Ciega en la Bodega con su Compañera de Piso

Roxanne y su compañera de piso Ingrid se calientan y se comen los coños a oscuras en la bodega.

32 min read September 04, 2026New

La oscuridad en la bodega era absoluta, un negro denso que olía a humedad, a cajas de cartón y al leve rastro de suavizante de Ingrid. Roxanne, de veinticuatro años y apenas tres semanas en la ciudad, extendió las manos a ciegas y tropezó contra el hombro de su compañera de piso. El corte de luz había sellado la puerta metálica con un chasquido seco; el pestillo eléctrico no respondía. Ambas respiraban más rápido de lo necesario.

—Joder, no veo ni un dedo delante de la cara —susurró Roxanne, y su voz tembló un poco más de lo que quería admitir.

Llevaba semanas observando a Ingrid en secreto: la curva de su culo cuando se inclinaba a recoger la ropa del tendedero, el pecho pesado bajo las camisetas holgadas, la forma en que se lamió los labios aquella noche mirando una serie. Ahora, atrapadas, el deseo le subía por la garganta como un trago de vino caliente. Ingrid, veintiséis años, olía a vainilla y a sudor limpio. Roxanne sintió el roce de su brazo desnudo y un escalofrío le recorrió las piernas hasta el coño.

—Tranquila —dijo Ingrid, más cerca de lo que la distancia real permitía—. Estoy aquí. Dame la mano.

Sus dedos se encontraron, se enredaron. Roxanne notó la palma cálida, ligeramente húmeda. Buscaron a tientas la pared, las cajas, cualquier herramienta. Cada paso las obligaba a rozarse. El pecho de Roxanne chocó contra el brazo de Ingrid; el muslo de Ingrid rozó la cadera de Roxanne. La respiración de ambas se agitaba en el mismo espacio reducido. Roxanne tragó saliva.

—Ingrid… llevo días sin poder dejar de mirarte —confesó en un hilo de voz, avergonzada y excitada a partes iguales—. En la cocina, cuando te pones esa camiseta sin sujetador… se me moja la braga solo de pensarlo.

Un silencio denso. Luego la risa baja, ronca, de Ingrid.

—Lo sé. Te he oído gemir por las noches con la puerta entreabierta. Tu olor, Roxanne… joder, tu olor me vuelve loca. Y esa voz tuya cuando hablas medio dormida. Me excita de una forma indecente.

La mano de Ingrid dejó de ser solo un apoyo: subió despacio por el antebrazo de Roxanne, rozando la piel con las yemas, deteniéndose en el pliegue del codo, subiendo hasta el hombro descubierto por la blusa de tirantes. Roxanne tembló. En la penumbra total sus cuerpos se buscaban sin permiso y con todo el permiso del mundo. Las caderas se rozaron otra vez; el pubis de Roxanne sintió la presión suave del muslo de Ingrid a través de la falda fina.

Ingrid se inclinó. Su aliento caliente rozó la oreja de Roxanne.

—Me encanta cómo hueles ahora mismo. A excita y a miedo y a ganas. Quiero probarte.

Roxanne no pensó. Buscó a ciegas la boca de Ingrid y la encontró con un beso tímido, labios cerrados al principio, temblorosos. Ingrid respondió abriendo la boca, chupándole el labio inferior, metiendo la lengua con una hambre que hizo gemir a Roxanne contra sus dientes. El beso se profundizó, húmedo, ruidoso en el silencio de la bodega. Las manos de Ingrid bajaron a la cintura de Roxanne, la atrajeron hasta que sus pechos se aplastaron uno contra otro. Por encima de la ropa, los pezones ya duros se notaban. Roxanne se frotó sin pudor, ofreciendo el pecho.

—Quiero follarte aquí mismo —jadeó Ingrid entre besos—. Quiero comerte el coño hasta que grites y nadie pueda oírte.

—Sí… joder, sí. Tócame. Quiero que me toques los pechos, que me los chupes, que me metas los dedos…

Las manos de ambas se volvieron torpes y urgentes. Ingrid palpó el pecho de Roxanne por encima de la blusa, apretó la carne blanda, encontró el pezón y lo pellizcó a través de la tela. Roxanne gimió alto, arqueó la espalda y devolvió el favor: metió la mano bajo la camiseta de Ingrid, sintió la piel caliente, el peso de una teta libre de sujetador, el pezón ya erecto entre los dedos. Se lo retorció suavemente mientras sus lenguas seguían luchando. El roce de las caderas se volvió rítmico; el coño de Roxanne latía, empapando la braga de algodón.

Ingrid no esperó más. Empujó a Roxanne contra la pared fría de hormigón. La falda corta subió de un tirón. Los dedos de Ingrid engancharon la braga y la bajaron con rudeza hasta las rodillas, luego la arrancaron del todo. El aire fresco de la bodega besó el coño afeitado y mojado de Roxanne. Ingrid se arrodilló en la oscuridad, guiándose por el olor y por las manos que le buscaban la cabeza. Separó los labios hinchados con los pulgares y pasó la lengua plana desde la entrada hasta el clítoris.

—Ahhh… mierda, Ingrid…

Ingrid chupó el clítoris hinchado con fuerza, lo atrapó entre los labios y lo sacudió con la punta de la lengua. El sabor salado y dulce de Roxanne le llenó la boca. Metió dos dedos de golpe en el coño empapado y los curvó hacia arriba mientras chupaba sin descanso. Roxanne le agarró el pelo con ambas manos, se empujó contra la cara de Ingrid y gimió sin control, las piernas temblando.

