Ascenso Prohibido con la Madre de mi Mejor Amigo

Un verano caliente donde Bruno se folla salvajemente a Renata, la voluptuosa MILF madre de su mejor amigo.

11 min read August 20, 2026New

El verano se me hizo eterno en cuanto pisé la casa de Errol. Tengo veintidós años y llevo deseando a su madre desde que cumplí dieciocho. Renata. Cuarenta y ocho, viuda, curvas que desafían la gravedad y esa sonrisa pícara que siempre me hacía endurecerme en los pantalones. Errol se había largado a un trabajo de temporada en la costa, así que me quedé solo con ella en aquella casa grande con jardín y persianas siempre entreabiertas. Desde el primer día me recibió en la puerta con un vestido corto blanco que le marcaba las tetas enormes y el culo redondo. Me abrazó fuerte, apretando esos pechos contra mi pecho, y me susurró al oído: «Qué bueno tenerte aquí, Bruno. La casa se siente vacía sin gente joven».

Yo respondí con la voz entrecortada, sintiendo ya la polla latir. «Gracias por acogerme, Renata. No sabes lo mucho que lo necesitaba». Ella me soltó despacio, dejándome ver cómo sus pezones se marcaban bajo la tela fina. Sabía que la miraba. Llevaba años sabiéndolo. Cada vez que venía a casa de Errol, Renata se demoraba un segundo más en los abrazos, me ofrecía bebidas con la blusa un botón más abierta, me rozaba la espalda al pasar. Ahora, sin su hijo de por medio, la provocación se volvió deliberada. Empezó a vestirse solo para mí: shorts que le subían por las nalgas, camisetas sin sujetador que dejaban escapar la curva pesada de sus tetas cuando se agachaba a recoger algo. Yo me corría en la ducha casi todas las mañanas, imaginando cómo sería agarrar esos pechos, chuparlos, meterla hasta el fondo mientras ella gemía mi nombre.

La tensión crecía cada noche en la cocina. Ella preparaba la cena descalza, el culo balanceándose, y yo la observaba desde la mesa fingiendo leer el móvil. Una tarde me dijo, sin mirarme: «Sé lo que piensas cuando me miras así. Llevo años notándolo. Y no te creas que a mí no me gusta». Me quedé helado, la polla ya dura. «Renata… no debería». Ella se giró, se acercó y me puso una mano en el pecho. «Debería o no, el deseo está ahí. Estoy sola desde que murió tu tío político. Y tú… tú eres joven, caliente, y me miras como si quisieras comerme entera. ¿Me equivoco?». Negué con la cabeza. «No te equivocas. Te deseo desde hace años. Es lo más prohibido que se me ocurre. La madre de mi mejor amigo…». Ella sonrió, esa sonrisa de MILF que sabe exactamente el poder que tiene. «Entonces dejemos que el verano nos lo diga».

Al día siguiente me pidió ayuda para mover muebles en su habitación. La cama grande, el armario pesado, la cómoda. Llevaba un top ceñido y un pantalón de yoga que le dibujaba el coño. Cada vez que levantábamos algo, sus tetas se aplastaban contra mi brazo, contra mi pecho. «Uy, perdona», decía ella, pero no se apartaba. Yo le sujetaba la cintura para estabilizarla y mis dedos se hundían en la carne suave. Sudábamos los dos. El olor a su perfume y a su piel caliente me volvía loco. Dejamos la cómoda contra la pared y ella se quedó frente a mí, respirando agitada, las tetas subiendo y bajando. «Bruno… me siento sola. De verdad. Y tu juventud me excita de una forma que no recuerdo. Me mojo solo de pensar en lo que podrías hacerme». Me agarró la mano y la llevó a su pecho. Sentí el pezón duro bajo la tela. «Confiesa», me ordenó suave. «Dime tu fantasía».

