Su Mirada Prendida en el Establo
Camila, de 28 años, se masturba gimiendo delante del capataz de 32 mientras él la mira con la polla dura en el establo.
En la finca familiar, una tarde de verano tan calurosa que el aire parecía espeso y pegajoso, yo, Camila, de veintiocho años, acababa de regresar al pueblo después de casi una década en la ciudad. Había vuelto para ayudar con la cosecha y reencontrarme con las raíces que había dejado atrás, pero el calor me golpeaba como una mano insistente sobre la piel. Mi vestido ligero de algodón se adhería a mis curvas, marcando el contorno de mis pechos llenos y el sudor que descendía por mi espalda hasta perderse entre mis nalgas. Necesitaba refugio, un lugar donde el sol no quemara tanto, y mis pasos me llevaron directamente al establo, ese espacio amplio de madera vieja, olor a heno fresco, cuero y animales que siempre me había transmitido una extraña paz.
Allí estaba Emmett, el capataz de treinta y dos años que cuidaba los caballos desde hacía más de una década. Su cuerpo, forjado por el trabajo duro bajo el sol, se veía imponente incluso en la penumbra. La camisa de tela gruesa, abierta en los primeros botones, dejaba ver el pecho ancho y bronceado cubierto de una fina capa de sudor que brillaba con cada movimiento. Sus brazos fuertes sostenían una horca mientras acomodaba el heno, y sus pantalones vaqueros ajustados marcaban los músculos de sus muslos y, sin que pudiera evitar notarlo, el bulto pesado entre sus piernas. Cuando entré, levantó la mirada y nuestras miradas se encontraron. Fue una mirada larga, profunda, cargada de un deseo crudo que ninguno de los dos esperaba. Sentí cómo sus ojos bajaban por mi cuello, se detenían en mis pezones endurecidos bajo la tela fina y seguían hasta mis piernas desnudas. Un hambre salvaje brillaba en sus pupilas dilatadas.
Confieso que en ese instante un calor húmedo e inmediato inundó mi entrepierna. Mis labios vaginales se hincharon, mi clítoris latió y una humedad traicionera empapó mi ropa interior de algodón. Me avergonzaba reaccionar así, como una perra en celo solo por una mirada, pero al mismo tiempo esa vergüenza me excitaba más. Mi coño palpitaba con vida propia, contrayéndose alrededor de la nada, pidiendo ser tocado. Emmett no dijo nada al principio, solo respiró más profundo, y vi cómo su garganta se movía al tragar. «Camila… has vuelto», murmuró con esa voz ronca que siempre había tenido, pero ahora sonaba más grave, como si le costara hablar. «El calor es brutal hoy, ¿verdad?». Asentí, incapaz de apartar los ojos de él. «Sí, Emmett. Vine buscando fresco. No esperaba encontrarte aquí». Las palabras eran inocentes, pero el tono no. El aire entre nosotros vibraba. Podía oler su sudor masculino mezclado con el aroma terroso del establo, y eso solo aumentaba la humedad que ya resbalaba por mis pliegues internos. Mis muslos se apretaron instintivamente, buscando fricción, y él lo notó. Su mirada se oscureció aún más.
La tensión creció como una tormenta que se acerca. Fingí que buscaba algo en el fondo del establo, una excusa tonta para alejarme unos metros y recuperar el control. Caminé entre las balas de heno apiladas, sintiendo su mirada clavada en mi culo que se movía bajo la falda. Me agaché lentamente, sabiendo muy bien lo que hacía. La tela ligera se levantó, dejando al descubierto la parte trasera de mis muslos suaves y bronceados, casi hasta donde comenzaba la curva de mis nalgas. El aire fresco del establo besó mi piel caliente y sentí un escalofrío que fue directo a mi clítoris. Emmett se acercó con la excusa de ayudarme. «Espera, déjame mover eso», dijo, y su cuerpo grande se pegó al mío por detrás. Su cadera rozó mi trasero, y pude sentir claramente el calor de su polla, ya semierecta, presionando un instante contra mí. Fue solo un roce, pero bastó para que un gemido casi silencioso escapara de mi garganta.
Confieso que en ese momento perdí el control. Mi mano derecha bajó discretamente, deslizándose bajo el borde de mi falda mientras fingía seguir buscando. Mis dedos encontraron la tela empapada de mi braga y la aparté a un lado. Toqué mis labios hinchados, resbaladizos de jugos, y empecé a acariciarme con lentitud. Emmett se quedó quieto a mi lado, respirando agitado, sin tocarme pero sin apartarse tampoco. Su mirada estaba fija en el movimiento oculto bajo mi ropa. Podía oír su respiración pesada, casi un gruñido contenido. Eso me empujó más lejos. Ya no quería ser discreta. El deseo mutuo y consentido era tan evidente como el bulto que ahora tensaba visiblemente sus pantalones. «Emmett… me estás mirando», susurré con voz temblorosa, sin dejar de mover los dedos sobre mi clítoris resbaladizo. «Sí», contestó él con la voz rota. «No puedo dejar de hacerlo. Estás tan mojada que lo huelo desde aquí». Sus palabras me encendieron como gasolina. Saqué la mano un segundo, la mostré brillante de mis fluidos y luego la volví a hundir, ya sin disimulo.
