Written by AIEvery story here is written by an AI. Tell it what you want and it writes it for you →
Ask the writer →

La Madre de mi Mejor Amigo me Mira Mientras me Toco

Estelle, la madrastra de 41 años de su mejor amigo, se sienta a mirarlo mientras el joven de 22 se masturba furiosamente hasta correrse.

22 min read October 09, 2026New

El calor de la tarde se filtraba por las persianas a medias bajadas de la habitación de invitados, dibujando franjas doradas sobre las sábanas revueltas. Roman, veintidós años cumplidos hacía apenas un mes, se había quedado solo en casa de su mejor amigo Warrick. El aire acondicionado iba a media potencia y el sudor le brillaba en el pecho, en el vientre plano, en la línea de vello que bajaba hacia la tela oscura del bóxer. Había intentado echarse una siesta. Imposible. La imagen de Estelle le daba vueltas en la cabeza desde hacía semanas: la madrastra de Warrick, cuarenta y un años, caderas anchas, pechos pesados que empujaban la blusa cuando se inclinaba a servir el café, esa mirada lenta y experta que a veces se le quedaba un segundo de más cuando él salía de la piscina.

Estaba solo. La casa en silencio. Se bajó el bóxer hasta los muslos, sacó la polla ya medio dura y la cerró en el puño. Empezó despacio, solo el roce de la piel seca, el pulgar frotando la cabeza sensible, la respiración que se le iba haciendo más pesada. Cerró los ojos y se imaginó a Estelle de rodillas, la boca entreabierta, ese rojo oscuro de labios que siempre llevaba. La verga se le puso de piedra en segundos, gruesa, venosa, palpitándole contra la palma.

La puerta se abrió sin llamar.

Estelle entró con un vaso de limonada en la mano, la falda justita hasta media muslo, la blusa blanca sin sujetador evidente. Se detuvo en seco. Sus ojos cayeron directo al puño de Roman, a la polla dura y alzada entre sus dedos. El vaso tembló un instante. Ninguno habló. El aire se densificó de golpe, cargado de ese deseo mutuo y prohibido que los dos llevaban alimentando con miradas robadas en la cocina, en el jardín, en los pasillos cuando Warrick no miraba.

Roman no soltó la polla. No podía. El corazón le martilleaba en las sienes y la vergüenza se le mezcló con una excitación tan violenta que le hizo apretar más fuerte el glande. Estelle cerró la puerta con el culo, sin girarse del todo, y el clic del pestillo sonó como un acuerdo tácito. Dejó el vaso sobre la cómoda. Se acercó a la silla de rattan frente a la cama y se sentó, cruzando las piernas con deliberada lentitud, la falda subiéndole un palmo. Sus ojos hambrientos recorrieron el cuerpo desnudo del chico: el pecho sudado, el abdomen tenso, los muslos abiertos, la mano que seguía subiendo y bajando por el tronco grueso.

—Sigue —dijo al fin, la voz baja, ronca, sin una pizca de duda—. No pares.

Roman tragó saliva. La saliva le sabía a metal. Aceleró el movimiento, apretando con el anillo de los dedos justo debajo de la cabeza, lubricando con el líquido precome que ya le brillaba en la punta. Escupió en la palma y lo untó todo, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación. Estelle se mordió el labio inferior. Abrió un poco las piernas, lo bastante para que él viera la sombra oscura entre sus muslos maduros, la tela de las bragas ya marcando humedad.

Él la miraba fijamente mientras se masturbaba más rápido, la polla luciendo gruesa y oscura contra su piel morena, las venas saltadas. Cada embestida del puño le sacaba un jadeo bajo. Estelle no apartaba la vista. Se pasaba la lengua por los dientes, se acomodaba en la silla, empujaba la tensión hasta que Roman habló con la voz hecha un hilo ronco:

—Quédate… por favor. Quédate a mirarme.

Ella sonrió, lenta, lujuriosa, y se recostó contra el respaldo.

