Entrega Final en el Almacén
Tamara, una repartidora de 28 años, se masturba delante del guardia Sergio de 35 en el almacén mientras él se pajea mirándola.
El almacén abandonado olía a polvo viejo, cartón húmedo y ese metal frío que se impregna en la ropa cuando el turno se alarga más de la cuenta. Tamara, repartidora de veintiocho años, aparcó la furgoneta junto a la puerta lateral, apagó el motor y se quedó un segundo con las manos en el volante. El último paquete del día pesaba poco: una caja mediana con precinto ya medio roto. El reloj del salpicadero marcaba casi las once de la noche. Quería firmar, entregar y largarse a casa, o eso se repetía mientras se bajaba del vehículo con la tableta bajo el brazo y la caja contra la cadera.
La nave estaba semiiluminada por focos amarillentos que parpadeaban. Estanterías vacías, palés apilados, el eco de sus botas de trabajo sobre el cemento. Al fondo, cerca de la caseta de vigilancia improvisada, vio la silueta. Sergio. Treinta y cinco años, el guardia de seguridad del turno de noche, chaqueta negra abierta, linterna en el cinturón, esa mandíbula que ella recordaba demasiado bien.
Se detuvieron a pocos metros. Él la reconoció al instante. Ella también. Semanas atrás, en ese mismo almacén, habían flirteado hasta el límite: miradas largas, comentarios que rozaban lo indecente, una tensión que se cortaba con un cuchillo y que nunca llegaron a consumar porque irrumpió una llamada y ella tuvo que salir corriendo con otro envío. Desde entonces, Tamara se había despertado más de una vez con la mano entre las piernas y la imagen de él grabada detrás de los párpados.
—Tamara —dijo Sergio, y la voz le salió grave, como si el nombre le supiera a algo caliente—. La entrega final. Justo a tiempo.
Ella sonrió de lado, dejando la caja sobre la mesa metálica de la caseta. Se le notaba el cansancio en los hombros, pero los ojos le brillaban.
—Sergio. Pensé que te habrían cambiado de ruta. Qué casualidad encontrarte otra vez aquí, en el mismo rincón de mierda.
Él tomó la tableta, pero no firmó de inmediato. Sus dedos rozaron los de ella al coger el dispositivo. El contacto fue breve y deliberado. La miró de arriba abajo: el uniforme de repartidora ceñido a las caderas, la camiseta negra sudada bajo la chaqueta abierta, el pelo recogido en una coleta baja que dejaba al descubierto el cuello.
—No hay casualidades a estas horas —contestó él—. Firmas, recibo, y luego… lo que haga falta. ¿Cómo has estado?
—Trabajando. Fantaseando. Las dos cosas a la vez, a veces.
La frase salió sin filtro. Sergio levantó una ceja y una sonrisa lenta le curvó la boca. El aire entre ellos se espesó. Ella sintió un calor traicionero bajarle por el vientre, instalándose entre los muslos. Recordaba cómo la había mirado la otra noche, cómo le había dicho que le gustaba verla sudada y de mal humor, que le ponía la forma en que movía las caderas al cargar cajas.
Firmó el recibo con un garabato rápido y le devolvió la tableta. Sus dedos volvieron a rozarse. Esta vez no retiró la mano de inmediato.
—Cuéntame de esas fantasías —pidió él, bajando la voz aunque no hubiera nadie más en kilómetros a la redonda—. Porque yo también he pensado en ti. En este sitio. En lo que nos dejamos a medias.
Tamara se mordió el labio inferior. El corazón le golpeaba contra las costillas. Se apoyó en el borde de la mesa, abriendo un poco las piernas sin darse del todo cuenta, el tejido del pantalón de trabajo rozándole el coño ya sensible.
—He venido aquí mentalmente más de una vez —admitió, mirándole a los ojos—. Después de ducharme, o en la cama, o incluso en la furgoneta aparcada. Me toco pensando en ti firmando papeles con esa cara de querer comerme. Me imagino que me miras mientras me meto los dedos. Que me dices qué hacer. Que te corres mirándome.