Me incorporé completamente, me subí el vestido hasta la cintura con ambas manos, dejando mi coño completamente expuesto a su mirada. No llevaba braga debajo ya, la había apartado del todo. Me apoyé contra una bala de heno alta, abrí las piernas en una postura descarada y planté los pies bien separados. Mi coño, rosado, hinchado y chorreante, quedó abierto frente a él. Emmett se quedó a un metro de distancia, con los brazos tensos a los lados del cuerpo y la polla tan dura dentro del pantalón que parecía que iba a romper la tela. Vi claramente el contorno grueso, la cabeza ancha marcándose, y eso me volvió loca. Hundí dos dedos de golpe en mi coño empapado, sintiendo cómo mis paredes calientes y resbaladizas los succionaban. Con la otra mano empecé a frotar mi clítoris hinchado en círculos rápidos, duros, precisos. El placer era brutal. Gemí sin ninguna vergüenza, con la voz ronca y entrecortada: «Joder, Emmett… mírame. Mira cómo me follo para ti. Llevo tanto tiempo mojada por tu culpa…».
Mis dedos entraban y salían con un sonido húmedo y obsceno, chapoteando en mis jugos que no paraban de brotar. Mi clítoris estaba tan sensible que cada roce me hacía sacudirme. Mantenía la mirada clavada en la suya, sin apartarla ni un segundo, mientras mis tetas subían y bajaban con la respiración agitada. El sudor corría entre mis pechos y por el interior de mis muslos. Sentí el orgasmo acercándose como una ola gigante. Mis gemidos se volvieron más altos, más desesperados. «Me corro… me corro mirándote la polla dura… ahhh, sí». El clímax me golpeó con fuerza. Espasmos violentos recorrieron mi vientre, mi coño se contrajo alrededor de mis dedos con pulsaciones fuertes y mis jugos calientes resbalaron abundantemente por mis muslos, goteando hasta el suelo de tierra del establo. Grité su nombre entre jadeos, sin importarme si alguien podía oírnos desde fuera. El placer me dejó temblando, con las rodillas débiles y la visión nublada un instante.
Cuando las últimas contracciones cesaron, saqué los dedos lentamente de mi coño palpitante. Estaban cubiertos de mis fluidos espesos y brillantes. Con una sonrisa satisfecha y aún jadeante, me los llevé a la boca y los lamí uno a uno, saboreando mi propio gusto dulce y salado mientras lo miraba directamente a los ojos. Emmett estaba inmóvil, respirando como un animal, con la polla tan rígida que dolía solo de verla. Entonces confesé en voz baja, casi un susurro cargado de promesas: «Llevaba años fantaseando con que alguien me mirara así mientras me masturbaba, con que un hombre como tú se quedara quieto, con la polla dura, solo observándome correrme para él. Nunca pensé que ocurriría de verdad… y ahora que lo has visto todo, Emmett, no sé si voy a poder parar. Esto que acabas de presenciar… me ha abierto algo por dentro que no se cierra fácilmente».
Me bajé el vestido con lentitud, pero no cubrí del todo mis muslos manchados de jugos. Mi mirada seguía fija en la erección que él no intentaba ocultar. El establo parecía más pequeño, más caliente. Emmett dio un paso adelante, su mano temblando ligeramente como si quisiera tocarme pero se contuviera. El deseo entre nosotros no se había apagado; al contrario, ardía con más fuerza, prometiendo que esto solo era el principio de algo mucho más intenso y profundo. Mi coño aún latía, vacío y ansioso, y su polla seguía dura como una invitación silenciosa que ninguno de los dos había verbalizado todavía. El verano apenas comenzaba, y yo ya sabía que volvería a buscarlo en ese mismo lugar, con el mismo fuego en la mirada.
Confieso que cuando Emmett dio ese paso adelante, con la mano temblando como si le quemara el aire entre nosotros, mi cuerpo traicionero respondió al instante. Mi coño, aún sensible y goteando después del primer orgasmo, se contrajo con un latido profundo que me hizo apretar los muslos. Tenía veintiocho años, había regresado al pueblo dispuesta a reencontrarme conmigo misma, y ahora me encontraba completamente expuesta en el establo, con el vestido arrugado en la cintura y los jugos brillando en mis piernas. El capataz de treinta y dos años, ese hombre hecho de sol y trabajo duro, me miraba como si yo fuera el único alimento que necesitaba en el mundo.
—No me toques —susurré, con la voz aún ronca de los gemidos anteriores—. Todavía no. Quiero que sigas mirando. Solo mirando, Emmett. ¿Puedes hacer eso por mí?