—Llevo semanas fantaseando con esto, Roman. Con verte correrte. Con esa polla gorda llenándote la mano mientras yo… —se interrumpió, inhaló hondo—. Sí. Me quedo. Hazlo. Quiero ver cada gota.

La falda subió del todo. Estelle se enganchó los dedos en la goma de las bragas negras, se las bajó por las piernas torneadas y las dejó caer al suelo. Se abrió de verdad entonces, los muslos blancos y firmes, el coño afeitado dejando solo una franja fina de vello oscuro sobre el clítoris ya hinchado. Metió dos dedos de golpe, hasta el nudillo, y el sonido mojado fue obsceno, delicioso. El pulgar le frotó el botón hinchado en círculos lentos mientras los otros dedos entraban y salían de su coño chorreante. Gritó bajito el nombre de él.

—Roman… así, más fuerte. Quiero oír cómo te follas la mano.

Él se tumbó del todo, espalda contra las almohadas, piernas abiertas en V, completamente desnudo. Se pellizcó un pezón con la mano libre hasta ponerlo duro y rojo, y con la otra se embistió el puño cerrado con furia: embestidas largas y rápidas, la cabeza asomando y desapareciendo entre los dedos brillantes de saliva y precum. Los huevos se le tensaban contra el perineo. Cada vez que Estelle gemía, él apretaba más, se follaba la mano como si fuera el coño de ella, imaginando el calor, el agarre, el choque de caderas.

—Mírame —ordenó ella, la voz entrecortada, dos dedos ya brillantes hasta la muñeca, el pulgar castigando el clítoris hinchado—. No cierres los ojos. Quiero que te corras mirándome. Quiero ver esa cara cuando te salga todo.

Roman la miró a los ojos. Los de ella estaban negros de lujuria, las pupilas dilatadas, la boca entreabierta, un hilo de saliva en la comisura. Ella se abrió más, se metió un tercer dedo, se arqueó en la silla y gimió su nombre otra vez, más alto:

—Roman… joder, qué gordo la tienes. Sigue. Más rápido. Fóllate ese puño como si me estuvieras abriendo.

Él obedeció. La mano subía y bajaba en un ritmo brutal, el glande morado y goteando, el vientre contrayéndose. Se pellizcó el otro pezón, soltó un gemido gutural y sintió cómo le subía la corrida desde los huevos, caliente, inevitable. Estelle aceleró también, el pulgar frotando sin piedad, los dedos chapoteando dentro de su coño empapado, los pechos pesados agitándose bajo la blusa con cada movimiento de muñeca.

—Voy a… —jadeó él.

—Mírame. Córrete. Ahora. Quiero ver cómo me pintas el pecho con la imaginación. Sácalo todo.

El orgasmo le estalló con violencia. Roman se corrió a chorros gruesos y blancos, el semen saltando en arcos potentes sobre su abdomen sudado, sobre el pecho, salpicando hasta la clavícula. Algunos hilos le cayeron en la mano que seguía ordeñándolo, exprimiendo cada espasmo. Gemía el nombre de ella entre dientes, los ojos fijos en los de Estelle mientras el cuerpo le temblaba entero.

Ella llegó casi al mismo tiempo. Se dobló hacia adelante, los dedos enterrados hasta el fondo, el pulgar aplastando el clítoris, y se corrió con un gemido largo y roto, el coño contrayéndose a la vista, el jugo corriendole por el culo de la silla y por la muñeca. Jadeaba el nombre de Roman una y otra vez, la falda arremangada en la cintura, las piernas temblando.

El semen le brillaba a él en el vientre, espeso, tibio. Estelle no se levantó. Se quedó mirándolo, los dedos todavía dentro, resbalosos, sacándolos despacio y llevándoselos a la boca para chuparlos sin pudor, saboreándose a sí misma mientras lo observaba jadear. La habitación olía a sexo crudo, a sudor y a corrida fresca.

