Noche de Cine en la Azotea con la Madre de su Amigo

Un joven folla a la madura vecina de su amigo en la azotea.

5 min read August 19, 2026New

En una cálida noche de verano subí a la azotea del edificio con Vanessa, la madre de cuarenta y dos años de mi mejor amigo Franklin. Yo tenía veinte. Ella era una MILF voluptuosa de curvas generosas, divorciada desde hacía un par de años y siempre, siempre coqueta conmigo: una mirada de más en el pasillo, un roce «accidental» al pasarme algo en la cocina de su piso. Esa noche habíamos subido colchones viejos, mantas y un proyector improvisado. La película era una romántica blanda que ninguno de los dos iba a prestar mucha atención.

Mientras extendíamos las mantas, el aire caliente me pegaba la camiseta a la espalda. Vanessa se agachó a enchufar la alargadera y su fina camiseta sin sostén se abrió en el escote: tetas pesadas, pezones ya duros rozando la tela. No pude apartar la vista. Ella lo notó, levantó la cara y me sonrió con esa boca carnosa que me había jodido la cabeza durante meses.

—¿Te gusta lo que ves, Everett? —preguntó en voz baja, casi divertida.

Me arrodillé frente a ella para fingir que acomodaba un cojín. Estábamos tan cerca que olí su perfume mezclado con el calor de su piel.

—Hace meses que me gusta —admití—. Y tú lo sabes.

Se sentó a mi lado cuando arrancó la película. La luz azulada del proyector le bañaba el pecho. Sus miradas se demoraban en mis brazos, en la entrepierna de mis shorts. Yo no podía dejar de mirar cómo se le marcaban los pezones cada vez que se movía. La tensión era un hilo a punto de romperse. Habíamos reprimido esto demasiado tiempo: yo masturbándome en la ducha pensando en ella, ella… bueno, eso lo iba a confesar enseguida.

A mitad de la película, Vanessa se giró hacia mí. Su muslo rozó el mío.

—Llevo fantaseando contigo desde que te vi convertido en hombre —susurró contra mi oído—. Dejaste de ser el colega de Franklin y te volviste… esto. Alto, fuerte, con esa polla que se te marca cuando estás nervioso. Me corro pensando en ti, Everett. Me meto los dedos y me imagino que eres tú.

Se me secó la boca. Le cogí la mano y se la llevé a la entrepierna. Ya estaba duro como una piedra.

—Yo me corro pensando en ti casi todas las noches —le dije—. En tus tetas, en ese culo, en cómo gritarías si te follara de verdad.

Ella apretó mi polla por encima de la tela, me miró a los ojos y me besó con hambre. Lengua, dientes, un gemido bajo que me subió por la columna. Acercó su cuerpo al mío, me montó a horcajadas sin dejar de besarme y restregó su coño húmedo contra mi erección. La camiseta se le subió y se le escaparon las tetas: grandes, pesadas, pezones oscuros y duros. Las agarré con las dos manos, las apreté, le chupé un pezón mientras ella se frotaba contra mí.

—Quiero que me folles como el joven semental que eres —me susurró contra la boca—. Sin miramientos. Úsame. Lléname.

No hizo falta más. Le quité la camiseta del todo. Ella me bajó los shorts y mi polla saltó libre, gruesa, venosa, goteando. Vanessa la miró con hambre real, la rodeó con la mano y la frotó despacio.

—Joder, eres grande… —murmuró—. Vas a destrozarme.

Se puso a cuatro patas sobre los colchones, el culo en alto, las caderas anchas ofrecidas. Le bajé los pantalones cortos y las bragas de un tirón. Su coño estaba empapado, los labios hinchados, el clítoris asomando. Me arrodillé detrás, agarré sus caderas y empujé de una sola embestida hasta el fondo. Gritó contra la manta, un sonido ronco y delicioso. Empecé a follarla con fuerza, embistiéndola profundo, sintiendo cómo su coño me apretaba. Le azoté el culo con la palma abierta; la carne tembló y ella empujó hacia atrás pidiendo más.

—Así, joder, más duro —gimió—. Fóllame, Everett. Destírame.

Le apreté las caderas anchas hasta dejar marcas y la embestí sin piedad, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la azotea. El aire caliente olía a sexo. Cuando sentí que se le doblaban las rodillas, me eché hacia atrás y la hice girar.

—Súbete —le ordené.

Vanessa se montó en vaquera inversa, de espaldas a mí. Bajó despacio sobre mi polla hasta sentarse del todo, gemiendo al sentirme tan hondo. Empezó a cabalgarme salvajemente, rebotando, las tetas pesadas saltándole con cada movimiento. Yo le agarré las caderas para ayudarla y le metí una mano por delante, frotándole el clítoris con el pulgar en círculos rápidos. Ella se arqueó, cabalgándome más fuerte, el culo golpeándome la pelvis.

—Me corro, me corro, no pares —chilló.

Su coño se contrajo alrededor de mi polla en oleadas violentas. Gritó mi nombre hacia el cielo abierto de la ciudad mientras se venía, temblando, chorreando sobre mí. No la dejé recuperarse. La tumblé de espaldas en posición de misionero, le abrí las piernas y volví a entrar de un embiste hondo. Le chupé los pezones uno tras otro, lamiéndolos, mordisqueándolos mientras follaba con embestidas largas y profundas. Vanessa me clavó las uñas en la espalda, me las arrastró dejando ardor, y me miró a los ojos con la cara descompuesta de placer.

—Lléname —exigió entre jadeos—. Quiero tu semen dentro. Córrete en mi coño. Dámelo todo, joven.

Eso me destrozó. Empujé hasta el fondo, me corrí con un gemido gutural, bombeando chorro tras chorro caliente dentro de ella. Ella se vino otra vez al sentirme latir, apretándome con fuerza, exigiéndome hasta la última gota. Nos quedamos así, unidos, sudados, respirando el mismo aire caliente de la azotea mientras la película seguía proyectándose sin que nadie la mirara.

Después, Vanessa me besó con ternura, lenta, casi dulce. Me acarició el pelo húmedo de sudor y sonrió contra mi boca.

—Esto no tiene que ser solo una noche, cariño —susurró—. Franklin se va el finde que viene con su padre. Toda la casa vacía. O… podemos volver aquí arriba el jueves, cuando el portero cierra temprano. Traeré vino y me pondré solo una bata. Quiero que me folles otra vez contra la barandilla, mirando la ciudad. Y quiero chupártela hasta dejarte seco antes de que me vuelvas a llenar.

Me apretó la polla todavía semidura con la mano, como sellando el trato.

Yo ya estaba pensando en el jueves: la bata abierta, ella de rodillas en la azotea, mi semen otra vez chorreándole por los muslos. Sonreí y la besé otra vez.

—El jueves, entonces. Y no te pongas bragas.

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