Sergio soltó un sonido bajo, casi un gruñido contenido. Se pasó una mano por la nuca, luego se la bajó hasta el muslo, ajustándose sin disimulo. El bulto se le marcaba claro bajo el pantalón oscuro.
—Joder, Tamara… —murmuró—. Dime que no estás inventando esto para calentarme y largarte.
—No invento nada. Estoy mojada solo de verte. De olerte. De recordar cómo me hablaste la otra vez.
Él dio un paso hacia ella. No la tocó aún. La observó con deseo evidente, la mirada clavada en la curva de sus pechos bajo la camiseta, en el punto donde el pantalón se hundía entre sus piernas.
—Entonces muéstrame —dijo, directo, la voz ronca—. Muéstrame cómo te tocas cuando piensas en mí. Aquí. En este almacén. Quiero verlo. Quiero que lo hagas para mí.
El silencio que siguió fue espeso, cargado de respiraciones. Tamara sintió un latido profundo entre las piernas, una humedad que ya empapaba la braga. No había duda en su cuerpo. Quería. Estaba completamente de acuerdo. La idea de abrirse delante de él, de humedecerse los dedos mientras él la devoraba con la vista, la tenía al borde de un gemido.
Miró alrededor: estanterías oscuras, la luz amarilla parpadeando, la mesa fría bajo las palmas. Nadie vendría. El turno era suyo y de él.
—¿Aquí mismo? —preguntó ella, aunque la respuesta ya le temblaba en la garganta—. ¿Quieres que me baje el pantalón y me abra el coño para que veas cómo me mojo por ti?
—Exacto. Despacio. Sin prisa. Quiero cada detalle. Cómo te acaricias el clítoris. Cómo te metes los dedos. Los sonidos que haces. Todo.
Tamara tragó saliva. Las manos le temblaban de anticipación, no de miedo. Se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre una silla. La camiseta se le pegaba a la piel. Luego, con movimientos deliberados, desabrochó el botón del pantalón de trabajo y bajó la cremallera. El sonido metálico resonó en el almacén vacío. Se bajó el pantalón hasta los muslos, dejando a la vista las bragas negras ya oscurecidas en la entrepierna. El aire fresco le rozó la piel expuesta y le erizó los vellos de la nuca.
Sergio no apartó la vista ni un segundo. Se recostó contra el marco de la caseta, brazos cruzados al principio, luego una mano bajando hasta rozar su propia erección por encima de la tela.
—Sigue —ordenó con suavidad, sin perder el control—. Quítatelas del todo si quieres. O córretelas a un lado. Como te guste cuando estás sola pensando en mí.
Ella metió los pulgares en la goma de las bragas y las bajó despacio por las caderas, por los muslos, hasta dejarlas enredadas en un tobillo junto al pantalón. El coño se le veía hinchado, los labios brillantes de lubricación, el clítoris asomando entre ellos. Se sentó en el borde de la mesa, abrió las rodillas y se pasó dos dedos por la ranura, recogiendo humedad. El contacto le arrancó un suspiro.
—Así —susurró ella, mirándole fijamente—. Empiezo rodeando el clítoris… sin tocarlo del todo al principio. Me gusta calentarme. Imagino que eres tú el que me roza con la yema. Que me dices lo puta que estoy por mojarme tanto delante de ti.
Sus dedos dibujaron círculos lentos. La piel le ardía. El olor de su propia excitación se mezcló con el polvo del almacén. Sergio se lamió los labios y se desabrochó el cinturón con una mano, sin bajar aún el pantalón, solo aflojándolo para aliviar la presión.
—Más abajo —pidió él—. Métete un dedo. Quiero ver cómo se te abre.