—Así… lámelo más fuerte… me voy a correr en tu boca…

Pero Ingrid se detuvo justo cuando las contracciones empezaban. Se levantó, jadeando, y se dejó caer de espaldas sobre un montón de mantas viejas que habían encontrado a tientas. Roxanne entendió al instante. Se subió a horcajadas sobre la cara de Ingrid, bajó el coño abierto directamente sobre su boca y se sentó con todo el peso que se atrevió. Ingrid gimió contra su carne y volvió a lamer, más profundo, metiendo la lengua dentro, follándola con ella mientras Roxanne se balanceaba. Al mismo tiempo, Roxanne se inclinó hacia adelante, buscó a ciegas la falda de Ingrid, se la levantó, le bajó las bragas y le metió tres dedos en el coño chorreante. Se los folló con fuerza, el pulgar frotándole el clítoris hinchado.

Los gemidos se mezclaban: chupidos húmedos, el sonido obsceno de dedos entrando y saliendo, respiraciones entrecortadas. Roxanne sintió que se acercaba otra vez y se separó solo lo suficiente para girar el cuerpo. Se colocaron en tijera, coños abiertos enfrentados. En la oscuridad total buscaron el ángulo con las manos, hasta que sus labios hinchados y mojados se aplastaron uno contra otro. Empezaron a frotarse con fuerza, clítoris contra clítoris, deslizando la carne resbaladiza, empujando las caderas como si quisieran meterse la una dentro de la otra. Ingrid agarró el muslo de Roxanne; Roxanne se clavó las uñas en la cadera de Ingrid. El roce se volvió brutal, rápido, desesperado.

—Me corro… me corro en tu coño —gritó Roxanne.

—Juntas… corrámonos juntas, joder—

El orgasmo las golpeó casi al unísono. Roxanne sintió las contracciones violentas que le subían desde el clítoris hasta el vientre; el coño le latía contra el de Ingrid, chorreando más líquido caliente que untaba muslos y mantas. Ingrid gritó un nombre medio ahogado y se arqueó, frotándose todavía más fuerte mientras las oleadas la sacudían. Siguieron moviéndose unos segundos más, exprimiendo cada espasmo, hasta que se quedaron temblando, pegadas, el aire lleno del olor espeso a sexo.

Durante un rato solo se oyeron las respiraciones que bajaban de intensidad. Ingrid se movió, buscó el bolsillo de su pantalón y encendió la linterna del teléfono. La luz blanca y cruda las bañó de golpe: caras sonrojadas, labios hinchados, muslos brillantes de saliva y de jugos, faldas arrugadas, pechos todavía a medio descubrir. Se miraron y se rieron, cómplices, todavía sin aliento.

—Mierda —dijo Roxanne, recogiendo la braga rota con una sonrisa torcida—. Esto… esto no puede ser solo una vez.

Ingrid se acercó, le limpió con el pulgar un rastro de saliva del muslo y la besó despacio, saboreando todavía el gusto de ambas.

—Ni de coña. Esto es el principio. En el apartamento, en la cocina, en la ducha… cada noche que quieras. Voy a follarte hasta que no puedas caminar derecho.

Se vistieron a medias, sin prisa, todavía rozándose los dedos. La puerta seguía bloqueada. Afuera, en algún punto del edificio, se oyeron voces lejanas y el eco de alguien gritando que venían con herramientas. Roxanne apoyó la frente contra la de Ingrid y le susurró contra la boca:

—Que tarden. Todavía quiero que me metas la lengua otra vez antes de que nos saquen de aquí.

Ingrid apagó la linterna otra vez, las devolvió a la oscuridad cálida y húmeda, y su mano ya bajaba otra vez por la falda de Roxanne, promesa clara de que el rescate podía esperar un rato más.

La mano de Ingrid se deslizó otra vez bajo la falda de Roxanne, encontrando el coño todavía abierto, resbaladizo, palpitante. Los dedos no entraron de inmediato; rozaron los labios hinchados, recogieron el líquido espeso que ya volvía a brotar y lo untaron despacio sobre el clítoris, dando vueltas lentas, casi crueles. Roxanne jadeó contra la boca de Ingrid, mordiéndole el labio inferior.

—Otra vez… sí, joder, mételos —susurró, y abrió más las piernas sobre las mantas viejas.

Ingrid empujó dos dedos de golpe, curvos, hasta el nudillo, y empezó a follarla con un ritmo profundo y constante. El sonido húmedo llenó la oscuridad. Con la otra mano le subió la blusa de tirantes hasta el cuello y se bajó a chupar un pezón duro, tirando de él con los dientes mientras los dedos entraban y salían. Roxanne arqueó la espalda, empujando el pecho contra la boca caliente, y se agarró al pelo de Ingrid.

—Más fuerte… chúpamelos mientras me follas… así, así—

Ingrid metió un tercer dedo. El coño de Roxanne se abrió alrededor de ellos, chorreando sobre la muñeca. Cada embestida hacía que el pulgar rozara el clítoris hinchado. Roxanne se movía al compás, follándose la mano, gimiendo sin pudor. En la penumbra total el olor a sexo se espesaba, a vainilla, a sudor, a jugos calientes. Ingrid soltó el pezón con un chasquido húmedo y subió a morderle el cuello.

—Quiero que me lo pongas en la cara otra vez —jadeó—. Quiero ahogarme en tu coño mientras tú me chupas el mío.

Roxanne no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Se giró a gatas sobre las mantas, buscando a tientas el cuerpo de Ingrid. Le bajó del todo la falda y las bragas hasta los tobillos, le abrió los muslos y hundió la cara entre ellos. El coño de Ingrid estaba empapado, los labios hinchados y abiertos; Roxanne pasó la lengua plana desde el coño hasta el clítoris y lo atrapó entre los labios, chupando con fuerza. Al mismo tiempo bajó las caderas hasta sentarse de nuevo sobre la boca de Ingrid.