Tragué saliva. «Quiero follarte. Quiero chuparte estas tetas enormes mientras te meto los dedos. Quiero que me montes y que me dejes correrme dentro o donde tú digas. Quiero oírte gritar y saber que es con la polla del amigo de tu hijo». Renata soltó un gemido bajo, se puso de puntillas y me besó. Fue ella quien dio el primer paso: labios abiertos, lengua caliente, dientes rozándome el labio inferior. Respondí con hambre, agarrándole el culo con las dos manos, apretándola contra mi erección. Nos besamos como si el mundo se acabara, manos explorando. Ella me desabrochó la camisa y me acarició el pecho; yo le subí el top y por fin tuve esas tetas en las manos: pesadas, suaves, pezones oscuros y duros que pellizqué hasta hacerla gemir en mi boca. «Llévame a la cama», susurró. «Ahora».

Caímos sobre las sábanas que olían a ella. Renata se arrodilló entre mis piernas, me bajó los pantalones y sacó mi polla dura, gruesa, ya goteando. Me miró a los ojos mientras la lamió de base a punta. «Qué rica… tan joven y tan dura para mí». Abrió la boca y se la tragó entera. Sentí la garganta apretándome, la saliva corriendo por las bolas mientras ella subía y bajaba la cabeza con ganas profundas, sin asco, mirándome todo el rato. Hacía ruiditos húmedos, gorgoteos, y usaba la mano para torcer y apretar lo que no le cabía. Yo le agarré el pelo y empujé un poco más profundo; ella no se quejó, al contrario, se ahogó un segundo y luego siguió, tragándomela hasta que la nariz le rozó el vello. «Joder, Renata… así, trágatela». Sacó la polla babosa, la masturbó rápido y volvió a engullirla, chupando con fuerza hasta que casi me corro. Entonces se levantó, se quitó lo que le quedaba de ropa y se subió encima de mí en vaquera.

Sus tetas enormes rebotaban frente a mi cara mientras se sentaba despacio sobre mi polla. El coño estaba empapado, caliente, apretado. Se hundió hasta el fondo de un solo movimiento y soltó un grito gutural. «Ay, sí… qué bien me llena». Empezó a rebotar salvaje, las nalgas chocando contra mis muslos, las tetas palpitando arriba y abajo. Yo le agarré el culo con las dos manos, abriéndole las nalgas, y empujé hacia arriba al ritmo de ella. Cada bajada me llegaba al fondo; cada subida me dejaba ver cómo mi polla salía brillante de jugos. «Míralas», me dijo, agarrándose las tetas y ofreciéndomelas. Me incorporé y le chupé un pezón mientras ella seguía cabalgándome como una puta necesitada. El sonido de la piel contra piel llenaba la habitación. Renata gemía sin vergüenza: «Más fuerte, Bruno… fóllame como has fantaseado todos estos años». Le di la vuelta, la puse a cuatro patas y me arrodillé detrás.

Le agarré las caderas anchas y se la metí de un embestida. Ella arqueó la espalda y gritó mi nombre. Empecé lento y profundo, sacándola casi entera y volviendo a clavar hasta que los huevos le golpeaban el clítoris. Sentía cómo el coño se contraía alrededor de mí. Luego aceleré: embestidas rápidas, secas, el culo de Renata temblando con cada golpe. Le di una palmada en una nalga y ella pidió otra. «Duro… así… rómpeme». Alterné: tres lentas que la hacían temblar, cinco rápidas que la dejaban sin aliento. Le agarré el pelo, la obligué a mirarme por encima del hombro y seguí follándola sin piedad. El sudor nos resbalaba. Su coño hacía ruidos obscenos, chapoteando. «Me corro… Bruno, me corro contigo». Sentí las contracciones potentes, el líquido caliente bañándome la polla, y eso me empujó al límite. Le agarré las caderas con fuerza y me corrí dentro, chorros gruesos, profundos, gritando su nombre mientras ella seguía apretándome y temblando en su propio orgasmo. Nos quedamos unidos unos segundos, jadeando, mi semen empezando a salirle por los bordes.