Roman aún tenía la polla semi-dura en la mano, sensible, palpitando. Estelle sonrió con esa misma sonrisa lujuriosa, se lamió un labio y habló en un susurro que le llegó directo a la entrepierna:

—No te limpies todavía. Quiero ver cómo se te escurre por los costados… y después vamos a hablar de lo que vamos a hacer la próxima vez que Warrick se vaya de la casa.

Se reacomodó en la silla, las piernas todavía abiertas, el coño sonrosado y brillante a la vista, y no hizo ademán de irse. El aire seguía cargado. El deseo no había bajado; solo había mudado de forma, más denso, más peligroso, esperando el siguiente movimiento.

El semen le resbalaba ya por los costados del vientre, lento, espeso, dejando surcos brillantes que se detenían en el hueco de la cadera. Roman no se movió. La mano le temblaba todavía alrededor de la base de la polla, medio dura, sensible hasta el dolor dulce, y los ojos no se apartaban de Estelle. Ella seguía en la silla de rattan, las piernas abiertas sin pudor, el coño sonrosado y abierto como una herida húmeda, los labios hinchados y brillantes de su propio jugo. Los dedos que se había metido en la boca los sacó con un chasquido suave y se los pasó otra vez por el clítoris, solo para sentir el espasmo residual.

—Míralo —murmuró ella, la voz más grave ahora, cargada de esa calma peligrosa que precede a la tormenta—. Cómo se te escurre. Qué puta riqueza de leche. No lo toques. Déjalo secarse en tu piel mientras yo te miro.

Roman tragó. El pecho le subía y bajaba todavía demasiado rápido. El aire de la habitación olía a corrida fresca, a coño mojado, a sudor de tarde. Estelle se inclinó un poco hacia adelante, los pechos pesados empujando la blusa blanca, los pezones duros marcando la tela fina. Sin dejar de mirarlo, se desabrochó tres botones. La tela se abrió lo justo para enseñar la curva interna, la sombra del valle, el borde de un pezón oscuro.

—Quítate la blusa —pidió él, la voz rota, casi un ruego.

Ella sonrió, lenta.

—Pídemelo bien.

—Por favor, Estelle. Quiero verte las tetas. Quiero correrme otra vez mirándotelas.

—Otra vez… —repitió ella, saboreando las palabras—. Qué hambre tienes, niño. Qué hambre tan gorda.

Se quitó la blusa del todo. Los pechos cayeron libres, pesados, maduros, las aureolas amplias y oscuras, los pezones ya duros como piedras. Se los sostuvo un segundo con ambas manos, los apretó, los levantó y los soltó solo para que él viera el movimiento. Después se pasó un dedo por el pezón derecho, lo pellizcó y gimió bajito al sentir la descarga que le bajaba directo al coño.

Roman empezó a mover la mano otra vez. Lento al principio, solo el deslizamiento de la piel todavía resbaladiza de semen. La polla le respondió al instante, hinchándose de nuevo, engrosándose entre los dedos, la cabeza morada y brillante asomando y desapareciendo. El precome nuevo se mezcló con lo que ya había, haciendo el sonido más obsceno todavía.

Estelle abrió más las piernas. Se recorrió con dos dedos los labios externos, los separó, le enseñó el interior rosado y palpitante. El clítoris le asomaba hinchado, pidiendo. Metió un dedo solo hasta la primera falange, lo sacó y se lo ofreció a la distancia, brillando.

—Huele —dijo—. Aunque no puedas llegar. Imagina cómo te va a oler la cara cuando te deje comérmelo. Imagina la lengua metida hasta el fondo mientras yo te aprieto la cabeza contra mi coño.

Roman apretó el puño más fuerte. Embestidas más largas ahora, subiendo hasta cubrir casi toda la longitud y bajando hasta rozar los huevos. El vientre se le contrajo. El semen seco empezaba a tirarle de la piel, tirante, y eso lo excitaba más, como una marca.

—Háblame sucio —le pidió ella—. Dime lo que te gustaría hacerme mientras te follas esa mano.

Él respiró hondo. La vergüenza ya no existía; solo quedaba el hambre.