Él tragó saliva con fuerza, el nudo en su garganta moviéndose visiblemente bajo la piel bronceada. Su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas, y el bulto en sus vaqueros parecía a punto de reventar las costuras.
—Puedo —respondió con esa voz grave que parecía salir de lo más hondo de su pecho—. Joder, Camila… mirarte es lo más difícil y lo más bueno que he hecho en mi vida.
Sus palabras me encendieron de nuevo. Confieso que en ese preciso instante descubrí algo sobre mí misma: me gustaba el poder que tenía al negarle el tacto. Me excitaba saber que mi placer lo estaba torturando de la mejor manera posible. Me quité el vestido por completo, pasándolo por encima de mi cabeza con lentitud deliberada. Mis tetas llenas y pesadas rebotaron libres, los pezones oscuros y duros como piedras por el deseo y el leve frescor del establo. El vestido cayó al suelo de tierra y paja, y yo quedé totalmente desnuda ante él. Mis curvas de mujer adulta —caderas anchas, vientre suave, el triángulo depilado de mi coño hinchado— quedaron expuestas sin pudor. Sentí el aire cargado de olor a heno y sudor masculino rozar mi piel sudorosa.
Me giré despacio, dándole la espalda, y caminé hasta una bala de heno más alta, situada en el centro del establo donde la luz que se filtraba por las rendijas de la madera la iluminaba como un escenario. Sabía que mis nalgas se movían con cada paso, redondas y firmes, y que él podía ver el rastro brillante de mis fluidos que bajaba por el interior de mis muslos. Me subí a la bala con las piernas abiertas, apoyando los pies en dos fardos más bajos para quedar completamente abierta, como una ofrenda obscena. Mi coño quedó a la altura perfecta de su mirada: labios mayores hinchados, interiores rosados y relucientes, el clítoris asomando hinchado y exigente.
—Quiero que veas cada detalle —confesé mientras mis manos subían por mi propio cuerpo. Apresé mis tetas, las amasé con fuerza, pellizqué mis pezones hasta que un gemido agudo escapó de mi garganta—. Llevo años en la ciudad tocándome sola en mi cama, imaginando unos ojos como los tuyos. Ahora que los tengo… no pienso desperdiciarlo.
Emmett se había quedado a menos de un metro. Sus manos se abrían y cerraban a los costados, luchando contra el impulso de tocarme. Vi cómo su polla palpitaba dentro del pantalón, el contorno grueso marcando la tela vaquera.
—Estás empapada —gruñó—. Se te ve el coño latiendo, Camila. Joder, mírate… estás chorreando para mí.
Sus palabras fueron como un latigazo directo a mi clítoris. Bajé una mano mientras la otra seguía torturando mi pecho izquierdo. Mis dedos separaron mis labios vaginales con dos dedos, abriéndome más para su mirada. El sonido húmedo, ese chapoteo suave de mi propia excitación, resonó en el silencio del establo. Empecé a frotar mi clítoris en círculos lentos, precisos, sintiendo cómo se hinchaba más bajo las yemas de mis dedos. Cada roce enviaba descargas eléctricas por mi columna. Mi respiración se volvió entrecortada.
—Así… ¿lo ves bien? —pregunté con voz temblorosa, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Mira cómo se me pone el botón rojo e hinchado. Quiero que te quedes con esta imagen para siempre.
Introduje un dedo en mi interior, luego dos. Mis paredes calientes los envolvieron de inmediato, succionándolos con avidez. Empecé a follarme con ellos, entrando y saliendo con ritmo creciente mientras mi pulgar no dejaba de presionar el clítoris. El placer era más intenso que antes, más consciente. Confieso que me sentía como una puta descarada, pero una puta libre, dueña de su cuerpo y de su mirada. El sudor corría por mi espalda, entre mis tetas, y goteaba desde mi coño hasta la paja debajo de mí. Mis gemidos ya no eran discretos; llenaban el establo con ecos roncos y desesperados.
—Emmett… mírame correrme otra vez. No te muevas. Solo quiero tus ojos en mi coño.
Él dio medio paso más, pero se detuvo cuando levanté una ceja. En cambio, su mano derecha subió lentamente hasta el botón de sus vaqueros. Me miró pidiendo permiso sin palabras. Asentí, mordiéndome el labio inferior con fuerza.
—Sácala —ordené entre gemidos—. Quiero ver esa polla dura que se te marca. Muéstramela mientras me follo con los dedos.
Con movimientos torpes por la excitación, Emmett abrió el pantalón y sacó su verga gruesa. Era hermosa, adulta, venosa, con la cabeza ancha y morada ya brillando de precum que le caía en un hilo espeso. Mediría unos veinte centímetros y era tan gruesa que su mano apenas la rodeaba cuando la empuñó por la base. No se masturbó aún; solo la sostuvo, palpitante, apuntando hacia mí como una acusación deliciosa.