Después nos desplomamos de lado. Renata se acurrucó contra mi pecho, todavía con mi polla blandita dentro de ella, y me besó suavemente en los labios. Me acarició el pelo húmedo y susurró, la voz ronca de tanto gemir: «Esto era algo que los dos deseábamos desde hace tiempo. Lo sabía cada vez que te veía mirarme. Y ahora que ha pasado… no quiero que se quede solo en una follada de verano. Hay más cosas que quiero hacerte. Cosas más sucias. Mañana Errol llama, y tendremos que fingir, pero esta noche… esta noche todavía es nuestra. Y te advierto, Bruno: una vez que pruebo algo que me gusta tanto, no suelo soltarlo fácil». Me miró a los ojos con esa mezcla de ternura y lujuria de MILF satisfecha pero aún hambrienta, y su mano bajó otra vez hacia mi entrepierna, acariciándome despacio, sintiendo cómo la polla volvía a despertar contra su muslo. El calor de su cuerpo pegado al mío, el olor a sexo en las sábanas y la promesa sin terminar en su voz me dejaron con el corazón latiendo y la mente ya imaginando todo lo que todavía podíamos romper juntos antes de que el verano se acabara.

Después nos quedamos un rato así, mi polla todavía dentro de ella, blandita pero latiendo débil contra las paredes calientes de su coño. Renata movía las caderas con suavidad, apenas un roce, como si no quisiera soltarme del todo. El semen me salía lento, resbalando por mis bolas y manchando las sábanas que ya olían a nosotros. Yo le acariciaba la espalda sudada, bajando hasta el culo ancho, abriéndole las nalgas con los dedos para sentir cómo mi corrida le escapaba.

—No te duermas —susurró ella contra mi cuello—. Dije que había más. Y esta noche no pienso dejarte descansar.

Su mano ya me estaba masturbando otra vez, lenta, torciendo la muñeca justo debajo del glande. Sentí la sangre volver de golpe. En menos de un minuto estaba duro otra vez, rozándole el muslo interno. Renata sonrió esa sonrisa de puta experta y se incorporó, poniéndose a horcajadas pero de espaldas, en posición de vaquera inversa. Me ofreció la vista perfecta de su culo redondo, las nalgas abiertas, el coño hinchado y goteando mi leche. Se agachó, me agarró la polla y se la frotó entre los labios hinchados antes de sentarse de un tajo.

—Joder, Renata… —gruñí, agarrándole las caderas—. Estás empapada de mí.

—Y lo voy a estar más —respondió, empezando a rebotar—. Quiero que me llenes otra vez. Quiero sentir cómo me chorreas mientras te miro por el espejo.

Había un espejo grande frente a la cama. Vi su reflejo: tetas pesadas balanceándose, cara contorsionada de placer, boca abierta. Empezó despacio, subiendo hasta dejar solo la cabeza dentro y bajando hasta aplastarme los huevos contra su culo. Cada embestida hacía un sonido húmedo, chapoteo obsceno de jugos mezclados. Yo le di palmadas en las nalgas, una y otra, dejando marcas rojas. Ella gemía más fuerte cada vez.

—Más duro, Bruno. Trátame como la zorra que soy por follarme al amigo de mi hijo.

Le obedecí. Empujé hacia arriba con fuerza, clavándome hasta el fondo mientras ella bajaba. El ritmo se volvió salvaje: piel contra piel, tetas rebotando, su coño apretándome como un puño mojado. Le metí un dedo en el culo sin avisar. Estaba apretado, caliente. Renata gritó y se corrió en seco, el cuerpo temblando, el coño contrayéndose en oleadas que me exprimían la polla.

No me detuve. La saqué de encima, la puse de rodillas al borde de la cama y me planté detrás. Le abrí las nalgas con las dos manos y le escupí en el culo. El dedo volvió a entrar, después dos. Ella empujaba hacia atrás.

—Métela ahí —pidió con voz rota—. Quiero sentir esa polla joven rompiéndome el culo. Hazlo.

Me unté la polla con sus propios jugos y mi semen que todavía le salía. Apreté la cabeza contra el agujero rosado y empujé. Entró despacio, centímetro a centímetro. Renata enterró la cara en la almohada y gruñó, pero no dijo que parara. Cuando estuve hasta las bolas, me quedé quieto un segundo, sintiendo cómo su culo me estrangulaba.

—Muévete —ordenó—. Fóllame el culo como me follaste el coño.

