Mi Mejor Amiga y Su Padre

Lucía seduce al maduro padre de su amiga.

5 min read August 11, 2026New

Soy Lucía, tengo diecinueve años y este verano me estoy quedando en casa de mi mejor amiga Carla. Su padre, Javier, un divorciado atractivo de cuarenta y ocho años, siempre me ha tratado con un cariño especial: me prepara el desayuno, me pregunta por mis estudios y me mira de esa forma que últimamente se ha vuelto imposible de ignorar. Sus ojos oscuros se detienen un segundo de más en mis piernas cuando salgo de la piscina, en la curva de mi culo cuando me agacho a recoger la toalla, en mi boca cuando río. Cada vez que Carla se va con amigas y nos quedamos solos en la casa, la tensión sexual se vuelve tan densa que casi se puede morder. Yo fingo leer en el sofá mientras él finge ver la tele, y entre nosotros crece algo prohibido, caliente, imposible de apagar.

Aquella noche el calor era sofocante. Carla se había acostado temprano después de un día de playa. Yo no podía dormir. Bajé en bikini al jardín, deslizándome en el agua tibia de la piscina. La luna llenaba todo de plata. Entonces oí pasos. Javier apareció en bañador, el pecho ancho y velludo brillando un poco de sudor, la barriga plana de hombre que aún se cuida. Se metió al agua sin decir nada al principio. Nadó hasta mí.

—No deberías estar aquí sola a estas horas —dijo, pero su voz era baja, ronca, nada paternal.

—Tampoco tú —contesté, flotando cerca, dejando que mis pechos rozaran casi la superficie—. Estoy aburrida, Javier. Y tú… tú me miras de una forma que ya no puedo fingir que no veo.

Él se acercó más. El agua nos rodeaba las caderas.

—Tienes el cuerpo de una diosa joven, Lucía. Piel perfecta, tetas firmes, ese culo que me vuelve loco cada vez que pasas. Tengo casi cincuenta años. No debería…

—Pues yo fantaseo justo con eso —le confesé, atrevida, el corazón golpeándome las costillas—. Con un hombre maduro, experimentado, que sepa lo que hace. Con alguien como tú. No quiero chicos de mi edad que duran dos minutos. Quiero que me folles de verdad.

Sus pupilas se dilataron. Me agarró por la cintura y me atrajo contra su cuerpo. Noté su polla dura empujando el bañador, gruesa, pesada. Nuestros labios se encontraron con hambre. Fue un beso profundo, húmedo, de lengua y dientes y gemidos ahogados. Él me apretó el culo con las dos manos y yo me enredé las piernas en su cintura, frotándome contra esa erección mientras el agua chapoteaba.

—Quiero follarte —susurró contra mi boca—. Me importa una mierda la diferencia de edad. Te quiero abierta y mojada debajo de mí esta misma noche.

—Sí —jadeé—. Fóllame, Javier. Ya.

Salimos de la piscina dejando un rastro de agua por el salón. Él cerró la puerta con llave por si acaso. Me empujó suavemente hacia el sofá grande y me quitó el top del bikini con dedos ansiosos. Mis pechos saltaron libres; él se los metió a la boca al instante, chupando un pezón, luego el otro, mordisqueando hasta que se me pusieron duros como piedras. Me bajó la braguita empapada y me abrió las piernas. Se arrodilló entre ellas y me miró el coño como si fuera un banquete.

—Qué coño tan rosado y jugoso… —murmuró antes de hundir la lengua en mí.

Javier me comió el coño con maestría. Lamió mi clítoris en círculos lentos, metió dos dedos curvados y me frotó ese punto interno que me hizo arquear la espalda. Chupaba, bebía mis jugos, gruñía contra mi carne. Yo me agarré a su pelo canoso y le empujé la cara más adentro.

—Ahí… joder, sí, no pares… me voy a correr…

El orgasmo me golpeó fuerte. Grité su nombre, las piernas temblando alrededor de su cabeza, el coño contrayéndose contra su lengua mientras chorreaba. Él no se detuvo hasta que me hubo ordeñado cada espasmo.

Todavía temblando, me resbalé del sofá y me arrodillé delante de él. Le bajé el bañador. Su polla madura saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum, las pelotas pesadas. La agarré con las dos manos y la lamié de base a glande.

—Qué polla tan rica… —dije antes de abrirme la boca y tragármela.

Le chupé con devoción, babas corriendo por la barbilla, llevándomela hasta el fondo hasta que la punta me golpeó la garganta. Él gemía bajo, una mano en mi pelo, guiándome sin forzarme.

—Así, putita… trágatela entera… qué bien chupas para ser tan joven…

Cuando ya no aguanté más sin tenerla dentro, él me levantó, me tumbió en el sofá en misionero y me abrió las piernas en V, sujetándome los tobillos. Empujó de un solo golpe. Su polla gruesa me estiró el coño hasta el fondo. Gritamos los dos. Empezó a follarme con embestidas profundas y seguras, el choque de pieles sonando húmedo, mis tetas rebotando.

—Mírate… tan apretadita y mojada para el padre de tu amiga… —gruñía mientras me embestía.

Luego me puso a cuatro patas en el borde del sofá. Me agarró de las caderas y me entró de nuevo, más hondo. Me azotó el culo con la palma abierta, una vez, dos, tres, dejando la piel ardiendo y roja. Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más.

—Duro… dámelo duro, Javier… fóllame como una puta…

Él me dominaba con su experiencia: ritmo brutal, una mano en mi nuca empujándome contra el cojín, la otra azotándome el culo o rodeándome para frotarme el clítoris. El salón olía a sexo y cloro. Sentí cómo se le hinchaba aún más dentro.

—Me corro… córrete conmigo —ordenó.

Grité cuando el segundo orgasmo me destrozó. Mi coño lo exprimió y él se vació dentro, chorros calientes llenándome mientras gruñía mi nombre. Nos quedamos temblando, unidos, sudorosos.

Después me abrazó con ternura, todavía dentro de mí, y me besó suavemente en la frente, en los labios, en el cuello.

—Llevaba meses deseando esto —susurró—. Cada vez que te veía en bikini se me ponía dura. Eres una tentación peligrosa, Lucía.

Nos levantamos temblando y fuimos a la ducha juntos. Bajo el agua caliente nos enjabonamos, riéndonos bajito de lo escandaloso que era todo, de cómo tendríamos que ser sigilosos. Me empujó contra los azulejos y me besó otra vez, prometiendo en voz baja que cada vez que viniera a visitar a Carla repetiríamos en secreto: en la cocina de madrugada, en su despacho, en la piscina otra vez. Esta aventura prohibida por la diferencia de edad apenas acababa de empezar, y los dos lo sabíamos.

Cuando apagamos la ducha y me envolvía en la toalla, Javier me miró con esa sonrisa pícara y dijo:

—La próxima vez avísame antes de gritar tanto… si no, voy a tener que explicarle a Carla por qué el vecino cree que estamos matando un cerdo a medianoche.

Rate this story

Thanks for rating
Tagged dirty-talk age-gap-fantasy seduction breast-play

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.