Se comieron en sixty-nine. Ingrid le abrió el culo con ambas manos y metió la lengua lo más profundo que pudo, follándola, lamiendo cada pliegue, chupando el clítoris cuando Roxanne se empujaba hacia atrás. Roxanne respondía metiendo la lengua dentro del coño de Ingrid, bebíéndole los jugos, luego subiendo a azotar el clítoris con la punta mientras le metía dos dedos y los curvaba. Los gemidos se ahogaban contra la carne mojada. El roce de pechos contra vientres, el calor de los muslos, el olor denso que las emborrachaba.

Roxanne sintió el orgasmo acercarse otra vez, ese tirón bajo el ombligo, y se separó solo lo suficiente para hablar contra el coño de Ingrid:

—Voy a correrme… me estoy corriendo en tu boca otra vez…

Ingrid no la soltó. Le chupó el clítoris con más fuerza, le metió la lengua y los dedos a la vez, y Roxanne estalló. Las contracciones le sacudieron el cuerpo entero; el coño le latía contra la cara de Ingrid, soltando un chorro caliente que Ingrid bebió con ruidos obscenos. Roxanne temblaba, pero no paró: siguió chupando y follando con los dedos hasta que Ingrid se arqueó debajo de ella, gritó un «joder, sí» ahogado y se corrió también, apretando las piernas alrededor de la cabeza de Roxanne, frotándose desesperada contra su boca.

Cuando las oleadas bajaron se quedaron enredadas, respirando agitadas, saboreándose la una a la otra. Afuera las voces se acercaban un poco más —herramientas, gritos de «ya casi»—, pero dentro de la bodega el tiempo se había detenido. Ingrid se movió, buscó a tientas entre las cajas y sacó algo que crujió: una botella de aceite de oliva que alguien había dejado olvidada. El tapón se abrió con un pop suave.

—Voy a untarte entera —dijo con voz ronca—. Quiero que resbales contra mí hasta que no sepas dónde empiezas tú y dónde termino yo.

Roxanne se rió, todavía sin aliento, y se dejó caer de espaldas. Ingrid derramó el aceite sobre sus pechos, lo extendió con las palmas, deslizando las manos por los pezones, por la barriga, bajando hasta el pubis afeitado. El líquido frío se calentó al contacto con la piel. Después se echó aceite a sí misma: pechos pesados brillantes, vientre, el coño todavía abierto. Se colocó a horcajadas sobre el muslo de Roxanne y empezó a frotarse, deslizando su coño aceitado y mojado por la carne suave, dejando un rastro brillante.

Roxanne le agarró las caderas y la atrajo hacia adelante hasta que sus pechos se aplastaron, resbaladizos, pezones rozándose. Se besaron con hambre, lenguas lentas y profundas, mientras Ingrid se frotaba el clítoris contra el muslo de Roxanne y Roxanne le metía los dedos por detrás, empujándolos dentro del coño desde atrás, follándola al ritmo del vaivén. El aceite hacía que todo resbalara de más, que cada roce fuera más obsceno, más fácil, más sucio.

—Así… usa mi muslo… córrete frotándote en mí —jadeó Roxanne.

Ingrid aceleró. El sonido era húmedo, viscoso, el olor a aceite y a sexo se mezclaba. Roxanne le pellizcó un pezón, le chupó el cuello, le metió un cuarto dedo. Ingrid gritó y se corrió de nuevo, el coño apretando los dedos, el líquido mezclado con el aceite chorreándole por el muslo de Roxanne. Antes de que pudiera recuperarse, Roxanne la empujó suavemente hacia atrás, se puso ella a horcajadas y empezó a frotarse el clítoris hinchado contra el de Ingrid otra vez, tijera aceitada, labios abiertos deslizándose, clítoris golpeando clítoris con cada embestida de caderas.

Se agarraron de las manos, se tiraron la una de la otra, empujando con más fuerza. La oscuridad hacía que cada sensación se multiplicara: el calor, el resbalón, el golpeteo húmedo de carne contra carne. Roxanne sentía que se iba a romper.

—Más… fóllame el coño con el tuyo… más duro—

Ingrid levantó una pierna, cambió el ángulo, y ahora el roce era aún más directo, casi como si quisieran entrar la una dentro de la otra. Roxanne se corrió primero, gritando el nombre de Ingrid, el cuerpo entero convulsionando, el coño latiendo y soltando más jugos que se mezclaban con el aceite sobre los muslos. Ingrid la siguió segundos después, maldiciendo entre dientes, clavándole las uñas en la cadera mientras las contracciones la sacudían.

Se desplomaron juntas, resbaladizas, temblando, el pecho de una contra el de la otra. Afuera ya se oía el metal de herramientas contra la puerta, el chirrido de alguien intentando forzar el pestillo. Todavía tenían minutos. Ingrid pasó la lengua por el pecho aceitado de Roxanne, recogiendo el sabor a oliva y a sudor, y le susurró al oído:

—Cuando salgamos de aquí te voy a llevar directo a la ducha… y después a la cama. Quiero despertarme con tu coño en la boca mañana. Y pasado. Y el resto de la puta semana.

Roxanne le mordió el hombro, todavía con las piernas abiertas, y le guió la mano otra vez hacia abajo.

—Entonces no pares ahora. Métete los dedos otra vez. Quiero correrme una vez más antes de que nos abran esa puta puerta.

Ingrid sonrió en la oscuridad y obedeció, empujando los dedos dentro del coño hinchado y sensible de Roxanne, empezando un ritmo lento y profundo otra vez, mientras afuera el ruido de las herramientas se volvía más insistente y el tiempo se les escapaba entre los muslos.

Ingrid empujó los dedos más hondo, despacio al principio, sintiendo cómo el coño de Roxanne se cerraba alrededor de ellos con esa sensibilidad reciente del último orgasmo. El aceite todavía brillaba en su piel; cada embestida producía un sonido viscoso, obsceno, que se mezclaba con el chirrido metálico de las herramientas afuera. Roxanne abrió más las piernas sobre las mantas, arqueó la espalda y dejó escapar un gemido bajo contra el cuello de Ingrid.