Tamara obedeció, deslizó el dedo medio dentro de sí misma hasta el nudillo. Estaba caliente, resbaladiza, apretada. Sacó el dedo y lo mostró brillante bajo la luz amarilla antes de volver a introducirlo, esta vez con el anular también. Dos dedos. El pulgar buscó el clítoris y empezó a frotar en círculos cortos, firmes. Un gemido le escapó de la garganta, bajo y sincero.
—Me corro fácil cuando pienso en ti mirándome —confesó entre respiraciones irregulares—. Me imagino que te sacas la polla y te la pajeas mientras yo me empapo la mano. Que me dices que te deje oler los dedos. Que te deje probar.
Sergio soltó un juramento entre dientes. Ya tenía la cremallera abierta del todo y la mano metida dentro del calzoncillo, moviéndose con un ritmo perezoso pero evidente. La cabeza de su polla asomaba, gruesa y oscura, perlando un hilo de líquido preseminal.
—No pares —dijo—. Más fuerte. Ábrete con la otra mano. Quiero verlo todo. El coño, el culo, cómo te late.
Ella usó la mano libre para separar los labios, ofreciéndole la visión completa: el rosa brillante, los dedos entrando y saliendo con un sonido húmedo obsceno, el clítoris hinchado bajo el pulgar. Las caderas empezaron a moverse solas, empujando contra su propia mano. El metal de la mesa se le clavaba en los glúteos. El pecho le subía y bajaba deprisa.
Pensó en las semanas de espera, en las noches en las que se había corrido callada para no despertar a nadie, siempre con la cara de Sergio detrás de los ojos. Ahora lo tenía delante, real, mirándola como si fuera a devorarla en el siguiente segundo, pajeándose sin vergüenza. La excitación le subió por la espalda como una corriente.
—Sergio… —jadeó—. Dime que te gusta. Dime que me vas a mirar hasta que me corra.
—Me encanta —respondió él, la voz rota de deseo—. Eres un espectáculo. Ese coño tragándose tus dedos… joder. Sigue. No te detengas. Quiero verte temblar. Quiero oírte.
Tamara aceleró. Los dedos le entraban más profundo, curvados hacia adelante, buscando ese punto que la hacía ver estrellas. El pulgar frotaba sin piedad. Se sentía expuesta, vulnerable y powerful al mismo tiempo: una mujer de veintiocho años follándose la mano delante del hombre que la había dejado a medias y que ahora se corría de ganas solo de mirarla. El almacén entero parecía reducirse a ese círculo de luz amarilla, a sus gemidos y al sonido de la mano de él subiendo y bajando la polla.
Sudor le resbalaba entre los pechos. La coleta se le deshacía. Tenía las piernas temblando, abiertas del todo, los pies aún metidos en las botas de trabajo. Cada embestida de sus dedos le sacaba un ruido húmedo y un gemido más alto. Estaba cerca, peligrosamente cerca, pero no quería soltarse del todo todavía. Quería alargar el momento, quitarle a él también la compostura, verle perder el ritmo.
Sergio dio otro paso. Ya no se apoyaba en el marco. Estaba lo bastante cerca como para que ella oliera su jabón y el calor de su piel. Su mano se movía más rápido ahora, la polla completamente fuera, gruesa, venosa, la cabeza brillante.
—Cuando te corras —dijo él, mirándola a los ojos—, no cierres las piernas. Quiero ver cómo se te contrae. Y después… vamos a hablar de lo que hago yo contigo. De lo que te hago yo con esta polla. O con la boca. Como tú quieras. Pero primero termina lo que empezaste. Muéstrame esa corrida que has fantaseado tantas veces.
Tamara asintió, sin aliento, los dedos empapados, el clítoris latigando bajo el pulgar. La tensión le subía por el vientre como una marea. Sabía que el orgasmo la iba a partir en dos, y sabía también que esto no terminaba ahí: que después de correrse delante de él todavía quedaba todo lo demás por decidir, por tocar, por probar. El almacén guardaba el eco de sus respiraciones entrecortadas. Ella se mordió el labio, se abrió un poco más y se entregó al ritmo, a la mirada de Sergio, a la promesa oscura y caliente que flotaba entre los dos sin haberse cumplido del todo todavía.
