nota hasta con los pantalones empapados.
Rafael se atragantó con su propia bebida. Gideon solo rió bajo, mirándola sin pudor.
—Y tú te has puesto más puta, Petra. Esos shorts… te los has puesto a propósito, ¿verdad?
Ella se giró hacia su marido, los ojos brillantes, y le guiñó un ojo. Después desapareció un momento a la cocina. Rafael aprovechó para arrastrar a Gideon al pasillo, la voz baja, ronca de vergüenza y excitación.
—Tengo que decírtelo… —tragó saliva—. Llevo meses fantasmeando con esto. Con que te la folles. Con que me la tomes delante mía. Quiero ver cómo le estiras el coño, cómo la llenas. Me corre solo de pensarlo, tío. Me humilla y me pone como un cerdo.
Gideon le clavó la mirada, seria un segundo, y después sonrió con lentitud.
—Si ella quiere… esta noche no salgo de esta cabaña sin haberme corrido dentro de tu mujer.
Cuando volvieron al salón, la lluvia arreciaba. Los truenos hacían vibrar los cristales. Petra se dejó caer en el sofá junto a Gideon, y en un movimiento deliberado se subió a su regazo, de lado primero, después a horcajadas, frotando el culo contra la polla dura que ya empujaba la tela. Gideon le agarró la cintura con las dos manos grandes y la atrajo. Se besaron con hambre, lenguas gordas, babas brillando a la luz del fuego. Él le metió una mano por debajo de la camiseta y le apretó una teta, pellizcándole el pezón hasta que ella gimió en su boca.
Rafael se quedó en el sillón de enfrente, la polla palpitándole dentro del pantalón. Se la sacó sin disimulo, se la acarició despacio, el glande ya brillando de precum. Petra abrió los ojos a medias mientras Gideon le chupaba el cuello y le miró.
—Rafa… —la voz le salió ronca, casi un jadeo—. ¿Me dejas? Dime que sí. Dime que quieres ver cómo me follo a tu amigo.
Rafael asintió, la garganta seca.
—Sí… fóllatelo. Quiero verlo todo.
Ella sonrió como una zorra y se giró hacia Gideon, bajándole la cremallera con dedos torpes de ganas. Le sacó la polla gruesa, venosa, el bálano hinchado y morado. Petra soltó un gemido al verla.
—Joder, qué gorda… más gruesa que la de mi marido. Vas a destrozarme el coño con esto.
Se arrodilló entre las piernas de Gideon, le escupió en la cabeza y se la metió entera de un solo empujón, hasta que la nariz le rozó el vello púbico. Babeaba, glugluteaba, los ojos clavados en Rafael mientras la saliva le corría por la barbilla y le manchaba las tetas. Gideon le agarró el pelo y le folló la boca a empujones cortos y brutales.
—Así, puta… trágatela. Que tu cornudo vea cómo te atragantas con mi polla.
Petra se separó jadeando, un hilo de saliva uniendo sus labios al glande.
—Mírame, Rafa… mírala cómo me llena la garganta. Tu mujer chupando la polla de tu amigo como una perra en celo.
Se subió de nuevo a horcajadas, se apartó el short a un lado y se humedeció el coño con dos dedos antes de bajar despacio sobre aquella verga gruesa. El grito que soltó fue puro placer cuando la cabeza le abrió los labios y el tronco la estiró hasta el fondo. Empezó a rebotar salvaje, las tetas saltándole, el culo golpeando los muslos de Gideon con un sonido húmedo y obsceno. Cada bajada hacía que el coño le tragara hasta las pelotas.
—¡Aaah, joder! ¡Qué gruesa! Me la está abriendo toda, Rafa… míralo… tu puta esposa montando la polla de Gideon como si no tuviera marido.
Rafael se masturbaba más rápido, la cara ardiendo de humillación y de excitación. Gideon le agarró las caderas a Petra y la embistió desde abajo, húmedo, profundo, hasta que ella se derrumbó contra su pecho gimiendo.
Después la levantó como si no pesara nada, la puso a cuatro patas en la alfombra delante del fuego y se arrodilló detrás. Le tiró del pelo con una mano y le dio un bofetón sonoro en una nalga, dejándole la marca roja. La otra se la abrió con los dedos para que Rafael viera cómo la polla gruesa entraba y salía del coño hinchado, brillando de jugos.
