Resistencia Cósmica que se Rompe

En el 2147, la comandante Priya de 32 años y el piloto renegado Sergio de 35 se follan con brutalidad anal y vaginal en una estación orbital abandonada mientras h

28 min read September 13, 2026New

En las profundidades frías y oxidadas de la estación orbital abandonada Zeta-7, el año 2147 se sentía como un peso muerto sobre los hombros de la comandante Priya. A sus 32 años, con el cuerpo marcado por cicatrices de láser y años de mando en la resistencia contra la flota invasora de la Corporación Estelar, Priya había aprendido a respirar peligro como si fuera oxígeno. La emboscada había sido brutal: los dronoides surgieron de los conductos como una plaga metálica, separando a su equipo y dejando solo ecos de disparos en los pasillos despresurizados. Ahora, con el traje ajustado pegado a su piel sudorosa, Priya avanzaba por un corredor iluminado apenas por tiras de emergencia que parpadeaban en rojo. Su rifle pulsaba en sus manos, pero su mente estaba dividida. Sabía que no estaba sola.

Una figura se materializó entre las sombras de un cruce de pasillos, arma en alto. Sergio. El piloto renegado de 35 años, ex-oficial de la Corporación que había desertado tras ver cómo devoraban sistemas enteros. Alto, de hombros anchos y mandíbula cuadrada endurecida por años de fugas imposibles, Sergio la miró con esos ojos oscuros que siempre le provocaban un nudo en el estómago. Habían luchado juntos durante meses: misiones suicidas, escapes en naves robadas, noches enteras planeando en hangares fríos. La tensión sexual entre ellos era un cable de alta tensión. Priya sentía cómo su coño se humedecía solo con verlo pilotar, imaginando esas manos fuertes sujetándola. Él, por su parte, no disimulaba las miradas a sus caderas anchas y sus tetas que se marcaban bajo el uniforme. Pero el juramento era claro: nada de emociones en la guerra. Nada de follar. Solo miradas cargadas que duraban demasiado y palabras cortantes para disimular el deseo.

—Comandante —gruñó él, bajando el arma. Su voz era ronca, como si hubiera estado gritando órdenes en batallas pasadas—. Pensé que te habían volado el casco. ¿Estás intacta?

Priya sintió un calor traicionero subir por su vientre. Lo deseaba tanto que le dolía. Cada vez que sus miradas se cruzaban en el puente de una nave, ella apretaba los muslos recordando sueños donde él la partía en dos. Pero el juramento… siempre el puto juramento.

—Intacta y cabreada, Sergio. Los dronoides vienen en oleadas. Necesitamos reactivar el núcleo de energía de esta basura orbital o nos freirán como ratas. ¿Estás conmigo?

Él asintió, acercándose. Sus cuerpos casi se tocaron en el espacio estrecho. El olor a metal quemado, sudor masculino y el leve aroma almizclado de su piel la golpearon. Priya tragó saliva, obligándose a mirar sus ojos en vez de la forma en que su traje se tensaba sobre su paquete.

—Siempre, Priya. Vamos.

Avanzaron juntos hacia la sala del núcleo, un conducto vertical estrecho y lleno de cables colgantes. El espacio era tan reducido que sus cuerpos se rozaban con cada movimiento. Priya iba delante, bajando por la escalera oxidada, y sentía el aliento caliente de Sergio en su nuca. Cuando llegaron al panel averiado, tuvieron que meterse los dos en un hueco de apenas un metro de ancho. El calor de los generadores fallidos hacía que el aire fuera espeso, cargado de ozono y sudor. Priya se agachó para desconectar un fusible quemado, y su culo firme, enfundado en el traje negro, rozó directamente contra la entrepierna de Sergio. Sintió la dureza inmediata de su polla engrosándose contra ella. Un gemido bajo escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo.

El roce fue eléctrico. Priya se quedó quieta un segundo, sintiendo cómo la verga de él palpitaba contra la curva de su trasero. Su coño respondió al instante, mojándose tanto que notó la humedad empapando la tela interior. A la mierda, pensó. Los dronoides podían aparecer en cualquier momento. Meses de deseo reprimido, de miradas que prometían brutalidad, de imaginarse follada contra cada consola de cada nave… todo se rompió en ese conducto estrecho.

Se giró a medias, mirándolo por encima del hombro con ojos llameantes. Su voz salió cruda, directa, sin adornos:

—Sergio… estoy harta de fingir. Quiero sentir tu polla dura metida en mí antes de que esos putos dronoides nos encuentren. Quiero que me folles como si el universo se estuviera acabando. Mi coño está empapado solo de pensar en tu verga gruesa abriéndome.

Él soltó un gruñido animal, sus manos grandes agarrando sus caderas con fuerza posesiva. El núcleo seguía averiado, chispeando a su lado, pero ninguno de los dos miró ya el panel.