Tamara no se detuvo. El pulgar seguía aplastando su clítoris hinchado en círculos cortos y húmedos mientras los dos dedos se hundían más adentro, curvados, rozando ese punto esponjoso que le hacía arquear la espalda. El metal de la mesa le marcaba los glúteos, pero necesitaba más espacio, más aire, otra superficie que le permitiera abrirse del todo. Se resbaló hacia abajo con un gemido ahogado, los pantalones y las bragas aún enredados en un tobillo, y se arrastró tres pasos hasta el montón de cajas de cartón apiladas junto a un palé. El cartón crujió bajo su peso cuando se sentó encima, las rodillas abiertas de par en par, los pies todavía calzados en las botas de trabajo. El aire frío del almacén le rozó los labios vaginales hinchados y le sacó un escalofrío delicioso.
Se bajó un poco más el pantalón y las bragas hasta dejarlos completamente en los tobillos, la tela enredada, y abrió las piernas todavía más. La luz amarillenta le bañaba el coño: los labios brillantes, el clítoris grueso y rosado asomando, la entrada palpitante. Levantó la mirada y se clavó en los ojos de Sergio.
—Mírame —jadeó ella, la voz ya rota—. Quiero que veas cómo me froto pensando en ti.
Con dos dedos empezó a masturbarse despacio. No se metió nada todavía. Solo rozó el clítoris hinchado, lo aprisionó entre el índice y el corazón y lo frotó con movimientos lentos, circulars, empapados. El ruido era obsceno, un chasquido húmedo cada vez que la yema resbalaba. Su otra mano se apoyó en la caja para no caerse hacia atrás. El vientre le temblaba. Cada roce le mandaba una descarga directa al útero.
Sergio no apartó la vista ni un segundo. Se abrió del todo la bragueta, se bajó un poco más el calzoncillo y sacó la polla de un tirón. Estaba dura, gruesa, las venas marcadas, la cabeza oscura y brillante de líquido preseminal. La envolvió con la mano derecha y empezó a pajeársela al mismo ritmo lento que ella usaba en el clítoris: subía hasta el glande, apretaba, bajaba hasta la base, volvía a subir. El sonido de su piel contra la piel se mezcló con el de los dedos de Tamara.
—Joder, Tamara… —gruñó él, la respiración ya agitada—. Me estás matando. Ver cómo te tocas el clítoris así, tan hinchado, tan mojado… Me pone la polla como una piedra. Me excita una barbaridad mirarte. Dime que a ti también te pone ver cómo me la alojo yo.
—Me pone muchísimo —contestó ella entre jadeos, acelerando un poco los círculos—. Ver tu polla tan dura, tan gruesa, cómo se te resbala la mano… Me mojo más solo de mirarte. Me imagino que esos dedos son los tuyos, que me frotas tú. Estoy empapada, Sergio. Siento cómo se me escurre el jugo hasta el culo.
Los dos respiraban al unísono. Ella seguía frotándose el clítoris con dos dedos, más firme ahora, el pulgar de la otra mano a veces separando los labios para enseñárselo mejor. Él subía y bajaba la mano al mismo compás, el glande asomando entre los dedos cada vez, un hilo de líquido cayéndole hacia el suelo del almacén. El olor a sexo se mezclaba con el polvo y el cartón.
—Me encanta verte —dijo Sergio, la voz grave, casi un gruñido—. Me encanta cómo se te abre el coño, cómo te late el clítoris bajo tus dedos. Sigue. No pares. Dime lo que sientes.
—Siento que me voy a correr solo de esto —jadeó Tamara—. De verte pajeándote mirándome. De oírte. Estoy tan caliente que me arden las piernas. Quiero metérmelos ya. Quiero follarme con los dedos mientras tú te la tiras.