—Más despacio no… fóllame de verdad —rogó, la voz rota—. Quiero sentir que me abres del todo otra vez.

Ingrid obedeció. Sacó los dedos solo para meter tres de golpe, curvándolos hacia arriba hasta rozar ese punto esponjoso que hizo que Roxanne diera un salto. Con la otra mano le agarró un pecho aceitado, aplastó la carne blanda y pellizcó el pezón ya hinchado. Se lo llevó a la boca, lo chupó con fuerza, lo mordisqueó mientras follaba el coño empapado con un ritmo cada vez más brutal. Roxanne se movía al compás, empujando las caderas hacia abajo, follándose la mano de su compañera de piso sin pudor ninguno.

—Joder, Ingrid… así, así, no pares —jadeó—. Se me pone el coño a reventar cuando me chupas el pezón al mismo tiempo.

La oscuridad lo hacía todo más intenso. Roxanne no veía nada, solo sentía: el calor de la boca de Ingrid, el roce de sus pechos resbaladizos, el olor denso a aceite de oliva mezclado con jugos y sudor. Extendió la mano a ciegas, encontró el coño de Ingrid y le metió dos dedos de una. Estaba chorreante, abierto, listo. Empezó a follárselo con la misma urgencia, el pulgar dándole vueltas al clítoris hinchado. Ingrid gimió contra su pecho y aceleró el ritmo de su propia mano.

Se follaron mutuamente así un rato, dedos entrando y saliendo, respiraciones entrecortadas, el ruido húmedo llenando la bodega. Afuera alguien gritó «¡un poco más y la tenemos!», pero ninguna de las dos paró. Roxanne sintió el orgasmo treparle otra vez por las piernas y se lo negó a sí misma, sacando los dedos de Ingrid y empujándola suavemente hacia atrás.

—Quiero montarte la cara otra vez —susurró—. Pero esta vez quiero que me metas la lengua en el culo también. Quiero que me explores entero.

Ingrid se rió, un sonido ronco y excitado, y se tumbió de espaldas sobre las mantas. Roxanne se colocó a horcajadas al revés, bajando el coño abierto directamente sobre la boca caliente de su compañera. Ingrid no esperó: le abrió los labios hinchados con los pulgares, metió la lengua plana y profunda dentro del coño, lamiendo, chupando, bebiéndole lo que ya volvía a brotar. Al mismo tiempo, Roxanne se inclinó hacia adelante, buscó a tientas el coño de Ingrid y se lo comió con hambre, chupándole el clítoris entre los labios mientras le metía tres dedos y los movía en tijera.

El sixty-nine se volvió salvaje. Ingrid le separó las nalgas con ambas manos y subió la lengua hasta el culo de Roxanne. Primero solo lamió el borde fruncido, húmedo de aceite y de jugos que habían resbalado. Luego empujó la punta dentro, follándola despacio, mientras dos dedos volvían a meterse en su coño. Roxanne gritó contra la carne mojada de Ingrid, el placer doble haciéndole temblar los muslos.

—Ahhh… mierda, sí… métela más… lámelo todo —balbuceó, y devolvió el favor: le abrió el culo a Ingrid, le pasó la lengua por el agujero apretado y se lo folló con ella al mismo tiempo que le chupaba el clítoris a golpes rápidos.

Se comieron así, sin piedad. Lenguas en coños y en culos, dedos curvados, pechos aplastados contra vientres, el aceite haciendo que todo resbalara. Roxanne sentía que se iba a romper. El olor a sexo era tan espeso que casi se podía morder. Empujó las caderas hacia atrás, sentándose con más peso sobre la cara de Ingrid, ahogándola deliberadamente en su coño mientras se corría. Las contracciones le sacudieron el cuerpo entero; un chorro caliente le salió directo a la boca de Ingrid, que lo bebió con ruidos obscenos, gimiendo y follándose también contra la lengua de Roxanne hasta corrersse ella, apretando las piernas alrededor de su cabeza, frotándose desesperada.

Cuando las oleadas bajaron un poco, no se separaron del todo. Roxanne se giró, se tumbió de lado y buscó la boca de Ingrid. Se besaron con lentitud sucia, saboreándose la una a la otra: jugos, aceite, saliva. Ingrid le mordió el labio inferior y le susurró contra la boca:

—Todavía no he terminado contigo. Quiero que me uses el muslo otra vez, pero esta vez quiero que me metas algo más grueso.

Buscó a tientas entre las cajas. Sus dedos tropezaron con el mango de un cepillo de mango grueso, de madera lisa, de esos que se usan para fregar. Lo sacó, lo untó con el aceite que todavía les quedaba en la botella y se lo acercó al coño de Roxanne.

—¿Quieres esto dentro? —preguntó, la voz cargada de deseo—. Dímelo.

—Sí. Mételo. Fóllame con eso hasta que grite —respondió Roxanne sin dudar, abriendo más las piernas.

Ingrid empujó la punta aceitada contra la entrada hinchada. El mango entró despacio, grueso, llenándola. Roxanne jadeó alto, se agarró a los hombros de Ingrid y empujó las caderas hacia adelante para tomarlo todo. Ingrid empezó a moverlo dentro y fuera, primero lento, luego más rápido, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris en círculos firmes. Al mismo tiempo se subió a horcajadas sobre el muslo de Roxanne y se frotó el coño abierto contra la carne suave, deslizando, dejando un rastro brillante de jugos y aceite.

—Mírate… te estás comiendo el mango entero —jadeó Ingrid—. Tu coño lo traga como si fuera mi puta polla. Me encanta cómo te abre.

Roxanne no podía hablar. Solo gemía, se movía al ritmo, se follaba el objeto mientras Ingrid se frotaba el clítoris contra su muslo con fuerza creciente. El sonido era obsceno: el mango entrando y saliendo, el roce húmedo de carne contra carne, las respiraciones rotas. Afuera el pestillo crujía más fuerte; se oían voces cerca, casi en la puerta. Eso solo las excitó más.