—Joder, Priya… llevo meses soñando con esto. Con doblarte sobre estas consolas oxidadas y follarte el coño y el culo hasta que no puedas caminar. Tu juramento, mi juramento… que se vayan a la mierda. Te deseo tanto que me duele la polla. Vamos a tomarnos estos minutos. Conscientemente. Sin engaños. Te voy a follar brutalmente porque los dos lo queremos. ¿Estás segura?

—Sí —respondió ella sin dudar, girándose del todo y pegando sus tetas contra el pecho de él—. Fóllame, Sergio. Ahora.

El beso fue salvaje, bocas abiertas y lenguas luchando mientras sus manos rasgaban cierres del traje. Priya se dejó caer de rodillas sobre el suelo metálico frío, ignorando el dolor en las rodillas. Sus dedos hábiles abrieron el cierre del pantalón de Sergio y liberaron su polla. Era gruesa, venosa, con una cabeza ancha y morada que ya goteaba precum. Medía más de veinte centímetros y palpitaba en el aire viciado de la estación. Priya sintió la boca hacerse agua.

—Qué verga tan rica… —murmuró antes de abrir la boca y tragársela con hambre.

Lo chupó con devoción sucia, deslizando los labios por el tronco grueso mientras su lengua lamía las venas. Bajó hasta que la cabeza le golpeó el fondo de la garganta, tragando alrededor de él, dejando que la saliva le cayera por la barbilla en hilos brillantes. Sergio gruñó, enredando los dedos en su cabello negro corto y sujetándola con fuerza. Empujó sus caderas, follándole la boca con movimientos controlados pero brutales.

—Así, comandante… trágatela toda, puta. Chúpame la polla como si fuera tu última misión. Llevo soñando con esa boquita caliente desde la batalla de Orión. Joder, qué bien la succionas… más profundo, sí.

Priya gemía alrededor de la verga, sus ojos llorosos por el esfuerzo pero llenos de lujuria. Una mano bajó entre sus propias piernas, frotándose el coño por encima del traje mientras lo mamaba con ruido húmedo y obsceno. El sabor salado y masculino la volvía loca. Pensaba que su resistencia cósmica se estaba rompiendo aquí, en este conducto olvidado, pero no le importaba. Lo quería todo.

Sergio la levantó de repente, sus músculos tensos bajo el traje. La giró y la empotró contra la pared metálica fría. Con un tirón rasgó la parte inferior de su uniforme, dejando al descubierto su coño depilado, hinchado y brillando de jugos. Le levantó una pierna, abriéndola, y alineó la cabeza gruesa de su polla contra los labios empapados.

—Ahora te voy a partir, Priya.

Entró de un solo empujón brutal. Ella gritó de placer, sus uñas clavándose en los hombros de él mientras su coño se estiraba alrededor de esa verga enorme. Sergio empezó a follarla con embestidas salvajes, levantándola casi del suelo con cada golpe. El sonido de carne contra carne resonaba en el conducto: plap, plap, plap. Sus tetas rebotaban dentro del traje abierto, pezones duros rozando el pecho de él.

—¡Más fuerte, cabrón! —le exigió ella entre gemidos, mordiéndole el cuello—. Fóllame como si quisieras romperme. Mi coño es tuyo, métela más hondo, joder…

Él obedeció, gruñendo sucio contra su oído: —Este coño apretado estaba hecho para mi polla. Toma, toma cada centímetro, zorra de la resistencia. Te voy a dejar las paredes destrozadas.

La folló así durante minutos eternos, cambiando el ángulo para golpear ese punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. Priya sentía sus jugos correrle por los muslos, el olor a sexo mezclándose con el metal caliente. Luego, Sergio la levantó en vilo y la llevó hasta un panel de control inclinado. Se sentó sobre él, polla apuntando al techo, y la colocó a horcajadas encima.

—Ahora móntame, comandante. Quiero ver cómo rebotan esas tetas mientras me cabalgas.

Priya no perdió tiempo. Se hundió sobre su verga con un gemido largo, sintiendo cómo la llenaba hasta el fondo. Empezó a cabalgarlo salvajemente, moviendo las caderas en círculos y subidas brutales. Sus tetas perfectas, firmes y de pezones oscuros, saltaban con cada movimiento. Sergio las agarró, pellizcándole los pezones mientras ella se apoyaba en su pecho y follaba con furia. El panel crujía bajo ellos. El sudor les corría por la piel. Priya sentía el orgasmo acercándose, pero no quería acabar aún.

—Quiero más… —jadeó, bajando el ritmo solo un segundo para mirarlo a los ojos—. Quiero que me folles el culo también.

Sergio sonrió con ferocidad. La levantó, la giró y la puso en cuatro sobre la consola ancha y fría. El culo redondo y perfecto de Priya quedó expuesto, abierto. Él escupió sobre su ano fruncido y luego metió dos dedos en su coño empapado, recogiendo jugos para lubricar. Colocó la cabeza de su polla contra el esfínter y empujó lentamente al principio, luego con más fuerza.

—¿Así? ¿Quieres que te abra el culo, Priya?