—Quiero follarte la boca primero. Quiero que me chupes la polla hasta que se te llene de babas y yo te tire del pelo. Después quiero metértela entera de un solo golpe, Estelle. Sentir cómo me aprietas. Cómo me mojas la base. Quiero correrme dentro y seguir follándote mientras se me sale por los lados.

Ella gimió. Metió dos dedos de golpe, hasta el nudillo, y el chapoteo llenó la habitación otra vez. El pulgar le frotó el clítoris en círculos rápidos, brutales. Los pechos le temblaban con cada movimiento de muñeca.

—Más —ordenó—. Más fuerte. Más asqueroso. Quiero oírte decir que me vas a llenar.

—Te voy a llenar el coño. Te voy a llenar la boca. Te voy a pintar las tetas con esta leche y después te la voy a hacer lamer. Y cuando Warrick no esté… —la voz se le quebró en un gemido—… te voy a follar en su cama. En la tuya. Contra la nevera. Donde me dé la gana.

Estelle se arqueó. Un tercer dedo entró. El coño le sonaba empapado, obsceno, delicioso. El jugo le corría ya por el culo de la silla otra vez, goteando hasta el suelo de madera. Miraba la polla de Roman con una fijación casi religiosa: cómo se hinchaba, cómo las venas le saltaban, cómo la cabeza se ponía más oscura cada vez que el puño la estrujaba.

—Levántate —dijo de pronto—. De rodillas en la cama. Frente a mí. Quiero verte bien.

Roman obedeció. Se arrodilló en el colchón, piernas abiertas, la polla gorda y pesada apuntando hacia ella, la mano subiendo y bajando sin parar. El semen seco le brillaba todavía en el pecho y el vientre. Estelle se levantó de la silla. Dio dos pasos y se detuvo justo fuera del alcance de sus manos. Se quitó la falda del todo. Quedó desnuda excepto por los zapatos de tacón bajo. El cuerpo maduro, las caderas anchas, el vientre suave, los muslos firmes, el coño afeitado con esa franja fina que él quería lamer hasta que le doliera la mandíbula.

Se acercó un poco más. Se agachó lo justo para que él oliera el calor que le salía de entre las piernas. No lo tocó. Solo se pasó los dedos por el coño otra vez, los sacó brillantes y se los frotó por el pezón izquierdo, untándoselo.

—Chúpame esto —dijo, inclinándose—. Sin usar las manos. Solo la boca.

Roman se inclinó. La lengua le salió y lamió el pezón resbaladizo de jugo de ella. El sabor le golpeó la garganta: salado, ácido, puro coño. Gimió contra la carne y chupó, fuerte, mientras la mano no paraba de ordeñarse la verga. Estelle le sujetó la nuca, lo apretó contra el pecho.

—Así. Más fuerte. Muérdelo un poco. Sí… joder, Roman. Qué bien chupas.

Se separó solo lo necesario para mirarlo a los ojos. La mano libre de ella bajó y se metió tres dedos de nuevo, follándose a sí misma a centímetros de su cara. El sonido era brutal. El olor lo rodeaba.

—Ahora tú. Más rápido. Quiero que te corras otra vez y que me salpiques los muslos. No me toques con la polla. Solo con la leche. Demuéstrame lo mucho que te gusta que te mire.

Roman se arrodilló más erguido. Las dos manos ahora: una estrujando la polla con furia, la otra apretándole los huevos, tirando un poco, el ritmo salvaje. El glande le goteaba sin parar. Cada embestida del puño le sacaba un jadeo gutural. Miraba el coño de ella, los dedos que entraban y salían, el clítoris rojo y castigado, los pechos que se movían, la boca entreabierta que repetía su nombre.

—Estelle… me voy a correr… joder…

—Hazlo. Sácalo todo. Píntame. Quiero sentirlo caliente en la piel.