—Acércate, cornudo —ordenó Petra entre gemidos, la voz rota—. Acércate y mira cómo me estira el coño. Míralo bien… se me ve el coño abierto alrededor de su verga. ¡Más fuerte, Gideon, fóllame como la puta que soy!
Gideon le dio otra nalgada y la embistió a martillazos, el sonido de carne contra carne mezclado con los truenos. Petra gritaba, el pelo tirante hacia atrás, la boca abierta.
—¡Rafa… tu mujer se está corriendo con la polla de tu amigo! ¡Me la está destrozando! ¡Quédate ahí mirando, cobarde, mientras me llena el coño!
La puso boca arriba, le abrió las piernas hasta casi partirla y se la volvió a clavar de un solo tajo. Petra se agarró a las alfombras, los ojos en blanco, mientras Gideon la follaba con embestidas brutales, profundas, el pubis golpeándole el clítoris una y otra vez. Rafael se había acercado tanto que sentía el calor de sus cuerpos, olía el sexo de su mujer mezclado con el de su amigo.
—Voy a correrme dentro —gruñó Gideon—. Voy a llenar a tu esposa hasta que le rebose.
—¡Sí, lléname! ¡Relléname el coño, déjaselo a mi marido para que lo vea goteando!
Gideon se hundió hasta el fondo y se corrió con un gemido animal, los chorros calientes bombeando dentro de Petra. Ella se corrió también, el coño contrayéndose alrededor de la polla que la inundaba, los jugos mezclándose y saliendo a empujones alrededor del tronco grueso.
Cuando Gideon se retiró despacio, un hilo espeso de semen blanco unió el glande con el coño abierto y rojo de Petra. El corrimiento le goteó por el culo y le manchó la alfombra. Ella se quedó con las piernas abiertas, respirando entrecortada, y miró a su marido.
—Lámeme, Rafa. Lame la corrida de tu amigo de mi coño. Ahora.
Rafael se arrodilló temblando, la cara ardiendo, y pasó la lengua por los labios hinchados, saboreando el semen amargo y espeso de Gideon mezclado con el sabor de su mujer. Petra se arqueó y le agarró del pelo, empujándole la cara contra su coño abierto mientras él lamiaba y chupaba cada gota.
Después lo atrajo hacia arriba y le besó con la boca todavía sabiendo a polla y a corrida ajena. La lengua de ella se metió en la de él, compartiendo el gusto.
—Esta es solo la primera, mi amor —le susurró contra los labios, la voz baja y peligrosa—. Esta noche no ha terminado. Gideon se va a correr en mí las veces que quiera… y tú vas a lamerlo todo. Cada gota. Hasta que amanezca. Y la próxima vez que vengamos a la cabaña… tal vez llamemos a alguien más. O tal vez te ate y te deje solo mirando mientras me usan los dos a la vez.
Afuera, un trueno partió el cielo. Dentro, Gideon ya se estaba poniendo duro otra vez, la polla brillante de semen y jugos, y Petra sonreía con los ojos entornados, las piernas todavía abiertas, el coño goteando la promesa de todo lo que todavía faltaba por suceder.
Gideon se pasó la mano por la polla ya semierecta, todavía brillante de su propia corrida y de los jugos de Petra, y la sacudió un par de veces hasta que volvió a ponerse dura del todo, gruesa y pesada, apuntando hacia el techo de la cabaña. El fuego crepitaba y cada relámpago iluminaba el semen que todavía le goteaba a Petra por el muslo interno. Ella no se cerró las piernas. Al contrario: se abrió más, se tocó el coño hinchado con dos dedos y se los metió hasta el nudillo, sacándolos cubiertos de blanco espeso.
—Mira, Rafa… todavía me gotea. Y él ya está otra vez listo. Ven aquí.
Rafael se arrastró de rodillas hasta ella. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho. La humillación le quemaba la cara, pero la polla se le había vuelto a poner de piedra solo de oler el sexo de los dos. Petra le agarró del pelo y le empujó la cara otra vez entre sus muslos.
—Chúpame bien. Sácalo todo. Quiero que te quede el sabor grabado.