—Sí… métela toda en mi culo, Sergio. Fóllame anal como un animal. Lo quiero.

Centímetro a centímetro, su verga gruesa desapareció entre sus nalgas. Priya soltó un gemido gutural, clavando las uñas en el metal mientras su ano se adaptaba al grosor. Cuando estuvo completamente enterrado, Sergio empezó a bombear con fuerza, alternando entre sacarla casi del todo y volver a clavarla. Luego, con un movimiento fluido, sacó la polla del culo y la metió de golpe en el coño chorreante, follándola vaginal con brutalidad antes de volver al ano. Alternaba sin piedad, haciendo que ella gritara de placer con cada cambio. El placer era casi insoportable. Priya sentía ambos agujeros palpitar, su cuerpo entero temblando.

—Sigue… no pares, joder… —suplicó, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida.

Sergio la sujetaba de las caderas con manos de hierro, sudando, gruñendo palabras sucias mientras el núcleo de energía empezaba a chispear a su lado, reactivándose parcialmente por el movimiento. Sus cuerpos estaban completamente entregados, la resistencia cósmica rota en un acto de placer crudo y animal. Pero en la distancia, un sonido metálico resonó por los pasillos: clac, clac, clac. Dronoides acercándose. El núcleo aún no estaba al cien por cien. La adrenalina se mezcló con el placer, y ninguno de los dos se detuvo del todo, follando con más furia aún, sabiendo que el peligro se cerraba sobre ellos mientras sus cuerpos seguían unidos en esa danza brutal y húmeda.

Los dronoides se acercaban, sus patas metálicas repiqueteando cada vez más cerca, un coro metálico que se filtraba por los conductos como una amenaza viva. Pero en lugar de detenerse, el peligro prendió gasolina en la sangre de ambos. Priya, la comandante de treinta y dos años que había sobrevivido a masacres en asteroides y batallas orbitales, sintió cómo su coño se contraía con más fuerza alrededor de la polla de Sergio cada vez que el sonido metálico se oía más nítido. El miedo y el placer se fusionaban en algo salvaje, primitivo. Empujó hacia atrás con brutalidad, haciendo que la verga de él se hundiera hasta el fondo en su ano dilatado, arrancándole un gemido gutural que reverberó contra las paredes oxidadas.

—Joder, sí… óyelos venir —jadeó ella, la voz ronca, rota por el esfuerzo—. Que se acerquen. Quiero que me folles más fuerte mientras esos cabrones nos buscan. Métemela en el culo otra vez, Sergio. Quiero sentir cómo me partes el esfínter mientras el núcleo intenta despertar.

Sergio, el piloto renegado de treinta y cinco años cuyo cuerpo estaba marcado por años de huidas imposibles y traiciones a la Corporación, soltó una risa oscura, casi animal. Sudaba a chorros; el traje medio abierto se pegaba a su pecho ancho y a los músculos tensos de sus brazos. Agarró el cabello corto y negro de Priya con el puño cerrado y tiró de él hacia atrás, arqueándole el cuello mientras sacaba la polla de su ano con un sonido obsceno y húmedo. Sin darle respiro, escupió grueso sobre la grieta ya abierta y volvió a clavarla de un golpe seco, sintiendo cómo el anillo muscular cedía y lo succionaba con avidez.

—Eres una puta viciosa, Priya —gruñó contra su oreja, mordiéndole el lóbulo con fuerza suficiente para dejarle una marca roja—. La comandante intocable que se está dejando destrozar el culo en una estación muerta. ¿Sientes cómo te late el corazón en el esfínter? Aprieta más, zorra. Apriétame la verga mientras vienen a matarnos.

Cada embestida era más profunda, más violenta. El cuerpo de Priya se sacudía hacia delante, sus tetas firmes y pesadas golpeando contra la consola fría. El sudor le corría entre los pechos y por la curva de la espalda hasta donde la polla de Sergio entraba y salía sin piedad, alternando ahora con brutal precisión: tres golpes salvajes en el ano, luego sacaba la verga brillante de jugos y saliva y la hundía hasta los huevos en su coño empapado, frotando el punto exacto que la hacía ver destellos blancos. El cambio constante la estaba volviendo loca. Sentía ambos agujeros hinchados, palpitantes, usados sin compasión. Su mente, siempre calculadora en combate, se había reducido a una sola idea: más. Más dolor placentero. Más de esa verga gruesa y venosa que parecía hecha para romperla.

Pensó, en un fogonazo de lucidez entre gemido y gemido, que su resistencia cósmica ya no existía. Meses de miradas cargadas en hangares helados, de imaginarse follada contra cada mamparo, se habían convertido en esto: ser empalada como una animal mientras la muerte se acercaba caminando con patas de metal. Y lo adoraba.