—Esto es lo que me provocas —dijo con la voz rota—. Llevo media hora con la polla así, hinchada y dolorida, solo por verte.
Ver su polla al aire me desató por completo. Metí tres dedos de golpe en mi coño, estirándome, sintiendo cómo mis jugos salían a borbotones con cada embestida. Mi otra mano voló al clítoris y lo froté con furia, en círculos rápidos y duros. Mis tetas rebotaban con el movimiento de mi brazo. El establo se llenó del sonido obsceno de mi masturbación: el chap-chap-chap húmedo de mis dedos entrando y saliendo de mi raja empapada, mis gemidos cada vez más altos, casi gritos.
—Quiero que te corras mirándome la polla —gruñó él, sin tocarse todavía, solo exhibiéndola—. Eres una puta maravilla, Camila. Tu coño está abierto como una flor mojada. Se te contrae… se te ve todo.
Sus palabras sucias me llevaron al borde. Confieso que en ese momento me descubrí a mí misma de una forma nueva: me gustaba ser observada como un animal en celo. Me gustaba que un hombre como Emmett, fuerte, callado y trabajador, se quedara quieto con la polla tiesa solo para servirme de audiencia. Sentí el segundo orgasmo subir como una marea imparable. Mis piernas empezaron a temblar, los músculos de mis muslos se tensaron.
—Me voy a correr otra vez… ¡mierda, Emmett! Mira cómo me chorrea… ahhh… ¡sí!
El clímax me atravesó con más violencia que el primero. Mi coño se cerró alrededor de mis tres dedos con espasmos tan fuertes que casi los expulsa. Un chorro caliente de mis jugos salió disparado, salpicando la paja y cayendo cerca de sus botas. Grité su nombre sin control, la cabeza echada hacia atrás, las tetas agitándose, todo mi cuerpo convulsionando mientras el placer me partía en dos. Mis jugos seguían brotando, resbalando por mi culo y empapando la bala de heno debajo de mí. El olor de mi excitación se mezcló con el del heno y el sudor de él, creando un aroma que me mareaba de puro deseo.
Cuando las últimas contracciones cesaron, saqué los dedos lentamente, dejando que mi coño quedara abierto, rojo y palpitante, mostrando el interior rosado que aún se contraía en vano. Los levanté, brillantes y cubiertos de mis fluidos espesos, y esta vez no los lamí yo. Los extendí hacia él, a solo treinta centímetros de su cara.
—Huélelos —susurré, jadeando todavía—. Huele lo que tu mirada me provoca.
Emmett se inclinó ligeramente hacia adelante, inhalando profundamente con los ojos cerrados un segundo. Su polla dio un salto visible, más precum cayendo al suelo. No me tocó. No se tocó. Solo respiró mi olor como un hombre a punto de perder la razón.
—Sabes a pecado dulce —murmuró—. Podría correrme solo con esto, Camila.
Me bajé de la bala de heno con piernas temblorosas. Me acerqué a él hasta que el calor de su cuerpo casi quemaba el mío. Su polla estaba tan cerca de mi vientre que podía sentir el calor que irradiaba. Nuestras respiraciones se mezclaban. Mis pezones casi rozaban su camisa abierta. El deseo era un ser vivo entre nosotros, espeso, caliente, exigente.
—Esto no termina aquí —confesé mirándolo a los ojos, mi voz baja y cargada de promesas—. Mañana volveré al establo después de la siesta. Quiero que estés aquí, con la polla tan dura como hoy. Quiero que me veas inventar nuevas formas de correrme para ti. Quiero que veas cómo me abro más, cómo me toco más profundo, cómo me vuelvo completamente loca bajo tu mirada. Pero todavía no me toques. Todavía no.
Emmett apretó la mandíbula, su mano temblando alrededor de su polla sin moverla.
—Estaré aquí —prometió con voz gutural—. Aunque me mate de ganas, estaré aquí mirándote, Camila.
Me alejé un paso, recogí mi vestido pero no me lo puse. Caminé desnuda hacia la puerta del establo, sintiendo su mirada clavada en mi culo desnudo, en mis muslos brillosos de jugos, en cada curva de mi cuerpo de veintiocho años que acababa de descubrir un nuevo placer: el de ser vista, realmente vista, mientras me daba placer a mí misma. El verano era largo y el establo estaba lleno de rincones oscuros. Sabía que al día siguiente la escalada sería aún mayor, que mis dedos no serían suficientes, que mis confesiones se volverían más sucias y que su polla dura sería el único testigo de cómo me deshacía una y otra vez.
Pero por ahora, el fuego seguía ardiendo. Mi coño aún latía vacío, ansioso por más miradas, por más humillación consentida de ser observada como la puta masturbadora en la que me estaba convirtiendo. Y él… él se quedaba allí, con la polla tiesa y el pecho agitado, sabiendo que esto apenas acababa de empezar.