No esperó más. Separó un poco más los labios con la mano izquierda y empujó los dos dedos de la derecha dentro de su coño mojado de un solo golpe. El sonido fue gordo, húmedo, obsceno. Se le escapó un gemido alto que rebotó contra las estanterías vacías. Sacó los dedos hasta la punta y los volvió a clavar, esta vez más fuerte, más profundo, follándose a sí misma con fuerza. Los nudillos le golpeaban los labios hinchados. El pulgar no dejó el clítoris ni un segundo; lo aplastaba y lo frotaba en círculos rápidos mientras los dedos entraban y salían.
—Así… joder, así —gritó ella, la cabeza echada hacia atrás, la coleta ya deshecha—. Me estoy follando el coño pensando en tu polla. Imagino que eres tú el que me la mete. Que me abres. Que me llenas. Sergio… mira cómo me lo trago…
Él aceleró la mano al mismo ritmo brutal. La polla le brillaba entera de lubricación. Los dedos le apretaban la base cada vez que bajaba, y el glande le saltaba de placer cada vez que subía.
—Te veo —jadeó él—. Te veo follándote con dos dedos y se me pone todavía más dura. Me encanta el ruido que haces. Ese sonido de coño mojado… Me quiero correr solo de oírte. Dime que te gusta. Dime que te corres por mí.
—Me gusta… me gusta demasiado —gimió Tamara, clavándose los dedos más rápido, más profundo, buscando ese ángulo que la hacía ver blanco—. Me excita verte pajearte. Me excita que me mires el coño abierto. Me voy a correr, Sergio. Me voy a correr fuerte. No dejo de mirarte. No cierro las piernas. Quiero que veas cómo se me contrae.
El orgasmo la alcanzó de golpe. Las paredes internas se le cerraron alrededor de los dedos con espasmos violentos. El clítoris le latía bajo el pulgar como un corazón loco. Gritó, un gemido largo y alto que se le quebró en la garganta, las caderas empujando contra su propia mano, el cartón crujiendo bajo ella. El jugo le chorreó por los dedos, por la muñeca, gotas cayendo sobre la caja. Las piernas le temblaban sin control. Los pezones se le marcaron duros bajo la camiseta sudada. Siguió moviendo los dedos dentro, más despacio ahora, alargando las contracciones, mientras miraba fijamente la polla de Sergio, aún dura, aún siendo acariciada con fuerza.
Cuando el temblor empezó a bajar, no cerró las piernas. Se quedó abierta, los dedos todavía dentro, brillantes, el pecho subiendo y bajando a trompicones. El aire del almacén le parecía denso, caliente a pesar del frío de la noche. Sergio no se había corrido. Seguía masturbándose con movimientos más lentos, saboreando la visión de ella recién corrida, el coño palpitante y abierto, los labios hinchados y rojos.
—No he terminado —dijo él, ronco, la mano sin detenerse del todo—. Te he visto correrte y se me ha puesto aún más gorda. Quiero más. Quiero verte otra vez. O quiero acercarme. Dime qué quieres ahora, Tamara. Porque yo sigo aquí, duro, y esta polla no se va a bajar sola.
Ella sacó los dedos despacio, los miró brillantes bajo la luz amarilla y se los llevó a la boca. Chupó el sabor de su propio orgasmo sin apartar la vista de él. El gesto fue deliberado, lento, provocador. El sabor salado y dulce le llenó la lengua.
—Quiero que te acerques —susurró, la voz aún temblorosa de placer—. Quiero olerte más cerca. Quiero que me digas exactamente lo que me vas a hacer con esa polla mientras yo me recupero y me vuelvo a tocar. Porque no he terminado tampoco. Mi coño sigue latiendo. Sigue necesitando. Y tú… tú todavía no te has corrido mirándome.
Sergio dio un paso hacia las cajas. La polla le apuntaba directa, gruesa, la cabeza hinchada y oscura. No la tocó todavía. Solo se quedó lo bastante cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo y el olor a jabón y a excitación masculina.