El núcleo a su lado chisporroteaba con más intensidad. Las luces de emergencia parpadeaban más rápido, como si la estación respondiera al ritmo frenético de sus caderas. Sergio cambió de postura. La levantó como si no pesara nada —sus brazos fuertes de piloto de cazas estelares lo hacían fácil— y la sentó de espaldas sobre el borde inclinado del panel, con las piernas abiertas obscenamente. Le dobló las rodillas hacia el pecho y volvió a penetrarla vaginalmente, esta vez mirándola a los ojos. La cara de Priya era un desastre hermoso: labios hinchados, ojos vidriosos de lujuria, mejillas enrojecidas.

—Mírame mientras te follo el coño —ordenó él, embistiendo con fuerza. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenaba el conducto: chof, chof, chof—. Quiero ver cómo se te pone esa cara de puta cuando te corras. Porque te vas a correr, comandante. Te vas a correr con mi verga alternando entre tu culo y tu coño hasta que no sepas ni en qué agujero la tienes metida.

Priya asintió frenéticamente, clavándole las uñas en los hombros. Cada golpe hacía que su clítoris rozara contra el hueso pélvico de él. El placer se acumulaba como una supernova en su bajo vientre. Cuando Sergio sacó de nuevo y volvió a penetrar su ano con un empujón brutal, ella explotó. El orgasmo la atravesó como un pulso de plasma. Sus paredes anales se contrajeron violentamente alrededor de la polla gruesa, ordeñándola, mientras un chorro caliente de squirt salió disparado de su coño, salpicando el traje abierto de Sergio y el suelo metálico.

—¡Me corro, joder! ¡Me corro en tu polla, cabrón! —gritó sin control, el cuerpo entero convulsionando. Las piernas le temblaban, los dedos de los pies se le curvaron dentro de las botas todavía puestas.

Sergio no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, prolongándolo hasta que Priya sintió que se le iba la visión. El clac-clac-clac de los dronoides estaba ya a menos de treinta metros. Podían oír el zumbido de sus sensores buscando calor corporal. Eso solo lo puso más salvaje. Sacó la polla del ano dilatado y rojo de ella, la giró con rudeza y la puso de rodillas sobre la consola, con el culo en pompa y la cara pegada al metal frío. Escupió otra vez, esta vez directamente sobre el agujero abierto, y volvió a entrar en su coño con tanta fuerza que Priya soltó un grito ahogado.

—Buena puta… mírate, corriéndote como una fuente mientras la muerte viene a por nosotros —jadeó él, dándole una fuerte palmada en la nalga derecha que dejó una huella roja perfecta—. Este culo y este coño son míos ahora. La resistencia se rompió en cuanto te metí la primera vez. Ahora vas a tomar todo lo que te dé.

La folló así durante lo que parecieron minutos eternos, alternando agujeros cada pocos segundos: coño, culo, coño, culo. La polla entraba y salía reluciente, cubierta de una mezcla espesa de jugos, saliva y precum. Priya sentía los dos orificios tan sensibles que cada cambio era una descarga eléctrica. Su mente era puro fuego. Pensaba que nunca había estado tan llena, tan usada, tan viva. El núcleo empezó a emitir un zumbido bajo; las tiras de emergencia pasaron de rojo a un naranja pulsante. La estación estaba despertando, pero aún no lo suficiente. Necesitaban más tiempo. Más de esto.

Un dronoide apareció en la entrada del conducto vertical, sus ojos rojos brillando en la penumbra. Sergio, sin sacar la polla del coño de Priya, extendió el brazo, agarró su pistola láser del suelo y disparó dos veces sin siquiera mirar bien. El dronoide explotó en una lluvia de chispas y piezas. El olor a circuitos quemados se mezcló con el olor espeso de sexo.

—Siguen viniendo —gruñó él, sin dejar de bombear—. Pero yo sigo follándote, Priya. No pienso parar hasta que te deje los dos agujeros destrozados y chorreando.

Ella, aún temblando por el orgasmo anterior, sintió que otro se construía ya, más grande, más peligroso. Empujó hacia atrás con desesperación, follándose a sí misma contra la polla de él.

—Entonces no pares, piloto de mierda —le exigió, la voz entrecortada—. Quiero que me folles el culo mientras disparas. Quiero correrme otra vez con tu verga metida hasta el fondo mientras la estación se enciende y los dronoides nos rodean. Quiero sentirte palpitar dentro de mí cuando estés a punto de llenarme… pero todavía no. Todavía no te corras. Quiero que me uses más.

Sergio soltó una carcajada ronca y la levantó de nuevo, esta vez sin sacarla. Caminaron torpemente, todavía unidos, hasta la barandilla que daba al conducto vertical. La apoyó allí, con el torso colgando hacia abajo, las tetas balanceándose en el vacío, y siguió follándola analmente desde atrás. El ángulo era brutal; la polla entraba más profundo que nunca. Priya sentía que la estaba partiendo en dos y lo adoraba. Otro dronoide bajó por el conducto. Ella, con una mano temblorosa, levantó su propio rifle y disparó mientras Sergio la embestía sin misericordia. El láser impactó en el centro del dronoide, que cayó girando al abismo.