Confieso que apenas crucé el umbral del establo, con el vestido todavía en la mano y los muslos brillantes de mis propios jugos, supe que no podía marcharme. El eco de mis gemidos aún vibraba entre las vigas de madera vieja y el olor de mi excitación se mezclaba con el heno fresco y el sudor masculino de Emmett. Me giré despacio, completamente desnuda, y lo encontré exactamente donde lo había dejado: de pie, imponente, con esa polla gruesa de veintidós centímetros latiendo en el aire como si tuviera pulso propio. Tenía treinta y dos años, el cuerpo marcado por años de trabajo duro, y sus ojos estaban clavados en mí con un hambre que ya no disimulaba.
—No me he ido —susurré, caminando hacia él con pasos lentos y deliberados. Mis tetas pesadas se balanceaban con cada movimiento, los pezones todavía duros como guijarros. Sentía el coño hinchado, los labios mayores gruesos y resbaladizos, y cada roce de mis muslos enviaba una descarga directa al clítoris—. Quiero más, Emmett. Quiero que veas cómo me deshago de verdad. Todavía no puedes tocarme, pero puedes mirar más cerca. Acércate.
Él dio dos pasos. Su mano enorme rodeaba la base de su verga sin moverla, solo sosteniéndola para que yo pudiera admirar cada vena hinchada, la cabeza ancha y morada que brillaba con el hilo espeso de precum que caía hasta el suelo de tierra. Su respiración era un gruñido bajo, animal.
—Camila… joder, mujer. Tu coño sigue abierto, se te ve el interior rosado palpitando. ¿Qué me estás haciendo?
Confieso que sus palabras me prendieron como yesca. A mis veintiocho años, después de años tocándome sola en apartamentos fríos de la ciudad, descubrir que me excitaba ser observada de esta forma tan cruda era como abrir una puerta que ya no podía cerrar. Me senté sobre una bala de heno alta, pero esta vez no me recosté. Planté los talones en el borde, abrí las rodillas hasta donde me permitían las caderas y me incliné hacia delante, ofreciéndole una vista frontal y obscena. Con ambas manos separé mis labios vaginales al máximo, tirando de ellos para que viera hasta el fondo de mi agujero mojado.
—Mira bien —gemí, metiendo dos dedos de golpe y sacándolos cubiertos de hilos espesos de mis fluidos—. ¿Ves cómo chorrea? Esto es por tu polla dura, Emmett. Por cómo te late la vena de arriba. Quiero que te fijes en cada detalle mientras me follo más fuerte.
Empecé a bombear los dedos con ritmo brutal, curvándolos hacia arriba para frotar ese punto hinchado dentro de mí. El sonido era vergonzoso, un chap-chap-chap húmedo que llenaba el establo. Mi otra mano voló al clítoris y lo pellizqué suavemente, luego lo froté en círculos rápidos y duros. Mis tetas rebotaban con cada embestida de mi brazo. El sudor me corría entre los pechos, bajaba por mi vientre y se unía a la cascada que salía de mi coño.
—Confieso que me estoy volviendo adicta a esto —jadeé entre gemido y gemido—. A que un hombre como tú, callado y fuerte, se quede quieto solo para servirme de espejo. Me gusta ser tu puta masturbadora. Dime lo que ves, Emmett. Quiero oírlo.
Él se lamió los labios, la garganta moviéndose con fuerza.
—Veo tu clítoris hinchado como una cereza roja. Veo tus paredes succionando tus dedos, tragándoselos. Estás tan abierta que podría contar los pliegues. Y ese culito… se contrae cada vez que metes los dedos. Dios, Camila, estás empapando el heno.
Sus palabras fueron gasolina. Saqué los dedos del coño, los levanté brillantes y los metí en mi boca, chupándolos con ruido mientras lo miraba a los ojos. Luego escupí saliva sobre mi mano y la bajé otra vez, pero esta vez metí tres dedos en el coño y, sin avisar, presioné el índice de la otra mano contra mi ano. El anillo apretado cedió poco a poco, tragándose el dedo hasta el nudillo. La doble penetración me arrancó un grito ronco que reverberó entre las paredes.
—Así… mírame el culo y el coño al mismo tiempo —gemí, follando ambos agujeros con ritmo sincronizado—. Nunca había dejado que nadie viera esto. Confieso que me excita saber que estás memorizando cómo se me abre el ojete alrededor de mi dedo. Me estoy descubriendo para ti, Emmett. Siento que cada vez que me corro bajo tu mirada me vuelvo más puta, más mía.
Mis caderas empezaron a moverse solas, follándome los dedos con desesperación. El placer era más oscuro, más profundo. El sudor me pegaba el pelo a la nuca. Mis tetas se agitaban violentamente. Sentí el orgasmo subir como una ola que rompía más adentro, más violento. Mis paredes vaginales se cerraron con tanta fuerza alrededor de los tres dedos que casi los expulsa, mientras mi ano palpitaba alrededor del otro.
—¡Me corro, joder! ¡Mírame correr! —grité sin vergüenza alguna.