Él obedeció. La lengua le recorrió los labios hinchados, empujó dentro del coño abierto y sacó más corrida de Gideon. El sabor amargo y salado le llenó la boca. Petra se arqueó y le frotó la cara contra su coño, manchándole las mejillas y la barbilla. Gideon se arrodilló a su lado, la polla a centímetros de la cabeza de Rafael.
—Ábrele la boca a tu marido, Petra —ordenó con voz baja—. Que me la chupe también. Quiero ver al cornudo tragándose mi polla todavía sucia de tu coño.
Petra soltó una risa ronca y tiró de Rafael hacia arriba. Le abrió la boca con los dedos y empujó la cabeza de Gideon contra los labios de su marido.
—Hazlo, mi amor. Trágatela. Quiero verte con la polla de tu amigo hasta la garganta.
Rafael abrió la boca. El glande grueso y caliente le rozó la lengua. Sabía a él mismo, a semen y a Petra. Cerró los ojos un segundo, tragó saliva y se la metió. Gideon gruñó y le agarró del pelo, empujando despacio hasta que la punta le rozó el fondo de la garganta. Rafael se atragantó, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se apartó. Petra se inclinó y le lamía las bolas a Gideon mientras él follaba la boca de su marido con embestidas cortas.
—Qué buen cornudo… se la traga entera. Míralo, Petra. Tu marido chupándome la polla como una puta más.
Petra soltó las bolas y se puso a cuatro patas de nuevo, el culo en alto, el coño todavía goteando. Se giró hacia ellos con la mirada nublada de ganas.
—Fóllame otra vez. Ahora. Quiero que me la metas mientras él te la chupa. Quiero oír cómo le dices que soy tu puta.
Gideon sacó la polla de la boca de Rafael con un sonido húmedo y se colocó detrás de Petra. Le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió en el coño. Después se alineó y se la clavó de un solo empujón profundo. Petra gritó, el cuerpo entero se le sacudió. El coño le hizo un ruido obsceno al tragarla entera otra vez.
—¡Joder, sí! Más gruesa… se me nota cómo me abre. Rafa, acércate. Mírame la cara mientras me la mete.
Rafael se arrastró hasta quedar de frente a ella. Petra le agarró la polla dura y se la empezó a bombear con la mano sucia de jugos. Cada vez que Gideon la embestía, el cuerpo de ella se empujaba hacia adelante y ella gemía contra la boca de su marido.
—Dile lo que soy —exigió ella entre embestidas—. Dile a tu amigo lo que soy.
Rafael tragó saliva. La voz le salió rota.
—Eres su puta… la puta de Gideon. Mi mujer se deja follar como una perra delante de mí.
Gideon le dio una nalgada fuerte, la marca se le puso roja al instante.
—Más alto, cornudo. Quiero oírlo bien.
—¡Eres su puta! ¡Te está destrozando el coño y a mí me pone duro verlo! ¡Llénala otra vez, tío, úsala!
Petra soltó un gemido largo y se corrió de nuevo, el coño contrayéndose alrededor de la verga gruesa. Los jugos le salpicaron los muslos a Gideon. Él no paró. La cogió de las caderas y la embistió más fuerte, más profundo, el sonido de los choques de carne llenando la cabaña junto con los truenos. Cada embestida sacaba un poco más de la corrida anterior, que le bajaba por las piernas en hilos blancos.
—Cambia de posición —gruñó Gideon—. Quiero follarte de pie. Contra la ventana. Que tu marido te mire la cara mientras te la meto hasta el fondo.
La levantó como si no pesara nada. Petra se agarró al alféizar, las tetas aplastadas contra el cristal frío. Afuera la tormenta azotaba los árboles. Dentro, Gideon le abrió las piernas desde atrás y se la volvió a clavar. La embestida la levantó casi de puntillas. Ella gritó contra el cristal, el aliento empañándolo.
Rafael se acercó por el lado, la mano todavía en su propia polla, masturbándose lento. Podía ver cómo la polla de Gideon entraba y salía, cómo el coño de Petra se aferraba a ella, rojo e hinchado, y cómo el semen anterior salía a empujones con cada embestida. Petra giró la cabeza y le miró con los ojos entornados.
—Tócame el clítoris. Hazlo mientras él me folla. Quiero correrme otra vez con los dos tocándome.