—Así, comandante… follada y matando al mismo tiempo —le susurró él al oído, mordiéndole el hombro—. Eres perfecta. Tu culo me aprieta como si quisiera arrancarme la polla. Siente cómo late. Siente cómo está de hinchada por ti.

El núcleo emitió un chasquido fuerte y las luces principales comenzaron a encenderse una a una, parpadeantes todavía. La energía volvía, pero lentamente. El zumbido de más dronoides se oía ahora en varios niveles. Priya sintió el segundo orgasmo subir como una marea imparable. Sus jugos le corrían por los muslos, goteando al vacío del conducto. Sergio alternaba de nuevo: tres golpes duros en el ano, dos en el coño, y vuelta. El cambio constante la estaba destrozando de placer.

—Voy a correrme otra vez… ¡no pares, Sergio! ¡Fóllame como si quisieras que me rompa! —gritó ella, la voz haciendo eco en la estación que despertaba.

Él aceleró, sudando, respirando como un animal, las manos clavadas en sus caderas con tanta fuerza que dejarían moretones. El peligro, el núcleo reactivándose a medias, los cuerpos chocando con violencia húmeda y cruda… todo escalaba hacia algo que ninguno de los dos podía controlar ya. Pero aún no terminaban. Aún quedaba mucho más por romper. Los dronoides seguían llegando. La resistencia, aunque hecha pedazos entre gemidos y carne, aún tenía que sobrevivir a esta noche.

El orgasmo la partió por dentro como un pulso de plasma, haciendo que Priya, la comandante de treinta y dos años endurecida en innumerables batallas orbitales, se arqueara con tanta fuerza que sus tetas rebotaron violentamente contra la barandilla fría. Su ano se cerró en espasmos feroces alrededor de la verga gruesa de Sergio, ordeñándola con contracciones que casi lo sacan de ritmo, mientras un chorro caliente y abundante de squirt salía disparado de su coño hinchado y depilado, salpicando las botas de él y cayendo en cascada al vacío del conducto. El placer era tan crudo que le nublaba la vista, pero no por eso dejó de empujar hacia atrás, follándose ella misma contra esa polla que la alternaba sin piedad. «¡Me corro otra vez, joder! ¡Me corro en tu verga como una zorra mientras nos cazan! No saques, métemela más hondo en el culo, Sergio, rómpeme!», gritó, la voz rota por los gemidos que rebotaban en las paredes oxidadas.

Sergio, el piloto renegado de treinta y cinco años con el cuerpo marcado por fugas imposibles y traiciones a la Corporación, gruñó como un animal acorralado y aceleró. Sus caderas anchas chocaban contra el culo redondo de ella con golpes secos y brutales, sacando la polla reluciente hasta casi dejar solo la cabeza morada en el ano dilatado antes de clavarla hasta los huevos. Luego, sin aviso, la sacaba y la hundía de un golpe en el coño chorreante, frotando cada vena contra las paredes internas que aún palpitaban del orgasmo. El sonido era asquerosamente perfecto: plap-plap-plap húmedo mezclado con el chof-chof de los jugos que le corrían por los muslos. «Eso es, comandante. Córrete como la puta que siempre quisiste ser. Llevo meses imaginando este culo apretado tragándose mi verga mientras disparábamos a dronoides en Orión. Ahora mírate, empapada y suplicando que te destroce los dos agujeros mientras la muerte se acerca. Aprieta más, zorra, apriétame que siento cómo te late el esfínter».

Priya pensó, en un relámpago de lucidez entre ola y ola de placer, que su resistencia cósmica ya no existía. Esa barrera invisible que habían mantenido durante meses de miradas cargadas y roces accidentales en hangares helados se había hecho pedazos aquí, en este conducto olvidado. Cada centímetro de verga que entraba y salía la hacía sentir más animal, más viva. El frío metal contra sus tetas contrastaba con el fuego que le quemaba entre las nalgas y el coño, y el sudor que le corría por la espalda se mezclaba con la saliva que Sergio escupía para lubricar el tránsito constante entre ano y vagina. Otro dronoide apareció en la boca del conducto, sus patas metálicas repiqueteando. Sin salir de ella, Sergio estiró el brazo, agarró la pistola láser y disparó dos ráfagas precisas. La explosión iluminó sus cuerpos desnudos y sudorosos con un destello naranja, y el olor a circuitos quemados se sumó al tufo espeso de sexo que ya dominaba el aire.

El núcleo chisporroteaba con más furia, las tiras de emergencia pasando a un naranja pulsante. Estaba al setenta por ciento, pero aún faltaba. Priya sintió que el segundo orgasmo apenas bajaba cuando ya se construía un tercero, más profundo, más peligroso. «Quiero que me folles contra la pared de la sala principal. Llévame allí sin sacarla, Sergio. Quiero sentir cada paso como una embestida mientras activamos el puto núcleo», jadeó, girando la cabeza para morderle el antebrazo con fuerza suficiente para dejarle la marca de sus dientes.