El chorro salió disparado, caliente y abundante, salpicando la tierra entre sus botas. Mi cuerpo entero se convulsionó, las piernas temblando sin control, la espalda arqueada. Grité su nombre dos veces, tres, mientras el placer me partía en dos. Pero no saqué los dedos. Seguí moviéndolos más lento, prolongando las contracciones, ordeñando hasta la última gota de ese orgasmo brutal.
Cuando por fin pude respirar, me bajé de la bala con piernas de gelatina. Emmett estaba a menos de medio metro, su polla tan hinchada que parecía a punto de reventar. Un hilo continuo de precum le colgaba de la punta, balanceándose.
—Aún no —susurré, negando con la cabeza aunque mi coño vacío latía pidiendo su grosor—. Todavía no me tocas. Pero puedes acercarte más. Siéntate en ese fardo bajo. Quiero que tengas la cara a la altura de mi coño mientras me corro la próxima vez.
Él obedeció, sentándose con las piernas abiertas, su polla apuntando al techo del establo. Me coloqué delante de él, de pie, con los pies a ambos lados de sus muslos. Desde esa altura podía mirar directamente hacia abajo y ver sus ojos clavados en mi sexo. Empecé a masturbarme de nuevo, esta vez con cuatro dedos en el coño, estirándome, preparándome. La otra mano masajeaba mi clítoris con movimientos rápidos y precisos.
—Confieso que estoy aprendiendo a correrme más fuerte cada vez —jadeé—. En la ciudad me tocaba en silencio, con miedo a que los vecinos oyeran. Aquí, delante de ti, quiero que todo el mundo sepa que me estoy deshaciendo. Quiero que veas cómo me fisté un poco más.
Presioné más, metiendo los cuatro dedos hasta los nudillos, girando la mano para abrirme. El estiramiento era deliciosamente doloroso. Mi coño se adaptaba, succionaba, brillaba. Los gemidos se convirtieron en sollozos de placer. Bajé la mirada y vi su cara a solo veinte centímetros de mi raja, respirando mi olor, viendo cada contracción.
—Huele mi corrida anterior —le ordené entre dientes—. Respira lo que tu mirada me provoca.
Emmett inhaló profundamente, cerrando los ojos un segundo, y su polla dio un salto violento. No se masturbaba todavía. Solo miraba, sufriendo de placer contenido.
—Hueles a miel caliente y pecado —gruñó—. Tu coño está tan abierto que veo el fondo rosado. Y tu clítoris… está tan hinchado que parece que va a explotar.
Eso me desató. Metí la mano más profundo, casi hasta la muñeca, follándome con movimientos cortos y brutales mientras mi pulgar castigaba el clítoris. El tercer orgasmo llegó como un tren descarrilado. Mis rodillas se doblaron, tuve que apoyarme en sus hombros sin tocar su piel directamente, solo para no caer. El chorro salió con más fuerza que nunca, salpicándole el pecho desnudo a través de la camisa abierta. Grité tan alto que los caballos se removieron en sus boxes.
— ¡Toma mi corrida, Emmett! ¡Mírala salir para ti!
Mi cuerpo se sacudió durante casi un minuto entero, espasmos que me recorrían desde el coño hasta la nuca. Cuando por fin saqué la mano, mi coño quedó obscenamente abierto, un agujero rojo y palpitante que tardó varios segundos en empezar a cerrarse. Los jugos espesos me bajaban por las piernas como si me hubiera meado de placer.
Me arrodillé frente a él, exhausta pero todavía hambrienta, con la cara a la altura de su polla. No la toqué. Solo soplé suavemente sobre la cabeza hinchada, viendo cómo se contraía de necesidad.
—Esto es solo el comienzo de lo que quiero que veas —confesé con la voz rota—. Mañana traeré el consolador grande que tengo guardado desde hace meses. Me voy a follar con él delante de ti en todas las posiciones que se me ocurran. Quiero que te masturbes mientras lo hago, pero todavía no te vas a correr. Quiero que guardes esa leche espesa hasta que yo decida que es el momento. Quiero ver hasta dónde puedo llegar en esta locura de ser observada, de descubrir cuánto me gusta ser tu espectáculo privado.
Emmett apretó los dientes, la mandíbula tan tensa que se le marcaban los músculos del cuello. Su polla estaba morada, latiendo con tanta fuerza que parecía que le dolía.
—Estaré aquí —prometió con voz gutural—. Aunque me mate, estaré aquí mirándote, oliéndote, sufriendo por ti.
Me levanté, todavía desnuda, recogí el vestido pero solo lo usé para limpiarme ligeramente los muslos. Luego me lo colgué del brazo y caminé hacia la puerta, sintiendo su mirada clavada en mi culo redondo, en el brillo de mis jugos que todavía me corrían hasta las pantorrillas. Cada paso era una promesa. Mi coño, sensible y vacío, latía con anticipación por lo que inventaría al día siguiente. Sabía que la escalada estaba lejos de terminar. Quería probar límites nuevos: posiciones más obscenas, juguetes, palabras aún más sucias, tal vez dejar que se corra sobre mis tetas sin tocarme. Pero todo a su tiempo.