Rafael metió la mano entre el cristal y el vientre de su mujer. Encontró el bultito hinchado y lo frotó en círculos. Petra se derritió entre ellos, gemidos rotos saliéndole de la garganta. Gideon le mordió el hombro y le agarró una teta, pellizcándole el pezón hasta dejarlo rojo.
—Voy a correrme otra vez dentro —anunció Gideon, la voz tensa—. Pero esta vez quiero que tu marido me lo pida. Pídemelo, Rafa. Pídeme que le llene el coño a tu mujer.
Rafael sintió que se le caía la cara de vergüenza y de excitación. La polla le palpitaba en la mano libre. Tragó saliva y habló, la voz temblando.
—Llénala… por favor. Córrete dentro de Petra. Déjaselo todo. Quiero ver cómo le rebosa otra vez.
Gideon soltó un gruñido animal y se hundió hasta las pelotas. Se corrió a chorros potentes, el cuerpo entero contrayéndose. Petra gritó y se corrió con él, las piernas temblando, el coño exprimiendo cada gota. Cuando Gideon se retiró, un chorro espeso le salió del coño y le cayó al suelo en un charco blanco. Petra se quedó apoyada en el cristal, respirando entrecortada, las piernas abiertas, el semen bajándole por los muslos hasta los tobillos.
—En el sofá —ordenó ella, la voz ronca—. Ahora quiero montarlo otra vez. Y tú, Rafa, te vas a poner debajo. Quiero que me lamas el culo mientras me folla.
Se movieron. Gideon se tumbó en el sofá, la polla todavía dura y brillante. Petra se subió a horcajadas, de espaldas a él esta vez, y se impaló despacio, soltando un gemido largo cuando la sintió entrar hasta el fondo. Después se inclinó hacia adelante, el culo en alto, y miró a Rafael.
—Debajo. Ahora. Lámeme el culo. Métete la lengua mientras él me destroza el coño.
Rafael se deslizó bajo ellos. El olor era denso, a sexo y a semen. Abrió las nalgas de su mujer con las manos y le pasó la lengua por el agujero apretado. Petra se estremeció y empujó hacia atrás contra su cara. Gideon empezó a embestirla desde abajo, lento y profundo al principio, después más rápido. Cada embestida hacía que el culo de Petra se frotara contra la lengua de Rafael. Él lamía, chupaba, metía la punta de la lengua dentro del agujero cerrado mientras el coño de su mujer se llenaba y se vaciaba de la polla de su amigo a centímetros de su cara.
—Así… joder, sí —jadeaba Petra—. Mi cornudo lamiéndome el culo mientras me follan. Más profundo la lengua, Rafa. Quiero sentirte ahí dentro.
Gideon le agarró las caderas y la embistió con fuerza. El sofá crujía. Petra se tocaba el clítoris con una mano y con la otra se agarraba al respaldo. Se corrió otra vez, un grito ahogado, el cuerpo entero temblando. El coño le echó más jugos sobre las bolas de Gideon y un poco le cayó en la cara a Rafael. Él no se apartó. Siguió lamiendo como si le fuera la vida en ello.
Cuando el orgasmo le bajó, Petra se levantó despacio. La polla de Gideon salió con un sonido húmedo y un nuevo hilo de semen le colgó del coño. Ella se giró, se arrodilló entre las piernas de Gideon y se la metió entera en la boca, limpiándola con la lengua, tragando lo que quedaba. Después se la sacó y se la ofreció a Rafael.
—Termínala. Chúpale lo que queda. Quiero ver cómo te tragas la polla de tu amigo después de que me haya follado tres veces.
Rafael abrió la boca sin pensarlo. La polla pesada y caliente le llenó la lengua otra vez. Sabía a Petra, a corrida, a todo. Chupó despacio, humillado y duro como nunca. Gideon le acarició el pelo con una sonrisa perezosa.
—Buen chico. Te estás portando muy bien esta noche.
Petra se tumbó en la alfombra delante del fuego, las piernas abiertas, y se metió dos dedos en el coño, sacándolos cubiertos de blanco y llevándoselos a la boca.
—Todavía no he terminado con vosotros dos —dijo, la voz baja y cargada de promesa—. La tormenta no para. Tenemos toda la noche. La próxima vez quiero que me folles el culo, Gideon. Quiero que me lo abras mientras Rafa me mira y se corre sin tocarse. Y después… después quiero que me la metas los dos. Uno en cada agujero. Quiero sentirlos a los dos dentro a la vez.