Él no necesitó más invitación. La levantó como si no pesara nada, sus brazos fuertes de piloto de cazas estelares sosteniéndola por debajo de las rodillas. La polla seguía enterrada en su ano cuando empezaron a moverse torpemente por el pasillo estrecho. Cada paso era una penetración brutal: la gravedad hacía que Priya cayera con fuerza sobre esa verga gruesa, que entraba y salía de su culo con un ritmo irregular y salvaje. Sus tetas rebotaban contra el pecho de él, los pezones duros rozando la tela rasgada del traje. «Joder, Priya… tu culo me succiona con cada movimiento. Eres una comandante de treinta y dos años que se deja llevar como una perra en celo por los pasillos de una estación muerta. ¿Sientes cómo te late la polla dentro? Está hinchada por ti, a punto de reventar pero todavía no. No me corro hasta que me lo supliques de rodillas».

Priya gemía contra su cuello, lamiendo el sudor salado de su piel mientras disparaba por encima del hombro de él a un dronoide que apareció en un cruce. El láser rojo cruzó el pasillo y el robot explotó en una lluvia de chispas que les cayó sobre la piel desnuda, quemando levemente pero sin importarles. El dolor solo avivó el placer. Su coño vacío palpitaba, chorreando jugos que mojaban las pelotas de Sergio y las botas de ambos. En su cabeza solo había espacio para una idea: más. Más profundidad, más brutalidad, más peligro. La resistencia que había jurado mantener contra este deseo se había convertido en cenizas, y ahora solo quedaba esta necesidad animal de ser usada hasta el límite mientras la estación despertaba a su alrededor.

Llegaron a la sala principal del núcleo, un espacio amplio y circular con consolas antiguas cubiertas de polvo y una gran ventana curva que mostraba el negro infinito salpicado de estrellas. Sergio la empotró contra una de las consolas inclinadas, sacando la polla del ano con un sonido húmedo y obsceno para meterla de golpe en el coño. El cambio la hizo gritar. «¡Sí, así! Alterna, cabrón, no dejes ningún agujero sin usar!». Él obedeció con furia renovada: tres embestidas salvajes en la vagina, sacaba la verga brillante de jugos y la clavaba en el ano dilatado y rojo, luego repetía el ciclo sin dar respiro. El panel crujía bajo el peso de los cuerpos, y el núcleo respondió con un zumbido más grave, subiendo al setenta y ocho por ciento. Las luces principales empezaron a encenderse en parpadeos irregulares, iluminando los pechos sudorosos de Priya y los músculos tensos de los brazos de Sergio.

Un escuadrón de seis dronoides irrumpió por la puerta principal. El tiroteo se volvió caótico. Sergio follaba sin parar, sujetándola de las caderas con una mano mientras con la otra disparaba. Priya, con las piernas abiertas obscenamente y la cara pegada al metal frío, levantaba su rifle entre gemido y gemido, eliminando amenazas con ráfagas precisas. Un dronoide logró acercarse demasiado; su láser rozó el muslo de ella, dejando una línea roja quemada. El dolor se transformó al instante en placer cuando Sergio cambió de agujero y le metió toda la polla en el coño de un golpe seco. «¿Te gusta el peligro, comandante? ¿Te gusta que te follen mientras te queman? Tu coño se acaba de apretar como nunca. Eres mi puta orbital favorita».

Priya sintió el tercer orgasmo subir como una supernova. Sus jugos salían a borbotones con cada embestida, empapando la consola y el suelo. Pensó que nunca había estado tan llena, tan rota, tan completamente entregada. La resistencia cósmica que había construido durante años de mando se había desintegrado entre carne, sudor y gemidos. «¡Me voy a correr otra vez! ¡Fóllame el culo mientras aprieto el gatillo, Sergio!». Él la giró, la puso de espaldas contra la ventana fría, sus tetas aplastadas contra el cristal que mostraba el vacío, y le metió la polla en el ano desde atrás con un ángulo que la hizo sentir que la partía en dos. Priya disparó al dronoide que quedaba más cerca mientras su cuerpo convulsionaba en otro orgasmo violento. El squirt salpicó el suelo con fuerza, y su ano se contrajo tan fuerte que Sergio soltó un gruñido ronco, al borde mismo de correrse.

Pero no lo hizo. Se contuvo, sacando la polla palpitante y metiéndola de nuevo en el coño hinchado solo para seguir follándola con embestidas cortas y brutales que mantenían el placer en ese filo insoportable. El núcleo llegó al ochenta y cinco por ciento. Las defensas automáticas de la estación empezaban a despertar con zumbidos amenazantes, pero un dronoide pesado, un modelo de asalto con blindaje reforzado y cañones láser gemelos, apareció en la entrada principal. Sus sensores rojos se fijaron en los dos cuerpos entrelazados y sudorosos.