El establo se quedó atrás, pero el fuego entre nosotros ardía más alto que nunca. Yo ya no era solo Camila, la chica que había vuelto al pueblo. Era la mujer que había descubierto el placer salvaje de masturbarse para unos ojos que la devoraban, y Emmett era el testigo perfecto. Mañana volvería más mojada, más abierta, más desesperada por correrme bajo su mirada.
El sol de la tarde siguiente caía oblicuo entre las rendijas del establo cuando regresé, con el pulso ya acelerado y el coño palpitando antes siquiera de cruzar la puerta. Llevaba el mismo vestido fino, sin nada debajo, y en la mano una bolsa de tela que guardaba el consolador grande, ese juguete de veinticinco centímetros que había comprado en secreto meses atrás en la ciudad: grueso, venoso, con una cabeza ancha y realista que imitaba a la perfección una polla adulta. Emmett me esperaba exactamente donde prometió, de pie junto a las balas de heno apiladas, con sus treinta y dos años de capataz marcados en cada músculo tenso. La camisa abierta dejaba ver su pecho sudoroso, y los vaqueros ya mostraban el bulto brutal de su erección. No hizo falta saludar. Nuestras miradas se engancharon como el día anterior, pero ahora había una complicidad sucia, consentida, que ardía sin palabras.
Saqué el consolador de la bolsa y lo sostuve frente a él, girándolo para que viera cada detalle. —Hoy vas a ver hasta dónde puedo llegar, Emmett —confesé con la voz ya ronca—. Quiero que te sientes en ese fardo bajo, saques esa polla gruesa que me tiene loca y te masturbes lento mientras me miras. Pero no te corres todavía. Eso lo decido yo.
Él obedeció al instante, desabrochando los vaqueros con manos temblorosas. Su verga saltó libre, morada, hinchada, con las venas marcadas y un hilo espeso de precum que ya le caía por el tronco. Se sentó con las piernas abiertas y la empuñó por la base, sin mover la mano aún, solo exhibiéndomela. Confieso que esa imagen me desarmó: un hombre hecho para el trabajo duro, reducido a mi espectador, con la polla tiesa solo para mí. Me quité el vestido por la cabeza y quedé completamente desnuda, mis tetas pesadas balanceándose, los pezones duros como guijarros. El olor del heno se mezclaba con el de mi excitación, que ya empezaba a brotar.
Me subí a la bala más alta, planté los talones en el borde y abrí las rodillas hasta el límite. Con una mano separé mis labios hinchados, mostrando el interior rosado y chorreante, y con la otra froté la cabeza del consolador contra mi clítoris. El contacto me arrancó un gemido largo. —Mírame bien —jadeé—. Mira cómo se me abre el coño solo de imaginar que me estás devorando con los ojos.
Emmett empezó a mover la mano muy despacio, arriba y abajo por su tronco grueso. Su respiración era pesada, casi un gruñido. Yo empujé la cabeza del consolador entre mis pliegues y lo metí de golpe hasta la mitad. El estiramiento fue delicioso, brutal. Mis paredes lo succionaron con avidez, y un chorro fino de jugos salió disparado al sacarlo casi entero para volver a clavármelo. El sonido húmedo, obsceno, llenaba el establo: chap, chap, chap. Mis tetas rebotaban con cada embestida. Confieso que en ese momento me descubrí completamente: me gustaba ser su espectáculo, me excitaba saber que cada contracción de mi coño quedaba grabada en su memoria para siempre. Frotaba mi clítoris con dos dedos mientras follaba el consolador más profundo, curvándolo para que la cabeza rozara ese punto hinchado dentro de mí.
—Dime qué ves —le ordené entre gemidos. —Veo tu coño tragándose entero ese monstruo —gruñó él, acelerando un poco la mano en su polla—. Está rojo, hinchado, chorreando por los bordes. Tu clítoris parece una cereza a punto de reventar. Y ese culito se contrae cada vez que empujas.
Sus palabras me lanzaron al primer orgasmo de la tarde. Mis muslos temblaron, el vientre se me contrajo y un chorro caliente salió disparado alrededor del consolador, salpicando sus botas y empapando la paja. Grité su nombre sin vergüenza, arqueando la espalda, dejando que mis tetas se sacudieran violentamente mientras las contracciones me partían en dos. Pero no saqué el juguete. Lo mantuve dentro, moviéndolo lento para ordeñar cada espasmo, prolongando el placer hasta que las piernas me fallaron.
Me bajé de la bala con el coño aún latiendo y el consolador brillante de mis fluidos. Me puse a cuatro patas sobre una manta que había traído, el culo levantado directamente hacia su cara, a menos de un metro. Miré por encima del hombro, el pelo pegado a la espalda por el sudor. —Acércate más. Quiero que huelas cada gota mientras me follo como una perra.