—Te voy a mirar hasta que te vuelvas a mojar del todo —prometió él, la mano subiendo y bajando con calma deliberada—. Te voy a decir cómo te la voy a meter. Cómo te voy a abrir. Cómo te voy a llenar. Y tú te vas a tocar otra vez para mí. Despacio. Hasta que me ruegues. ¿Quieres eso?
Tamara asintió, las piernas aún abiertas, el coño al aire, los dedos ya bajando otra vez hacia el clítoris sensible. El almacén guardaba el eco de sus respiraciones. La tensión no se había roto; solo se había transformado en algo más denso, más urgente, más peligroso. El orgasmo la había dejado temblando, pero la necesidad de él, de su mirada, de lo que vendría después, le quemaba todavía más fuerte entre las piernas.
Tamara asintió con la cabeza, las piernas aún abiertas de par en par sobre las cajas de cartón, el coño al aire palpitándole con restos de la primera corrida. Los dedos ya le bajaban otra vez hacia el clítoris hipersensible, rozándolo con cuidado al principio, como si el simple contacto pudiera hacerla saltar. Sergio estaba lo bastante cerca para que ella sintiera el calor de su cuerpo y el olor denso a jabón barato mezclado con excitación masculina. Su polla seguía enhiesta, gruesa, la cabeza hinchada y oscura, y la mano de él subía y bajaba con esa calma deliberada que la volvía loca.
—Te voy a mirar hasta que te vuelvas a mojar del todo —repitió él, la voz ronca—. Te voy a decir cómo te la voy a meter la próxima vez. Cómo te voy a abrir despacio, centímetro a centímetro, hasta que grites mi nombre. Cómo te voy a llenar hasta que se te escurra por los muslos. Y tú te vas a tocar otra vez para mí. Despacio. Hasta que me ruegues. ¿Quieres eso, Tamara?
—Sí —jadeó ella, y el pulgar empezó a girar en círculos más firmes sobre el clítoris hinchado—. Quiero oírte. Quiero que me lo cuentes mientras me frollo. Estoy todavía tan sensible… joder, Sergio, siento cada roce como si me quemara.
Él se acercó un paso más. No la tocó. Solo se quedó lo bastante cerca para que la punta de su polla casi rozara el aire entre las rodillas abiertas de ella. La mano seguía moviéndose, lenta, obscena, recogiendo el líquido que le perlaba el glande y usándolo para lubricarse.
—Primero te voy a poner de rodillas sobre esas mismas cajas —murmuró—. Te voy a abrir los labios con los dedos y te voy a lamer el coño hasta que tiemples otra vez. Después te voy a dar la vuelta, te voy a agarrar de las caderas y te voy a clavar esta polla de un solo empujón. Quiero sentirte apretarme. Quiero oír ese sonido húmedo cuando te la meta entera. ¿Te imaginas, Tamara? ¿Te imaginas cómo te voy a follar aquí mismo la semana que viene?
Tamara gimió. Los dos dedos de la mano derecha se deslizaron otra vez dentro de su coño, todavía resbaladizo de la corrida anterior. El sonido fue gordo, obsceno, y el cartón crujió bajo su peso cuando arqueó la espalda. El pulgar no abandonó el clítoris; lo aplastaba y lo frotaba en círculos rápidos mientras los dedos entraban y salían con un ritmo cada vez más urgente. El olor a sexo llenaba el círculo de luz amarilla. Ella miraba fijamente la mano de Sergio, la forma en que la piel se tensaba sobre las venas, el modo en que el glande asomaba brillante entre los dedos cada vez que subía.
—Me lo imagino… —jadeó ella, la voz quebrada—. Me imagino tu polla abriéndome. Me imagino cómo me llenas. Estoy mojándome otra vez solo de oírte. Siento el jugo bajándome hasta el culo. Sigue hablándome. No pares.