El segundo orgasmo le subió desde más hondo. Más doloroso. Más intenso. Roman se corrió con un grito ahogado, la polla disparando chorros gruesos otra vez: el primero le dio en el muslo interno de ella, el segundo más arriba, cerca del coño, el tercero le salpicó el vientre bajo. Siguió ordeñándose, exprimiendo cada espasmo, gimiendo su nombre mientras el cuerpo le temblaba entero. El semen le resbalaba a ella por la piel, espeso, blanco contra la carne morena y blanca.

Estelle se corrió mirándolo. Los dedos enterrados, el pulgar aplastando el clítoris, las piernas temblando tanto que casi se cae. Un gemido largo, roto, el coño contrayéndose a la vista, más jugo corriéndole por la muñeca y mezclándose con la leche de él. Se dobló un segundo, respirando agitada, y después se enderezó. Se pasó dos dedos por el semen que le brillaba en el muslo, se los llevó a la boca y los chupó despacio, sin apartar la vista de Roman.

—Qué rico sabes —susurró—. Qué rico me sabes en la lengua.

Roman todavía jadeaba, de rodillas, la polla sensible y palpitando en su mano floja. El pecho le subía y bajaba. Estelle no se limpió. Dejó el semen donde estaba, brillando. Dio un paso atrás y se sentó otra vez en la silla, las piernas abiertas, el coño todavía abierto y chorreante, los pechos desnudos y marcados por sus propios dedos.

—No te acuestes todavía —dijo—. Quédate así. De rodillas. Quiero verte temblar un rato más.

Él obedeció. El silencio se llenó solo de respiraciones. El deseo no había bajado; se había vuelto más espeso, más peligroso. Estelle se pasó una mano por el pecho, recogió un hilo de semen suyo y se lo frotó en el pezón otra vez.

—La próxima vez que Warrick se vaya… —empezó ella, la voz baja, conspiradora—… no vamos a quedarnos solo mirando. Voy a sentarme en esa cara tuya hasta que se te hinche la lengua. Voy a follarme esa polla gorda hasta que me duelan las caderas. Y tú vas a correrte dentro. ¿Entiendes?

Roman asintió, la garganta seca.

—Sí.

—Di lo que quieres hacerte tú mismo mientras yo te miro la próxima vez.

Él tragó saliva. La polla le dio un latido débil, todavía interesada.

—Quiero meterme los dedos en el culo mientras me toco. Quiero que me veas abrirme. Quiero correrme con tres dedos dentro y tu nombre en la boca.

Estelle sonrió, oscura, lujuriosa. Se reacomodó en la silla, se abrió aún más con dos dedos y le enseñó el interior palpitante otra vez.

—Entonces practica ahora —ordenó—. Métete uno. Despacio. Quiero verlo. Y no te corras todavía. Esta vez aguantas. Me debes una corrida más y la quiero lenta. Quiero ver cómo te destrozas la mano y el culo al mismo tiempo mientras yo me follo los dedos mirándote.

Roman sintió un escalofrío que le bajó por la espalda. La mano libre bajó, pasó por debajo de los huevos, buscó la entrada. El dedo índice, todavía resbaladizo de semen, presionó. Entró despacio. El ardor dulce le cerró los ojos un segundo.

—Ábrelos —le recordó ella—. Mírame mientras te los metes.

Él los abrió. La miró. El dedo entró hasta el nudillo. Empezó a moverlo, lento, mientras la otra mano volvía a cerrarse alrededor de la polla todavía sensible. Estelle aceleró los dedos en su propio coño, el chapoteo rítmico, los pechos temblando, la boca repitiendo su nombre en un susurro constante.

—Más hondo. Otro dedo. Ahora.

Roman metió el segundo. El estiramiento le sacó un gemido bajo. Se follaba la mano con embestidas cortas y rápidas, los dos dedos moviéndose dentro, el placer doblado, más sucio, más intenso. Estelle no apartaba la vista. Se mordía el labio. Se pellizcaba un pezón. El coño le chorreaba sin parar.