Ingrid sacó el mango, se lo llevó a la boca, lo chupó para saborear a Roxanne y luego se lo ofreció a ella. Roxanne lo lamió sin vergüenza, chupándolo limpio mientras Ingrid le metía cuatro dedos de golpe en el coño y se los follaba con violencia dulce. Se colocaron otra vez en tijera, coños abiertos enfrentados, pero ahora Ingrid sostenía el mango entre ambas entradas, empujándolo de un lado a otro, frotando clítoris contra clítoris y contra la madera aceitada al mismo tiempo.

—Así… fóllame el coño con el tuyo y con esto… más duro, joder —rogó Roxanne.

Empujaron las caderas como locas. El roce era brutal, resbaladizo, perfecto. Roxanne sintió el orgasmo subir como una ola gigante. Se agarró a la cadera de Ingrid, se clavó las uñas y gritó su nombre cuando se corrió, el coño latiendo, chorreando, contrayéndose alrededor de nada y de todo. Ingrid la siguió segundos después, maldiciendo, frotándose todavía más fuerte mientras las contracciones la sacudían y el líquido le corría por los muslos hasta las mantas.

Se quedaron temblando, pegadas, el pecho de una contra el de la otra, el mango caído a un lado. Afuera alguien golpeó la puerta con fuerza y gritó que ya casi abrían. Ingrid pasó la lengua por el pecho de Roxanne, recogiendo el sabor a aceite y a sudor, y le mordió el pezón con suavidad.

—Todavía nos quedan minutos —susurró—. Ponte a cuatro patas. Quiero comerte el culo otra vez mientras te meto los dedos hasta el fondo. Quiero que te corras una vez más con mi lengua ahí dentro antes de que esa puta puerta se abra.

Roxanne obedeció de inmediato, poniéndose a gatas sobre las mantas, el culo en alto, el coño todavía abierto y palpitante. Ingrid se arrodilló detrás, le separó las nalgas con ambas manos y hundió la cara entre ellas. La lengua caliente y húmeda le lamió primero el coño desde atrás, recogiendo los jugos frescos, luego subió al culo y se lo folló con profundidad, empujando, girando, mientras tres dedos entraban de nuevo en el coño hinchado y empezaban un ritmo lento y profundo.

Roxanne empujó hacia atrás, ofreciéndose del todo, gimiendo sin control. El placer la emborrachaba. Sentía la lengua de Ingrid dentro de su culo, los dedos llenándole el coño, el aliento caliente contra su piel. Se tocó el clítoris con dos dedos y se frotó al mismo ritmo.

—Más… no pares… me voy a correr otra vez en tu puta cara —jadeó.

Ingrid no paró. Aceleró la lengua, metió un cuarto dedo, curvó todo hacia arriba y chupó el borde del culo con fuerza. Roxanne sintió el tirón bajo el ombligo, el calor que le subía por la espalda, y se dejó caer en el orgasmo con un grito ahogado, el cuerpo entero convulsionando, el coño y el culo apretando a la vez mientras se corría largo y fuerte, soltando más líquido que Ingrid bebió sin soltarla.

Cuando las contracciones bajaron un poco, Ingrid se levantó, se pegó a su espalda y le susurró al oído, todavía con los dedos dentro:

—Escucha… la puerta está a punto. Pero cuando salgamos te voy a llevar a la ducha como te prometí. Y esta noche, en la cama, voy a atarte las muñecas a la cabecera y te voy a follar con la lengua hasta que me ruegues que pare. ¿Quieres eso?

Roxanne asintió, sin aliento, y giró la cabeza para buscar su boca. Se besaron con hambre lenta mientras Ingrid seguía moviendo los dedos dentro de ella, despacio, manteniéndola al borde otra vez, el ruido de las herramientas cada vez más cerca, el tiempo escapándoseles entre los muslos aceitados y la promesa clara de que esto solo acababa de empezar.

Ingrid no sacó los dedos. Los mantuvo dentro, curvados, moviéndolos con esa lentitud cruel que hacía que Roxanne se retorciera contra las mantas aceitadas. El coño de Roxanne latía todavía, hipersensible, abriéndose y cerrándose alrededor de los nudillos mientras afuera el metal crujía más fuerte contra el pestillo. Las voces ya se oían nítidas: alguien maldiciendo, el roce de una palanca. Pero dentro de la bodega el aire seguía denso a aceite de oliva, a jugos y a sudor de coño.

—Escúchalos —susurró Ingrid contra la oreja de Roxanne, empujando más hondo—. Están a un metro. Y tú sigues empapada. Dime que quieres que te folle más fuerte ahora mismo.

Roxanne asintió con un gemido ahogado, abriendo más las rodillas sobre las mantas. Ingrid metió el pulgar en el culo al mismo tiempo que los tres dedos follaban el coño. El doble relleno hizo que Roxanne arquease la espalda y empujara hacia atrás, ofreciéndose del todo. El aceite hacía que todo entrara fácil, viscoso, obsceno. Ingrid mordió el hombro desnudo de Roxanne y aceleró el ritmo: dedos entrando hasta el fondo, pulgar girando dentro del agujero apretado, la otra mano subiendo para aplastarle un pecho aceitado y retorcerle el pezón hasta que Roxanne soltó un grito corto.

—Así… joder, así me abres —jadeó Roxanne—. No pares, me estoy poniendo otra vez al borde solo de sentirte dentro.