Sergio aceleró un poco el ritmo de su mano. La respiración se le había vuelto irregular. Sudor le brillaba en la frente bajo la luz parpadeante.
—Te voy a follar despacio al principio —continuó—. Hasta que me ruegues que te la meta más fuerte. Entonces te voy a dar hasta el fondo, una y otra vez, hasta que el almacén entero escuche cómo te corres alrededor de mi polla. Y cuando me corra, te la voy a sacar y te voy a pintar los labios del coño con mi leche. Quiero verte así. Quiero olerte después. Quiero que te limpies los dedos y me los des a chupar.
Tamara se estaba tocando con más fuerza ahora. Los nudillos le golpeaban los labios hinchados. El clítoris le latía como un segundo corazón bajo el pulgar. Las piernas le temblaban. Cada palabra de él le mandaba una descarga directa al vientre. Se sentía expuesta, poderosa y vulnerable al mismo tiempo: una repartidora de veintiocho años follándose la mano delante del guardia de treinta y cinco que se pajeaba sin vergüenza, los dos en ese almacén polvoriento a las once de la noche.
—Me voy a correr otra vez —advirtió ella entre gemidos—. Me estás matando con esa boca. Sigue. Dime más. Quiero correrme oyendo lo que me vas a hacer.
—Te voy a coger de la coleta —gruñó Sergio, la mano subiendo y bajando más rápido ahora—. Te voy a poner de cuatro sobre el palé y te voy a follar el coño hasta que no puedas ni hablar. Y después… después te voy a hacer que te toques otra vez mientras yo me recupero, porque una sola vez no va a bastar. Nunca va a bastar contigo.
El segundo orgasmo la alcanzó de golpe. Las paredes se le cerraron alrededor de los dedos con espasmos violentos. Gritó, un sonido largo y roto que rebotó contra las estanterías vacías. Las caderas empujaron contra su propia mano. El jugo le chorreó otra vez por los dedos, por la muñeca, gotas cayendo sobre el cartón ya manchado. Las piernas le temblaban sin control. Los pezones se le marcaban duros bajo la camiseta sudada. Siguió moviendo los dedos dentro, más despacio, alargando las contracciones, mirando fijamente la polla de Sergio.
Él no aguantó más. La visión de ella corriéndose por segunda vez, el coño palpitante y abierto, los labios rojos e hinchados, los dedos brillantes, lo empujó al límite. Aceleró la mano con un ritmo brutal, la respiración entrecortada, los ojos clavados en ella.
—Tamara… joder… me corro —jadeó—. Me corro mirándote. Mírame. No cierres las piernas.
Ella no las cerró. Se quedó abierta, temblando, los dedos todavía dentro, y lo miró mientras él se corría. La primera racha le salió gruesa y blanca, salpicando el suelo del almacén cerca de las botas de ella. La segunda y la tercera le cayeron sobre el dorso de la propia mano. Él gimió bajo, un sonido gutural, la polla latiéndole entre los dedos mientras seguía exprimiendo las últimas gotas. El olor a semen se mezcló con el de ella y con el polvo viejo.
Durante un minuto largo solo se oyeron las respiraciones agitadas de los dos. El almacén parecía más grande de repente, más vacío. Tamara sacó los dedos despacio, los miró brillantes bajo la luz amarilla y se los llevó a la boca una vez más, saboreando el resto de su propio orgasmo. Después, con una sonrisa satisfecha y perezosa, se limpió la entrepierna con un pañuelo que sacó del bolsillo de la chaqueta. El gesto fue deliberado, lento. Se pasó el papel por los labios hinchados, por el clítoris sensible, por el interior de los muslos, recogiendo la humedad. El cartón bajo ella estaba manchado. El aire frío le rozó la piel expuesta y le provocó un escalofrío.