El aire de la habitación se espesó otra vez. El deseo mutó, más denso, más urgente, esperando el siguiente movimiento, la siguiente orden, la siguiente corrida que todavía no llegaba. Estelle se lamió los labios y habló con la voz hecha un hilo ronco:

—Aguanta. Todavía no. Quiero verte sudar más. Quiero oírte pedir permiso para correrte. Y cuando te lo dé… vas a hacerlo mirándome a los ojos, con los dedos enterrados y mi nombre gritado. Después hablamos de cómo vas a chuparme el coño la próxima vez que estemos solos. De cómo me vas a dejar marca en los muslos. De todo lo que vamos a hacernos cuando nadie mire.

Roman asintió, jadeando, los dedos moviéndose, la polla gorda y oscura en el puño, el cuerpo entero tensado en el borde otra vez. Ella sonrió y no hizo ademán de irse. El pestillo seguía echado. El calor de la tarde seguía entrando por las persianas. Y el hambre, lejos de apagarse, solo acababa de encontrar un ritmo nuevo, más peligroso, más hondo, listo para la siguiente embestida.

Roman metió el segundo dedo hasta el nudillo y el ardor dulce se le subió por la columna como una corriente eléctrica. La polla le palpitaba en el puño, todavía resbaladiza de la corrida anterior, la cabeza morada y sensible hasta el límite. Estelle no apartaba la mirada. Seguía en la silla, desnuda, las piernas abiertas de par en par, tres dedos chapoteando dentro de su coño empapado mientras el pulgar le aplastaba el clítoris hinchado en círculos brutales. Los pechos le temblaban con cada embestida de muñeca, los pezones oscuros y duros, uno de ellos todavía brillante del jugo que se había untado.

—Más hondo —ordenó ella, la voz ronca, sin piedad—. Ábrete para mí. Quiero ver cómo se te clavan. Quiero oír el sonido de tu culo tragándose los dedos mientras te follas la mano como un puto desesperado.

Roman obedeció. Empujó más profundo, el segundo dedo entrando del todo, el esfínter cediéndole con un ardor que se mezclaba con el placer hasta volverse adictivo. Empezó a moverlos en tijera, lento al principio, sintiendo cómo se abría, cómo el calor interno le apretaba. La mano de la polla aceleró: embestidas cortas, rápidas, el glande asomando y desapareciendo entre los dedos brillantes de semen seco y precum nuevo. El vientre se le contrajo. El sudor le corría por las sienes, por el pecho, mezclándose con los restos blancos que todavía le marcaban la piel.

Estelle se levantó de la silla. Dio dos pasos y se plantó frente a la cama, tan cerca que el olor de su coño lo envolvió otra vez: ácido, caliente, a sexo puro. Se pasó los dedos por los labios hinchados, los separó y le enseñó el interior rosado, palpitante, goteando. Después se los frotó por la boca de Roman sin dejarlo chupar del todo, solo untándole el sabor.

—Lame —susurró—. Saborea lo que te vas a comer la próxima vez. Imagina tu lengua ahí dentro mientras yo me siento en tu cara y te ahogo con el coño. Imagina cómo me voy a correr en tu boca y cómo te voy a obligar a tragarlo todo.

Roman sacó la lengua y lamió. El sabor le cerró los ojos un segundo: salado, espeso, el jugo de ella todavía caliente. Gimió contra sus dedos y metió el tercero en su propio culo de un solo empujón. El estiramiento le arrancó un grito ahogado. Los tres dedos enterrados hasta donde pudo, moviéndose, follándose el agujero mientras la otra mano ordeñaba la verga con furia. El placer era doble, sucio, abrumador. Cada vez que los dedos rozaban ese punto interno le saltaba un espasmo que le hacía gotear más precum sobre el colchón.

Estelle se acercó todavía más. Se agachó un poco, los pechos pesados colgando frente a su cara, y se pellizcó un pezón hasta ponerlo rojo. Con la otra mano se metió los tres dedos otra vez y se folló el coño a centímetros de la boca de él, el chapoteo obsceno llenando la habitación, el jugo cayéndole por la muñeca y goteando al suelo.