Ingrid la giró de golpe, tumbándola de espaldas otra vez. Se colocó a horcajadas sobre su cara, el coño chorreante justo encima de la boca de Roxanne, y bajó las caderas hasta sentarse con todo el peso. Roxanne abrió la boca de inmediato, sacó la lengua y se la comió. Lamió los labios hinchados, chupó el clítoris hinchado entre los labios, metió la lengua lo más profundo que pudo mientras Ingrid se balanceaba, frotándose desesperada contra su cara. Al mismo tiempo Ingrid se inclinó hacia adelante, abrió las piernas de Roxanne y le hundió de nuevo el mango del cepillo. Esta vez no fue despacio: lo empujó entero de un solo movimiento, grueso y aceitado, y empezó a follárselo con fuerza, sacándolo casi del todo y volviéndolo a meter hasta que el coño de Roxanne lo tragaba con sonidos húmedos y obscenos.

—Mírate cómo lo comes —gruñó Ingrid, la voz rota de placer mientras se corrían los jugos por la barbilla de Roxanne—. Tu coño se abre como una puta para este mango. Quiero verte correrte otra vez con esto dentro y mi coño en tu boca.

Roxanne no podía responder. Solo gemía contra la carne mojada, chupando más fuerte, metiendo dos dedos en el culo de Ingrid al mismo tiempo que le lamiía el clítoris a golpes rápidos. El aceite y los jugos le resbalaban por la cara, le mojaban el cuello, le bajaban hasta los pechos. Ingrid aceleró el mango: embestidas profundas, el pulgar frotándole el clítoris a Roxanne en círculos firmes. El ruido era brutal —madera resbalando dentro de coño, lengua chapoteando, respiraciones entrecortadas— y afuera alguien golpeó la puerta con un martillo. El sonido metálico las hizo gemir más alto, más urgentes.

Roxanne sintió el orgasmo subir como una marea caliente. Se agarró a los muslos de Ingrid, se clavó las uñas y se corrió con la cara enterrada en su coño, el cuerpo entero convulsionando, el coño apretando el mango con fuerza mientras un chorro caliente le salía alrededor de la madera. Ingrid no la soltó. Siguió follándola con el mango a través de las contracciones, chupándole los gemidos con el coño, hasta que Roxanne tembló tanto que casi no podía respirar. Entonces Ingrid se levantó solo lo suficiente para girarse, ponerse a cuatro patas encima de ella y bajar la cara entre sus piernas otra vez. Sacó el mango, lo chupó limpio con ruidos obscenos y se lo ofreció a Roxanne.

—Chúpalo. Saborea cómo te has corrido en él —ordenó, y Roxanne lo hizo sin dudar, lamiendo la madera brillante de jugos y aceite mientras Ingrid le abría el culo con ambas manos y le metía la lengua otra vez.

La lengua caliente empujó dentro del agujero fruncido, lo folló despacio, lo lamió en círculos mientras tres dedos volvían al coño todavía palpitante. Roxanne chupaba el mango, se lo metía en la boca como si fuera una polla, y empujaba las caderas hacia arriba, pidiendo más. Ingrid se lo dio: lengua más profunda, dedos curvados contra ese punto esponjoso, la otra mano subiendo para pellizcarle el clítoris. El placer era demasiado. Roxanne soltó el mango, agarró la cabeza de Ingrid y se la apretó contra el culo.

—Más… fóllame el culo con la lengua… me voy a correr otra vez solo de esto —rogó, la voz rota.

Ingrid obedeció. La lengua entraba y salía, los dedos follaban sin piedad, el aceite hacía que todo resbalara. Roxanne se tocó el clítoris con dos dedos y se frotó al mismo ritmo hasta que el orgasmo la partió otra vez. Gritó el nombre de Ingrid, el coño y el culo contrayéndose a la vez, soltando más líquido que Ingrid bebió y lamió sin soltarla. Las oleadas duraron largos segundos; Roxanne se quedó temblando, las piernas abiertas, el pecho subiendo y bajando con fuerza.

Pero Ingrid no había terminado. Se levantó, se untó más aceite en los pechos y en el coño, y se colocó a horcajadas sobre el muslo de Roxanne otra vez. Esta vez no se frotó despacio: empezó a cabalgarlo con fuerza, deslizando el clítoris hinchado por la carne suave, dejando un rastro brillante y viscoso. Al mismo tiempo agarró la mano de Roxanne y se la guió a su propio coño.

—Méteme los cuatro. Quiero sentir que me abres del todo mientras me corro en tu pierna —jadeó.

Roxanne metió los cuatro dedos de golpe. El coño de Ingrid se abrió alrededor de ellos, caliente, chorreante, apretando. Empezó a follárselo con ritmo profundo mientras Ingrid se frotaba más rápido contra su muslo. Los pechos aceitados se aplastaban, pezones rozándose, resbalando. Se besaron con hambre, lenguas profundas, mordiéndose los labios. Afuera la puerta crujió de verdad; se oía el pestillo ceder milímetro a milímetro. Eso solo las excitó más.

—Van a entrar… y yo todavía te estoy follando —susurró Ingrid contra su boca—. Correte en mis dedos ahora. Quiero sentir cómo me aprietas antes de que nos vean así.

Roxanne aceleró la mano. Los dedos entraban y salían con sonidos obscenos, el pulgar golpeándole el clítoris a Ingrid. Ingrid se corrió primero, el cuerpo entero tensándose, el coño agarrando los dedos con fuerza, un chorro caliente resbalándole por la muñeca de Roxanne y por el muslo. Gritó bajo, maldiciendo, frotándose todavía más fuerte hasta exprimir cada espasmo. En cuanto bajó un poco, empujó a Roxanne de lado, le abrió las piernas y le metió el mango otra vez, pero esta vez junto con dos dedos. El relleno era brutal. Roxanne gritó, se arqueó y se corrió casi al instante, el coño dilatado alrededor de la madera y los dedos, chorreando sin control sobre las mantas ya empapadas.

Se quedaron enredadas un momento, jadeando, el olor a sexo tan espeso que casi se podía morder. Ingrid pasó la lengua por el pecho de Roxanne, recogiendo aceite y sudor, y le mordió el pezón con suavidad.