Empecé a sacar y meter. Primero lento, profundo. Después más rápido. El agarre era bestial, más estrecho que su coño, quemándome de placer. Le agarré el pelo, la obligué a arquearse y le di sin piedad. Cada embestida hacía que sus tetas colgaran y se sacudieran. Le metí la mano por debajo y le frotré el clítoris hinchado. Renata empezó a hablar sola, un torrente de puterío:

—Así… rómpeme el culo… soy tu puta de verano… la madre de Errol llena de tu polla… córrete dentro… llena mi culo de leche joven…

Sentí el orgasmo subir como una ola. Aceleré hasta que el sonido de mis caderas contra su culo llenó la habitación. Justo cuando iba a correrme, ella gritó y se vino otra vez, el culo apretándome en espasmos. Me enterré hasta el fondo y descargué. Chorros gruesos, calientes, bombeando directo en su interior. Me quedé temblando, vaciándome mientras ella se contraía alrededor mío, ordeñándome hasta la última gota.

Saqué la polla despacio. El agujero quedó abierto un segundo, soltando un hilo blanco de semen que le bajó por el coño y los muslos. Renata se dejó caer de lado, jadeando, una sonrisa satisfecha y sucia en la cara. Me tumbé a su lado. Me agarró la mano y se la llevó a la boca, chupándome los dedos que olían a ella.

—Mira lo que me has hecho —dijo, pasando dos dedos por su culo y sacándolos brillantes de mi corrida—. Todo esto dentro… y todavía quiero más. Mañana, cuando Errol llame, voy a tener que hablarle con tu semen aún escurriéndome. ¿Te excita eso, Bruno? ¿Pensar que mientras le miento al teléfono tú me estás follando otra vez debajo de la mesa?

Me volví a endurecer solo de oírla. Me subí encima, le abrí las piernas y se la metí de nuevo en el coño, esta vez de cara a cara. Era más lento, más profundo, mirándonos a los ojos. Sus piernas se enredaron en mi espalda. La besé mientras la embestía, saboreando su lengua, sus gemidos ahogados en mi boca. Le chupé el cuello, le mordí el hombro, le agarré una teta y la apreté fuerte. El ritmo subió otra vez. La cama crujía. El cabezal golpeaba la pared.

—Dime que eres mía esta noche —le exigí al oído.

—Soy tuya —jadeó—. Fóllame hasta que no pueda caminar. Lléname otra vez. Quiero despertar mañana con el coño y el culo goteando de ti.

Me corrí por tercera vez dentro de ella, menos cantidad pero igual de intenso, el cuerpo rígido, los dientes apretados. Renata me siguió segundos después, las uñas clavándoseme en la espalda, el grito largo y roto. Nos desplomamos juntos, sudados, pegajosos, unidos. Mi polla se ablandó dentro, pero no salí. Ella me abrazó fuerte, las piernas todavía abiertas alrededor mío.

El silencio solo lo rompía nuestra respiración y el ventilador del techo. Le besé la frente, el pecho, un pezón todavía duro. Renata reía bajito, cansada y feliz.

—Esto no se acaba aquí —murmuró—. Todo el verano. Cada habitación de esta casa. Quiero que me folles en la cocina mientras cocino, en el jardín de noche, en la ducha… y cuando Errol vuelva, tendremos que ser más cuidadosos, pero no pienso parar. Eres adictivo, Bruno. Tu polla, tu hambre… me has recordado lo que es estar viva.

Me acarició el pelo húmedo. Yo pensaba en todo lo que aún podíamos hacer: amarrarla a la cama, usar juguetes, hacer que me chupara limpio después de follarle el culo, grabar sus gemidos solo para mí… El futuro inmediato se sentía infinito y prohibido y perfecto.

Entonces el teléfono de la mesilla vibró fuerte. La pantalla se iluminó en la penumbra. Ambos miramos al mismo tiempo. El nombre que aparecía era claro: Errol.

Renata se tensó bajo mí. Yo seguía dentro de ella, medio duro otra vez por el susto y la excitación mezclados. El móvil no paraba de vibrar. Llamada entrante. Una, dos, tres… y de fondo, casi al mismo tiempo, se oyó el ruido inconfundible de un coche aparcando en la entrada de la casa y la puerta del garaje empezando a abrirse.

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