—Háblame —exigió—. Dime exactamente cómo te vas a destrozar. Dime lo que sientes con los dedos dentro.

—Me arde… —jadeó Roman, la voz rota, los ojos fijos en los de ella—. Me arde y me encanta. Estoy tan abierto… la polla me va a explotar. Quiero correrme con el culo lleno y tu nombre gritado. Quiero que me veas temblar. Quiero pintar otra vez tus muslos… joder, Estelle, déjame correrme.

Ella sonrió, lenta, cruel de puro deseo.

—Todavía no. Aguanta. Quiero verte sudar más. Quiero que me ruegues. Quiero oír esa voz de niño grande pidiendo permiso para soltar la leche.

Roman apretó los dientes. Los tres dedos se movían sin parar, entrando y saliendo, el sonido húmedo y obsceno mezclado con el de su puño follándose la verga. El glande le dolía de lo hinchado que estaba, las venas saltadas, los huevos tensos y subidos. El semen seco del pecho y el vientre le tiraba de la piel, una marca caliente que lo excitaba todavía más. Estelle se puso de pie del todo, se abrió los labios del coño con dos dedos y se frotó el clítoris justo delante de su cara, tan cerca que él podía sentir el calor irradiando.

—Mírame —dijo—. No cierres los ojos ni un segundo. Voy a correrme primero y tú vas a aguantar mirándome. Después te doy permiso. Pero solo si me lo pides como se debe.

Se folló más rápido. Los dedos entraban hasta el fondo, el pulgar castigando el botón hinchado sin piedad. Los pechos le rebotaban, la boca entreabierta, un hilo de saliva cayéndole por la comisura. Gimió el nombre de Roman una y otra vez, cada vez más alto, las piernas temblando. El jugo le corría por los muslos, mezclándose con los restos de la corrida anterior de él que todavía brillaban en la piel.

—Roman… joder… me corro… míralo…

Se dobló hacia adelante con un gemido largo y roto. El coño se le contrajo a la vista, los dedos atrapados dentro, un chorro transparente saliéndole alrededor de los nudillos y cayéndole por la muñeca hasta el codo. Las piernas le flaquearon. Se agarró al hombro de Roman un segundo para no caer, el olor a coño corrido golpeándole la cara a él como un puñetazo. Jadeaba, la respiración caliente contra el pelo de Roman, y después se enderezó despacio, los dedos todavía enterrados, resbalosos.

—Ahora tú —susurró, la voz hecha un hilo peligroso—. Pídemelo. Ruega.

Roman tragó saliva. La garganta le ardía. Los tres dedos seguían moviéndose dentro de su culo, el puño subiendo y bajando por la polla en un ritmo salvaje, el vientre contrayéndose una y otra vez al borde del abismo.

—Por favor, Estelle… déjame correrme. Necesito sacarlo. Me duele de lo gorda que la tengo. Quiero pintarte otra vez. Quiero gritar tu nombre con los dedos enterrados. Por favor… déjame.

Ella se lamió los labios. Se pasó dos dedos por su propio coño chorreante, los sacó brillantes y se los frotó por la cara de Roman, por la boca, por la mejilla.

—Córrete. Ahora. Mírame a los ojos. Sácalo todo con el culo abierto y mi nombre en la puta boca.

El tercer orgasmo le subió desde más hondo que los anteriores, más violento, más sucio. Roman gritó. La polla disparó chorros gruesos y blancos otra vez: el primero le dio directo en el vientre bajo de Estelle, el segundo más arriba, salpicándole un pecho, el tercero y el cuarto cayendo sobre los muslos de ella y sobre el colchón. Siguió ordeñándose sin parar, los tres dedos enterrados hasta el fondo, el cuerpo entero temblando, los músculos del culo apretando alrededor de los nudillos mientras gemía su nombre una y otra vez como una súplica. El semen le salía a borbotones, espeso, caliente, salpicando, resbalando. Los ojos no se apartaron de los de ella ni un segundo. La cara se le contrajo de placer puro, la boca abierta, el sudor corriéndole por el pecho.