Gideon se rió bajo y se pasó la mano por la polla que ya empezaba a despertarse otra vez.
—Como digas, puta. Esta cabaña no va a olvidar esta noche.
Afuera un trueno volvió a partir el cielo. Petra se pasó la lengua por los labios, mirando a su marido con los ojos brillantes de malicia y de hambre. Rafael se quedó arrodillado, la boca todavía sabiendo a polla ajena, la polla propia doliéndole de ganas, sabiendo que la noche apenas empezaba y que lo que venía lo iba a romper del todo.
Gideon se pasó la mano por la verga otra vez y esta vez no hubo duda: se le puso de piedra en segundos, gruesa, venosa, brillando todavía con restos de semen y jugos. Petra se arrastró hasta él de rodillas, le abrió las piernas y le lamió desde las bolas hasta el glande con la lengua plana, saboreando lo que quedaba de ella misma. Rafael no se movió. Se quedó arrodillado en la alfombra, la polla doliéndole tanto que le lloraba el precum en hilos transparentes, las manos apretadas en los muslos porque ella se lo había prohibido.
—No te toques —ordenó Petra sin mirarlo sequiera—. Quiero que te corras solo de verlo. Si te tocas, te dejo sin nada.
Se giró de espaldas a Gideon, se puso a cuatro patas y se abrió las nalgas con las dos manos. El coño le seguía goteando blanco espeso, pero el culo estaba apretado, rosado, temblando un poco.
—Escúpele. Ábreme. Quiero que me lo destrozs mientras mi marido mira sin poder hacer nada.
Gideon le escupió directo en el agujero. El hilo grueso le cayó y se deslizó. Después metió dos dedos gruesos de golpe, sin aviso, abriéndola. Petra gritó y empujó hacia atrás.
—¡Joder, sí… así! Más. Ábreme bien. Quiero sentirte hasta el codo si hace falta.
Los dedos entraban y salían, el sonido húmedo y obsceno llenando la cabaña entre truenos. Rafael veía todo: cómo el culo de su mujer se estiraba alrededor de los nudillos de Gideon, cómo ella gemía y se tocaba el clítoris al mismo tiempo. La humillación le quemaba la cara y le hacía latir la polla como un corazón aparte. Quería tocarse. No podía. Se le humedecieron los ojos de ganas y de vergüenza.
Gideon sacó los dedos, se alineó y empujó. La cabeza gruesa abrió el anillo apretado. Petra soltó un aullido largo, el cuerpo entero se le puso rígido.
—¡Aaaah… qué gorda! Se me está abriendo todo el culo… Rafa, míralo. Mírame cómo me la mete en el sitio que tú casi nunca usas.
Gideon no se detuvo. Empujó centímetro a centímetro hasta que las pelotas le golpearon el coño hinchado. Se quedó hondo un segundo, respirando pesado, y después empezó a follársela. Embestidas largas y profundas al principio, después más rápidas, más brutales. El culo de Petra hacía un ruido obsceno cada vez que la verga salía y entraba, y cada golpe le sacaba un gemido roto.
—Dile lo que eres —gruñó Gideon, agarrándole el pelo y tirando hacia atrás—. Dilo alto.
—¡Soy tu puta de culo! ¡La puta de tu amigo, Rafa! ¡Me está abriendo el culo y me encanta! ¡Mírame, cornudo, mírame mientras me destroza!
Rafael se mordió el labio hasta casi hacerse sangre. La polla le palpitaba tan fuerte que le dolía la ingle. Cada embestida de Gideon hacía que las tetas de Petra se sacudieran y que el semen anterior le saliera del coño en hilos blancos que le bajaban por los muslos. Ella se corrió así, solo con la polla en el culo y los dedos en el clítoris, gritando contra la alfombra, el cuerpo entero convulsionando. Gideon no paró. La folló a través del orgasmo hasta que ella lloriqueó de exceso.
—Ahora los dos —jadeó Petra cuando pudo hablar—. Quiero los dos. Uno en cada agujero. Ahora mismo.