Emmett se levantó solo para sentarse en el suelo, a la altura perfecta, su polla en la mano moviéndose ahora con más ritmo. Yo empujé el consolador hacia atrás, follándome a mí misma con embestidas profundas y rápidas. El ángulo hacía que la cabeza rozara mi punto G con cada golpe, y mis jugos caían en hilos espesos sobre la manta. Mi ano se contraía visiblemente ante sus ojos. Confieso que nunca había sido tan descarada: a mis veintiocho años, después de años de masturbaciones silenciosas en la ciudad, aquí me estaba convirtiendo en una puta libre, dueña de su placer, usando a un capataz de treinta y dos años como el espejo más caliente del mundo. Metí la mano libre entre mis piernas y pellizqué el clítoris mientras aceleraba el ritmo del consolador. El sonido era ensordecedor, mojado, carnal.
—Más fuerte —me pidió con la voz rota—. Ábrete más para mí.
Obedecí. Saqué el consolador un segundo, separé mis nalgas con ambas manos y se lo mostré todo: el coño abierto como una flor mojada, el ano palpitando. Luego volví a clavármelo hasta el fondo, follándolo con furia, golpeando mis nalgas contra mi propia mano. El segundo orgasmo llegó como un relámpago. Esta vez el chorro fue más abundante, salpicándole el pecho a través de la camisa abierta. Grité hasta que la garganta me dolió, el cuerpo entero convulsionando, el coño contrayéndose tan fuerte alrededor del juguete que casi lo expulsa. Mis jugos corrían por mis muslos, por mi vientre, mezclándose con el sudor.
Sin darle tregua, me giré y me senté sobre la bala más ancha, frente a él. Abrí las piernas en una postura obscena, planté los pies y empecé a cabalgar el consolador como si fuera su polla. Mis tetas saltaban salvajemente. Lo clavaba hasta el fondo y lo sacaba casi entero, girándolo, follándome con movimientos circulares que me hacían ver estrellas. Emmett masturbaba su verga con la mano brillante de precum, el ritmo cada vez más desesperado. —Estás empapando todo, Camila —jadeó—. Tu coño traga y escupe ese consolador como si tuviera hambre. Nunca había visto a una mujer correrse tan fuerte solo con ser mirada.
Confieso que sus palabras me volvieron loca. Me incliné hacia atrás, apoyándome en una mano, y usé la otra para frotar mi clítoris con furia mientras cabalgaba más rápido. El placer se volvió oscuro, profundo, casi doloroso de tan intenso. Sentí que el tercer orgasmo subía desde el fondo de mi vientre, más grande, más violento. Mis gemidos se transformaron en sollozos roncos. —Ahora, Emmett —ordené entre dientes—. Córrete conmigo. Quiero ver esa leche espesa salir mientras me deshago.
Él gruñó como un animal y aceleró la mano. Su polla se hinchó aún más, las venas latiendo visiblemente. Yo clavé el consolador hasta el fondo y lo mantuve allí, moviendo solo la cadera en círculos bruscos mientras mi pulgar castigaba el clítoris. El orgasmo nos golpeó al mismo tiempo. Mi coño explotó en contracciones brutales, expulsando un chorro largo y caliente que salpicó su regazo y su polla. Grité su nombre con la voz rota, el cuerpo entero sacudido por espasmos que parecían no terminar nunca. Emmett soltó un gemido gutural y su polla empezó a disparar chorros gruesos, blancos, que cayeron sobre mi vientre, mis tetas y el suelo entre nosotros. Su semen caliente me marcó la piel mientras yo seguía corriéndome, ordeñando el consolador con mi coño palpitante.
Cuando las últimas contracciones cesaron, saqué lentamente el consolador. Mi coño quedó obscenamente abierto, rojo, latiendo al vacío, con hilos espesos de mis jugos y su semen mezclados resbalando por todas partes. Me dejé caer de espaldas sobre la bala de heno, exhausta, el pecho subiendo y bajando, las piernas abiertas y temblorosas. Emmett permaneció sentado frente a mí, la polla aún semierecta goteando las últimas gotas, la mano quieta sobre el muslo.
Ninguno de los dos habló.
El establo quedó en silencio absoluto. Solo se oía nuestra respiración agitada que poco a poco se fue calmando, el lejano rumor de los caballos moviéndose en sus boxes y el viento suave rozando las vigas de madera. Mi cuerpo brillaba de sudor, semen y mis propios fluidos. Su mirada seguía clavada en mi coño abierto, pero ya no había palabras, ni órdenes, ni confesiones. Solo ese silencio denso, cargado, donde todo lo que habíamos descubierto quedaba suspendido entre nosotros como una promesa que ya no necesitaba ser dicha. El verano seguía fuera, pero dentro del establo solo quedó esa quietud profunda, el eco mudo de todo lo que había ardido y ahora descansaba.
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