Se bajó de las cajas con las piernas todavía torpes. Se subió las bragas negras primero, acomodándolas sobre el coño todavía sensible. Después el pantalón de trabajo, abrochando el botón y subiendo la cremallera con un sonido metálico que resonó demasiado alto en el silencio. Se ajustó la camiseta, se recolectó el pelo lo mejor que pudo y se puso la chaqueta. Sergio se había metido la polla dentro, se había cerrado la bragueta y se limpiaba la mano con un trapo de la caseta. Los dos se miraron.
Tamara dio un paso hacia él. Le agarró la cara con las dos manos, aún calientes, y le dio un beso largo. No fue un beso suave. Fue profundo, lento, con lengua, saboreando la sal de su propia boca y el aliento agitado de él. Él le rodeó la cintura con un brazo y la apretó contra su pecho. El beso se alargó hasta que los dos tuvieron que separarse para respirar. Las frentes se tocaban.
—La próxima semana —susurró ella contra su boca—. Misma hora. Misma entrega final. Quiero que me lo hagas todo lo que me has contado. Quiero que me folles de verdad aquí.
—Prometido —contestó él, la voz todavía ronca—. Voy a estar duro desde que empiece el turno solo de pensarlo. Vas a llegar y me vas a encontrar listo. Y tú… tú vas a venir ya mojada, ¿verdad?
—Sí. Ya estoy pensando en cómo me voy a tocar en la furgoneta de camino. Cómo me voy a abrir para ti otra vez.
Se separaron despacio. Ella recogió la tableta y la caja vacía. Él la acompañó hasta la puerta lateral. El aire de la noche les golpeó la cara, más frío, más real. Se miraron un segundo más bajo la luz amarillenta que se filtraba desde dentro.
—Hasta la próxima entrega final, Tamara.
—Hasta la próxima, Sergio.
Ella subió a la furgoneta, arrancó el motor y salió del recinto con las luces apagadas hasta la carretera. Sergio se quedó en la puerta un rato, mirando las luces traseras alejarse. Dentro del vehículo, Tamara sonreía todavía. El cuerpo le zumbaba. Se sentía más viva, más excitada que nunca, como si ese momento de placer compartido y de auto-descubrimiento le hubiera abierto algo que llevaba meses cerrado. El coño le latía agradablemente bajo el pantalón. El sabor de él y de ella misma le quedaba en la lengua. Pensaba en la semana que venía, en lo que se iban a hacer, en cómo se iba a correr otra vez delante de él o con él dentro.
Pero a medida que los kilómetros se acumulaban y las luces de la ciudad se acercaban, algo empezó a torcerse en el pecho. La sonrisa se le fue deshaciendo. El orgasmo había sido brutal, el beso real, la promesa caliente… y sin embargo una duda fría le iba subiendo por la garganta. ¿Qué era exactamente lo que acababan de hacer? Dos desconocidos casi, follándose a sí mismos en un almacén abandonado a las once de la noche porque no se atrevían —o no querían— cruzar del todo la línea. La próxima semana. La entrega final. Las palabras sonaban huecas de repente. ¿Y si él no aparecía? ¿Y si ella llegaba y la tensión se había evaporado? ¿Y si esto no era más que una forma barata de no estar solos, de no mirar de frente lo vacío que se sentía el resto de la vida?
Se mordió el labio. Las manos le sudaban en el volante. El eco de sus propios gemidos le sonaba ahora distinto, más ridículo, más triste. Se había corrido dos veces, se había abierto del todo, le había dado un beso que sabía a promesa… y aun así, al girar en la última esquina antes de casa, notó un regusto amargo. Algo no encajaba. Algo se había roto o, peor, nunca había estado entero. La excitación seguía ahí, sí, pero debajo crecía una grieta fina de arrepentimiento que no sabía cómo nombrar. Apagó el motor frente a su portal y se quedó sentada en la oscuridad un minuto largo, con el coño todavía sensible y la certeza incómoda de que la semana que venía quizá no bastaría para tapar lo que acababa de entrever: que el placer había sido real, pero el después sabía a duda.
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