Sergio aceleró, alternando agujeros con una velocidad frenética que hacía que Priya apenas distinguiera si la estaba follando por el coño o por el culo. «Todavía no terminamos, comandante. Ese cabrón grande viene hacia aquí y yo sigo metiéndotela hasta el fondo. Quiero que te corras una vez más mientras lo miras. Tu resistencia ya se rompió del todo… ahora solo queda ver cuánto más podemos romper antes de que nos alcance». Priya, temblando entre espasmos, empujó hacia atrás con desesperación, sintiendo ambos agujeros palpitar, hinchados y usados sin misericordia, sabiendo que el peligro acababa de escalar a otro nivel y que aún les quedaba mucho por follar, mucho por resistir y mucho por romper mientras la estación orbital Zeta-7 luchaba por volver a la vida a su alrededor.

El dronoide de asalto irrumpió con un estruendo metálico, sus cañones láser gemelos girando con un zumbido letal mientras sus sensores rojos se fijaban en los dos cuerpos sudorosos y entrelazados contra la ventana curva. Priya, de treinta y dos años, comandante endurecida por décadas de guerra orbital, sintió cómo su ano y su coño palpitaban al unísono alrededor de la verga gruesa de Sergio, que no había dejado de bombearla ni un segundo. El peligro ya no era un eco lejano; era un muro blindado de dos metros avanzando hacia ellos, y eso solo hizo que su clítoris latiera con más fuerza. «Que venga ese hijo de puta», pensó ella, el cerebro ahogado en lujuria pura, «quiero correrme una vez más mientras nos dispara, con la polla de Sergio alternando entre mis dos agujeros como si el universo entero dependiera de que me rompa».

Sergio, el piloto renegado de treinta y cinco años que había desertado de la Corporación después de ver cómo devoraban sistemas enteros, gruñó como una bestia y aceleró sus embestidas. La sujetaba por las caderas con manos de hierro, clavando los dedos en la carne firme de ella mientras sacaba su verga reluciente hasta casi dejar solo la cabeza morada fuera de su ano dilatado y luego la hundía hasta los huevos con un golpe seco que resonaba en la sala circular. Tres penetraciones brutales en el culo, dos en el coño chorreante, y vuelta a empezar. El cambio constante hacía que Priya sintiera ambos orificios como una sola herida caliente y sensible, hinchados, palpitantes, usados sin piedad. Sus jugos le corrían por los muslos en hilos espesos, goteando al suelo metálico mientras sus tetas firmes se aplastaban contra el cristal frío de la ventana que mostraba el vacío estrellado.

—¡Métemela más hondo, cabrón! —gritó ella, levantando el rifle con una mano temblorosa mientras Sergio la follaba sin parar—. ¡Quiero sentirte en el fondo de mi culo mientras le vuelo la puta cabeza a ese dronoide!

El láser enemigo pasó rozando la barandilla, dejando un surco quemado en el metal. Sergio giró con ella todavía empalada, sin sacar la polla de su ano, y disparó su pistola con la mano libre. El impacto dio de lleno en uno de los cañones del dronoide, que explotó en una lluvia de chispas. Priya aprovechó el movimiento para apretar con fuerza sus paredes internas, ordeñando la verga venosa que la partía. «Mi resistencia cósmica se rompió hace rato», pensó mientras gemía como una animal, «ahora solo soy una zorra de treinta y dos años que necesita que le destrocen los dos agujeros mientras la estación despierta». Sergio la bajó de la ventana y la empotró contra la consola principal del núcleo, inclinándola hacia delante hasta que su cara quedó pegada al panel metálico frío. Le separó las nalgas con las manos, escupió grueso sobre su ano ya abierto y rojo, y volvió a clavarse en él con un empujón salvaje que la hizo gritar.

—Así, puta orbital —jadeó él contra su nuca, mordiéndole el hombro mientras alternaba de nuevo: sacaba la polla brillante de jugos y saliva para hundirla en su coño empapado con tanta fuerza que el panel crujió bajo ellos—. Tu culo me succiona como si quisiera arrancármela. Aprieta más, comandante. Aprieta mientras te follo como un animal y ese cabrón blindado se acerca. ¿Sientes cómo te late la verga dentro? Está hinchada por ti, a punto de reventar, pero todavía no. Todavía no.

El núcleo respondió al ritmo frenético de sus cuerpos. El zumbido grave subió de intensidad, las luces principales se encendieron una tras otra con parpadeos cada vez más estables. Ochenta y ocho por ciento. Noventa y uno. Priya sentía el tercer orgasmo —o era el cuarto, ya había perdido la cuenta— subir como una onda de plasma desde lo más profundo de su vientre. Cada vez que Sergio sacaba de su ano para metérsela en el coño, su clítoris rozaba contra el borde de la consola y la hacía ver destellos blancos. Sus jugos salpicaban con cada embestida, mojando las pelotas pesadas de él y el suelo. El dronoide pesado disparó de nuevo; esta vez el láser impactó cerca de sus pies, chamuscando el traje rasgado de Priya. El dolor agudo se transformó al instante en placer salvaje.