—La puerta está a punto —susurró, metiéndole dos dedos otra vez, despacio, manteniéndola abierta—. Pero no hemos terminado. Cuando salgamos te voy a llevar a la ducha como te dije… y allí te voy a follar contra azulejos fríos hasta que no puedas tenerte en pie. Quiero que me montes la cara bajo el agua caliente. Quiero beberte mientras te corres otra y otra vez.

Roxanne le agarró la muñeca y se empujó contra los dedos, todavía hambrienta.

—Entonces no los saques. Fóllame despacio mientras escuchamos cómo abren. Quiero correrme una vez más con el ruido de esa puta puerta cediendo.

Ingrid sonrió en la oscuridad y empezó un ritmo lento y profundo otra vez. Los dedos entraban hasta el fondo, se curvaban, salían casi del todo y volvían a meterse. Con la otra mano le abrió el culo y le metió el pulgar, follándola por los dos agujeros al mismo tiempo. Roxanne se tocó el clítoris, se frotó en círculos rápidos, y el placer volvió a treparle por las piernas. Afuera el pestillo chirrió fuerte; alguien gritó “¡ya casi!”. Roxanne se corrió con ese sonido de fondo, el cuerpo convulsionando, el coño y el culo apretando los dedos de Ingrid mientras soltaba un gemido largo y roto.

Ingrid la sostuvo a través de las contracciones, besándole el cuello, susurrándole guarradas al oído.

—Eso… córrete para mí mientras nos sacan. Y esta noche te ato como te prometí. Muñecas a la cabecera, piernas abiertas, y yo entre ellas horas enteras. Voy a comerte el coño hasta que me ruegues, y después te voy a follar con lo que encuentre en el cajón. ¿Quieres eso, putita?

—Sí… joder, sí —jadeó Roxanne, todavía temblando, empujando las caderas contra la mano de Ingrid—. No pares. Mételos más hondo. Quiero seguir sintiéndote dentro cuando esa puerta se abra de una vez.

Ingrid empujó más profundo, el ritmo constante, el aceite y los jugos haciendo que todo resbalara. Se pegó pecho contra pecho, resbaladizas, y le chupó la lengua mientras la follaba con los dedos. El ruido afuera era ya un estruendo metálico; la puerta temblaba. Roxanne sintió otro orgasmo empezar a construir, más lento, más profundo, y se agarró a Ingrid como si el mundo se fuera a acabar.

—Más… no me dejes… fóllame hasta el último segundo —rogó.

Ingrid no la dejó. Aceleró solo un poco, curvando los dedos justo donde sabía, el pulgar en el culo moviéndose al mismo compás. Roxanne se acercaba otra vez, el coño hinchado y sensible, el clítoris latiendo bajo sus propios dedos. Afuera alguien gritó que el pestillo ya cedía. Ingrid le mordió el labio inferior y le susurró contra la boca:

—Cuando entre la luz te voy a tener todavía con los dedos dentro. Y después te llevo a casa y te follo hasta el amanecer. Esto solo acaba de empezar, Roxanne. Tu coño es mío ahora. Cada noche. Cada puta noche.

Roxanne gimió alto, empujándose contra la mano, el orgasmo a un suspiro de distancia otra vez, el metal crujiendo cada vez más fuerte, el tiempo escapándoseles entre los muslos abiertos y la promesa clara de que el rescate podía esperar un minuto más… o dos.

Ingrid no aflojó el ritmo. Los dedos seguían entrando hasta el nudillo, curvados justo contra ese punto que hacía que Roxanne se retorciera y empujara las caderas hacia arriba, pidiendo más sin palabras. El pulgar le giraba dentro del culo con esa lentitud cruel que la mantenía al borde, y el aceite mezclado con los jugos hacía que cada embestida sonara húmeda, obscena, casi gorda en el silencio de la bodega. Afuera el pestillo chirrió de verdad; se oyó el metal ceder y una voz gritar «¡ya va!». Roxanne abrió más las piernas, se agarró a los hombros de Ingrid y le mordió el cuello para no gritar demasiado alto.

—Más hondo… fóllame hasta que entren —jadeó contra la piel salada—. Quiero correrme con tu mano dentro cuando se abra esa puta puerta.

Ingrid obedeció. Sacó los dedos solo un segundo para meter cuatro de golpe, abriéndola del todo, y aceleró. Al mismo tiempo se bajó otra vez al pecho aceitado de Roxanne, chupó un pezón hinchado hasta que le dolió delicioso y le pellizcó el otro con los dedos libres. Roxanne se tocó el clítoris con dos dedos temblorosos, frotándose en círculos rápidos mientras el orgasmo le subía por las piernas como una marea caliente. El coño le latía, se cerraba y se abría alrededor de los nudillos, y el culo apretaba el pulgar con cada embestida. El olor a sexo y a oliva era tan denso que casi se podía morder.

—Joder, Ingrid… me corro… me estoy corriendo otra vez—

El orgasmo la partió justo cuando afuera alguien golpeó la puerta con fuerza. Roxanne se arqueó, el cuerpo entero convulsionando, un chorro caliente saliéndole alrededor de los dedos de Ingrid y mojándole la muñeca hasta el codo. Ingrid no la soltó. La folló a través de las contracciones, chupándole el gemido con la boca pegada a su pecho, hasta que Roxanne quedó temblando, sin aliento, el coño todavía palpitando. Entonces Ingrid se levantó a medias, se untó los jugos de Roxanne por los labios y se los ofreció en un beso sucio, lento, saboreándose las dos.

—Escucha cómo cruje —susurró contra su boca, metiéndole otra vez dos dedos despacio, manteniéndola abierta—. Van a entrar en cualquier segundo. Y yo todavía te tengo así. Dime que quieres más.