Gideon se tumbó de espaldas en la alfombra. Petra se subió a horcajadas sobre él, de frente, y se impaló en la polla que todavía tenía dura. El culo la tragó de un solo empujón. Después se inclinó hacia adelante, se abrió el coño con los dedos y miró a Rafael con los ojos entornados, salvajes.
—Métetela. Fóllame el coño mientras él me destroza el culo. Quiero sentirlos a los dos a la vez. Quiero que me partan.
Rafael se acercó temblando. La cabeza le daba vueltas. Se colocó detrás, entre las piernas abiertas de los dos, y empujó. El coño de su mujer estaba empapado, resbaladizo, abierto. Entró fácil. Y entonces lo sintió: la polla gruesa de Gideon a través de la pared fina que los separaba. Se rozaban dentro de ella. Petra gritó, un sonido animal, y se corrió en el mismo segundo en que los dos la llenaron.
—¡Joder, joder, joder! ¡Los siento los dos! ¡Me están abriendo toda! ¡Más fuerte, los dos, folladme como si no fuera vuestra!
Empezaron a moverse. Gideon desde abajo, embistiendo el culo. Rafael desde atrás, clavándole el coño. El ritmo se descontroló enseguida. Carne contra carne, gemidos, el sonido húmedo y obsceno de dos vergas entrando y saliendo del mismo cuerpo. Petra no paraba de correrse. Cada orgasmo le hacía apretar más, exprimiendo las dos pollas a la vez. Rafael sentía la verga de Gideon frotándose contra la suya dentro de su mujer y eso lo volvía loco. La humillación era total. Estaba follando el coño de Petra al mismo tiempo que otro hombre le abría el culo, y le encantaba.
—Voy a correrme —gruñó Gideon—. Dentro del culo. La voy a llenar otra vez.
—¡Yo también! —jadeó Rafael—. Me corro… joder, me corro dentro de mi mujer mientras tú se la follas…
Petra se arqueó entre los dos.
—¡Llenadme! ¡Los dos! ¡Quiero sentir cómo me inundáis!
Gideon se hundió hasta el fondo y se corrió a chorros potentes en el culo de Petra. Rafael lo sintió: las contracciones, el calor extra, y eso lo empujó al borde. Se corrió segundos después, bombeando semen propio dentro del coño ya lleno de restos ajenos. Petra gritó y se corrió una última vez, larga, temblando tanto que casi se le desarticulan las piernas. Los tres se quedaron enganchados un momento, jadeando, sudados, el olor a sexo denso como humo.
Cuando se separaron, el semen les salió a empujones de los dos agujeros. Petra se dejó caer de lado en la alfombra, las piernas abiertas, el culo y el coño goteando blanco mezclado. Rafael se arrodilló junto a ella y, sin que se lo pidieran, empezó a lamer. Limpió el culo primero, tragando la corrida caliente de Gideon, después el coño, saboreando su propio semen mezclado con el de su mujer. Petra le acarició el pelo con dedos perezosos.
—Buen chico… así me gusta. Trágatelo todo. Esta noche has sido un cornudo perfecto.
Gideon se rió bajo, todavía tumbado, la polla ya blandita y brillante.
—La próxima vez traemos a alguien más. Dos pollas no te van a bastar, puta.
Petra sonrió, los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando despacio. Afuera la tormenta seguía rugiendo, pero dentro el fuego crepitaba bajo y el aire olía solo a ellos tres. Rafael se limpió la boca con el dorso de la mano, el sabor amargo todavía en la lengua, la polla otra vez a medio camino solo de oír esas palabras. Se acurrucó junto a su mujer, besándole el hombro marcado por los dientes de Gideon.
—Te quiero —susurró, la voz rota—. Aunque me hayas roto.
—Lo sé —contestó ella, suave por primera vez en horas—. Y esto no ha hecho más que empezar.
Un relámpago blanco iluminó la cabaña entera. En ese mismo segundo se oyó un golpe seco, fuerte, metálico, contra la puerta principal. Otro. Y una voz de hombre, gruesa, gritándoles desde fuera a través de la lluvia:
—¡Eh! ¡Abrid! ¡Soy el guardabosques! ¡Hay un árbol caído en el camino y se os ha ido la luz del generador! ¡Necesito entrar ya!
Los tres se quedaron helados, desnudos, cubiertos de semen y sudor, con la puerta a cinco metros y el pomos ya moviéndose desde fuera.
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