—¡Me voy a correr otra vez, joder! —aulló ella, disparando su rifle a ciegas por encima del hombro. El disparo dio en una articulación del dronoide, que se tambaleó pero siguió avanzando—. ¡Fóllame el culo mientras me corro, Sergio! ¡Rómpeme los dos agujeros, cabrón! ¡Quiero que me uses hasta que no pueda ni pensar!

Él obedeció con furia animal. Sacó la polla del coño chorreante y la clavó en su ano dilatado con un golpe tan brutal que Priya sintió que se partía por dentro de placer. Sus caderas anchas chocaban contra las nalgas redondas de ella con un plap-plap-plap húmedo y obsceno que se mezclaba con los zumbidos de la estación. Priya explotó. El orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica, haciendo que su ano se contrajera en espasmos violentos alrededor de la verga gruesa, ordeñándola sin control mientras un chorro caliente de squirt salía disparado de su coño hinchado y depilado, salpicando las botas de Sergio y formando un charco brillante en el suelo. Sus tetas rebotaban con cada contracción, los pezones duros rozando el metal. Gritó sin control, la voz rota y ronca: «¡Me corro en tu polla, piloto de mierda! ¡Me corro como la puta que soy mientras nos matan!».

El núcleo llegó al noventa y siete por ciento. Las defensas automáticas de la estación Zeta-7 despertaron con un rugido mecánico: torretas láser emergieron de los paneles del techo y abrieron fuego contra el dronoide pesado. La sala se llenó de ráfagas rojas y explosiones. Sergio no se detuvo. Siguió follándola a través de su orgasmo, alternando agujeros con velocidad frenética, sacando la polla reluciente para cambiar de ano a coño y de coño a ano sin darle respiro. Priya temblaba entera, las piernas apenas la sostenían, pero empujaba hacia atrás con desesperación, follándose ella misma contra esa verga que parecía hecha para destrozarla. «Nunca me habían follado así», pensó en medio del caos de placer, «meses de miradas cargadas en hangares fríos, de imaginarme partida en dos contra cada consola… y ahora estoy aquí, de treinta y dos años, comandante de la resistencia, corriéndome como una perra mientras la estación revive a nuestro alrededor».

El dronoide pesado cayó de rodillas con un estruendo cuando las torretas lo alcanzaron en el núcleo de procesado. Sergio aprovechó el momento para girar a Priya, sentarla en el borde de la consola principal y abrirle las piernas obscenamente. Le dobló las rodillas contra el pecho, exponiendo ambos agujeros hinchados y rojos, y se hundió en su coño con un gemido gutural. Tres golpes salvajes, sacó, y volvió a entrar en su ano dilatado. El núcleo emitió un chasquido final y llegó al cien por cien. Las luces se estabilizaron por completo, los sistemas de la estación orbital abandonada volvieron a la vida con un zumbido grave y poderoso. Las pantallas parpadearon mostrando reactivación total de escudos y armamento.

—Ahora sí, Priya —gruñó Sergio, sudando a chorros, los músculos de su pecho y brazos tensos bajo los restos del traje—. Te voy a llenar. Quiero que sientas cómo te inundo los dos agujeros con mi leche caliente. Dime que lo quieres.

—Lléname, joder —suplicó ella entre gemidos, clavándole las uñas en la espalda—. Lléname el culo primero, luego el coño. Quiero chorrear tu corrida mientras la estación despierta. Fóllame hasta el final, Sergio. Soy tu puta.

Él aceleró hasta un ritmo inhumano, alternando sin piedad. Finalmente, con un rugido animal, enterró la polla hasta el fondo en su ano y explotó. Priya sintió los chorros calientes y espesos inundándola, llenando su recto mientras su propio cuerpo convulsionaba en un último orgasmo más pequeño pero intenso, ordeñando cada gota. Sergio sacó la verga palpitante, aún eyaculando, y la metió de golpe en su coño para seguir corriéndose allí también, mezclando su semen con los jugos de ella. Priya sintió ambos agujeros rebosantes, la corrida espesa escapando en hilos blancos que le corrían por las nalgas y el interior de los muslos.

Se quedaron unidos un instante eterno, respirando agitados, los cuerpos temblando en pleno afterglow. El sudor les corría por la piel, el olor denso de sexo y metal quemado llenaba el aire, y el núcleo brillaba estable a su lado. Priya apoyó la frente contra el pecho de Sergio, sintiendo cómo su polla aún palpitaba débilmente dentro de ella, cómo su semen caliente se derramaba lentamente de sus dos agujeros usados y abiertos. Una paz animal los envolvió por un segundo, los latidos de sus corazones sincronizados, la resistencia cósmica hecha añicos para siempre entre gemidos y carne. Sergio le acarició el cabello corto con una mano temblorosa, susurrando algo ronco contra su sien mientras las defensas de la estación disparaban al vacío contra posibles amenazas lejanas.

Y entonces, sin más, el silencio se rompió con un nuevo eco metálico en los conductos superiores.

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