Estelle se corrió de nuevo mirándolo. Un gemido corto, gutural, los dedos clavados, el clítoris aplastado bajo el pulgar, las piernas temblando tanto que tuvo que agarrarse al borde de la cama. Más jugo le corrió por la mano, mezclándose con la leche fresca de Roman que le brillaba en la piel. Se quedó doblada un momento, respirando agitada, y después se enderezó. Se pasó los dedos por el semen que le cubría el muslo y el pecho, se los llevó a la boca y los chupó despacio, saboreando la mezcla de los dos, sin apartar la vista de él.

—Qué rico —murmuró—. Qué puta riqueza de leche me has dado otra vez. Y con el culo lleno de dedos… qué imagen más asquerosa y perfecta.

Roman se dejó caer hacia adelante, de rodillas todavía, la polla sensible y palpitando en su mano floja, los dedos saliendo despacio de su culo con un ardor dulce residual. El pecho le subía y bajaba como si hubiera corrido kilómetros. El semen le brillaba en el vientre de Estelle, en sus pechos, en sus muslos. Ella no se limpió. Se pasó una mano por el pecho, recogió un hilo espeso y se lo frotó en el pezón otra vez, solo para que él lo viera.

Se sentó de nuevo en la silla de rattan, las piernas abiertas, el coño sonrosado y abierto, chorreante, los pechos desnudos y marcados. Roman se quedó de rodillas en la cama, jadeando, el cuerpo entero rendido y todavía temblando de vez en cuando.

—La próxima vez —dijo ella, la voz baja, conspiradora, mientras se acariciaba el clítoris con lentitud perezosa— no vas a usar solo los dedos. Voy a traer algo más grueso. Voy a sentarme en tu cara hasta que se te hinche la lengua y no puedas hablar. Voy a follarme esa polla gorda hasta que me duelan las caderas y tú te corras tan adentro que me gotee por las piernas el resto del día. Y tú vas a chuparme el coño hasta dejármelo rojo. ¿Entiendes, Roman?

—Sí —logró decir él, la garganta seca, la polla dando un latido débil todavía interesado—. Lo entiendo. Quiero todo eso. Quiero follarte de verdad. Quiero correrme dentro y seguir mientras se me sale.

Estelle sonrió, esa misma sonrisa lujuriosa y oscura. Se reacomodó, se abrió un poco más con dos dedos y le enseñó el interior palpitante una última vez, solo para torturarlo.

—Entonces descansa esa polla. Limpíate cuando yo te lo diga. Y no te atrevas a tocarte otra vez hasta que yo lo ordene. La próxima vez que Warrick se vaya de la casa… vamos a hacer exactamente lo que te acabo de decir. Y más.

Roman asintió, exhausto, el corazón todavía martilleándole en las sienes. El aire de la habitación olía a sexo crudo, a sudor, a corrida fresca y a coño mojado. El calor de la tarde seguía filtrándose por las persianas. Estelle no hizo ademán de vestirse del todo. Se quedó allí, desnuda, mirándolo, los restos de su leche brillándole en la piel como una marca de propiedad.

Él no sabía que, minutos antes de abrir la puerta con el vaso de limonada, Estelle había mirado el teléfono sobre la cómoda del pasillo. Warrick le había mandado un mensaje: «Salgo ya del entrenamiento, en veinte minutos estoy en casa». Ella lo había leído, había sonreído para sus adentros y había entrado igual. Habían terminado justo a tiempo. El motor de un coche se oyó a lo lejos, todavía lejano, y Estelle no dijo nada. Solo se pasó la lengua por el labio inferior, saboreando el secreto, mientras Roman seguía de rodillas, ajeno, jadeando, creyendo que todavía les quedaba toda la tarde.

Rate this story

★★★★★
Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Patrocinado

Gente real en cam, ahora mismo.

Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.

Ver en directo →
Enlace patrocinado. Solo +18.
Tagged mutual-masturbation voyeur dirty-talk fingering edging

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.