Roxanne asintió, empujándose contra la mano. Ingrid la giró de lado, le levantó una pierna y se colocó detrás, pecho contra espalda. Con una mano le siguió follando el coño, con la otra le abrió el culo y le metió la lengua otra vez. La lengua caliente empujó dentro del agujero fruncido, lo lamió en círculos, lo folló mientras los dedos entraban y salían del coño hinchado. Roxanne empujó hacia atrás, ofreciéndose del todo, frotándose el clítoris con desesperación. El placer era demasiado; sentía que se iba a romper otra vez.

—La lengua… más adentro… me voy a correr en tu cara otra puta vez —balbuceó.

Ingrid la dio. Lengua profunda, dedos curvados, el aceite haciendo que todo resbalara. Roxanne se corrió con un grito ahogado, el culo y el coño apretando a la vez, el líquido caliente resbalándole por los muslos hasta las mantas ya empapadas. Ingrid bebió lo que pudo, lamió limpio y se pegó a su espalda otra vez, jadeando.

El pestillo cedió con un chasquido metálico largo. La puerta se entreabrió. Entró un hilo de luz del pasillo y una voz masculina gritó desde fuera:

—¿Hay alguien ahí dentro? ¡Ya casi la tenemos!

Ingrid no sacó los dedos. Los mantuvo dentro, moviéndolos despacio, cruelmente, mientras Roxanne se mordía el labio para no gemir alto. Se miraron en la penumbra tenue, caras brillantes de sudor y aceite, labios hinchados, pechos todavía al aire. Ingrid le susurró al oído, la voz ronca de deseo:

—Que esperen un minuto más. Quiero que te corras una última vez con la puerta medio abierta. Quiero sentir cómo me aprietas sabiendo que pueden vernos en cualquier segundo.

Roxanne se rió bajito, todavía temblando, y se empujó contra la mano.

—Hazlo. Fóllame despacio. Quiero que me sientas correrme mientras nos gritan desde el pasillo.

Ingrid aceleró solo un poco. Tres dedos entrando hasta el fondo, el pulgar en el culo otra vez, la otra mano subiendo para aplastarle un pecho y retorcerle el pezón. Roxanne se tocó el clítoris, se frotó en círculos firmes, y el orgasmo volvió a treparle, más lento, más profundo, más sucio. Afuera alguien forcejeó con la puerta; la luz se ensanchó un poco más. El ruido solo las excitó. Roxanne se agarró a la muñeca de Ingrid y se folló la mano con fuerza, las caderas moviéndose solas.

—Así… joder, así… no pares—

Se corrió justo cuando la puerta se abrió del todo. Un chorro caliente le salió alrededor de los dedos, el cuerpo entero tensándose, un gemido largo y roto escapándosele antes de que pudiera morderse el labio. Ingrid la sostuvo a través de las contracciones, besándole el cuello, susurrándole guarradas mientras afuera se oían pasos y voces confusas. Sacó los dedos despacio, se los llevó a la boca y los chupó limpios delante de Roxanne, sin vergüenza, saboreándola una última vez en la semioscuridad.

Se vistieron a toda prisa, torpes, risas ahogadas, las bragas rotas de Roxanne metidas en el bolsillo de Ingrid, las faldas bajadas a medias, el aceite todavía brillando en la piel. Cuando la luz del pasillo las bañó del todo, un vecino mayor las miró con cara de confusión, herramientas en la mano.

—¿Están bien? Llevan un rato encerradas…

Ingrid sonrió, calmada, y pasó un brazo por la cintura de Roxanne como si nada.

—Perfectamente. Solo un poco de calor y oscuridad. Ya salimos.

Roxanne apoyó la frente contra el hombro de Ingrid mientras subían las escaleras hacia el apartamento, las piernas flojas, el coño todavía palpitando, el sabor de las dos mezclado en la lengua. En cuanto cerraron la puerta de casa, Ingrid la empujó contra la pared del recibidor y le metió la mano bajo la falda otra vez, encontrándola empapada, abierta, lista.

—Ducha. Ahora —ordenó, la voz baja—. Y después la cama. Te ato las muñecas como te dije. Te voy a comer el coño hasta que no puedas más y después te voy a follar con lo que encuentre. Toda la noche. Toda la puta semana.

Roxanne le mordió el labio inferior, le abrió la camiseta y le chupó un pezón todavía aceitado mientras se frotaba contra su muslo.

—Hazlo. Átame. Fóllame hasta que no pueda caminar. Quiero despertarme mañana con tu lengua dentro y tu olor en las sábanas.

Ingrid la levantó, le rodeó las piernas a la cintura y la llevó hacia el baño sin soltarla, besándola con hambre, las manos ya bajándole la falda otra vez. El agua caliente empezó a correr. Bajo el chorro se enjabonaron juntas, se lamieron el aceite y los jugos residuales, se metieron los dedos otra vez hasta corrersse de pie, temblando, riendo, el agua llevándose el rastro de la bodega pero no el hambre. Después, envueltas en toallas a medias, cayeron en la cama. Ingrid sacó un cinturón del armario, le ató las muñecas a la cabecera con nudos firmes pero cuidadosos, le abrió las piernas de par en par y se acomodó entre ellas.

—Mírame —dijo, pasando la lengua plana desde la entrada hasta el clítoris todavía sensible—. Voy a quedarme aquí horas. Voy a beberte hasta que me ruegues. Y cuando no puedas más, te voy a follar otra vez con los dedos, con la lengua, con lo que pille. Eres mía ahora. Cada noche.

Roxanne tiró de las ataduras, arqueó la espalda y abrió más las piernas, el coño ya volviendo a mojarse solo de oírla.

—Entonces no empieces despacio. Chúpame fuerte. Quiero correrme en tu boca antes de que amanezca… y después quiero que me digas exactamente cómo vas a follarme mañana en la cocina, contra la nevera, con la puerta entreabierta por si el vecino pasa.

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